CAPÍTULO IV. EL CARGO LE SIENTA BIEN.
Todas las corporaciones necesitan una cabeza.
Algunas la llaman presidente. Otras, hermano mayor, decano, alcalde mayor, gran maestre, lugarteniente o prior. Existen instituciones que llevan varios siglos utilizando una denominación cuyo significado sólo conocen quienes aspiran a ocuparla.
No tengo nada contra ello.
Siempre he pensado que una corporación empieza a adquirir verdadera personalidad cuando su máximo responsable necesita explicar de dónde procede la denominación de su cargo durante una cena.
Mi primo Ataúlfo vino a verme una tarde para anunciarme que su Corporación buscaba nueva cabeza visible.
—Necesitamos a alguien importante.
—¿No tenéis ninguno dentro?
Me miró.
—Alguien conocido.
—Eso es distinto.
Querían «dar un salto institucional»: más presencia, más reconocimiento, más relaciones y más proyección.
—¿Y para qué sirve la Corporación?
Ataúlfo frunció el ceño.
—Ya sabes para qué sirve.
—Entonces llevamos ventaja.
Conservaban un archivo, organizaban
actividades culturales, sostenían obras benéficas y mantenían una tradición
histórica muy respetable.
Todo aquello me pareció suficiente.
A ellos no.
Habían encontrado al candidato perfecto.
Era un hombre conocido en los ambientes adecuados. Había ocupado cargos importantes, presidía una fundación, pertenecía a varias instituciones, conocía embajadores, académicos, empresarios y algunas personas que aparecían en fotografías detrás de los Reyes. No sabía si trataba personalmente a los Reyes. A quienes salían detrás, desde luego si.
Tenía además un apellido excelente.
Ataúlfo consideraba esto último completamente irrelevante y llevaba diez minutos mencionándolo.
—Nos va a abrir muchas puertas.
—Espero que encuentre alguna cerrada.
—Malvavisco.
—¿Y por qué quiere presidiros?
—Porque cree en la Corporación. Y puede
ayudarnos muchísimo.
—Eso lo comprendo. Lo que intento
averiguar es para qué le servís vosotros a él.
Ataúlfo me miró con auténtico
desconcierto.
Aquello me tranquilizó.
Ganó la elección por una mayoría suficiente para que quienes habían apoyado al otro candidato pudieran asegurar después que siempre habían confiado en él. La unanimidad tiene muchas formas. La más frecuente consiste en alcanzarla después del escrutinio.
Prometió «poner su prestigio, su experiencia y sus relaciones al servicio de la Corporación».
Y durante los primeros meses lo hizo.
Consiguió una recepción importante, llevó a una personalidad relevante a uno de sus actos y logró que una institución extranjera contestase una carta que llevaba dos años sin respuesta.
Ataúlfo estaba exultante.
—Ahora nos toman en serio.
—Eso es importante.
—Antes también nos tomaban en serio.
—Entonces habéis progresado muchísimo.
El problema comenzó algo después.
Una mañana Ataúlfo apareció con el
teléfono en la mano.
—El jueves tienes que venir.
Pronunció el nombre de una fundación.
—¿Qué celebra la Corporación?
—No es de la Corporación.
—Entonces ya hemos avanzado bastante.
—Lo organiza el presidente. Quiere que
vayamos todos.
Me enseñó el mensaje.
«Considero muy importante que nuestra Corporación esté ampliamente representada».
—¿Tiene algo que ver con vosotros?
—No directamente.
—¿Indirectamente?
Ataúlfo dudó.
—Es una causa muy importante.
—Eso responde a otra pregunta.
—Él lleva años apoyándola.
—También.
Le devolví el teléfono.
—Yo pensaba que lo habíais elegido para que os ayudara él a vosotros.
Ataúlfo fue.
Una semana después me enseñó las
fotografías.
El presidente aparecía en el centro.
Detrás se distinguían seis miembros de la Corporación.
—Quedó muy bien.
—Muchísimo.
Amplié la imagen.
—¿Por qué lleváis las insignias?
—Nos pidió que fuéramos con ellas.
—¿Era un acto vuestro?
—No.
—Entonces supongo que quería que se os
reconociera.
—Exactamente.
—¿A vosotros?
Ataúlfo me quitó el teléfono.
—Siempre tienes que buscar algo.
No tuve que buscar demasiado.
Estaba en el centro de la fotografía.
El presidente era un hombre extraordinariamente activo. Presidía una fundación, formaba parte de dos asociaciones, colaboraba con una iniciativa internacional y dirigía unas jornadas anuales.
Había ocupado tantos cargos que, cuando hablaba en público, resultaba prudente esperar al membrete para saber en nombre de quién lo hacía.
Los miembros de la Corporación empezaron
a recibir invitaciones.
Después peticiones.
Más tarde adhesiones.
«Sería conveniente que...»
«Ruego a quienes puedan...»
«Considero importante que apoyemos...»
La primera persona del plural posee una extraordinaria capacidad para repartir esfuerzos. Permite que una idea nazca en singular y el trabajo aparezca repartido entre todos. Nadie estaba obligado a nada. Todos empezaban a sentirse obligados a casi todo.
Un día Ataúlfo me explicó que la
Corporación iba a apoyar a un conocido del presidente para recibir determinada
distinción.
—¿Quién ha decidido que apoyéis esto?
—pregunté.
—El presidente lo ha propuesto.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—La Junta está de acuerdo.
—¿Ya se ha reunido?
—Todavía no.
—Admiro la rapidez.—¿La merece?
—Sin duda.
—Entonces espero que se la den.
—Además, el presidente nos ha ayudado
muchísimo.
Aquello me interesó.
—¿Entonces ahora le debéis algo?—No he dicho eso.
—Todavía.
Ataúlfo cogió una copa.
—Las relaciones institucionales
funcionan mediante reciprocidad.
—Pensaba que funcionaban mediante
estatutos.
—No seas ingenuo. La lealtad va en dos
direcciones.
—Buena frase.
—Me alegra constatar que estamos de
acuerdo.
—Casi.
—¿En qué no?
—En que últimamente las dos direcciones
parecen ir hacia él.
Ataúlfo bebió.
—Siempre tienes que encontrar un
problema.
—No. A veces viene con señalización.
Conocí finalmente al presidente durante
una cena de la Corporación.
Era culto, educado e inteligente.
Esto perjudicó bastante mis
posibilidades de divertirme.
Me habló con verdadero entusiasmo de la institución.
—Aquí hay empresarios, diplomáticos,
profesores, profesionales... Tenemos una red magnífica. Esta magnífica red hay
que ponerla al servicio de las buenas causas.
—Es una frase excelente.
Pareció agradecérmelo.
—¿De cuáles?
—De las que lo merezcan.
—¿Quién decide?
Vaciló sólo un instante.
—La Junta, naturalmente.
Aquello me pareció impecable.
Después me habló de varias causas que lo
merecían.
Curiosamente, ya las defendía antes de
ser presidente.
Al terminar encontré en el vestíbulo una
mesa con folletos.
Cogí uno.
Era de su fundación.
Otro, de una asociación que presidía.
Había un tercero.
—¿También suyo? —pregunté a Ataúlfo.
—No exactamente. La fundó él.
Cogí el cuarto.
Ataúlfo me lo quitó de la mano.
—Ése sí es de la Corporación.
—Me alegra saber que habéis conseguido
sitio en la mesa.
Dejé los folletos.
—Tiene una vida muy completa.
—Precisamente por eso lo elegimos.
La frase era perfecta.
Lo habían elegido porque hacía muchas
cosas.
Ahora ellos hacían muchas cosas porque
lo habían elegido.
El asunto alcanzó cierta perfección el día del principal acto anual de la Corporación.
La víspera me llamó Ataúlfo.
—Tenemos un problema.
—Eso mantiene viva nuestra amistad.
—El presidente no puede venir. Tiene
otro acto.
—¿Qué preside esta vez?
Eran unas jornadas de su fundación.
Empezaba a comprender que aquel hombre
no tenía conflictos de agenda, sino de presidencia.
—Ha mandado un mensaje muy cariñoso.
—Eso compensará la silla vacía.
—Y quiere que después vayamos algunos a
la clausura.
—¿También él vendrá al vuestro después?
—No puede.
—La lealtad debe de haber encontrado
tráfico en una de las dos direcciones.
El acto de la Corporación se celebró
perfectamente sin su presidente.
Aquello demostró algo que algunas
instituciones olvidan: pueden sobrevivir varias horas sin su cabeza visible.
Ataúlfo y otros miembros acudieron después a la clausura.
Dos días más tarde me enseñó la fotografía.
El presidente figuraba en el centro. A su alrededor había autoridades, ponentes y varios miembros de la Corporación.
—Dimos mucha presencia —dijo.
—Eso veo.
Amplié la fotografía.
—¿Dónde estás?
Ataúlfo señaló una cabeza en la segunda
fila.
—Aquí.
—La presencia ha quedado discretamente
distribuida.
—La Corporación se está haciendo muy
conocida gracias a él.
—¿Y esta fotografía a quién ayuda?
—A todos.
—Magnífico. Las fotografías
verdaderamente buenas tienen esa virtud.
Le devolví el teléfono.
—¿Recuerdas por qué lo elegisteis?
—Por su prestigio, sus contactos, su
capacidad de representación...
—Para que ayudara a la Corporación.
—Exactamente.
—Y ahora asistís a sus actos, respaldáis
sus iniciativas, apoyáis sus candidatos y os ponéis las insignias cuando
necesita gente detrás.
—No siempre llevamos las insignias.
—Eso cambia completamente el asunto.
Ataúlfo se levantó.
—Lo planteas como si nos utilizara.
—No he dicho eso.
—¿Entonces?
—Que quizá vosotros empezasteis. Lo
elegisteis porque queríais utilizar su prestigio.
—En beneficio de la Corporación.
—Naturalmente.
—No es lo mismo.
—No exactamente.
Se hizo un pequeño silencio.
—Vosotros queríais vestiros un poco con su nombre. Y él ha descubierto que la Corporación también le sienta bastante bien.
Ataúlfo sonrió a pesar suyo.
—Eres insoportable.
—Eso no requiere cargo.
Ya en la puerta se volvió.
—En cualquier caso, reconocerás que el cargo le sienta muy bien.
Lo miré.
—Demasiado bien, quizás.
Se marchó.
Me quedé mirando a don Rigoberto.
Durante siglos las instituciones han vestido a quienes las representan con uniformes, insignias, tratamientos, collares, varas y dignidades. Era una forma de recordar que, durante algún tiempo, aquel hombre representaba algo que había comenzado antes que él y debía continuar después.
El problema empieza cuando deja de estar
claro quién viste a quién.
Hay personas que visten una institución.
Y otras que se visten de ella.
El vizconde de Malvavisco.
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