Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.
Diego García de Paredes nació en Trujillo en el año 1468. Estamos hablando de la severa Extremadura, en tiempos que se respiraba la vida de frontera medieval. De casa noble, era un reputado hidalgo. Fue hijo de Hernando o Fernando García de Paredes y, por parte de madre, descendida de la ilustre casa de los Ovando, ella María de Ovando. Diversas investigaciones identifican a sus abuelos paternos como García González de Paredes y Mayor de Carvajal. Conocemos también, por la generosa y abundante documentación, que vivió en su casa la tradición militar, por esto la guerra se convirtió en su oficio y forma de vida.
García de Paredes no fue un gigante
inventado por la literatura, aunque la literatura lo adoptó posteriormente. En realidad,
su figura está sólidamente documentada por numerosos cronistas, uno de ellos,
Gonzalo Fernández de Oviedo, quien lo conoció personalmente y dejó testimonio
directo de su fuerza, su buen carácter y sus hazañas. Desde joven habría
destacado por gozar de una corpulencia extraordinaria. Su fuerza física no era
algo exagerado, era un hecho que se repetía por todas partes y sobre todo por
aquellos que le vieron combatir. Fernández de Oviedo afirmó de su fuerza que
podía detener un caballo desbocado con las manos desnudas. También decía que su
sola presencia imponía respeto, incluso a los soldados más veteranos. Anotó que
era disciplinado y con una voluntad férrea.
Sus primeros pasos en la milicia se produjeron en la Guerra de Granada, donde participó en los últimos años del conflicto. Aquí aprendió la dureza del combate cuerpo a cuerpo, alejado de las novelas caballerescas. En la guerra contra el reino nazarí se instruyó en los asedios y escaramuzas, sabiendo que la disciplina y la certeza de los hechos valen más que las palabras. Pero el escenario que lo llegó a convertir en leyenda fueron las guerras de Italia. Aquí se vivía un complejo entramado de alianzas, traiciones y ambiciones europeas, todo lo cual ofreció a García de Paredes el espacio perfecto para desplegar sus capacidades. Su nombre empezó a circular por Nápoles, Roma y Lombardía. Hablaban de él con una mezcla de temor y admiración. Los italianos lo describían como un hombre que peleaba como si la muerte fuese un inconveniente menor, así que su fama se cimentó en numerosos episodios documentados como la defensa de una puerta en Nápoles contra decenas de franceses y que peleó en solitario. Aquí mantuvo un duelo con un capitán galo, demostrando una técnica sorprendente para su corpulencia. Sirvió bajo las órdenes del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, quien lo conocía bien y le consideraba uno de sus hombres más valiosos.
En Italia encarnó la transición entre dos mundos, o sea, la vieja caballería medieval que se basaba en el valor individual, y la guerra moderna que era en realidad disciplina colectiva. Diego García de Paredes era un hombre del pasado, pero funcionaba perfectamente en la guerra del futuro. Su fuerza física era legendaria. Muchas fuentes coinciden en que poseía una moral estricta, una lealtad absoluta y que su sentido del honor era inflexible, así que no estamos ante un bruto épico o sin pensamiento. Él no luchaba por gloria personal, lo hacía por deber. El cronista Oviedo insiste en que era respetado hasta por sus enemigos porque veían en él un modelo de soldado íntegro.
Sirvió también como capitán de la guardia pontificia durante su estancia en Roma. Este era un cargo que exigía mucha disciplina. Su reputación fue tal que el mismísimo Papa lo destinó a misiones delicadas, confiando en su capacidad para imponer el orden sin necesidad de utilizar la violencia. Más tarde, al servicio del emperador Carlos V, participó en diversas campañas y mantuvo su calidad de soldado excepcional. Tuvo una vida militar bastante larga y sobre todo, marcada por la ausencia de escándalos.
La muerte de García de Paredes llegó en 1534 de forma inesperada. No falleció en ninguna batalla, ni en un duelo, ni en una empresa heroica, en realidad cayó del caballo mientras cruzaba un río. Estamos entonces ante una ironía histórica, porque vemos un hombre que sobrevivió a numerosos combates, asedios y enfrentamientos, pero que muere en un lance menor. Diego no conoció la derrota, ni tampoco la retirada, su figura quedó grabada en la memoria de España como símbolo de una fuerza tanto física como moral. Estamos ante un hombre que fue soldado y que caminó por la historia sin ningún miedo y con la cabeza bien alta.
Estimo que la vida de este personaje goza de todos los elementos para una novela histórica, con un origen noble pero austero, una fuerza extraordinaria, una carrera militar brillante, episodios legendarios documentados, que sirvió a reyes, papas y conocidos generales, y que todo termina con una muerte inesperada cayendo de un caballo. Así se cierra, de repente, todo el relato.
No me cabe duda de que en aquel tiempo
en donde el honor era la norma, su figura representaba la España que entendía
que la guerra era un deber. El legado que nos ha dejado Diego García de Paredes
es el de un hombre que sin necesidad de discursos y solamente con su ejemplo,
encarnó una forma de vida y herencia que hoy escasamente recordamos, la de la
fuerza, el honor y la acción.
Publicado por La Mesa de los Notables.





.jpg)