viernes, 28 de agosto de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO III-.

El gabinete del vizconde de Malvavisco 
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO III. ORGULLO Y NOBLEZA. 

El orgullo es una cosa delicada. Hay quien lo considera pecado. Otros organizan manifestaciones para celebrarlo. Y en el mundo nobiliario constituye, sencillamente, una forma de presentación.

El castellano ha tenido además la amabilidad de utilizar la palabra «orgullo» para cosas bastante distintas. Puede significar la vanidad de quien se considera superior, pero también la decisión perfectamente razonable de no aceptar que otros conviertan lo que uno siente en motivo de vergüenza. Conviene no confundirlas.

Por lo general, todos tenemos  amigos o conocidos  que son homosexuales. Algunos hablan de ello con absoluta naturalidad y otros apenas lo mencionan. No he encontrado grandes diferencias entre unos y otros, salvo las mismas que encuentro entre el resto de mis amigos: unos son discretos, otros no; algunos tienen buen gusto y otros han cometido errores con la elección de la tapicería de los sofás.

Si por «orgullo gay» se entiende esto último, no tengo nada que objetar. Si se pretende convertir en mérito aquello que no depende de una elección personal, entonces me asalta la misma duda que con la nobleza.

Uno puede sentirse agradecido por lo recibido, vinculado a una historia familiar e incluso responsable de conservar determinadas tradiciones. Pero el mérito exige alguna participación personal en el resultado. No recuerdo haber intervenido en el nacimiento de ninguno de mis antepasados.

Soy católico. No únicamente porque lo fueran mis padres, mis abuelos y una cantidad considerable de personas cuyos retratos no conservamos, sino porque creo. Esto no me ha proporcionado especial vocación por fiscalizar la intimidad ajena. Más bien al contrario: la religión me ha enseñado que antes de examinar la conciencia del prójimo conviene ocuparse de la propia. Bastante trabajo me da.

Nunca he considerado que una orientación, por el hecho de serlo, constituya culpa alguna. Y en cuanto a la vida íntima de mis amigos, procuro aplicar una norma sencilla: si me piden consejo, intento darlo; si me confían algo, lo escucho; y si no me cuentan nada, duermo perfectamente. Aplico el mismo criterio a mis amigos heterosexuales.
Hay confidencias que adquieren una importancia injustificada después del segundo whisky.

Uno de esos amigos pertenece además a una antigua corporación nobiliaria. Nunca me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban los hombres. Tampoco me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban las pruebas de nobleza. He agradecido profundamente ambas omisiones. La amistad mejora mucho cuando uno renuncia a exigir un expediente justificativo de todo.

Lo que sí me ha contado es que en las órdenes y corporaciones nobiliarias hay homosexuales, como los hay en los consejos de administración, las notarías, las parroquias y las asociaciones de vecinos. Me pareció una revelación de alcance limitado. La Humanidad tiene la costumbre de encontrarse allí donde hay seres humanos.

Mi curiosidad cambia de objeto cuando el orgullo abandona la esfera personal y adquiere insignia. La dignidad suele conformarse con que nadie la humille; el orgullo corporativo necesita, además, que alguien lo reconozca y, a ser posible, que quede constancia. A partir de ahí empiezan las ceremonias, las miniaturas y, con cierta frecuencia, las carpetas. Conozco pocas emociones tan intensas como la que manifiesta un caballero inmediatamente después de ser admitido en una corporación nobiliaria: «Es un honor inmenso»; «una responsabilidad»; «la culminación de una tradición familiar»; «un vínculo que transmitiré a mis hijos».

Todo resulta muy conmovedor.

Hasta que seis meses después solicita el ingreso en otra.

En este pequeño mundo es perfectamente habitual pertenecer simultáneamente a varias corporaciones. Hay caballeros que poseen más insignias que chaquetas capaces de soportarlas. Siempre me ha interesado, sin embargo, la velocidad con que un orgullo suficiente puede convertirse en insuficiente.

Mi primo Ataúlfo constituye un caso particularmente instructivo. Hace algunos años ingresó en una corporación de indudable antigüedad y respetable historia. Asistí a la ceremonia.

Ataúlfo llevaba varios días preparándose para ella con una dedicación que no le había conocido desde su boda. Dos tardes antes me llamó para preguntarme si la insignia debía colocarse exactamente a determinada altura de la solapa. Le respondí que, si la continuidad histórica de la corporación dependía de un centímetro, el problema era bastante más grave que su chaqueta.

No agradeció la precisión.

El ingreso se celebró durante una Misa en una iglesia centenaria. Era uno de esos templos en los que las piedras parecen haber asistido a suficientes acontecimientos como para no impresionarse demasiado por ninguno de los presentes.

Llegué con tiempo. Tengo la costumbre de hacerlo cuando voy a Misa. Permite sentarse antes de que comiencen los saludos, la búsqueda de bancos y esa actividad particularmente española que consiste en intentar hablar en voz baja consiguiendo exactamente lo contrario. Me arrodillé un momento.

No todo lo que sucede en una iglesia necesita comentario.

Presidía la celebración un obispo. En los primeros bancos se habían colocado las autoridades de la corporación; detrás, los miembros con sus insignias y los nuevos candidatos, que aguardaban el momento previsto por el ceremonial con una mezcla bastante humana de recogimiento, emoción y preocupación por no equivocarse cuando llegase su turno.

La Misa fue solemne y hermosa. No porque la presencia de la corporación la ennobleciera —la Misa no necesita de nuestros apellidos—, sino porque la liturgia tiene la saludable costumbre de colocar a cada uno en su sitio. El órgano, las voces y el olor del incienso contribuían a apartar durante un rato algunas preocupaciones bastante pequeñas.

El obispo habló en la homilía de servicio, responsabilidad y continuidad. Me pareció oportuno. En determinados ambientes conviene recordar periódicamente que la palabra «servicio» forma parte de la tradición con tanta legitimidad como la palabra «privilegio».

Llegado el momento establecido por el ceremonial fueron llamados los nuevos miembros. Cuando pronunciaron el nombre de Ataúlfo, mi primo avanzó hacia el presbiterio con una gravedad que no le había visto ni siquiera en funerales de parientes próximos. Recibió la insignia, respondió a las fórmulas previstas y regresó a su lugar.


Después de comulgar permaneció unos minutos recogido. No sé qué rezó. Tampoco se me habría ocurrido preguntárselo.

Estaba emocionado.

No hago bromas con eso.

Hay instituciones que consiguen algo difícil: recordarnos que existieron antes de nosotros y que, con un poco de suerte, continuarán existiendo después. Una iglesia antigua ayuda considerablemente a comprenderlo. Allí dentro, rodeado de personas cuyos nombres acabarían desapareciendo y de piedras que probablemente seguirían en su sitio, incluso las preocupaciones de Ataúlfo por la colocación exacta de la insignia parecían recuperar proporciones razonables.

Comprendí su emoción. Precisamente por eso me habría gustado que le durase algo más.

Terminada la celebración hubo las fotografías inevitables. Ataúlfo se retrató con el obispo, con el presidente de la corporación, con dos antiguos miembros, con otros tres recién ingresados y, finalmente, solo. En esta última fotografía adoptó una expresión que intentaba transmitir simultáneamente satisfacción, responsabilidad histórica y cierta modestia.

La modestia fue lo que peor salió.

Aquella misma noche me telefoneó.

—Malvavisco, no puedes imaginar lo que significa para mí.
—Probablemente no.
—Es algo que llevo dentro.
—¿Desde cuándo?

Hubo un silencio.

—Desde siempre.

Ataúlfo había conocido la existencia de la corporación aproximadamente ocho meses antes. No consideré necesario señalarlo.

Durante varias semanas no habló de otra cosa. Mandó imprimir las fotografías, encargó las miniaturas y modificó su biografía para incorporar su nueva condición. Se interesó por la historia de la corporación, adquirió algunas publicaciones y comenzó a utilizar el «nosotros» al referirse a episodios ocurridos dos siglos antes de su nacimiento.

El orgullo había encontrado finalmente domicilio.

Dos meses después vino a verme al gabinete. Traía una carpeta.

Las carpetas de Ataúlfo rara vez anuncian algo bueno.

—Necesito tu opinión —me dijo.

Dentro había un expediente genealógico.

—¿Qué quieres hacer?

Pronunció el nombre de otra corporación. Lo miré.

—Pensaba que estabas extraordinariamente orgulloso de pertenecer a la anterior.
—Y lo estoy.
—Entonces me tranquilizas.

Continuó explicándome que la nueva corporación era diferente: más restringida, más selectiva, históricamente muy importante. Tenía además una ceremonia magnífica y un uniforme que, según me aseguró, «vestía mucho».

Esto último pareció decisivo.

—¿Y cuándo ingreses en esta? —pregunté.
—Estaré orgullosísimo.
—¿Más?

Ataúlfo me miró como si hubiese introducido una categoría filosófica innecesaria.

—Es otro orgullo.

Comprendí.

En el mundo nobiliario, a diferencia de otras actividades humanas, los orgullos no se sustituyen. Se acumulan.

Un caballero puede estar orgulloso de su linaje, de su título, de pertenecer a una corporación, de haber ingresado en otra, de haber recibido una encomienda y, finalmente, de haber sido admitido en una tercera que considera mucho más importante que las dos anteriores, sin que ninguna de estas circunstancias disminuya aparentemente la intensidad de las precedentes. Es una notable capacidad afectiva.

Conozco matrimonios que no resistirían semejante distribución del entusiasmo.

El amigo al que antes me refería llegó cierta tarde mientras Ataúlfo seguía extendiendo sobre mi escritorio certificados de bautismo, partidas matrimoniales y árboles genealógicos. Observó los papeles.

—¿Otra vez? —preguntó.

Ataúlfo se mostró ligeramente molesto.

—Quiero ingresar en otra corporación.

Mi amigo asintió.

—Comprendo.
—¿Tú no quieres?
—No.

Ataúlfo pareció desconcertado.

—¿Por qué?

Mi amigo se encogió de hombros.

—Ya pertenezco a una.

Se produjo un silencio. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y una esquina del techo.

Nunca me había parecido tan expresivo. Ataúlfo recogió lentamente sus documentos.

—Pero podrías pertenecer a las dos.
—También podría tener dos perros —respondió mi amigo—. Y con uno me basta.

Admiré el argumento.

Después de marcharse, Ataúlfo permaneció pensativo.

—Es un poco raro —dijo finalmente.
—¿El qué?
—Que no quiera ingresar.

No respondí. En ciertos ambientes, la verdadera singularidad no consiste en querer pertenecer, sino en saber cuándo basta.

Quizá al final la diferencia sea sencilla. Hay un orgullo que consiste en no consentir que otros nos avergüencen por lo que sentimos. Y hay otro que necesita convencerlos de que somos más de lo que parecemos.

El primero puede ser una forma de dignidad.

El segundo suele acabar necesitando una insignia. 

Y después otra.

El vizconde de Malvavisco.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 27 de agosto de 2026

ANIMALES INSCRITOS DENTRO DE UN CÍRCULO.

Riestra2026

Algunas notas sobre la emblemática japonesa (IV). 

Los animales ocupan un lugar singular dentro de la emblemática tradicional nipona. No son, sin embargo, equivalentes a los usados por la heráldica occidental. Un animal no constituye automáticamente una «divisa» que determine una virtud familiar, ni existe un código universal que permita interpretar todos los kamon de la misma manera. El significado depende del motivo, de su tradición y, en ocasiones, del clan que lo adoptó.

Mariposa de los Taira

Y hay otra diferencia fundamental, en un kamon, la forma importa más que el color. Los emblemas tradicionales son esencialmente monocromos; pueden aparecer negros sobre fondo claro o blancos sobre fondo oscuro. El color no suele formar parte de la identidad del diseño. La biblioteca prefectural japonesa de Fukuoka consultó específicamente esta cuestión llegó a la conclusión, apoyándose en especialistas y repertorios emblemáticos, de que lo esencial es la figura, en un lienzo blanco se representa normalmente en negro y sobre una superficie negra, en blanco.

Con esa precaución, podemos adentrarnos en el pequeño "bestiario" de la emblemática japonesa.

Aves. Entre la longevidad y la guerra.

Las aves son probablemente uno de los grupos animales más reconocibles dentro de los kamon. Grullas, gansos, gorriones, cuervos y aves de presa aparecen convertidos en figuras de extraordinaria precisión geométrica.

Pocos animales están tan asociados a la longevidad en Japón como la grulla (tsuru). Junto con la tortuga, aparece tradicionalmente como símbolo de larga vida y prosperidad. El Tsuru no maru, la grulla inscrita en un círculo, es uno de los diseños clásicos de la tradición.

La importancia de la grulla no se limita al significado auspicioso. La figura fue utilizada por distintos señores de la guerra. Entre los clanes guerreros asociados al Tsuru no maru aparecen los Mōri, los Nambu y ramas relacionadas con Hongwanji, según repertorios de kamon. La propia Biblioteca Nacional Japonesa conserva referencias documentales a variantes de la «grulla circular» utilizadas por clanes aristocráticos.


Aquí conviene evitar una asociación moderna muy extendida, la famosa grulla roja de Japan Airlines no es un antiguo kamon. Su diseño fue creado en 1958 y se inspiró visualmente en la tradición de la grulla, aunque su parecido con determinados emblemas históricos resulta evidentemente buscado.

Si la grulla representa la longevidad, las plumas de halcón (taka no hane) llevan el imaginario hacia el mundo militar. Las plumas de halcón forman uno de los llamados cinco grandes motivos de kamon (godaimon), junto a la glicina, la paulonia, la flor de membrillo y la acederilla.
El motivo es particularmente apropiado para una sociedad guerrera. El halcón estaba ligado a la cetrería y a la cultura marcial de las élites. Sus plumas, además, podían reducirse a una forma limpia y fácilmente reconocible, exactamente el tipo de diseño que funcionaba bien sobre una bandera o una armadura.

Las variantes de plumas cruzadas, «plumas de halcón cruzadas dentro de un círculo», aparecen en numerosos clanes. La asociación no debe confundirse, sin embargo, con la idea de que todas las familias que empleaban plumas de halcón pertenecieran a un único clan, ya que un mismo motivo podía ser utilizado por ramas o clanes distintos, con sutiles diferencias.

El gorrión (suzume) aparece a menudo combinado con bambú. Es uno de esos casos en los que el animal adquiere su fuerza visual no tanto por aparecer aislado como por formar pareja con otro motivo natural.
La combinación de bambú y gorrión quedó especialmente vinculada a determinados clanes del Japón medieval, entre ellos en la tradición de los Date, aunque el repertorio del clan Date es mucho más amplio y no debe reducirse a este motivo.

La importancia de este tipo de composición revela algo esencial de los kamon, como es que no siempre se trata de un animal convertido en símbolo independiente. A veces es la relación entre dos elementos (ave y planta, animal y luna, animal y agua) la que construye el significado.

Entre las aves hay además una figura que se encuentra en el límite entre zoología y mitología: el Yatagarasu o cuervo de tres patas.
La tradición lo presenta como un ave sobrenatural que guió al emperador Jimmu desde Kumano hacia Yamato. Por esa razón, el cuervo está relacionado con la guía y la orientación divina. Su presencia es especialmente importante en la iconografía de Kumano.  No debe confundirse, por tanto, con un simple cuervo. En este caso el kamon remite a un clan que se decía heredero de un personaje de la mitología japonesa.

Menos representados (o no acreditados documentalmente en kamon pero si en banderas) se encuentran la garza (sagi)el fenix (ho-o) la paloma (hato) el ganso (Kari), el pato (kamo), el águila (iguru) y el cuervo (karasu). 

Animales acuáticos.

La tortuga (kame) comparte con la grulla, como ya hemos dicho, el símbolo de longevidad. La imagen aparece en diferentes variantes, entre ellas la llamada noborigame, la «tortuga ascendente». Junto al Tsuru no maru, la tortuga figura entre los ejemplos clásicos de kamon cuyo significado está explícitamente relacionado con el deseo de una vida larga y próspera para el clan.

Existe además una tradición más compleja alrededor de las tortugas extraordinariamente longevas, como el minogame, representado con una especie de cola de algas que crece a partir de su caparazón. Aquí la longevidad deja de ser simplemente una característica animal y se transforma en una cualidad casi sobrenatural.
No conviene, sin embargo, atribuir un único clan histórico a «la tortuga» como si se tratara de un emblema exclusivo. Existen numerosas variantes y usos familiares.

Un caso mucho más concreto es el cangrejo de la familia Date.
El Museo de la Ciudad de Sendai conserva un jinbaori (prenda militar) perteneciente a Date Shigemura, séptimo señor del dominio de Sendai. La pieza lleva cosido en espalda y mangas el kani-botan, el «cangrejo y peonía», un kamon usado por el clan Date.
Es un ejemplo particularmente revelador porque demuestra que el animal no tenía por qué dominar visualmente el emblema. En este caso aparece combinado con una planta, y es precisamente la combinación la que constituye el diseño exclusivo de la rama que lo usaba.



El dragón (ryū) ocupa una posición especial. No pertenece a la zoología, sino al mundo de los seres sobrenaturales. Su relación con el agua, la lluvia y las fuerzas naturales lo convirtió en un motivo poderoso dentro del arte japonés, aunque no es uno de los animales más habituales en los kamon.

También encontramos diseños llamados uroko, literalmente «escamas». El ejemplo más célebre es el Mitsu uroko, tres escamas, asociado históricamente al clan Hōjō de Kamakura. La tradición de Izu vincula esas «escamas» con las escamas de un dragón, pero esta explicación pertenece al terreno de la tradición y no debe presentarse como un hecho histórico demostrado. Aquí aparece una de las particularidades de la emblemática japonesa: un motivo puede ser reconocible sin que exista una única explicación aceptada sobre su origen.

Entre los animales acuáticos representados también aparece la carpa (koi). Aunque su presencia en la emblemática es muy limitada, su valor simbólico dentro de la cultura japonesa es extraordinario.

La carpa representa tradicionalmente la perseverancia, la fortaleza y la superación de las dificultades. Esta asociación procede de una antigua leyenda de origen chino según la cual una carpa capaz de remontar una poderosa corriente, y superar la llamada Puerta del Dragón, podía transformarse en uno de ellos. La imagen convirtió al pez en símbolo de quien alcanza el éxito mediante el esfuerzo y la constancia.
En los kamon, la carpa aparece representada de forma muy estilizada, sola o acompañada de agua y ondas. Como ocurre con la mayoría de estos emblemas, lo esencial es la silueta y no el color.

A diferencia de otros símbolos, no existe una atribución suficientemente segura que permita considerar la carpa como emblema exclusivo de un gran clan samurái concreto. Aunque fue usado por los Sakai y algunas ramas menores, su importancia, en cualquier caso, desborda a la emblemática. La misma imagen de la carpa que lucha contra la corriente reaparece en el arte japonés y, especialmente, en las koinobori, las banderas con forma de carpa que simbolizan el deseo de que los niños crezcan fuertes, perseverantes y prósperos.

Además, tambien se encuetran representados en diferentes kamon la gamba (ebi), moluscos y conchas ( hamaguri y hotate), y en escasas ocasiones el cangrejo de río.

Animales terrestres.

En tierra firme encontramos algunos de los kamon más interesantes porque sus animales permiten establecer vínculos muy directos con determinados clanes y sus diferentes líneas.

El caballo tiene una relación antiquísima con Japón. Fue animal de guerra, transporte, agricultura y también objeto de culto; la tradición de ofrecer caballos a los santuarios está en el origen remoto de las ema votivas.
Pero son los Sōma quienes proporcionan uno de los ejemplos más claros de un clan asociado a un motivo ecuestre. Su Sōma tsunagi-uma representa un caballo sujeto por dos postes. Es conocido como uno de los emblemas del clan Sōma, y se relaciona tradicionalmente con las historias de Taira no Masakado y con la tradición ecuestre de la región.

Hay que hacer aquí una distinción importante. Las fuentes modernas suelen repetir que los Sōma descendían de Masakado, pero la propia tradición genealógica es más compleja y los historiadores consideran más plausible su vinculación con la rama de los Chiba descendiente de Taira Yoshifumi. Además, la cultura de los kamon todavía no estaba formada en tiempos de Masakado, por lo que las historias que atribuyen directamente el emblema a acontecimientos del siglo X deben entenderse como tradiciones genealógicas posteriores, no como documentación contemporánea. 

El conejo (usagi) ocupa un lugar muy particular en la cultura simbólica japonesa por su asociación con la luna. Los kamon de conejo pueden mostrarlo solo, enfrentado a otro conejo, acompañado por ondas o saltando junto a la luna. Se le relaciona tradicionalmente con la buena fortuna, la longevidad y la fecundidad, además de con el imaginario lunar.

Entre los clanes que utilizaron motivos de conejo aparecen los Mitsu hashi, así como las ramas Terao, Mizushima e Inada, entre otras. El repertorio no pertenece a un único clan.  Es significativo que el conejo rara vez aparezca aislado de su universo simbólico: luna, agua y movimiento forman parte de la tradición visual que lo rodea.

Y llegamos quizá al animal más cargado de historia política: la mariposa.

El motivo conocido como Ageha-chō  (la mariposa con las alas levantadas) está estrechamente asociado a los Taira, y especialmente a determinadas ramas de tradición Taira. En época posterior también fue empleado por diferentes ramas de los clanes  Oda, Ikeda, Seki y otras. El propio Museo de la Ciudad de Ishioka documenta el uso del Ageha-chō por la familia Ikeda y señala su asociación tradicional con los Taira.

Pero aquí hay que introducir una cautela histórica importante. Es frecuente encontrar afirmaciones según las cuales la mariposa habría sido «el escudo de Taira no Kiyomori». Esa formulación es demasiado tajante. La identificación de la mariposa como emblema característico de los Taira se consolidó posteriormente, y no existe una prueba contemporánea inequívoca que permita afirmar que Kiyomori utilizara exactamente el Ageha-chō como un kamon en el sentido que posteriormente adquirió el término. Fuentes especializadas señalan precisamente esta dificultad.

Eso no disminuye la importancia histórica del motivo. Al contrario, demuestra cómo los kamon podían convertirse con el tiempo en símbolos de linajes concretos dentro de una rama del clan, incluso cuando la asociación concreta entre una figura y un antepasado famoso se construía retrospectivamente.



También se encuentran representados, en banderas, según la tradición, aunque algunos de ellos no están completamente documentados como kamon: el ciervo (shika), el león (shisi), el murciélago (komori), el ciempiés (mukade), la cigarra (semi) y la libélula (tombo).


Los Colores.

Aquí conviene desmontar una idea muy extendida cuando se contempla un kamon desde la perspectiva europea. No existe una «paleta emblemática japonesa» comparable a los esmaltes europeos.
En la representación tradicional, el diseño se considera esencialmente una forma. Puede aparecer negro sobre blanco o blanco sobre negro dependiendo de la superficie sobre la que se aplique. Las fuentes japonesas señalan precisamente que el color no es el elemento que define el kamon.  Esto explica la extraordinaria uniformidad visual de los emblemas que vemos en kimonos ceremoniales,armaduras, banderas y estandartes, edificios, objetos y tumbas.

En una fotografía histórica puede parecer que un clan (o una rama de este) posee un «kamon blanco» y otra uno «negro», pero en muchos casos estamos simplemente ante la inversión de figura y fondo. Hubo, por supuesto, usos decorativos y excepcionales en los que el color tuvo mayor protagonismo. Pero sería erróneo trasladar al kamon la lógica europea según la cual el color del campo y de las figuras forma parte de la identidad heráldica.

Un bestiario mucho más pequeño de lo que parece.

Cuando se habla de emblemática japonesa, es fácil imaginar un repertorio zoológico enorme. En realidad, los animales nunca dominaron los kamon. Las plantas fueron muchísimo más importantes: paulonia, glicina, crisantemo, ciruelo, bambú, hiedra y muchas otras aparecen constantemente. Las clasificaciones generales de los kamon sitúan los animales junto a plantas, fenómenos naturales, edificios, vehículos, herramientas y patrones geométricos.  Precisamente por eso los animales que sí llegaron a convertirse en emblemas poseen tanto interés. Pero ninguno de ellos funcionaba exactamente como un símbolo aislado. El verdadero lenguaje estaba en la forma, la composición, la tradición y la memoria histórica.

Esa es quizá la diferencia esencial entre un kamon y un escudo de armas occidental. El animal no está ahí necesariamente para dar un mensaje como «somos valientes», «somos feroces» o «somos nobles». Está ahí porque, en algún momento de la historia de un clan, ese animal llegó a formar parte de su identidad. Y después fue reducido a unas cuantas líneas capaces de sobrevivir durante siglos.

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Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 26 de agosto de 2026

CUALQUIER OFICIAL QUE VAYA A LA GUERRA SIN ESPADA ESTÁ MAL VESTIDO.


Un retrato moral, militar y humano de Jack Churchill.


Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez. 

Bajo el lema «cualquier oficial que vaya a la guerra sin su espada está mal vestido», Jack Churchill se alzó en la historia como una figura que parece haber sido arrancada de otro tiempo y arrojado, de repente, a la crudeza de la Segunda Guerra Mundial. Su presencia en el frente fue desafiante, hasta parecía que la época no podía dictarle las formas de su conducta. Alguien señaló que en sus actos se advertía una fidelidad íntima a ciertos valores que se llevan en el alma desde la juventud.

Jack Churchill fue un oficial competente, disciplinado y extraordinariamente eficaz. Una audacia extrema le acompañaba en cada una de sus acciones. No hablamos de temeridad, era, por el contrario, una manera de estar en el mundo siendo consecuente consigo mismo. Lideró numerosos ataques que cualquier otro habría evitado y sobrevivió a situaciones que habrían hecho huir a muchos. Siempre mantuvo la compostura propia de un oficial, lo que desconcertaba a todos aquellos que le rodeaban. Destacaba su profesionalidad británica y, quizá, un romanticismo guerrero heredado de los viejos arqueros de la Edad Media. Es como si la misma historia quisiese demostrar que algunos espíritus no se extinguen nunca.

El episodio más citado y conocido fue el disparo de una flecha que abatió a un sargento alemán en 1940. Esto revela de una forma clara la naturaleza del carácter de John. El arco exige un silencio interior, pero sobre todo paciencia y mucho valor. En una guerra dominada por explosivos y máquinas, él escogió un arma que le obligaba a estar presente. Es la conciencia de cada instante. Así pues, esa flecha, el último uso documentado de un arco largo en combate moderno, es una afirmación de identidad en medio del estruendo y una forma de recordar que cualquier combate puede ser un acto personal.


También la espada que llevaba consigo permanentemente, era otra declaración moral. No estamos ante la evocación de la nostalgia, más bien era su forma de presentarse ante el peligro, portando elementos que consideraba esenciales en un soldado. La espada, sin duda, obliga a quien la lleva a mirar de frente y asumir cualquier responsabilidad sin necesidad de intermediarios. Cuando Churchill afirmaba que un oficial sin espada está mal vestido, estaba hablándonos de integridad, de que todo hombre debe conservar, incluso en el caos, aquello que mejor le define.

Toda su vida parece guiada por la coherencia, completamente alejado de la comodidad. Fue capturado en Italia y trasladado a un campo de prisioneros en Alemania. De allí escapó con la misma serenidad con la que había entrado en combate. Tuvo que caminar más de ciento cincuenta kilómetros hacia el este, confiando en su instinto, y lo hacía con esa obstinación moral que siempre le acompañaba. Cuando volvieron a capturarle, él volvió a intentar fugarse. Es evidente que su espíritu no le dejaba rendirse, no se resignaba a permanecer preso. Era un hombre de una firmeza extraordinaria. No se rendía nunca, fruto de una educación profunda que recibió desde muy joven. Vivió y creció con la idea de que el hombre debe sostenerse a sí mismo, incluso, cuando todo alrededor parece dispuesto a derribarlo.

Terminada la guerra, lejos de convertirse en una simple reliquia del pasado, Churchill continuó llevando una vida plena. Participó en operaciones en Palestina, instruyendo a jóvenes oficiales y siempre, con esa compostura de viejos caballeros.

También tocaba la gaita en ceremonias militares. Es como si quisiera recordarnos que la música puede sostener el ánimo. Siguió practicando tiro con arco, al igual que había hecho a lo largo de su vida. Y conservó su espada como recuerdo y símbolo de una vida que nunca quiso olvidar.

En sus últimos años de retiro se dedicó a otras actividades más mundanas. Navegaba, pintaba y paseaba durante largas jornadas. Fue un hombre fiel a sí mismo, alguien que quiso reivindicar su educación y la fuerza del corazón como ejes principales de toda acción. Su vida civil fue como su vida militar, porque nunca se permitió un instante de comodidad que le llevase a convertirse en un personaje pintoresco.

Nunca explicó los motivos de su conducta, pero tal vez podríamos intuirlos por sus actos y trayectoria. Lo que sí podemos asegurar es que John Churchill siempre actuó movido por la profunda convicción de que el hombre debe conservar, incluso en los peores instantes como es la guerra, todo lo que le hace humano. Su valor era una forma de resistencia moral frente a la despersonalización de los conflictos modernos. Parece que nuestro personaje se negó a ser absorbido por una época, así que actuó como estimó para que nada substituyese su voluntad. No serían los explosivos los que viniesen a reemplazar sus más íntimas decisiones.

Murió en 1996 cuando contaba ochenta y nueve años, y lo hizo con la serenidad de quien quiso vivir conforme a su propio código. Su muerte no fue un acontecimiento público. Marchó como vino, después de una vida guiada por la coherencia, y lo hizo con el mismo silencio que sus flechas.

Hoy su arco, su espada, su gaita y su audacia, toda su vida, son un alegato en favor de los valores que poseen algunas personas. En ese sentido, Mad Jack, que es como lo conocían, no fue un anacronismo, sino la afirmación de una hermosa historia, la de un hombre que se quiso mantener fiel a sí mismo.

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 25 de agosto de 2026

TÍTULO DE CORTESÍA Vs TÍTULO DE FANTASÍA.

Riestra2026. 

Hace unos días mantenía una conversación sobre dos pretendientes a antiguas casas nobiliarias europeas, cuyos respectivos países son hoy repúblicas. La conversación discurría por los cauces habituales de estas cuestiones (sucesiones, legitimidades, tradiciones dinásticas) hasta que apareció una distinción que, hasta entonces, yo había entendido de una manera bastante más sencilla.

A uno de los pretendientes, cuya posición dinástica me parecía, cuando menos, comparable a la del otro, mi interlocutor le atribuía un título de cortesía. Al segundo, en cambio, calificaba su título como de fantasía.

La distinción me llamó poderosamente la atención porque, hasta ese momento, yo había entendido ambas expresiones en un sentido bastante preciso. Pensaba que un título de fantasía era, sencillamente, un título inventado, una dignidad creada por quien la utiliza sin una tradición histórica que la sustente. Y entendía por título de cortesía aquel que, habiendo tenido existencia histórica dentro de una determinada monarquía o tradición dinástica, carece hoy de reconocimiento oficial porque aquella monarquía dejó de existir, pero continúa siendo utilizado de manera tradicional y social.

Me parecía una distinción razonable. Un título inventado, fantasía; un título histórico que sobrevive sin reconocimiento jurídico, cortesía. No había en ello demasiada dificultad. Hasta aquella conversación.

Porque descubrí que, al parecer, la frontera no estaba donde yo creía. Un mismo tipo de denominación podía ser recibido como una muestra de continuidad dinástica cuando la llevaba el pretendiente que nos gustaba, y convertido en una fantasía cuando el que la llevaba no era tanto de nuestro gusto. Y fue entonces cuando la cuestión empezó a parecerme mucho más interesante. Porque si «título de cortesía» y «título de fantasía» no describen realidades diferentes, sino que se aplican según la consideración que despierte el titular, entonces ya no estamos ante una distinción terminológica, histórica o jurídica. Estamos ante una forma bastante refinada de tomar partido.

Es precisamente esa curiosa doble vara de medir la que merece ser examinada.

En el mundo, un tanto crepuscular, de las dignidades nobiliarias hay pocas cosas tan reveladoras como el uso que algunos hacen de las palabras «título de cortesía» y «título de fantasía». Sobre el papel, la diferencia parece sencilla y hasta razonable, nada especialmente complicado. El problema comienza cuando se observa quién recibe cada calificativo, porque entonces la frontera entre ambos conceptos adquiere una elasticidad verdaderamente extraordinaria y parece desplazarse, con admirable precisión, hacia el lado de las simpatías de quien habla.

Hay pretendientes cuyo título se presenta con la delicadeza de quien trata una reliquia familiar. Se explica que es una dignidad histórica, que la casa la conserva por tradición, que su uso responde a una determinada posición dentro de la familia dinástica y que, aunque no tenga reconocimiento jurídico en el Estado moderno, debe entenderse como un título de cortesía. Todo se dice con solemnidad, procurando que quede a salvo la dignidad del personaje y, sobre todo, la dignidad de la pretensión. Cuando el titular cuenta además con un entorno dispuesto a sostener esa interpretación, la operación resulta todavía más sencilla: la repetición convierte la costumbre en apariencia de autoridad, la ceremonia proporciona respetabilidad y el círculo de partidarios termina hablando del título con una naturalidad que hace olvidar la pregunta fundamental de quién, exactamente, lo reconoce.

Pero basta con que cambiemos de pretendiente para que el lenguaje pierda de pronto toda aquella delicadeza. Allí donde antes había tradición aparece ahora la «fantasía»; donde se encontraba una antigua dignidad se descubre una invención o un uso inveterado; donde se hablaba de una denominación dinástica utilizada por una casa, se nos invita a contemplar a un hombre que, según esta particular versión de la historia, parece haberse levantado una mañana con la extravagante ocurrencia de convertirse en lo que sus antepasados habían sido, sin el consentimiento de un Estado que hoy es república. La misma ausencia de reconocimiento jurídico que en un caso se considera compatible con un título de cortesía se convierte, en el otro, en la prueba definitiva de que estamos ante un título de fantasía. ¡Mira por donde!

La cuestión sería simplemente ridícula si no se pretendiera presentar esta diferencia de vocabulario como una distinción objetiva. Porque una cosa es sostener una determinada legitimidad dinástica y otra muy distinta fabricar una taxonomía a medida para que nuestra legitimidad parezca histórica y la del vecino imaginaria. Si se quiere defender que una determinada casa es heredera de una antigua corona, es perfectamente legítimo hacerlo y aportar para ello genealogías, precedentes, disposiciones sucesorias y argumentos históricos. Lo que resulta bastante menos elegante es reservar la expresión «título de cortesía» para el pretendiente que goza de nuestras simpatías y arrojar la palabra «fantasía» sobre aquel cuya pretensión nos incomoda, como si el diccionario pudiera resolver por nosotros una disputa dinástica que la propia Historia dejó abierta.

Más revelador todavía es el recurso a las cualidades personales del titular. De pronto, su comportamiento, su exposición pública, sus actividades sociales o su supuesta caballerosidad aparecen como elementos destinados a demostrar que la denominación que utiliza merece ser tratada con respeto. Es una curiosa forma de razonamiento, porque las virtudes de un hombre podrán decir mucho acerca del hombre, pero nada dicen por sí mismas acerca de la naturaleza histórica o jurídica de un título. Una persona puede ser admirable y utilizar un título sin reconocimiento estatal; otra puede ser perfectamente discreta y encontrarse exactamente en la misma situación. La primera no recibe por sus méritos una dignidad que la segunda pierda por falta de foco o aplauso. Al menos, no en ningún sistema serio de “derecho nobiliario”.

Sin embargo, dentro de determinados círculos parece funcionar un principio diferente, la realidad del título aumenta en proporción directa al entusiasmo de quienes lo rodean. Hay asociaciones que lo emplean, ceremonias en las que se proclama, publicaciones que lo reproducen, personas que lo saludan con el tratamiento correspondiente y una pequeña arquitectura social que, año tras año, contribuye a que la denominación adquiera esa pátina de normalidad que tanto ayuda a las pretensiones dinásticas. Nada de esto es necesariamente censurable; las personas tienen derecho a mantener sus tradiciones, a reunirse en torno a ellas y a defender las legitimidades en las que creen. Lo que resulta menos inocente es utilizar la existencia de ese entorno como si constituyera una prueba objetiva de la naturaleza del título, y mucho menos utilizarla para negar al adversario el mismo beneficio interpretativo.

Porque ahí aparece la verdadera doble vara de medir: no se pregunta qué es el título, sino quién lo lleva; no se estudia primero la naturaleza de la dignidad para después juzgar al titular, sino que se decide primero qué titular merece nuestra consideración y, una vez tomada la decisión, se busca la palabra que mejor la justifique. Para el propio, «cortesía»; para el ajeno, «fantasía». Y la operación tiene la ventaja de que permite defender una preferencia dinástica sin tener que reconocer que se trata de una preferencia.

Hay algo incluso ligeramente enternecedor en esa necesidad de revestir de objetividad las propias simpatías. Quien está convencido de una causa debería poder defenderla sin recurrir a estos artificios. Puede decir que reconoce a una rama y no a otra, que considera mejor fundada una sucesión que otra o que entiende que determinada tradición dinástica merece prevalecer. Todo eso pertenece al terreno legítimo de la opinión y del debate histórico. Pero cuando comienza a llamar «título de cortesía» al de sus amigos y «título de fantasía» al de sus adversarios, la discusión deja de ser sobre títulos y pasa a ser sobre lealtades.

Y quizá por eso convenga desconfiar un poco de quienes manejan ambas expresiones con tanta seguridad. No porque toda utilización de «título de cortesía» sea incorrecta ni porque todo «título de fantasía» sea necesariamente una descalificación injusta, sino porque resulta demasiado conveniente que la frontera entre ambos conceptos coincida siempre con la frontera entre los nuestros y los otros.

Al final, un título histórico no se vuelve más histórico porque alrededor de él haya más ceremonias, más fotografías, más asociaciones, más aduladores o más recursos dedicados a mantener viva su apariencia. Tampoco se vuelve menos histórico porque su titular sea menos visible, menos celebrado o menos conveniente para determinados intereses. La Historia tiene la mala costumbre de ser bastante menos maleable que las relaciones públicas.

Por eso, cuando alguien nos explique con aire doctoral que un título es «de cortesía» mientras otro es «de fantasía», quizá lo más prudente sea hacer una pregunta muy sencilla antes de aceptar la distinción: ¿qué criterio aplica exactamente y lo aplicaría del mismo modo si los nombres estuvieran intercambiados?

Si la respuesta es afirmativa, tendremos una regla. Si la respuesta cambia según el pretendiente, tendremos algo mucho más humano y bastante menos académico: una simpatía disfrazada de terminología.
Y entonces la cortesía, por muy nobiliaria que se pretenda, ya no estará en el título. Estará en el trato preferencial que algunos están dispuestos a conceder a quienes consideran dignos de ella.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.


lunes, 24 de agosto de 2026

DE LA CRUZADA DE LOS NIÑOS A CEUTA. NADA NUEVO BAJO EL SOL.

Antonio de Castro García de Tejada
Académico correspondiente de la Academia Belgo-Española de la Historia.

Hay acontecimientos separados por ocho siglos que, sin embargo, permiten descubrir comportamientos humanos sorprendentemente parecidos. La llamada Cruzada de los Niños de 1212 y la reciente entrada masiva en Ceuta pertenecen a mundos completamente distintos: una nació en la Europa cristiana medieval y estuvo marcada por el fervor religioso; la otra puede parecer un fenómeno migratorio contemporáneo, aunque por sus dimensiones y por la presión ejercida sobre la frontera adquiere también los tintes de una auténtica irrupción sobre un territorio. Precisamente por esa distancia histórica resulta interesante compararlas: no porque sean iguales, sino porque en ambas encontramos una multitud movilizada por una expectativa colectiva y orientada hacia un mismo destino.

La llamada Cruzada de los Niños no fue una cruzada predicada ni estuvo formada exclusivamente por niños. La investigación histórica ha demostrado que el término latino pueri, utilizado por las fuentes, podía designar también a jóvenes y personas humildes. En 1212 surgieron movimientos en Francia y Alemania, impulsados por predicadores como Esteban de Cloyes y Nicolás de Colonia. Miles de personas se pusieron en camino convencidas de que podían conseguir aquello que los poderosos y los ejércitos cruzados no habían logrado: alcanzar Tierra Santa.

En 1212, la multitud creyó que el camino hacia Jerusalén estaba abierto para ella. En la Ceuta de 2026, decenas de miles de personas creyeron que la frontera hacia Europa podía ser atravesada. El pasado 30 de julio, unas 72.000 personas llegaron a Ceuta desde Marruecos en una entrada masiva, según la cifra mantenida por el Gobierno español. La movilización parece haber estado acompañada por mensajes y llamamientos difundidos a través de las redes sociales.


Naturalmente, la motivación era completamente diferente. Los protagonistas de 1212 estaban movidos por la fe; quienes se dirigieron hacia Ceuta buscaban fundamentalmente alcanzar Europa. Pero la comparación no tiene que establecerse entre la motivación, sino entre la forma en que una expectativa puede producir un movimiento colectivo. En 1212, la predicación, el rumor y los caminos medievales difundían la esperanza. En 2026, las redes sociales pueden hacerlo en cuestión de horas. La tecnología ha cambiado radicalmente; la capacidad humana para convertir una esperanza individual en una esperanza colectiva, mucho menos.

Cuando un individuo cree que algo es imposible, difícilmente se atreve a intentarlo. Pero cuando descubre que miles están dispuestos a hacerlo, su percepción cambia: lo que parecía imposible para uno empieza a parecer posible para todos. La multitud adquiere entonces una fuerza propia y genera una confianza que no siempre responde a la razón ni a las posibilidades reales, sino al convencimiento de que, si muchos avanzan juntos, el obstáculo terminará por ceder. Entre otros, aprecio un elemento común: el destino es más que un lugar. 

Jerusalén era para aquellos hombres y mujeres mucho más que una ciudad: era el símbolo de Tierra Santa y de una misión religiosa. Ceuta tampoco representa únicamente una pequeña ciudad española ubicada en el norte de África. Para quienes intentan atravesarla, representa la puerta de entrada a Europa. Son dos esperanzas completamente distintas, pero ambas pueden convertir un territorio concreto en el punto de concentración de una expectativa colectiva.

La paradoja es que la Cruzada de los Niños terminó convirtiéndose en una leyenda. La imagen de miles de niños marchando hacia Tierra Santa y siendo posteriormente vendidos como esclavos es mucho más conocida que la compleja realidad histórica del movimiento. Hoy puede suceder lo contrario: la leyenda puede preceder al acontecimiento. 

Un mensaje difundido por las redes sociales puede crear una expectativa colectiva y hacer que miles de personas se pongan en movimiento antes incluso de conocer con certeza qué encontrarán al otro lado. Ocho siglos separan estos acontecimientos, pero la fuerza que mueve a las multitudes sigue siendo, en buena medida, la misma: la convicción de que, si muchos avanzan juntos, aquello que parecía imposible puede dejar de serlo. 

Queda, sin embargo, una duda: ¿son realmente estas movilizaciones tan espontáneas y populares como nos quieren hacer creer, o existe detrás de ellas una voluntad organizada que las impulsa desde la sombra? La historia, maestra de vida, nos enseña que, a veces, detrás del movimiento de las multitudes también se encuentra quien sabe cómo ponerlas en marcha.

Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 23 de agosto de 2026

ELCANO Y LA GESTA QUE DIO FORMA AL MUNDO.

 

«Es una autentica obra maestra, sobre como los grandes sueños se conquistan desafiando lo imposible» (Pilar de Vicente).

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.

La historia de la primera circunnavegación siempre ha tenido una sombra de incertidumbre. No estamos ante una simple empresa marítima, en realidad fue un acto de voluntad llevado al límite de lo imposible. El libro La Ruta Infinita, de José Calvo Poyato, reconstruye esa aventura con una precisión sorprendente. Página a página maravilla ver su serenidad narrativa, lo que permite avanzar al lector como si estuviese a bordo de aquellas naves. El libro es excelente, una obra impecable tanto en su manera de ordenar los hechos, como también en la forma de dar vida a los personajes.

Magallanes fue un hombre inquieto que no se conformaba con seguir las rutas conocidas. Se empeñó en encontrar un paso hacia el conocido Mar del Sur, era como una porfía íntima contra lo establecido. La expedición la iniciaron cinco naves: Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria. Avanzó con dificultades, entre tormentas y motines, pero sobre todo con muchas dudas por no saber qué había después. Aun así continuaron. El estrecho que hoy lleva su nombre se convirtió en una prueba de resistencia. Llegado a ese punto, la travesía empezaba a pesar, era larga, fría y completamente incierta. Es aquí cuando el lector comienza a percibir la verdadera tensión que existía, cuando nadie sabía si el canal tenía salida o si desembocaba en un laberinto sin retorno, así que cuando por fin alcanzan el océano tranquilo al otro lado, la sensación que tuvieron fue la de haber cruzado una frontera moral y geográfica.

Los días pasan con mil sucesos. Magallanes muere en el viaje, pero esto no detiene el relato. Al contrario, lo eleva con la aparición de Juan Sebastián Elcano, porque surge la figura de un hombre que no buscaba gloria, pero que al final la alcanzó por la fuerza de los hechos. Aunque su figura nunca ha sido tratada con el respeto y la sobriedad que le favorece, el autor procura hacerlo. No estamos ante un héroe, tenemos un marino que entiende que su única obligación es completar la empresa, así que decide continuar navegando hacia occidente sin saber si la nave resistiría. No cabe duda de que estamos ante uno de los momentos más intensos del libro.

El regreso por el Índico es una marcha lenta y agotadora. La tripulación está reducida a un puñado de hombres, la nave se deshace por todas partes y el hambre y la enfermedad les acompañan cada jornada. Calvo Poyato narra esta parte con una contención admirable, porque en ningún momento dramatiza o exagera, el autor permite que sea la realidad quien hable por sí misma. Cuando, meses más tarde, la Victoria entra en Sevilla con dieciocho supervivientes, es cuando el lector comprende que esa hazaña no ha sido únicamente geográfica. Es la fuerza moral que demostró que la voluntad puede atravesar océanos, imperios e incluso sepulturas.

El libro La Ruta Infinita acierta al mostrarnos que esta empresa cambió la percepción del mundo, porque no hablamos simplemente de rodear la Tierra, ellos, con unos medios limitados, demostraron que era posible. Con su acto, la humanidad descubrió que el planeta tenía continuidad y que las rutas podían cerrarse. Entendieron que la distancia era vencible. Comprendieron la tierra. Sin duda este libro transmite esa idea sin grandilocuencia y con una claridad que honra la historia y la hazaña de estos españoles.

La prosa de José Calvo es limpia y firme. No interfiere con datos importunos y en sus recursos no distorsiona la historia. Utiliza los recursos de los cronistas de la época y lo hace con un sentido histórico, de manera que el lector siente que está ante un relato que se apoya en fuentes sólidas y documentadas.

La Ruta Infinita es un libro magnífico. Pone en valor la capacidad de sufrimiento, el valor, la audacia, la curiosidad y el afán de conocimiento, es tesón, liderazgo y compañerismo, sin duda estamos ante una de las más grandes gestas del hombre y, esta hazaña, no puede quedar como simple aventura. Habla de aquel tiempo en que España se atrevió a imaginar lo imposible y a llevarlo a cabo. Este libro goza de un generoso rigor narrativo y además, al contar la primera vuelta al mundo, lo hace encarnando fuerza, fortaleza y fe.

Publicado por La Mesa de los Notables.


sábado, 22 de agosto de 2026

ENTREVISTA EXCLUSIVA CON S.A.S. EL PRÍNCIPE DE BENTHEIM PARA LA MESA DE LOS NOTABLES.

LOS CONDES DE HOLANDA, LA ORDEN DE SANTIAGO Y LA EXPANSIÓN DE LOS REINOS CRISTIANOS.


El barón Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast solicitó audiencia a Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfurt con el propósito de mantener una entrevista exclusiva para nuestro blog, La Mesa de los Notables. La conversación que se formula en ella nace con una finalidad que trasciende el mero interés testimonial, como es la de servir de llamamiento a historiadores, archiveros e investigadores para profundizar en el estudio de las primeras relaciones entre los condes de Holanda y la Orden de Santiago, así como en la participación de aquellos en la expansión de los reinos cristianos de la península ibérica durante los siglos XII y XIII.

Si bien se conocen algunos episodios de particular relevancia, como la presencia del conde Guillermo I de Holanda en el asedio de Alcácer do Sal en 1217, una parte considerable de la documentación conservada en archivos españoles y portugueses permanece aún sin haber sido examinada de manera sistemática desde esta perspectiva.

La presente entrevista aspira, asimismo, a suscitar el interés de quienes trabajan en archivos españoles, portugueses o eclesiásticos y se encuentran en disposición de localizar cartas inéditas o escasamente estudiadas, referencias contenidas en crónicas, listas de combatientes u otros testimonios documentales relativos a la presencia de caballeros procedentes del norte de Europa y, de manera particular, de miembros de la Casa de Holanda o de personas vinculadas a ella en la península ibérica medieval.

El conocimiento y la difusión de estos hallazgos entre los miembros de la Orden podrían contribuir a esclarecer unos vínculos históricos que forman parte de la memoria común de la caballería europea y de las relaciones que, a lo largo de la Edad Media, unieron a los territorios del norte y del sur de la Cristiandad latina.

Con el propósito de situar esta cuestión en su debido contexto histórico y dinástico, y de abordar tanto sus antecedentes medievales como su proyección en el presente, Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfurt responde en exclusiva a las preguntas del Barón para  La Mesa de los Notables:

Entrevistador: Bienvenido, Alteza Serenísima, y muchas gracias por atendernos. Su familia cuenta con siglos de historia, pero su propia trayectoria profesional se ha desarrollado también en ámbitos muy distintos de los tradicionalmente asociados a una casa principesca. Antes de ocuparnos de sus actuales responsabilidades dinásticas, ¿podría hablarnos brevemente de su carrera profesional?

Príncipe de Bentheim: Muchas gracias por la invitación. Antes de asumir mis actuales responsabilidades desarrollé mi carrera profesional en el sector financiero. Trabajé como banquero en Merrill Lynch, en Nueva York. Era un entorno muy dinámico y exigente, bastante alejado del mundo de los archivos históricos y de la historia de las casas nobiliarias europeas, pero me proporcionó una experiencia internacional de enorme valor.

Entrevistador: Es, desde luego, un cambio considerable. Si repasamos la larga historia de su familia encontramos numerosas figuras destacadas, pero hay una que me resulta especialmente interesante: su antepasado, el conde Karl Paul Ernst, que compaginó las responsabilidades de gobierno con una intensa actividad cultural. ¿Podría hablarnos de él?

Príncipe de Bentheim: Con mucho gusto. Karl Paul Ernst, conde de Bentheim-Steinfurt, vivió entre 1729 y 1780 y fue conde de Steinfurt. Se le recuerda especialmente por haber impulsado el desarrollo de la cultura musical en Burgsteinfurt. Durante su juventud realizó numerosos viajes acompañado por su preceptor, el profesor y jurista Johann Christoph Buch, entre otros motivos para perfeccionar su conocimiento del francés. En 1750, tras obtener la sanción imperial, asumió finalmente sus responsabilidades de gobierno.

Entrevistador: También pasó algún tiempo en Francia durante un periodo histórico particularmente interesante, ¿no es así?

Príncipe de Bentheim: Sí. Durante la Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763, Karl residió en París. Aquella estancia tuvo una gran importancia en su formación intelectual. Allí fue iniciado en la francmasonería y tuvo ocasión de conocer a Voltaire, de quien se convirtió en un gran admirador. También se relacionó con algunas de las principales figuras de la Ilustración francesa, entre ellas Diderot y d’Alembert, al tiempo que cultivaba sus intereses por la música, los idiomas, la literatura y las ciencias naturales.

Benjamin Franklin residiría también posteriormente en París, entre 1779 y 1782. Llegó a ser Venerable Maestro de la logia masónica de las Nueve Hermanas (Les Neuf Sœurs), que desempeñó un papel destacado en los círculos franceses favorables a la causa de la independencia de los Estados Unidos.

Entrevistador: Su familia mantiene asimismo importantes vínculos genealógicos con la familia real neerlandesa. ¿De dónde procede ese parentesco?

Príncipe de Bentheim: Es un parentesco que puede seguirse claramente a través de las casas de Nassau y de Waldeck-Pyrmont. Karl Paul Ernst, por ejemplo, contrajo matrimonio con Charlotte Sophie von Nassau-Siegen (1729-1759), hija de Friedrich Wilhelm II de Nassau-Siegen y de Sophie Polyxena Concordia von Sayn-Wittgenstein-Hohenstein. La rama de Nassau-Siegen pertenece a la gran Casa de Nassau, de la que procede también la actual dinastía real de los Países Bajos, por lo que existen antiguos vínculos genealógicos entre ambas familias.

Estos lazos se reforzaron posteriormente cuando mi antepasado Alexis, IV príncipe de Bentheim y Steinfurt, contrajo matrimonio con la princesa Pauline de Waldeck y Pyrmont. Mi madre pertenece también a esta casa. Los Waldeck-Pyrmont están, a su vez, estrechamente vinculados a la monarquía neerlandesa: la reina Emma de los Países Bajos pertenecía a esta familia. Todo ello explica los estrechos vínculos familiares que históricamente han unido nuestra casa con la familia real de los Países Bajos.

Entrevistador: Su familia está también vinculada a la Muy Noble Orden Ecuestre de Santiago, una Orden cuyos orígenes se sitúan en la Holanda medieval y que está estrechamente relacionada con la historia de su casa.

Príncipe de Bentheim: Así es. Nuestra vinculación con los condes de Holanda constituye un elemento fundamental de la historia de nuestra familia (1). La Casa principesca de Bentheim und Steinfurt se considera sucesora legal y directa de la última heredera de los condes de Holanda. Esta ascendencia nos vincula profundamente con los Países Bajos y nos permite mantener vivo el legado histórico de los antiguos condes de Holanda, dentro del cual se inscribe también nuestro papel como custodios de la Muy Noble Orden Ecuestre de Santiago, cuya fundación atribuimos a los condes de Holanda.

Entrevistador: ¿Qué relación histórica existe entre la Orden de Santiago vinculada a su familia y la conocida Orden de Santiago española?

Príncipe de Bentheim: La relación debe entenderse fundamentalmente en términos de afinidad histórica e inspiración, y no como una continuidad institucional directa. Un episodio especialmente significativo tuvo lugar cuando el conde Guillermo I de Holanda, abuelo de Floris V, participó en la campaña de Alcácer do Sal de 1217, en la que intervino también la Orden de Santiago. Durante aquella expedición, Guillermo I pudo conocer directamente la actuación militar de los caballeros de Santiago, su participación en la expansión de los reinos cristianos peninsulares y su estrecha vinculación con la Corona portuguesa. Es posible que el recuerdo de aquel encuentro perdurase dentro de la casa condal y que, posteriormente, influyera en Floris V cuando adoptó el nombre y el concepto de Santiago para su propio proyecto político y caballeresco en 1290.

Entrevistador: ¿Podría explicarnos de qué manera la expedición del conde Guillermo I a la península ibérica en 1217 pudo establecer ese primer vínculo con los caballeros de Santiago?

Príncipe de Bentheim: Se produjo en el contexto de la Quinta Cruzada. El conde Guillermo I de Holanda encabezaba una flota de cruzados procedentes del norte de Europa que, durante su viaje hacia Tierra Santa, intervino en las operaciones militares que se desarrollaban en la península ibérica. Una de las principales fue el asedio de Alcácer do Sal, en 1217, contra los almohades. Tras la capitulación de la plaza, esta quedó vinculada a la Orden de Santiago. Aquella campaña puso en contacto directo a los cruzados dirigidos por el conde de Holanda con las fuerzas y órdenes militares peninsulares y constituye, por tanto, un antecedente especialmente significativo para comprender las relaciones posteriores.

Entrevistador: Aunque la participación de Guillermo I en el asedio de Alcácer do Sal está documentada, queda todavía mucho por conocer acerca de los contactos de los condes de Holanda con la península ibérica. ¿Existen todavía lagunas importantes en esta historia? ¿Qué podría aportar la comunidad académica?

Príncipe de Bentheim: Sin duda. Disponemos de algunos episodios bien documentados, pero todavía queda mucho por investigar acerca de la presencia de cruzados procedentes del norte de Europa en la península ibérica durante la expansión de los reinos cristianos. Los archivos españoles y portugueses, así como numerosos fondos eclesiásticos, pueden conservar cartas, registros, referencias cronísticas u otros documentos que permitan conocer mejor estos contactos.

Por ello, invitamos a historiadores, archiveros, investigadores y especialistas a colaborar en esta línea de investigación. Cualquier referencia documental a los condes de Holanda o a los primeros contactos caballerescos entre los Países Bajos y los reinos peninsulares durante los siglos XII y XIII puede resultar de gran interés. Animamos a quienes encuentren este tipo de documentación a ponerse en contacto con la Orden. La colaboración académica puede ayudarnos a reconstruir unas relaciones históricas que todavía conocemos de manera fragmentaria.

Entrevistador: Más allá de la relación militar, ¿qué influencia tuvo en la Casa de Holanda la cultura de la peregrinación desarrollada en torno a Santiago de Compostela?

Príncipe de Bentheim: Santiago de Compostela fue uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad medieval, junto con Roma y Jerusalén. La veneración de Santiago el Mayor y la extensa red de caminos que conducían a Compostela tuvieron una enorme influencia en toda Europa occidental, incluidos los Países Bajos. Los símbolos asociados a la peregrinación jacobea, especialmente la vieira, alcanzaron una difusión extraordinaria. Cuando Floris V fundó posteriormente nuestra Orden, en 1290, la advocación de Santiago permitía vincular aquella iniciativa caballeresca con una tradición religiosa y cultural de gran prestigio y profundamente arraigada en la Europa medieval.

Entrevistador: ¿Pudo servir la organización de la Orden de Santiago española como modelo para Floris V cuando estableció la Orden de Santiago holandesa en 1290?

Príncipe de Bentheim: Creo que existen paralelismos interesantes. A diferencia de otras órdenes militares de carácter monástico, la Orden de Santiago desarrolló una organización que permitía a sus caballeros contraer matrimonio y conservar bienes propios, aunque sometidos a las obligaciones establecidas por la Orden. Era un modelo particularmente adecuado para integrar a miembros de la nobleza secular.

Cuando Floris V creó su Orden de Santiago en 1290 buscaba también articular en torno a la corte una estructura capaz de vincular a nobles y patricios acomodados con la autoridad condal sin exigirles abrazar la vida monástica. Desde esta perspectiva, el precedente de la Orden española ofrecía un ejemplo de cómo una institución caballeresca podía reunir prestigio, vínculos personales y funciones políticas.

Entrevistador: La documentación permite en ocasiones reconstruir estas relaciones siglos después. ¿Qué importancia tienen para la historia de su Orden los documentos conservados en Francia relacionados con la Orden del Toisón de Oro?

Príncipe de Bentheim: Constituyen un testimonio muy interesante para estudiar la memoria y la continuidad de esta tradición caballeresca durante la Edad Moderna. En la Colección Chifflet, conservada en la Biblioteca Municipal de Besanzón, existe un expediente con correspondencia entre Jules Chifflet y Thymon van Schoonhoven. Chifflet fue el decimonoveno canciller de la Orden del Toisón de Oro, mientras que Van Schoonhoven era un destacado patricio y administrador de Róterdam.

En aquella correspondencia recurrieron también a los trabajos del erudito flamenco Petrus Montanus para estudiar los antecedentes de la tradición caballeresca holandesa. La conservación de estos documentos dentro de la colección de Chifflet resulta especialmente significativa, porque demuestra el interés que esta tradición despertaba en círculos relacionados con el Toisón de Oro y permite situarla dentro del contexto más amplio de la cultura caballeresca de los Países Bajos durante la Edad Moderna, a pesar de las profundas divisiones políticas y religiosas de la época.

Entrevistador: Floris V es conocido también por haber elevado a la caballería a hombres que no pertenecían a la antigua nobleza. ¿Qué papel desempeñaron los ricos patricios holandeses en este proceso?

Príncipe de Bentheim: Existía una evidente dimensión política y financiera. Las políticas expansivas y las ambiciones de Floris V requerían recursos que no siempre podían obtenerse mediante las rentas feudales tradicionales, de modo que el conde recurrió también al capital de las élites urbanas y comerciales.

Un caso particularmente interesante es el del patricio de Utrecht Lambert de Vries, uno de sus principales acreedores. Después de asumir en 1291 una deuda de 12.000 libras holandesas relacionada con el conde, De Vries fue armado caballero por Floris V el 22 de abril de 1292. El episodio muestra hasta qué punto podían entrelazarse las necesidades financieras del poder condal, la fidelidad política y la promoción social. Floris utilizaba así su prerrogativa de conceder honores para incorporar a nuevos hombres a los círculos de poder vinculados a su persona.

Entrevistador: La Orden de Santiago posee actualmente una marcada dimensión internacional, pero esa vocación parece tener antecedentes muy antiguos. ¿Cómo desarrolló Floris V su política exterior y hasta qué punto sus ambiciones europeas terminaron condicionando su reinado?

Príncipe de Bentheim: Floris V era hijo de Guillermo II de Holanda, que había sido elegido rey de Romanos, y pertenecía por ello a un mundo político que trascendía ampliamente los límites de su condado. Él mismo desarrolló una intensa política internacional y trató de proyectar su influencia en algunas de las principales cortes europeas de finales del siglo XIII.

La prosperidad de Holanda estaba estrechamente vinculada al comercio, particularmente a las relaciones económicas con Inglaterra y Flandes. Floris mantuvo por ello alianzas, no siempre estables, con soberanos tan importantes como Eduardo I de Inglaterra y Felipe IV de Francia. Su matrimonio con Beatriz de Dampierre debe situarse igualmente dentro de las complejas relaciones con Flandes.

Sus aspiraciones llegaron incluso a Escocia. Durante la crisis sucesoria conocida como la Great Cause, Floris presentó en 1291 su propia reclamación dinástica al trono escocés. Su intensa participación en la política internacional acabaría teniendo graves consecuencias. El cambio de orientación de su política, alejándose de Inglaterra y aproximándose a Francia, contribuyó a crear el contexto en el que varios nobles holandeses conspiraron contra él. Floris fue capturado y asesinado el 27 de junio de 1296.

Entrevistador: La Orden continúa activa en nuestros días. Entiendo que reúne actualmente a hombres y mujeres destacados en distintos ámbitos profesionales y empresariales de numerosos países. ¿Cómo combina hoy la Orden la conservación de su historia y de los valores caballerescos con esa dimensión internacional?

Príncipe de Bentheim: Hoy la Muy Noble Orden Ecuestre de Santiago es una comunidad internacional que procura mantener un equilibrio entre su herencia histórica y las realidades del presente. El ingreso se realiza exclusivamente por invitación y entre nuestros miembros encontramos personas destacadas del mundo empresarial, profesional y de otros ámbitos.

La conservación y el estudio de la historia de la Orden, así como la defensa de determinados principios y valores de la tradición caballeresca, siguen siendo fundamentales para nosotros. Pero queremos también que la pertenencia a la Orden tenga una dimensión contemporánea. Favorecemos el encuentro entre nuestros miembros, el intercambio de ideas y la creación de relaciones de confianza que puedan dar lugar a iniciativas y colaboraciones internacionales.

El próximo mes de septiembre, por ejemplo, celebraremos un encuentro que refleja bastante bien ese equilibrio. Comenzará con una ceremonia religiosa solemne vinculada a nuestra tradición y continuará al día siguiente con una jornada de polo para nuestros miembros. Es un deporte verdaderamente internacional, con una presencia muy importante en países como Argentina, aunque puede practicarse en circunstancias bastante peculiares. Recuerdo que, en una ocasión, en Kenia, antes de comenzar nuestro partido tuvieron que asegurarse de que no hubiera leones en el campo.


Entrevistador: En el ámbito personal, vive con su esposa, la princesa Madeleine, en la región bávara del Tegernsee, al sur de Múnich. Su hijo, el príncipe Maximilian, participa también activamente en la Orden como vicegobernador. ¿Qué significa para usted que una nueva generación de la familia asuma responsabilidades dentro de la institución?

Príncipe de Bentheim: Madeleine y yo disfrutamos mucho de nuestra vida en Tegernsee. Es un lugar extraordinario, próximo a Múnich y, al mismo tiempo, muy bien situado respecto a Austria e Italia, lo que le confiere un carácter particularmente abierto e internacional. Vivimos muy cerca del lago, en un entorno tranquilo que apreciamos enormemente.

En cuanto a Maximilian, me produce una gran satisfacción verlo asumir las responsabilidades de vicegobernador. La participación activa de una nueva generación es fundamental para garantizar que tanto el legado histórico de nuestra familia como los proyectos actuales de la Orden puedan tener continuidad en el futuro.

Entrevistador: Los vínculos de su familia con España tienen también una dimensión personal a través de su esposa, la princesa Madeleine. ¿Podría hablarnos de su relación con este país?

Príncipe de Bentheim: España ocupa un lugar muy especial en nuestra familia. Madeleine creció en Las Palmas de Gran Canaria, donde su padre era propietario de un hotel. Durante aquellos años estudió en un colegio religioso, una experiencia importante en su formación y en su conocimiento de la cultura española. Habla español con fluidez y conserva un profundo afecto por España.

Esa relación personal hace que los antiguos vínculos históricos de nuestra familia con la península ibérica tengan también para nosotros una dimensión mucho más cercana.

Entrevistador: Alteza Serenísima, muchas gracias por su tiempo y por habernos permitido recorrer a través de esta conversación tantos aspectos de la historia de su familia y de la Orden.

Príncipe de Bentheim: Muchas gracias a ustedes. Ha sido un verdadero placer mantener esta conversación y poder compartir con sus lectores una parte de nuestra historia.

Referencias

(1) Gothaisches Genealogisches Handbuch: Fürstliche Häuser 2018, GGH 7 – Bentheim, II. Linie: Bentheim und Steinfurt, Verlag des Deutschen Adelsarchivs, Marburg 2018, p. 200–208.

•             Sitio web: ordevansintjacob.nl
             Dirección de correo electrónico: jvbq@fastmail.nl
             Lecturas adicionales:

 Imágenes.

1.Museo del Louvre. Colección Edmond de Rothschild. Jacques Charles Bar, Caballero de Santiago en Holanda. París 1778/79.
 
2.Dirk V (1054 – 1091), un conde frisón (comes Fresonum) que gobernó los territorios que más tarde se conocerían como el Condado de Holanda. Era hijo de Gertrudis de Sajonia y su primer esposo, Floris I. Fuente: Hollandse jaar-boeken of Rijm-kronijk van Melis Stoke. Behelsende de geschiedenissen des lands, onder de Princen van het eerste Huis, tot den jare 1305.
 
3.Escudo de armas de los Príncipes de Bentheim-Steinfurt. De: Escudo de armas. Stemma Verlag: Alemania. Publicado hacia 1820. Grabado en cobre de escudo de armas de hacia 1820.
 
4. Esta fotografía fue tomada con motivo de la cena posterior a la investidura en la Grote Kerk en Dordrecht el 23 de mayo de 2026. De izquierda a derecha: SAS Maximilian Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (vicegobernador); SAS Carl-Ferdinand Fürst zu Bentheim-Steinfurt, KJH (jefe de la Casa de Bentheim-Steinfurt); SAS Georg-Viktor Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (gobernador). Crédito de la fotografía: Princesa Madeleine zu Bentheim und Steinfurt, DJH.

Publicado por La Mesa de los Notables.