Capítulo VI. El prestigio prestado.
Siempre he pensado que hay dos maneras
de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en
conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda
suele ser considerablemente más rápida.
Aquella mañana mi secretario entró en el
gabinete con varias hojas impresas.
—Tenemos un problema entre
corporaciones.
Levanté la vista.
—¿Un problema verdadero o uno
institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.
Dejó las hojas sobre la mesa.
Procedían del boletín digital de la Muy
Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable,
moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún
tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.
Ataúlfo, que estaba examinando con una
lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la
cabeza.
—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un
obstáculo.
Tomé una de las hojas.
El artículo llevaba por título «Algunas
reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la
verdadera historia institucional».
Leí el encabezamiento dos veces.
—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi
secretario.
—Cumple.
Agapito escribía con una prosa
cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a
señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados
hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.
Tampoco acusaba a nadie de falta de
transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que
podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y
cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a
las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad
institucional otra.
La sensibilidad institucional coincidía
con bastante frecuencia con su opinión.
—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó
Ataúlfo.
Mi secretario consultó sus notas.
—Que la Junta de la Antiquísima Casa de
Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente
con los miembros.
Seguí leyendo.
—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que
deberían contar?
Mi secretario dudó.
—Fundamentalmente, con él.
Dejé el artículo sobre la mesa.
—Entonces la frase está mal redactada.
Ataúlfo volvió a la fotografía.
—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».
Mi secretario sonrió.
Agapito llevaba años manifestando una
honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación
generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito
temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo
consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las
instituciones históricas.
—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las
juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los
hagan?
Ataúlfo pensó.
—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para
elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.
Ataúlfo frunció el ceño.
—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a
concretar.
Mi secretario explicó que la Junta de
Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar
fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha
diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido
dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que
algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar
Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.
—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres
capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe
sin ellos.
Ataúlfo apartó por fin la fotografía.
—Pero Agapito será miembro de
Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?
Tomé de nuevo el artículo.
—En ninguna de esas cosas.
Señalé el membrete.
—El problema empieza cuando necesita
esto.
Ataúlfo no entendió.
—¿La página web?
—No. El escudo.
El boletín pertenecía a San Gumersindo,
corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San
Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no
se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones.
Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y
materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había
defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.
—Dicen que son imparciales —explicó mi
secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.
Ataúlfo intervino:
—Pero si publican opiniones distintas,
demuestran independencia.
Lo miré con paciencia.
—Ataúlfo, publicar opiniones distintas
demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.
Busqué en uno de los cajones y extraje
una tarjeta con el escudo de mi casa.
—Escribe aquí que eres experto en
numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu
formación.
Ataúlfo guardó silencio.
—Publicar bajo un emblema respetable no
convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos
lo crean.
Mi secretario asintió.
Ese era exactamente el problema.
Don Agapito remitía sus artículos al
boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y
conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente
he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San
Gumersindo...»
La frase tenía una eficacia
extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo
que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y
quizás dinásticos.
—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de
publicación forme parte del argumento.
Ataúlfo seguía defendiendo a San
Gumersindo.
—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
—Una institución puede ser imparcial sin
ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.
Mi secretario anotó la frase.
—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.
Me volví.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto
quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de
publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto
quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante
libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.
Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.
—La libertad de expresión protege el
derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.
Mi secretario sonrió.
Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían
contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias,
pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el
mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por
qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.
—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.
Mi secretario hizo una pausa.
—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.
Seguí pasando páginas.
—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.
Cerré el artículo.
—Método robusto.
Agapito había adquirido así fama de
«gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un
archivo sobre Valdeolmos.
Era inevitable.
En determinadas materias históricas, la
autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar
durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.
—Pero supongo que los que conocen bien
la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez
empiezan con quienes saben distinguir.
Mi secretario explicó que Agapito
difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había
conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.
—Una división que él mismo había
organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba
el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran
espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.
Mi secretario añadió:
—Dice siempre que no quiere entrar en
polémicas.
Me pareció importante.
—Eso permite distinguir a un polemista
aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional
anuncia primero que no desea discutir.
Ataúlfo rió.
—¿Y después?
—Discute mejor.
Don Agapito poseía además una habilidad
singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía
años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la
serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía
alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien
que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y
publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué
hablaba.
—Los recién llegados son fundamentales
—dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.
Mi secretario arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el
peor enemigo de ciertas reputaciones.
Ataúlfo parecía ya más interesado.
—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.
Volví a sentarme.
—Una persona conocida necesita demostrar
que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.
Mi secretario explicó entonces la parte
más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con
Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente
tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra
Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre
materias históricas.
—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.
Ataúlfo se acercó.
—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas,
pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente
responsables de sus efectos.
Mi secretario volvió a escribir.
—San Gumersindo no publica las críticas
de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos
ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que
él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.
—Entonces el boletín no difunde la
crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado,
suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer
daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería
comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a
Valdeolmos.
Ataúlfo suspiró.
—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad
consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.
Hubo silencio.
—Si invitas todos los meses a tu casa a
un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de
hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de
preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para
elegir compañía.
Ataúlfo asintió lentamente.
—Entonces San Gumersindo se equivoca al
pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le
exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.
Mi secretario dejó la pluma.
—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a
Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia.
San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse
de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.
Me acomodé las gafas.
—Las instituciones desean a veces que
sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en
algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe
rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?
Sonreí.
—Leyéndolo.
Ataúlfo pareció decepcionado.
—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele
hacerse.
Tomé otra vez el artículo.
—Hay un error muy frecuente: creer que
desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una
tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar
a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe
publicársele.
Dejé caer las hojas sobre la mesa.
—Eso era lo que buscaba.
Ataúlfo negó con la cabeza.
—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa
con su publicidad.
Mi secretario preguntó:
—¿Qué debería hacer Valdeolmos?
Respondí sin pensarlo.
—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes,
sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la
insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?
Hice una mueca.
—Las grandes instituciones han
sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones.
Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.
Ataúlfo se echó a reír.
—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de
trabajar. No que no haya que preocuparse.
Me puse serio.
—La cizaña funciona porque explota una
debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.
Señalé primero los artículos.
—Agapito necesita sentirse influyente.
Luego señalé imaginariamente hacia
Valdeolmos.
—La Junta puede caer en la tentación de
responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.
Finalmente miré hacia las hojas de San
Gumersindo.
—Y San Gumersindo puede aferrarse a una
idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio
le parece menos digno que perseverar en él.
Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema
entero.
Tres vanidades podían fabricar un
conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.
—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las
instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras
corporaciones?
—Naturalmente.
Junté las hojas y se las devolví a mi
secretario.
—Pero, sobre todo, para servir a algo
que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.
Ataúlfo me miró.
—¿Y eso qué cambia?
—Todo.
Señalé el escudo de Valdeolmos que
aparecía reproducido en una de las páginas.
—Quien entiende eso no necesita utilizar
la institución para parecer más importante.
Después señalé el de San Gumersindo.
—Ni necesita prestársela a otro para
demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución
le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les
pertenece.
Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía
de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar
con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.
—Por cierto —dijo—, he pensado escribir
un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?
Se encogió de hombros.
—Da categoría.
Lo miré unos segundos.
Después miré a mi secretario.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.
Ataúlfo levantó la cabeza.
—¿Entonces?
Señalé la lupa.
—Es una posibilidad humana.
Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró
no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la
mesa.
Hay prestigios que se adquieren y
prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que
algunos olvidan devolverlos.
El vizconde de Malvavisco.
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Publicado por La Mesa de los Notables.






