domingo, 25 de octubre de 2026

A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO DE AMADEO REY SOBRE LUIS ALFONSO DE BORBÓN, PUBLICADO RECIENTEMENTE EN LA RAZÓN.

 Riestra2026.-


En estos tiempos en los que escasean los artículos que combinan rigor histórico, reflexión y criterio propio, resulta refrescante encontrar textos que vayan más allá del titular del día. Y este es, sin duda, el caso del magnífico trabajo que Amadeo Martín Rey y Cabieses publicó ayer mismo en La Razón, bajo el título «Luis Alfonso de Borbón se reivindica como heredero al trono ante el caos en Francia». Una de esas lecturas que merecen ser disfrutadas con detenimiento y que justifican, por sí solas, el reconocimiento a quien las firma.

Su lectura constituye una excelente oportunidad para recordar que la historia de las grandes dinastías europeas no se concentra exclusivamente en archivos, tratados genealógicos o en las vitrinas de los museos. También forma parte de la memoria colectiva de las naciones y, en determinadas circunstancias, puede aportar una perspectiva singular sobre los problemas del presente.

El autor consigue algo especialmente valioso como es relacionar los acontecimientos contemporáneos de Francia con su pasado monárquico, ofreciendo una reflexión que combina conocimiento histórico, sensibilidad institucional y una manifiesta consideración hacia la figura de Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou.
Y lo hace desde una posición intelectual perfectamente reconocible, que no pretende ocultar sus convicciones sobre la figura de Luis Alfonso.

Conviene detenerse, en primer lugar, en la personalidad de quien firma el artículo.

Amadeo Martín Rey y Cabieses no es un tertuliano ocasional de cuestiones dinásticas. Su trayectoria académica y profesional acredita una dedicación extraordinaria al estudio de la historia, la genealogía y las casas reales europeas.
Doctor en Historia por la Universidad de Navarra, doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la UNED, reúne una formación interdisciplinar poco frecuente.
Es, además, académico de número de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, institución en la que tomó posesión en mayo de 2017.

Su actividad investigadora y divulgadora comprende numerosas conferencias, publicaciones especializadas y colaboraciones periodísticas. También ha participado en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia.
A ello se añade su vinculación con instituciones históricas, nobiliarias  y caballerescas, entre ellas la Soberana Orden Militar de Malta  o la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge.


No estamos, por tanto, ante un articulista que se aproxima superficialmente al pasado de Europa, sino ante un estudioso que conoce la compleja evolución de las familias que protagonizaron buena parte de nuestra historia.
Su referencia al conde de Chambord, a la frustrada restauración monárquica francesa y a la continuidad de los derechos dinásticos permite comprender que la figura de Luis Alfonso de Borbón responde a una tradición histórica perfectamente identificable.

Especialmente evocadora resulta la referencia personal del autor a la carroza preparada para la entrada del conde de Chambord en París. Ese detalle proporciona al texto una dimensión humana que difícilmente podría transmitir una simple enumeración de acontecimientos. Es la historia contemplada no solamente desde el conocimiento, sino también desde la sensibilidad hacia aquello que pudo haber sido y finalmente no fue.

Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, nacido en Madrid el 25 de abril de 1974, es hijo de Alfonso de Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, y nieto del infante Jaime de Borbón y Battenberg, duque de Segovia, segundo hijo varón del rey Alfonso XIII. Su ascendencia paterna lo vincula directamente con la dinastía de los Borbones y, por esta vía, con Luis XIV de Francia.

Tras el fallecimiento de su padre en 1989, Luis Alfonso pasó a ocupar la posición que los legitimistas franceses reconocen como jefatura de la Casa de Borbón y representación de los derechos históricos de la rama primogénita de la dinastía.
Para sus partidarios es Luis XX de Francia.

Naturalmente, Francia es una república y existen otras interpretaciones dinásticas, pero esa circunstancia no resta interés histórico a la posición de Luis Alfonso ni a la tradición sucesoria que representa. Al contrario, permite apreciar la extraordinaria continuidad de unas instituciones familiares que han sobrevivido a revoluciones, guerras, exilios y profundas transformaciones políticas. Uno de los aspectos más estimables de su figura es, precisamente, la voluntad de conservar y transmitir ese legado.

En este sentido, resulta especialmente significativa la iniciativa de presentar, en diciembre de 2025, su propia página oficial en francés, concebida para divulgar su biografía, su posición dinástica y los principios históricos y culturales que desea preservar. La iniciativa representa una forma contemporánea de mantener viva una tradición secular.

Otro de los aciertos, a mi modo de ver,  del artículo de Rey y Cabieses es la referencia a San Luis IX, rey de Francia.
La evocación resulta particularmente oportuna cuando se aproxima el octavo centenario de su coronación, celebrada en Reims el 29 de noviembre de 1226.
San Luis, canonizado por Bonifacio VIII en 1297, ocupa un lugar singular en la historia de la monarquía francesa. Su reinado constituye una referencia fundamental para comprender la evolución de la institución monárquica medieval, la administración de justicia y la concepción cristiana de las responsabilidades del soberano.

Que Luis Alfonso de Borbón evoque hoy a este antepasado no es un detalle menor.
Supone recordar una tradición en la que la autoridad debía estar acompañada de obligaciones y en la que la dignidad de quien ejercía el poder se medía también por su capacidad para procurar justicia y proteger a la comunidad.
La historia de Francia no puede comprenderse plenamente sin los Capetos y los Borbones. Desde Hugo Capeto hasta los grandes monarcas de la Edad Moderna, ambas dinastías contribuyeron decisivamente a configurar la identidad histórica del país.
Reconocerlo no exige negar la Francia contemporánea. Significa, sencillamente, aceptar que una nación es mucho más que su régimen político vigente.

En relación con los graves disturbios que motivan el artículo, considero especialmente digna de reconocimiento la posición expresada por Luis Alfonso de Borbón.
Su comunicado, difundido en octubre de 2026 y recogido también por La Razón, condena la violencia y manifiesta solidaridad con los ciudadanos afectados.
Lo verdaderamente destacable es que esa solidaridad no se limita a un único sector de la sociedad francesa. Incluye a manifestantes, vecinos, comerciantes, policías, bomberos y gendarmes. Esa amplitud de miras merece ser subrayada.

El duque de Anjou distingue entre la legitimidad de las reivindicaciones sociales y la violencia que termina perjudicándolas. Una distinción esencial para cualquier convivencia civilizada. La defensa del orden público y el reconocimiento del derecho a expresar pacíficamente el descontento no deberían presentarse como principios incompatibles. Así mismo resulta significativo que Luis Alfonso haya manifestado su disposición a servir a Francia si los franceses así lo desean. Hay una diferencia sustancial entre entender una herencia dinástica como un privilegio personal y concebirla como una responsabilidad histórica puesta al servicio de una nación.

Esta segunda interpretación es, a mi juicio, la que proporciona mayor dignidad a su posición pública. Su actitud puede valorarse favorablemente sin necesidad de aventurar escenarios políticos improbables ni presentar como inminente una restauración monárquica.
El propio Amadeo Rey reconoce, en su artículo, las enormes dificultades que supondría actualmente el retorno de la monarquía a cualquier país europeo que haya dejado atrás esa forma de Estado. Precisamente por ello, su reflexión adquiere mayor interés, no necesita prometer acontecimientos futuros para reivindicar el valor de una continuidad histórica.

Existe, además, una cuestión que merece especial atención, Europa conserva distintas familias históricas que, aun habiendo perdido sus antiguas funciones soberanas, continúan desarrollando actividades culturales, representativas, patrimoniales o sociales. El autor recuerda oportunamente los ejemplos de Rumanía, Montenegro, Bulgaria y Georgia.
Son realidades institucionales diferentes, pero comparten como característica la permanencia de un legado histórico que no quedó completamente extinguido con la desaparición de sus respectivas monarquías.

Luis Alfonso de Borbón representa esa continuidad entre pasado y presente. Y considero positivo que mantenga viva la memoria de su Casa, participe en actos conmemorativos y procure transmitir a las generaciones futuras el conocimiento de sus raíces.

La principal virtud del trabajo de Amadeo Martín Rey y Cabieses reside en haber sabido elevar una noticia de actualidad a una reflexión histórica de mayor alcance. Su artículo está escrito desde el conocimiento, la convicción y el respeto hacia una tradición dinástica que conoce profundamente. Se puede compartir o no la interpretación legitimista de la sucesión francesa, pero sería injusto ignorar su fundamento histórico o reducirla a una simple curiosidad aristocrática.

Del mismo modo, la figura de Luis Alfonso de Borbón merece ser contemplada desde una perspectiva más amplia que la ofrecida habitualmente por determinadas informaciones de carácter social. Su trayectoria pública, su interés por la historia de Francia y su voluntad de preservar el patrimonio moral y cultural de sus antepasados constituyen aspectos suficientemente relevantes para justificar una atención seria y respetuosa.

Personalmente, encuentro particularmente estimable que, ante unos acontecimientos dolorosos, haya querido expresar públicamente su preocupación por Francia y su solidaridad con quienes sufren las consecuencias de la violencia. La fidelidad a una herencia histórica adquiere mayor significado cuando se acompaña de una voluntad de servicio.

Por todo ello, desde La Mesa de Los Notables deseo expresar mi felicitación a Amadeo Martín Rey y Cabieses por este excelente artículo, por su rigor histórico y por su continuada labor de divulgación de la historia dinástica europea.
Y también mi consideración hacia Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou, por la dignidad con la que mantiene viva una tradición familiar estrechamente vinculada a la historia de España y de Francia. Porque, más allá de coronas, títulos y regímenes, la verdadera nobleza de una herencia se manifiesta en la responsabilidad con la que se conserva, se honra y se transmite. 

La historia, a mi entender, no es únicamente memoria de lo que fuimos. También puede ser una fuente de inspiración para aquello que aspiramos a ser.

Pueden leer el artículo de Amadeo Rey y Cabieses : aquí.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 24 de octubre de 2026

APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO 2026-2027 DE LA REAL ACADEMIA MATRITENSE DE HERÁLDICA Y GENEALOGÍA.

 

La Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía celebrará el próximo jueves, 5 de noviembre de 2026, a las 19:00 horas, el solemne acto de apertura del Curso Académico 2026-2027, renovando con esta ceremonia su compromiso con el estudio, la conservación y la transmisión de un legado histórico en el que confluyen la memoria de los linajes, el lenguaje de los símbolos y las múltiples expresiones de nuestra tradición cultural.

La lección inaugural estará a cargo de la Dra. D.ª Amelia Aranda Huete, conservadora de Colecciones Reales de Patrimonio Nacional y académica correspondiente de esta Real Academia, quien disertará sobre un asunto de singular atractivo histórico y artístico, bajo el título:

«Las órdenes y condecoraciones de la reina Victoria Eugenia de Battenberg: diplomacia y joyería».

La conferencia nos acercará a un ámbito en el que la historia, el arte y la diplomacia encuentran una de sus expresiones más refinadas. Más allá de la riqueza de sus materiales y de la exquisitez de su ejecución, las órdenes y condecoraciones constituyen un lenguaje de extraordinaria elocuencia: testimonios de vínculos dinásticos, instrumentos de representación y signos visibles de unas relaciones políticas y personales que contribuyeron a configurar la Europa de su tiempo.

La figura de la reina Victoria Eugenia ofrece, desde esta perspectiva, una sugerente oportunidad para contemplar cómo la joyería regia trasciende su dimensión ornamental y se convierte en depositaria de significados históricos, ceremoniales y simbólicos, capaces de iluminar aspectos menos conocidos de la vida cortesana y de las relaciones entre las casas reinantes.

El acto tendrá lugar en el Salón de Actos de la Facultad de Ciencias de la Documentación de la Universidad Complutense de Madrid, situada en la calle de la Santísima Trinidad, número 37.

Una ocasión para inaugurar un nuevo año de actividad académica y renovar, en torno al conocimiento y al diálogo intelectual, el vínculo entre la investigación histórica y la preservación de nuestra memoria colectiva.

Más información en: https://ramhg.es/



Publicado por la Mesa de los Notables.

viernes, 23 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO XI-.

 
El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO XI. LA MEMORIA FAMILIAR.

Las familias antiguas conservan muchas cosas.
Casas, retratos, cartas, vajillas incompletas, escrituras de propiedades que ya no poseen y algunos muebles cuyo principal mérito consiste en haber sobrevivido a quienes intentaron sustituirlos.
Conservan también recuerdos.
Éstos suelen encontrarse en peor estado.
La memoria familiar tiene una particularidad que la diferencia de los archivos. Los archivos guardan lo que ocurrió. Las familias tienden a guardar lo que consideran conveniente recordar que ocurrió.
No siempre existe mala intención.
A veces basta el afecto.
Una abuela transforma con los años a un marido de carácter insoportable en «un hombre muy recto». Un sujeto que jamás trabajó se convierte después de muerto en «persona de vida independiente». Un antepasado que perdió media fortuna pasa a ser recordado como «desprendido».
El tiempo posee una capacidad extraordinaria para mejorar el carácter de los difuntos.
Pensaba en estas cuestiones cuando mi secretario entró en el gabinete cargado con una caja.

—Ha llegado esto, señor.

La dejó sobre el escritorio. Dentro había un volumen de gran formato, encuadernado en tela verde y con letras doradas.
Historia y memoria de la Casa de Valdeprado.
Debajo figuraba:
Ocho siglos al servicio de España.
Miré el grosor.

—Han debido de servir muchísimo.

En la primera página encontré una nota manuscrita de mi amigo don Álvaro de Valdeprado.

«Querido Malvavisco: estamos preparando una edición familiar y me gustaría conocer tu opinión antes de imprimirla definitivamente. Sé que serás discreto. Sobre todo con el capítulo séptimo».

Pasé al índice.
Naturalmente fui directamente al capítulo séptimo.
Las familias son como los contratos: cuando alguien señala expresamente una cláusula, conviene empezar por ella.
Los Valdeprado eran una familia verdaderamente antigua. No de esas cuya antigüedad comienza con una frase en latín encontrada en Internet, sino de las que conservan documentos suficientes para aburrir durante generaciones a sus descendientes.
El libro estaba muy bien documentado. Había árboles genealógicos, escrituras, retratos, cartas y referencias de archivo.

Llegué al siglo XIX.

Allí apareció don Leandro de Valdeprado y Sotomayor.
Había nacido en 1838, se había casado en 1862, tuvo cuatro hijos y murió en 1907.
Entre el matrimonio y la muerte, el libro dedicaba a su vida exactamente cinco líneas.

«Don Leandro continuó la tradición familiar y administró el patrimonio recibido de sus mayores en una época de profundas transformaciones económicas y sociales. Hombre de carácter independiente, residió durante algunas temporadas fuera de España y mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia».

Aquello me interesó.
Había vivido sesenta y nueve años y conseguido atravesar cuarenta y cinco de ellos en una sola frase.
Su hijo ocupaba doce páginas.
Su padre, diecisiete.
Un tío canónigo disponía incluso de una nota dedicada a su biblioteca.
Volví a don Leandro.
Cinco líneas.
Don Álvaro apareció aquella misma tarde.

—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Entero?
—Lo necesario.

Miró el volumen.

—¿Y?
—Me gusta mucho don Leandro.

Cerró los ojos durante un instante.
Había acertado.

—Sabía que irías directamente a él.
—Me lo recomendaste.
—Te dije precisamente lo contrario.
—En los archivos suele ser lo mismo.

Se sentó frente a mí.

—Fue un desastre.

Aquello no figuraba entre las cinco líneas.

—¿En qué sentido?
—En todos.

Don Leandro había heredado dos fincas, varias casas y rentas suficientes para llevar una existencia tranquila siempre que se abstuviese de tener demasiadas ideas.
Tuvo muchas.
Primero invirtió en una explotación minera.
No había suficiente mineral.
Después participó en una compañía destinada a construir un ferrocarril entre dos localidades entre las que nadie parecía tener especial necesidad de desplazarse.
La línea nunca se terminó.
Más tarde se interesó por la cría de caballos.
Los caballos resultaron considerablemente mejores administradores que él, aunque tampoco consiguieron salvar el patrimonio.

—Perdió una finca —me explicó don Álvaro.
—Mala suerte.
—Luego hipotecó otra.
—Mala administración.
—Y vendió parte de la tercera para recuperar lo perdido.
—Eso ya parece perseverancia.

Don Leandro tenía además cierta afición al juego y había pasado largas temporadas en París y Biarritz.
El libro describía aquellas estancias como consecuencia de «su carácter independiente».

—¿Por qué estaba fuera de España?

Don Álvaro se removió ligeramente.

—Tuvo ciertos problemas familiares.

Esperé.

—Había una señora.
—Eso suele producir documentación.

La señora era actriz.
Aquello explicaba quizá mejor el carácter independiente.
La relación había provocado una larga separación de su esposa.

—Mi tatarabuela sufrió muchísimo —dijo don Álvaro.
—Eso sí me parece importante.

Abrí nuevamente el libro.

—Aquí dices que mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia.
—Los mantuvo.
—Desde Biarritz.
—Es una manera de hablar.

 


Empecé a comprender.
No había ninguna mentira.
Eso era precisamente lo interesante.

«Administró el patrimonio recibido de sus mayores en una época de profundas transformaciones económicas y sociales» conseguía contar que don Leandro había perdido buena parte de una fortuna responsabilizando discretamente al siglo XIX.

Sentí cierta admiración.

—No podemos ponerlo todo —dijo don Álvaro.
—Naturalmente.
—Ni hablar de la actriz.
—No tengo especial interés.
—Ni de las deudas.
—Entonces quizá tampoco convenga decir que administró el patrimonio.

Me miró.

—Todo lo que pone es verdad.
—No exactamente.
—¿Qué es falso?
—Nada.

Hice una pausa.

—Ése es el problema.

Hay frases capaces de no mentir y, sin embargo, de conseguir que la realidad salga de la habitación sin hacer ruido.
Don Álvaro se levantó y se acercó a la chimenea.
Entonces vio a don Rigoberto.

—Tú lo tienes fácil.
—¿El qué?

Señaló el retrato.

—Con vuestro primer vizconde siempre habéis bromeado.

Miré a mi antepasado.

—Era malvado.
—Eso dicen.
—Y bizco.
—Eso también.
—Y nunca habéis intentado ocultarlo.
—No veo la necesidad.

Nunca he sentido especial obligación de defender a don Rigoberto.
Fue mi antepasado.
No mi candidato.
La diferencia me parece importante.
No tengo que demostrar que fue bondadoso, prudente o particularmente merecedor del título que recibió. De él proceden el vizcondado, algunos documentos, el retrato y, en mi caso, cierta disposición ocular.
Bastante ha hecho.

—Álvaro —dije—, si mi familia hubiese aplicado a don Rigoberto el criterio editorial que quieres aplicar a don Leandro, yo habría conservado el vizcondado y eliminado al vizconde que lo fundó.

Sonrió.

—No es lo mismo.
—Naturalmente.
—Don Leandro hizo sufrir a mucha gente.

Dejé de bromear.

—Entonces no lo conviertas en una anécdota.
—Por eso prefiero no ponerlo.
—No. Por eso no deberías sustituirlo por otra cosa.

Se hizo un silencio.
Nadie está obligado a incluir en una historia familiar cada error de sus antepasados. Sería insoportable. Algunas familias necesitarían varios tomos sólo para los malos matrimonios.
Seleccionar es inevitable.
Embellecer ya es otra actividad.

—¿Qué pondrías tú?

Tomé un lápiz.
Taché «administró el patrimonio recibido de sus mayores».

—Eso estaba bien escrito.
—Precisamente.

Escribí al margen:

«Su gestión patrimonial resultó poco afortunada y durante su vida se enajenó una parte importante de los bienes familiares».

Don Álvaro hizo una mueca.

—Parece un informe de auditoría.
—Es bastante más amable que la realidad.

Taché después «mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia».

—¿También?
—Si quieres puedes poner que pasó largas temporadas en Francia.
—Por motivos personales.
—Perfecto.

Contemplamos el párrafo.
Había perdido elegancia.
También había ganado realidad.

—Queda peor —dijo.
—Para don Leandro, sí.
—Para el libro.
—Eso depende de para qué quieras el libro.
—Para conservar la memoria familiar.
—Entonces quizá tenga que contener memoria.

Mi secretario entró con dos whiskies.
Al ver el libro abierto preguntó:

—¿Es la historia de la familia de don Álvaro?
—Sí.
—Debe de ser interesante.
—Muchísimo. Sobre todo desde que hemos empezado a devolver algunos parientes.

Don Álvaro me miró.
El secretario tuvo la prudencia de no preguntar.

—Hay cosas que una familia no tiene por qué exhibir —dijo don Álvaro cuando salimos nuevamente solos.
—Estoy de acuerdo.
—La intimidad debe respetarse.
—También.
—Entonces no entiendo el límite.
—Tú no quieres proteger la intimidad de don Leandro.
—¿Qué quiero?
—Proteger la reputación de los Valdeprado.

No respondió.
Las familias poseen una comprensible tendencia a comportarse como pequeños Estados. Tienen fundadores, alianzas, crisis, pérdidas territoriales, personajes incómodos y una historiografía oficial.
Con frecuencia poseen también un Ministerio de Asuntos Exteriores.
Suele llamarse abuela.
No veo nada extraño en que algunas historias permanezcan dentro de casa. El problema comienza cuando una familia decide escribir su historia y descubre que quiere conservar el pasado siempre que el pasado tenga la cortesía de coincidir con la imagen que mantiene de sí misma.
Entonces la memoria empieza a parecerse demasiado a la propaganda.
Don Álvaro hojeó nuevamente el libro.
Aparecieron un general, un magistrado, una señora vestida de negro, un sacerdote y un diputado de la Restauración.
Todos parecían personas respetables.

—Hubo gente extraordinaria —dijo.
—Sin duda.
—¿No es lógico querer transmitir eso?
—Por supuesto.
—Entonces ¿por qué insistir en el peor?
—No hay que insistir.

Señalé los retratos.

—Pero si éstos fueron verdaderamente extraordinarios, don Leandro no los empeora.

Guardó silencio.

—Una familia antigua ha tenido tiempo suficiente para producir de todo.
—Muy alentador.
—Algún arruinado.
—Seguro.
—Algún sinvergüenza.
—También.
—Algún imbécil.
—Varios.
—Y matrimonios lamentables.
—Eso en todas.
—Precisamente. Ahí empieza la universalidad de la nobleza.

Don Álvaro se echó a reír.
Varias semanas después recibí una nueva copia.
Abrí directamente el capítulo del siglo XIX.
Don Leandro seguía allí.
El párrafo había cambiado.

«Don Leandro de Valdeprado y Sotomayor heredó una parte importante del patrimonio familiar. De carácter inquieto y emprendedor, participó en distintas iniciativas económicas que no tuvieron el resultado esperado, circunstancia que obligó a enajenar algunas propiedades. Pasó largas temporadas en Francia por motivos personales. Su vida estuvo marcada por dificultades económicas y familiares de las que da testimonio la correspondencia conservada».

«De carácter inquieto y emprendedor» me pareció una concesión generosa.
Pero el hombre había invertido en minas, ferrocarriles y caballos.
Técnicamente no podía negarse.
Dentro encontré una nota de don Álvaro:

«Hemos procurado no ocultar nada sin necesidad de contarlo todo. Mi hijo dice que Leandro es ahora su antepasado favorito porque por fin aparece alguien normal».

Sonreí.
Mi secretario colocó el volumen en la biblioteca y salí de nuevo al encuentro de don Rigoberto.
Nunca sabré cuánto hay de cierto en todas las historias que mi familia cuenta sobre él.
Tal vez no fuese tan malvado.
Tal vez el episodio con Amadeo de Saboya nunca ocurriera.
Eso también forma parte de la memoria.
Pero hay algo que siempre he agradecido a mis mayores.
Jamás intentaron convencerme de que don Rigoberto fue un santo.
Era nuestro antepasado.
Les pareció suficiente.

Los antepasados tienen la irritante costumbre de haber vivido antes de que pudiéramos aconsejarles. No escogieron sus matrimonios pensando en nuestros árboles genealógicos, ni administraron sus fortunas para facilitar nuestras conversaciones, ni se comportaron para que dos siglos después pudiéramos exhibirlos cómodamente.

Vivieron.
Y nosotros venimos después.
La memoria familiar posee una razón profunda para existir. Nos recuerda que no empezamos con nosotros mismos. Que otros acertaron, se equivocaron, conservaron unas cosas y perdieron otras antes de dejarnos una historia que no hemos elegido.
Precisamente por eso conviene no corregirla demasiado.
Una familia que sólo conserva a sus hombres ilustres termina pareciéndose peligrosamente a un salón lleno de retratos comprados.
Puede impresionar.
Pero nadie sabe quién vivió allí.
Miré nuevamente a don Rigoberto.

—No te preocupes —le dije—. Tú te quedas.

Mi antepasado no respondió.
Fue una de sus intervenciones familiares más prudentes.

 

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.     Nota Aclaratoria.   Capítulo I.    Capítulo II.      Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      CapítuloVII.          Capítulo VIII.     Capítulo IX.    CapítuloX.

Aviso sobre propiedad intelectual.

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 22 de octubre de 2026

SOLEMNE APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO 2026-2027 DE LA ACADEMIA DE LAS CIENCIAS Y LAS ARTES MILITARES.

 

El 21 de octubre de 2026, a las 18.00 horas, tuvo lugar el solemne acto de apertura del curso académico 2026-2027 de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares (ACAMI).
El acto estuvo presidido por el general de ejército don Jaime Domínguez Buj, presidente de la Academia, y contó con la participación de don Camilo Villarino Marzo, jefe de la Casa de Su Majestad el Rey, quien tuvo a su cargo la conferencia inaugural.

La Academia de las Ciencias y las Artes Militares, como nuestros lectores conocen, es una entidad sin ánimo de lucro, inscrita el 10 de abril de 2018 en el Registro Nacional de Asociaciones con el número nacional 615.382, y que nació con la vocación de constituirse en un espacio de encuentro, reflexión, investigación y difusión del conocimiento relacionado con las Fuerzas Armadas y la Guardia Civil, abordando el ámbito militar desde una perspectiva integral y multidisciplinar.

De acuerdo con sus Estatutos, su finalidad primordial es fomentar la cultura militar en la sociedad española, así como promover las actividades literarias, artísticas y científicas que contribuyan a su conocimiento y desarrollo.

Entre sus principales fines institucionales destacan:
•Fortalecer el conocimiento de la cultura militar en la sociedad española.
•Contribuir al imprescindible apoyo de la sociedad a la Defensa Nacional, prestando especial atención a la juventud.
•Fomentar las actividades científicas, literarias y artísticas relacionadas con la cultura militar.
•Colaborar con otras academias de ámbito nacional en el desarrollo y difusión del conocimiento.
•Apoyar a las asociaciones y entidades militares dedicadas a divulgar la cultura militar en sus diferentes manifestaciones.

La Academia desarrolla su labor mediante distintas secciones especializadas que abarcan disciplinas como el pensamiento, la moral y la legislación militar; el futuro de las operaciones militares; la prospectiva tecnológica; la historia militar y el patrimonio cultural militar, entre otras.
Su lema, «Saber el pasado, conocer el presente, descubrir el futuro de nuestras Fuerzas Armadas», sintetiza su vocación de preservar y transmitir el conocimiento acumulado a lo largo de la historia, analizar los desafíos actuales y contribuir a la reflexión sobre el futuro de la institución militar.

En este marco institucional se inscribe la apertura del curso académico 2026-2027, como parte de la continuidad de la actividad académica y divulgativa de una entidad comprometida con el estudio, la promoción y la difusión de las ciencias y las artes militares, así como con el acercamiento de la cultura de defensa a la sociedad española.

La información sobre la Academia, su organización, sus objetivos y sus actividades puede consultarse en su página oficial: https://www.acami.es/
La grabación audiovisual del acto de apertura del curso académico 2026-2027 (YouTube) está disponible aquí.



Publicado por La Mesa de los Notables.


miércoles, 21 de octubre de 2026

PUBLICACIONES | LA GACETILLA DE HIDALGOS 587.

 

Disponible el número 587 · Verano de 2026.-

La Real Asociación de Hidalgos de España (RAHE) ha publicado recientemente el número 587 de su revista "La Gacetilla de Hidalgos", que ya se encuentra a disposición de todas las personas interesadas.
Tanto esta nueva edición como los números anteriores pueden consultarse y descargarse íntegramente, en formato pdf, desde la página web oficial de la Asociación.

Acceso a la publicación haciéndo click aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 20 de octubre de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS ASISTE A LOS ACTOS DE LA ORDEN DE CABALLERÍA DEL SANTO SEPULCRO EN MURCIA.

 Pilar de Vicente.

El Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias estuvo presente en los solemnes actos de Vela de Armas, Vigilia de Oración e Investidura de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén (Lugartenencia de España Occidental – Capítulo Noble de Castilla y León), celebrados el fin de semana pasado en la ciudad de Murcia. En representación de la corporación nobiliaria asturiana asistió la responsable de Relaciones Institucionales y autora de esta crónica.

La programación dio comienzo el viernes con la formación del Capítulo en la Capilla del Palacio de San Esteban, tras la cual se celebró la solemne Vela de Armas y Vigilia de Oración en la Parroquia de San Miguel Arcángel. La jornada concluyó con un “Cóctel de Neófitos” ofrecido en las instalaciones del Real Casino de Murcia.

Ignacio Alvargonzález, Pilar de Vicente y el Duque de Maqueda.

Durante la mañana del sábado tuvo lugar la reunión del Capítulo de la Orden en el Palacio Episcopal, mientras los invitados y acompañantes realizaron una visita guiada al Museo Salzillo. Posteriormente, los asistentes compartieron un vino español.

Por la tarde, tras congregarse los miembros del Capítulo en el Salón del Martillo del Palacio Episcopal, se celebró el Solemne Acto de Investidura en la Santa Iglesia Catedral de Santa María de Murcia. La jornada culminó con una elegante y distinguida Cena de Gala celebrada en la exclusiva finca Larache.
El encuentro capitular finalizó el domingo con la Misa de Acción de Gracias en la Iglesia de Nuestro Padre Jesús Nazareno, precedida por la formación del Capítulo en el Museo Salzillo.

Este inolvidable fin de semana ha constituido un marco excepcional de espiritualidad, tradición y fraternidad, reafirmando los estrechos lazos de hermandad entre las distintas corporaciones nobiliarias.

Publicado por La Mesa de los Notables.