sábado, 31 de octubre de 2026

EL MARQUÉS DE LA FLORESTA, GRAN OFICIAL DE LA ORDEN DE LA STELLA D’ITALIA.

 

En la Embajada de Italia ante el Reino de España ha tenido lugar en la noche del 27 de octubre de 2026, la solemne entrega de las insignias de gran oficial de la Orden de la Stella de Italia al Dr. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, marqués de la Floresta y vizconde de Ayala.

La ‘Ordine della Stella d’Italia’ tiene como objeto el de premiar a cuantos hayan adquirido particulares merecimientos en la promoción de las relaciones de amistad y colaboración entre Italia y los demás países, y al reforzamiento del prestigio de dicho país en el mundo.

La ministra consejera de la Embajada, Chiara Petracca, dio lectura al decreto de S.E. el Presidente de la República Italiana, y luego S.E. el embajador de Italia, conde Giuseppe Buccino Grimaldi procedió a la entrega del diploma e insignias, dirigiendo unas palabras de elogio a la figura y a la trayectoria del egregio condecorado, y mencionando especialmente su participación en los fastos del 160º Aniversario de las Relaciones Diplomáticas entre España e Italia, y sus libros y publicaciones sobre temas italianos, en particular el último, dedicado a la Insigne y Real Orden de San Genaro.

Contestó brevemente el recipiendario, agradeciendo a S.E. el Presidente de la República Italiana y al Embajador la concesión, y comprometiéndose a continuar, en cuanto le sea posible, su colaboración con las autoridades italianas en materias culturales. Recordando que esta es la tercera condecoración italiana que recibe, por concesión de tres Presidentes distintos, tras la cruz de caballero de la Orden Al Mérito de la República Italiana, y la corbata de comendador de la Orden de la Estrella de la Solidaridad Italiana.

Seguidamente, en el fastuoso comedor de la Embajada, el Embajador ofreció una espléndida cena de especialidades sicilianas y napolitanas, preparada por el acreditado chef Giuseppe Ferraro.

Concurrieron a la ceremonia y a la cena, además de la familia del galardonado, el Oficial de la Secretaría de Estado del Vaticano, el Conde de Fuentecilla, director del Museo Casa de la Moneda (Fábrica Nacional de Moneda y Timbre); la Secretaria General de la Cámara de Comercio Hispano-Francesa; el Duque de Veragua, el Conde de Paredes de Nava, el Marqués de Casa Riera, el Rector de la Sociedad de Estudios Internacionales, el Conde de Ripalda, el Vizconde de las Quintanas, el  Marqués de Santa Cruz de Bérriz, el Arquitecto Conservador del ‘Centre National y  Embajadora de El Salvador en España, entre otras distinguidas personalidades, según consta en la nota remitida a esta publicación.

Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 30 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO XII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo XII. El honor ajeno.

Hay palabras que resultan mucho más cómodas cuando se aplican a uno mismo.
El honor es una de ellas.
He conocido personas capaces de defender el suyo durante generaciones, incluso cuando nadie parecía interesado en atacarlo. Algunas familias conservan agravios con una fidelidad que no siempre han dispensado a sus propiedades. El agravio, al menos, tiene la ventaja de no pagar contribución.
Una mañana, mientras mi secretario intentaba convencerme de que tres cartas exigían respuesta inmediata y yo sostenía que podían esperar sin peligro hasta el reinado siguiente, entró Ataúlfo.

No llamó.
Eso me hizo sospechar que el asunto era grave.

—Tengo un asunto de honor.

Levanté la vista.

—¿Tuyo?
—No.

Dejé la pluma.

—Entonces quizá sea importante.

Ataúlfo se sentó frente a mí con una expresión que no le conocía. No era indignación ni preocupación por su apellido. Era algo bastante más incómodo para él: preocupación por otra persona.

El afectado se llamaba don Julián Valcárcel. Durante treinta y dos años había sido archivero de una antigua corporación a la que Ataúlfo pertenecía. No era noble, ni pretendía serlo, circunstancia que le había permitido dedicar una cantidad considerable de tiempo a estudiar a quienes sí lo eran.

Conocía el archivo mejor que nadie. Sabía dónde estaba cada expediente, qué legajo había sido mal numerado en 1957 y qué secretario de principios del siglo XX añadía un número romano a las fechas cuando estaba nervioso.

Poseía, en suma, esa clase de conocimiento que una institución considera imprescindible hasta aproximadamente seis meses después de jubilar a quien lo posee.
Entonces desapareció un documento.
Era una carta del siglo XVIII relacionada con una antigua merced real, suficientemente valiosa como para que varias personas que jamás la habían leído empezaran inmediatamente a lamentar su pérdida.

Se revisaron inventarios y armarios. Después se revisaron los inventarios para comprobar que los armarios se hubieran revisado de acuerdo con los inventarios.

No apareció.

Alguien recordó entonces que don Julián había sido la última persona que trabajó con aquel fondo. Otro creyó recordar haberlo visto con una carpeta. Un tercero no recordaba nada, pero estaba dispuesto a hacerlo si resultaba necesario.
La explicación adquirió así la solidez habitual de las cosas que nadie sabe exactamente pero todos han oído.

 —Eso mejora mucho el caso.
—Está en un taller de restauración de Alcalá.
—Lo mejora todavía más.

Años atrás, don Julián lo había enviado a restaurar con autorización del presidente. Había recibo, acuerdo de la junta y factura.
La factura, naturalmente, era el documento mejor conservado.
Todo estaba archivado.
En otro expediente.

—¿Dónde buscaron?
—En el archivo histórico.
—¿Y el expediente?
—En el administrativo.

Reflexioné.

—Comprensible. Buscaban un documento antiguo.

Mi secretario levantó la cabeza.

—Hay algo más, señor. Don Julián escribió dos veces después de publicarse la nota. No recibió respuesta.

Ataúlfo añadió:

—Y ahora todos admiten que no tuvo nada que ver.
—Excelente.
—Privadamente.

Ahí estaba el problema.
Hay instituciones con una extraordinaria facilidad para hablar en nombre propio cuando reciben una distinción y una cierta timidez gramatical cuando tienen que pedir disculpas.
La junta consideraba suficiente comunicar personalmente a don Julián que todo había sido un error.

—¿Cuántos ejemplares del boletín se distribuyen?
—Algo más de dos mil.
—¿Y a cuántas personas van a comunicar la inocencia?

Ataúlfo hizo una pausa.

—A don Julián.

Me recliné en el sillón.

—Admiro el sistema. Dos mil personas conocen la culpa y una conocerá la inocencia.

Ataúlfo no sonrió. Aquello confirmó que estaba verdaderamente preocupado.
Conocía a don Julián desde niño. El archivero le había permitido entrar en el depósito a los doce años y le había enseñado un libro de pruebas de nobleza del siglo XVIII.

—Fue la primera vez que vi mi apellido en un documento antiguo —dijo.
—Eso explica muchas cosas.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy estableciendo antecedentes.

Pero entonces me contó que don Julián había dejado de acudir a algunos actos. Dos personas que antes le saludaban con afecto habían empezado a hacerlo con esa prudencia reservada a quien aún no ha sido condenado, pero podría resultar incómodo haber saludado demasiado. Y uno de sus nietos había preguntado si el abuelo había robado algo.

Eso bastó.

El boletín de la corporación publicó una nota. No acusaba a don Julián de nada. Las personas prudentes saben que para dañar una reputación rara vez es necesario acusar. Basta con colocar correctamente las circunstancias.
La pieza, decía, había sido localizada por última vez «durante la anterior etapa de gestión del archivo» y se investigaban «determinadas irregularidades en los procedimientos de custodia».

Don Julián había sido el anterior archivero.
La sintaxis hizo el resto.

—¿Y qué ocurrió? —pregunté.

Ataúlfo sacó unos papeles.

—Que el documento no se perdió.

—Vamos a ver los papeles.

Mi secretario necesitó un día para encontrar cuatro documentos y dos días para comprender por qué no coincidían.
Según una carta, el manuscrito había salido el 14 de marzo. Según un acta, la restauración fue autorizada el 3 de abril. Según la memoria anual, ningún documento salió de la sede.

—Tenemos tres versiones —dijo.
—No seas injusto. Tenemos tres documentos oficiales.
—No dicen lo mismo.
—Por eso son tres.

El cuarto era el albarán del restaurador, fechado el 16 de marzo y firmado por don Julián.
Era suficiente.
Ataúlfo habló con un antiguo presidente. Yo llamé a un miembro de aquella junta. Mi secretario localizó al restaurador, que seguía vivo y, lo que resultó más útil, seguía guardando papeles. En pocos días reunimos lo necesario para hacer algo que en ciertas instituciones puede resultar mucho más difícil que encontrar un documento del siglo XVIII: reconocer un error del mes anterior.


Nos recibió el presidente con dos miembros de la junta.
No eran malas personas. Conviene aclararlo. Muchas injusticias no necesitan maldad; les basta con varias personas razonables intentando evitar simultáneamente una incomodidad.

—En ningún momento quisimos perjudicar a Valcárcel —dijo el presidente.
—Eso facilita mucho las cosas. Sólo falta reparar el perjuicio que no quisieron causar.

Habían preparado una rectificación.
Ocupaba casi dos páginas.
Decía que «como consecuencia de ulteriores actuaciones de comprobación» se había podido «determinar la eventual concurrencia de circunstancias documentales no conocidas», lo que aconsejaba «matizar algunas posibles interpretaciones».
Terminé de leer.

—Es admirable.

El secretario de la corporación sonrió.

—¿Le parece bien?
—Muchísimo. He leído tratados de teología que confesaban más.

Querían ser prudentes.

—La prudencia es una virtud excelente —dije—. Pero si sirve para no decir la verdad, acaba pareciéndose a otra cosa.

Tomé una hoja y escribí dos frases: la referencia publicada podía atribuir injustamente responsabilidad a don Julián; se había comprobado que el documento fue enviado regularmente a restauración y la corporación lamentaba el perjuicio causado a su buen nombre.
Uno de los miembros leyó el texto.

—Es demasiado directo.
—Suele ocurrir con la claridad.
—Podría perjudicar la imagen de la corporación.

Ataúlfo intervino antes que yo.

—Lo que perjudicó a la corporación fue equivocarse. Reconocerlo es probablemente lo primero que puede mejorar su imagen.

Lo miré.
Había dicho algo sensato sin necesidad de que nadie se lo pidiera.
Empecé a preocuparme.
El presidente dudó todavía.

—Podríamos escribir personalmente a don Julián.
—También —dije.
—Tal vez bastaría con eso.
—No —respondió Ataúlfo. —Si a un hombre se le quita algo delante de los demás, hay que devolvérselo también delante de los demás.

No añadí nada.
A veces la inteligencia consiste en reconocer el momento exacto en que uno debe permanecer callado. Es una virtud de la que Ataúlfo me había ofrecido pocas ocasiones de ejercicio.
La rectificación apareció en el boletín siguiente.
Sin subordinadas.
Fuimos a ver a don Julián unos días después. Vivía rodeado de libros, carpetas y fotografías del archivo. Nos ofreció café y repitió varias veces que no hacía falta haberse molestado tanto.

—Sí hacía falta —dijo Ataúlfo.
—Habéis hecho demasiado por mí.

Mi primo negó con la cabeza.

—Precisamente porque usted no podía hacer nada por nosotros.

Don Julián bajó la mirada hacia la taza.

No hubo discursos.

Diez minutos después nos explicaba un error de signaturas de 1842 y, a los veinte, Ataúlfo discutía con él sobre la fecha de ingreso de un antepasado suyo.
Todo volvía a estar en orden.
Al marcharnos, don Julián me dio las gracias.

—Déselas a Ataúlfo. La idea fue suya.

En el coche mi primo protestó.

—No hacía falta que dijeras eso.
—Pensé que te gustaría.
—Preferiría que no se comentase demasiado.

Lo observé.

—Ataúlfo, empiezas a preocuparme seriamente.
—¿Ahora qué he hecho?
—Llevas varios días comportándote como un caballero.

Sonrió.

—No exageres.

Me tranquilicé.
Seguía siendo él.
Aquella tarde regresé al gabinete pensando en la cantidad de veces que había oído hablar del propio honor: el familiar, el del apellido, el de la corporación y, sobre todo, el de uno mismo.
Quizá el honor fuese bastante más sencillo.
A veces no consiste en defender lo que es nuestro, sino en devolver a otro lo que nunca debió perder.
Mi secretario entró con una carta.

—La corporación pregunta si desea que conste en acta su intervención y la de don Ataúlfo.
—No.

Arqueó una ceja.

—¿Ni siquiera la de don Ataúlfo?
—Especialmente la de Ataúlfo.

Tomó nota.

—¿Archivo la carta?
—Sí.
—¿En correspondencia?

Miré el montón de papeles.

—No. En milagros.

Salió sin sonreír.

Era un profesional.
Me quedé solo bajo la mirada ligeramente divergente de don Rigoberto. Durante siglos habíamos dedicado mucho esfuerzo a demostrar quiénes éramos. Aquella semana habíamos empleado una pequeña parte en conseguir que otro no dejara de ser quien era.
Me pareció un uso bastante digno del apellido.
Sobre todo, porque no hacía falta ponerlo en el boletín.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.     Nota Aclaratoria.   Capítulo I.    Capítulo II.    Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      Capítulo VII.      Capítulo VIII.     Capítulo IX.    Capítulo X.   Capítulo XI.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.


jueves, 29 de octubre de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LOS ÚLTIMOS ACTOS DE LA MAESTRANZA DE SAN FERNANDO.

Pilar de Vicente. 

El pasado 24 de octubre tuvo lugar en Madrid el Solemne Acto de Ingreso de nuevos Maestrantes de la Maestranza de Caballería de San Fernando (Asociación de descendientes de los Caballeros Laureados de la Orden de San Fernando).

La jornada dio comienzo a las 12:00 horas con la celebración de la Santa Misa en la Iglesia Parroquial de San José de Madrid. Tras la ceremonia religiosa, las autoridades e invitados se trasladaron al Centro Cultural de los Ejércitos, donde se ofreció un cóctel de honor que reunió a distinguidas autoridades civiles y militares, así como a representantes de diversas órdenes de caballería y corporaciones nobiliarias.

En representación institucional del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, asistió su responsable de Relaciones Institucionales y autora de este artículo, atendiendo a la amable invitación cursada por la Presidenta de la corporación, la Excma. Sra. Marquesa de Sierra Bullones (GdE), Dña. Carmen Travesedo y Colón de Carvajal.


La Maestranza de Caballería de San Fernando fue fundada en 1999 con el fin de preservar y difundir el legado histórico de la Real y Militar Orden de San Fernando y mantener viva la memoria de los caballeros que recibieron esta distinción, así como de sus heroicos hechos de armas, ejemplo de honor, entrega y servicio a la Patria.

En sus más de veinticinco años de trayectoria ha reunido a 450 maestrantes, representantes de más de 230 caballeros laureados y Medallas Militares Individuales, además de contar con 40 maestrantes de honor.

Desde este blog, transmitimos nuestra más sincera felicitación a la Maestranza de Caballería de San Fernando y a los nuevos caballeros y damas maestrantes que se incorporan a esta ilustre institución.
Para más información: https://www.maestranzadecaballeriadesanfernando.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 28 de octubre de 2026

FALLECE JAIME BUGALLAL, DESTACADO MIEMBRO DE LA MATRITENSE.

 

Con profundo pesar hemos conocido la noticia del fallecimiento, ocurrido al mediodía de hoy, de don Jaime Bugallal, miembro numerario de la Real Academia matritense de Heráldica y Genealogía, tras una larga enfermedad.

Prestigioso genealogista y heraldista, Jaime Bugallal dedicó buena parte de su labor investigadora al estudio de los linajes y las armerías gallegas, campo en el que destacó por sus amplios conocimientos y su dedicación a la investigación histórica.

Su desaparición supone una sensible pérdida para el mundo de la cultura y la historia de nuestro país y, muy especialmente, para cuantos se interesan por la genealogía de los linajes de Galicia.

Desde La Mesa de los Notables queremos expresar nuestro más sentido pésame a su familia, amigos y compañeros de la Matritense, así como dejar constancia de nuestro reconocimiento a su trayectoria y a su contribución al conocimiento y conservación de nuestro patrimonio histórico y genealógico.

Descanse en paz.

Publicado por La Mesa de los Notables.

VASCO NÚÑEZ DE BALBOA FRENTE AL ÚLTIMO HORIZONTE.

 

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.

La historia de Vasco Núñez de Balboa tiene todos los ingredientes para una novela de aventuras, con un hidalgo, un viaje clandestino, selvas completamente impenetrables, acuerdos con indígenas, batallas, rumores de tierras maravillosas y, finalmente, la aparición de un océano que era completamente desconocido al mundo. En un instante en que la tierra parecía lo suficientemente extensa, aquel extremeño pudo demostrar que todavía era mucho más grande.

Vasco Núñez de Balboa nació en Jerez de los Caballeros en torno al año 1475. Hijo de una familia noble, pero con recursos modestos. Él fue uno de tantos jóvenes de su generación que buscaron en las Indias, la riqueza y mejora de su familia. La meta era alcanzar todo lo que en ese instante Castilla no les podía ofrecer. Y así fue como, tras participar en diversas expediciones por las costas de Tierra Firme, Núñez de Balboa intentó establecerse en La Española, aunque al final su negocio fracasó.

En el año 1509, perseguido por las deudas, se embarcó como polizón en una expedición que dirigía Martín Fernández de Enciso. Las crónicas cuentan que viajó oculto dentro de un tonel pero que fue descubierto durante la travesía. Vasco habría logrado convencer a los expedicionarios para que le permitieran continuar el viaje, justificándose en sus conocimientos de aquellas nuevas costas. En ese instante nadie sospechaba que aquel joven que había aparecido escondido entre barriles, terminaría realizando uno de los mayores descubrimientos geográficos de la historia.

Se instaló en la actual Panamá donde pronto demostró su buena capacidad de mando y una notable habilidad para entenderse con los indígenas. En ese trato fue cuando escuchó una historia, varias veces repetida por los nativos, que contaban que al otro lado de las montañas existía «la otra mar». Decían que había mucha agua, pero que estaba más allá de las selvas y las cordilleras. Uno de los informantes, llamado Panquiaco, era hijo de un cacique y hablaba habitualmente, de forma amigable, con los españoles. Les contaba historias sobre aquellas regiones meridionales y también los tenía admirados explicándoles historias en torno a las numerosas riquezas que escondía la tierra.

Las noticias que Núñez de Balboa escuchó fueron las que encendieron su imaginación. Desde hacía muchos años los europeos buscaban las fabulosas regiones descritas por Marco Polo, lugares como Cipango, Catay y las Indias orientales, donde estaban las deseadas especias, pero también la seda, piedras preciosas y otros muchos productos de enorme valor en Europa. Mientras, en las nuevas Indias, nadie conocía con exactitud la dimensión de este nuevo continente recién descubierto, así que Balboa se preguntaba si aquella «otra mar» que explicaba su nuevo amigo, conduciría a las especias, ¿y si tras aquellas montañas estaba el camino hacia las riquezas orientales?

Era el mes de septiembre de 1513 y decidió averiguarlo por sí mismo. Salió desde Santa María la Antigua del Darién acompañado de un pequeño contingente de españoles y varios aliados indígenas. La expedición marchó durante varias jornadas, resultando completamente agotador. La altísima humedad de la selva, numerosos pantanos, cursos de agua y elevaciones del todo abruptas, dificultaban el camino. El terreno parecía diseñado para impedir el paso de cualquier intruso. El calor era sofocante y la vegetación era tanta que cerraba completamente cualquier camino. Hubo momentos en que sufrieron el ataque de pueblos indígenas hostiles. Así transcurrían los días, donde cada jornada exigía una resistencia extraordinaria.

Pasaron los días y divisaron unas montañas desde las cuales, según contaban los guías, podía contemplarse «ese mar». Balboa quiso protagonizar el instante en soledad, así que ordenó detenerse a sus hombres varios metros por debajo de la cima y él continuó ascendiendo prácticamente solo.

El 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa alcanzó la cumbre de aquella montaña y, frente a él surgió una tremenda masa de agua, era tan grande que se perdía en el horizonte. Era agua, mucha más agua de la que nunca había podido imaginar. El joven extremeño acababa de convertirse en el primer europeo que contemplaba, desde las tierras de América, el océano que hoy todos llamamos Pacífico. Es probable que en algún momento nuestro Vasco Núñez de Balboa se hubiese sentido suspendido entre dos mundos. Detrás quedaba el océano Atlántico, por donde habían llegado los españoles hacía dos décadas y, frente a él, se extendía otro mar cuya verdadera magnitud nadie sospechaba. Miró a lo lejos, pero no divisó costa ni isla, solamente estaba el infinito.

Inmediatamente llamó a sus hombres, quienes ascendieron rápidamente para disfrutar de aquel extraordinario espectáculo. Seguramente ninguno podía imaginar que aquella superficie de agua era el mayor océano de la Tierra. Sin embargo, todavía quedaba completar el descubrimiento porque tenían que descender hasta la costa.

La expedición siguió, no sin nuevos enfrentamientos con algunos indígenas hostiles. Al aproximarse a la costa los españoles se dividieron para explorar el entorno. Visto el éxito, Balboa caminó hasta la orilla. Allí, frente a esas aguas totalmente desconocidas, se produjo una de las escenas más célebres de esta exploración española y fue cuando entró en el mar y tomó posesión de aquellas aguas en nombre de sus reyes. Esto ocurrió un 29 de septiembre de 1513, festividad del Arcángel San Miguel.

Uno de los primeros en llegar a la orilla junto con Vasco, fue Alonso Martín, quien al parecer pudo navegar, aunque sea brevemente, en una canoa indígena. Posiblemente habrían hecho lo que muchos navegantes realizan desde tiempo inmemorial cuando encuentran una masa de agua desconocida y es comprobar su naturaleza. Arrodillarse, recoger un poco de agua entre sus manos y probarla. Era agua salada, así es como supieron que no estaban frente a un gigantesco lago, ¡era mar!

Como aquellas aguas estaban al Sur, es por lo que lo llamaron «Mar del Sur». Años más tarde y tras la expedición de Fernando de Magallanes y Elcano, fue cuando toda esta extensión de agua acabó por imponerse y nombrarse océano Pacífico.
Hoy sabemos perfectamente la geografía del planeta y observamos los mapas donde los océanos parecen inevitables, pero en el año 1513 nada era así. El mundo era una compleja incógnita, con la muerte siempre pendiente, donde cada montaña podía esconder una maravilla y cada río un desastre.

La grandeza de aquella jornada fue llegar a entender que nuestro mundo era mucho más vasto de lo que cualquier europeo había imaginado. De este modo, un joven hidalgo, endeudado, que había llegado a viajar dentro de un tonel como polizón en un barco, se convirtió en el descubridor de la puerta que se abría a un nuevo océano. Vasco Núñez de Balboa, durante un instante irrepetible, se convirtió en el único hombre de su cultura que contempló por primera vez en la historia, desde las costas de América, el océano Pacífico.

Publicado por La Mesa de los Notables.


martes, 27 de octubre de 2026

RAÚL ROMERO MEDINA, GALARDONADO CON EL X PREMIO HIDALGOS DE ESPAÑA POR SU INVESTIGACIÓN SOBRE LA MEMORIA Y LA IDENTIDAD NOBILIARIA.

 

La Real Asociación de Hidalgos de España concede el X Premio Hidalgos de España al profesor Raúl Romero Medina por su obra Blasonar la memoria Medinaceli. Ejercicios de cultura, identidad y nobleza en la sociedad del Antiguo Régimen, fruto de sus investigaciones sobre la Casa Ducal de Medinaceli.

La Real Asociación de Hidalgos de España ha anunciado, mediante un comunicado fechado en Madrid el 26 de octubre de 2026, la concesión del X Premio Hidalgos de España al profesor Raúl Romero Medina.
La obra galardonada estudia cómo la nobleza construyó y transmitió su identidad y legitimidad a lo largo de las generaciones, tomando como referencia las investigaciones desarrolladas por su autor sobre la Casa Ducal de Medinaceli.
Raúl Romero Medina es profesor titular del Departamento de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid.

Su investigación ha sido distinguida con un premio convocado por la Real Asociación de Hidalgos de España para estimular y apoyar los estudios relacionados con la nobiliaria, la genealogía, la heráldica y otras disciplinas afines. El galardón está dotado con 10.000 euros, un diploma y una figura alusiva.

El jurado encargado de conceder esta décima edición del premio ha estado compuesto por seis especialistas de reconocido recorrido académico y profesional:
-Aránzazu Lafuente: directora del Archivo Histórico de la Nobleza, licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Historia Medieval.
-Eduardo Pardo de Guevara: doctor en Historia Medieval por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de investigación del CSIC.
-José Augusto de Sotto Mayor-Pizarro: doctor en Historia Medieval por la Universidad de Oporto y catedrático de dicha universidad.
-F. Borja de Aguinagalde: archivero e historiador, formado en la Universidad de Deusto y en centros superiores de Madrid, París, Italia y Bélgica.
-Alberto Montaner: catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza y subdirector de su Instituto de Investigación sobre Patrimonio y Humanidades.
-Mario Jaramillo: doctor por la Universidad Complutense de Madrid y secretario del jurado del X Premio Hidalgos de España.

Según informa la Real Asociación de Hidalgos de España, la entrega del galardón tendrá lugar durante el próximo mes de noviembre de 2026, en un acto especial organizado por la propia institución.

Desde este blog nos hacemos eco de este reconocimiento, que contribuye a poner de relieve la importancia de la investigación histórica sobre la nobleza española, su memoria, su identidad y su patrimonio cultural. Felicitamos al profesor Raúl Romero Medina por la concesión de este prestigioso galardón.

Para más información: https://www.hidalgosdeespana.es/


Publicado por La Mesa de los Notables.