Alejandro Riestra Martínez.
En las montañas verdes y húmedas del Principado, donde los prados descienden hasta el Cantábrico y las aldeas se
agrupan alrededor de pequeñas iglesias y caminos antiguos, la nobleza no llegaba a parecerse del
todo a la que dominaba los grandes palacios castellanos, andaluces o del
levante peninsular. Era, sobre todo, una nobleza rural profundamente vinculada
a la tierra, a la ganadería y a los ritmos lentos de la economía agraria.
Durante los siglos XVII, XVIII y buena parte
del XIX, esta pequeña aristocracia (compuesta en su mayoría por hidalgos) formó
el esqueleto social y político del ecosistema rural asturiano.
Una de las características más
sorprendentes de la sociedad del Principado durante el Antiguo Régimen, fue la enorme
proporción de nobles. Diversos estudios señalan que hasta tres de cada cuatro
habitantes, podían ser considerados hidalgos en el siglo XVIII, una proporción
extraordinaria si se compara con otras regiones de España, donde la nobleza
rara vez superaba el 30 % de la población.
Sin embargo, esta abundancia no implicaba riqueza generalizada. En Asturias predominaba lo que los
historiadores denominan "pequeña nobleza", compuesta por familias sin título
nobiliario pero que disfrutaban de ciertos privilegios jurídicos y fiscales.
Entre ellos destacaba la exención de impuestos directos, lo que los
diferenciaba de los llamados "pecheros", es decir, los campesinos y habitantes de
zonas urbanas obligados a contribuir al erario real.
Paradójicamente, muchos de estos
hidalgos eran pobres en términos económicos, aunque mantenían con orgullo su
condición social. En ocasiones poseían apenas una casa solariega, algunas
tierras en propiedad o arrendadas y un apellido antiguo que legitimaba su
posición.
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| Armas del Principado, diseño de Antonio Salmerón. |
La economía de esta pequeña nobleza se
apoyaba casi por completo en patrimonios rústicos. Sus ingresos procedían de
las rentas de la tierra, el arrendamiento de fincas y la explotación de montes
o pastos. La actividad industrial y comercial, en cambio, apenas formaba parte
de su mentalidad económica, pues tradicionalmente se consideraba “poco
honorable” para un hidalgo dedicarse al comercio.
Esta estructura económica reflejaba la
naturaleza rural de Asturias. Durante los siglos XVII y XVIII la región estaba
poco urbanizada y con escasa burguesía, mientras que la mayor parte de la
población vivía de la agricultura cerealista y la ganadería.
La introducción del maíz en el siglo
XVII supuso un cambio importante en la economía campesina, permitiendo aumentar
la producción alimentaria y sostener un crecimiento demográfico moderado. Sin
embargo, este crecimiento también provocó una mayor presión sobre la tierra,
generando conflictos frecuentes por el uso de montes
comunales, pastos o derechos de aprovechamiento forestal.
Más allá de su riqueza material, la
nobleza rural asturiana ejercía un papel central en la organización política de
la región. Los hidalgos dominaban los concejos, los cargos administrativos y
buena parte de la justicia local, configurando una red de poder que articulaba
la vida cotidiana de estas comunidades rurales.
El acceso a cargos municipales, la adquisición de oficios públicos o la participación en instituciones regionales
permitía a estas familias reforzar su prestigio. En algunos casos, este control
del poder local derivó en prácticas de "clientelismo" y "caciquismo", ya visibles
en documentos del siglo XVIII.
Además, estas familias de la hidalguía rural establecían complejas redes de parentesco. Los matrimonios entre linajes no
solo respondían a cuestiones sentimentales o familiares, sino que constituían
estrategias de consolidación patrimonial y política. Estas alianzas permitían
unir mayorazgos, acumular tierras o reforzar la posición social dentro de la
jerarquía regional.
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| Torre de los Vigil.- Santa Eulalia de Vigil (Siero). |
Aunque durante siglos Asturias estuvo
dominada por esta pequeña nobleza, a partir del siglo XVII algunas familias
comenzaron a ascender hacia la aristocracia titulada. Este ascenso se producía
generalmente a través de servicios prestados a la Corona, carreras militares o
posiciones destacadas en la Iglesia.
Un ejemplo significativo de ascenso
social dentro de la nobleza rural asturiana fue el de la casa de Queipo, que
obtuvo el título de Condes de Toreno en 1657. Su progreso no se basó únicamente
en la riqueza territorial, sino también en el servicio leal a la monarquía, en
una cuidadosa política matrimonial y en la acumulación de mayorazgos y
patronatos eclesiásticos, que consolidaban su poder local y garantizaban la
transmisión de su influencia de generación en generación.
De manera paralela, los Vigil
representan otro caso paradigmático. Su ascenso culminó con la concesión del
título de Marqués de Santa Cruz de Marcenado en 1679, otorgado por el rey
Carlos II. Esta familia logró trascender el ámbito local gracias a la combinación
de servicio militar, gestión política y alianzas familiares estratégicas,
reflejando un patrón recurrente en el Principado.
En el siglo XVIII, los Valdés alcanzaron
el título de Conde de Marcel de Peñalba, consolidando su influencia a través de
la acumulación de patrimonio rural y el servicio militar y administrativo. De
manera similar, los Bernaldo de Quirós obtuvieron el título de Marqués de
Camposagrado en el siglo XVII, combinando el dominio de sus tierras con la
participación en cargos locales y regionales.
Otras familias ilustran la diversidad de
caminos hacia la nobleza titulada o la consolidación de poder local. Los
Cienfuegos y los Ramírez de Jove, por ejemplo, accedieron a los títulos de
Conde de Marcel de Peñalba y Marqués de San Esteban del Mar de Natahoyo,
respectivamente, integrando en su estrategia social la propiedad rural con
actividades marítimas y comerciales incipientes, anticipando la forma en que la
hidalguía podía adaptarse a nuevas oportunidades económicas.
Al mismo tiempo, linajes como Argüelles (maqueses de Oria), Mon (marqueses de mon) Alas,
Hevia, Flórez, Miranda (marqueses de Valdecarzana y otra des sus ramas conde de de Villamiranda) , Riego, Soto, Caso, Omaña, Pando, Lavandera, Peláez o Trelles, así como algunos otros, alcanzaron notoriedad en ámbitos
políticos y administrativos, ocupando cargos de relevancia en la gestión local
y regional. Este grupo de familias evidencia que la influencia de la hidalguía
asturiana no se limitaba ya a la posesión de tierras, sino que también se
sostenía en la participación activa en los concejos, la justicia local y la
administración del Principado.
Finalmente, el caso de los Riestra
ilustra el paso de la pequeña nobleza rural asturiana hacia la modernidad del siglo XIX. Este linaje, residente durante siglos en el Concejo de Siero y originario de Villayón, consolidó la posición de algunas de sus ramas en la Pontevedra
de 1845. Algunos de sus miembros más destacados, como Ramón Riestra y de la
Sota, Juan Bautista Riestra, Francisco Antonio Riestra Vayaure y, sobre todo, José María Riestra López, lograron
integrar sus ramas familiares en la política y el mundo financiero, obteniendo este último el
Marquesado de Riestra. Su trayectoria muestra cómo, incluso en el contexto del
liberalismo del siglo XIX, ciertos linajes podían transformar la herencia de la
hidalguía en poder económico y político efectivo, adaptándose a nuevas
estructuras sociales.
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| Uno de los innumerables prados de San Martín de Vega de Poja (Siero). |
Aunque, como hemos dicho, la inmensa
mayoría de familias hidalgas vivían modestamente, la nobleza asturiana dejó una
profunda huella en el paisaje. Las casas solariegas, torres y palacios rurales o "casonas", con sus
escudos labrados en piedra, siguen marcando la arquitectura tradicional del
Principado. Estos edificios no eran solo residencias: representaban la memoria
del linaje. En sus capillas privadas o en las iglesias parroquiales cercanas,
las familias tituladas fundaban capellanías, financiaban retablos y aseguraban
lugares de enterramiento para perpetuar su nombre. La relación entre nobleza rural y
religión fue, por tanto, muy estrecha. El patrocinio eclesiástico permitía
consolidar el prestigio social y, al mismo tiempo, reforzar la influencia del
linaje dentro de la comunidad.
A lo largo del siglo XIX, el mundo que
había sostenido a esta pequeña nobleza rural comenzó a transformarse. Las
reformas liberales, la abolición de los privilegios estamentales y la
desaparición de los mayorazgos alteraron profundamente la estructura social
heredada del Antiguo Régimen. La hidalguía, que durante siglos había sido un
elemento central de identidad social en la Asturias rural, perdió progresivamente su
valor jurídico. Muchos antiguos linajes se adaptaron convirtiéndose en
propietarios agrícolas modernos, profesionales liberales o políticos del nuevo
Estado liberal.
Sin embargo, aunque el poder jurídico de
la nobleza desapareció, su huella cultural y paisajística perduró. Los
palacios, los escudos y los archivos familiares continúan recordando la
existencia de una sociedad rural donde el honor, el linaje y la tierra
formaban un triángulo inseparable.
Podemos decir sin temor a equivocarnos, que la historia de la nobleza rural asturiana no es el relato de grandes títulos ni de casas fastuosas. Es, más bien, la historia de hidalgos de montaña, de linajes en su mayoría modestos que defendían su honra con tanto celo como sus pequeñas propiedades. Entre prados, montes y aldeas dispersas, aquella nobleza tejió una red social compleja que dominó la vida local durante siglos. En sus casas de piedra, bajo escudos desgastados por la lluvia del Cantábrico, se gestó una forma singular de aristocracia menos brillante que la de las grandes urbes, pero profundamente arraigada en la tierra y en la memoria del mismo Principado.
Publicado por La Mesa de los Notables.










