domingo, 4 de octubre de 2026

JUAN PABLO SÁNCHEZ-INFANTE ABORDA LA HISTORIA DE FUENSALIDA Y EL PODER SEÑORIAL EN LA TIERRA DE TOLEDO EN UNA CONCURRIDA SESIÓN ACADÉMICA

 

Fuensalida, 26 de septiembre de 2026. - Juan Pablo Sánchez-Infante Hernández protagonizó una concurrida sesión académica de la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos (STEHG), organizada junto con el Ayuntamiento de Fuensalida, con una conferencia dedicada a la evolución histórica de Fuensalida y a su papel en la configuración señorial de la tierra de Toledo durante la Edad Media.

La sesión, celebrada en la Casa de la Cultura, contó con una magnífica respuesta de público y se enmarcó en los actos conmemorativos del XLV aniversario de la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos.
El eje de la misma fue la conferencia de Sánchez-Infante Hernández, titulada «De alquería a condado: Fuensalida y el poder señorial en la tierra de Toledo en los siglos XII-XV». Durante su intervención, el conferenciante abordó la evolución histórica de la localidad desde sus orígenes como alquería y analizó su progresiva incorporación a las estructuras señoriales que marcaron durante siglos la organización territorial de la tierra de Toledo.

La jornada comenzó con las palabras del presidente de la STEHG, José María San Román Cutanda, quien agradeció al Ayuntamiento de Fuensalida su colaboración y subrayó la importancia de acercar la investigación histórica a los municipios y, especialmente, a aquellos lugares directamente relacionados con los hechos y procesos objeto de estudio.
A continuación, intervino el alcalde de la localidad, José Jaime Alonso Díaz-Guerra, que dio la bienvenida a los asistentes y puso de relieve el valor de iniciativas destinadas a profundizar en el conocimiento del pasado de la localidad y a contribuir a la difusión de su patrimonio histórico.

A lo largo de su conferencia, Sánchez-Infante permitió al público adentrarse en varios siglos fundamentales para comprender la formación histórica de Fuensalida. Partiendo de sus orígenes como alquería, analizó las transformaciones políticas, territoriales y señoriales experimentadas por la localidad entre los siglos XII y XV, situándolas dentro del contexto más amplio de la tierra de Toledo.
La temática, estrechamente vinculada con la propia historia de Fuensalida, despertó un notable interés entre el numeroso público asistente y convirtió la sesión en un punto de encuentro entre la investigación académica, la historia local y la divulgación.

La celebración de esta jornada tuvo además un significado especial para la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos, que durante 2026 conmemora su XLV aniversario. En este año de celebración, la institución está reforzando su vinculación con la provincia y acercando parte de su programación académica a sus municipios.
En este contexto, la sesión de Fuensalida constituye un hito en la historia de la STEHG, al tratarse de la primera sesión académica celebrada por la institución fuera de la ciudad de Toledo y de la primera de una serie de sesiones que se desarrollarán en distintos municipios de la provincia.



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sábado, 3 de octubre de 2026

UNA CARTA DESDE EL SOLAR DE TEJADA.

 

Queremos compartir con todos los lectores de La Mesa de los Notables un detalle que hemos recibido recientemente y que, sinceramente, nos ha hecho especial ilusión.
Hemos tenido el honor de recibir una carta del Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, firmada por su Alcalde Mayor, don Fernando de Herrera y Hume, en la que tiene la amabilidad de reconocer la labor que, desde este blog, venimos realizando para compartir con todos nuestros lectores las actividades, noticias y eventos que ha venido protagonizando el Solar de Tejada en estos últimos años.

La misiva, fechada en la Casa Solar de Tejada el día 2 de octubre, reconoce expresamente la colaboración de La Mesa de los Notables y la difusión que desde estas páginas hemos procurado hacer de la realidad histórica y actual de esta singular institución.
En ella se nos agradece “la constante ayuda” prestada desde el blog y se destaca, asimismo, la "disposición y generosidad" con la que hemos llevado a cabo esta labor. Son palabras que recibimos con enorme gratitud y que, por su significado, no hemos querido dejar de compartir con todos vosotros.

Cuando se mantiene durante años un espacio como este, no siempre se es consciente del alcance que pueden llegar a tener las cosas que se escriben y publican, ni de quién se encuentra al otro lado de la pantalla. Por eso resulta especialmente gratificante recibir una carta como esta, procedente de una institución de tanta antigüedad, relevancia histórica y singularidad como el Antiguo e Ilustre Solar de Tejada.

Hay escritos que, precisamente por llegar de manera tan inesperada, adquieren un valor especial. Y este es, sin duda, uno de ellos.
No queríamos, ni podíamos, dejar pasar la ocasión sin agradecer públicamente al Solar de Tejada esta deferencia y, muy especialmente, a don Fernando de Herrera y Hume sus palabras, su atención y la consideración que ha tenido hacia este blog.

Para quienes hacemos La Mesa de los Notables, constituye una verdadera satisfacción saber que el trabajo realizado durante estos años ha servido, aunque sea modestamente, para contribuir a la difusión de las actividades y de la historia de esta antigua y singular corporación nobiliaria española.
Y, por supuesto, la carta queda desde hoy incorporada a ese pequeño conjunto de documentos que uno conserva con especial cariño, que no son otros que aquellos que, más allá de su contenido, guardan también el recuerdo de una atención recibida y de una labor que alguien, desde el otro lado, ha sabido valorar.

Abundo en nuestro más sincero agradecimiento al Antiguo e Ilustre Solar de Tejada y a su Alcalde Mayor, don Fernando de Herrera y Hume.

Feliciano Riestra.

Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 2 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VIII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO VIII. EL UNIFORME.

En el retrato que preside mi gabinete, don Rigoberto viste uniforme de gala. Lleva siglo y medio con él puesto y, hasta donde yo sé, nunca se ha quejado.

Los retratos presentan muchas ventajas.

Siempre me han gustado los uniformes cuando tienen una razón para existir. Hay prendas que son algo más que ropa. Un uniforme puede expresar una función, una jerarquía, una pertenencia o una prerrogativa de honor. Puede recordar a quien lo lleva que durante unas horas no se representa únicamente a sí mismo, circunstancia que resulta saludable para bastante gente.

Algunas antiguas corporaciones recibieron incluso de los Reyes el privilegio de utilizar uniforme propio. En determinados casos se concedió a sus miembros la facultad de vestirse a semejanza de los oficiales de los ejércitos reales, precisamente para que fueran públicamente reconocidos como personas principales.

Aquello tenía una lógica sencilla.
El Rey concedía primero el honor.
Después venía el uniforme.
Nunca al contrario.

Esta diferencia, que no me parecía especialmente complicada, empezó a interesarme cuando Ataúlfo ingresó en una corporación y decidió hacerse el suyo.

Me telefoneó una mañana desde una sastrería.

—Necesito que vengas.
—¿Qué ha ocurrido?
—El cuello.
—Ve al médico.
—El del uniforme.

Debí imaginarlo.

La sastrería ocupaba un principal cerca de la Puerta del Sol. Conservaba grandes espejos, armarios de madera oscura y varias fotografías antiguas de militares que parecían contemplar con cierta severidad todo lo confeccionado después de 1914. Ataúlfo estaba sobre una pequeña tarima con una casaca azul todavía sin terminar. El sastre corregía el cuello con esa resignación profesional que sólo se adquiere después de muchos años vistiendo a personas para actos solemnes.

—¿Qué te parece? —preguntó mi primo.
—Todavía tiene alfileres.
—Me refiero al conjunto.

Miré la casaca. Era elegante. También considerablemente militar.

—¿Vas a una guerra?

Ataúlfo me miró.

—Es el uniforme de la Corporación.
—Eso me tranquiliza.

Sobre una silla había un sombrero apuntado. En otra descansaba una espada.

—¿También espada?
—Forma parte del uniforme.
—¿Tenéis caballería?

El sastre bajó la cabeza.
Ataúlfo me explicó que la espada era puramente ceremonial.

—Entonces me cae mejor.

Sobre una mesa había dejado el reglamento de uniformidad. Describía el cuello, los bordados, los botones, las bocamangas, el pantalón, el tahalí, la espada, el sombrero y los guantes con un grado de precisión que muchas instituciones reservan para asuntos de menor importancia.

La bocamanga, sin embargo, estaba equivocada.

—Está conforme al dibujo que me entregaron —dijo el sastre.

Ataúlfo sacó otra hoja.

—Éste es el nuevo.
—¿Cuándo lo cambiaron?
—El martes.

El hombre volvió al trabajo.


Algunas instituciones se perpetúan durante siglos.
Otras modifican las bocamangas los martes.
Seguí leyendo. El uniforme debía llevarse en actos solemnes, ceremonias religiosas, representaciones oficiales y determinadas ocasiones expresamente autorizadas.

—Está muy regulado.
—Tiene que estarlo.

En eso coincidíamos. Un uniforme sin reglas deja pronto de ser uniforme. La palabra exige que varias personas acepten parecerse entre sí durante unas horas, cosa que en algunas corporaciones constituye ya un mérito considerable.

—Lo que no entiendo —dije— es por qué tiene que parecer un uniforme militar.

Ataúlfo se contempló en el espejo.

—Porque está inspirado en uniformes históricos.
—Eso ya lo veo.
—Muchas corporaciones antiguas los tuvieron.
—También tuvieron privilegios concedidos por los Reyes.
—No todo uniforme necesita una concesión regia.
—Naturalmente que no.

Aquello pareció sorprenderlo.
Ataúlfo empezó a defenderse antes de que yo hubiese terminado de atacarlo.

—Los niños llevan uniforme en algunos colegios. Los jueces, fiscales, abogados y procuradores llevan toga. Los militares llevan uniforme. Ninguna de esas prendas necesita ser una prerrogativa nobiliaria.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces no entiendo qué problema tienes.
—Los escolares no procuran parecer coroneles.

El sastre volvió a bajar la cabeza.
Ataúlfo suspiró.

—No queremos parecer militares.

Miré la espada. Después el sombrero. Después los bordados.
Volví a mirarlo.

—Lo estáis disimulando admirablemente.
—Es una indumentaria ceremonial.
—Eso sí lo comprendo.

Y lo comprendía de verdad.

Una corporación puede decidir adoptar hoy una vestimenta propia. Puede ser sobria, solemne, bella y perfectamente adecuada. Incluso puede inspirarse en formas históricas. Las tradiciones no tienen obligación de haber comenzado en la Edad Media.
Lo que me producía cierta reserva era otra cosa: la necesidad de tomar prestada la apariencia de una función que no se ejercía.

El uniforme militar no es respetable porque tenga galones, espada o bordados. Esos elementos son respetables porque detrás hubo primero una función, una disciplina y un servicio.
Cuando un Rey concedía a una corporación el privilegio de vestir a semejanza de sus oficiales, precisamente el honor consistía en eso: había sido concedido.
Concederse uno mismo la apariencia y concederse después el significado me parecía un procedimiento excesivamente económico.

—No nos hemos concedido ningún honor —dijo Ataúlfo.
—Eso me tranquiliza.
—Sólo hemos aprobado un uniforme.
—Entonces llamémoslo uniforme.
—Eso hacemos.
—Y no antigua prerrogativa.
—Nadie ha dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo me miró.

—Tienes una opinión bastante mala de nosotros.
—En absoluto. Tengo una opinión prudente del futuro.

El sastre pidió a Ataúlfo que levantase los brazos. Mi primo obedeció.

—Además —añadió—, hemos encargado un estudio histórico muy serio.
—¿Sobre qué?
—Uniformes de corporaciones españolas de los siglos XVIII y XIX.
—Muy sensato.
—Colores, cortes, bordados, reglamentos...
—¿Y la bocamanga?

Ataúlfo guardó silencio.
—La del martes —aclaré.
—Eso es una cuestión técnica.
—La Historia también empezó siendo actualidad.

No respondió.

La casaca, debo reconocerlo, le sentaba muy bien.
Aquello complicaba mis objeciones. Siempre es mucho más cómodo criticar una extravagancia cuando además está mal cortada.

El sastre levantó entonces la espada.

—Hay que probar el tahalí.

Ataúlfo se la ciñó. Era una pieza hermosa, fabricada en Toledo, con el emblema de la corporación en la empuñadura.

Se contempló en el espejo.

—Da mucha dignidad al conjunto.
—Las espadas suelen hacerlo.
—¿Te gusta?
—Mucho.

Pareció satisfecho.

—¿Ves?
—¿Sabes utilizarla?
—No tengo que utilizarla.
—Entonces me gusta todavía más.

Tres semanas después asistí al estreno oficial del uniforme. Fui de chaqué.
Ataúlfo me recibió en el vestíbulo con casaca azul, pantalón claro, sombrero apuntado, guantes y espada.

—Has venido de chaqué.
—Lo indicaba la invitación.
—Podrías haberte puesto uniforme.
—No tengo.
—Podrías hacerte uno.
—¿De qué?

No respondió inmediatamente.
Aquello me pareció una pregunta bastante útil.

Había una docena de caballeros vestidos del mismo modo. El efecto conjunto era francamente elegante y me alegré de que así fuese.

Uno de ellos caminaba con cierta precaución porque todavía no había aprendido a convivir con la espada. Otro descubrió al atravesar una puerta, con el sombrero bajo el brazo, que determinadas indumentarias requieren nociones de geometría que no figuran en los estatutos.

Un tercero preguntó dónde debía dejar los guantes durante el almuerzo. Nadie lo sabía. La institución había regulado perfectamente cómo debían ser. Qué hacer con ellos pertenecía todavía al Derecho consuetudinario.

Antes de comenzar el acto se acercó un conocido.

—Magnífico uniforme.

Ataúlfo agradeció el cumplido.
El hombre examinó los bordados.

—¿Es antiguo?
—No. Lo acabamos de aprobar.
—Pues lo parece.

Ataúlfo sonrió.

—Ésa era la idea.

Me miró de reojo.
Yo no dije nada. No hacía falta.

Después del acto hubo un almuerzo. Las espadas fueron distribuyéndose alrededor de las sillas con distinta fortuna y, a la hora del café, varios sombreros habían terminado amontonados sobre una mesa auxiliar. Por primera vez aquella tarde parecían haber encontrado una función común.

Ataúlfo se acercó.

—Bueno. Ya lo has visto terminado.
—Sí.
—¿Y?
—Me gusta.

Aquello pareció decepcionarlo.

—¿De verdad?
—Mucho.
—Entonces no entiendo todo lo que has dicho.
—No he dicho que un uniforme nuevo sea malo.
—Ya.
—Ni que una corporación no pueda crear una tradición.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Casi.

Ataúlfo apoyó la taza.

—Otra vez.
—Una tradición nueva puede ser perfectamente digna. Lo único que necesita es tiempo.
—Todas las tradiciones tuvieron alguna vez un primer día.
—Exactamente.

Miré las casacas.

—Y no les ocurrió nada por admitirlo.

Nos marchamos poco después.

Mientras bajábamos la escalera, la espada de Ataúlfo golpeó suavemente el pasamanos. Mi primo la sujetó.

—Habrá que acostumbrarse.
—Dale unos siglos.

Me miró.

—Idiota.

Seguimos bajando.

Toda tradición tuvo alguna vez un primer día.
El problema empieza cuando, al segundo, alguien encarga que la envejezcan.

El vizconde de Malvavisco.

Artículo relacionado: “Galones de Papel” (Blog La Mesa de los Notables 4 de marzo de 2026).

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.   Nota Aclaratoria   Capítulo I.      Capítulo II.     Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.    Capítulo VII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

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jueves, 1 de octubre de 2026

CONGRESO «MAYORAZGO, CONSERVACIÓN Y DISPERSIÓN DE OBRAS DE ARTE, LINAJE Y SISTEMA ARTÍSTICO (SIGLOS XVI-XXI)».

 

Los días 24 y 25 de noviembre de 2026, la Real Academia de la Historia (calle del León, n.º 21, Madrid) acogerá el Congreso «Mayorazgo, conservación y dispersión de obras de arte, linaje y sistema artístico (siglos XVI-XXI)», organizado por el Centro de Estudios de la Nobleza, dependiente de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, en colaboración con el proyecto de investigación M/ARTE. «Mayorazgo y campo artístico. Impacto de una estructura ideológica en la construcción del canon social del arte en el mundo ibérico y sus conexiones» (UNED), PID2023-146321NB-I00, financiado por la Agencia Estatal de Investigación, Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Para más información y descargar el programa del Congreso en formato pdf: aquí.

El encuentro está coordinado por Whitney Marie Dennis (Saint Louis University-Madrid), José Miguel Hernández Barral (Universidad Complutense de Madrid) y Antonio Urquízar Herrera (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Las conferencias programadas reunirán a investigadores procedentes de diferentes universidades e instituciones nacionales e internacionales.

El programa se articula en cinco sesiones temáticas, con un total de catorce conferencias, que tendrán lugar en el auditorio de la Real Academia de la Historia.

La propuesta plantea una conversación académica centrada en el impacto del mayorazgo sobre el sistema artístico, con el objetivo de profundizar en el conocimiento de los mecanismos de gestión, conservación y dispersión del patrimonio material y simbólico nobiliario. Asimismo, pretende promover un cambio de perspectiva en la comprensión de la conformación del canon artístico y de la experiencia de la temporalidad de las obras de arte.

El planteamiento aborda un proceso de larga duración histórica que comprende los tres siglos transcurridos desde las Leyes de Toro de 1505 hasta la abolición definitiva del mayorazgo en 1841. Este periodo coincide con el desarrollo del ciclo humanista que contribuyó a conformar el canon artístico tradicional, así como con los posteriores procesos de reconfiguración y gestión de los patrimonios que conducen hasta las fundaciones actuales.

Para más información: https://www.rmcr.org/



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miércoles, 30 de septiembre de 2026

JOSÉ MANUEL Y EL REY.


Sobre aquello que no explican los manuales.


Fernando de Herrera Hume.

 

Hoy he asistido, en representación del Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, al Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, celebrado en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, bajo la presidencia de S. M. el Rey.

La solemnidad del acto militar, la celebración religiosa y el incomparable marco del monasterio componían una de esas jornadas en las que las instituciones parecen adquirir una dimensión que trasciende a quienes circunstancialmente las representan. Sin embargo, al regresar a casa, lo que ocupa mis pensamientos no ha sido el recuerdo del esplendor de un acto militar brillantemente organizado, algo que a los civiles siempre nos llama mucho la atención, o el coro de voces blancas que elevó mi alma en la ceremonia religiosa, o la solemnidad que hay en cada lugar de ese monasterio en el cual Felipe II recibió la noticia de la victoria de Lepanto, sino el encuentro fortuito con un hombre.

Al finalizar los actos, los asistentes nos trasladamos al Patio de Carruajes del monasterio, donde aguardábamos la llegada de S. M. para el tradicional brindis y, posteriormente, tener ocasión de saludarlo y expresar nuestros respetos. Mientras esperábamos, un hombre se puso a mi lado, estaba en silla de ruedas y deseaba acercarse al Rey. Lo saludé y me presenté. Se llamaba José Manuel.

Ilustración recreada mediante inteligencia artificial a partir de los hechos relatados por el autor.

Entablamos una breve conversación. Me contó que padecía una enfermedad degenerativa para la que no existía cura. Primero había perdido la movilidad de las piernas, después, la de una mano. La enfermedad había continuado avanzando hasta afectar también a funciones básicas. Me explicó, con una franqueza que todavía me impresiona, que aquel proceso seguiría su curso, paralizando progresivamente otros órganos hasta alcanzar, finalmente, los pulmones y el corazón.

Mientras lo escuchaba, pensé en lo terrible que debe de resultar asistir conscientemente al desmoronamiento del propio cuerpo. Saber que mañana acaso se pierda una facultad que todavía se conserva hoy. Contemplar cómo se estrechan las posibilidades de la existencia sin poder hacer nada para detener ese proceso. No supe muy bien qué decirle. Hay circunstancias ante las cuales las palabras, por elaboradas que sean, resultan insuficientes. Le dije que rezaría por él.

Y, sin embargo, allí estaba José Manuel, en aquel patio de El Escorial, esperando con ilusión la llegada del Rey. Cuando S. M. se aproximó, me aparté para facilitarle el paso con su silla de ruedas. El Rey lo saludó, se detuvo a escucharlo y le dirigió unas palabras. Fue un encuentro breve, como necesariamente han de serlo tantos otros en esta clase de actos, pero suficiente para que José Manuel pudiera cumplir su deseo. Fui testigo de ese encuentro.
Después me agradeció mucho el gesto de haberle dejado mi sitio. Le reiteré que pediría por él y nos despedimos. En este viaje de vuelta no puedo dejar de pensar en aquel hombre y ese encuentro.

Quienes nos hemos formado en Derecho estamos acostumbrados a estudiar las instituciones a partir de sus atribuciones, naturaleza jurídica, legitimidad y funciones. La Corona no constituye una excepción. Podemos dedicar páginas enteras a analizar su posición constitucional, su condición de símbolo de la unidad y permanencia del Estado o el significado de la representación institucional, pero esta mañana, en El Escorial, he comprendido algo que difícilmente puede transmitirse mediante las categorías de un manual.

Para José Manuel, el Rey no era en aquel momento una abstracción constitucional ni una figura sobre la que elaborar una reflexión política. Era alguien a quien deseaba conocer, una persona a la que quería saludar mientras todavía podía hacerlo.
Desconozco qué significaba exactamente para él aquel encuentro. No se lo pregunté y tampoco pretendo interpretar sus sentimientos, pero aquella escena me hizo reflexionar sobre una dimensión de la Corona que acaso pasamos por alto: su capacidad para hacer presente, mediante una persona, algo que de otra manera permanecería en el terreno de lo abstracto.

Los símbolos no son únicamente signos destinados a transmitir conceptos. Forman parte de nuestra memoria colectiva, pero también pueden adquirir un significado íntimo, ligado a las circunstancias particulares de cada individuo. En ocasiones, su verdadero alcance no se descubre en las grandes ceremonias, sino en esos pequeños gestos que permiten establecer una relación humana. La representación se convierte entonces en presencia. Y la presencia permite algo que ninguna abstracción puede ofrecer por sí sola: un encuentro.

No pretendo convertir el sufrimiento de José Manuel en un argumento político, ni extraer de aquel saludo conclusiones que excedan lo sucedido. Su dignidad es anterior e infinitamente más importante que cualquier ceremonial. Precisamente por eso me ha conmovido aquella escena. En medio de una celebración de gran solemnidad institucional, lo verdaderamente significativo para mí terminó siendo una experiencia profundamente humana.

Quizás nuestra sociedad, tan acostumbrada a reducirlo todo a conceptos, procedimientos y categorías, haya perdido cierta capacidad para comprender el valor de los gestos. Nos resulta sencillo explicar qué representa la Corona in abstracto, pero bastante más difícil comprender qué puede llegar a significar para alguien saludar a S. M. el Rey in concreto.
Un saludo no puede modificar el curso de una enfermedad, pero puede proporcionar un instante de felicidad a quien afronta una existencia marcada por el sufrimiento y la incertidumbre. Y ese instante, por efímero que sea, no admite medida.

Hoy acudí a El Escorial representando a una institución histórica cuyos privilegios han sido confirmados durante siglos por los sucesivos soberanos españoles. Era consciente de la significación institucional de aquella jornada y de lo que suponía participar en ella, pero regreso pensando en José Manuel. En su cuerpo, que lentamente va dejando de responderle. En su voluntad, que todavía encuentra motivos para ilusionarse. En aquel deseo aparentemente sencillo de estrechar la mano del Rey.

Ser testigo silencioso de ese encuentro trae a mi mente el mismo pensamiento que resuena como una campana entre esos muros de piedra. Mientras nos afanamos por alcanzar metas, acumular reconocimientos y resolver tantas cuestiones que juzgamos trascendentales, alguien que contempla de cerca el final de su vida puede encontrar una alegría inmensa en algo tan sencillo como un saludo.
Sé que no volveré a ver a José Manuel. No sé cómo transcurrirán sus próximos días, pero conozco su nombre, sé que hoy cumplió una ilusión y recuerdo la promesa que le hice.

Esta noche rezaré por él. Y sé que mañana también.


En el tren de Madrid a Sevilla, 28 de septiembre de 2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 29 de septiembre de 2026

EL REY PRESIDE EN EL ESCORIAL EL CAPÍTULO DE LA REAL Y MILITAR ORDEN DE SAN HERMENEGILDO.

 

S.M. el Rey don Felipe presidió ayer, en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la celebración del Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, que tiene lugar en esta localidad cada dos años.
Don Felipe fue recibido por el ministro del Interior, don Fernando Grande-Marlaska; la alcaldesa de San Lorenzo de El Escorial, doña Carlota López Esteban; el Jefe de Estado Mayor de la Defensa, almirante general don Teodoro E. López Calderón, y el Gran Canciller de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, general don Miguel Ángel Villaroya Vilalta.

Tras los Honores de Ordenanza, el Rey pasó revista a las tropas y recibió el saludo de las autoridades civiles y militares asistentes. Posteriormente, impuso las condecoraciones correspondientes a los ascensos y nuevos ingresos de Caballeros y Damas en la Orden. El acto continuó con el homenaje a los caídos y un desfile de la Guardia Real.
En la Basílica se celebró después el acto religioso, oficiado por el Arzobispo Castrense de España, seguido de la reunión del Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, presidida por Su Majestad el Rey.

S.M. el Rey con los representantes de Tejada.

Entre las instituciones asistentes se encontraba el Antiguo e Ilustre Solar de Tejada representado por su Alcalde Mayor, don Fernando de Herrera Hume, y el Diputado don Francisco Antonio Garrido Sauro. Esta institución culminó durante el presente 2026 un trabajo de años destinado a la ordenación, indexación y puesta en valor de sus fondos documentales, que conservan nombres, filiaciones, expedientes, pruebas de descendencia, confirmaciones de privilegios, noticias familiares, documentos económicos y otros testimonios de gran valor para el conocimiento de la historia del Solar y de las familias vinculadas a él.

La indexación de estos fondos, de los que ya dimos oportuna cuenta en entradas anteriores de este mismo blog, permitirá nuevas fórmulas de búsqueda y consulta facilitando el acceso a una documentación especialmente relevante para el estudio de los linajes, las migraciones, las redes familiares y la formación de sociedades, no sólo en España, sino en gran parte de la Hispanidad.

El Gran Canciller de la Orden con los represntantes de Tejada.

La Real y Militar Orden de San Hermenegildo, como nuestros lectores ya conocen, fue instituida en 1814 por Fernando VII, a propuesta del Consejo de Guerra y Marina, como reconocimiento a la constancia en el servicio militar de los oficiales del Ejército. Su Capítulo, que inicialmente se decretó con carácter anual, se celebra actualmente cada dos años.
De acuerdo con las Reales Ordenanzas, en la Orden ingresan los militares de los tres Ejércitos y de la Guardia Civil que acreditan constancia en el servicio y una conducta intachable. La institución está integrada por Caballeros y Damas y comprende las categorías de Gran Cruz, Placa, Encomienda y Cruz.

Para el ingreso o ascenso se exige, entre otros requisitos, pertenecer a las categorías de oficiales generales, oficiales o suboficiales de las distintas escalas de los Ejércitos, los Cuerpos Comunes de las Fuerzas Armadas o la Guardia Civil, además de haber cumplido los tiempos de servicio establecidos.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 28 de septiembre de 2026

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA EN EL ESTRECHO DE MAGALLANES Y LA TRAGEDIA DE PUERTO DEL HAMBRE.

Manuel L. Ruiz de Bucesta Álvarez. 


En el año 1581 hubo una empresa para poblar el Estrecho de Magallanes. Lo que nació como una idea en la Corte, pronto terminó convertida en un simple murmullo del que parece que en poco tiempo nadie quiso hablar más. Felipe II vivía en su despacho, preocupado por la intrepidez y audacia de los corsarios ingleses que se aventuraban entrando por el Pacífico con total libertad, así que un día tomó la decisión de que aquel corredor de agua debía ser habitado y fortificado. La orden fue tan clara como ambiciosa, había que cerrarles el paso de inmediato y asegurar la ruta de los navíos españoles.

Se eligió para semejante tarea a Pedro Sarmiento de Gamboa. Era un hombre de ciencia y de mar, conocido cosmógrafo que había servido como soldado. Al parecer habría nacido por el año 1530, probablemente en Pontevedra, hijo de Bartolomé Sarmiento y de María de Gamboa. Desde joven se formó en navegación y estudios humanísticos que lo convertirían en uno de los exploradores más notables de su siglo. Hombre de espíritu firme, tanto que algunos historiadores escribieron que era completamente incapaz de retroceder. Nada se les ponía por delante. Era el mando ideal para los documentos y un jefe temible para los hombres. Un militar que, según relataba un soldado, no sabía distinguir entre obediencia y devoción, porque siempre exigía ambas.

Mapa Marítimo del Estrecho de Magallanes. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1769.

Partieron un total de veintitrés embarcaciones entre naos, galeotes, pataches y zabras. Al final, solamente alcanzaron la costa Nuestra Señora de la Esperanza y San Francisco, acompañados por un patacho auxiliar. Viajaban cerca de tres mil personas, entre soldados, marineros, artesanos, clérigos, oficiales y futuros pobladores que buscaban fortuna en los confines del mundo y, por eso, aprovechaban esta oportunidad. Entre ellos viajaba un gallego, de profesión herrero, que aseguraba haber visto una vez el alma de un barco salir por la chimenea, o un carpintero sevillano que siempre llevaba consigo un trozo de madera para recordar que la tierra existe. Ninguno imaginaba la historia que les aguardaba.

En el viaje hacia el sur de la tierra hubo un catálogo de advertencias que nadie quiso ver. Numerosas tormentas surgidas de la nada dispersaban constantemente las naves, sucediéndose diversos naufragios, calamidades e incluso deserciones. En una ocasión el San Francisco desapareció durante varios días y, cuando volvieron a encontrarlo, la tripulación se encontraba enferma y casi la totalidad de los víveres arruinados por la humedad. Los marineros más veteranos decían que el Estrecho no se dejaba conquistar por cualquiera, porque era un lugar indómito. Sarmiento, sin embargo, seguía el rumbo con total obstinación. Nadie le desobedecía y su autoridad era tan absoluta que un marinero portugués masculló que si el mar tuviera lengua, seguramente pediría permiso a Sarmiento para rugir.

No fueron pocos los episodios que mirados hoy parecen presagios. Una de las noches, de aparente calma, un marinero poco dado a fantasías aseguró que había visto moverse una luz sobre la superficie del agua, decía que era como si alguien caminara sobre el mar con un candil. Tanto fue su insistencia que pidió confesión inmediata. Otro piloto, un día que estaba realizando una maniobra, afirmó que el mar respiraba bajo el casco del barco, añadió que era como si algo muy grande se desplazase en las profundidades. No cabe duda de que en los confines del mundo, la imaginación es posiblemente el enemigo más peligroso que se puede tener.

Sarmiento de Gamboa, por su parte, se mantuvo sereno todo el tiempo, ejemplo de ello fue durante una tormenta tan fuerte que amenazaba con partir el mástil, que le dijo al piloto: No tema usted al viento; tema a la duda. Esta frase se convirtió en el lema involuntario de toda la expedición. En otra ocasión un marinero se negó a subir al palo mayor por miedo a caer,  lo que Sarmiento le dijo que el miedo solamente es útil cuando avisa. Terminó subiendo.

Ya era el mes de febrero de 1584 y habían amarrado en el Estrecho. Solamente quedaron a poblar unos 338 colonos. La primera población que fundaron se llamó Nombre de Jesús. La segunda de aquellas será nombrada Rey Don Felipe. Todos repartidos en dos enclaves que estaban separados por una costa completamente inhóspita, en donde la agricultura resultaba completamente imposible. No tenían ganado, ni viviendas adecuadas en donde refugiarse. El clima castigaba sin tregua. En ese instante se dieron cuenta de que la Patagonia no perdona la improvisación

Las muertes comenzaron de inmediato. El frío y el hambre no hicieron rehenes. Morían continuamente y algunos colonos buscaban comida desesperadamente, desapareciendo en la nieve y sin dejar ningún rastro. Otros fueron encontrados sentados o apoyados en una roca, como si hubieran aceptado la muerte sin lucha alguna. Pero se contó un caso que fue especialmente perturbador, donde un grupo de cinco hombres salió a buscar leña y fueron encontrados días más tarde, alineados junto a un tronco caído, sin ninguna señal de violencia. Era como si hubieran decidido morir juntos. El sacerdote que los enterró señaló que parecían dormidos, pero sin sueño.

Ruinas de la ciudad Rey Don Felipe ( http://www.monumentos.gob.cl ).

La absoluta falta de alimento les obligó a hervir hasta el cuero de los zapatos, masticar raíces o pelear por restos de pescado. En el lugar que llamaron Rey Don Felipe, un artesano afirmó haber visto a un compañero intentar comer tierra convencido de que algo debía tener. La locura se contagió con rapidez. En Nombre de Jesús un soldado dejó escrito que el viento aquí no sopla: muerde.

Hubo numerosas escenas que se han olvidado, pero que merecen recordarse. En una ocasión un grupo de colonos encontró a un niño de unos doce años sentado junto a una roca y mirando fijamente el horizonte. Cuando le preguntaron qué hacía, él respondió: Estoy esperando que vuelva mi padre. El padre había muerto dos semanas antes, sin embargo el joven era incapaz de aceptar la realidad y se había convencido de que el viento traería de vuelta a los muertos. Lo llevaron al poblado, donde murió pocos días después, sin haber dicho nada más. El sacerdote anotó que murió sin ruido.

Pero hubo más sucesos extraños, como la escena de un soldado que comenzó a hablar con alguien cuando no había nadie. Decía que su mujer caminaba entre las chozas y que mientras la seguía, ella le sonreía. Los demás observaban con miedo. Una noche salió del poblado indicando que iba a acompañarla, pero al amanecer lo encontraron tendido en la nieve, muerto, pero con una expresión de paz.

Tal era la situación que Sarmiento emprendió el viaje de regreso a España para solicitar ayuda, pero su travesía se convirtió en un rosario de desgracias. Fue capturado por los ingleses y a los meses liberado. En su camino a España fue apresado por franceses y encarcelado en Burdeos, en donde, completamente arruinado enfermó vio que sería incapaz de regresar a América para ayudar a sus hombres . En una carta que escribió desde la prisión, afirmaba que la fortuna tiene gusto en contrariar a quien la desafía. Es evidente el cansancio de este soldado, un hombre que en ese instante luchaba contra el mundo pero también contra sí mismo. En otra carta, escribía: Si Dios me concede volver, no sé si tendré hombres que salvar o solo ruinas que llorar. Pedro Sarmiento de Gamboa, lo intentó todo, pero nunca volvió.

Mientras tanto la Corona estaba ocupada en otros asuntos, por lo que fue el tiempo quien se encargó de olvidar la Patagonia. Pero allí los días, en un territorio tan hostil, son como un verdugo. En el poblado de Rey Don Felipe, pronto murieron casi todos. En cambio, en Nombre de Jesús, no quedó ningún superviviente. La cifra final supera los setecientos muertos, sin que hubiese enemigo o batalla, allí llegó algo peor que fue el hambre, el frío y un absoluto olvido. Esta es quizá la tragedia más silenciosa ocurrida en el Imperio español. 

Tres años después, por el año 1587, el corsario inglés Thomas Cavendish, llegó al Estrecho y tal fue el espectáculo que encontró, que heló la sangre de toda la tripulación. Relató que había chozas hundidas y completamente derruidas, restos de hogueras apagadas hacía meses, cadáveres y esqueletos dispersos, algunos todavía con ropa, y un silencio absoluto. Al descender encontraron un espectáculo dantesco. Cerca de una vivienda había un esqueleto apoyado contra la pared, sentado y con las manos sobre las rodillas. El cráneo miraba hacía la puerta, como si hubiese estado esperado a alguien hasta el último momento. Pero, entre todo, quedaba un único superviviente. Tomé Hernández era un soldado extremeño y estaba dentro de una choza semiderruida. Estamos frente a la absoluta soledad de quien presentaba un aspecto era tan sombrío que algunos marineros ingleses retrocedieron al verlo. Tenía la barba larga, los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos. Llevaba meses hablando solo y se acercó a estos con miedo y desconfianza. Tal era que los marinos no creían que pudiese tratarse de un hombre. Ese lugar que quiso ser «Rey Don Felipe» más tarde fue bautizado por Cavendish como «Port Famine», en suma, Puerto del Hambre.

Su relato es, sin duda, uno de los relatos más sobrecogedores del siglo XVI, porque cuenta entre otras cosas, como hablaba en voz alta para no olvidar el sonido humano y cómo se acostumbró a la idea de que el mundo había terminado. Hernández llegó a pensar que era el último hombre sobre la tierra. Narró que en los últimos días, antes del rescate, se había acostumbrado a dormir con una mano apoyada en el suelo para sentir que aún había tierra bajo mí y no vacío. Relató que en una ocasión creyó escuchar pasos cerca de la playa y salió corriendo, pensando que alguien había sobrevivido, pero cuando llegó no había nadie, salvo unas huellas en la arena que no eran suyas. Cavendish, cuando leyó esta declaración años más tarde, anotó al margen: quizá de algún animal. O quizá de algo que nunca sabremos.

Este último hombre, superviviente, también dijo que durante semanas habló con los muertos. Lo hacía para no perder la cordura, con frases como ¿te acuerdas, Juan, de cuando llegamos?, o, “no te preocupes, mañana haré fuego”. Cuando le preguntaron si sabía que hablaba solo, él respondió que sí, y respondió que si no hablaba se moría.

La historia de esta expedición está llena de silencios y muertes inquietantes. Se cree que algunos llegaron a comerse entre ellos. También que un puñado de hombres se arriesgó y camino hacia la actual Chile buscando ayuda, pero nadie volvió. Comieron lo que encontraban, raíces, algunos frutos que encontraban y sin saber que eran venenosos, lo que llevó a una buena parte de la población a la muerte. La Corona nunca envió socorro y Sarmiento, que lo intentó todo, no logró regresar.

La narración oficial ha minimizado la tragedia, tanto que apenas quedan noticias escritas. Las últimas semanas de los sufridos colonos siguen envueltas en una oscuridad absoluta que ningún historiador ha logrado disipar. Frente a todo esto, la figura de Tomé Hernández es fundamental porque es el único hombre que vio morir a todos y que consiguió vivir para contarlo.

No cabe duda de que la colonización del Estrecho de Magallanes fue una completa derrota humana, una empresa que nació de una ambición imperial y que terminó convertida en un hecho completamente incómodo para la historia.

Publicado Por La Mesa de los Notables.