El gabinete del vizconde de Malvavisco
una
mirada distinta al mundo nobiliario.
CAPÍTULO III. ORGULLO Y NOBLEZA.
El orgullo es una cosa delicada. Hay quien lo considera pecado. Otros organizan manifestaciones para celebrarlo. Y en el mundo nobiliario constituye, sencillamente, una forma de presentación.
El castellano ha tenido además la amabilidad de utilizar la palabra «orgullo» para cosas bastante distintas. Puede significar la vanidad de quien se considera superior, pero también la decisión perfectamente razonable de no aceptar que otros conviertan lo que uno siente en motivo de vergüenza. Conviene no confundirlas.
Por lo general, todos tenemos amigos o conocidos que son homosexuales. Algunos hablan de ello con absoluta naturalidad y
otros apenas lo mencionan. No he encontrado grandes diferencias entre unos y
otros, salvo las mismas que encuentro entre el resto de mis amigos: unos son
discretos, otros no; algunos tienen buen gusto y otros han cometido errores con
la elección de la tapicería de los sofás.
Si por «orgullo gay» se entiende esto
último, no tengo nada que objetar. Si se pretende convertir en mérito aquello
que no depende de una elección personal, entonces me asalta la misma duda que
con la nobleza.
Uno puede sentirse agradecido por lo recibido, vinculado a una historia familiar e incluso responsable de conservar determinadas tradiciones. Pero el mérito exige alguna participación personal en el resultado. No recuerdo haber intervenido en el nacimiento de ninguno de mis antepasados.
Soy católico. No únicamente porque lo
fueran mis padres, mis abuelos y una cantidad considerable de personas cuyos
retratos no conservamos, sino porque creo. Esto no me ha proporcionado especial
vocación por fiscalizar la intimidad ajena. Más bien al contrario: la religión
me ha enseñado que antes de examinar la conciencia del prójimo conviene
ocuparse de la propia. Bastante trabajo me da.
Nunca he considerado que una orientación, por el hecho de serlo, constituya culpa alguna. Y en cuanto a la vida íntima de
mis amigos, procuro aplicar una norma sencilla: si me piden consejo, intento
darlo; si me confían algo, lo escucho; y si no me cuentan nada, duermo
perfectamente. Aplico el mismo criterio a mis amigos heterosexuales.
Hay confidencias que adquieren una
importancia injustificada después del segundo whisky.
Uno de esos amigos pertenece además a
una antigua corporación nobiliaria. Nunca me ha explicado en qué momento
descubrió que le interesaban los hombres. Tampoco me ha explicado en qué
momento descubrió que le interesaban las pruebas de nobleza. He agradecido
profundamente ambas omisiones. La amistad mejora mucho cuando uno renuncia a
exigir un expediente justificativo de todo.
Lo que sí me ha contado es que en las órdenes y corporaciones nobiliarias hay homosexuales, como los hay en los consejos de administración, las notarías, las parroquias y las asociaciones de vecinos. Me pareció una revelación de alcance limitado. La Humanidad tiene la costumbre de encontrarse allí donde hay seres humanos.
Mi curiosidad cambia de objeto cuando el orgullo abandona la esfera personal y adquiere insignia. La dignidad suele conformarse con que nadie la humille; el orgullo corporativo necesita, además, que alguien lo reconozca y, a ser posible, que quede constancia. A partir de ahí empiezan las ceremonias, las miniaturas y, con cierta frecuencia, las carpetas. Conozco pocas emociones tan intensas como la que manifiesta un caballero inmediatamente después de ser admitido en una corporación nobiliaria: «Es un honor inmenso»; «una responsabilidad»; «la culminación de una tradición familiar»; «un vínculo que transmitiré a mis hijos».
Todo resulta muy conmovedor.
Hasta que seis meses después solicita el
ingreso en otra.
En este pequeño mundo es perfectamente
habitual pertenecer simultáneamente a varias corporaciones. Hay caballeros que
poseen más insignias que chaquetas capaces de soportarlas. Siempre me ha
interesado, sin embargo, la velocidad con que un orgullo suficiente puede
convertirse en insuficiente.
Mi primo Ataúlfo constituye un caso
particularmente instructivo. Hace algunos años ingresó en una corporación de
indudable antigüedad y respetable historia. Asistí a la ceremonia.
Ataúlfo llevaba varios días preparándose
para ella con una dedicación que no le había conocido desde su boda. Dos tardes
antes me llamó para preguntarme si la insignia debía colocarse exactamente a
determinada altura de la solapa. Le respondí que, si la continuidad histórica
de la corporación dependía de un centímetro, el problema era bastante más grave
que su chaqueta.
No agradeció la precisión.
El ingreso se celebró durante una Misa en una iglesia centenaria. Era uno de esos templos en los que las piedras parecen haber asistido a suficientes acontecimientos como para no impresionarse demasiado por ninguno de los presentes.
Llegué con tiempo. Tengo la costumbre de
hacerlo cuando voy a Misa. Permite sentarse antes de que comiencen los saludos,
la búsqueda de bancos y esa actividad particularmente española que consiste en
intentar hablar en voz baja consiguiendo exactamente lo contrario. Me arrodillé
un momento.
No todo lo que sucede en una iglesia
necesita comentario.
Presidía la celebración un obispo. En los primeros bancos se habían colocado las autoridades de la corporación; detrás, los miembros con sus insignias y los nuevos candidatos, que aguardaban el momento previsto por el ceremonial con una mezcla bastante humana de recogimiento, emoción y preocupación por no equivocarse cuando llegase su turno.
La Misa fue solemne y hermosa. No porque la presencia de la corporación la ennobleciera —la Misa no necesita de nuestros apellidos—, sino porque la liturgia tiene la saludable costumbre de colocar a cada uno en su sitio. El órgano, las voces y el olor del incienso contribuían a apartar durante un rato algunas preocupaciones bastante pequeñas.
El obispo habló en la homilía de
servicio, responsabilidad y continuidad. Me pareció oportuno. En determinados
ambientes conviene recordar periódicamente que la palabra «servicio» forma
parte de la tradición con tanta legitimidad como la palabra «privilegio».
Llegado el momento establecido por el ceremonial fueron llamados los nuevos miembros. Cuando pronunciaron el nombre de Ataúlfo, mi primo avanzó hacia el presbiterio con una gravedad que no le había visto ni siquiera en funerales de parientes próximos. Recibió la insignia, respondió a las fórmulas previstas y regresó a su lugar.
Después de comulgar permaneció unos
minutos recogido. No sé qué rezó. Tampoco se me habría ocurrido preguntárselo.
Estaba emocionado.
No hago bromas con eso.
Hay instituciones que consiguen algo difícil: recordarnos que existieron antes de nosotros y que, con un poco de suerte, continuarán existiendo después. Una iglesia antigua ayuda considerablemente a comprenderlo. Allí dentro, rodeado de personas cuyos nombres acabarían desapareciendo y de piedras que probablemente seguirían en su sitio, incluso las preocupaciones de Ataúlfo por la colocación exacta de la insignia parecían recuperar proporciones razonables.
Comprendí su emoción. Precisamente por
eso me habría gustado que le durase algo más.
Terminada la celebración hubo las
fotografías inevitables. Ataúlfo se retrató con el obispo, con el presidente de
la corporación, con dos antiguos miembros, con otros tres recién ingresados y,
finalmente, solo. En esta última fotografía adoptó una expresión que intentaba
transmitir simultáneamente satisfacción, responsabilidad histórica y cierta modestia.
La modestia fue lo que peor salió.
Aquella misma noche me telefoneó.
—Malvavisco, no puedes imaginar lo que
significa para mí.
—Probablemente no.
—Es algo que llevo dentro.
—¿Desde cuándo?
Hubo un silencio.
—Desde siempre.
Ataúlfo había conocido la existencia de
la corporación aproximadamente ocho meses antes. No consideré necesario
señalarlo.
Durante varias semanas no habló de otra
cosa. Mandó imprimir las fotografías, encargó las miniaturas y modificó su
biografía para incorporar su nueva condición. Se interesó por la historia de la
corporación, adquirió algunas publicaciones y comenzó a utilizar el «nosotros»
al referirse a episodios ocurridos dos siglos antes de su nacimiento.
El orgullo había encontrado finalmente
domicilio.
Dos meses después vino a verme al gabinete. Traía una carpeta.
Las carpetas de Ataúlfo rara vez
anuncian algo bueno.
—Necesito tu opinión —me dijo.
Dentro había un expediente genealógico.
—¿Qué quieres hacer?
Pronunció el nombre de otra corporación.
Lo miré.
—Pensaba que estabas extraordinariamente
orgulloso de pertenecer a la anterior.
—Y lo estoy.
—Entonces me tranquilizas.
Continuó explicándome que la nueva
corporación era diferente: más restringida, más selectiva, históricamente muy
importante. Tenía además una ceremonia magnífica y un uniforme que, según me
aseguró, «vestía mucho».
Esto último pareció decisivo.
—¿Y cuándo ingreses en esta? —pregunté.
—Estaré orgullosísimo.
—¿Más?
Ataúlfo me miró como si hubiese
introducido una categoría filosófica innecesaria.
—Es otro orgullo.
Comprendí.
En el mundo nobiliario, a diferencia de
otras actividades humanas, los orgullos no se sustituyen. Se acumulan.
Un caballero puede estar orgulloso de su linaje, de su título, de pertenecer a una corporación, de haber ingresado en otra, de haber recibido una encomienda y, finalmente, de haber sido admitido en una tercera que considera mucho más importante que las dos anteriores, sin que ninguna de estas circunstancias disminuya aparentemente la intensidad de las precedentes. Es una notable capacidad afectiva.
Conozco matrimonios que no resistirían
semejante distribución del entusiasmo.
El amigo al que antes me refería llegó
cierta tarde mientras Ataúlfo seguía extendiendo sobre mi escritorio
certificados de bautismo, partidas matrimoniales y árboles genealógicos.
Observó los papeles.
—¿Otra vez? —preguntó.
Ataúlfo se mostró ligeramente molesto.
—Quiero ingresar en otra corporación.
Mi amigo asintió.
—Comprendo.
—¿Tú no quieres?
—No.
Ataúlfo pareció desconcertado.
—¿Por qué?
Mi amigo se encogió de hombros.
—Ya pertenezco a una.
Se produjo un silencio. Miré a don
Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y una esquina
del techo.
Nunca me había parecido tan expresivo. Ataúlfo recogió lentamente sus documentos.
—Pero podrías pertenecer a las dos.
—También podría tener dos perros
—respondió mi amigo—. Y con uno me basta.
Admiré el argumento.
Después de marcharse, Ataúlfo permaneció
pensativo.
—Es un poco raro —dijo finalmente.
—¿El qué?
—Que no quiera ingresar.
No respondí. En ciertos ambientes, la
verdadera singularidad no consiste en querer pertenecer, sino en saber cuándo
basta.
Quizá al final la diferencia sea
sencilla. Hay un orgullo que consiste en no consentir que otros nos avergüencen
por lo que sentimos. Y hay otro que necesita convencerlos de que somos más de
lo que parecemos.
El primero puede ser una forma de
dignidad.
El segundo suele acabar necesitando una insignia.
Y después otra.
El vizconde de Malvavisco.
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El vizconde de Malvavisco es un
personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie.
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Publicado por La Mesa de los Notables.










