miércoles, 30 de septiembre de 2026

JOSÉ MANUEL Y EL REY.


Sobre aquello que no explican los manuales.


Fernando de Herrera Hume.

 

Hoy he asistido, en representación del Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, al Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, celebrado en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, bajo la presidencia de S. M. el Rey.

La solemnidad del acto militar, la celebración religiosa y el incomparable marco del monasterio componían una de esas jornadas en las que las instituciones parecen adquirir una dimensión que trasciende a quienes circunstancialmente las representan. Sin embargo, al regresar a casa, lo que ocupa mis pensamientos no ha sido el recuerdo del esplendor de un acto militar brillantemente organizado, algo que a los civiles siempre nos llama mucho la atención, o el coro de voces blancas que elevó mi alma en la ceremonia religiosa, o la solemnidad que hay en cada lugar de ese monasterio en el cual Felipe II recibió la noticia de la victoria de Lepanto, sino el encuentro fortuito con un hombre.

Al finalizar los actos, los asistentes nos trasladamos al Patio de Carruajes del monasterio, donde aguardábamos la llegada de S. M. para el tradicional brindis y, posteriormente, tener ocasión de saludarlo y expresar nuestros respetos. Mientras esperábamos, un hombre se puso a mi lado, estaba en silla de ruedas y deseaba acercarse al Rey. Lo saludé y me presenté. Se llamaba José Manuel.

Ilustración recreada mediante inteligencia artificial a partir de los hechos relatados por el autor.

Entablamos una breve conversación. Me contó que padecía una enfermedad degenerativa para la que no existía cura. Primero había perdido la movilidad de las piernas, después, la de una mano. La enfermedad había continuado avanzando hasta afectar también a funciones básicas. Me explicó, con una franqueza que todavía me impresiona, que aquel proceso seguiría su curso, paralizando progresivamente otros órganos hasta alcanzar, finalmente, los pulmones y el corazón.

Mientras lo escuchaba, pensé en lo terrible que debe de resultar asistir conscientemente al desmoronamiento del propio cuerpo. Saber que mañana acaso se pierda una facultad que todavía se conserva hoy. Contemplar cómo se estrechan las posibilidades de la existencia sin poder hacer nada para detener ese proceso. No supe muy bien qué decirle. Hay circunstancias ante las cuales las palabras, por elaboradas que sean, resultan insuficientes. Le dije que rezaría por él.

Y, sin embargo, allí estaba José Manuel, en aquel patio de El Escorial, esperando con ilusión la llegada del Rey. Cuando S. M. se aproximó, me aparté para facilitarle el paso con su silla de ruedas. El Rey lo saludó, se detuvo a escucharlo y le dirigió unas palabras. Fue un encuentro breve, como necesariamente han de serlo tantos otros en esta clase de actos, pero suficiente para que José Manuel pudiera cumplir su deseo. Fui testigo de ese encuentro.
Después me agradeció mucho el gesto de haberle dejado mi sitio. Le reiteré que pediría por él y nos despedimos. En este viaje de vuelta no puedo dejar de pensar en aquel hombre y ese encuentro.

Quienes nos hemos formado en Derecho estamos acostumbrados a estudiar las instituciones a partir de sus atribuciones, naturaleza jurídica, legitimidad y funciones. La Corona no constituye una excepción. Podemos dedicar páginas enteras a analizar su posición constitucional, su condición de símbolo de la unidad y permanencia del Estado o el significado de la representación institucional, pero esta mañana, en El Escorial, he comprendido algo que difícilmente puede transmitirse mediante las categorías de un manual.

Para José Manuel, el Rey no era en aquel momento una abstracción constitucional ni una figura sobre la que elaborar una reflexión política. Era alguien a quien deseaba conocer, una persona a la que quería saludar mientras todavía podía hacerlo.
Desconozco qué significaba exactamente para él aquel encuentro. No se lo pregunté y tampoco pretendo interpretar sus sentimientos, pero aquella escena me hizo reflexionar sobre una dimensión de la Corona que acaso pasamos por alto: su capacidad para hacer presente, mediante una persona, algo que de otra manera permanecería en el terreno de lo abstracto.

Los símbolos no son únicamente signos destinados a transmitir conceptos. Forman parte de nuestra memoria colectiva, pero también pueden adquirir un significado íntimo, ligado a las circunstancias particulares de cada individuo. En ocasiones, su verdadero alcance no se descubre en las grandes ceremonias, sino en esos pequeños gestos que permiten establecer una relación humana. La representación se convierte entonces en presencia. Y la presencia permite algo que ninguna abstracción puede ofrecer por sí sola: un encuentro.

No pretendo convertir el sufrimiento de José Manuel en un argumento político, ni extraer de aquel saludo conclusiones que excedan lo sucedido. Su dignidad es anterior e infinitamente más importante que cualquier ceremonial. Precisamente por eso me ha conmovido aquella escena. En medio de una celebración de gran solemnidad institucional, lo verdaderamente significativo para mí terminó siendo una experiencia profundamente humana.

Quizás nuestra sociedad, tan acostumbrada a reducirlo todo a conceptos, procedimientos y categorías, haya perdido cierta capacidad para comprender el valor de los gestos. Nos resulta sencillo explicar qué representa la Corona in abstracto, pero bastante más difícil comprender qué puede llegar a significar para alguien saludar a S. M. el Rey in concreto.
Un saludo no puede modificar el curso de una enfermedad, pero puede proporcionar un instante de felicidad a quien afronta una existencia marcada por el sufrimiento y la incertidumbre. Y ese instante, por efímero que sea, no admite medida.

Hoy acudí a El Escorial representando a una institución histórica cuyos privilegios han sido confirmados durante siglos por los sucesivos soberanos españoles. Era consciente de la significación institucional de aquella jornada y de lo que suponía participar en ella, pero regreso pensando en José Manuel. En su cuerpo, que lentamente va dejando de responderle. En su voluntad, que todavía encuentra motivos para ilusionarse. En aquel deseo aparentemente sencillo de estrechar la mano del Rey.

Ser testigo silencioso de ese encuentro trae a mi mente el mismo pensamiento que resuena como una campana entre esos muros de piedra. Mientras nos afanamos por alcanzar metas, acumular reconocimientos y resolver tantas cuestiones que juzgamos trascendentales, alguien que contempla de cerca el final de su vida puede encontrar una alegría inmensa en algo tan sencillo como un saludo.
Sé que no volveré a ver a José Manuel. No sé cómo transcurrirán sus próximos días, pero conozco su nombre, sé que hoy cumplió una ilusión y recuerdo la promesa que le hice.

Esta noche rezaré por él. Y sé que mañana también.


En el tren de Madrid a Sevilla, 28 de septiembre de 2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 29 de septiembre de 2026

EL REY PRESIDE EN EL ESCORIAL EL CAPÍTULO DE LA REAL Y MILITAR ORDEN DE SAN HERMENEGILDO.

 

S.M. el Rey don Felipe presidió ayer, en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la celebración del Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, que tiene lugar en esta localidad cada dos años.
Don Felipe fue recibido por el ministro del Interior, don Fernando Grande-Marlaska; la alcaldesa de San Lorenzo de El Escorial, doña Carlota López Esteban; el Jefe de Estado Mayor de la Defensa, almirante general don Teodoro E. López Calderón, y el Gran Canciller de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, general don Miguel Ángel Villaroya Vilalta.

Tras los Honores de Ordenanza, el Rey pasó revista a las tropas y recibió el saludo de las autoridades civiles y militares asistentes. Posteriormente, impuso las condecoraciones correspondientes a los ascensos y nuevos ingresos de Caballeros y Damas en la Orden. El acto continuó con el homenaje a los caídos y un desfile de la Guardia Real.
En la Basílica se celebró después el acto religioso, oficiado por el Arzobispo Castrense de España, seguido de la reunión del Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, presidida por Su Majestad el Rey.

S.M. el Rey con los representantes de Tejada.

Entre las instituciones asistentes se encontraba el Antiguo e Ilustre Solar de Tejada representado por su Alcalde Mayor, don Fernando de Herrera Hume, y el Diputado don Francisco Antonio Garrido Sauro. Esta institución culminó durante el presente 2026 un trabajo de años destinado a la ordenación, indexación y puesta en valor de sus fondos documentales, que conservan nombres, filiaciones, expedientes, pruebas de descendencia, confirmaciones de privilegios, noticias familiares, documentos económicos y otros testimonios de gran valor para el conocimiento de la historia del Solar y de las familias vinculadas a él.

La indexación de estos fondos, de los que ya dimos oportuna cuenta en entradas anteriores de este mismo blog, permitirá nuevas fórmulas de búsqueda y consulta facilitando el acceso a una documentación especialmente relevante para el estudio de los linajes, las migraciones, las redes familiares y la formación de sociedades, no sólo en España, sino en gran parte de la Hispanidad.

El Gran Canciller de la Orden con los represntantes de Tejada.

La Real y Militar Orden de San Hermenegildo, como nuestros lectores ya conocen, fue instituida en 1814 por Fernando VII, a propuesta del Consejo de Guerra y Marina, como reconocimiento a la constancia en el servicio militar de los oficiales del Ejército. Su Capítulo, que inicialmente se decretó con carácter anual, se celebra actualmente cada dos años.
De acuerdo con las Reales Ordenanzas, en la Orden ingresan los militares de los tres Ejércitos y de la Guardia Civil que acreditan constancia en el servicio y una conducta intachable. La institución está integrada por Caballeros y Damas y comprende las categorías de Gran Cruz, Placa, Encomienda y Cruz.

Para el ingreso o ascenso se exige, entre otros requisitos, pertenecer a las categorías de oficiales generales, oficiales o suboficiales de las distintas escalas de los Ejércitos, los Cuerpos Comunes de las Fuerzas Armadas o la Guardia Civil, además de haber cumplido los tiempos de servicio establecidos.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 28 de septiembre de 2026

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA EN EL ESTRECHO DE MAGALLANES Y LA TRAGEDIA DE PUERTO DEL HAMBRE.

Manuel L. Ruiz de Bucesta Álvarez. 


En el año 1581 hubo una empresa para poblar el Estrecho de Magallanes. Lo que nació como una idea en la Corte, pronto terminó convertida en un simple murmullo del que parece que en poco tiempo nadie quiso hablar más. Felipe II vivía en su despacho, preocupado por la intrepidez y audacia de los corsarios ingleses que se aventuraban entrando por el Pacífico con total libertad, así que un día tomó la decisión de que aquel corredor de agua debía ser habitado y fortificado. La orden fue tan clara como ambiciosa, había que cerrarles el paso de inmediato y asegurar la ruta de los navíos españoles.

Se eligió para semejante tarea a Pedro Sarmiento de Gamboa. Era un hombre de ciencia y de mar, conocido cosmógrafo que había servido como soldado. Al parecer habría nacido por el año 1530, probablemente en Pontevedra, hijo de Bartolomé Sarmiento y de María de Gamboa. Desde joven se formó en navegación y estudios humanísticos que lo convertirían en uno de los exploradores más notables de su siglo. Hombre de espíritu firme, tanto que algunos historiadores escribieron que era completamente incapaz de retroceder. Nada se les ponía por delante. Era el mando ideal para los documentos y un jefe temible para los hombres. Un militar que, según relataba un soldado, no sabía distinguir entre obediencia y devoción, porque siempre exigía ambas.

Mapa Marítimo del Estrecho de Magallanes. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1769.

Partieron un total de veintitrés embarcaciones entre naos, galeotes, pataches y zabras. Al final, solamente alcanzaron la costa Nuestra Señora de la Esperanza y San Francisco, acompañados por un patacho auxiliar. Viajaban cerca de tres mil personas, entre soldados, marineros, artesanos, clérigos, oficiales y futuros pobladores que buscaban fortuna en los confines del mundo y, por eso, aprovechaban esta oportunidad. Entre ellos viajaba un gallego, de profesión herrero, que aseguraba haber visto una vez el alma de un barco salir por la chimenea, o un carpintero sevillano que siempre llevaba consigo un trozo de madera para recordar que la tierra existe. Ninguno imaginaba la historia que les aguardaba.

En el viaje hacia el sur de la tierra hubo un catálogo de advertencias que nadie quiso ver. Numerosas tormentas surgidas de la nada dispersaban constantemente las naves, sucediéndose diversos naufragios, calamidades e incluso deserciones. En una ocasión el San Francisco desapareció durante varios días y, cuando volvieron a encontrarlo, la tripulación se encontraba enferma y casi la totalidad de los víveres arruinados por la humedad. Los marineros más veteranos decían que el Estrecho no se dejaba conquistar por cualquiera, porque era un lugar indómito. Sarmiento, sin embargo, seguía el rumbo con total obstinación. Nadie le desobedecía y su autoridad era tan absoluta que un marinero portugués masculló que si el mar tuviera lengua, seguramente pediría permiso a Sarmiento para rugir.

No fueron pocos los episodios que mirados hoy parecen presagios. Una de las noches, de aparente calma, un marinero poco dado a fantasías aseguró que había visto moverse una luz sobre la superficie del agua, decía que era como si alguien caminara sobre el mar con un candil. Tanto fue su insistencia que pidió confesión inmediata. Otro piloto, un día que estaba realizando una maniobra, afirmó que el mar respiraba bajo el casco del barco, añadió que era como si algo muy grande se desplazase en las profundidades. No cabe duda de que en los confines del mundo, la imaginación es posiblemente el enemigo más peligroso que se puede tener.

Sarmiento de Gamboa, por su parte, se mantuvo sereno todo el tiempo, ejemplo de ello fue durante una tormenta tan fuerte que amenazaba con partir el mástil, que le dijo al piloto: No tema usted al viento; tema a la duda. Esta frase se convirtió en el lema involuntario de toda la expedición. En otra ocasión un marinero se negó a subir al palo mayor por miedo a caer,  lo que Sarmiento le dijo que el miedo solamente es útil cuando avisa. Terminó subiendo.

Ya era el mes de febrero de 1584 y habían amarrado en el Estrecho. Solamente quedaron a poblar unos 338 colonos. La primera población que fundaron se llamó Nombre de Jesús. La segunda de aquellas será nombrada Rey Don Felipe. Todos repartidos en dos enclaves que estaban separados por una costa completamente inhóspita, en donde la agricultura resultaba completamente imposible. No tenían ganado, ni viviendas adecuadas en donde refugiarse. El clima castigaba sin tregua. En ese instante se dieron cuenta de que la Patagonia no perdona la improvisación

Las muertes comenzaron de inmediato. El frío y el hambre no hicieron rehenes. Morían continuamente y algunos colonos buscaban comida desesperadamente, desapareciendo en la nieve y sin dejar ningún rastro. Otros fueron encontrados sentados o apoyados en una roca, como si hubieran aceptado la muerte sin lucha alguna. Pero se contó un caso que fue especialmente perturbador, donde un grupo de cinco hombres salió a buscar leña y fueron encontrados días más tarde, alineados junto a un tronco caído, sin ninguna señal de violencia. Era como si hubieran decidido morir juntos. El sacerdote que los enterró señaló que parecían dormidos, pero sin sueño.

Ruinas de la ciudad Rey Don Felipe ( http://www.monumentos.gob.cl ).

La absoluta falta de alimento les obligó a hervir hasta el cuero de los zapatos, masticar raíces o pelear por restos de pescado. En el lugar que llamaron Rey Don Felipe, un artesano afirmó haber visto a un compañero intentar comer tierra convencido de que algo debía tener. La locura se contagió con rapidez. En Nombre de Jesús un soldado dejó escrito que el viento aquí no sopla: muerde.

Hubo numerosas escenas que se han olvidado, pero que merecen recordarse. En una ocasión un grupo de colonos encontró a un niño de unos doce años sentado junto a una roca y mirando fijamente el horizonte. Cuando le preguntaron qué hacía, él respondió: Estoy esperando que vuelva mi padre. El padre había muerto dos semanas antes, sin embargo el joven era incapaz de aceptar la realidad y se había convencido de que el viento traería de vuelta a los muertos. Lo llevaron al poblado, donde murió pocos días después, sin haber dicho nada más. El sacerdote anotó que murió sin ruido.

Pero hubo más sucesos extraños, como la escena de un soldado que comenzó a hablar con alguien cuando no había nadie. Decía que su mujer caminaba entre las chozas y que mientras la seguía, ella le sonreía. Los demás observaban con miedo. Una noche salió del poblado indicando que iba a acompañarla, pero al amanecer lo encontraron tendido en la nieve, muerto, pero con una expresión de paz.

Tal era la situación que Sarmiento emprendió el viaje de regreso a España para solicitar ayuda, pero su travesía se convirtió en un rosario de desgracias. Fue capturado por los ingleses y a los meses liberado. En su camino a España fue apresado por franceses y encarcelado en Burdeos, en donde, completamente arruinado enfermó vio que sería incapaz de regresar a América para ayudar a sus hombres . En una carta que escribió desde la prisión, afirmaba que la fortuna tiene gusto en contrariar a quien la desafía. Es evidente el cansancio de este soldado, un hombre que en ese instante luchaba contra el mundo pero también contra sí mismo. En otra carta, escribía: Si Dios me concede volver, no sé si tendré hombres que salvar o solo ruinas que llorar. Pedro Sarmiento de Gamboa, lo intentó todo, pero nunca volvió.

Mientras tanto la Corona estaba ocupada en otros asuntos, por lo que fue el tiempo quien se encargó de olvidar la Patagonia. Pero allí los días, en un territorio tan hostil, son como un verdugo. En el poblado de Rey Don Felipe, pronto murieron casi todos. En cambio, en Nombre de Jesús, no quedó ningún superviviente. La cifra final supera los setecientos muertos, sin que hubiese enemigo o batalla, allí llegó algo peor que fue el hambre, el frío y un absoluto olvido. Esta es quizá la tragedia más silenciosa ocurrida en el Imperio español. 

Tres años después, por el año 1587, el corsario inglés Thomas Cavendish, llegó al Estrecho y tal fue el espectáculo que encontró, que heló la sangre de toda la tripulación. Relató que había chozas hundidas y completamente derruidas, restos de hogueras apagadas hacía meses, cadáveres y esqueletos dispersos, algunos todavía con ropa, y un silencio absoluto. Al descender encontraron un espectáculo dantesco. Cerca de una vivienda había un esqueleto apoyado contra la pared, sentado y con las manos sobre las rodillas. El cráneo miraba hacía la puerta, como si hubiese estado esperado a alguien hasta el último momento. Pero, entre todo, quedaba un único superviviente. Tomé Hernández era un soldado extremeño y estaba dentro de una choza semiderruida. Estamos frente a la absoluta soledad de quien presentaba un aspecto era tan sombrío que algunos marineros ingleses retrocedieron al verlo. Tenía la barba larga, los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos. Llevaba meses hablando solo y se acercó a estos con miedo y desconfianza. Tal era que los marinos no creían que pudiese tratarse de un hombre. Ese lugar que quiso ser «Rey Don Felipe» más tarde fue bautizado por Cavendish como «Port Famine», en suma, Puerto del Hambre.

Su relato es, sin duda, uno de los relatos más sobrecogedores del siglo XVI, porque cuenta entre otras cosas, como hablaba en voz alta para no olvidar el sonido humano y cómo se acostumbró a la idea de que el mundo había terminado. Hernández llegó a pensar que era el último hombre sobre la tierra. Narró que en los últimos días, antes del rescate, se había acostumbrado a dormir con una mano apoyada en el suelo para sentir que aún había tierra bajo mí y no vacío. Relató que en una ocasión creyó escuchar pasos cerca de la playa y salió corriendo, pensando que alguien había sobrevivido, pero cuando llegó no había nadie, salvo unas huellas en la arena que no eran suyas. Cavendish, cuando leyó esta declaración años más tarde, anotó al margen: quizá de algún animal. O quizá de algo que nunca sabremos.

Este último hombre, superviviente, también dijo que durante semanas habló con los muertos. Lo hacía para no perder la cordura, con frases como ¿te acuerdas, Juan, de cuando llegamos?, o, “no te preocupes, mañana haré fuego”. Cuando le preguntaron si sabía que hablaba solo, él respondió que sí, y respondió que si no hablaba se moría.

La historia de esta expedición está llena de silencios y muertes inquietantes. Se cree que algunos llegaron a comerse entre ellos. También que un puñado de hombres se arriesgó y camino hacia la actual Chile buscando ayuda, pero nadie volvió. Comieron lo que encontraban, raíces, algunos frutos que encontraban y sin saber que eran venenosos, lo que llevó a una buena parte de la población a la muerte. La Corona nunca envió socorro y Sarmiento, que lo intentó todo, no logró regresar.

La narración oficial ha minimizado la tragedia, tanto que apenas quedan noticias escritas. Las últimas semanas de los sufridos colonos siguen envueltas en una oscuridad absoluta que ningún historiador ha logrado disipar. Frente a todo esto, la figura de Tomé Hernández es fundamental porque es el único hombre que vio morir a todos y que consiguió vivir para contarlo.

No cabe duda de que la colonización del Estrecho de Magallanes fue una completa derrota humana, una empresa que nació de una ambición imperial y que terminó convertida en un hecho completamente incómodo para la historia.

Publicado Por La Mesa de los Notables.


domingo, 27 de septiembre de 2026

NOTA ACLARATORIA SOBRE EL VIZCONDE DE MALVAVISCO.

 

Ante las interpretaciones que determinadas personas y algunas asociaciones hayan podido realizar, en su caso, acerca de los relatos protagonizados por el denominado como Vizconde de Malvavisco, se considera oportuno efectuar la siguiente aclaración.

El Vizconde de Malvavisco es un personaje de ficción. Tanto su persona como su trayectoria, relaciones, circunstancias familiares y peripecias pertenecen exclusivamente al ámbito de la creación literaria.
Del mismo modo, los personajes, instituciones, acontecimientos y situaciones que aparecen en sus relatos son igualmente ficticios, aun cuando puedan presentar, deliberadamente o no, ciertos elementos reconocibles propios del mundo nobiliario y/o caballeresco.

En consecuencia, cualquier semejanza entre los acontecimientos narrados y personas, instituciones, corporaciones, órdenes, asociaciones, títulos o hechos de la vida real deberá entenderse como mera coincidencia y no como referencia, alusión o descripción de persona o entidad alguna.

Conviene recordar, a este respecto, que la ficción literaria se sirve con frecuencia de ambientes, usos sociales, tradiciones y tipos humanos reconocibles para construir sus historias. Que algún lector pueda identificar en ellos situaciones que le resulten familiares constituye, en todo caso, una interpretación personal que no corresponde necesariamente con la intención del relato.

Por tanto, ninguna de las situaciones descritas por el Vizconde de Malvavisco debe ser considerada una crónica, denuncia, reconstrucción o relato de hechos reales. Y, naturalmente, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Una coincidencia que, como suele suceder en estos casos, resulta especialmente curiosa cuando son los propios personajes de la realidad quienes se reconocen en los de la ficción.


Publicado por La Mesa de los Notables.





sábado, 26 de septiembre de 2026

LA HERMANDAD NACIONAL MONÁRQUICA ORGANIZA EN GIJÓN LA V EDICIÓN DEL PREMIO REY PELAYO.

 

El Premio Rey Pelayo distingue, en esta edición, la trayectoria social del jesuita gijonés Kike Figaredo, prefecto apostólico de Battambang, que recibirá el principal reconocimiento de la quinta edición, en la que también serán distinguidos Jesús Sanz Montes y Pelayo Ortega.


La trayectoria de más de 35 años dedicada a la atención de personas vulnerables llevará al jesuita gijonés Kike Figaredo Alvargonzález a recibir el V Premio Rey Pelayo 2026 «A los valores sociales y culturales». La entrega se celebrará el próximo 3 de octubre en Gijón, ciudad natal del misionero, que ejerce como prefecto apostólico de Battambang, en Camboya.
El galardón está promovido por la Delegación de Asturias de la Hermandad Nacional Monárquica de España y tendrá este año como principal protagonista al religioso asturiano. La edición contará además con dos menciones especiales: una para el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, y otra para el artista plástico Pelayo Ortega.

El reconocimiento coincide con un año especialmente significativo para el jesuita en su ciudad natal. El Ayuntamiento acordó el pasado mes de mayo concederle la Medalla de Plata de Gijón en reconocimiento a sus 35 años de dedicación a pobres, refugiados y personas con discapacidad.
Nacido en Gijón en 1959, Figaredo, ha desarrollado buena parte de su labor en Camboya, donde su trabajo con colectivos vulnerables le ha convertido en una figura vinculada a la solidaridad entre Asturias y el país asiático. Su trayectoria está relacionada con ámbitos como la cooperación, la educación y la atención social.

La entrega del Premio Rey Pelayo tendrá lugar en el restaurante Marieva Palace, que acogerá también una gala benéfica en favor de Sauce ONG. Esta organización colabora con agricultores mediante prácticas agrícolas sostenibles y fomenta el empleo de personas en situación de vulnerabilidad en Camboya.
El Cuerpo de la Nobleza del Principadode Asturias estará presente representado por su canciller don Manuel Ruiz de Bucesta y Álvarez.

La jornada comenzará a las 12.30 horas con una misa solemne concelebrada en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús de Gijón. A continuación, se ofrecerá un cóctel de bienvenida, amenizado con gaita y tambor, antes del almuerzo y del acto de entrega de las distinciones.
La programación incluye asimismo subastas, premios y regalos.

Con esta quinta edición, el Premio Rey Pelayo volverá a poner el foco en trayectorias relacionadas con los valores sociales y culturales, combinando en esta ocasión el reconocimiento público con una iniciativa de carácter solidario.

Para saber más sobre la HNME: https://monarquicosdeespaña.es

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 25 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VII-.

 El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO VII. EL PRECIO DE LA AUTENTICIDAD.

Nunca me ha gustado llevar ropa en la que pueda leerse la marca.

No tengo nada contra las marcas. Algunas fabrican excelentes camisas, magníficos zapatos y prendas que duran más que determinadas amistades. Lo que no comprendo es la necesidad de anunciarlo. Si he pagado una cantidad considerable por una chaqueta, considero razonable que sea la chaqueta quien haga el esfuerzo.

Hay hombres que atraviesan un aeropuerto convertido en inventario. El fabricante figura en el cinturón, la camisa, las zapatillas, la maleta y, si el verano ha sido particularmente desafortunado, también en el bañador. Siempre he pensado que la elegancia empieza cuando desaparece la necesidad de informar.

Sucede algo parecido con los pantalones cortos. En mi familia ha regido tradicionalmente una norma sencilla: un caballero puede llevarlos en la playa, en un barco de vela y en aquellas actividades deportivas que amenacen razonablemente con arrojarlo al agua. Mi madre introducía una excepción para los jardines. Nunca consiguió convencer a mi padre.

Yo he mantenido el criterio paterno. Las rodillas masculinas poseen virtudes indudables, pero la exhibición pública no figura entre ellas.

Pensaba en estas cosas hace unos días cuando Ataúlfo entró en mi gabinete. Llevaba una carpeta. Las carpetas de Ataúlfo rara vez contienen buenas noticias, pero aquella tenía además un grosor preocupante.

Se sentó.

—Me han ofrecido un título.

Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y la esquina superior de una librería. Ninguno de los dos dijimos nada.

—¿No vas a preguntarme cuál?
—Estoy intentando acostumbrarme primero a la noticia.

Ataúlfo abrió la carpeta. Había una carta, varios impresos, una genealogía bastante decorativa y la fotografía de un señor de aspecto centroeuropeo que lucía uniforme, banda y una cantidad de condecoraciones incompatible con cualquier actividad física intensa.


—Pertenece a una antigua Casa Real —me explicó.
—¿Reina?

Ataúlfo frunció el ceño.

—Actualmente no.

Me tranquilizó el adverbio. Hay esperanzas que conviene conservar.

La Casa había reinado en un pequeño Estado europeo desaparecido después de diversos acontecimientos históricos que Ataúlfo resumió de manera considerablemente favorable a la dinastía. El actual jefe mantenía vivos sus derechos y disponía de Cancillería, Consejo, delegaciones nacionales y varios caballeros encargados de sostener «la causa».

En determinados ambientes «la causa» resulta tanto más elegante cuanto menos se concreta.

—¿Y qué relación tiene todo esto contigo?

Ataúlfo bajó la voz.

—Han pensado que podría recibir una dignidad.
—Qué atentos.

Pronunció el título. Era sonoro, llevaba dos partículas, una referencia territorial y suficiente longitud para complicar cualquier reserva de hotel.

—¿Y qué has hecho para merecerlo?

Me miró como si la pregunta hubiese resultado ligeramente vulgar.

—No se trata exactamente de méritos.
—Eso facilita mucho las cosas.

La Casa necesitaba apoyos para mantener la Cancillería, organizar actos, editar publicaciones y sostener sus actividades. Todo aquello costaba dinero.

—Y quienes reciben alguna distinción suelen contribuir a la causa —explicó.
—Naturalmente.
—No es una compra.
—No he dicho que lo sea.
—Es una donación.
—Eso has dicho.
—El título se concede con independencia de la cantidad.
—¿Hay una cantidad?

Se produjo una breve pausa.

—Hay una aportación orientativa.

Empecé a comprender.

Ataúlfo añadió que la Casa había desempeñado además durante décadas un papel importante en la lucha contra el comunismo.

—¿Todavía?
—El comunismo no ha desaparecido.
—Me alegra saber que la Cancillería sigue vigilante.

No pareció encontrarlo gracioso.

—¿Y él te concede el título? —pregunté, señalando la fotografía.
—La Cancillería tramita el expediente.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Todo se hace bajo su autoridad.

Aquella formulación me pareció suficientemente diplomática para merecer respeto.

Ataúlfo empezó entonces a explicarme los títulos dinásticos, históricos, de pretensión y de cortesía, y pronunció también fons honorum. La imaginación jurídica europea, comprobé, continuaba en perfecto estado.

—En cualquier caso —concluyó—, es un título perfectamente legítimo.
—Para ellos.
—Eso es lo importante.
—Depende de dónde pienses utilizarlo.

Estaba dispuesto a iniciar una discusión sobre derechos históricos que podía ocuparnos toda la tarde. Lo detuve.

—Ataúlfo, no discuto los derechos de esa dinastía. Te pregunto si quieres el título porque crees verdaderamente que te corresponde o porque te gusta cómo queda delante de tu nombre.

Guardó silencio.

Miré a don Rigoberto. Por una vez sus dos ojos parecieron casi coincidir sobre mi primo. Debió de ser casualidad.

—No veo qué tiene de malo —dijo finalmente.
—Nada necesariamente.
—Además, la donación es voluntaria. Podría recibir el título aunque no la hiciera.
—¿Vas a no hacerla?

Volvió a guardar silencio.

Comprendí que la voluntariedad atravesaba también ciertas dificultades.

Fue entonces cuando recordé a mi sobrino.

Lo había visto unos días antes durante un almuerzo familiar. Tiene veintitantos años y esa seguridad tranquila que proporciona haber nacido en una familia donde nadie siente especial necesidad de explicar quién es. Durante el café advertí el reloj que llevaba. Era de una conocida marca suiza y de un modelo cuya adquisición exige dinero, paciencia o una relación excesivamente estrecha con determinados comerciantes.

—Bonito reloj.

Sonrió.

—Es falso.

Lo había comprado durante un viaje por una cantidad que no habría permitido adquirir ni la caja del original.

—¿Y lo llevas?
—Claro.
—¿No te preocupa que se note?
—Nadie piensa que sea falso.

Aquello me interesó.

Tenía razón. En otra muñeca habría provocado sospechas. En la suya no. Sus amigos conocían a su familia, sabían dónde vivía y daban por supuesto que podía permitirse el verdadero.

El reloj falso disfrutaba del crédito del propietario. Normalmente utilizamos ciertos objetos para aumentar nuestra consideración social; mi sobrino utilizaba su consideración social para aumentar la del objeto.

Se lo conté a Ataúlfo.

—Qué horror.
—A mí me pareció divertido.
—Llevar un reloj falso es una vulgaridad. Y además está engañando a la gente.
—No les dice que sea auténtico.
—Pero deja que lo crean.
—Eso parece.

Ataúlfo estaba sinceramente indignado.

—Un reloj así sólo tiene sentido si es verdadero.

Lo miré. Después miré la carpeta. Después volví a mirarlo.

Mi primo tardó unos segundos.

—No es lo mismo.

Había llegado antes de lo esperado.

—Naturalmente.
—Un título dinástico no es una falsificación
—No he dicho que lo sea.
—Lo estás comparando con un reloj falso.
—Estoy comparando la tranquilidad con la que mi sobrino lleva algo falso que todos creen verdadero con tu preocupación por llevar algo verdadero que quizá necesites explicar continuamente.
—Yo no tendría que explicar nada.
—Llevas media hora explicándomelo.

Ataúlfo se levantó y caminó hasta la chimenea.

—El reloj es distinto.
—Ya lo sé.
—Ese reloj pretende ser algo que no es. El título sí sería auténtico.
—Según la Cancillería.

Se volvió.

—Según el jefe de la Casa.
—Mejor.

Regresó al sillón.

—Además, existen precedentes.

No sé por qué esa palabra aparece siempre cuando algo necesita ayuda.

Me habló de otros caballeros que utilizaban dignidades semejantes y de uno que incluso había conseguido que apareciese la suya en una invitación.

—Entonces debe de ser verdad.

No agradeció el comentario.

Le pregunté por la donación. Esta vez me dijo la cantidad. Era respetable: no escandalosa, pero sí suficiente para demostrar que el comunismo continuaba constituyendo una amenaza económicamente exigente.

—¿Y qué hacen con el dinero?
—Viajes, secretaría, representación, publicaciones...
—Gastos.
—Naturalmente. Hay personas que dedican su vida a la causa.
—Y parece justo que alguien contribuya.
—Exactamente.
—Especialmente quien acaba recibiendo un título.

Ataúlfo no contestó.

Todas las instituciones necesitan dinero. Algunos príncipes no reinantes tienen, además, la dificultad presupuestaria de carecer de Presupuestos Generales del Estado. Alguien debe pagar las cartas, los viajes y las cenas. Lo único que me producía curiosidad era la frecuencia con que la generosidad encontraba después recompensa genealógica.

—¿Harías la misma donación si no recibieras el título?
—Posiblemente.
—No te he preguntado eso.

Pensó unos segundos.

—La causa me parece importante.
—Tampoco te he preguntado eso.

Me dirigió una mirada fatigada.

—No lo sé.
—Ahora sí empezamos a entendernos.

La carpeta seguía abierta sobre el escritorio. La carta llevaba membrete, sello, firma y varios términos franceses cuya utilidad parecía consistir principalmente en demostrar que aquello no procedía de una gestoría. Al lado descansaba el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino.

Ataúlfo cerró finalmente la carpeta.

—¿Tú qué harías?
—No usaría el título.
—¿Aunque fuese legítimo?
—Sobre todo si tengo que pasarme la vida explicando por qué lo es.
Se levantó. Ya en la puerta regresó al reloj.
—Deberías decirle a tu sobrino que compre uno auténtico.
—Se lo diré.

Se detuvo.

—Aunque supongo que será carísimo.
—También puede hacer una donación.

Cerró la puerta algo más fuerte de lo necesario.
Me quedé mirando a don Rigoberto.
Mi sobrino llevaba tranquilamente una falsificación porque no necesitaba convencer a nadie de su autenticidad. Ataúlfo consideraba pagar una cantidad considerable por algo auténtico cuya autenticidad estaba dispuesto a defender ante cualquiera que la dudase.

No sé cuál de los dos objetos era más verdadero.
Sí sé cuál de los dos propietarios parecía necesitarlo más.

Quizá la autenticidad se parezca un poco a la elegancia.
Cuando es evidente, rara vez necesita llevar la marca por fuera.

El vizconde de Malvavisco.


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Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

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jueves, 24 de septiembre de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO«EL LINAJE DEL CONDE DON VELA».

Pilar de Vicente. 

El pasado jueves 17 de septiembre tuvo lugar la presentación del libro «El linaje del Conde Don Vela», escrito por el historiador y académico Dr. Francisco Acedo Fernández. El evento fue organizado por el Club de Arte y Cultura 567 y se celebró en su sede situada en la emblemática calle Velázquez de Madrid. La obra fue presentada por el Excmo. Sr. José Miguel Carrillo de Albornoz, Vizconde de Torre Hidalgo.

La aparición de esta obra supone uno de los hitos editoriales más destacados de los últimos años dentro de la genealogía histórica peninsular. Resultado de más de tres décadas de trabajo investigador, el estudio, editado en dos volúmenes por The Golden Pelican Group, presenta una reconstrucción rigurosa y ordenada de uno de los linajes más extensos de la historia de España.

Don Francisco Acedo, doña Pilar de Vicente y el Vizconde de Torre Hidalgo.

A lo largo de 54 ramas genealógicas, el autor rastrea la descendencia del conde don Vela desde la Alta Edad Media hasta la actualidad, ofreciendo un recorrido por más de trece siglos de historia familiar. La obra configura así un amplio retrato de miles de personas, procedentes de diversas realidades sociales, culturales y políticas, que aparecen vinculadas a los principales procesos históricos desarrollados tanto en la Península Ibérica, como en el continente americano.

El acto contó con una numerosa y distinguida asistencia de figuras del ámbito nobiliario, cultural y social, además de numerosos invitados y amigos. Como no podía ser de otra manera, el Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias estuvo representado en este acto por su responsable de Relaciones Institucionales, poniendo de manifiesto su vinculación con la cultura y su compromiso con la participación en este tipo de encuentros.

La velada transcurrió en un ambiente de gran interés histórico y literario, consolidándose como un punto de encuentro excepcional para los amantes de la genealogía y la nobleza. Como broche final, el autor ofreció a los presentes un aperitivo acompañado de un vino español, propiciando un momento perfecto para comentar la obra y compartir sus impresiones de manera distendida.

Para saber más sobre la obra: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.