martes, 19 de mayo de 2026

LA ORDEN IMPERIAL DE LA ROSA (BRASIL).

Riestra2026. 

Para finalizar este ciclo dedicado a las Órdenes del Imperio de Brasil he querido reservar la que, en mi opinión, es la más hermosa. Aunque  he confesado mi especial predilección por la Orden Imperial de San Benito de Avis, no puedo dejar de admirar la extraordinaria belleza de la venera de la Orden Imperial de la Rosa. Su diseño evoca perfectamente el motivo de su creación y la refinada sensibilidad artística de la corte imperial brasileña del siglo XIX.

La ejecución realizada por el orfebre Miguel Ángel Pecos, en plata sobredorada, esmaltes al fuego y detalles de gran riqueza técnica, convierte esta distinción caballeresca en una auténtica joya de alta orfebrería. Cada pétalo esmaltado, cada detalle dorado y cada matiz cromático reflejan el virtuosismo artesanal de un trabajo realizado con profundo respeto hacia la tradición honorífica imperial brasileña, como se puede apreciar en la imagen que se adjunta. La pieza no solo reproduce una condecoración histórica: revive el esplendor ceremonial del Imperio y el refinamiento de la que fue su tradición cortesana.

La Orden Imperial de la Rosa fue instituida por el emperador Pedro I do Brasil el 17 de octubre de 1829 para conmemorar su matrimonio con la princesa Amélie de Leuchtenberg. Pocas órdenes dinásticas poseen un origen tan íntimamente ligado al afecto personal de un soberano. La rosa, símbolo universal del amor, la pureza y la nobleza, fue elegida para representar la renovada estabilidad sentimental y política del emperador tras la muerte de su primera esposa, la emperatriz María Leopoldina da Áustria.

Joya realizada por Miguel Ángel Pecos (Condecoralia Artesanos).


La llegada de Amélie de Leuchtenberg aportó elegancia, serenidad y prestigio internacional a la corte brasileña. Mujer culta y refinada, muy admirada por sus contemporáneos, ejerció una influencia moderadora y positiva sobre Pedro I, cuya vida había estado marcada por las turbulencias políticas. La creación de la Orden de la Rosa simbolizó, por tanto, no solo una unión matrimonial, sino también una nueva etapa de estabilidad para la monarquía brasileña.

Desde sus primeros años, la Orden se convirtió en una de las más prestigiosas distinciones del Imperio. Fue concedida tanto a miembros de la nobleza brasileña como a diplomáticos, militares y personalidades extranjeras destacadas por sus servicios al Estado y a la Corona. Su carácter elegante y romántico la distinguió entre las grandes órdenes honoríficas del siglo XIX, siendo considerada por muchos historiadores y coleccionistas como una de las condecoraciones más bellas creadas en América.

La insignia destaca por su excepcional riqueza simbólica y artística. La estrella radiante esmaltada en blanco, las rosas esmaltadas y el refinado trabajo de las coronas imperiales hacen de esta pieza una auténtica obra maestra de la joyería honorífica. Especialmente notable es la delicadeza de los esmaltes translúcidos y la armonía cromática entre el blanco, el oro y el rosa imperial, colores que dotan a la insignia de una elegancia difícilmente igualable dentro de las órdenes dinásticas, tanto europeas como americanas.

La cinta de la Orden es de color rosa claro con franjas blancas en sus bordes, combinación cromática sumamente original para su tiempo y cargada de simbolismo cortesano. La misma se estructuró en diversos grados: Caballero o Dama, Oficial, Comendador, Dignatario, Gran Dignatario y Gran Cruz, esta última articulada en las  modalidades de Gran Cruz Honorífica y Gran Cruz Efectiva.

Tras la caída del Imperio en 1889, la Orden permaneció como una distinción dinástica de la Casa Imperial de Brasil, preservada con especial celo por la rama de Petrópolis de la Casa de Orléans-Braganza, heredera de una parte fundamental de las tradiciones históricas del Imperio brasileño. Petropolis ha destacado, como nuestros lectores ya conocen, durante décadas por su defensa de la memoria imperial, la preservación documental y el mantenimiento de las antiguas órdenes brasileñas conforme a la tradición dinástica más genuina.

En la actualidad, la figura de Pedro Tiago de Borbón de Orléans y Bragança representa la continuidad de ese legado histórico y cultural de Petrópolis. Su labor en favor de la difusión de la historia imperial brasileña y la preservación de las tradiciones dinásticas contribuye a mantener viva una parte esencial de la identidad histórica del Brasil monárquico. Bajo esta continuidad dinástica, la Orden Imperial de la Rosa sigue simbolizando elegancia, honor y fidelidad a una de las tradiciones cortesanas más refinadas de América.

No puedo concluir este ciclo sin dedicar un especial recuerdo a la figura de Pedro Gastão de Orléans y Bragança, cuya memoria permanece unida de manera entrañable a la villa sevillana de Villamanrique de la Condesa. En sus calles tranquilas, sus plazas luminosas y sus serenas tardes andaluzas compartieron vida cotidiana y momentos de sosiego con mis mayores, hoy también desaparecidos, y vecinos igualmente de aquella localidad.

Villamanrique, puerta histórica de las marismas y tierra profundamente vinculada a antiguas tradiciones aristocráticas y devocionales, conserva aún el eco discreto de esa presencia de la familia Orléans-Braganza, que eligió esta hermosa villa no solo como lugar de residencia y descanso, sino también como espacio para el reposo eterno. Esa coincidencia entre memoria familiar e historia dinástica confiere a este recuerdo una emoción serena y profundamente humana, donde el paso del tiempo parece haber unido, bajo la misma luz del sur, los recuerdos personales con la memoria familiar de los Orléans-Braganza.

Para más información: https://www.brasil-imperial.org/

 Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.


lunes, 18 de mayo de 2026

COMUNICADO DEL INSTITUTO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS BANCES Y VALDÉS.

 

Queremos hacernos eco, para conocimiento de todos nuestros lectores, del comunicado que nos ha remitido don Manuel Luis Ruiz de Bucesta y Álvarez sobre el IEHBV para su difusión.


COMUNICADO.
Instituto de Estudios Históricos Bances y Valdés 
Oviedo, Principado de Asturias.

Manuel Luis Ruiz de Bucesta y Álvarez.
Presidente.

El Instituto de Estudios Históricos Bances y Valdés, entidad cultural con más de una década de actividad continuada, desea informar públicamente de unos hechos de extrema gravedad que afectan tanto a su identidad institucional como a los derechos de sus miembros.

Durante más de diez años, nuestro Instituto ha desarrollado una labor cultural ampliamente documentada: Conferencias, publicaciones, actos académicos, investigaciones, presentaciones de libros, colaboraciones con instituciones públicas y privadas, y presencia constante en prensa, radio y televisión. Todo ello respaldado por actas internas, listados de miembros, documentación archivística y un patrimonio cultural consolidado.

Sin embargo, el pasado 14 de mayo de 2026 se ha inscrito en el Registro de Asociaciones una entidad ajena por completo a nuestro Instituto, utilizando una denominación idéntica o confusamente similar, y presentándose ante terceros como si fuera la legítima continuadora de nuestra trayectoria histórica. Esta actuación constituye un grave intento de suplantación organizativa y un aprovechamiento indebido de la reputación construida por nuestro Instituto durante más de una década.

Las prácticas que están tomando desde esa nueva asociación podrían constituir infracciones muy serias, por lo que, ante la gravedad de los hechos, el Instituto de Estudios Históricos Bances y Valdés ha decidido iniciar de inmediato las acciones civiles y penales oportunas para la defensa de nuestros derechos, la protección de nuestros miembros y el esclarecimiento completo de la actuación de esta asociación recién inscrita.

Queremos dejar claro que ninguna comunicación enviada por esta “asociación ajena” tiene relación alguna con nuestro Instituto, ni representa nuestra voluntad, ni cuenta con autorización de nuestra Junta Directiva.

Pedimos a todos los miembros, colaboradores, instituciones y medios de comunicación que, ante cualquier duda, se dirijan exclusivamente a nuestros canales oficiales y a los correos electrónicos habituales del Instituto. Cualquier comunicación que no provenga de dichos canales debe considerarse no autorizada y ajena a nuestra actividad.

El Instituto de Estudios Históricos Bances y Valdés reafirma su compromiso con la cultura, la investigación y la defensa de su identidad institucional, y continuará informando a la opinión pública conforme avancen las actuaciones legales en curso.

www.bancesyvaldes.com

Del mismo modo, también nos remite un recorte del diario La Nueva España en el que publican la misma comunicación.


Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 17 de mayo de 2026

LA ESTÉTICA HERÁLDICA DE LA CASA REAL DE GEORGIA EN LA OBRA DE FERNANDO MARTÍNEZ LARRAÑAGA.

Riestra2026.

Hay blasonarios que se leen como repertorios y otros que se contemplan como auténticas catedrales de la heráldica. El Armorial de la Orden del Águila de Georgia y la Túnica Inconsútil de Nuestro Señor Jesucristo, editado por el Real Colegio Heráldico de Georgia en 2013, pertenece sin duda a esta segunda categoría. Sus páginas no constituyen únicamente un registro de armas, sino una verdadera liturgia visual en la que convergen la tradición nobiliaria europea, el simbolismo sacro de la monarquía georgiana y el lenguaje contemporáneo de la heráldica en un mismo espacio ceremonial.

Uno de los grandes protagonistas de aquella obra monumental fue el heraldista Fernando Martínez Larrañaga, artífice junto a Alfredo Escudero y Díaz-Madroñero y al erudito maestro de la heráldica José María de Montells y Galán, de la concepción estética y heráldica del volumen. La edición, publicada bajo los auspicios del Real Colegio Heráldico de Georgia, reunió  casi un centenar y medio de escudos de armas pertenecientes a caballeros y damas de la Orden del Águila de Georgia, en una cuidada edición trilingüe (georgiano, español e inglés) concebida desde su origen como obra de referencia para el estudio de la heráldica dinástica contemporánea.

La personalidad artística de Martínez Larrañaga se percibe de inmediato en el delicado equilibrio entre solemnidad clásica y libertad ornamental. Sus composiciones no son meras ilustraciones técnicas. Cada escudo aparece concebido como una escena ceremonial: lambrequines amplios, coronas minuciosamente delineadas, collares de órdenes dinásticas tratados con precisión casi miniaturista y un refinado uso del color que evoca tanto los armoriales centroeuropeos del siglo XIX como la sensibilidad decorativa del arte bizantino.

Las imágenes aquí reproducidas, correspondientes a mi propio escudo como Gran Cruz de la Orden, resumen admirablemente ese universo visual. El blasón aparece rodeado por un complejo entramado simbólico, encuadrado por un fastuoso marco de inspiración georgiana y coronado por los emblemas de la Casa Real de Georgia. Todo en la composición transmite una idea precisa: la heráldica no debe entenderse como un fósil documental, sino como un lenguaje vivo, capaz de adaptarse a nuevas formas de representación nobiliaria sin perder su esencia histórica.

Fernando Martínez Larrañaga se ha consolidado, durante las últimas décadas, como uno de los nombres más reconocibles de la heráldica hispánica contemporánea. Formado en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldica y Genealogía por la UNED, y diplomado en Heráldica General y Militar por el Instituto de Historia y Cultura Militar, su trayectoria ha conjugado investigación, diseño heráldico y actividad institucional.

Ha desempeñado diversos cargos vinculados al ámbito heráldico español y georgiano, habiendo sido  Heraldo del Real Colegio Heráldico de Georgia y Heraldo Mayor de la Casa Troncal de los Doce Linajes de Soria. A ello se suma una intensa labor divulgativa desarrollada a través de publicaciones especializadas y del conocido blog Heraldistas, donde durante años compartió procesos de diseño, composiciones armoriales y reflexiones sobre la evolución del arte del blasón.

Precisamente en 2013, mientras ultimaba el Armorial de la Orden del Águila de Georgia, Martínez Larrañaga dio a conocer diversas muestras preliminares de la obra, describiéndola como un proyecto realizado junto al Real Colegio Heráldico de Georgia. Aquellas primeras imágenes anticipaban ya una de las constantes esenciales de su estilo: la voluntad de devolver a la heráldica toda su dimensión ceremonial y escenográfica.

Mi escudo de armas según el modelo del Armorial Georgiano.

La publicación del Armorial supuso un acontecimiento notable en los círculos nobiliarios y heráldicos europeos. Editado en gran formato y con una cuidada impresión a color, el volumen no se limitaba a reproducir los usos heráldicos de sus miembros. Cada página integraba ornamentos exteriores, insignias, coronas, mantos y elementos premiales que situaban al titular dentro de la compleja jerarquía simbólica de la Orden. En ello radica una de las aportaciones más interesantes de Martínez Larrañaga: comprender que la heráldica moderna ya no puede reducirse únicamente al escudo, sino que debe abarcar el conjunto de signos visuales que expresan dignidad, pertenencia y memoria.

En cierto modo, el Armorial Georgiano recuperaba la tradición de los grandes repertorios nobiliarios europeos, aunque incorporando una sensibilidad plenamente contemporánea. Frente al minimalismo que durante décadas empobreció buena parte del diseño heráldico moderno, Martínez Larrañaga, bajo la dirección de José María de Montells, reivindicó la riqueza ornamental como parte inseparable del discurso heráldico.

Uno de los aspectos más innovadores desarrollados en los últimos años en el entorno de la Orden del Águila de Georgia ha sido precisamente la ampliación de los elementos exteriores permitidos en la representación de armas.

El Reglamento 07-2024, publicado por el Real Colegio Heráldico de Georgia, recoge diversas disposiciones que reflejan una evolución significativa en la concepción contemporánea de la heráldica dinástica. Entre ellas destaca la posibilidad de que todos los miembros de la Orden puedan exhibir el manto de la corporación detrás de sus escudos de armas, acompañado de la insignia correspondiente a su rango dentro de la misma. Este detalle posee una enorme importancia simbólica: el manto deja de ser un privilegio reservado exclusivamente a las más altas dignidades para convertirse en signo visible de pertenencia espiritual y caballeresca.

El reglamento permite además incorporar un friso dorado, ya sea liso o decorado con motivos georgianos, como elemento ornamental en los bordes del manto. El ornamento exterior adquiere así una dimensión artística flexible, abierta a la creatividad del heraldista contemporáneo.

Una composición con mis armas, de estilo georgiano, diseñada por Martínez Larrañaga usando el manto de la Orden del Águila.

Existe, no obstante, una importante reserva ceremonial: el diseño oficial bordado en el cuello del manto queda exclusivamente reservado a los nobles titulados. Esta distinción mantiene viva la tradicional jerarquía nobiliaria dentro de la Orden y recuerda que la heráldica continúa siendo también un lenguaje de precedencias.

Otro aspecto especialmente interesante es la libertad interpretativa reconocida por el propio reglamento. El manto puede representarse heráldicamente en cualquier estilo artístico, siempre que respete la descripción oficial escrita. La norma abandona así el rígido modelo iconográfico único y reconoce explícitamente el valor creativo del artista heraldista.

La imagen aquí mostrada debe entenderse precisamente como una posibilidad entre muchas otras. En ella se aprecia un notable equilibrio entre exuberancia ornamental y claridad compositiva. También resulta significativa la modificación relativa a las Grandes Cruces de la Orden. Conforme a la nueva normativa, los caballeros y damas Gran Cruz ya no deben representar el collar colgando del escudo. En su lugar, el reglamento establece el uso de una cinta con los colores de la Orden rematada en un lazo, quedando el collar reservado a quienes posean el rango específico que da derecho a su uso. No obstante, según tengo entendido, esta disposición no afectaría a quienes hubiesen recibido la Gran Cruz con anterioridad a la publicación del nuevo reglamento.

Conviene recordar igualmente la naturaleza institucional del Real Colegio Heráldico de Georgia, institución a la que dedicaremos una futura entrada más extensa y que, como muchos de nuestros lectores ya conocen, constituye el órgano dependiente de la Casa Real de Georgia encargado de la gestión y concesión de escudos de armas, emblemas heráldicos y documentación relacionada con la actividad nobiliaria y premial de la dinastía Bagration.
Esta institución opera bajo los auspicios de la Casa Real de Georgia y no constituye una oficina gubernamental del actual Estado georgiano. Su legitimidad se inscribe dentro del ámbito de las instituciones dinásticas de carácter histórico y familiar vinculadas a la Casa Real. Desde esa posición, el Colegio ha impulsado durante los últimos años una notable renovación estética y normativa de la heráldica asociada a la Orden del Águila de Georgia, favoreciendo el desarrollo de un lenguaje visual propio en el que tradición medieval, ceremonial cortesano y sensibilidad artística contemporánea conviven de manera singular.

Contemplar las composiciones heráldicas realizadas por Fernando Martínez Larrañaga para el Armorial Georgiano es comprender que la heráldica continúa siendo un arte plenamente vigente. Durante demasiado tiempo se intentó reducir el blasón a una mera disciplina auxiliar de la historia, olvidando que nació también como expresión estética y ceremonial. En las obras de Martínez Larrañaga reaparece precisamente esa dimensión olvidada: el escudo entendido no sólo como signo de identificación, sino como relato visual de dignidad, memoria y tradición.

La evolución normativa impulsada por el Real Colegio Heráldico de Georgia demuestra, además, que la heráldica contemporánea continúa transformándose. Los mantos, las cintas, los frisos decorativos y la libertad interpretativa concedida al artista heraldista abren nuevas posibilidades expresivas capaces de dialogar con la sensibilidad visual del siglo XXI sin quebrar la continuidad de la tradición.
En ese delicado equilibrio entre fidelidad histórica y renovación estética reside buena parte del mérito de heraldistas como Fernando Martínez Larrañaga. Sus blasones para la Orden del Águila de Georgia no son únicamente armas ejecutadas con maestría: son auténticos escenarios simbólicos donde la antigua idea de caballería vuelve, una vez más, a adquirir forma visible.


Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.




sábado, 16 de mayo de 2026

EL ÚLTIMO CUSTODIO DE ARMAS.

Vindicación histórica, cultural y simbólica del oficio de Cronista de Castilla y León en su condición de Oficial de Armas.

Riestra2026. 

En España todavía subsisten instituciones que ya no ocupan el centro de la vida pública, pero que continúan existiendo gracias a la continuidad histórica y a la práctica mantenida durante generaciones. Oficios antiguos que han dejado atrás el protagonismo político, aunque siguen presentes en archivos, registros y ceremonias vinculadas a la tradición jurídica e histórica española. El Cronista de Armas forma parte de esa continuidad.

No hace mucho, hojeando junto a mi hijo Alejandro diversos documentos armeros que habían llegado a nuestras manos, algunos conviene decirlo, de notable belleza y exquisita ejecución, apareció entre ellos uno firmado por don Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, marqués de La Floresta y vizconde de Ayala, en su condición de Cronista de Armas de Castilla y León.

Aquel documento, más allá de su estética sobria y austera, profundamente castellana en sus formas y concepción, despertó inmediatamente nuestro interés y dio pie a una conversación que pronto derivó hacia el debate sobre el valor y alcance de este tipo de certificaciones. Sin embargo, por encima de cualquier discusión doctrinal, se imponía un hecho difícilmente refutable: aquel testimonio, fechado, datado y firmado, constituía una prueba tangible de la continuidad en el uso de unas determinadas armas. Seguían vivas. Seguían siendo usadas. Y eso, en materia heráldica, posee un valor que ninguna interpretación teórica puede ignorar por completo.

Porque la heráldica nunca ha sido una mera cuestión ornamental. En España, durante siglos, las armerías constituyeron signos de identidad familiar, elementos de reconocimiento jurídico y símbolos históricos transmitidos de generación en generación. Los Cronistas y Reyes de Armas jamás fueron simples artistas del blasón: desempeñaban funciones reconocidas por la Corona, autentificaban genealogías, certificaban armas y daban fe de una continuidad histórica que formaba parte de la propia estructura institucional de la Monarquía.

Cuando falleció don Vicente de Cadenas y Vicent en 2005, el Estado español dejó vacante una tradición secular. Desde entonces, ningún gobierno ha nombrado un nuevo Cronista o Rey de Armas de ámbito estatal. La vieja magistratura heráldica de la Monarquía quedó suspendida en un silencio administrativo que dura ya más de dos décadas.

Albalá que faculta al Marqués de la Floresta como Cronista de Armas de Castilla y León.


Y, sin embargo, las armerías no desaparecieron. Muchas familias continuaron necesitando acreditar genealogías para ingresar en corporaciones nobiliarias, ordenar sus blasones, conservar memoria documental de sus linajes o confirmar el uso continuado de símbolos heredados conforme a la tradición histórica española. Allí donde el Estado decidió no continuar aquella función, subsistió, sin embargo, una continuidad concreta: la de Castilla y León.

En 1991, la Junta de Castilla y León promulgó el Decreto 105/1991, norma todavía vigente, mediante el cual se regulaba la heráldica municipal y se restauraba la figura del Cronista de Armas. El texto del decreto no resulta ambiguo. Su artículo 16 estableció expresamente que el Cronista de Armas “ostentará las facultades y competencias tradicionales de los antiguos Cronistas, Reyes de Armas y Heraldos de Castilla y León contenidas en el Real Decreto de 29 de julio de 1915 y en el Decreto de 13 de abril de 1951”.

Aquella disposición no puede despacharse como una mera fórmula retórica o ceremonial. Constituye, más bien, una afirmación de continuidad histórica y funcional. Y pocos días después, mediante nombramiento oficial de la propia Junta, el cargo recayó en Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, historiador, jurista y heraldista, quien desde entonces ha ejercido públicamente dichas funciones durante más de tres décadas.

Blasones, firmados por la mano de S.M. don Juan Carlos I, pertenecientes a las Certificaciones de Armas emitidas por el Marqués de la Floresta al Conde de Latores y a Fray Matthew Festing, gran Maestre de la Orden de Malta.

Durante ese largo ejercicio institucional, el Marqués de la Floresta ha desarrollado una intensa labor heráldica y documental. Entre los centenares de documentos armeros realizados bajo su autoridad destacan especialmente aquellos relativos a la atribución de armerías concedidas, con motivo de su ennoblecimiento por Su Majestad el rey don Juan Carlos I, a relevantes personalidades de la vida pública española. Entre ellas se cuentan el maestro compositor don Joaquín Rodrigo, marqués de los Jardines de Aranjuez; el general don Sabino Fernández Campo, conde de Latores y jefe de la Casa de S.M.; el profesor y académico don Emilio García Gómez, conde de los Alixares; y don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, marqués de la Ría de Ribadeo y antiguo presidente del Gobierno de España.

Cabe señalar que Su Majestad el rey don Juan Carlos I, entonces reinante, se dignó en diversas ocasiones suscribir y a firmar, de propia mano regia, las armerías atribuidas por el Cronista de Armas de Castilla y León a las referidas personalidades, así como a otras personas de su especial confianza y afecto, entre ellas el almirante don Fernando Poole, jefe de su Cuarto Militar. Los edictos correspondientes a dichas certificaciones de armas fueron publicados en el Boletín Oficial de Castilla y León.

Asimismo, en su calidad de Decano de los Consejeros Heráldicos del Gran Magisterio de la Soberana y Militar Orden de Malta, organizó y dispuso las armerías de Su Alteza Eminentísima el  entonces príncipe y gran maestre fray Matthew Festing, electo y proclamado en marzo de 2008. Estas armerías, registradas en Castilla y León con fecha de 13 de marzo de 2008, merecieron igualmente el agrado de Su Majestad el rey don Juan Carlos I, quien se dignó suscribir de su mano, mediante su firma, el documento original entregado a Su Alteza Eminentísima en su condición de Jefe de Estado reconocido internacionalmente.

Blasones, firmados por la mano de S.M. don Juan Carlos I, pertenecientes a las Certificaciones de Armas emitidas por el Marqués de la Floresta al Conde de los Alixares y al almirante don Fernando Poole, jefe del Cuarto Militar de S.M. don Juan Carlos I.

No se trata, por tanto, de una práctica privada nacida al margen de la Administración, ni de una simple actividad académica o decorativa. Se trata de unas funciones ejercidas bajo cierta cobertura normativa y desempeñadas públicamente durante décadas, aceptadas y jamás interrumpidas ni sustituidas por otra autoridad estatal equivalente.

Los detractores de sus competencias sostienen que una comunidad autónoma no puede restaurar plenamente la antigua autoridad regia de los Reyes de Armas, ya que sería una competencia del Estado. Pero esa objeción tropieza con una realidad igualmente evidente: el propio texto de su albalá de nombramiento le facultaba expresamente para “expedir certificaciones de genealogía, nobleza y escudos de armas”, así como confirmaciones y atribuciones de nuevas armerías solicitadas por particulares, mientras que el Estado parece ejercer de “convidado de piedra”.

Durante más de treinta años, el Marqués de La Floresta ha expedido certificaciones heráldicas para ciudadanos españoles y extranjeros; ha mantenido registros armoriales; ha asesorado sobre símbolos históricos; ha redactado más de mil setecientos informes de Heráldica Municipal; y ha registrado centenares de armerías de manera  notoria. Ha actuado, de hecho, como la referencia visible de la heráldica institucional en España en ausencia de un Cronista de Armas nombrado por el Estado.

Podrá discutirse, y ciertamente se discute, el alcance jurídico exacto de tales certificaciones. Pero resulta difícil negar tres hechos fundamentales: su continuidad, su ejercicio público y su reconocimiento social dentro del ámbito heráldico español e internacional.
Y quizá sea precisamente ahí donde reside el verdadero fondo de la cuestión. Porque determinadas instituciones históricas no sobreviven únicamente gracias a decretos o estructuras administrativas. Sobreviven porque alguien continúa ejerciéndolas; porque persiste una práctica reconocible; porque se conservan los registros, las fórmulas, el ceremonial, el lenguaje técnico y la función cultural que las justificó durante siglos.

España ha dejado extinguir muchas de sus antiguas magistraturas sin derogarlas formalmente, abandonándolas lentamente a un territorio incierto entre la historia y la administración contemporánea. El oficio de Cronista de Armas pertenece claramente a esa categoría: demasiado histórico para la burocracia moderna; demasiado vivo para considerarlo desaparecido.
En ese vacío institucional, Castilla y León optó por mantener la continuidad. Y esa continuidad, en heráldica, no constituye un detalle menor: constituye buena parte de la legitimidad misma.

Pienso que las armas no son únicamente dibujos más o menos antiguos sobre pergamino, vitela o papel de alto gramaje. Son memoria familiar, historia documentada, identidad transmitida y testimonio visible de una continuidad histórica. Y las que aún no lo son, pretenden llegar a serlo. Mientras exista un registro, sea local, autonómico o estatal, que continúe custodiando, certificando y ordenando ese legado conforme a una tradición todavía vigente, resultará difícil sostener seriamente que la institución haya desaparecido por completo en España.

Desde 1991 hasta hoy, mientras el Estado español permanecía inmóvil en esta materia, Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila ha sido, de hecho, el único cronista de armas español en ejercicio continuado y públicamente reconocido por una administración.
Y quizá por eso, más que el último representante de una institución extinguida en su ámbito, el Marqués de La Floresta pueda considerarse el último custodio vivo de una tradición histórica que España nunca llegó verdaderamente a abolir.

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Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 15 de mayo de 2026

ORDEN IMPERIAL DE DON PEDRO I, FUNDADOR DEL IMPERIO DEL BRASIL Y LEGADO DINÁSTICO DE LA CASA IMPERIAL DE PETRÓPOLIS.

Riestra2026.

La Orden Imperial de Don Pedro I, Fundador del Imperio Brasileño, es una de las más significativas distinciones honoríficas instituidas por esa monarquía imperial. Creada por el emperador Dom Pedro I de Brasil el 16 de abril de 1826, nació en un momento decisivo dentro de la consolidación del joven Estado brasileño, apenas cuatro años después de la proclamación de su independencia respecto de Portugal.
Más que una recompensa honorífica, la orden constituyó un instrumento destinado a fortalecer la legitimidad de la monarquía constitucional brasileña. En torno a la figura del soberano se articulaba la idea de continuidad histórica entre la tradición dinástica portuguesa y la naciente identidad imperial brasileña. La creación de órdenes de caballería propias permitía al Imperio afirmarse ante las demás naciones como una monarquía soberana, heredera de la cultura cortesana europea y plenamente integrada en el concierto internacional del siglo XIX.

Esta fue concebida para premiar la fidelidad a la Corona, los servicios excepcionales prestados al Estado y las acciones distinguidas en beneficio de la nación. Entre sus miembros figuraron militares, estadistas, diplomáticos, representantes de casas reinantes extranjeras y personalidades destacadas de la vida intelectual y cultural del Imperio. De esta manera, la Orden de Don Pedro I se convirtió en uno de los más altos símbolos de prestigio dentro de la estructura honorífica brasileña.

Su denominación completa, “Fundador del Imperio Brasileño”, subrayaba explícitamente el papel histórico de Dom Pedro I como arquitecto de la emancipación nacional y fundador de la monarquía brasileña. La memoria del emperador permaneció profundamente ligada a la idea de unidad territorial y estabilidad institucional del país, especialmente en una época en la que muchas naciones hispanoamericanas atravesaban graves conflictos internos tras sus respectivos procesos de independencia.

La insignia de la orden posee una rica carga simbólica. Su diseño incorpora elementos imperiales brasileños y referencias directas a la Casa de Braganza. La venera, suspendida de una cinta verde fileteada de blanco, evocaba los colores asociados a la monarquía brasileña y a la dinastía imperial. El verde, color tradicional de la Casa de Braganza, unido al blanco de la Casa de Habsburgo (linaje de la emperatriz María Leopoldina de Austria), simboliza la unión dinástica sobre la que se edificó el Imperio del Brasil.

Tradicionalmente, la orden comprende diversos grados destinados a distinguir jerárquicamente el mérito de sus miembros. Entre ellos figuran actualmente las dignidades de Caballero o Dama, Comendador y Gran Cruz, reservándose esta última para personalidades de excepcional relevancia política, militar o dinástica.

Con la proclamación de la República en 1889, las antiguas órdenes imperiales dejaron de pertenecer al sistema oficial del Estado. Sin embargo, conservaron su carácter histórico y dinástico en el seno de la Casa Imperial del Brasil.

Los descendientes de dom Pedro de Alcântara de Orléans y Bragança, pertenecientes a la rama de Petrópolis, han sabido mantener viva la memoria institucional y ceremonial del antiguo imperio, preservando sus tradiciones honoríficas y el legado histórico de la monarquía brasileña hasta nuestros días. Dentro de este contexto, la Orden Imperial de Don Pedro I continúa representando un símbolo de continuidad histórica, legitimidad dinástica y fidelidad a los ideales fundacionales del Brasil imperial.


El príncipe dom Pedro Tiago de Borbón de Orléans y Bragança encarna la pervivencia de una herencia dinástica estrechamente ligada a la memoria de dom Pedro I de Brasil y al ideal monárquico surgido en el siglo XIX. En torno a su persona se conserva no solo una tradición familiar, sino también un importante patrimonio histórico y cultural que remite a los orígenes mismos de la nación brasileña.

Para más información: https://www.brasil-imperial.org/

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.


jueves, 14 de mayo de 2026

CRÓNICA Y EVOLUCIÓN: LA HISTORIA DE ESPAÑA A TRAVÉS DE SUS UNIFORMES MILITARES.

 

La evolución de la sociedad se refleja de manera fidedigna en las vestiduras y pertrechos de quienes la defienden. La indumentaria militar y policial no es un simple elemento utilitario, sino un espejo político, tecnológico y social de cada época. El paso de las armaduras medievales a los uniformes de paño del siglo XVIII refleja la transición de los ejércitos de caballeros feudales a las fuerzas estatales organizadas y disciplinadas. Asimismo, la incorporación de materiales ignífugos, chalecos balísticos ligeros y tejidos de camuflaje digital en la actualidad responde directamente a la democratización de la tecnología, y a la necesidad de proteger al individuo en escenarios de guerra asimétrica y urbana. Analizar el vestuario de quienes defienden una nación permite entender el desarrollo industrial de sus fábricas, la jerarquía de sus instituciones y los valores civiles dominantes de su tiempo.

El próximo 18 de mayo a las 19:00 horas, la sede de la Real Asociación de Hidalgos de España (Calle General Arrando, 13, bajo izda. de Madrid) albergará un encuentro dedicado rigurosamente a la divulgación e iconografía militar de nuestro país.

El evento se articulará en torno a dos ejes principales:
-La Exposición: Un análisis cronológico y visual que abarca desde la indumentaria de las legiones de la antigua Roma hasta las dotaciones de la actualidad. La muestra cuenta con una pieza central de alto valor documental: un diorama detallado en miniatura que recrea la campaña norteamericana de Bernardo de Gálvez y la intervención de las fuerzas españolas en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
-La Conferencia Inaugural: Bajo el título "La historia militar española", la ponencia correrá a cargo de don Raúl Matarranz del Amo. Su experiencia como funcionario de carrera del Cuerpo Nacional de Policía, Presidente de la Asociación U.E.O. (Unidad de Estrategia y Operaciones) y ensayista especializado garantizará un análisis técnico y didáctico sobre las estrategias y la orgánica de las fuerzas armadas y policiales a lo largo de los siglos. El acto será presentado por don Juan Manuel Quintana Zuazúa, caballero de la Nobleza del Principado de Asturias.

Al término de las intervenciones, los asistentes podrán intercambiar impresiones durante el tradicional vino español que se servirá por cortesía de la organización.



Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 13 de mayo de 2026

LA BANDA DORADA DE LAS MUJERES PALENTINAS. UN ANTIQUÍSIMO PRIVILEGIO.

 

En la sección de Opinión del Diario de Madrid, Manuel Ruiz de Bucesta Álvarez publica un interesante artículo dedicado al antiguo privilegio de las mujeres palentinas de vestir la Banda Dorada, un singular distintivo cuya historia se remonta a la Edad Media y que constituye una de las tradiciones más curiosas y menos conocidas de la historia castellana.

Por su indudable interés histórico y cultural, queremos hacernos eco de este trabajo en nuestro blog como entrada del día de hoy, acompañándolo con una imagen alusiva entre las muchas que pueden encontrarse en la red.

La Banda Dorada de las mujeres palentinas. Un antiquísimo privilegio.

07/may/26 - 08:56 – El Diario de Madrid –

Manuel Ruiz de Bucesta.

La banda dorada de las mujeres palentinas es un honor que el tiempo no ha vencido. —Pablo Junceda—

Entre los miles de documentos que jalonan la historia de Castilla, pocos resultan tan extraordinarios para el espíritu de una época como el privilegio otorgado en 1387 por Juan I a las mujeres de Palencia. No es una invención tardía, está reflejado en una Real Cédula de 22 de abril de 1387 y conservada en copias posteriores en el Archivo Municipal de Palencia. En ese se reconoce a las mujeres de la ciudad el derecho a portar la banda dorada, una insignia hasta entonces reservada solamente a los caballeros de la Orden de la Banda, que había sido fundada en 1332 por Alfonso XI junto con la prerrogativa, extraordinaria en su tiempo, de no inclinarse ante el rey.

El origen de esta distinción está en los convulsos años que siguieron a la derrota castellana del año 1385 en Aljubarrota, contra el ejército portugués. El reino, muy debilitado, afrontaba la amenaza del duque de Lancaster, quien por su matrimonio con Constanza de Castilla reclamaba la corona. En crónicas de la época —particularmente la Crónica de Juan I, atribuida al canciller y cronista castellano Pedro López de Ayala— se describe el avance de las huestes inglesas por Galicia y León en 1386, aproximándose a Palencia, que era en aquel entonces una ciudad escasamente defendida debido a la dispersión de sus hombres por las distintas campañas.


Fue en esa encrucijada cuando las mujeres palentinas, lejos de huir atemorizadas, ocuparon las murallas e hicieron sonar campanas y atabales. Desplegaron de inmediato pendones haciéndose pasar por un numeroso contingente. Esta maniobra fue calificada con total sobriedad como «servicio notable» y sirvió para que el duque desistiera de su intento de sitiar la plaza. No hubo combate, pero esta inteligente acción contribuyó a sostener la legitimidad Trastámara en un momento que era realmente complicado.

No obstante, conviene señalar que este episodio no debe interpretarse como un antecedente de reivindicación igualitaria. Sería impropio y absurdo forzar en el siglo XIV categorías ajenas a su comprensión. Sin embargo, el privilegio constituye para la sociedad del momento un reconocimiento excepcional. La banda dorada, incorporada con los años al traje tradicional palentino, no es un simple ornamento folclórico, se trata de la huella visible de un acto que la historiografía relegó discretamente durante siglos.

La documentación conservada —aunque fragmentada— permite afirmar la verdad de la merced. El propio López de Ayala, en sus Crónicas, alude a la fidelidad de las ciudades castellanas en aquellos años y, aunque no detalla expresamente este episodio palentino, su contexto confirma la verosimilitud del reconocimiento regio. Por su parte, la tradición local lejos de contradecir los testimonios escritos, los complementa sin pecar de exageraciones que puedan ser incompatibles con la evidencia.

También conviene recordar en estos tiempos nuestros de exigencia de derechos, que el pasado ofrece ejemplos de heroicidades femeninas que no necesitan tintes, insultos o gritos. Las mujeres de Palencia no empuñaron armas ni tampoco reclamaron honores, ellas defendieron su ciudad con total astucia y el reino agradecido lo supo reconocer con una prerrogativa que, seis siglos después, sigue apelando a nuestra conciencia histórica.

Manuel Ruiz de Bucesta.

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Publicado por La Mesa de los Notables.