sábado, 21 de marzo de 2026

TOMA DE POSESIÓN DE S.M. EL REY COMO PROTOCANÓNIGO DE LA BASÍLICA PAPAL DE SANTA MARÍA LA MAYOR.

 

S.M. el rey Felipe VI, acompañado por la reina doña Letizia, tomó posesión el pasado día 20, de este mes de marzo, como Protocanónigo de la Basílica de Santa María la Mayor en una ceremonia celebrada en el histórico templo romano.
A su llegada, los monarcas fueron recibidos por representantes del Cabildo Liberiano y por el Arcipreste de la basílica, antes de acceder al interior, donde ocuparon su lugar de honor. El acto comenzó con el saludo litúrgico, seguido de una oración y la lectura de un pasaje bíblico.
Durante la ceremonia, el Arcipreste dirigió unas palabras y dio paso a la intervención del Rey. En su discurso, Felipe VI hizo un llamamiento a la concordia, la generosidad y el compromiso con el bien común frente al egoísmo y la indiferencia. A continuación, se leyó un extracto de la bula Hispaniarum Fidelitas, tras lo cual el monarca fue invitado a ocupar su puesto entre los canónigos del Capítulo Liberiano.


La ceremonia concluyó con el rezo del Padre Nuestro y la bendición. Posteriormente, los Reyes visitaron la Capilla Paulina, donde se detuvieron ante la imagen de la Virgen de la Salud, patrona de Roma, y la tumba del Papa Francisco. El acto finalizó con la despedida oficial en el pórtico del templo.
La Basílica de Santa María la Mayor mantiene una estrecha relación con la monarquía española desde el siglo XVI, en tiempos de Carlos I, consolidada posteriormente con acuerdos como el impulsado por Felipe IV en 1647, que estableció a los Reyes españoles como benefactores del templo.
Este vínculo se mantiene vigente en la actualidad, tras su reafirmación en el siglo XX mediante acuerdos con la Santa Sede, por los que los monarcas españoles ostentan el título de Protocanónigos Honorarios. El rey emérito Juan Carlos I asumió este cargo en 1977 y visitó la basílica por última vez en 2018.

Imagen: https://www.casareal.es/
Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 20 de marzo de 2026

EL ALFÉREZ: HISTORIA DE UNA BANDERA SOSTENIDA EN EL TIEMPO.

 Alejandro Riestra Martínez.

Antes de que los mapas fijaran las fronteras actuales y los tratados ordenaran el mundo, el combate dependía de algo tan frágil como un trozo de lienzo al viento. Allí, entre el polvo y el estruendo, avanzaba una figura singular: el Alférez, el hombre que sostenía la bandera y, con ella, la voluntad de resistir.
La palabra que lo define es ya una huella de la historia. Procede del árabe al-fāris, “caballero” o “jinete”, y encierra en su origen el eco de una península Ibérica marcada por el cruce de culturas. No es un detalle menor, el Alférez nace en la frontera, en ese espacio donde se mezclan lenguas, batallas y formas auténticas de entender el honor.

En la Edad Media, no era un rango menor, sino una dignidad. En los reinos cristianos de la península ibérica, ocupaba un lugar preeminente y cercano al monarca, tanto en la corte como en el campo de batalla. Era el encargado de portar el estandarte real, ese símbolo que no solo identificaba al ejército, sino que lo cohesionaba.
Las leyes compiladas por Alfonso X el Sabio en las Siete Partidas definían su papel con claridad: debía ser un caballero de lealtad probada, digno de sostener el signo visible del poder del Rey. En su figura se concentraban dos funciones esenciales: custodiar el símbolo y, llegado el caso, asumir el mando.

Miniatura de un Alférez de los Tercios  de Infantería Española.

Porque el Alférez no era solo un portador, sino también un referente. En la confusión del combate, donde el ruido y el miedo desdibujaban las órdenes, la bandera era un punto fijo. Allí donde ondeaba el pendón estaba el orden. Y quien lo sostenía se convertía, inevitablemente, en objetivo del enemigo. Había en ello una paradoja que define la esencia del cargo: el Alférez era el más visible y, por tanto, el más expuesto. Su honor consistía precisamente en no ocultarse.
Con el paso de los siglos, la figura del Alférez comenzó a desplazarse desde el campo de batalla hacia espacios más ceremoniales. La consolidación de las monarquías y la complejidad creciente de las estructuras militares transformaron su función.

Surgió entonces el Alférez Real, figura destacada en las ciudades de nuestro “Imperio”. En la península y en América, este cargo tenía la misión de portar el pendón en actos solemnes: proclamaciones, festividades y entradas reales. Allí donde se alzaba la bandera, se hacía presente la autoridad del monarca.
El Alférez Real ocupaba un lugar privilegiado en la vida urbana. Participaba en los cabildos, intervenía en ceremonias y encarnaba, de manera visible, la continuidad del poder. Pero ese honor tenía un precio, con frecuencia debía costear celebraciones y rituales, convirtiendo el cargo en una mezcla de prestigio y responsabilidad económica. Así, el Alférez dejó de ser exclusivamente un hombre de guerra para convertirse también en símbolo de representación. La bandera seguía presente, pero su significado se había ampliado, ya no guiaba solo a soldados sino a comunidades enteras.


-Ya en la Europa del siglo XIX, muchos ejércitos usaban estrellas hexagonales para oficiales subalternos. España adoptó esta tradición por influencia francesa y austríaca en uniformes y rangos. Antes de estandarizarse, los Alféreces llevaban galones o charreteras que evolucionaron en forma de estrella de seis puntas-.

La historia, sin embargo, no siempre avanza de manera ordenada. Hay momentos en que se rompe, se acelera, obliga a reinventar incluso los símbolos más antiguos. Uno de esos momentos fue la última Guerra Civil de nuestro país (1936-1939).
En ese contexto de urgencia y desgarro, surgió la figura de los Alféreces Provisionales, conviviendo con el grado académico de Alférez Cadete y los procedentes de promoción en la  milicia. Ante la escasez de oficiales profesionales en el ejército del General Franco, se recurrió a una solución inmediata: formar rápidamente a civiles, jóvenes en su mayoría, y otorgarles el grado de Alférez para ejercer mando de tropas en el frente.

Su instrucción era breve, a veces apenas unas semanas, pero su responsabilidad cuando obtenían la preciada estrella de seis puntas era inmensa. De un día para otro, estudiantes, empleados o campesinos con ciertos estudios se convertían en Oficiales, encargados de dirigir hombres en combate. En ellos, el término “Alférez” adquiría un sentido nuevo y trágico a la vez. Ya no era el caballero elegido por su linaje ni el cadete o militar de línea formado durante años, sino el ciudadano transformado por la guerra. Su autoridad no nacía de la tradición, sino de la necesidad.
Muchos murieron en combate. Otros sobrevivieron y llevaron consigo, el resto de sus vidas, la huella de aquella experiencia. Su figura fue exaltada posteriormente como símbolo de sacrificio y conformaron una verdadera hermandad que no se disolvió con el fin de la contienda.

S.A.R. La Princesa de Asturias, recibiendo de manos de S.M. el Rey don Felipe VI el título que la acredita como Dama Alférez Cadete del Ejército de Tierra (Academia General Militar).


Con el final de las grandes convulsiones y la profesionalización de los ejércitos, el Alférez encontró su lugar en la estructura moderna como el empleo inferior en la oficialidad española. Lejos de desaparecer, el término se adaptó a nuevas realidades: Milicias Universitarias (hasta 1991), IMEC (Instrucción Militar para la Escala de Complemento) hasta 2001, y en la Guardia Civil el empleo de Alférez tuvo mando efectivo entre 1999 y 2017.  Con este empleo, es  también, con el primero con el que acceden a la escala de Oficiales los Reservistas Voluntarios que cuentan, a la hora de su ingreso, con el primer ciclo de un Grado Universitario.

Hoy, en instituciones como la Academia General Militar, la Escuela Naval Militar o la Academia General del Aire y del Espacio, el empleo de Alférez y su equivalente en la Armada, marcan un momento decisivo en la formación de los futuros Oficiales.
Los Cadetes alcanzan este grado durante su tercer año. Es entonces cuando dejan de ser únicamente Alumnos y comienzan a asumir responsabilidades reales. Participan en la instrucción de compañeros de cursos inferiores, ejercen funciones de liderazgo y se convierten en ejemplo dentro de la vida académica. Este paso no es solo administrativo; es simbólico: el Alférez Cadete se sitúa en un umbral entre el aprendizaje y el mando, heredando todas las formas anteriores del cargo.

La historia de este empleo es la historia de una persistencia y de una adaptación a diferentes realizades. A través de los siglos, su figura ha cambiado de forma, función y contexto, pero ha conservado un núcleo perfectamente reconocible.
Fue jinete en el mundo árabe peninsular, caballero en la Edad Media, símbolo en las ciudades del “Imperio”, militar profesional en los ejércitos de línea, urgencia en los conflictos y formación en las Academias Militares. Ha sido elegido, heredado, improvisado y enseñado. Y, sin embargo, en todas sus encarnaciones late la misma idea: alguien que acepta sostener algo que lo supera en toda su esencia.

En los albores fue un lienzo con un emblema visible en el horizonte de la batalla. Hoy es una enseña invisible, hecha de deber, disciplina y memoria, manteniendo intacta su esencia. Por todo esto, siempre hizo falta un Alférez: alguien dispuesto a avanzar, consciente del legado histórico que su divisa soporta.



Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 17 de marzo de 2026

FELIPE VI:VERDAD FRENTE A MANIPULACIÓN DEL RELATO.

 Riestra 2026.

Juzgar el pasado es una tentación constante y peligrosa: la de simplificar, de encerrar la historia en tribunales imaginarios y sentar a los siglos en el banquillo de los acusados. Pero la historia, como el ser humano, rara vez se deja encorsetar en verdades absolutas.

Las recientes palabras de S.M. Felipe VI, reconociendo que en la conquista de América existieron ciertos “abusos” y al mismo tiempo apelando a una lectura sin simplificaciones, han reabierto viejas heridas. Heridas que, por motivos a mi parecer espurios, venían avivando determinados mandatarios y políticos de ambas esferas. Como toda cicatriz histórica, la nuestra sangra no solo por lo que fue, sino por lo que hoy pudiera representar.

Determinados discursos sobre la Conquista se me antojan más un instrumento  que un análisis histórico, al centrarse exclusivamente en los agravios, dejando de lado los logros, la cultura compartida y los elementos positivos de la hispanidad en América; construyendo así un relato útil para movilizar determinados apoyos, reforzar con ellos su posición, e incluso ganar visibilidad internacional. La historia se convierte así en herramienta de la política: el pasado abandona por completo su función didáctica y pasa a servir a intereses e ideologías del presente.

No obstante, negar de manera categórica que durante la Conquista se cometieron ciertos abusos sería insostenible. Todo choque de civilizaciones, por muy leve que  pretendamos, trae consigo ineludiblemente alguna forma de violencia. Ya en pleno siglo XVI hubo voces españolas que denunciaron determinados excesos. La célebre Controversia de Valladolid no es una invención moderna: fue un debate genuino sobre la dignidad de los pueblos indígenas y los límites morales de la conquista.

La Corona española intentó legislar para frenar esos abusos mediante las Leyes de Indias, un conjunto normativo que buscaba proteger a los pueblos originarios, aunque su aplicación fuera desigual. Reconocer ciertos abusos no es un acto contemporáneo del monarca actual: forma parte de la conciencia histórica española desde hace cinco siglos. Pero reducir la Conquista a una empresa exclusivamente criminal es una pirueta que no resiste el más mínimo análisis.

La Conquista nunca fue homogénea ni uniforme. Fue un proceso caótico, prolongado y profundamente mestizo. En muchos casos, los ejércitos que derrotaron a los grandes imperios Mexica e Inca estaban compuestos mayoritariamente por pueblos indígenas aliados de los españoles. Este hecho desmiente la narrativa simplificada de una confrontación binaria entre “españoles” e “indígenas”. La Monarquía Hispánica, además, no fue ajena al debate moral sobre su propia legitimidad: pocas potencias cuestionaron con tanta premura e intensidad los fundamentos éticos de su expansión.
Desde el siglo XVI, las potencias rivales de España alimentaron la llamada “leyenda negra”, exagerando en mucho la crueldad española y borrando los matices del contexto. Esto no significa que algunos abusos no existieran; su interpretación histórica ha sido moldeada, demasiadas veces, por intereses políticos y culturales ajenos al proceso mismo. Reducir la Conquista a un relato monocromático es otra forma de manipulación: transformar el pasado en un arma del presente.

Las palabras de Felipe VI se sitúan en ese delicado equilibrio: admitir sombras sin ignorar las luces, reconocer errores sin caer en simplificaciones. No se trata de exculpar, sino de comprender; no de glorificar, sino de contextualizar. Juzgar el pasado sin contexto es un anacronismo estéril: exigir a los hombres de hace quinientos años que pensaran como nosotros equivale a negar la historia misma.

Quizá la paradoja más profunda es que el mundo que surgió de aquel encuentro (violento a veces, sí, pero también fecundo) es el que hoy compartimos. La lengua, las instituciones, la cultura, el mestizaje: todos forman un tejido común que no puede explicarse únicamente desde la violencia, como tampoco ignorándola. Negar cualquiera de estos elementos es falsear la totalidad de nuestra historia.

Reconocer que pudo haber alguna forma de violencia no implica asumir una culpa hereditaria ni convertir a las naciones actuales en responsables morales de procesos históricos complejos. En tiempos de discursos absolutos, la posición de Felipe VI se revela molesta solo para quienes buscan certezas fáciles. Reconocer sombras sin negar luces o viceversa. Admitir errores sin simplificar. Recordar que la historia no es un instrumento de condena, sino de comprensión y aprendizaje.

En tiempos de discursos absolutos, la posición de Felipe VI puede parecer incómoda precisamente por su equilibrio: reconocer ciertos abusos sin asumir relatos simplistas, aceptar ciertas sombras sin negar las muchas luces que aportó nuestro proyecto de civilización. Y, sobre todo, recordar que la historia no es un instrumento de condena, sino de comprensión. Porque quizá la mayor responsabilidad del presente no sea pedir cuentas al pasado, sino entenderlo en su total complejidad.

Publicado por La Mesa de los Notables.



viernes, 13 de marzo de 2026

SEMINARIO DE INVESTIGACIÓN: «NOBLEZA OBLIGA. QUIEBRAS, RUPTURAS Y CONFLICTO EN LAS ÉLITES NOBILIARIAS IBÉRICAS (SIGLOS XVI-XVII)»

 

Como ya anunciamos en entradas anteriores de este mismo blog, el Centro de Estudios de la Nobleza, dependiente de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, organiza el seminario de investigación «Nobleza obliga. Quiebras, rupturas y conflicto en las élites nobiliarias ibéricas (siglos XVI-XVII)», que se celebrará durante los días 14 y 15 de abril de 2026 en el Salón de Archivo y Biblioteca de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, una de las instituciones nobiliarias más emblemáticas de nuestro país.

El encuentro estará coordinado por los profesores Santiago Martínez Hernández y Alejandra Franganillo Álvarez, del Área de Historia Moderna de la Universidad Complutense de Madrid, y reunirá a investigadores procedentes de diversas universidades nacionales e internacionales. Las sesiones de trabajo abordarán, desde perspectivas renovadas, los procesos de crisis, conflicto y transformación que afectaron a las élites nobiliarias de los reinos ibéricos durante los siglos XVI y XVII.

Como actividad destacada del seminario, el martes 14 de abril a las 19:00 horas tendrá lugar una conferencia abierta al público a cargo de Carmen Sanz Ayán, catedrática de la Universidad Complutense de Madrid y académica de la Real Academia de la Historia. Su intervención, titulada «Nobleza y emprendimiento económico. Quiebras y supervivencia (siglos XVI-XVII)», analizará las estrategias económicas y financieras desarrolladas por la nobleza en un contexto marcado por crisis fiscales, endeudamiento y transformaciones en las estructuras de poder.

Más información: https://f.mtr.cool/eiyjpjrfwc

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jueves, 12 de marzo de 2026

NUEVA SECCIÓN DEDICADA A LA FALERÍSTICA EN LA WEB DE LA REAL ACADEMIA MATRITENSE DE HERÁLDICA Y GENEALOGÍA.

 

El pasado año, la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía informó en su página web de la incorporación del término falerística al Diccionario de la Real Academia Española. Se trata de una noticia de especial relevancia para esta institución, ya que dicha decisión fue adoptada gracias a una iniciativa promovida por la propia Academia Matritense. La propuesta contó, además, con el respaldo de una docena de academias y entidades europeas e hispanoamericanas dedicadas al estudio de la heráldica, la genealogía y disciplinas afines.

La inclusión de esta voz en el Diccionario de la lengua española supone el reconocimiento oficial de una denominación que viene utilizándose desde hace décadas para designar la disciplina que estudia las órdenes, condecoraciones, medallas y otros sistemas de recompensas honoríficas. De este modo, la falerística adquiere una consideración académica similar a la que, desde hace mucho tiempo, poseen otros campos de estudio especializados como la numismática, la filatelia o la vexilología.

Atendiendo precisamente al creciente interés que despierta esta materia, y teniendo en cuenta la destacada producción de trabajos académicos que se vienen publicando en la página web de la corporación, la Real Academia Matritense ha creado una nueva sección dedicada a la falerística dentro del apartado Informes y Bibliografía. En este espacio se agruparán los trabajos ya publicados en línea por los académicos de la institución, así como futuros artículos y estudios que aborden esta temática.
Con esta iniciativa, la Academia continúa ampliando y difundiendo su labor investigadora, poniendo a disposición del público y de los estudiosos un conjunto de recursos especializados que contribuyen al conocimiento y desarrollo de estas disciplinas.

Para consultar esta nueva sección: aquí.

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lunes, 9 de marzo de 2026

LA NOBLEZA RURAL ASTURIANA ENTRE LOS SIGLOS XVII Y XIX.

Alejandro Riestra Martínez. 

En las montañas verdes y húmedas del Principado, donde los prados descienden hasta el Cantábrico y las aldeas se agrupan alrededor de pequeñas iglesias y caminos antiguos, la nobleza no llegaba a parecerse  del todo a la que dominaba los grandes palacios castellanos, andaluces o del levante peninsular. Era, sobre todo, una nobleza rural  profundamente vinculada a la tierra, a la ganadería y a los ritmos lentos de la economía agraria.
Durante los siglos XVII, XVIII y buena parte del XIX, esta pequeña aristocracia (compuesta en su mayoría por hidalgos) formó el esqueleto social y político del ecosistema rural asturiano.

Una de las características más sorprendentes de la sociedad del Principado durante el Antiguo Régimen, fue la enorme proporción de nobles. Diversos estudios señalan que hasta tres de cada cuatro habitantes, podían ser considerados hidalgos en el siglo XVIII, una proporción extraordinaria si se compara con otras regiones de España, donde la nobleza rara vez superaba el 30 % de la población.
Sin embargo, esta abundancia no implicaba riqueza generalizada. En Asturias predominaba lo que los historiadores denominan "pequeña nobleza", compuesta por familias sin título nobiliario pero que disfrutaban de ciertos privilegios jurídicos y fiscales. Entre ellos destacaba la exención de impuestos directos, lo que los diferenciaba de los llamados "pecheros", es decir, los campesinos y habitantes de zonas urbanas obligados a contribuir al erario real.

Paradójicamente, muchos de estos hidalgos eran pobres en términos económicos, aunque mantenían con orgullo su condición social. En ocasiones poseían apenas una casa solariega, algunas tierras en propiedad o arrendadas y un apellido antiguo que legitimaba su posición.

Armas del Principado, diseño de Antonio Salmerón.

La economía de esta pequeña nobleza se apoyaba casi por completo en patrimonios rústicos. Sus ingresos procedían de las rentas de la tierra, el arrendamiento de fincas y la explotación de montes o pastos. La actividad industrial y comercial, en cambio, apenas formaba parte de su mentalidad económica, pues tradicionalmente se consideraba “poco honorable” para un hidalgo dedicarse al comercio.

Esta estructura económica reflejaba la naturaleza rural de Asturias. Durante los siglos XVII y XVIII la región estaba poco urbanizada y con escasa burguesía, mientras que la mayor parte de la población vivía de la agricultura cerealista y la ganadería.
La introducción del maíz en el siglo XVII supuso un cambio importante en la economía campesina, permitiendo aumentar la producción alimentaria y sostener un crecimiento demográfico moderado. Sin embargo, este crecimiento también provocó una mayor presión sobre la tierra, generando conflictos frecuentes por el uso de montes comunales, pastos o derechos de aprovechamiento forestal.
Más allá de su riqueza material, la nobleza rural asturiana ejercía un papel central en la organización política de la región. Los hidalgos dominaban los concejos, los cargos administrativos y buena parte de la justicia local, configurando una red de poder que articulaba la vida cotidiana de estas comunidades rurales.

El acceso a cargos municipales, la adquisición de oficios públicos o la participación en instituciones regionales permitía a estas familias reforzar su prestigio. En algunos casos, este control del poder local derivó en prácticas de "clientelismo" y "caciquismo", ya visibles en documentos del siglo XVIII.
Además, estas familias de la hidalguía rural establecían complejas redes de parentesco. Los matrimonios entre linajes no solo respondían a cuestiones sentimentales o familiares, sino que constituían estrategias de consolidación patrimonial y política. Estas alianzas permitían unir mayorazgos, acumular tierras o reforzar la posición social dentro de la jerarquía regional.

Torre de los Vigil.- Santa Eulalia de Vigil (Siero).

Aunque durante siglos Asturias estuvo dominada por esta pequeña nobleza, a partir del siglo XVII algunas familias comenzaron a ascender hacia la aristocracia titulada. Este ascenso se producía generalmente a través de servicios prestados a la Corona, carreras militares o posiciones destacadas en la Iglesia.
Un ejemplo significativo de ascenso social dentro de la nobleza rural asturiana fue el de la casa de Queipo, que obtuvo el título de Condes de Toreno en 1657. Su progreso no se basó únicamente en la riqueza territorial, sino también en el servicio leal a la monarquía, en una cuidadosa política matrimonial y en la acumulación de mayorazgos y patronatos eclesiásticos, que consolidaban su poder local y garantizaban la transmisión de su influencia de generación en generación.

De manera paralela, los Vigil representan otro caso paradigmático. Su ascenso culminó con la concesión del título de Marqués de Santa Cruz de Marcenado en 1679, otorgado por el rey Carlos II. Esta familia logró trascender el ámbito local gracias a la combinación de servicio militar, gestión política y alianzas familiares estratégicas, reflejando un patrón recurrente en el Principado.
En el siglo XVIII, los Valdés alcanzaron el título de Conde de Marcel de Peñalba, consolidando su influencia a través de la acumulación de patrimonio rural y el servicio militar y administrativo. De manera similar, los Bernaldo de Quirós obtuvieron el título de Marqués de Camposagrado en el siglo XVII, combinando el dominio de sus tierras con la participación en cargos locales y regionales.

Otras familias ilustran la diversidad de caminos hacia la nobleza titulada o la consolidación de poder local. Los Cienfuegos y los Ramírez de Jove, por ejemplo, accedieron a los títulos de Conde de Marcel de Peñalba y Marqués de San Esteban del Mar de Natahoyo, respectivamente, integrando en su estrategia social la propiedad rural con actividades marítimas y comerciales incipientes, anticipando la forma en que la hidalguía podía adaptarse a nuevas oportunidades económicas.
Al mismo tiempo, linajes como Argüelles (maqueses de Oria), Mon (marqueses de mon) Alas, Hevia, Flórez, Miranda (marqueses de Valdecarzana y otra des sus ramas conde de de Villamiranda) , Riego, Soto, Caso, Omaña, Pando, Lavandera, Peláez o Trelles, así como algunos otros, alcanzaron notoriedad en ámbitos políticos y administrativos, ocupando cargos de relevancia en la gestión local y regional. Este grupo de familias evidencia que la influencia de la hidalguía asturiana no se limitaba ya a la posesión de tierras, sino que también se sostenía en la participación activa en los concejos, la justicia local y la administración del Principado.

Finalmente, el caso de los Riestra ilustra el paso de la pequeña nobleza rural asturiana hacia la modernidad del siglo XIX. Este linaje, residente durante siglos en el Concejo de Siero y originario de Villayón, consolidó la posición de algunas de sus ramas en la Pontevedra de 1845. Algunos de sus miembros más destacados, como Ramón Riestra y de la Sota, Juan Bautista Riestra, Francisco Antonio Riestra Vayaure y, sobre todo, José María Riestra López, lograron integrar sus ramas familiares en la política y el mundo financiero, obteniendo este último el Marquesado de Riestra. Su trayectoria muestra cómo, incluso en el contexto del liberalismo del siglo XIX, ciertos linajes podían transformar la herencia de la hidalguía en poder económico y político efectivo, adaptándose a nuevas estructuras sociales.


Uno de los innumerables prados de San Martín de Vega de Poja (Siero).

Aunque, como hemos dicho, la inmensa mayoría de familias hidalgas vivían modestamente, la nobleza asturiana dejó una profunda huella en el paisaje. Las casas solariegas, torres  y palacios rurales o "casonas", con sus escudos labrados en piedra, siguen marcando la arquitectura tradicional del Principado. Estos edificios no eran solo residencias: representaban la memoria del linaje. En sus capillas privadas o en las iglesias parroquiales cercanas, las familias tituladas fundaban capellanías, financiaban retablos y aseguraban lugares de enterramiento para perpetuar su nombre. La relación entre nobleza rural y religión fue, por tanto, muy estrecha. El patrocinio eclesiástico permitía consolidar el prestigio social y, al mismo tiempo, reforzar la influencia del linaje dentro de la comunidad.

A lo largo del siglo XIX, el mundo que había sostenido a esta pequeña nobleza rural comenzó a transformarse. Las reformas liberales, la abolición de los privilegios estamentales y la desaparición de los mayorazgos alteraron profundamente la estructura social heredada del Antiguo Régimen. La hidalguía, que durante siglos había sido un elemento central de identidad social en la Asturias rural, perdió progresivamente su valor jurídico. Muchos antiguos linajes se adaptaron convirtiéndose en propietarios agrícolas modernos, profesionales liberales o políticos del nuevo Estado liberal.
Sin embargo, aunque el poder jurídico de la nobleza desapareció, su huella cultural y paisajística perduró. Los palacios, los escudos y los archivos familiares continúan recordando la existencia de una sociedad rural donde el honor, el linaje y la tierra formaban un triángulo inseparable.

Podemos decir sin temor a equivocarnos, que la historia de la nobleza rural asturiana no es el relato de grandes títulos ni de casas fastuosas. Es, más bien, la historia de hidalgos de montaña, de linajes en su mayoría modestos que defendían su honra con tanto celo como sus pequeñas propiedades. Entre prados, montes y aldeas dispersas, aquella nobleza tejió una red social compleja que dominó la vida local durante siglos. En sus casas de piedra, bajo escudos desgastados por la lluvia del Cantábrico, se gestó una forma singular de aristocracia menos brillante que la de las grandes urbes, pero profundamente arraigada en la tierra y en la memoria del mismo Principado.

Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 8 de marzo de 2026

EL EMBLEMA DE LA LEGIÓN ESPAÑOLA: SIMBOLOGÍA Y ESPÍRITU.

 Alejandro Riestra Martínez.

Hay emblemas que se leen como si fueran páginas de la historia. El escudo de la Legión Española pertenece sin duda a los de esta clase, no es solo una insignia bordada o grabada, sino una síntesis de virtudes, memoria y espíritu de soldado. En él, la simbología se transforma en relato, y las armas de otro tiempo que lo componen hablan con voz viva del carácter de quienes sirven bajo su signo.

En sentido estricto, sin embargo, el emblema de la Legión no puede considerarse un escudo heráldico propiamente dicho. Carece de campo (elemento esencial de la heráldica clásica) y no se ajusta plenamente a las normas que rigen esta disciplina. Se trata, más bien, de un emblema de carácter simbólico, concebido para expresar de manera directa la identidad y el espíritu del Cuerpo al que representa.
La utilización de armas cruzadas como distintivo tampoco fue exclusiva de la Legión ni de España. Durante el siglo XIX numerosos ejércitos europeos adoptaron este tipo de símbolos para identificar cuerpos o especialidades: fusiles cruzados para la infantería, cañones para la artillería, sables o espadas para la caballería, anclas para las fuerzas navales y armadas, etc. Este lenguaje visual ofrecía ventajas evidentes: era claro, fácilmente reconocible y podía reproducirse con sencillez en uniformes, botones, insignias o banderas, transmitiendo de inmediato la naturaleza militar de la unidad.En ese contexto simbólico debe situarse el origen del emblema legionario.

Su concepción se inscribe en el proceso de organización del Tercio de Extranjeros, impulsado por su fundador el entonces Teniente Coronel don José Millán-Astray.  Aunque su autoría se le atribuye al entonces Capitán de Infantería don Justo Pardo Ibáñez, su adopción como símbolo se produjo bajo la autoridad del propio Millán-Astray, que buscaba dotar a la nueva unidad de una iconografía capaz de evocar la tradición militar española y reforzar la identidad de sus hombres.

La adopción del emblema se produjo en el marco de las disposiciones organizativas que regulaban el nuevo Cuerpo tras su creación por el Real Decreto de 28 de enero de 1920, promulgado durante el reinado de don Alfonso XIII. Mediante esta norma se autorizaba la formación del Tercio de Extranjeros, embrión de la actual Legión Española. Con el paso del tiempo, diversas órdenes y reglamentos militares consolidaron el uso del emblema como símbolo propio de la Unidad (más concretamente en 1923 siendo publicadas, las atinentes al mismo, en el Diario Oficial número 263 de ese año). Cuando el Tercio de Extranjeros pasó a denominarse Legión Española, el distintivo se mantuvo sin alteración, convirtiéndose en una de las señas más reconocibles de la tradición militar española.

Tres armas de la guerra antigua se entrecruzan en una composición austera y solemne, unidos por la corona real. El conjunto evoca de inmediato, como pretendía el capitán Pardo Ibáñez, a la larga sombra que siempre han proyectado los viejos Tercios Españoles sobre nuestros  Ejércitos, aquellos soldados que hicieron de la disciplina, la resistencia y el honor una forma de vida y de combate.

La ballesta se alza como símbolo de paciencia y precisión. Fue arma de hombres templados, capaces de esperar el instante oportuno mientras el campo de batalla se estremecía a su alrededor. En su cuerda tensada parece resonar una lección antigua: el valor no siempre se manifiesta en el ímpetu, sino también en la firmeza serena de quien domina el miedo y mantiene el pulso firme. La ballesta representa ese temple interior que no se quiebra ante la adversidad y que convierte la calma en fuerza.
El arcabuz, por su parte, irrumpe en el emblema como una llamarada histórica. Con él lucharon los arcabuceros de los Tercios en los campos de Europa, portadores de una nueva manera de combatir: decidida, audaz, resuelta a avanzar incluso cuando el humo y el estruendo lo cubrían todo. El arcabuz encarna el impulso ofensivo, la voluntad de acometer y la determinación de no retroceder. Es la metáfora del coraje activo, del espíritu que no espera a que el destino se pronuncie, sino que lo desafía.
La alabarda, erguida y severa, introduce la dimensión del honor. Durante siglos fue arma de guardias selectos, custodios de banderas y soberanos, centinelas del orden y de la lealtad. En la simbología encarna la fidelidad al juramento, la nobleza del servicio y la disposición permanente a proteger aquello que se ama y se defiende: la bandera, el camarada, la patria. Si la ballesta habla de templanza y el arcabuz de audacia, la alabarda recuerda que el valor alcanza su sentido más alto en la lealtad.
Sobre estas armas la corona real, símbolo de continuidad histórica y de servicio a España. Bajo su presencia se reúnen siglos de tradición militar, desde las gestas de los Tercios Imperiales hasta el espíritu moderno del Tercio Legionario. No es un mero ornamento protocolario: es el vínculo que une a generaciones de soldados en una misma vocación de sacrificio.

Quizá la enseñanza más profunda del emblema resida en la forma en que estas armas se entrelazan. Ninguna domina a las demás; todas convergen en una armonía férrea que expresa una verdad esencial del espíritu legionario: la fuerza nace de la unión
Así como las armas se cruzan para formar un símbolo único, también los hombres del Tercio se funden en una hermandad, sin igual, donde el individuo se engrandece en el conjunto.

Quien contempla este emblema por primera vez, sin conocer su historia, quizá únicamente pueda adivinar en él un haz de armas antiguas con determinada estética. Pero quien conoce el espíritu del Tercio sabe que está viendo reflejada la imagen misma del legionario: templado en la dificultad, resuelto en la acción, fiel hasta el sacrificio.
Y así, entre acero, historia y símbolos, el escudo continúa proclamando una verdad sencilla y eterna: que hay hombres para quienes el honor no es una palabra, sino una forma de vivir. Y si llega el momento, también de morir.



Publicado por La Mesa de los Notables.