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Hay ciudades que se leen, como si sus
calles fueran páginas de un libro antiguo. Oviedo, a mi entender, es una de
ellas. Bajo la piedra dorada de la catedral de San Salvador y entre el eco de
los soportales del casco histórico, nació uno de los episodios más decisivos de
la historia medieval europea: el Camino de Santiago.
Cuando se habla del Camino, la
imaginación suele viajar de inmediato a los Pirineos, a Roncesvalles o a
Saint-Jean-Pied-de-Port. Sin embargo, el primer camino no comenzó allí. Su
origen documentado está en Oviedo.
A comienzos del siglo IX, el Reino de
Asturias era el principal territorio cristiano de la península ibérica. Su
capital se encontraba en Oviedo y en ella residía el rey Alfonso II, conocido
como «el Casto».
Fue entonces cuando llegó una noticia
extraordinaria. En un bosque de Galicia, en un lugar denominado Campus Stellae
(«campo de la estrella», según una de las interpretaciones tradicionales del
nombre Compostela), se había descubierto una tumba que el obispo Teodomiro
identificó como la del apóstol Santiago.
La noticia llegó hasta la corte
ovetense. Alfonso II decidió emprender viaje para comprobar personalmente aquel
hallazgo. La tradición y la historiografía coinciden en considerar este
desplazamiento como la primera peregrinación jacobea documentada. Aquel
recorrido entre Oviedo y Compostela dio origen a la ruta que hoy conocemos como
Camino Primitivo. Así lo reconoce el Consejo Jacobeo del Ministerio de Cultura,
que lo define como la primera ruta de peregrinación conocida y documentada.
El nombre de «Primitivo» no hace
referencia a un camino más sencillo o más antiguo por casualidad. Significa,
literalmente, el primero.
El itinerario siguió en gran medida
antiguas vías de comunicación de época romana, atravesando las montañas
asturianas antes de adentrarse en Galicia. Era un trayecto exigente, pero
también el más seguro en un momento en que buena parte de la península permanecía
bajo dominio musulmán.
Con el paso de los siglos surgirían
otras grandes rutas jacobeas, como el Camino Francés, el Camino del Norte, la
Vía de la Plata o el Camino Portugués. Sin embargo, todas ellas se consolidaron
con posterioridad al viaje de Alfonso II, considerado por la tradición como el
primer peregrino a la tumba del apóstol Santiago, como ya hemos apuntado.
Oviedo no solo fue el punto de partida
de aquella histórica peregrinación. Alfonso II el Casto concibió la ciudad como
uno de los principales centros espirituales de su reino. Para ello impulsó la
construcción de un complejo catedralicio dedicado a San Salvador sobre
edificaciones religiosas anteriores y enriqueció el templo con un valioso
conjunto de reliquias, custodiadas aún hoy en la Cámara Santa. Su propósito era
doble: reforzar el prestigio religioso del reino astur y consolidar Oviedo
como un destacado destino de peregrinación en la Europa cristiana.
La actual catedral de San Salvador, sin
embargo, pertenece a una época muy posterior. El edificio gótico comenzó a
levantarse a finales del siglo XIV, durante el episcopado de Guillén de
Verdemonte (1389-1412), iniciándose las obras por la cabecera. El presbiterio
responde a modelos del gótico francés y, aunque se desconoce la identidad de su
arquitecto, resulta verosímil que, dada la procedencia francesa del obispo, el
maestro de obras compartiera ese mismo origen.
Entre 1444 y 1479 la construcción avanzó
por el transepto bajo la dirección de los maestros flamencos Nicolás de Bar y
Nicolás de Bruselas, figuras fundamentales en la introducción de las formas del
gótico tardío en Asturias. A ellos se debe también la espléndida portada
septentrional del crucero, que comunica con la capilla de Santa María del Rey
Casto, reconstruida en estilo barroco durante el siglo XVIII.
Siguiendo las trazas establecidas por
ambos maestros, se levantaron las tres naves y las capillas laterales bajo la
dirección de Juan de Candamo y Juan de las Tablas (1469-1489), continuando
posteriormente Bartolomé de Solórzano (1489-1499). Ya en el siglo XVI se
emprendieron las obras del pórtico y de la gran torre gótica, concluidas en
1552, culminando así un largo proceso constructivo que se prolongó durante más
de siglo y medio.
Durante siglos, numerosos peregrinos que
recorrían el Camino Francés abandonaban temporalmente la ruta principal para
desviarse hasta Oviedo y venerar aquellas reliquias antes de continuar hacia
Compostela.
De esa costumbre nació uno de los dichos
más conocidos del mundo jacobeo:
Santiago el Mayor, como nuestros
lectores conocen de sobra, fue uno de los doce apóstoles de Jesús, hijo de
Zebedeo y hermano de Juan el Evangelista, y formó parte del círculo más cercano a
Cristo junto a Pedro y Juan.
Precisamente la combinación de fe,
historia y leyenda, que envuelve a todo lo relacionado con Santiago, explica buena parte del atractivo del Camino: miles de
personas lo recorren hoy por motivos religiosos, culturales, deportivos o
personales, compartiendo un itinerario cuya memoria ha permanecido viva durante
más de mil doscientos años.
Decir que Oviedo es «el origen del Camino de Santiago» requiere un pequeño matiz. Es evidente que todos los caminos actuales no comienzan físicamente en la capital asturiana. Lo que sí nació allí fue la primera peregrinación conocida y el primer itinerario jacobeo documentado. Por eso, cuando uno atraviesa la plaza de la catedral de San Salvador y contempla la estatua de Alfonso II mirando hacia occidente, resulta fácil imaginar aquel instante en que un rey abandonó su corte para seguir una noticia incierta. No podía saber que, tras sus pasos, vendrían millones de peregrinos y que aquel viaje acabaría convirtiéndose en una de las grandes rutas culturales y espirituales de Europa.
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Publicado por La Mesa de los Notables.










