El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.
CAPÍTULO VIII. EL UNIFORME.
En el retrato que preside mi gabinete,
don Rigoberto viste uniforme de gala. Lleva siglo y medio con él puesto y,
hasta donde yo sé, nunca se ha quejado.
Los retratos presentan muchas ventajas.
Siempre me han gustado los uniformes cuando tienen una
razón para existir. Hay prendas que son algo más que ropa. Un uniforme puede
expresar una función, una jerarquía, una pertenencia o una prerrogativa de
honor. Puede recordar a quien lo lleva que durante unas horas no se representa
únicamente a sí mismo, circunstancia que resulta saludable para bastante gente.
Algunas antiguas corporaciones recibieron incluso de
los Reyes el privilegio de utilizar uniforme propio. En determinados casos se
concedió a sus miembros la facultad de vestirse a semejanza de los oficiales de
los ejércitos reales, precisamente para que fueran públicamente reconocidos
como personas principales.
Aquello tenía una lógica sencilla.
El Rey concedía primero el honor.
Después venía el uniforme.
Nunca al contrario.
Esta diferencia, que no me parecía especialmente
complicada, empezó a interesarme cuando Ataúlfo ingresó en una corporación y
decidió hacerse el suyo.
Me telefoneó una mañana desde una sastrería.
—Necesito que vengas.
—¿Qué ha ocurrido?
—El cuello.
—Ve al médico.
—El del uniforme.
Debí imaginarlo.
La sastrería ocupaba un principal cerca de la Puerta
del Sol. Conservaba grandes espejos, armarios de madera oscura y varias
fotografías antiguas de militares que parecían contemplar con cierta severidad
todo lo confeccionado después de 1914. Ataúlfo estaba sobre una pequeña tarima
con una casaca azul todavía sin terminar. El sastre corregía el cuello con esa
resignación profesional que sólo se adquiere después de muchos años vistiendo a
personas para actos solemnes.
—¿Qué te parece? —preguntó mi primo.
—Todavía tiene alfileres.
—Me refiero al conjunto.
Miré la casaca. Era elegante. También
considerablemente militar.
—¿Vas a una guerra?
Ataúlfo me miró.
—Es el uniforme de la Corporación.
—Eso me tranquiliza.
Sobre una silla había un sombrero apuntado. En otra
descansaba una espada.
—¿También espada?
—Forma parte del uniforme.
—¿Tenéis caballería?
El sastre bajó la cabeza.
Ataúlfo me explicó que la espada era puramente
ceremonial.
—Entonces me cae mejor.
Sobre una mesa había dejado el reglamento de
uniformidad. Describía el cuello, los bordados, los botones, las bocamangas, el
pantalón, el tahalí, la espada, el sombrero y los guantes con un grado de
precisión que muchas instituciones reservan para asuntos de menor importancia.
La bocamanga, sin embargo, estaba equivocada.
—Está conforme al dibujo que me entregaron —dijo el
sastre.
Ataúlfo sacó otra hoja.
—Éste es el nuevo.
—¿Cuándo lo cambiaron?
—El martes.
El hombre volvió al trabajo.
Algunas instituciones se perpetúan durante siglos.
Otras modifican las bocamangas los martes.
Seguí leyendo. El uniforme debía llevarse en actos
solemnes, ceremonias religiosas, representaciones oficiales y determinadas
ocasiones expresamente autorizadas.
—Está muy regulado.
—Tiene que estarlo.
En eso coincidíamos. Un uniforme sin reglas deja
pronto de ser uniforme. La palabra exige que varias personas acepten parecerse
entre sí durante unas horas, cosa que en algunas corporaciones constituye ya un
mérito considerable.
—Lo que no entiendo —dije— es por qué tiene que
parecer un uniforme militar.
Ataúlfo se contempló en el espejo.
—Porque está inspirado en uniformes históricos.
—Eso ya lo veo.
—Muchas corporaciones antiguas los tuvieron.
—También tuvieron privilegios concedidos por los
Reyes.
—No todo uniforme necesita una concesión regia.
—Naturalmente que no.
Aquello pareció sorprenderlo.
Ataúlfo empezó a defenderse antes de que yo hubiese
terminado de atacarlo.
—Los niños llevan uniforme en algunos colegios. Los
jueces, fiscales, abogados y procuradores llevan toga. Los militares llevan
uniforme. Ninguna de esas prendas necesita ser una prerrogativa nobiliaria.
—Estoy de acuerdo.—Entonces no entiendo qué problema tienes.—Los escolares no procuran parecer coroneles.
El sastre volvió a bajar la cabeza.
Ataúlfo suspiró.
—No queremos parecer militares.
Miré la espada. Después el sombrero. Después los
bordados.
Volví a mirarlo.
—Lo estáis disimulando admirablemente.
—Es una indumentaria ceremonial.
—Eso sí lo comprendo.
Y lo comprendía de verdad.
Una corporación puede decidir adoptar hoy una
vestimenta propia. Puede ser sobria, solemne, bella y perfectamente adecuada.
Incluso puede inspirarse en formas históricas. Las tradiciones no tienen
obligación de haber comenzado en la Edad Media.
Lo que me producía cierta reserva era otra cosa: la
necesidad de tomar prestada la apariencia de una función que no se ejercía.
El uniforme militar no es respetable porque tenga
galones, espada o bordados. Esos elementos son respetables porque detrás hubo
primero una función, una disciplina y un servicio.
Cuando un Rey concedía a una corporación el privilegio
de vestir a semejanza de sus oficiales, precisamente el honor consistía en eso:
había sido concedido.
Concederse uno mismo la apariencia y concederse
después el significado me parecía un procedimiento excesivamente económico.
—No nos hemos concedido ningún honor —dijo Ataúlfo.
—Eso me tranquiliza.
—Sólo hemos aprobado un uniforme.
—Entonces llamémoslo uniforme.
—Eso hacemos.
—Y no antigua prerrogativa.
—Nadie ha dicho eso.
—Todavía.
Ataúlfo me miró.
—Tienes una opinión bastante mala de nosotros.
—En absoluto. Tengo una opinión prudente del futuro.
El sastre pidió a Ataúlfo que levantase los brazos. Mi
primo obedeció.
—Además —añadió—, hemos encargado un estudio histórico
muy serio.
—¿Sobre qué?
—Uniformes de corporaciones españolas de los siglos
XVIII y XIX.
—Muy sensato.
—Colores, cortes, bordados, reglamentos...
—¿Y la bocamanga?
Ataúlfo guardó silencio.
—La del martes —aclaré.
—Eso es una cuestión técnica.
—La Historia también empezó siendo actualidad.
No respondió.
La casaca, debo reconocerlo, le sentaba muy bien.
Aquello complicaba mis objeciones. Siempre es mucho
más cómodo criticar una extravagancia cuando además está mal cortada.
El sastre levantó entonces la espada.
—Hay que probar el tahalí.
Ataúlfo se la ciñó. Era una pieza hermosa, fabricada
en Toledo, con el emblema de la corporación en la empuñadura.
Se contempló en el espejo.
—Da mucha dignidad al conjunto.
—Las espadas suelen hacerlo.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Pareció satisfecho.
—¿Ves?
—¿Sabes utilizarla?
—No tengo que utilizarla.
—Entonces me gusta todavía más.
Tres semanas después asistí al estreno oficial del
uniforme. Fui de chaqué.
Ataúlfo me recibió en el vestíbulo con casaca azul,
pantalón claro, sombrero apuntado, guantes y espada.
—Has venido de chaqué.
—Lo indicaba la invitación.
—Podrías haberte puesto uniforme.
—No tengo.
—Podrías hacerte uno.
—¿De qué?
No respondió inmediatamente.
Aquello me pareció una pregunta bastante útil.
Había una docena de caballeros vestidos del mismo
modo. El efecto conjunto era francamente elegante y me alegré de que así fuese.
Uno de ellos caminaba con cierta precaución porque
todavía no había aprendido a convivir con la espada. Otro descubrió al
atravesar una puerta, con el sombrero bajo el brazo, que determinadas
indumentarias requieren nociones de geometría que no figuran en los estatutos.
Un tercero preguntó dónde debía dejar los guantes
durante el almuerzo. Nadie lo sabía. La institución había regulado
perfectamente cómo debían ser. Qué hacer con ellos pertenecía todavía al
Derecho consuetudinario.
Antes de comenzar el acto se acercó un conocido.
—Magnífico uniforme.
Ataúlfo agradeció el cumplido.
El hombre examinó los bordados.
—¿Es antiguo?
—No. Lo acabamos de aprobar.
—Pues lo parece.
Ataúlfo sonrió.
—Ésa era la idea.
Me miró de reojo.
Yo no dije nada. No hacía falta.
Después del acto hubo un almuerzo. Las espadas fueron
distribuyéndose alrededor de las sillas con distinta fortuna y, a la hora del
café, varios sombreros habían terminado amontonados sobre una mesa auxiliar.
Por primera vez aquella tarde parecían haber encontrado una función común.
Ataúlfo se acercó.
—Bueno. Ya lo has visto terminado.
—Sí.
—¿Y?
—Me gusta.
Aquello pareció decepcionarlo.
—¿De verdad?
—Mucho.
—Entonces no entiendo todo lo que has dicho.
—No he dicho que un uniforme nuevo sea malo.
—Ya.
—Ni que una corporación no pueda crear una tradición.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Casi.
Ataúlfo apoyó la taza.
—Otra vez.
—Una tradición nueva puede ser perfectamente digna. Lo
único que necesita es tiempo.
—Todas las tradiciones tuvieron alguna vez un primer
día.
—Exactamente.
Miré las casacas.
—Y no les ocurrió nada por admitirlo.
Nos marchamos poco después.
Mientras bajábamos la escalera, la espada de Ataúlfo
golpeó suavemente el pasamanos. Mi primo la sujetó.
—Habrá que acostumbrarse.
—Dale unos siglos.
Me miró.
—Idiota.
Seguimos bajando.
Toda tradición tuvo alguna vez un primer día.
El problema empieza cuando, al segundo, alguien
encarga que la envejezcan.
El vizconde de Malvavisco.
Artículo relacionado: “Galones de Papel” (Blog La Mesa
de los Notables 4 de marzo de 2026).
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