viernes, 18 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VI -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo VI. El prestigio prestado.

Siempre he pensado que hay dos maneras de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda suele ser considerablemente más rápida.

Aquella mañana mi secretario entró en el gabinete con varias hojas impresas.

—Tenemos un problema entre corporaciones.

Levanté la vista.

—¿Un problema verdadero o uno institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.

Dejó las hojas sobre la mesa.

Procedían del boletín digital de la Muy Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable, moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.

Ataúlfo, que estaba examinando con una lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la cabeza.

—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un obstáculo.

Tomé una de las hojas.

El artículo llevaba por título «Algunas reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la verdadera historia institucional».

Leí el encabezamiento dos veces.

—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi secretario.
—Cumple.

Agapito escribía con una prosa cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.

Tampoco acusaba a nadie de falta de transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad institucional otra.

La sensibilidad institucional coincidía con bastante frecuencia con su opinión.

—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario consultó sus notas.

—Que la Junta de la Antiquísima Casa de Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente con los miembros.

Seguí leyendo.

—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que deberían contar?

Mi secretario dudó.

—Fundamentalmente, con él.

Dejé el artículo sobre la mesa.

—Entonces la frase está mal redactada.

Ataúlfo volvió a la fotografía.

—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».

Mi secretario sonrió.

Agapito llevaba años manifestando una honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las instituciones históricas.

—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los hagan?

Ataúlfo pensó.

—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.

Ataúlfo frunció el ceño.

—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a concretar.

Mi secretario explicó que la Junta de Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.

—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe sin ellos.

Ataúlfo apartó por fin la fotografía.

—Pero Agapito será miembro de Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?

Tomé de nuevo el artículo.

—En ninguna de esas cosas.

Señalé el membrete.

—El problema empieza cuando necesita esto.

Ataúlfo no entendió.

—¿La página web?
—No. El escudo.

El boletín pertenecía a San Gumersindo, corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones. Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.

—Dicen que son imparciales —explicó mi secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.

Ataúlfo intervino:

—Pero si publican opiniones distintas, demuestran independencia.

Lo miré con paciencia.

—Ataúlfo, publicar opiniones distintas demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.

Busqué en uno de los cajones y extraje una tarjeta con el escudo de mi casa.

—Escribe aquí que eres experto en numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu formación.

Ataúlfo guardó silencio.

—Publicar bajo un emblema respetable no convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos lo crean.

Mi secretario asintió.

Ese era exactamente el problema.

Don Agapito remitía sus artículos al boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San Gumersindo...»



La frase tenía una eficacia extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y quizás dinásticos.

—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de publicación forme parte del argumento.

Ataúlfo seguía defendiendo a San Gumersindo.

—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

—Una institución puede ser imparcial sin ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.

Mi secretario anotó la frase.

—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.

Me volví.

—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.

Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.

—La libertad de expresión protege el derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.

Mi secretario sonrió.

Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias, pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.

—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario hizo una pausa.

—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.

Seguí pasando páginas.

—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.

Cerré el artículo.

—Método robusto.

Agapito había adquirido así fama de «gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un archivo sobre Valdeolmos.

Era inevitable.

En determinadas materias históricas, la autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.

—Pero supongo que los que conocen bien la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez empiezan con quienes saben distinguir.

Mi secretario explicó que Agapito difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.

—Una división que él mismo había organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.

Mi secretario añadió:

—Dice siempre que no quiere entrar en polémicas.

Me pareció importante.

—Eso permite distinguir a un polemista aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional anuncia primero que no desea discutir.

Ataúlfo rió.

—¿Y después?
—Discute mejor.

Don Agapito poseía además una habilidad singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué hablaba.

—Los recién llegados son fundamentales —dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.

Mi secretario arqueó una ceja.

—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el peor enemigo de ciertas reputaciones.

Ataúlfo parecía ya más interesado.

—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.

Volví a sentarme.

—Una persona conocida necesita demostrar que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.

Mi secretario explicó entonces la parte más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre materias históricas.

—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.

Ataúlfo se acercó.

—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas, pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente responsables de sus efectos.

Mi secretario volvió a escribir.

—San Gumersindo no publica las críticas de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.

—Entonces el boletín no difunde la crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado, suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a Valdeolmos.

Ataúlfo suspiró.

—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.

Hubo silencio.

—Si invitas todos los meses a tu casa a un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para elegir compañía.

Ataúlfo asintió lentamente.

—Entonces San Gumersindo se equivoca al pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.

Mi secretario dejó la pluma.

—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia. San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.

Me acomodé las gafas.

—Las instituciones desean a veces que sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?

Sonreí.

—Leyéndolo.

Ataúlfo pareció decepcionado.

—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele hacerse.

Tomé otra vez el artículo.

—Hay un error muy frecuente: creer que desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe publicársele.

Dejé caer las hojas sobre la mesa.

—Eso era lo que buscaba.

Ataúlfo negó con la cabeza.

—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa con su publicidad.

Mi secretario preguntó:

—¿Qué debería hacer Valdeolmos?

Respondí sin pensarlo.

—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes, sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?

Hice una mueca.

—Las grandes instituciones han sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones. Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.

Ataúlfo se echó a reír.

—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de trabajar. No que no haya que preocuparse.

Me puse serio.

—La cizaña funciona porque explota una debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.

Señalé primero los artículos.

—Agapito necesita sentirse influyente.

Luego señalé imaginariamente hacia Valdeolmos.

—La Junta puede caer en la tentación de responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.

Finalmente miré hacia las hojas de San Gumersindo.

—Y San Gumersindo puede aferrarse a una idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio le parece menos digno que perseverar en él.

Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema entero.
Tres vanidades podían fabricar un conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.

—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras corporaciones?
—Naturalmente.

Junté las hojas y se las devolví a mi secretario.

—Pero, sobre todo, para servir a algo que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.

Ataúlfo me miró.

—¿Y eso qué cambia?
—Todo.

Señalé el escudo de Valdeolmos que aparecía reproducido en una de las páginas.

—Quien entiende eso no necesita utilizar la institución para parecer más importante.

Después señalé el de San Gumersindo.

—Ni necesita prestársela a otro para demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les pertenece.

Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.

—Por cierto —dijo—, he pensado escribir un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?

Se encogió de hombros.

—Da categoría.

Lo miré unos segundos.

Después miré a mi secretario.

—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.

Ataúlfo levantó la cabeza.

—¿Entonces?

Señalé la lupa.

—Es una posibilidad humana.

Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la mesa.
Hay prestigios que se adquieren y prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que algunos olvidan devolverlos.

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.     Capítulo I.         Capítulo II.
Capítulo III.       Capítulo IV.      Capítulo V.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 17 de septiembre de 2026

TERTULIA «NUEVA HISPANIDAD Y PASAJEROS A INDIAS» EN EL REAL CASINO DE MADRID.

 Pilar de Vicente.

El pasado lunes, 14 de septiembre de 2026, el emblemático Real Casino de Madrid acogió en sus históricos salones una nueva y concurrida cita del ciclo de tertulias «Nueva Hispanidad». Dirigido por la Dra. Dña. Magdalena Suárez Ojeda, este foro se ha consolidado como un punto de encuentro indispensable para la reflexión en torno a nuestra historia común, el legado cultural y las raíces que unen a España con el continente americano.

En esta ocasión, la sesión giró en torno a una temática tan fascinante como emotiva: «Nueva Hispanidad y pasajeros a Indias: Historias de esperanza». Para desentrañar las vivencias, anhelos y desafíos de aquellos hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico en busca de un porvenir, el acto contó con una brillante ponencia a cargo del Ilmo. Sr. D. Manuel Ruiz de Bucesta, secretario general del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias.

A lo largo de su intervención, el ponente supo entrelazar el rigor genealógico con el relato humano. Durante su exposición, profundizó en cómo la hidalguía y los diferentes linajes peninsulares no solo cruzaron el océano contribuyendo a la conformación de la administración y de las sociedades del Nuevo Mundo, sino que también llevaron consigo un profundo anhelo de superación y servicio.

Más allá de los datos históricos, se rescataron nombres propios, cartas familiares y crónicas íntimas que reflejan la verdadera dimensión de aquellos «pasajeros a Indias». Historias de hidalgos, familias enteras y aventureros que apostaron todo en busca de la esperanza americana, enfrentándose a mares desconocidos y desafíos titánicos movidos por el afán de prosperar y ennoblecer sus linajes.

Magdalena Suárez, Pedro Halffter, Manuel Ruiz de Bucesta y Pilar de Vicente.

Historia y genealogía en un marco excepcional.

Los históricos salones de una de las instituciones más ilustres de la capital, el Real Casino de Madrid, ofrecieron el marco idóneo para una velada dedicada al estudio y la divulgación de nuestro pasado común. La belleza y el valor patrimonial del enclave contribuyeron a realzar una jornada en la que la historia, la genealogía y la memoria compartida fueron las auténticas protagonistas.

La jornada concluyó con un animado coloquio moderado por la Dra. Dña. Magdalena Suárez Ojeda, durante el cual los asistentes tuvieron la oportunidad de intercambiar impresiones y reflexionar sobre la vigencia de los vínculos históricos entre España y América, así como sobre la importancia de preservar y difundir este legado para las generaciones futuras.

Una vez más, el ciclo de tertulias «Nueva Hispanidad» evidenció el vivo interés que sigue despertando el estudio del legado histórico compartido por las naciones de la comunidad hispánica, recordando que el conocimiento del pasado constituye una herramienta esencial para comprender los profundos vínculos culturales que unen ambas orillas del Atlántico.

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡¿QUÉ ES EL TORROTITO?!

 

Las banderas de proa de los buques de guerra suelen estar inspiradas en las enseñas nacionales de los países a los que representan. En España, hasta 1945, se utilizaba en proa la misma bandera nacional que en popa, aunque de menor tamaño. Hoy, sin embargo, contamos con el «torrotito», una enseña de proa diferente y original, cuyo diseño conserva reminiscencias históricas que la hacen especialmente singular y única.

Es probable que quien haya paseado por alguno de los muchos puertos que tenemos en nuestra geografía, haya observado en alguna ocasión un buque de la Armada Española atracado y haya podido ver izada en él, además de la conocida bandera rojigualda que nos representa como nación, otra enseña en la proa que a veces pasa inadvertida. Es cuadrada y está dividida en cuatro cuarteles que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra.

Aunque lo parezca, no es una rareza ni un simple adorno con reminiscencias históricas. Es el «torrotito», también llamado Bandera de Proa o Bandera de Tajamar, y forma parte del ceremonial de los buques de guerra de nuestra Armada.

La primera pregunta es inevitable, ¿por qué hay una bandera en la proa cuando la Bandera Nacional ya está ondeando en el buque? La respuesta está en la tradición naval y en los reglamentos que han ido estableciendo su uso. El Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivos, aprobado en 1977, la denomina oficialmente «Bandera de proa a tajamar (torrotito)» y establece su uso única y exclusivamente para los buques de guerra de nuestra Armada.

La Bandera Nacional tiene su propio lugar a bordo. Cuando el buque está atracado o fondeado, se iza en el asta de popa. Al hacerse a la mar, se arría de ese lugar y se iza en el pico. Una vez navegando, permanece allí. Así lo establecen las Reales Ordenanzas de la Armada. El «torrotito» ocupa otro lugar y responde a otro ceremonial diferente.

Las Reales Ordenanzas establecen que, cuando un buque está fondeado o atracado en aguas extranjeras, iza la Bandera de Tajamar  a las mismas horas que la Bandera Nacional. En aguas nacionales se iza los domingos y días festivos, así como durante determinados engalanados. También se iza cuando hay un buque de guerra extranjero presente, desde que este fondea o afirma la primera amarra hasta que zarpa o larga la última, de acuerdo con las circunstancias previstas en las Ordenanzas.

No está, por tanto, permanentemente ondeando, tiene sus momentos perfectamente marcados.

El aspecto del «torrotito» es probablemente lo que más llama la atención. Es una bandera cuadrada dividida en cuatro cuarteles, en los que aparecen símbolos heráldicos fácilmente reconocibles en una composición descrita con detalle en el Reglamento de 1977, aunque estos elementos no responden exactamente a la distribución de la que se compone el escudo actual de España. La distribución y composición de esta bandera tiene sus propias características y responde a una tradición vexilológica específica. Por eso, aunque su tamaño sea reducido, basta con verla para reconocer inmediatamente un conjunto de símbolos que nos remite a algunos de los principales iconos históricos de España.

No siempre tuvo este aspecto. Y aquí aparece una de las partes más interesantes de su historia.
La documentación histórica especializada señala que, hasta el 11 de octubre de 1945, fecha en la que se aprobó un nuevo Reglamento de Insignias, Banderas y Distintivos, la bandera de proa conservaba los colores nacionales. Fue aquel reglamento el que estableció el diseño cuartelado que conocemos. Conviene, sin embargo, hacer una precisión importante: el Reglamento de 1945 ya no es la norma que actualmente regula esta bandera. En 1977, como ya hemos apuntado, se aprobó otro Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivos que derogó expresamente el anterior, aunque mantuvo el diseño cuartelado de la Bandera de Proa. Dicho de otra manera, 1945 marca el cambio al diseño que conocemos, abandonando para la bandera de proa los colores de la enseña nacional, y 1977 es el que la mantiene en su actual diseño cuartelado.

La tradición de la bandera de proa, sin embargo, como acabamos de decir es anterior, y aquí conviene separar dos cuestiones que a veces se mezclan: la historia de la bandera y la historia de la palabra «torrotito».
El nombre ya aparece documentado antes de que existiera el diseño cuartelado actual. El Diccionario histórico de la lengua española de la RAE y la ASALE registran «torrotito» desde 1909. La primera documentación localizada corresponde a un texto de R. Fontenla, publicado ese año en la Revista General de Marina. La palabra aparece vinculada al lenguaje naval y a la pequeña bandera que los buques de guerra izan en la proa.

Hay un dato que resulta especialmente curioso, ya que hay fuentes que, sin profundizar en absoluto, consideran que el origen etimológico de «torrotito» pudiera ser incierto. Entonces, ¿a que debe su nombre?
Tradicionalmente, en la Armada, el pequeño mástil o asta vertical situado en el extremo de la proa, sobre el tajamar o el bauprés, se denominaba  (y se denomina) indistintamente «asta del torrotito» o, simplemente, «el torrotito» en el lenguaje cotidiano.
De este modo, la bandera que se iza en él terminó recibiendo también el nombre de «torrotito», por una cuestión práctica. Con el tiempo, la denominación del asta pasó a utilizarse para referirse directamente a la bandera que pendía de ella, simplificando así la comunicación a bordo.

Hay ocasiones en las que esta pequeña bandera adquiere especial protagonismo: los engalanados.
Las Reales Ordenanzas de la Armada regulan tanto el engalanado general como el engalanado particular. En estas ocasiones, la Bandera Nacional ocupa los topes y la Bandera de Tajamar se iza en el torrotito, junto con las correspondientes banderas del Código. Es una de las imágenes más características del ceremonial naval, el buque vestido con sus banderas, con la enseña nacional en la arboladura y el «torrotito» en la proa.
No es una cuestión improvisada. El ceremonial establece dónde debe estar cada bandera y cuándo debe aparecer. Incluso el Reglamento de 1977 determina diferentes tamaños para la bandera de tajamar en función de las dimensiones del buque.

El «torrotito» es, en esencia, una enseña naval de proa que, además de cumplir una función ceremonial, contribuye a identificar al buque como perteneciente a la Armada. Pequeño en tamaño, pero cargado de significado, acompaña al buque como un distintivo de su identidad y de su vinculación con nuestra institución naval.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


martes, 15 de septiembre de 2026

CAPÍTULO ANUAL DEL SOLAR DEL PÁRAMO Y LA FOCELLA 2026.

 Pilar de Vicente.

El pasado 12 de septiembre tuvo lugar en la iglesia de San Justo del Páramo, situada en la localidad homónima del concejo de Teverga (Principado de Asturias), el Capítulo Anual de la Unión de la Nobleza del Solar del Páramo, La Focella y la Villa de Sub.

La Corporación tiene entre sus principales fines la conservación y difusión de la memoria histórica de este antiquísimo privilegio de nobleza, así como la promoción del extraordinario patrimonio cultural y natural del concejo de Teverga. Considerado uno de los territorios más singulares del Principado, Teverga reúne monumentos de gran relevancia, espectaculares paisajes de montaña y un entorno natural único.

Con el propósito de honrar la memoria de los reyes leoneses Alfonso V, conocido como «el Noble» o «el de los Buenos Fueros», y de su hijo Bermudo III, último monarca de la dinastía astur-leonesa y vinculado al origen de esta histórica institución nobiliaria, se celebró una solemne ceremonia en la iglesia de San Justo del Páramo. El acto estuvo presidido por su presidente, don Manuel Rodríguez de Maribona y Dávila, conde de Alba, acompañado por el vicepresidente, don Manuel Ruiz de Bucesta y Álvarez. Asimismo, la ceremonia sirvió para formalizar la investidura e ingreso de tres nuevas damas y tres caballeros en la corporación.

Una vez concluida la ceremonia, los asistentes realizaron una visita por las localidades que integran el histórico Señorío del Privilegio: El Páramo, La Focella y la Villa de Sub. A continuación, tuvo lugar un almuerzo de hermandad en un restaurante de la zona, donde los participantes compartieron un agradable encuentro mientras degustaban algunos de los platos más representativos de la gastronomía asturiana.


La jornada concluyó con una visita guiada a la histórica Colegiata de San Pedro de Teverga, uno de los monumentos más destacados del patrimonio medieval asturiano.

Los orígenes de este templo se remontan al antiguo monasterio benedictino de San Pedro y San Juan de Val de Teverga. En 1092 fue donado por la condesa doña Aldonza a la iglesia de San Salvador de Oviedo, mientras que la fundación de la colegiata se sitúa en torno al año 1107.
Este templo constituye uno de los máximos exponentes de la arquitectura románica en la región. Su concepción responde a las características propias de este estilo medieval, difundido por los territorios cristianos occidentales entre los siglos XI y XII, dejando en Asturias algunas de sus manifestaciones más notables.

Construida íntegramente en piedra labrada, la Colegiata de San Pedro presenta los rasgos más característicos de este arte, junto con ciertas influencias bizantinas. Su planta de cruz latina y sus tres naves configuran un espacio de gran armonía arquitectónica. Entre los elementos más sobresalientes destacan sus robustas columnas, los arcos de medio punto, las bóvedas de cañón y el ábside rectangular, fruto de la reconstrucción llevada a cabo tras el incendio que sufrió el edificio en el siglo XVII.

Orientada hacia oriente, la iglesia fue concebida para que los primeros rayos del sol iluminaran su interior, evocando simbólicamente la figura de Jesucristo como luz de los corazones. La sobriedad del recinto, acentuada por la discreta iluminación natural de sus pequeñas ventanas, favorece un profundo ambiente de recogimiento y contemplación. Presentan asimismo un especial interés el vestíbulo, los capiteles de las columnas centrales, el presbiterio, los escudos de la Casa de Miranda, diversos sepulcros y numerosas inscripciones de alto valor histórico y artístico.

Para más información sobre esta corporación, puede consultar aquí.
Para conocer más detalles sobre la Colegiata de San Pedro de Teverga puede consultar aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 14 de septiembre de 2026

CUATRO NUEVOS CAPITULARES SON INVESTIDOS EN LA CATEDRAL DE CUENCA.


La Capilla del Espíritu Santo, de la Catedral de Cuenca, acogió este sábado la solemne investidura de cuatro nuevos capitulares del Muy Ilustre Cabildo de Caballeros de Cuenca, en una ceremonia inspirada en antiguas tradiciones de la caballería y con la presencia de representantes de numerosas órdenes y corporaciones nobiliarias españolas.
El acto comenzó a las doce del mediodía y estuvo presidido por el Maestre del Cabildo, acompañado por el Canciller-Secretario y el Prior. Los cuatro aspirantes permanecieron inicialmente fuera de la capilla, como una representación simbólica de la tradicional «noche en blanco».

El momento central fue la investidura, durante la que se recordó el vínculo del ceremonial con el Fuero de Cuenca, donde aparece recogido el espaldarazo como fórmula para la misma. Antes de la recepción de los nuevos integrantes fueron bendecidos los mantos, lazos y veneras capitulares y, posteriormente, los candidatos prestaron juramento sobre las Sagradas Escrituras.
El compromiso adquirido  incluye el cumplimiento de los estatutos del Cabildo y de la autoridad eclesiástica, así como una vida cristiana y la promoción de valores como la generosidad, la honradez, la templanza, el liderazgo, el valor, la lealtad y la vocación de servicio, además del servicio a España y a la Corona.

La ceremonia diferenció algunos elementos entre caballeros y damas. A los nuevos caballeros se les impusieron el manto, los cordones y los guantes, además de recibir el tradicional espaldarazo. En el caso de las damas capitulares, se colocó el lazo y la recepción se realizó mediante  besamanos. El acto contó también con la asistencia de representantes de distintas órdenes y corporaciones históricas y nobiliarias, así como de autoridades provinciales y locales.

La música tuvo un papel destacado durante la ceremonia, con distintas interpretaciones al órgano de la Capilla del Espíritu Santo, entre ellas obras de Carlos A. Guerra Parra y Miguel López. El acto concluyó con las oraciones y la bendición final y con la interpretación de la Marcha Real.

Más información sobre el Capítulos: https://www.miccc.es/



Publicado por La Mesa de los Notables.


domingo, 13 de septiembre de 2026

ALEXIS DE SARACHAGA Y EL MISTERIO DORADO DEL SAGRADO CORAZÓN.

Paula F. de Vildósola. 

En el corazón de la Borgoña francesa late con fuerza un enigma histórico en el que se cruzan la diplomacia de alto nivel, la mística católica y el esoterismo cristiano. Mientras las pantallas cinematográficas de Francia se preparan para rememorar las revelaciones de Paray-le-Monial (aquellas visiones del Sagrado Corazón transmitidas a Santa Margarita María de Alacoque), emerge del olvido una figura determinante para comprender cómo aquel pequeño enclave llegó a convertirse en un faro teológico e intelectual de dimensión mundial.

Alexis de Sarachaga, nacido en Bilbao en 1840 con el nombre de Alexo Florentino Severiano, perteneció a una estirpe cosmopolita marcada por la nobleza y la tragedia. Era hijo de Jorge de Sarachaga y Uría-Nafarrondo, noble vizcaíno de arraigada tradición, y de la princesa rusa Catalina Lobanoff de Rostov.

Tras la muerte prematura de sus padres durante su infancia, Alexis y su única hermana, Esperanza de Sarachaga y Lobanoff de Rostoff (1839–1914), conocida como Spera, crecieron bajo tutela familiar.  Esperanza contrajo matrimonio con el diplomático bávaro Friedrich Freiherr Truchseß von Wetzhausen, convirtiéndose en baronesa consorte Truchsess von Wetzhausen.  El matrimonio no tuvo descendencia.

Imagen 1.

Educado en Suiza y tras cursar estudios en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, el joven Alexis ingresó en 1867 en el servicio diplomático de la Corona española. Desempeñó funciones oficiales en plazas diplomáticas clave como París y San Petersburgo.

Sin embargo, su existencia dio un giro drástico durante un crudo invierno en la capital imperial rusa. Una noche descubrió el cuerpo sin vida de un niño congelado en el umbral de su propia residencia. La escena supuso para él una profunda sacudida espiritual. Aquel impacto moral lo llevó a abandonar las cancillerías, renunciar a la vida mundana y volcar su fortuna personal hacia una misión de trascendencia espiritual.

En 1873 llegó en peregrinación a Paray-le-Monial, la villa borgoñona consagrada a la memoria de Santa Margarita María de Alacoque y San Claudio de la Colombière. Fue allí donde coincidió con el jesuita Víctor Drevon. Juntos idearon la creación de la sociedad del Hiéron du Val d'Or.

Para albergar esta visión, Sarachaga financió y erigió entre 1890 y 1894 el monumental Museo del Hiéron, concebido como un museo místico y eucarístico. Su objetivo era demostrar la realeza social de Jesucristo a lo largo de la historia, a través del análisis de los símbolos de las antiguas civilizaciones, la arqueología y la hermenéutica cristiana en torno a la Eucaristía y al Sagrado Corazón.

Uno de los hitos más deslumbrantes impulsados por Sarachaga para el Museo del Hiéron fue el encargo y la acogida de la monumental obra de orfebrería sagrada Via Vitæ  (La Vía de la Vida), concebida por el célebre joyero parisino Joseph Chaumet, de la afamada casa Chaumet de la Place Vendôme, entre 1894 y 1904.
Con casi tres metros de altura y un peso cercano a las tres toneladas, la Via Vitæ es una de las esculturas-joya de arte sacro más valiosas del patrimonio europeo.
Elaborada en oro, plata dorada, marfil, jaspe, ágatas y miles de piedras preciosas; la pieza escenifica la historia de la Salvación, desde pasajes evangélicos y la Eucaristía hasta la coronación de Cristo Rey como centro del universo.

Imagen 2.

Fiel a su entrega absoluta hasta sus últimos días, Alexis de Sarachaga no legó su obra ni sus colecciones a particulares. En su lugar, constituyó y designó como legataria universal de todo el complejo a la Société du Règne Social de Jésus-Christ, con el propósito de garantizar que el museo mantuviera su fin místico e intelectual.
Tras el fallecimiento de Sarachaga en Marsella, en 1918, la Société du Règne Social de Jésus-Christ custodió el complejo. En 1927, ante los retos económicos de la posguerra, la propia Sociedad formalizó la donación del edificio, la biblioteca, el archivo místico y la monumental joya Via Vitæ al Ayuntamiento de Paray-le-Monial.

Actualmente, el municipio es el único y legítimo propietario de este espacio, catalogado oficialmente como Musée de France, asegurando que el legado del visionario hispano-ruso permanezca protegido y accesible para la historia del arte sacro universal.

Puntualización genealógica e histórica.
Alexis de Sarachaga jamás tuvo descendientes directos ni adoptó a nadie a lo largo de su vida. Aunque contrajo matrimonio en 1903 con Eugénie Champion, de dicha unión no hubo hijos. Al morir en 1918 sin descendencia, y habiendo fallecido su hermana años antes sin hijos, la representación y herencia familiar recayó legítimamente en su prima hermana, casada con el barón Neubronn von Eisenburg, cuya descendencia quedó afincada en Baden-Baden.

Para saber más sobre el Museo del Hiéron: https://www.musee-hieron.fr/

Imagen 1: Alexis de Sarachaga Lobanoff (foto cortesía de la familia).
Imagen 2:Via Vitæ, obra de Chaumet. Encargada por Alexis de Sarachaga para el Museo del Hiéron (Fotografía Mueseo del Hiéron).

Publicado por La Mesa de los Notables.


sábado, 12 de septiembre de 2026

RECIENTE ARTÍCULO DEL DUQUE DE ANJOU EN «TRIBUNA ABIERTA» DE ABC.

 

El estreno en España de Sagrado Corazón, el docudrama francés dirigido por Sabrina y Steven J. Gunnell, nos invita a volver la mirada hacia una devoción que, nacida en Francia hace más de tres siglos, arraigó profundamente en la historia espiritual de España: el Sagrado Corazón de Jesús. La película, que recorre la historia y la vigencia de esta devoción a partir de las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María de Alacoque, ha superado ya los 600.000 espectadores en Francia.

Con motivo de su llegada a los cines españoles, Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou y consejero magistral del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, dedica su artículo publicado el pasado día 9 en la sección «Tribuna Abierta» de ABC a reflexionar sobre el profundo vínculo espiritual que une a Francia y España a través del Sagrado Corazón. Desde Paray-le-Monial y Santa Margarita María de Alacoque hasta el beato Bernardo de Hoyos y el Cerro de los Ángeles, el duque de Anjou recorre más de tres siglos de historia y devoción, atravesando generaciones y circunstancias históricas muy diferentes.

Una reflexión que va más allá de cualquier consideración política para poner el acento en aquello que permanece: la presencia del Sagrado Corazón en la historia espiritual y cultural de España y de Francia. Como señala el propio autor, entre ambos países existe «un puente espiritual construido durante más de tres siglos», y ese puente tiene un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús.

Reproducimos a continuación el artículo de Luis Alfonso de Borbón publicado en ABC el pasado 9 de septiembre.

ABC Jueves 9/9/2026.
OPINIÓN.
TRIBUNA ABIERTA.

EL SAGRADO CORAZÓN: UN PUENTE ENTRE FRANCIA Y ESPAÑA.
LUIS ALFONSO DE BORBÓN.
es Duque de Anjou.

«No estamos solamente ante una producción cinematográfica francesa, sino ante una historia francesa que también forma parte de nuestra memoria»

Hay símbolos que pertenecen a una nación, a una época o a una generación. Y hay otros que, por su profundidad, son capaces de atravesar las fronteras y los siglos. Para mí, el Sagrado Corazón de Jesús es uno de ellos. Por eso considero especialmente significativo que una película nacida en Francia llegue ahora a España.

La historia del Sagrado Corazón es, en buena medida, una historia que une profundamente a nuestros dos países. Hace más de tres siglos, en Paray-le-Monial, Santa Margarita María de Alacoque recibió las revelaciones que dieron un impulso extraordinario a la devoción al Sagrado Corazón. Desde el corazón de Francia, aquel mensaje atravesó las fronteras y encontró en España una acogida extraordinaria. En nuestro país arraigó profundamente en las familias, las parroquias, los colegios, las órdenes religiosas y en la espiritualidad de generaciones de españoles. La figura del beato Bernardo de Hoyos ocupa también un lugar especial en esta historia y en la difusión de la devoción al Sagrado Corazón en España.

El gran símbolo de esta devoción en España es el Cerro de los Ángeles. Allí, en 1919, el Rey Alfonso XIII realizó solemnemente la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Aquel acto convirtió el Cerro en uno de los lugares más significativos de nuestra historia religiosa. Después de la destrucción del monumento durante la Guerra Civil, en 1944 se celebró allí un solemne acto nacional de reparación y desagravio, presidido por Francisco Franco. Y en 1969, al cumplirse cincuenta años de la consagración de 1919, Franco presidió la renovación de aquella consagración. La historia continuó posteriormente. En 2019, al cumplirse cien años de la consagración de Alfonso XIII, la Iglesia en España volvió a renovar solemnemente aquella consagración en el Cerro de los Ángeles.

Si contemplamos todo el recorrido, encontramos una continuidad que atraviesa generaciones y circunstancias históricas muy diferentes: 1919, 1944, 1969 y 2019. Más allá de los distintos momentos políticos, permanece una misma tradición espiritual y una misma devoción.

Por eso considero importante contemplar esta historia desde una perspectiva que vaya más allá de cualquier circunstancia política.

Alfonso XIII, el acto de reparación de 1944, la renovación de 1969 y la renovación eclesial de 2019 pertenecen a momentos históricos distintos. Lo que permanece es la profunda presencia del Sagrado Corazón en la historia espiritual y cultural de España. Y para mí, como francés y español, resulta especialmente hermoso contemplar cómo una devoción nacida en Francia terminó formando parte tan profundamente de la identidad espiritual de España.

Por eso creo que la llegada de esta película a España es especialmente oportuna. No estamos solamente ante una producción cinematográfica francesa, sino ante una historia francesa que también forma parte de nuestra memoria. Francia nos lleva hasta Paray-le-Monial y Santa Margarita María de Alacoque; España nos lleva hasta Bernardo de Hoyos y el Cerro de los Ángeles. Entre ambos países existe un puente espiritual construido durante más de tres siglos. Y ese puente tiene un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús.

Quizá esa sea precisamente la gran enseñanza de esta película. El corazón no entiende de fronteras. Tampoco el amor. El mensaje del Sagrado Corazón habla de amor, misericordia, esperanza y entrega, y por eso continúa interpelando al hombre de hoy. Esta película nos permite recordar nuestras raíces, conocer mejor nuestra historia y, al mismo tiempo, preguntarnos qué puede decir hoy aquel mensaje. Francia y España, unidas por una historia espiritual que comenzó hace siglos, pueden encontrarse una vez más alrededor de una misma realidad: el Sagrado Corazón de Jesús.

Para leer el artículo original: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.