miércoles, 26 de agosto de 2026

CUALQUIER OFICIAL QUE VAYA A LA GUERRA SIN ESPADA ESTÁ MAL VESTIDO.


Un retrato moral, militar y humano de Jack Churchill.


Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez. 

Bajo el lema «cualquier oficial que vaya a la guerra sin su espada está mal vestido», Jack Churchill se alzó en la historia como una figura que parece haber sido arrancada de otro tiempo y arrojado, de repente, a la crudeza de la Segunda Guerra Mundial. Su presencia en el frente fue desafiante, hasta parecía que la época no podía dictarle las formas de su conducta. Alguien señaló que en sus actos se advertía una fidelidad íntima a ciertos valores que se llevan en el alma desde la juventud.

Jack Churchill fue un oficial competente, disciplinado y extraordinariamente eficaz. Una audacia extrema le acompañaba en cada una de sus acciones. No hablamos de temeridad, era, por el contrario, una manera de estar en el mundo siendo consecuente consigo mismo. Lideró numerosos ataques que cualquier otro habría evitado y sobrevivió a situaciones que habrían hecho huir a muchos. Siempre mantuvo la compostura propia de un oficial, lo que desconcertaba a todos aquellos que le rodeaban. Destacaba su profesionalidad británica y, quizá, un romanticismo guerrero heredado de los viejos arqueros de la Edad Media. Es como si la misma historia quisiese demostrar que algunos espíritus no se extinguen nunca.

El episodio más citado y conocido fue el disparo de una flecha que abatió a un sargento alemán en 1940. Esto revela de una forma clara la naturaleza del carácter de John. El arco exige un silencio interior, pero sobre todo paciencia y mucho valor. En una guerra dominada por explosivos y máquinas, él escogió un arma que le obligaba a estar presente. Es la conciencia de cada instante. Así pues, esa flecha, el último uso documentado de un arco largo en combate moderno, es una afirmación de identidad en medio del estruendo y una forma de recordar que cualquier combate puede ser un acto personal.


También la espada que llevaba consigo permanentemente, era otra declaración moral. No estamos ante la evocación de la nostalgia, más bien era su forma de presentarse ante el peligro, portando elementos que consideraba esenciales en un soldado. La espada, sin duda, obliga a quien la lleva a mirar de frente y asumir cualquier responsabilidad sin necesidad de intermediarios. Cuando Churchill afirmaba que un oficial sin espada está mal vestido, estaba hablándonos de integridad, de que todo hombre debe conservar, incluso en el caos, aquello que mejor le define.

Toda su vida parece guiada por la coherencia, completamente alejado de la comodidad. Fue capturado en Italia y trasladado a un campo de prisioneros en Alemania. De allí escapó con la misma serenidad con la que había entrado en combate. Tuvo que caminar más de ciento cincuenta kilómetros hacia el este, confiando en su instinto, y lo hacía con esa obstinación moral que siempre le acompañaba. Cuando volvieron a capturarle, él volvió a intentar fugarse. Es evidente que su espíritu no le dejaba rendirse, no se resignaba a permanecer preso. Era un hombre de una firmeza extraordinaria. No se rendía nunca, fruto de una educación profunda que recibió desde muy joven. Vivió y creció con la idea de que el hombre debe sostenerse a sí mismo, incluso, cuando todo alrededor parece dispuesto a derribarlo.

Terminada la guerra, lejos de convertirse en una simple reliquia del pasado, Churchill continuó llevando una vida plena. Participó en operaciones en Palestina, instruyendo a jóvenes oficiales y siempre, con esa compostura de viejos caballeros.

También tocaba la gaita en ceremonias militares. Es como si quisiera recordarnos que la música puede sostener el ánimo. Siguió practicando tiro con arco, al igual que había hecho a lo largo de su vida. Y conservó su espada como recuerdo y símbolo de una vida que nunca quiso olvidar.

En sus últimos años de retiro se dedicó a otras actividades más mundanas. Navegaba, pintaba y paseaba durante largas jornadas. Fue un hombre fiel a sí mismo, alguien que quiso reivindicar su educación y la fuerza del corazón como ejes principales de toda acción. Su vida civil fue como su vida militar, porque nunca se permitió un instante de comodidad que le llevase a convertirse en un personaje pintoresco.

Nunca explicó los motivos de su conducta, pero tal vez podríamos intuirlos por sus actos y trayectoria. Lo que sí podemos asegurar es que John Churchill siempre actuó movido por la profunda convicción de que el hombre debe conservar, incluso en los peores instantes como es la guerra, todo lo que le hace humano. Su valor era una forma de resistencia moral frente a la despersonalización de los conflictos modernos. Parece que nuestro personaje se negó a ser absorbido por una época, así que actuó como estimó para que nada substituyese su voluntad. No serían los explosivos los que viniesen a reemplazar sus más íntimas decisiones.

Murió en 1996 cuando contaba ochenta y nueve años, y lo hizo con la serenidad de quien quiso vivir conforme a su propio código. Su muerte no fue un acontecimiento público. Marchó como vino, después de una vida guiada por la coherencia, y lo hizo con el mismo silencio que sus flechas.

Hoy su arco, su espada, su gaita y su audacia, toda su vida, son un alegato en favor de los valores que poseen algunas personas. En ese sentido, Mad Jack, que es como lo conocían, no fue un anacronismo, sino la afirmación de una hermosa historia, la de un hombre que se quiso mantener fiel a sí mismo.

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 25 de agosto de 2026

TÍTULO DE CORTESÍA Vs TÍTULO DE FANTASÍA.

Riestra2026. 

Hace unos días mantenía una conversación sobre dos pretendientes a antiguas casas nobiliarias europeas, cuyos respectivos países son hoy repúblicas. La conversación discurría por los cauces habituales de estas cuestiones (sucesiones, legitimidades, tradiciones dinásticas) hasta que apareció una distinción que, hasta entonces, yo había entendido de una manera bastante más sencilla.

A uno de los pretendientes, cuya posición dinástica me parecía, cuando menos, comparable a la del otro, mi interlocutor le atribuía un título de cortesía. Al segundo, en cambio, calificaba su título como de fantasía.

La distinción me llamó poderosamente la atención porque, hasta ese momento, yo había entendido ambas expresiones en un sentido bastante preciso. Pensaba que un título de fantasía era, sencillamente, un título inventado, una dignidad creada por quien la utiliza sin una tradición histórica que la sustente. Y entendía por título de cortesía aquel que, habiendo tenido existencia histórica dentro de una determinada monarquía o tradición dinástica, carece hoy de reconocimiento oficial porque aquella monarquía dejó de existir, pero continúa siendo utilizado de manera tradicional y social.

Me parecía una distinción razonable. Un título inventado, fantasía; un título histórico que sobrevive sin reconocimiento jurídico, cortesía. No había en ello demasiada dificultad. Hasta aquella conversación.

Porque descubrí que, al parecer, la frontera no estaba donde yo creía. Un mismo tipo de denominación podía ser recibido como una muestra de continuidad dinástica cuando la llevaba el pretendiente que nos gustaba, y convertido en una fantasía cuando el que la llevaba no era tanto de nuestro gusto. Y fue entonces cuando la cuestión empezó a parecerme mucho más interesante. Porque si «título de cortesía» y «título de fantasía» no describen realidades diferentes, sino que se aplican según la consideración que despierte el titular, entonces ya no estamos ante una distinción terminológica, histórica o jurídica. Estamos ante una forma bastante refinada de tomar partido.

Es precisamente esa curiosa doble vara de medir la que merece ser examinada.

En el mundo, un tanto crepuscular, de las dignidades nobiliarias hay pocas cosas tan reveladoras como el uso que algunos hacen de las palabras «título de cortesía» y «título de fantasía». Sobre el papel, la diferencia parece sencilla y hasta razonable, nada especialmente complicado. El problema comienza cuando se observa quién recibe cada calificativo, porque entonces la frontera entre ambos conceptos adquiere una elasticidad verdaderamente extraordinaria y parece desplazarse, con admirable precisión, hacia el lado de las simpatías de quien habla.

Hay pretendientes cuyo título se presenta con la delicadeza de quien trata una reliquia familiar. Se explica que es una dignidad histórica, que la casa la conserva por tradición, que su uso responde a una determinada posición dentro de la familia dinástica y que, aunque no tenga reconocimiento jurídico en el Estado moderno, debe entenderse como un título de cortesía. Todo se dice con solemnidad, procurando que quede a salvo la dignidad del personaje y, sobre todo, la dignidad de la pretensión. Cuando el titular cuenta además con un entorno dispuesto a sostener esa interpretación, la operación resulta todavía más sencilla: la repetición convierte la costumbre en apariencia de autoridad, la ceremonia proporciona respetabilidad y el círculo de partidarios termina hablando del título con una naturalidad que hace olvidar la pregunta fundamental de quién, exactamente, lo reconoce.

Pero basta con que cambiemos de pretendiente para que el lenguaje pierda de pronto toda aquella delicadeza. Allí donde antes había tradición aparece ahora la «fantasía»; donde se encontraba una antigua dignidad se descubre una invención o un uso inveterado; donde se hablaba de una denominación dinástica utilizada por una casa, se nos invita a contemplar a un hombre que, según esta particular versión de la historia, parece haberse levantado una mañana con la extravagante ocurrencia de convertirse en lo que sus antepasados habían sido, sin el consentimiento de un Estado que hoy es república. La misma ausencia de reconocimiento jurídico que en un caso se considera compatible con un título de cortesía se convierte, en el otro, en la prueba definitiva de que estamos ante un título de fantasía. ¡Mira por donde!

La cuestión sería simplemente ridícula si no se pretendiera presentar esta diferencia de vocabulario como una distinción objetiva. Porque una cosa es sostener una determinada legitimidad dinástica y otra muy distinta fabricar una taxonomía a medida para que nuestra legitimidad parezca histórica y la del vecino imaginaria. Si se quiere defender que una determinada casa es heredera de una antigua corona, es perfectamente legítimo hacerlo y aportar para ello genealogías, precedentes, disposiciones sucesorias y argumentos históricos. Lo que resulta bastante menos elegante es reservar la expresión «título de cortesía» para el pretendiente que goza de nuestras simpatías y arrojar la palabra «fantasía» sobre aquel cuya pretensión nos incomoda, como si el diccionario pudiera resolver por nosotros una disputa dinástica que la propia Historia dejó abierta.

Más revelador todavía es el recurso a las cualidades personales del titular. De pronto, su comportamiento, su exposición pública, sus actividades sociales o su supuesta caballerosidad aparecen como elementos destinados a demostrar que la denominación que utiliza merece ser tratada con respeto. Es una curiosa forma de razonamiento, porque las virtudes de un hombre podrán decir mucho acerca del hombre, pero nada dicen por sí mismas acerca de la naturaleza histórica o jurídica de un título. Una persona puede ser admirable y utilizar un título sin reconocimiento estatal; otra puede ser perfectamente discreta y encontrarse exactamente en la misma situación. La primera no recibe por sus méritos una dignidad que la segunda pierda por falta de foco o aplauso. Al menos, no en ningún sistema serio de “derecho nobiliario”.

Sin embargo, dentro de determinados círculos parece funcionar un principio diferente, la realidad del título aumenta en proporción directa al entusiasmo de quienes lo rodean. Hay asociaciones que lo emplean, ceremonias en las que se proclama, publicaciones que lo reproducen, personas que lo saludan con el tratamiento correspondiente y una pequeña arquitectura social que, año tras año, contribuye a que la denominación adquiera esa pátina de normalidad que tanto ayuda a las pretensiones dinásticas. Nada de esto es necesariamente censurable; las personas tienen derecho a mantener sus tradiciones, a reunirse en torno a ellas y a defender las legitimidades en las que creen. Lo que resulta menos inocente es utilizar la existencia de ese entorno como si constituyera una prueba objetiva de la naturaleza del título, y mucho menos utilizarla para negar al adversario el mismo beneficio interpretativo.

Porque ahí aparece la verdadera doble vara de medir: no se pregunta qué es el título, sino quién lo lleva; no se estudia primero la naturaleza de la dignidad para después juzgar al titular, sino que se decide primero qué titular merece nuestra consideración y, una vez tomada la decisión, se busca la palabra que mejor la justifique. Para el propio, «cortesía»; para el ajeno, «fantasía». Y la operación tiene la ventaja de que permite defender una preferencia dinástica sin tener que reconocer que se trata de una preferencia.

Hay algo incluso ligeramente enternecedor en esa necesidad de revestir de objetividad las propias simpatías. Quien está convencido de una causa debería poder defenderla sin recurrir a estos artificios. Puede decir que reconoce a una rama y no a otra, que considera mejor fundada una sucesión que otra o que entiende que determinada tradición dinástica merece prevalecer. Todo eso pertenece al terreno legítimo de la opinión y del debate histórico. Pero cuando comienza a llamar «título de cortesía» al de sus amigos y «título de fantasía» al de sus adversarios, la discusión deja de ser sobre títulos y pasa a ser sobre lealtades.

Y quizá por eso convenga desconfiar un poco de quienes manejan ambas expresiones con tanta seguridad. No porque toda utilización de «título de cortesía» sea incorrecta ni porque todo «título de fantasía» sea necesariamente una descalificación injusta, sino porque resulta demasiado conveniente que la frontera entre ambos conceptos coincida siempre con la frontera entre los nuestros y los otros.

Al final, un título histórico no se vuelve más histórico porque alrededor de él haya más ceremonias, más fotografías, más asociaciones, más aduladores o más recursos dedicados a mantener viva su apariencia. Tampoco se vuelve menos histórico porque su titular sea menos visible, menos celebrado o menos conveniente para determinados intereses. La Historia tiene la mala costumbre de ser bastante menos maleable que las relaciones públicas.

Por eso, cuando alguien nos explique con aire doctoral que un título es «de cortesía» mientras otro es «de fantasía», quizá lo más prudente sea hacer una pregunta muy sencilla antes de aceptar la distinción: ¿qué criterio aplica exactamente y lo aplicaría del mismo modo si los nombres estuvieran intercambiados?

Si la respuesta es afirmativa, tendremos una regla. Si la respuesta cambia según el pretendiente, tendremos algo mucho más humano y bastante menos académico: una simpatía disfrazada de terminología.
Y entonces la cortesía, por muy nobiliaria que se pretenda, ya no estará en el título. Estará en el trato preferencial que algunos están dispuestos a conceder a quienes consideran dignos de ella.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.


lunes, 24 de agosto de 2026

DE LA CRUZADA DE LOS NIÑOS A CEUTA. NADA NUEVO BAJO EL SOL.

Antonio de Castro García de Tejada
Académico correspondiente de la Academia Belgo-Española de la Historia.

Hay acontecimientos separados por ocho siglos que, sin embargo, permiten descubrir comportamientos humanos sorprendentemente parecidos. La llamada Cruzada de los Niños de 1212 y la reciente entrada masiva en Ceuta pertenecen a mundos completamente distintos: una nació en la Europa cristiana medieval y estuvo marcada por el fervor religioso; la otra puede parecer un fenómeno migratorio contemporáneo, aunque por sus dimensiones y por la presión ejercida sobre la frontera adquiere también los tintes de una auténtica irrupción sobre un territorio. Precisamente por esa distancia histórica resulta interesante compararlas: no porque sean iguales, sino porque en ambas encontramos una multitud movilizada por una expectativa colectiva y orientada hacia un mismo destino.

La llamada Cruzada de los Niños no fue una cruzada predicada ni estuvo formada exclusivamente por niños. La investigación histórica ha demostrado que el término latino pueri, utilizado por las fuentes, podía designar también a jóvenes y personas humildes. En 1212 surgieron movimientos en Francia y Alemania, impulsados por predicadores como Esteban de Cloyes y Nicolás de Colonia. Miles de personas se pusieron en camino convencidas de que podían conseguir aquello que los poderosos y los ejércitos cruzados no habían logrado: alcanzar Tierra Santa.

En 1212, la multitud creyó que el camino hacia Jerusalén estaba abierto para ella. En la Ceuta de 2026, decenas de miles de personas creyeron que la frontera hacia Europa podía ser atravesada. El pasado 30 de julio, unas 72.000 personas llegaron a Ceuta desde Marruecos en una entrada masiva, según la cifra mantenida por el Gobierno español. La movilización parece haber estado acompañada por mensajes y llamamientos difundidos a través de las redes sociales.


Naturalmente, la motivación era completamente diferente. Los protagonistas de 1212 estaban movidos por la fe; quienes se dirigieron hacia Ceuta buscaban fundamentalmente alcanzar Europa. Pero la comparación no tiene que establecerse entre la motivación, sino entre la forma en que una expectativa puede producir un movimiento colectivo. En 1212, la predicación, el rumor y los caminos medievales difundían la esperanza. En 2026, las redes sociales pueden hacerlo en cuestión de horas. La tecnología ha cambiado radicalmente; la capacidad humana para convertir una esperanza individual en una esperanza colectiva, mucho menos.

Cuando un individuo cree que algo es imposible, difícilmente se atreve a intentarlo. Pero cuando descubre que miles están dispuestos a hacerlo, su percepción cambia: lo que parecía imposible para uno empieza a parecer posible para todos. La multitud adquiere entonces una fuerza propia y genera una confianza que no siempre responde a la razón ni a las posibilidades reales, sino al convencimiento de que, si muchos avanzan juntos, el obstáculo terminará por ceder. Entre otros, aprecio un elemento común: el destino es más que un lugar. 

Jerusalén era para aquellos hombres y mujeres mucho más que una ciudad: era el símbolo de Tierra Santa y de una misión religiosa. Ceuta tampoco representa únicamente una pequeña ciudad española ubicada en el norte de África. Para quienes intentan atravesarla, representa la puerta de entrada a Europa. Son dos esperanzas completamente distintas, pero ambas pueden convertir un territorio concreto en el punto de concentración de una expectativa colectiva.

La paradoja es que la Cruzada de los Niños terminó convirtiéndose en una leyenda. La imagen de miles de niños marchando hacia Tierra Santa y siendo posteriormente vendidos como esclavos es mucho más conocida que la compleja realidad histórica del movimiento. Hoy puede suceder lo contrario: la leyenda puede preceder al acontecimiento. 

Un mensaje difundido por las redes sociales puede crear una expectativa colectiva y hacer que miles de personas se pongan en movimiento antes incluso de conocer con certeza qué encontrarán al otro lado. Ocho siglos separan estos acontecimientos, pero la fuerza que mueve a las multitudes sigue siendo, en buena medida, la misma: la convicción de que, si muchos avanzan juntos, aquello que parecía imposible puede dejar de serlo. 

Queda, sin embargo, una duda: ¿son realmente estas movilizaciones tan espontáneas y populares como nos quieren hacer creer, o existe detrás de ellas una voluntad organizada que las impulsa desde la sombra? La historia, maestra de vida, nos enseña que, a veces, detrás del movimiento de las multitudes también se encuentra quien sabe cómo ponerlas en marcha.

Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 23 de agosto de 2026

ELCANO Y LA GESTA QUE DIO FORMA AL MUNDO.

 

«Es una autentica obra maestra, sobre como los grandes sueños se conquistan desafiando lo imposible» (Pilar de Vicente).

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.

La historia de la primera circunnavegación siempre ha tenido una sombra de incertidumbre. No estamos ante una simple empresa marítima, en realidad fue un acto de voluntad llevado al límite de lo imposible. El libro La Ruta Infinita, de José Calvo Poyato, reconstruye esa aventura con una precisión sorprendente. Página a página maravilla ver su serenidad narrativa, lo que permite avanzar al lector como si estuviese a bordo de aquellas naves. El libro es excelente, una obra impecable tanto en su manera de ordenar los hechos, como también en la forma de dar vida a los personajes.

Magallanes fue un hombre inquieto que no se conformaba con seguir las rutas conocidas. Se empeñó en encontrar un paso hacia el conocido Mar del Sur, era como una porfía íntima contra lo establecido. La expedición la iniciaron cinco naves: Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria. Avanzó con dificultades, entre tormentas y motines, pero sobre todo con muchas dudas por no saber qué había después. Aun así continuaron. El estrecho que hoy lleva su nombre se convirtió en una prueba de resistencia. Llegado a ese punto, la travesía empezaba a pesar, era larga, fría y completamente incierta. Es aquí cuando el lector comienza a percibir la verdadera tensión que existía, cuando nadie sabía si el canal tenía salida o si desembocaba en un laberinto sin retorno, así que cuando por fin alcanzan el océano tranquilo al otro lado, la sensación que tuvieron fue la de haber cruzado una frontera moral y geográfica.

Los días pasan con mil sucesos. Magallanes muere en el viaje, pero esto no detiene el relato. Al contrario, lo eleva con la aparición de Juan Sebastián Elcano, porque surge la figura de un hombre que no buscaba gloria, pero que al final la alcanzó por la fuerza de los hechos. Aunque su figura nunca ha sido tratada con el respeto y la sobriedad que le favorece, el autor procura hacerlo. No estamos ante un héroe, tenemos un marino que entiende que su única obligación es completar la empresa, así que decide continuar navegando hacia occidente sin saber si la nave resistiría. No cabe duda de que estamos ante uno de los momentos más intensos del libro.

El regreso por el Índico es una marcha lenta y agotadora. La tripulación está reducida a un puñado de hombres, la nave se deshace por todas partes y el hambre y la enfermedad les acompañan cada jornada. Calvo Poyato narra esta parte con una contención admirable, porque en ningún momento dramatiza o exagera, el autor permite que sea la realidad quien hable por sí misma. Cuando, meses más tarde, la Victoria entra en Sevilla con dieciocho supervivientes, es cuando el lector comprende que esa hazaña no ha sido únicamente geográfica. Es la fuerza moral que demostró que la voluntad puede atravesar océanos, imperios e incluso sepulturas.

El libro La Ruta Infinita acierta al mostrarnos que esta empresa cambió la percepción del mundo, porque no hablamos simplemente de rodear la Tierra, ellos, con unos medios limitados, demostraron que era posible. Con su acto, la humanidad descubrió que el planeta tenía continuidad y que las rutas podían cerrarse. Entendieron que la distancia era vencible. Comprendieron la tierra. Sin duda este libro transmite esa idea sin grandilocuencia y con una claridad que honra la historia y la hazaña de estos españoles.

La prosa de José Calvo es limpia y firme. No interfiere con datos importunos y en sus recursos no distorsiona la historia. Utiliza los recursos de los cronistas de la época y lo hace con un sentido histórico, de manera que el lector siente que está ante un relato que se apoya en fuentes sólidas y documentadas.

La Ruta Infinita es un libro magnífico. Pone en valor la capacidad de sufrimiento, el valor, la audacia, la curiosidad y el afán de conocimiento, es tesón, liderazgo y compañerismo, sin duda estamos ante una de las más grandes gestas del hombre y, esta hazaña, no puede quedar como simple aventura. Habla de aquel tiempo en que España se atrevió a imaginar lo imposible y a llevarlo a cabo. Este libro goza de un generoso rigor narrativo y además, al contar la primera vuelta al mundo, lo hace encarnando fuerza, fortaleza y fe.

Publicado por La Mesa de los Notables.


sábado, 22 de agosto de 2026

ENTREVISTA EXCLUSIVA CON S.A.S. EL PRÍNCIPE DE BENTHEIM PARA LA MESA DE LOS NOTABLES.

LOS CONDES DE HOLANDA, LA ORDEN DE SANTIAGO Y LA EXPANSIÓN DE LOS REINOS CRISTIANOS.


El barón Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast solicitó audiencia a Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfurt con el propósito de mantener una entrevista exclusiva para nuestro blog, La Mesa de los Notables. La conversación que se formula en ella nace con una finalidad que trasciende el mero interés testimonial, como es la de servir de llamamiento a historiadores, archiveros e investigadores para profundizar en el estudio de las primeras relaciones entre los condes de Holanda y la Orden de Santiago, así como en la participación de aquellos en la expansión de los reinos cristianos de la península ibérica durante los siglos XII y XIII.

Si bien se conocen algunos episodios de particular relevancia, como la presencia del conde Guillermo I de Holanda en el asedio de Alcácer do Sal en 1217, una parte considerable de la documentación conservada en archivos españoles y portugueses permanece aún sin haber sido examinada de manera sistemática desde esta perspectiva.

La presente entrevista aspira, asimismo, a suscitar el interés de quienes trabajan en archivos españoles, portugueses o eclesiásticos y se encuentran en disposición de localizar cartas inéditas o escasamente estudiadas, referencias contenidas en crónicas, listas de combatientes u otros testimonios documentales relativos a la presencia de caballeros procedentes del norte de Europa y, de manera particular, de miembros de la Casa de Holanda o de personas vinculadas a ella en la península ibérica medieval.

El conocimiento y la difusión de estos hallazgos entre los miembros de la Orden podrían contribuir a esclarecer unos vínculos históricos que forman parte de la memoria común de la caballería europea y de las relaciones que, a lo largo de la Edad Media, unieron a los territorios del norte y del sur de la Cristiandad latina.

Con el propósito de situar esta cuestión en su debido contexto histórico y dinástico, y de abordar tanto sus antecedentes medievales como su proyección en el presente, Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfurt responde en exclusiva a las preguntas del Barón para  La Mesa de los Notables:

Entrevistador: Bienvenido, Alteza Serenísima, y muchas gracias por atendernos. Su familia cuenta con siglos de historia, pero su propia trayectoria profesional se ha desarrollado también en ámbitos muy distintos de los tradicionalmente asociados a una casa principesca. Antes de ocuparnos de sus actuales responsabilidades dinásticas, ¿podría hablarnos brevemente de su carrera profesional?

Príncipe de Bentheim: Muchas gracias por la invitación. Antes de asumir mis actuales responsabilidades desarrollé mi carrera profesional en el sector financiero. Trabajé como banquero en Merrill Lynch, en Nueva York. Era un entorno muy dinámico y exigente, bastante alejado del mundo de los archivos históricos y de la historia de las casas nobiliarias europeas, pero me proporcionó una experiencia internacional de enorme valor.

Entrevistador: Es, desde luego, un cambio considerable. Si repasamos la larga historia de su familia encontramos numerosas figuras destacadas, pero hay una que me resulta especialmente interesante: su antepasado, el conde Karl Paul Ernst, que compaginó las responsabilidades de gobierno con una intensa actividad cultural. ¿Podría hablarnos de él?

Príncipe de Bentheim: Con mucho gusto. Karl Paul Ernst, conde de Bentheim-Steinfurt, vivió entre 1729 y 1780 y fue conde de Steinfurt. Se le recuerda especialmente por haber impulsado el desarrollo de la cultura musical en Burgsteinfurt. Durante su juventud realizó numerosos viajes acompañado por su preceptor, el profesor y jurista Johann Christoph Buch, entre otros motivos para perfeccionar su conocimiento del francés. En 1750, tras obtener la sanción imperial, asumió finalmente sus responsabilidades de gobierno.

Entrevistador: También pasó algún tiempo en Francia durante un periodo histórico particularmente interesante, ¿no es así?

Príncipe de Bentheim: Sí. Durante la Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763, Karl residió en París. Aquella estancia tuvo una gran importancia en su formación intelectual. Allí fue iniciado en la francmasonería y tuvo ocasión de conocer a Voltaire, de quien se convirtió en un gran admirador. También se relacionó con algunas de las principales figuras de la Ilustración francesa, entre ellas Diderot y d’Alembert, al tiempo que cultivaba sus intereses por la música, los idiomas, la literatura y las ciencias naturales.

Benjamin Franklin residiría también posteriormente en París, entre 1779 y 1782. Llegó a ser Venerable Maestro de la logia masónica de las Nueve Hermanas (Les Neuf Sœurs), que desempeñó un papel destacado en los círculos franceses favorables a la causa de la independencia de los Estados Unidos.

Entrevistador: Su familia mantiene asimismo importantes vínculos genealógicos con la familia real neerlandesa. ¿De dónde procede ese parentesco?

Príncipe de Bentheim: Es un parentesco que puede seguirse claramente a través de las casas de Nassau y de Waldeck-Pyrmont. Karl Paul Ernst, por ejemplo, contrajo matrimonio con Charlotte Sophie von Nassau-Siegen (1729-1759), hija de Friedrich Wilhelm II de Nassau-Siegen y de Sophie Polyxena Concordia von Sayn-Wittgenstein-Hohenstein. La rama de Nassau-Siegen pertenece a la gran Casa de Nassau, de la que procede también la actual dinastía real de los Países Bajos, por lo que existen antiguos vínculos genealógicos entre ambas familias.

Estos lazos se reforzaron posteriormente cuando mi antepasado Alexis, IV príncipe de Bentheim y Steinfurt, contrajo matrimonio con la princesa Pauline de Waldeck y Pyrmont. Mi madre pertenece también a esta casa. Los Waldeck-Pyrmont están, a su vez, estrechamente vinculados a la monarquía neerlandesa: la reina Emma de los Países Bajos pertenecía a esta familia. Todo ello explica los estrechos vínculos familiares que históricamente han unido nuestra casa con la familia real de los Países Bajos.

Entrevistador: Su familia está también vinculada a la Muy Noble Orden Ecuestre de Santiago, una Orden cuyos orígenes se sitúan en la Holanda medieval y que está estrechamente relacionada con la historia de su casa.

Príncipe de Bentheim: Así es. Nuestra vinculación con los condes de Holanda constituye un elemento fundamental de la historia de nuestra familia (1). La Casa principesca de Bentheim und Steinfurt se considera sucesora legal y directa de la última heredera de los condes de Holanda. Esta ascendencia nos vincula profundamente con los Países Bajos y nos permite mantener vivo el legado histórico de los antiguos condes de Holanda, dentro del cual se inscribe también nuestro papel como custodios de la Muy Noble Orden Ecuestre de Santiago, cuya fundación atribuimos a los condes de Holanda.

Entrevistador: ¿Qué relación histórica existe entre la Orden de Santiago vinculada a su familia y la conocida Orden de Santiago española?

Príncipe de Bentheim: La relación debe entenderse fundamentalmente en términos de afinidad histórica e inspiración, y no como una continuidad institucional directa. Un episodio especialmente significativo tuvo lugar cuando el conde Guillermo I de Holanda, abuelo de Floris V, participó en la campaña de Alcácer do Sal de 1217, en la que intervino también la Orden de Santiago. Durante aquella expedición, Guillermo I pudo conocer directamente la actuación militar de los caballeros de Santiago, su participación en la expansión de los reinos cristianos peninsulares y su estrecha vinculación con la Corona portuguesa. Es posible que el recuerdo de aquel encuentro perdurase dentro de la casa condal y que, posteriormente, influyera en Floris V cuando adoptó el nombre y el concepto de Santiago para su propio proyecto político y caballeresco en 1290.

Entrevistador: ¿Podría explicarnos de qué manera la expedición del conde Guillermo I a la península ibérica en 1217 pudo establecer ese primer vínculo con los caballeros de Santiago?

Príncipe de Bentheim: Se produjo en el contexto de la Quinta Cruzada. El conde Guillermo I de Holanda encabezaba una flota de cruzados procedentes del norte de Europa que, durante su viaje hacia Tierra Santa, intervino en las operaciones militares que se desarrollaban en la península ibérica. Una de las principales fue el asedio de Alcácer do Sal, en 1217, contra los almohades. Tras la capitulación de la plaza, esta quedó vinculada a la Orden de Santiago. Aquella campaña puso en contacto directo a los cruzados dirigidos por el conde de Holanda con las fuerzas y órdenes militares peninsulares y constituye, por tanto, un antecedente especialmente significativo para comprender las relaciones posteriores.

Entrevistador: Aunque la participación de Guillermo I en el asedio de Alcácer do Sal está documentada, queda todavía mucho por conocer acerca de los contactos de los condes de Holanda con la península ibérica. ¿Existen todavía lagunas importantes en esta historia? ¿Qué podría aportar la comunidad académica?

Príncipe de Bentheim: Sin duda. Disponemos de algunos episodios bien documentados, pero todavía queda mucho por investigar acerca de la presencia de cruzados procedentes del norte de Europa en la península ibérica durante la expansión de los reinos cristianos. Los archivos españoles y portugueses, así como numerosos fondos eclesiásticos, pueden conservar cartas, registros, referencias cronísticas u otros documentos que permitan conocer mejor estos contactos.

Por ello, invitamos a historiadores, archiveros, investigadores y especialistas a colaborar en esta línea de investigación. Cualquier referencia documental a los condes de Holanda o a los primeros contactos caballerescos entre los Países Bajos y los reinos peninsulares durante los siglos XII y XIII puede resultar de gran interés. Animamos a quienes encuentren este tipo de documentación a ponerse en contacto con la Orden. La colaboración académica puede ayudarnos a reconstruir unas relaciones históricas que todavía conocemos de manera fragmentaria.

Entrevistador: Más allá de la relación militar, ¿qué influencia tuvo en la Casa de Holanda la cultura de la peregrinación desarrollada en torno a Santiago de Compostela?

Príncipe de Bentheim: Santiago de Compostela fue uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad medieval, junto con Roma y Jerusalén. La veneración de Santiago el Mayor y la extensa red de caminos que conducían a Compostela tuvieron una enorme influencia en toda Europa occidental, incluidos los Países Bajos. Los símbolos asociados a la peregrinación jacobea, especialmente la vieira, alcanzaron una difusión extraordinaria. Cuando Floris V fundó posteriormente nuestra Orden, en 1290, la advocación de Santiago permitía vincular aquella iniciativa caballeresca con una tradición religiosa y cultural de gran prestigio y profundamente arraigada en la Europa medieval.

Entrevistador: ¿Pudo servir la organización de la Orden de Santiago española como modelo para Floris V cuando estableció la Orden de Santiago holandesa en 1290?

Príncipe de Bentheim: Creo que existen paralelismos interesantes. A diferencia de otras órdenes militares de carácter monástico, la Orden de Santiago desarrolló una organización que permitía a sus caballeros contraer matrimonio y conservar bienes propios, aunque sometidos a las obligaciones establecidas por la Orden. Era un modelo particularmente adecuado para integrar a miembros de la nobleza secular.

Cuando Floris V creó su Orden de Santiago en 1290 buscaba también articular en torno a la corte una estructura capaz de vincular a nobles y patricios acomodados con la autoridad condal sin exigirles abrazar la vida monástica. Desde esta perspectiva, el precedente de la Orden española ofrecía un ejemplo de cómo una institución caballeresca podía reunir prestigio, vínculos personales y funciones políticas.

Entrevistador: La documentación permite en ocasiones reconstruir estas relaciones siglos después. ¿Qué importancia tienen para la historia de su Orden los documentos conservados en Francia relacionados con la Orden del Toisón de Oro?

Príncipe de Bentheim: Constituyen un testimonio muy interesante para estudiar la memoria y la continuidad de esta tradición caballeresca durante la Edad Moderna. En la Colección Chifflet, conservada en la Biblioteca Municipal de Besanzón, existe un expediente con correspondencia entre Jules Chifflet y Thymon van Schoonhoven. Chifflet fue el decimonoveno canciller de la Orden del Toisón de Oro, mientras que Van Schoonhoven era un destacado patricio y administrador de Róterdam.

En aquella correspondencia recurrieron también a los trabajos del erudito flamenco Petrus Montanus para estudiar los antecedentes de la tradición caballeresca holandesa. La conservación de estos documentos dentro de la colección de Chifflet resulta especialmente significativa, porque demuestra el interés que esta tradición despertaba en círculos relacionados con el Toisón de Oro y permite situarla dentro del contexto más amplio de la cultura caballeresca de los Países Bajos durante la Edad Moderna, a pesar de las profundas divisiones políticas y religiosas de la época.

Entrevistador: Floris V es conocido también por haber elevado a la caballería a hombres que no pertenecían a la antigua nobleza. ¿Qué papel desempeñaron los ricos patricios holandeses en este proceso?

Príncipe de Bentheim: Existía una evidente dimensión política y financiera. Las políticas expansivas y las ambiciones de Floris V requerían recursos que no siempre podían obtenerse mediante las rentas feudales tradicionales, de modo que el conde recurrió también al capital de las élites urbanas y comerciales.

Un caso particularmente interesante es el del patricio de Utrecht Lambert de Vries, uno de sus principales acreedores. Después de asumir en 1291 una deuda de 12.000 libras holandesas relacionada con el conde, De Vries fue armado caballero por Floris V el 22 de abril de 1292. El episodio muestra hasta qué punto podían entrelazarse las necesidades financieras del poder condal, la fidelidad política y la promoción social. Floris utilizaba así su prerrogativa de conceder honores para incorporar a nuevos hombres a los círculos de poder vinculados a su persona.

Entrevistador: La Orden de Santiago posee actualmente una marcada dimensión internacional, pero esa vocación parece tener antecedentes muy antiguos. ¿Cómo desarrolló Floris V su política exterior y hasta qué punto sus ambiciones europeas terminaron condicionando su reinado?

Príncipe de Bentheim: Floris V era hijo de Guillermo II de Holanda, que había sido elegido rey de Romanos, y pertenecía por ello a un mundo político que trascendía ampliamente los límites de su condado. Él mismo desarrolló una intensa política internacional y trató de proyectar su influencia en algunas de las principales cortes europeas de finales del siglo XIII.

La prosperidad de Holanda estaba estrechamente vinculada al comercio, particularmente a las relaciones económicas con Inglaterra y Flandes. Floris mantuvo por ello alianzas, no siempre estables, con soberanos tan importantes como Eduardo I de Inglaterra y Felipe IV de Francia. Su matrimonio con Beatriz de Dampierre debe situarse igualmente dentro de las complejas relaciones con Flandes.

Sus aspiraciones llegaron incluso a Escocia. Durante la crisis sucesoria conocida como la Great Cause, Floris presentó en 1291 su propia reclamación dinástica al trono escocés. Su intensa participación en la política internacional acabaría teniendo graves consecuencias. El cambio de orientación de su política, alejándose de Inglaterra y aproximándose a Francia, contribuyó a crear el contexto en el que varios nobles holandeses conspiraron contra él. Floris fue capturado y asesinado el 27 de junio de 1296.

Entrevistador: La Orden continúa activa en nuestros días. Entiendo que reúne actualmente a hombres y mujeres destacados en distintos ámbitos profesionales y empresariales de numerosos países. ¿Cómo combina hoy la Orden la conservación de su historia y de los valores caballerescos con esa dimensión internacional?

Príncipe de Bentheim: Hoy la Muy Noble Orden Ecuestre de Santiago es una comunidad internacional que procura mantener un equilibrio entre su herencia histórica y las realidades del presente. El ingreso se realiza exclusivamente por invitación y entre nuestros miembros encontramos personas destacadas del mundo empresarial, profesional y de otros ámbitos.

La conservación y el estudio de la historia de la Orden, así como la defensa de determinados principios y valores de la tradición caballeresca, siguen siendo fundamentales para nosotros. Pero queremos también que la pertenencia a la Orden tenga una dimensión contemporánea. Favorecemos el encuentro entre nuestros miembros, el intercambio de ideas y la creación de relaciones de confianza que puedan dar lugar a iniciativas y colaboraciones internacionales.

El próximo mes de septiembre, por ejemplo, celebraremos un encuentro que refleja bastante bien ese equilibrio. Comenzará con una ceremonia religiosa solemne vinculada a nuestra tradición y continuará al día siguiente con una jornada de polo para nuestros miembros. Es un deporte verdaderamente internacional, con una presencia muy importante en países como Argentina, aunque puede practicarse en circunstancias bastante peculiares. Recuerdo que, en una ocasión, en Kenia, antes de comenzar nuestro partido tuvieron que asegurarse de que no hubiera leones en el campo.


Entrevistador: En el ámbito personal, vive con su esposa, la princesa Madeleine, en la región bávara del Tegernsee, al sur de Múnich. Su hijo, el príncipe Maximilian, participa también activamente en la Orden como vicegobernador. ¿Qué significa para usted que una nueva generación de la familia asuma responsabilidades dentro de la institución?

Príncipe de Bentheim: Madeleine y yo disfrutamos mucho de nuestra vida en Tegernsee. Es un lugar extraordinario, próximo a Múnich y, al mismo tiempo, muy bien situado respecto a Austria e Italia, lo que le confiere un carácter particularmente abierto e internacional. Vivimos muy cerca del lago, en un entorno tranquilo que apreciamos enormemente.

En cuanto a Maximilian, me produce una gran satisfacción verlo asumir las responsabilidades de vicegobernador. La participación activa de una nueva generación es fundamental para garantizar que tanto el legado histórico de nuestra familia como los proyectos actuales de la Orden puedan tener continuidad en el futuro.

Entrevistador: Los vínculos de su familia con España tienen también una dimensión personal a través de su esposa, la princesa Madeleine. ¿Podría hablarnos de su relación con este país?

Príncipe de Bentheim: España ocupa un lugar muy especial en nuestra familia. Madeleine creció en Las Palmas de Gran Canaria, donde su padre era propietario de un hotel. Durante aquellos años estudió en un colegio religioso, una experiencia importante en su formación y en su conocimiento de la cultura española. Habla español con fluidez y conserva un profundo afecto por España.

Esa relación personal hace que los antiguos vínculos históricos de nuestra familia con la península ibérica tengan también para nosotros una dimensión mucho más cercana.

Entrevistador: Alteza Serenísima, muchas gracias por su tiempo y por habernos permitido recorrer a través de esta conversación tantos aspectos de la historia de su familia y de la Orden.

Príncipe de Bentheim: Muchas gracias a ustedes. Ha sido un verdadero placer mantener esta conversación y poder compartir con sus lectores una parte de nuestra historia.

Referencias

(1) Gothaisches Genealogisches Handbuch: Fürstliche Häuser 2018, GGH 7 – Bentheim, II. Linie: Bentheim und Steinfurt, Verlag des Deutschen Adelsarchivs, Marburg 2018, p. 200–208.

•             Sitio web: ordevansintjacob.nl
             Dirección de correo electrónico: jvbq@fastmail.nl
             Lecturas adicionales:

 Imágenes.

1.Museo del Louvre. Colección Edmond de Rothschild. Jacques Charles Bar, Caballero de Santiago en Holanda. París 1778/79.
 
2.Dirk V (1054 – 1091), un conde frisón (comes Fresonum) que gobernó los territorios que más tarde se conocerían como el Condado de Holanda. Era hijo de Gertrudis de Sajonia y su primer esposo, Floris I. Fuente: Hollandse jaar-boeken of Rijm-kronijk van Melis Stoke. Behelsende de geschiedenissen des lands, onder de Princen van het eerste Huis, tot den jare 1305.
 
3.Escudo de armas de los Príncipes de Bentheim-Steinfurt. De: Escudo de armas. Stemma Verlag: Alemania. Publicado hacia 1820. Grabado en cobre de escudo de armas de hacia 1820.
 
4. Esta fotografía fue tomada con motivo de la cena posterior a la investidura en la Grote Kerk en Dordrecht el 23 de mayo de 2026. De izquierda a derecha: SAS Maximilian Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (vicegobernador); SAS Carl-Ferdinand Fürst zu Bentheim-Steinfurt, KJH (jefe de la Casa de Bentheim-Steinfurt); SAS Georg-Viktor Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (gobernador). Crédito de la fotografía: Princesa Madeleine zu Bentheim und Steinfurt, DJH.

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 21 de agosto de 2026

LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO PARA EL VIZCONDE DE MALVAVISCO.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
 una mirada distinta al mundo nobiliario


CAPÍTULO II. LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO.


Hay cuestiones sobre las que conviene no bromear. El tratamiento es una de ellas.

En el mundo nobiliario, pocas cosas producen mayor inquietud que ignorar si corresponde dirigirse a alguien como «Excelentísimo Señor», «Ilustrísimo Señor», «Excelencia», «Ilustrísima» o, sencillamente, «don Fulano», fórmula esta última que algunos consideran poco menos que una degradación administrativa.

Mi padre sostenía que el tratamiento debía guardar alguna relación con aquello que uno había hecho para merecerlo.

Fue demasiado moderno para su época.

Hoy las cosas son más complejas. Conozco personas que pueden soportar sin dificultad una inspección de Hacienda, una operación de próstata o el abandono de un hijo, pero quedan profundamente afectadas si en una invitación se omite accidentalmente la abreviatura «Excmo.». Un hombre puede sobrevivir a muchas desgracias. A que le quiten la preferencia en una rotonda, no siempre. A que le quiten la Excelencia, rara vez.

El asunto se complica porque las corporaciones nobiliarias han desarrollado una extraordinaria capacidad para los tratamientos. Algunas tienen presidentes; otras, grandes maestres, lugartenientes, cancilleres, decanos, protectores, bailíos, comendadores, procuradores y dignidades cuyo significado ignoro, aunque los interesados parecen conocerlo perfectamente. Al menos mientras hablan de sí mismos.

Recuerdo cierta comida en la que un caballero me explicó durante veinte minutos que debía tratarle de «Excelencia» por ostentar una determinada dignidad.

—Comprendo —le dije.

No lo comprendía, pero era la hora del aperitivo y hay discusiones que pierden mucha importancia cuando aparecen las croquetas.

El problema es que el tratamiento posee también otro significado. Esto suele olvidarse.

Mi primo Ataúlfo conoce a un caballero que pertenece a una orden dinástica extranjera. No diré cuál. La discreción es una virtud y, además, existen tantas que quizá ni siquiera sus propios miembros consiguieran identificarla con los datos que voy a proporcionar.

La Orden reconoce como jefe de la Casa a un príncipe. O, al menos, lo reconocía el martes. En estas materias las semanas pueden resultar excesivamente largas.

Al parecer, algunos caballeros se disgustaron con Su Alteza porque había tomado ciertas decisiones sin consultarles. Nada especialmente grave. Los pretendientes al trono tienen el inconveniente de que, al carecer normalmente de reino, sus súbditos disponen de mucho tiempo para ocuparse de ellos.

Hubo cartas. Después hubo llamadas. Finalmente hubo un grupo de WhatsApp.

La Historia suele comenzar así.

Uno de los caballeros sostuvo que el príncipe había perdido legitimidad; otro opinó que jamás la había tenido; un tercero recordó que existía un primo.

Siempre hay un primo.

El primo pertenecía a otra rama de la familia, vivía discretamente en el extranjero y, hasta aquel momento, había demostrado la prudencia de no reclamar absolutamente nada. Aquello le convirtió inmediatamente en candidato.

Los descontentos comenzaron a escribirle. Le explicaron que la Historia le llamaba. La Historia, por lo visto, tenía su número de teléfono. Durante algunas semanas, varios caballeros que habían jurado fidelidad al primer príncipe descubrieron que su verdadera lealtad pertenecía desde tiempo inmemorial al segundo. Estas revelaciones retrospectivas son frecuentes en el mundo dinástico: uno siempre ha pensado exactamente lo que acaba de decidir.

Ataúlfo me contó el asunto durante una visita al gabinete.

—La situación es gravísima —dijo.
—¿Para quién?

No supo contestarme.

Me explicó que uno de los principales defensores del nuevo pretendiente atravesaba además una temporada complicada. Dormía poco, enviaba mensajes a todas horas, redactaba manifiestos y había comenzado a firmar algunas comunicaciones con tres tratamientos diferentes.

—¿Y está bien? —pregunté.

Ataúlfo se encogió de hombros.

—No lo sé. Creo que sigue con lo del tratamiento.

Aquello me tranquilizó.

—Entonces lo importante es que no lo interrumpa.

Ataúlfo me miró.

—Me refiero al tratamiento de Excelencia.
—Yo no.

No tengo ninguna objeción a los tratamientos honoríficos. Forman parte de determinadas tradiciones, cargos y usos sociales, y pueden resultar incluso elegantes cuando se emplean con naturalidad. Lo que siempre me ha sorprendido es la cantidad de personas que parecen necesitarlos.

Hay quien recibe un «Excelencia» como quien recibe oxígeno. Se le ensancha el pecho, le cambia la mirada y durante unos segundos parece reconciliarse con la existencia. Después pregunta si también corresponde a su esposa.

Mi médico sostiene que estas cosas no se curan con medicación. Es posible. Pero tampoco conviene descartar ninguna ayuda.

Con el tiempo he aprendido que existen personas para quienes pertenecer a una orden, lucir una placa, recibir un tratamiento o aparecer junto a un príncipe proporciona una seguridad que probablemente no encontraron en otros lugares. No me parece censurable. Todos necesitamos alguna forma de reconocimiento.

Lo preocupante comienza cuando el reconocimiento deja de ser una cortesía y se convierte en una necesidad. Entonces una precedencia puede parecer una ofensa; una omisión en una tarjeta, una conspiración; y un primo del pretendiente, la solución a la monarquía.

Mi secretario entró aquella tarde para preguntarme cómo debía contestar una carta que acabábamos de recibir.


—El remitente firma como Excelentísimo Señor —me dijo—. ¿Qué tratamiento pongo?

Lo pensé unos segundos.

—El que corresponda.
—¿Y si no corresponde ninguno?
—Entonces, don.

Mi secretario dudó.

—¿No se ofenderá?

Miré a don Rigoberto. Contemplaba simultáneamente la ventana y el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino, que seguía cumpliendo con notable eficacia sus funciones sobre un montón de facturas.

—Probablemente.

Mi secretario esperó.

—¿Y qué hacemos?

—Nada. Hay tratamientos que deben respetarse.

Hice una pausa.

—Y otros que conviene no interrumpir.

El vizconde de Malvavisco.

 

Aviso sobre propiedad intelectual.

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


jueves, 20 de agosto de 2026

LA DIVISA CELEBRA SU CAPÍTULO ANUAL EN SANTA MARÍA DE LA PISCINA(2026).

 

La ermita-basílica de Santa María de la Piscina, en San Vicente de la Sonsierra, acogió el pasado día 15 el Capítulo Anual Ordinario de la Divisa, Solar y Casa Real de la Piscina. La reunión de los diviseros se celebra tradicionalmente cada 15 de agosto, coincidiendo con la festividad de la Asunción de María, y constituye una de las principales citas anuales de esta corporación de origen medieval.

Según hemos sabido, el Capítulo se celebró por la mañana, antes de la misa oficiada por el nuevo abad de la Divisa, el reverendo señor don Fernando Azofra Ibáñez. Azofra cuenta con una amplia trayectoria sacerdotal, que incluye su labor como misionero en África y su condición de canónigo de la concatedral de Santo Domingo de la Calzada.

Durante la sesión se formalizó también la incorporación de cinco nuevos miembros como Diviseros de la Corporación. La Junta incorporó como vocal permanente a don Fernando Ramírez de Haro, conde de Bornos y marido de la expresidenta de la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre, quien también estuvo presente en los actos.

La reunión incluyó asimismo un homenaje a los miembros fallecidos y un recuerdo especial a Ignacio Martínez de Baroja, que ocupó el cargo de Tesorero-Bolsero de la corporación.

Entre los asuntos tratados figuró la situación del expediente para la declaración de la Real Divisa como Bien de Interés Cultural por parte del Gobierno de La Rioja. La tramitación se encuentra en su fase final después de haber concluido el periodo de información pública.

La tradición sitúa el origen de la iglesia y de la Divisa en el siglo XII y lo vincula al infante don Ramiro Sánchez de Navarra, casado con Cristina Rodríguez, a quien la tradición identifica como hija del Cid Campeador. Según este relato, Ramiro Sánchez participó en las Cruzadas en Tierra Santa y según la tradición estuvo en el asalto a Jerusalén, cerca de la llamada piscina probática de Bethesda.

A su regreso habría dispuesto en su testamento la construcción de un templo destinado a albergar una imagen de la Virgen y una reliquia de la Vera Cruz. La iglesia fue consagrada en 1137 por el obispo de Calahorra Sancho de Funes.

El templo es uno de los principales ejemplos del románico riojano y conserva buena parte de su estructura y decoración original. Fue declarado Monumento Nacional y Bien de Interés Cultural en 1931. Su entorno incluye un importante conjunto arqueológico y una necrópolis medieval, elementos que permiten situar la construcción de la iglesia dentro de un asentamiento de mayor antigüedad.

La historia de la Real Divisa combina así documentación medieval, tradición nobiliaria y elementos legendarios relacionados con la participación de Ramiro Sánchez en Tierra Santa. La propia evolución histórica de la institución está mejor documentada a partir de siglos posteriores, aunque la corporación mantiene el relato fundacional vinculado al infante navarro y al origen de Santa María de la Piscina.

La celebración del capítulo anual mantiene vigente esta tradición en torno a un templo que, casi nueve siglos después de su consagración, continúa siendo la sede histórica de la Real Divisa.

Para saber más: https://divisarealdelapiscina.org/

Publicado por La Mesa de los Notables.