martes, 14 de julio de 2026

OVIEDO, DONDE COMENZÓ EL CAMINO.

 Riestra2026.

Hay ciudades que se leen, como si sus calles fueran páginas de un libro antiguo. Oviedo, a mi entender, es una de ellas. Bajo la piedra dorada de la catedral de San Salvador y entre el eco de los soportales del casco histórico, nació uno de los episodios más decisivos de la historia medieval europea: el Camino de Santiago.
Cuando se habla del Camino, la imaginación suele viajar de inmediato a los Pirineos, a Roncesvalles o a Saint-Jean-Pied-de-Port. Sin embargo, el primer camino no comenzó allí. Su origen documentado está en Oviedo.

A comienzos del siglo IX, el Reino de Asturias era el principal territorio cristiano de la península ibérica. Su capital se encontraba en Oviedo y en ella residía el rey Alfonso II, conocido como «el Casto».
Fue entonces cuando llegó una noticia extraordinaria. En un bosque de Galicia, en un lugar denominado Campus Stellae («campo de la estrella», según una de las interpretaciones tradicionales del nombre Compostela), se había descubierto una tumba que el obispo Teodomiro identificó como la del apóstol Santiago.

La noticia llegó hasta la corte ovetense. Alfonso II decidió emprender viaje para comprobar personalmente aquel hallazgo. La tradición y la historiografía coinciden en considerar este desplazamiento como la primera peregrinación jacobea documentada. Aquel recorrido entre Oviedo y Compostela dio origen a la ruta que hoy conocemos como Camino Primitivo. Así lo reconoce el Consejo Jacobeo del Ministerio de Cultura, que lo define como la primera ruta de peregrinación conocida y documentada.

El nombre de «Primitivo» no hace referencia a un camino más sencillo o más antiguo por casualidad. Significa, literalmente, el primero.

El itinerario siguió en gran medida antiguas vías de comunicación de época romana, atravesando las montañas asturianas antes de adentrarse en Galicia. Era un trayecto exigente, pero también el más seguro en un momento en que buena parte de la península permanecía bajo dominio musulmán.

Con el paso de los siglos surgirían otras grandes rutas jacobeas, como el Camino Francés, el Camino del Norte, la Vía de la Plata o el Camino Portugués. Sin embargo, todas ellas se consolidaron con posterioridad al viaje de Alfonso II, considerado por la tradición como el primer peregrino a la tumba del apóstol Santiago, como ya hemos apuntado.

Oviedo no solo fue el punto de partida de aquella histórica peregrinación. Alfonso II el Casto concibió la ciudad como uno de los principales centros espirituales de su reino. Para ello impulsó la construcción de un complejo catedralicio dedicado a San Salvador sobre edificaciones religiosas anteriores y enriqueció el templo con un valioso conjunto de reliquias, custodiadas aún hoy en la Cámara Santa. Su propósito era doble: reforzar el prestigio religioso del reino astur y consolidar Oviedo como un destacado destino de peregrinación en la Europa cristiana.

La actual catedral de San Salvador, sin embargo, pertenece a una época muy posterior. El edificio gótico comenzó a levantarse a finales del siglo XIV, durante el episcopado de Guillén de Verdemonte (1389-1412), iniciándose las obras por la cabecera. El presbiterio responde a modelos del gótico francés y, aunque se desconoce la identidad de su arquitecto, resulta verosímil que, dada la procedencia francesa del obispo, el maestro de obras compartiera ese mismo origen.

Entre 1444 y 1479 la construcción avanzó por el transepto bajo la dirección de los maestros flamencos Nicolás de Bar y Nicolás de Bruselas, figuras fundamentales en la introducción de las formas del gótico tardío en Asturias. A ellos se debe también la espléndida portada septentrional del crucero, que comunica con la capilla de Santa María del Rey Casto, reconstruida en estilo barroco durante el siglo XVIII.
Siguiendo las trazas establecidas por ambos maestros, se levantaron las tres naves y las capillas laterales bajo la dirección de Juan de Candamo y Juan de las Tablas (1469-1489), continuando posteriormente Bartolomé de Solórzano (1489-1499). Ya en el siglo XVI se emprendieron las obras del pórtico y de la gran torre gótica, concluidas en 1552, culminando así un largo proceso constructivo que se prolongó durante más de siglo y medio.

Durante siglos, numerosos peregrinos que recorrían el Camino Francés abandonaban temporalmente la ruta principal para desviarse hasta Oviedo y venerar aquellas reliquias antes de continuar hacia Compostela.
De esa costumbre nació uno de los dichos más conocidos del mundo jacobeo:

«Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al criado y deja al Señor.»
La frase aparece documentada desde la Edad Media y resume el enorme prestigio espiritual que llegó a alcanzar la catedral ovetense.

Santiago el Mayor, como nuestros lectores conocen de sobra, fue uno de los doce apóstoles de Jesús, hijo de Zebedeo y hermano de Juan el Evangelista, y formó parte del círculo más cercano a Cristo junto a Pedro y Juan.
Precisamente la combinación de fe, historia y leyenda, que envuelve a todo lo relacionado con Santiago, explica buena parte del atractivo del Camino: miles de personas lo recorren hoy por motivos religiosos, culturales, deportivos o personales, compartiendo un itinerario cuya memoria ha permanecido viva durante más de mil doscientos años.

Decir que Oviedo es «el origen del Camino de Santiago» requiere un pequeño matiz. Es evidente que  todos los caminos actuales no comienzan físicamente en la capital asturiana. Lo que sí nació allí fue la primera peregrinación conocida y el primer itinerario jacobeo documentado.  Por eso, cuando uno atraviesa la plaza de la catedral de San Salvador y contempla la estatua de Alfonso II mirando hacia occidente, resulta fácil imaginar aquel instante en que un rey abandonó su corte para seguir una noticia incierta. No podía saber que, tras sus pasos, vendrían millones de peregrinos y que aquel viaje acabaría convirtiéndose en una de las grandes rutas culturales y espirituales de Europa.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 13 de julio de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS CELEBRA SU TRADICIONAL CENA DE VERANO EN EL REAL CLUB NÁUTICO DE SALINAS .

 Pilar de Vicente.

El pasado 10 de julio de 2026, el Real Club Náutico de Salinas fue el escenario elegido para una nueva edición de la tradicional «Cena de Verano del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias». Fundado en 1915 y distinguido con el Real Aprecio por S.M. don Alfonso XIII en 1923, el Club constituye una de las instituciones sociales y deportivas más representativas del Principado. Su privilegiada ubicación frente a la playa de Salinas y su dilatada tradición como escenario de relevantes acontecimientos sociales e institucionales, ofrecieron el marco idóneo para una velada de estas características. La convocatoria brilló por su ambiente acogedor y su carácter distendido, siendo ya una cita ineludible en el calendario estival del Principado.

La invitación para este encuentro, cursada por su consejero magistral, S.A.R. don Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou, reunió a damas, caballeros y amigos de la Corporación.

Grupo de asistentes en las escaleras del Club.

La velada se desarrolló en un entorno idílico donde, además de degustar un menú excepcional, los asistentes disfrutaron de una atmósfera de gran calidez que propició conversaciones hasta bien entrada la madrugada, fortaleciendo así los vínculos entre todos los presentes.

Una jornada para el recuerdo, donde la gastronomía y la amistad fueron las verdaderas protagonistas.

 Pilar de Vicente.

Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 12 de julio de 2026

LA CRUZ DE OVIEDO.

Riestra2026. 

Hay piezas que inequívocamente son obras de arte, otras que son vehículos de la historia y han sabido desafiar al tiempo. La Cruz de los Ángeles podemos afirmar, sin ambages, que es ambas cosas. Desde hace más de doce siglos permanece custodiada en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, no sólo como una de las obras cumbre de la orfebrería altomedieval europea, sino también como el testimonio material de una idea política, religiosa y cultural que marcaría para siempre la identidad del antiguo Reino de Asturias.

La pieza fue ofrecida por el rey Alfonso II el Casto a la iglesia de San Salvador de Oviedo en el año 808, dato que no procede de una tradición posterior, sino de la propia inscripción latina grabada en el reverso de la cruz. Esa inscripción, en si misma, constituye una de las referencias más valiosas del arte medieval hispánico, pues identifica al donante y fija con precisión la fecha de la ofrenda.

La Cruz de los Ángeles responde al modelo de cruz griega, con los brazos ensanchados hacia los extremos. Su estructura interior es de madera, revestida con láminas de oro y enriquecida mediante filigrana, perlas, camafeos y piedras preciosas, muchas de ellas procedentes de entalles romanos reutilizados. La calidad técnica de la obra sitúa a los talleres vinculados a la corte asturiana entre los más refinados de la Europa de comienzos del siglo IX.

Alrededor de esta cruz nació una de las leyendas más conocidas del patrimonio asturiano. Según la tradición, dos jóvenes desconocidos se presentaron en la corte cuando el rey buscaba orfebres capaces de ejecutar una cruz digna de la sede ovetense. Después de desaparecer misteriosamente, dejaron terminada la obra, lo que dio origen a la creencia de que aquellos artesanos eran en realidad ángeles enviados por Dios. Sin embargo, la investigación histórica contemporánea considera este relato una elaboración legendaria surgida siglos después, sin ningún valor como prueba documental del origen de la pieza.

Más allá de la leyenda, la cruz posee un significado histórico de enorme profundidad. Alfonso II convirtió la cruz en el emblema visible de la nueva monarquía asturiana, haciendo de Oviedo el centro político y religioso de su reino. No fue una decisión aislada. Las grandes cruces votivas ofrecidas por los reyes asturianos (la Cruz de los Ángeles en 808, la cruz donada a Compostela por Alfonso III y, finalmente, la Cruz de la Victoria en 908) forman parte de un mismo programa simbólico destinado a expresar la legitimidad de la monarquía cristiana.

Por ello, la Cruz de los Ángeles nunca fue únicamente una joya litúrgica. Era un signo de protección divina, de autoridad regia y de continuidad institucional. Su propia inscripción concluye con una fórmula que resume esa concepción del poder: «Con este signo es protegido el piadoso; con este signo es vencido el enemigo».


Esta dimensión simbólica explica también su estrecha relación con la nobleza asturiana. Los linajes del antiguo Principado desarrollaron su identidad bajo el amparo de aquella monarquía nacida en las montañas cantábricas. Aunque las armas de cada familia respondieran a historias particulares, la cruz se convirtió en un lenguaje común de fidelidad, servicio y memoria. No es casual que numerosas casas nobiliarias incorporasen diferentes tipos de cruces a sus escudos, ni que la propia ciudad de Oviedo adoptara la Cruz de los Ángeles como su emblema permanente.

La cruz patada, como la que nos ocupa, fue uno de los muebles heráldicos de mayor difusión entre numerosos linajes, concejos y poblaciones del norte de la Península desde la Edad Media hasta la actualidad. Su presencia refleja la importancia que este símbolo concreto adquirió como emblema de la identidad cristiana y caballeresca, especialmente en un territorio donde esta cruz y, posteriormente, la Cruz de la Victoria llegaron a convertirse en los iconos por excelencia de todo un reino. Aunque no puede afirmarse documentalmente que todas estas cruces constituyan una representación directa de la Cruz de los Ángeles, resulta evidente que participan del mismo universo simbólico que ésta inauguró en el imaginario político y religioso asturiano.

La repetición de varias cruces dentro de un mismo escudo constituye, además, un recurso frecuente de la heráldica. Diversos autores han señalado que, en la tradición simbólica europea, los números poseían un valor que trascendía el mero aspecto decorativo, si bien la interpretación concreta de cada composición depende del contexto de cada linaje y rara vez puede demostrarse mediante documentación contemporánea. Según la tradición, la disposición y el número de las cruces respondería precisamente a esa voluntad simbólica, otorgando al número un significado especial que hunde sus raíces en antiguas concepciones filosóficas y místicas.

Existe, sin embargo, un vínculo que trasciende las figuras concretas del blasón. Del mismo modo que la Cruz de los Ángeles no fue concebida como un simple objeto precioso, sino como la representación visible de una comunidad política y espiritual, el escudo de armas tampoco es un adorno. Es la expresión condensada de una memoria familiar. La una pertenece al patrimonio de un reino; el otro, al patrimonio de un linaje. Ambos hablan el mismo lenguaje simbólico, el de la continuidad entre generaciones y la representación de un territorio donde se asentaron.

Esta cruz conoció también momentos de tensión. En 1934 la Cámara Santa sufrió graves daños durante la Revolución de Asturias, y en 1977 la cruz fue robada junto con otras piezas del tesoro catedralicio. Tras su recuperación hubo de ser cuidadosamente restaurada. Estos episodios recuerdan hasta qué punto el patrimonio histórico constituye una herencia frágil que cada generación recibe con la obligación de conservar.

Hoy, más de mil doscientos años después de que Alfonso II depositara su ofrenda en San Salvador de Oviedo, la Cruz de los Ángeles continúa siendo el símbolo histórico de la ciudad y una de las obras fundamentales del prerrománico asturiano. En ella convergen la fe, el arte, la monarquía y la memoria de Asturias. Y cuando un escudo de armas conserva la presencia de la cruz como uno de sus elementos principales, no evoca necesariamente una filiación concreta con aquella joya regia, pero sí participa, como ya hemos señalado, de un mismo universo simbólico que desde los días del antiguo reino ha formado parte inseparable de la identidad histórica de Asturias.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 11 de julio de 2026

¿TUVO IFNI SU PROPIA GUARDIA CIVIL, COMO UNIDAD TOTALMENTE AUTÓNOMA, DURANTE LA ADMINISTRACIÓN ESPAÑOLA? (RESPONDEMOS A UN LECTOR).

 Riestra2026.

Hay capítulos de la historia de España que permanecen en un discreto segundo plano, eclipsados por acontecimientos de mayor difusión o por el paso del tiempo. Uno de ellos es, sin duda, el de la Guardia Civil de Ifni, una Unidad prácticamente desconocida para muchos españoles, incluso para quienes sienten interés por la historia militar o por la propia trayectoria de la Benemérita. Precisamente este artículo nace como respuesta a un lector de nuestro blog que nos preguntaba por “aquella Guardia Civil perteneciente al territorio de Ifni”, convencido de que merecía un espacio en nuestra memoria colectiva.

La pregunta no es menor. Durante décadas, miles de guardias civiles sirvieron en un territorio español situado en la costa atlántica africana, desempeñando funciones de seguridad, vigilancia y mantenimiento del orden en un escenario complejo por su geografía, su diversidad tribal y, especialmente, por la evolución política del norte de África durante el siglo XX.

La presencia efectiva de España en Ifni comenzó en 1934, aunque los derechos españoles sobre el territorio se remontaban al Tratado de Wad-Ras, firmado en 1860 tras la Guerra de África. Ese mismo año, el 11 de junio de 1934, el Gobierno de la Segunda República organizó oficialmente la administración del territorio y dispuso la creación de la Guardia Civil de Ifni como elemento esencial para garantizar el orden público y la seguridad. La jefatura y la plana mayor quedaron establecidas en Sidi Ifni, capital del territorio.

La organización reprodujo, en buena medida, el modelo existente en la Península. Conforme se fue formando personal indígena para el servicio, se desplegaron trece puestos repartidos por todo el territorio: Sidi Ifni, Sidi-Uarsak, Sidi-Borya, Hachz de Bifurna, Tenin de Ait-Izihur, Togunfel, Ait-Talaten, Id-Aixa, Tiliuin, Uggu, Sidi-Yennun, Arosi y Asaka. Aquella distribución permitía cubrir prácticamente toda la demarcación mediante un sistema de vigilancia permanente.

Una de las características más singulares de aquella Guardia Civil fue su composición. Junto a guardias civiles procedentes de la Península prestaban servicio numerosos integrantes de origen autóctono, muchos de ellos procedentes de las Fuerzas Regulares Indígenas y de las Mehal-las Jalifianas. Bajo el mando de oficiales de la Guardia Civil procedentes de la Península, esta combinación de personal europeo y nativo permitió adaptar el servicio a las particularidades sociales y geográficas del territorio.

Imágenes: http://www.coleccionguardiacivilagb.com/

El uniforme de la Guardia Civil de Ifni seguía, en líneas generales, la reglamentación del Instituto, aunque incorporaba algunos elementos propios adaptados al servicio en el territorio africano. Su elemento más característico era su distintivo reglamentario: una estrella de cinco puntas superpuesta sobre una media luna, ambas de metal dorado, aprobada por la Orden Circular de 28 de agosto de 1934. Esta insignia se lucía en el cuello de la guerrera, bajo el emblema del Cuerpo, y también, algunas veces, en la parte frontal de la gorra de plato, convirtiéndose en el rasgo más identificativo de aquellos guardias con base en los territorios que componían Ifni. El resto del uniforme respondía a criterios eminentemente prácticos, con prendas adaptadas en su colorido y textura al clima cálido y seco del territorio, sin perder la sobriedad y el porte característicos que la Guardia Civil ha conservado a lo largo de su historia. Aquella sencilla estrella sobre una media luna terminó convirtiéndose en uno de los emblemas más singulares y hoy menos conocidos de la historia del Instituto.

La historia de esta "Unidad" fue, sin embargo, relativamente breve. La Guardia Civil de Ifni, concebida como una organización específica para el territorio, permaneció en activo entre 1934 y 1937, apenas tres años en los que sentó las bases de la seguridad y el orden público en la entonces posesión española. Su desaparición como "Comandancia autónoma" no supuso el final de la presencia del Instituto en aquellas tierras. Dependiendo orgánica y funcionalmente de la Comandancia de Ceuta, los guardias civiles continuaron prestando servicio en Ifni durante toda la administración española del territorio, participando en su vida cotidiana y, años después, afrontando también los difíciles acontecimientos de la Guerra de Ifni.

Durante las dos décadas posteriores la Guardia Civil desarrolló una labor  alejada de los grandes titulares: patrullas, custodia de poblaciones, protección de caminos, persecución del bandolerismo indígena y colaboración con la administración territorial. Sin embargo, aquella relativa estabilidad se quebró en noviembre de 1957.

El 23 de noviembre de ese mismo año, siendo Ifni ya provincia española de pleno derecho, comenzaron los ataques del denominado "Ejército de Liberación Marroquí" contra diversos puestos españoles, dando inicio a la conocida como Guerra de Ifni. Numerosos destacamentos de la Guardia Civil quedaron aislados y soportaron asedios durante semanas en condiciones extremadamente difíciles. La actuación de sus componentes quedó integrada en la defensa general del territorio junto al Ejército, la Legión, los Tiradores de Ifni y otras unidades españolas allí destacadas.
Entre los episodios más recordados figura el cautiverio del cabo primero don Juan Rubio Martos, comandante del puesto fronterizo de Tabelcut, capturado junto con su esposa e hijos. Permanecieron prisioneros durante aproximadamente año y medio hasta su liberación el 6 de mayo de 1959, un hecho que refleja la dureza humana de aquel conflicto más allá de las operaciones militares.

Tras los acuerdos posteriores a la guerra, España cedió a Marruecos la franja de Cabo Juby en 1958, aunque conservó Ifni durante algunos años más. Finalmente, el territorio fue entregado a Marruecos en 1969, poniendo fin a treinta y cinco años de presencia de la Guardia Civil en aquella tierra africana

Hoy apenas quedan ya vestigios materiales, tanto de aquella primitiva institución (que tan solo sobrevivió tres años) como de la posterior fuerza destacada en el territorio durante los años 1937 a 1969, pero sí permanece el recuerdo de quienes sirvieron en condiciones difíciles y, en muchos casos, alejados de sus familias y de la propia Península. La Guardia Civil de Ifni constituye una página poco conocida de la historia militar española, no porque carezca de importancia, sino porque el paso del tiempo la ha ido relegando a un lugar discreto en la memoria colectiva.

Responder a nuestro lector, y supongo que en adelante también amigo, ha supuesto  rescatar una historia que merece ser recordada sin exageraciones ni silencios interesados. Porque conocer la existencia de esta Unidad es comprender una parte de la presencia española en África, de la evolución del Instituto y de un periodo histórico que, aunque poco recordado, forma parte del patrimonio común de nuestra historia.

Riestra2026.

Publicado Por La Mesa de los Notables.

viernes, 10 de julio de 2026

LA «PIEZA METÁLICA QUE CUELGA DEL CUELLO» DE ALGUNOS OFICIALES DEL EJÉRCITO ESPAÑOL (RESPONDEMOS A UN LECTOR).

Riestra2026. 

Hace unos días, un lector de nuestro blog nos envió por mail una curiosa consulta. Había observado a un oficial de Infantería de Marina luciendo, sobre el pecho y suspendida del cuello, una pequeña pieza metálica de aspecto antiguo. Sabía que formaba parte del uniforme, pero desconocía su nombre y, sobre todo, su significado y uso. Aquella insignia a la que se refería era una gola, una de las piezas con mayor carga histórica de la uniformidad militar española.

Aunque no es un elemento exclusivamente español, su pregunta nos pareció una magnífica excusa para profundizar en una pieza que suele pasar desapercibida para la mayoría, pero que atesora varios siglos de historia. Desde su origen como elemento defensivo de las armaduras medievales hasta su actual uso ceremonial en unidades como la Academia General Militar de Zaragoza, el Cuerpo General de la Aramada, la Infantería de Marina o la Guardia Real; la gola ha sobrevivido a la desaparición de las corazas, a las sucesivas reformas de la uniformidad militar y a la propia evolución de los ejércitos. A grandes rasgos, esta es su historia.

Gola de Oficial de la Casa Real Española.


DEL ACERO DE LA ARMADURA AL SÍMBOLO DEL MANDO.

Hay prendas militares cuya historia resulta evidente. El casco, la espada, y el uniforme han evolucionado sin perder nunca su función principal. La gola, en cambio, siguió un camino muy distinto. Nació como una pieza de la armadura destinada a proteger la garganta y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la autoridad militar. Aunque muchos la consideran una reliquia del pasado, continúa formando parte de la uniformidad ceremonial española.

El origen de esta pieza se encuentra en el gorjal o gorguera metálica que protegía el cuello de los hombres de armas durante los siglos XIV, XV y XVI. Integrada en la armadura, esta pieza unía el casco con el peto y protegía una de las partes más vulnerables del cuerpo frente a tajos y estocadas.
La progresiva generalización de las armas de fuego hizo que las armaduras fueran perdiendo utilidad. Entre los siglos XVII y XVIII desaparecieron la mayoría de sus componentes, pero el gorjal sobrevivió. Ya no era una pieza defensiva: reducido a una placa metálica de forma semicircular, suspendida del cuello mediante una cinta o una cadena, pasó a convertirse en un distintivo reservado a los oficiales.
España no fue una excepción. Como ocurrió en otros ejércitos europeos, la antigua protección del cuello evolucionó hasta convertirse en una insignia de mando.

Diferentes gorjales

En un tiempo en la que aún no existían las divisas modernas sobre hombreras o bocamangas, la gola permitía identificar de inmediato a quien ejercía el mando. Su presencia indicaba que su portador ostentaba autoridad delegada por el Rey.

Las piezas conservadas en el Museo del Ejército muestran golas realizadas en metal dorado o plateado, normalmente decoradas con las armas reales o con la cifra del monarca reinante. Más que un simple adorno, constituían un símbolo visible de la condición de oficial.

Las Reales Ordenanzas de Carlos III de 1768, que reorganizaron profundamente el Ejército español, consolidaron una uniformidad cada vez más reglamentada, este texto regula por primera vez en España el uso de la gola para los rangos comprendidos entre coronel y alférez que estuvieran en servicio de armas. En esta etapa es cuando las golas pasan de ser de metal liso a llevar grabados o resaltados diferentes escudos e inscripciones como por ejemplo las iniciales del rey o los símbolos nacionales o del regimiento. 

Durante el siglo XIX la uniformidad militar experimentó una profunda transformación. Las charreteras, galones y las nuevas divisas hicieron innecesaria la antigua gola como sistema de identificación del empleo.
Su desaparición, sin embargo, no fue inmediata. Durante décadas continuó utilizándose en determinados actos y servicios, mientras perdía protagonismo frente a los nuevos distintivos reglamentarios.
A finales del siglo XIX la gola había dejado de ser una prenda de uso general, pero conservaba un importante valor simbólico. Representaba la continuidad histórica del cuerpo de oficiales y recordaba el origen caballeresco de la profesión militar.

En la actualidad, lejos de desaparecer, la gola ha llegado hasta nuestros días como parte de la uniformidad histórica y ceremonial.
La Guardia Real mantiene su uso en determinados uniformes históricos de gala, donde los oficiales lucen una gola dorada con el escudo de la Casa de S. M. el Rey, recuperando una tradición que hunde sus raíces en los siglos XVII y XVIII. Del mismo modo la Academia General Militar de Zaragoza la mantiene en su unifórme de época para los empleos de capitán hasta coronel, con el escudo de la AGM; el Cuerpo General de la Armada la mantiene en determinados servicios y actos, dando una indudable vistosidad a los uniformes.

También la Infantería de Marina, el cuerpo más antiguo del mundo en activo, conserva la gola en determinadas modalidades de uniforme histórico y de representación, especialmente vinculadas a actos solemnes y ceremonias militares.

Arriba:Gola de oficial de la Armada. Abajo Gola de Oficial de la Guardia Real.

Esta continuidad no responde únicamente a criterios estéticos. La gola forma parte del patrimonio histórico de las Fuerzas Armadas españolas y simboliza la permanencia de tradiciones que han sobrevivido a profundos cambios políticos, tecnológicos y organizativos.
La vigente Orden DEF/114/2025, por la que se aprueban las normas de uniformidad de las Fuerzas Armadas, mantiene la gola entre los complementos reglamentarios para el personal y las modalidades de uniforme en que corresponda, lo que demuestra que sigue siendo una pieza oficialmente reconocida dentro de la uniformidad militar española de diversos Cuerpos.

Puede parecer un detalle menor dentro del uniforme, pero esta pieza resume casi cinco siglos de historia militar. En una profesión marcada por la constante evolución de las armas, las tácticas y la tecnología, donde los uniformes han cambiado una y otra vez para adaptarse a las exigencias de cada época, son muy pocas las prendas capaces de atravesar los siglos sin perder su significado. La gola es una de ellas. Nacida como una pieza de acero destinada a proteger la garganta del combatiente, supo reinventarse cuando las armaduras y arneses desaparecieron de los campos de batalla y encontró una nueva razón de ser como símbolo de autoridad, mando y tradición. 

Hoy ya no resguarda a quien la porta, pero continúa ocupando un lugar preeminente en la uniformidad ceremonial de las Fuerzas Armadas españolas. Su presencia recuerda que la historia militar no solo se conserva en los archivos o en los museos, sino también en aquellos pequeños detalles que han sobrevivido al paso del tiempo y que siguen transmitiendo, generación tras generación, el legado, los valores y la identidad de quienes vestimos uniforme.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 9 de julio de 2026

LA VANIDAD DE GOLIAT Y LA PACIENCIA DE DAVID.

 Riestra2026.

Existe una convicción ampliamente extendida entre algunos autores dedicados a disciplinas altamente especializadas: la de que la relevancia de un trabajo depende, en gran medida, del prestigio y la notoriedad del medio que lo publica. Esta misma lógica se hace extensiva a quienes promocionan, a través de esos mismos medios, las actividades impulsadas por sus asociaciones, instituciones o propiamente suyas, con la esperanza de que estas se vean revestidas del prestigio que atribuyen al canal de difusión. Bajo esta premisa, no son pocos los que aspiran a ver sus artículos estampados en las páginas de grandes periódicos, revistas generalistas o suplementos culturales de amplia circulación, persuadidos de que ello les garantizará un mayor número de lectores, una influencia más amplia y, en definitiva, un reconocimiento superior.

Sin embargo, la realidad en determinadas temáticas demuestra justamente lo contrario.

Quienes seguimos ámbitos tan específicos como la heráldica, la genealogía, la nobiliaria, el derecho premial o la historia institucional sabemos que el verdadero lector de estas materias no se encuentra, por lo general, entre el público masivo de la prensa generalista. La experiencia cotidiana y la propia lógica de la especialización indican que el interés por estas disciplinas reside fundamentalmente en comunidades concretas de investigadores, estudiosos, coleccionistas y aficionados con cierto nivel, que buscan deliberadamente contenidos especializados y acuden a los lugares donde estos se publican.

Resulta revelador comprobar cómo artículos de notable erudición publicados en medios de gran difusión pasan completamente inadvertidos para la inmensa mayoría de sus lectores habituales. No es extraño preguntar a quienes consumen regularmente esas publicaciones si han leído determinado trabajo sobre heráldica, órdenes honoríficas o derecho nobiliario y recibir, invariablemente, la respuesta de que desconocían incluso su existencia. No porque el artículo carezca de calidad, sino porque simplemente no forma parte de sus intereses.

Paradójicamente, esos mismos trabajos alcanzan una difusión mucho más significativa cuando son reproducidos, citados o comentados por revistas especializadas, páginas web temáticas, blogs o publicaciones dependientes de asociaciones dedicadas a esas materias concretas. Es entonces cuando el artículo encuentra a su verdadero público: aquel que no solo lo lee, sino que además lo estudia, lo discute y lo incorpora a su propio trabajo intelectual en muchas ocasiones.

La aparente debilidad de estos medios especializados (carentes la mayoría de las veces de presupuesto), su limitada capacidad de promoción o su discreta presencia pública constituye, en realidad, una de sus principales fortalezas. Al dirigirse a un tipo de lector perfectamente definido, logran una eficacia comunicativa que muchas publicaciones generalistas, pese a su enorme difusión, difícilmente pueden alcanzar en ámbitos de conocimiento tan específicos.

La vieja metáfora bíblica vuelve así a adquirir plena vigencia. También en el mundo de la difusión cultural o científica, David continúa derrotando a Goliat. La autoridad real de una publicación no siempre reside en el tamaño de su audiencia, sino en la calidad y pertinencia de quienes la integran. Sin embargo, todavía hay quienes continúan persiguiendo el prestigio nominal de determinadas cabeceras, aunque sus textos apenas sean leídos por el público al que verdaderamente pretenden dirigirse.

Porque, al final, la cuestión esencial no es dónde se publica un artículo, sino quién lo lee.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.


miércoles, 8 de julio de 2026

EL PALACIO DE HERNANDO DE OVANDO: CINCO SIGLOS DE HISTORIA VIVA TRAS UNA FACHADA RENACENTISTA.

Pilar de Vicente. 

El casco antiguo de Cáceres es un laberinto de piedra donde el tiempo parece haberse detenido. Al pasear por la emblemática plaza de Santa María, es inevitable detener la mirada en las imponentes fachadas de los palacios medievales y renacentistas que la custodian. Sin embargo, hay un edificio que destaca no solo por su belleza exterior, sino por el extraordinario tesoro que guarda de puertas hacia dentro: el Palacio de Hernando de Ovando.

Mientras que la mayoría de los inmuebles históricos de la ciudad han acabado convertidos en museos, hoteles o sedes institucionales, este palacio presume de un hito excepcional: sigue perteneciendo a la misma línea familiar que lo fundó hace quinientos años.


Un linaje ligado al Nuevo Mundo.

El origen del palacio nos traslada a los primeros años del siglo XVI. Fue mandado levantar por don Hernando de Ovando y su esposa, doña Mencía de Ulloa. La importancia de este apellido en la época era mayúscula. Hernando era hermano de Nicolás de Ovando, una figura clave en la cronología hispánica al convertirse en el primer gobernador de las Indias tras el convulso mandato de Cristóbal Colón.

Esta posición de poder y cercanía con los Reyes Católicos quedó inmortalizada en la propia arquitectura; en la portada renacentista de la plaza de Santa María, aún pueden apreciarse los dos medallones con los rostros esculpidos de los fundadores.

Arquitectura concebida "hacia dentro".

El palacio se organiza en torno a un bellísimo patio rectangular de dos alturas, adornado con arcos, elegantes columnas, galerías y una frondosa vegetación.

Esta disposición responde a la filosofía constructiva de la nobleza extremeña de la época: palacios volcados hacia su propio centro, buscando la intimidad, la luz interior y la protección frente al exterior. Desde este patio se distribuyen las estancias que componen la vivienda:
Salones señoriales: Espacios que conservan tapices, lámparas de época y mobiliario original acumulado por generaciones.
Bibliotecas y corredores: Auténticas cápsulas del tiempo donde se alinean retratos de antepasados.

A diferencia de un monumento vacío, aquí la historia convive con la cotidianidad. Salvo la lógica modernización de los cuartos de baño, la estructura apenas ha sufrido alteraciones en medio milenio.

El Archivo de los Condes de Canilleros: el corazón documental de Cáceres.

Más allá de la riqueza arquitectónica, el palacio custodia una joya de incalculable valor para los investigadores y amantes de la historia: el Archivo de los Condes de Canilleros.
Custodiado en estanterías, este archivo privado alberga legajos, libros de herencias, mayorazgos y testamentos indispensables para entender el pasado socioeconómico de Extremadura. Entre sus fondos más espectaculares se encuentran cartas firmadas de puño y letra por la mismísima Isabel la Católica, además de otros documentos reales que certifican el peso político que la familia Ovando ostentó ante la Corona.

Entre la grandiosidad de los pergaminos reales y los retratos nobiliarios, el palacio esconde un tierno secreto familiar: una extensa colección de pájaros decorativos repartida por las estancias. Se trata de un homenaje de los actuales propietarios a su abuela fallecida, una gran amante de las aves, lo que supone un recordatorio de que, antes que monumento, este palacio sigue siendo un hogar.

Fuente: El Periódico de Extremadura.-Gonzalo Lillo-

 Pilar de Vicente.

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