Alejandro Riestra Martínez.
Hay emblemas que se leen como si fueran páginas de la historia. El escudo de la Legión Española pertenece sin duda a los de esta clase, no es solo una insignia bordada o grabada, sino una síntesis de virtudes, memoria y espíritu de soldado. En él, la simbología se transforma en relato, y las armas de otro tiempo que lo componen hablan con voz viva del carácter de quienes sirven bajo su signo.
En sentido estricto, sin embargo, el
emblema de la Legión no puede considerarse un escudo heráldico propiamente
dicho. Carece de campo (elemento esencial de la heráldica clásica) y no se
ajusta plenamente a las normas que rigen esta disciplina. Se trata, más bien,
de un emblema de carácter simbólico, concebido para expresar de manera
directa la identidad y el espíritu del Cuerpo al que representa.
La utilización de armas cruzadas como
distintivo tampoco fue exclusiva de la Legión ni de España. Durante el siglo
XIX numerosos ejércitos europeos adoptaron este tipo de símbolos para
identificar cuerpos o especialidades: fusiles cruzados para la infantería,
cañones para la artillería, sables o espadas para la caballería, anclas para
las fuerzas navales y armadas, etc. Este lenguaje visual ofrecía ventajas evidentes:
era claro, fácilmente reconocible y podía reproducirse con sencillez en
uniformes, botones, insignias o banderas, transmitiendo de inmediato la
naturaleza militar de la unidad.En ese
contexto simbólico debe situarse el origen del emblema legionario.
Su concepción se inscribe en el proceso de
organización del Tercio de Extranjeros, impulsado por su fundador el entonces Teniente Coronel don José Millán-Astray. Aunque su autoría se
le atribuye al entonces Capitán de Infantería don Justo Pardo Ibáñez, su adopción como
símbolo se produjo bajo la autoridad del propio Millán-Astray, que buscaba dotar a la
nueva unidad de una iconografía capaz de evocar la tradición militar española y
reforzar la identidad de sus hombres.
La adopción del emblema se produjo en el
marco de las disposiciones organizativas que regulaban el nuevo Cuerpo tras su
creación por el Real Decreto de 28 de enero de 1920, promulgado durante el
reinado de don Alfonso XIII. Mediante esta norma se autorizaba la formación del
Tercio de Extranjeros, embrión de la actual Legión Española. Con el paso del
tiempo, diversas órdenes y reglamentos militares consolidaron el uso del
emblema como símbolo propio de la Unidad (más concretamente en 1923 siendo
publicadas, las atinentes al mismo, en el Diario Oficial número 263 de ese año). Cuando
el Tercio de Extranjeros pasó a denominarse Legión Española, el distintivo se
mantuvo sin alteración, convirtiéndose en una de las señas más reconocibles de
la tradición militar española.
Tres armas de la guerra antigua se entrecruzan en una composición austera y solemne, unidos por la corona real. El conjunto evoca de inmediato, como pretendía el capitán Pardo Ibáñez, a la larga sombra que siempre han proyectado los viejos Tercios Españoles sobre nuestros Ejércitos, aquellos soldados que hicieron de la disciplina, la resistencia y el honor una forma de vida y de combate.
La ballesta se alza como símbolo de
paciencia y precisión. Fue arma de hombres templados, capaces de esperar el
instante oportuno mientras el campo de batalla se estremecía a su alrededor. En
su cuerda tensada parece resonar una lección antigua: el valor no siempre se
manifiesta en el ímpetu, sino también en la firmeza serena de quien domina el
miedo y mantiene el pulso firme. La ballesta representa ese
temple interior que no se quiebra ante la adversidad y que convierte la calma
en fuerza.
El arcabuz, por su parte, irrumpe en el
emblema como una llamarada histórica. Con él lucharon los arcabuceros de los
Tercios en los campos de Europa, portadores de una nueva manera de combatir:
decidida, audaz, resuelta a avanzar incluso cuando el humo y el estruendo lo
cubrían todo. El arcabuz encarna el impulso
ofensivo, la voluntad de acometer y la determinación de no retroceder. Es la
metáfora del coraje activo, del espíritu que no espera a que el destino se
pronuncie, sino que lo desafía.
La alabarda, erguida y severa, introduce
la dimensión del honor. Durante siglos fue arma de guardias selectos, custodios
de banderas y soberanos, centinelas del orden y de la lealtad. En la simbología encarna la fidelidad al juramento, la nobleza del servicio y la
disposición permanente a proteger aquello que se ama y se defiende: la bandera, el camarada,
la patria. Si la ballesta habla de templanza y el arcabuz de audacia, la
alabarda recuerda que el valor alcanza su sentido más alto en la lealtad.
Sobre estas armas la corona
real, símbolo de continuidad histórica y de servicio a España. Bajo su
presencia se reúnen siglos de tradición militar, desde las gestas de los
Tercios Imperiales hasta el espíritu moderno del Tercio Legionario. No es un
mero ornamento protocolario: es el vínculo que une a generaciones de soldados
en una misma vocación de sacrificio.
Quizá la enseñanza más profunda del
emblema resida en la forma en que estas armas se entrelazan. Ninguna domina a
las demás; todas convergen en una armonía férrea que expresa una verdad
esencial del espíritu legionario: la fuerza nace de la unión.
Así como las
armas se cruzan para formar un símbolo único, también los hombres del Tercio se
funden en una hermandad, sin igual, donde el individuo se engrandece en el
conjunto.
Quien contempla este emblema por primera vez, sin conocer su historia, quizá únicamente pueda adivinar en él un haz de armas antiguas con determinada estética. Pero quien conoce el
espíritu del Tercio sabe que está viendo reflejada la imagen misma del
legionario: templado en la dificultad, resuelto en la acción, fiel hasta el
sacrificio.
Y así, entre acero, historia y
símbolos, el escudo continúa proclamando una verdad sencilla y eterna: que hay
hombres para quienes el honor no es una palabra, sino una forma de vivir. Y si
llega el momento, también de morir.
Publicado por La Mesa de los Notables.








