martes, 6 de octubre de 2026

LOS ALETOS: HALCONES DE INDIAS EN LAS CORTES DE LOS REYES DE ESPAÑA.

Antonio de Castro García de Tejada.
Halconero Mayor del Reino.

Durante la Edad Media y buena parte del Antiguo Régimen, la cetrería fue mucho más que una modalidad de caza. Constituyó una actividad estrechamente vinculada a las formas de vida de la nobleza y de las monarquías europeas. El elevado coste de las aves, su mantenimiento y adiestramiento, la necesidad de disponer de halconeros especializados, caballos y extensos territorios de caza hicieron de ella una manifestación de rango y prestigio. Reyes y grandes señores intercambiaron halcones como regalos diplomáticos, mantuvieron complejas organizaciones de caza y convirtieron determinadas especies —gerifaltes, neblíes, sacres o borníes— en bienes extraordinariamente apreciados.

A este mundo aristocrático llegó, durante el siglo XVI, una sorprendente novedad procedente del recién descubierto continente americano: los aletos.

Uno de los primeros testimonios españoles inequívocos se encuentra en el Libro de cetrería de Luis de Zapata de Chaves, terminado hacia 1583, que dedica un capítulo a «los halconcillos de las Indias aletos». Zapata los describe como pequeños, de alas cortas y cola larga, excelentes para la caza de perdices, codornices y picazas, y reconoce que todavía sabía poco de ellos por ser aves «nuevas acá».

La frase refleja perfectamente la novedad que representaban. Aquellas rapaces atravesaban el Atlántico en las flotas de Indias y algunos ejemplares alcanzaban precios extraordinarios. Desde España fueron enviados también a otras cortes europeas. Se documentan aletos destinados al emperador Rodolfo II, a los Médici y a otras grandes casas principescas. El francés Charles d'Arcussia, uno de los principales tratadistas europeos de cetrería, llegó a describirlos a comienzos del siglo XVII como aves recientemente conocidas y procedentes de las nuevas tierras occidentales.

El Inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios reales (1609), proporciona otro testimonio particularmente interesante al señalar que ciertos pequeños halcones del Perú habían sido llevados a España, donde eran llamados aletos. Poco después, el portugués Diogo Fernandes Ferreira, en su Arte da Caça de Altaneria (1616), afirmaba expresamente que se criaban en las «Indias de Castilla» y que llegaban con las flotas a Sevilla.

Todo ello permite considerar a Sevilla como uno de los principales puntos europeos de recepción y distribución de estas rapaces americanas.

La identificación zoológica del aleto histórico continúa planteando, sin embargo, algunos problemas. Actualmente se denomina halcón aleto al Falco femoralis, o halcón aplomado americano, y existen buenos argumentos para identificar con esta especie a las aves descritas por los autores de los siglos XVI y XVII. No obstante, también se han propuesto rapaces del género Micrastur, y no puede excluirse completamente que el término «aleto» llegara a aplicarse a más de una especie americana.

En España, aquellos halcones no quedaron reducidos a una curiosidad exótica. Felipe III utilizó aletos en su cetrería, y durante mis investigaciones sobre la historia de la Real Caza de Volatería pude localizar entre la documentación conservada en el fondo de los duques de Frías noticias que muestran hasta qué punto estas aves terminaron incorporándose a la organización cinegética de la Monarquía.

Entre ellas destaca especialmente el nombramiento de Juan de Cuevas como «cazador de los aletos» del Rey. El dato es de considerable interés porque demuestra que la utilización de estas rapaces americanas llegó a adquirir entidad suficiente para contar con un servidor especializado dentro de la Real Caza de Volatería.

La documentación se conserva actualmente en el Archivo Histórico Nacional, Sección Nobleza, fondo Frías, entre los papeles procedentes de la Casa de Velasco, duques de Frías, cuyos titulares estuvieron históricamente vinculados al oficio de Cazador Mayor del Rey. Parte de estos documentos inéditos los di a conocer en mis trabajos sobre la cetrería de la Monarquía española.

El caso de los aletos constituye así un pequeño pero fascinante capítulo del intercambio entre ambos mundos después del descubrimiento de América. Habitualmente recordamos los caballos y ganados que viajaron desde Europa hacia las Indias o las plantas americanas que hicieron el camino inverso. Mucho menos conocida es la llegada a Europa de animales americanos destinados a incorporarse a prácticas tradicionales del Viejo Mundo.

Durante algunas décadas, aquellos pequeños halcones cruzaron el océano, desembarcaron en Sevilla, fueron enviados como objetos preciosos a las cortes europeas y terminaron volando sobre los campos españoles al servicio de los propios reyes.
Y uno de ellos dejó incluso tras de sí algo tan singular como un oficio: el de cazador de aletos del Rey.

Bibliografía esencial.
CASTRO GARCÍA DE TEJADA, Antonio de, trabajo sobre la Real Caza de Volatería en ALVAR EZQUERRA, Alfredo y RUIZ RODRÍGUEZ, José Ignacio (dirs.), Túnez 1535. Halcones y halconeros en la diplomacia y la monarquía española, Madrid, 2010.
CASTRO GARCÍA DE TEJADA, Antonio de, «La cetrería y los reyes de España», Doce Linajes de Soria, 2016.
ZAPATA DE CHAVES, Luis, Libro de cetrería, 1583, cap. CXIX, «De los halconcillos de las Indias aletos».
GARCILASO DE LA VEGA, Inca, Comentarios reales de los Incas, Lisboa, 1609.
FERNANDES FERREIRA, Diogo, Arte da Caça de Altaneria, Lisboa, 1616.
TEIXEIRA, Dante Martins, «As rapineiras neotropicais na Europa dos séculos XVI e XVII (Aves, Falconidae, Accipitridae)», Arquivos de Zoologia, 53 (5), 2022, pp. 73-105.

Publicado por La Mesa de los Notables.


lunes, 5 de octubre de 2026

EL MARQUÉS DE LA FLORESTA RECIBIDO COMO ACADÉMICO DE HONOR EN LA REAL ACADEMIA EUROPEA DE DOCTORES.

 

Desde su fundación en 1914, la Real Academia Europea de Doctores, integrada en el Instituto de España, ha estado comprometida con la defensa del prestigio del título de Doctor y ha velado por mantener la armonía y la más estrecha colaboración entre sus miembros.

El pasado lunes 28 de septiembre se ha reunido en sesión solemne en Barcelona para recibir al Excmo. Sr. Dr. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Marqués de la Floresta, Doctor en Derecho, en Ciencias Políticas y en Historia, como Académico de Honor de la RAED, con el discurso “El Palau Reial Nou de Barcelona (1387-1875)”.

El discurso de recepción del Dr. Ceballos-Escalera ha reconstruido la trayectoria histórica del Palau Reial Nou de Barcelona, edificio desaparecido que ocupó durante casi cinco siglos un lugar central en la vida política, mercantil, militar y cortesana de la ciudad. Situado en el Pla de Palau, junto al puerto, el inmueble nació a finales del siglo XIV como almacén de trigo y fue transformándose sucesivamente en mercado de paños, sala de armas, arsenal, residencia de los virreyes y capitanes generales de Cataluña y, finalmente, Palacio Real y sede judicial. 

A través de estas sucesivas funciones, el discurso ofrece una lectura de la evolución urbana e institucional de Barcelona desde la Baja Edad Media hasta la Restauración alfonsina de 1875, deteniéndose en episodios como la Guerra dels Segadors, la Guerra de Sucesión, la presencia de Felipe V y del archiduque Carlos, las reformas neoclásicas y las distintas visitas de la Familia Real.

Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila ( imagen:archivo de este blog).

Especial atención recibe la etapa isabelina, cuando el edificio fue acondicionado desde 1845 como residencia de Isabel II y adoptó definitivamente el nombre de Palau Reial Nou. El discurso describió tanto su singular reforma exterior de inspiración neogótica, como la riqueza de unos interiores en cuya decoración participaron centenares de artistas y artesanos barceloneses, convirtiendo el palacio en una muestra destacada de la pujanza de las artes decorativas y de la industria barcelonesa del momento. 

Tras la caída de Isabel II en 1868, el inmueble entró en una rápida decadencia, fue destinado a sede judicial y cuartel de Carabineros y terminó destruido por un incendio el día de Navidad de 1875. Su desaparición cerró una historia de casi cinco siglos, de la que hoy pervive principalmente el nombre del Pla de Palau, convertido en memoria urbana de un espacio estrechamente vinculado al comercio, al gobierno y a la presencia de la Corona en Barcelona.

En nombre de la Real Academia, le dio la bienvenida el Excmo. Sr. Dr. Joaquim Gironella Coll, Vicepresidente de la Junta de Gobierno, Doctor en Medicina y Cirugía, quien glosó el discurso e hizo la ‘laudatio’ de la figura y la trayectoria egregia del nuevo Académico de Honor, antiguo catedrático que ostenta tres doctorados en tres universidades públicas distintas, pertenece a nueve Reales Academias, y es autor de 54 libros y casi 700 monografías y artículos publicados.


Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 4 de octubre de 2026

JUAN PABLO SÁNCHEZ-INFANTE ABORDA LA HISTORIA DE FUENSALIDA Y EL PODER SEÑORIAL EN LA TIERRA DE TOLEDO EN UNA CONCURRIDA SESIÓN ACADÉMICA

 

Fuensalida, 26 de septiembre de 2026. - Juan Pablo Sánchez-Infante Hernández protagonizó una concurrida sesión académica de la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos (STEHG), organizada junto con el Ayuntamiento de Fuensalida, con una conferencia dedicada a la evolución histórica de Fuensalida y a su papel en la configuración señorial de la tierra de Toledo durante la Edad Media.

La sesión, celebrada en la Casa de la Cultura, contó con una magnífica respuesta de público y se enmarcó en los actos conmemorativos del XLV aniversario de la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos.
El eje de la misma fue la conferencia de Sánchez-Infante Hernández, titulada «De alquería a condado: Fuensalida y el poder señorial en la tierra de Toledo en los siglos XII-XV». Durante su intervención, el conferenciante abordó la evolución histórica de la localidad desde sus orígenes como alquería y analizó su progresiva incorporación a las estructuras señoriales que marcaron durante siglos la organización territorial de la tierra de Toledo.

La jornada comenzó con las palabras del presidente de la STEHG, José María San Román Cutanda, quien agradeció al Ayuntamiento de Fuensalida su colaboración y subrayó la importancia de acercar la investigación histórica a los municipios y, especialmente, a aquellos lugares directamente relacionados con los hechos y procesos objeto de estudio.
A continuación, intervino el alcalde de la localidad, José Jaime Alonso Díaz-Guerra, que dio la bienvenida a los asistentes y puso de relieve el valor de iniciativas destinadas a profundizar en el conocimiento del pasado de la localidad y a contribuir a la difusión de su patrimonio histórico.

A lo largo de su conferencia, Sánchez-Infante permitió al público adentrarse en varios siglos fundamentales para comprender la formación histórica de Fuensalida. Partiendo de sus orígenes como alquería, analizó las transformaciones políticas, territoriales y señoriales experimentadas por la localidad entre los siglos XII y XV, situándolas dentro del contexto más amplio de la tierra de Toledo.
La temática, estrechamente vinculada con la propia historia de Fuensalida, despertó un notable interés entre el numeroso público asistente y convirtió la sesión en un punto de encuentro entre la investigación académica, la historia local y la divulgación.

La celebración de esta jornada tuvo además un significado especial para la Sociedad Toledana de Estudios Heráldicos y Genealógicos, que durante 2026 conmemora su XLV aniversario. En este año de celebración, la institución está reforzando su vinculación con la provincia y acercando parte de su programación académica a sus municipios.
En este contexto, la sesión de Fuensalida constituye un hito en la historia de la STEHG, al tratarse de la primera sesión académica celebrada por la institución fuera de la ciudad de Toledo y de la primera de una serie de sesiones que se desarrollarán en distintos municipios de la provincia.



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sábado, 3 de octubre de 2026

UNA CARTA DESDE EL SOLAR DE TEJADA.

 

Queremos compartir con todos los lectores de La Mesa de los Notables un detalle que hemos recibido recientemente y que, sinceramente, nos ha hecho especial ilusión.
Hemos tenido el honor de recibir una carta del Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, firmada por su Alcalde Mayor, don Fernando de Herrera y Hume, en la que tiene la amabilidad de reconocer la labor que, desde este blog, venimos realizando para compartir con todos nuestros lectores las actividades, noticias y eventos que ha venido protagonizando el Solar de Tejada en estos últimos años.

La misiva, fechada en la Casa Solar de Tejada el día 2 de octubre, reconoce expresamente la colaboración de La Mesa de los Notables y la difusión que desde estas páginas hemos procurado hacer de la realidad histórica y actual de esta singular institución.
En ella se nos agradece “la constante ayuda” prestada desde el blog y se destaca, asimismo, la "disposición y generosidad" con la que hemos llevado a cabo esta labor. Son palabras que recibimos con enorme gratitud y que, por su significado, no hemos querido dejar de compartir con todos vosotros.

Cuando se mantiene durante años un espacio como este, no siempre se es consciente del alcance que pueden llegar a tener las cosas que se escriben y publican, ni de quién se encuentra al otro lado de la pantalla. Por eso resulta especialmente gratificante recibir una carta como esta, procedente de una institución de tanta antigüedad, relevancia histórica y singularidad como el Antiguo e Ilustre Solar de Tejada.

Hay escritos que, precisamente por llegar de manera tan inesperada, adquieren un valor especial. Y este es, sin duda, uno de ellos.
No queríamos, ni podíamos, dejar pasar la ocasión sin agradecer públicamente al Solar de Tejada esta deferencia y, muy especialmente, a don Fernando de Herrera y Hume sus palabras, su atención y la consideración que ha tenido hacia este blog.

Para quienes hacemos La Mesa de los Notables, constituye una verdadera satisfacción saber que el trabajo realizado durante estos años ha servido, aunque sea modestamente, para contribuir a la difusión de las actividades y de la historia de esta antigua y singular corporación nobiliaria española.
Y, por supuesto, la carta queda desde hoy incorporada a ese pequeño conjunto de documentos que uno conserva con especial cariño, que no son otros que aquellos que, más allá de su contenido, guardan también el recuerdo de una atención recibida y de una labor que alguien, desde el otro lado, ha sabido valorar.

Abundo en nuestro más sincero agradecimiento al Antiguo e Ilustre Solar de Tejada y a su Alcalde Mayor, don Fernando de Herrera y Hume.

Feliciano Riestra.

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viernes, 2 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VIII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO VIII. EL UNIFORME.

En el retrato que preside mi gabinete, don Rigoberto viste uniforme de gala. Lleva siglo y medio con él puesto y, hasta donde yo sé, nunca se ha quejado.

Los retratos presentan muchas ventajas.

Siempre me han gustado los uniformes cuando tienen una razón para existir. Hay prendas que son algo más que ropa. Un uniforme puede expresar una función, una jerarquía, una pertenencia o una prerrogativa de honor. Puede recordar a quien lo lleva que durante unas horas no se representa únicamente a sí mismo, circunstancia que resulta saludable para bastante gente.

Algunas antiguas corporaciones recibieron incluso de los Reyes el privilegio de utilizar uniforme propio. En determinados casos se concedió a sus miembros la facultad de vestirse a semejanza de los oficiales de los ejércitos reales, precisamente para que fueran públicamente reconocidos como personas principales.

Aquello tenía una lógica sencilla.
El Rey concedía primero el honor.
Después venía el uniforme.
Nunca al contrario.

Esta diferencia, que no me parecía especialmente complicada, empezó a interesarme cuando Ataúlfo ingresó en una corporación y decidió hacerse el suyo.

Me telefoneó una mañana desde una sastrería.

—Necesito que vengas.
—¿Qué ha ocurrido?
—El cuello.
—Ve al médico.
—El del uniforme.

Debí imaginarlo.

La sastrería ocupaba un principal cerca de la Puerta del Sol. Conservaba grandes espejos, armarios de madera oscura y varias fotografías antiguas de militares que parecían contemplar con cierta severidad todo lo confeccionado después de 1914. Ataúlfo estaba sobre una pequeña tarima con una casaca azul todavía sin terminar. El sastre corregía el cuello con esa resignación profesional que sólo se adquiere después de muchos años vistiendo a personas para actos solemnes.

—¿Qué te parece? —preguntó mi primo.
—Todavía tiene alfileres.
—Me refiero al conjunto.

Miré la casaca. Era elegante. También considerablemente militar.

—¿Vas a una guerra?

Ataúlfo me miró.

—Es el uniforme de la Corporación.
—Eso me tranquiliza.

Sobre una silla había un sombrero apuntado. En otra descansaba una espada.

—¿También espada?
—Forma parte del uniforme.
—¿Tenéis caballería?

El sastre bajó la cabeza.
Ataúlfo me explicó que la espada era puramente ceremonial.

—Entonces me cae mejor.

Sobre una mesa había dejado el reglamento de uniformidad. Describía el cuello, los bordados, los botones, las bocamangas, el pantalón, el tahalí, la espada, el sombrero y los guantes con un grado de precisión que muchas instituciones reservan para asuntos de menor importancia.

La bocamanga, sin embargo, estaba equivocada.

—Está conforme al dibujo que me entregaron —dijo el sastre.

Ataúlfo sacó otra hoja.

—Éste es el nuevo.
—¿Cuándo lo cambiaron?
—El martes.

El hombre volvió al trabajo.


Algunas instituciones se perpetúan durante siglos.
Otras modifican las bocamangas los martes.
Seguí leyendo. El uniforme debía llevarse en actos solemnes, ceremonias religiosas, representaciones oficiales y determinadas ocasiones expresamente autorizadas.

—Está muy regulado.
—Tiene que estarlo.

En eso coincidíamos. Un uniforme sin reglas deja pronto de ser uniforme. La palabra exige que varias personas acepten parecerse entre sí durante unas horas, cosa que en algunas corporaciones constituye ya un mérito considerable.

—Lo que no entiendo —dije— es por qué tiene que parecer un uniforme militar.

Ataúlfo se contempló en el espejo.

—Porque está inspirado en uniformes históricos.
—Eso ya lo veo.
—Muchas corporaciones antiguas los tuvieron.
—También tuvieron privilegios concedidos por los Reyes.
—No todo uniforme necesita una concesión regia.
—Naturalmente que no.

Aquello pareció sorprenderlo.
Ataúlfo empezó a defenderse antes de que yo hubiese terminado de atacarlo.

—Los niños llevan uniforme en algunos colegios. Los jueces, fiscales, abogados y procuradores llevan toga. Los militares llevan uniforme. Ninguna de esas prendas necesita ser una prerrogativa nobiliaria.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces no entiendo qué problema tienes.
—Los escolares no procuran parecer coroneles.

El sastre volvió a bajar la cabeza.
Ataúlfo suspiró.

—No queremos parecer militares.

Miré la espada. Después el sombrero. Después los bordados.
Volví a mirarlo.

—Lo estáis disimulando admirablemente.
—Es una indumentaria ceremonial.
—Eso sí lo comprendo.

Y lo comprendía de verdad.

Una corporación puede decidir adoptar hoy una vestimenta propia. Puede ser sobria, solemne, bella y perfectamente adecuada. Incluso puede inspirarse en formas históricas. Las tradiciones no tienen obligación de haber comenzado en la Edad Media.
Lo que me producía cierta reserva era otra cosa: la necesidad de tomar prestada la apariencia de una función que no se ejercía.

El uniforme militar no es respetable porque tenga galones, espada o bordados. Esos elementos son respetables porque detrás hubo primero una función, una disciplina y un servicio.
Cuando un Rey concedía a una corporación el privilegio de vestir a semejanza de sus oficiales, precisamente el honor consistía en eso: había sido concedido.
Concederse uno mismo la apariencia y concederse después el significado me parecía un procedimiento excesivamente económico.

—No nos hemos concedido ningún honor —dijo Ataúlfo.
—Eso me tranquiliza.
—Sólo hemos aprobado un uniforme.
—Entonces llamémoslo uniforme.
—Eso hacemos.
—Y no antigua prerrogativa.
—Nadie ha dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo me miró.

—Tienes una opinión bastante mala de nosotros.
—En absoluto. Tengo una opinión prudente del futuro.

El sastre pidió a Ataúlfo que levantase los brazos. Mi primo obedeció.

—Además —añadió—, hemos encargado un estudio histórico muy serio.
—¿Sobre qué?
—Uniformes de corporaciones españolas de los siglos XVIII y XIX.
—Muy sensato.
—Colores, cortes, bordados, reglamentos...
—¿Y la bocamanga?

Ataúlfo guardó silencio.
—La del martes —aclaré.
—Eso es una cuestión técnica.
—La Historia también empezó siendo actualidad.

No respondió.

La casaca, debo reconocerlo, le sentaba muy bien.
Aquello complicaba mis objeciones. Siempre es mucho más cómodo criticar una extravagancia cuando además está mal cortada.

El sastre levantó entonces la espada.

—Hay que probar el tahalí.

Ataúlfo se la ciñó. Era una pieza hermosa, fabricada en Toledo, con el emblema de la corporación en la empuñadura.

Se contempló en el espejo.

—Da mucha dignidad al conjunto.
—Las espadas suelen hacerlo.
—¿Te gusta?
—Mucho.

Pareció satisfecho.

—¿Ves?
—¿Sabes utilizarla?
—No tengo que utilizarla.
—Entonces me gusta todavía más.

Tres semanas después asistí al estreno oficial del uniforme. Fui de chaqué.
Ataúlfo me recibió en el vestíbulo con casaca azul, pantalón claro, sombrero apuntado, guantes y espada.

—Has venido de chaqué.
—Lo indicaba la invitación.
—Podrías haberte puesto uniforme.
—No tengo.
—Podrías hacerte uno.
—¿De qué?

No respondió inmediatamente.
Aquello me pareció una pregunta bastante útil.

Había una docena de caballeros vestidos del mismo modo. El efecto conjunto era francamente elegante y me alegré de que así fuese.

Uno de ellos caminaba con cierta precaución porque todavía no había aprendido a convivir con la espada. Otro descubrió al atravesar una puerta, con el sombrero bajo el brazo, que determinadas indumentarias requieren nociones de geometría que no figuran en los estatutos.

Un tercero preguntó dónde debía dejar los guantes durante el almuerzo. Nadie lo sabía. La institución había regulado perfectamente cómo debían ser. Qué hacer con ellos pertenecía todavía al Derecho consuetudinario.

Antes de comenzar el acto se acercó un conocido.

—Magnífico uniforme.

Ataúlfo agradeció el cumplido.
El hombre examinó los bordados.

—¿Es antiguo?
—No. Lo acabamos de aprobar.
—Pues lo parece.

Ataúlfo sonrió.

—Ésa era la idea.

Me miró de reojo.
Yo no dije nada. No hacía falta.

Después del acto hubo un almuerzo. Las espadas fueron distribuyéndose alrededor de las sillas con distinta fortuna y, a la hora del café, varios sombreros habían terminado amontonados sobre una mesa auxiliar. Por primera vez aquella tarde parecían haber encontrado una función común.

Ataúlfo se acercó.

—Bueno. Ya lo has visto terminado.
—Sí.
—¿Y?
—Me gusta.

Aquello pareció decepcionarlo.

—¿De verdad?
—Mucho.
—Entonces no entiendo todo lo que has dicho.
—No he dicho que un uniforme nuevo sea malo.
—Ya.
—Ni que una corporación no pueda crear una tradición.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Casi.

Ataúlfo apoyó la taza.

—Otra vez.
—Una tradición nueva puede ser perfectamente digna. Lo único que necesita es tiempo.
—Todas las tradiciones tuvieron alguna vez un primer día.
—Exactamente.

Miré las casacas.

—Y no les ocurrió nada por admitirlo.

Nos marchamos poco después.

Mientras bajábamos la escalera, la espada de Ataúlfo golpeó suavemente el pasamanos. Mi primo la sujetó.

—Habrá que acostumbrarse.
—Dale unos siglos.

Me miró.

—Idiota.

Seguimos bajando.

Toda tradición tuvo alguna vez un primer día.
El problema empieza cuando, al segundo, alguien encarga que la envejezcan.

El vizconde de Malvavisco.

Artículo relacionado: “Galones de Papel” (Blog La Mesa de los Notables 4 de marzo de 2026).

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.   Nota Aclaratoria   Capítulo I.      Capítulo II.     Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.    Capítulo VII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

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jueves, 1 de octubre de 2026

CONGRESO «MAYORAZGO, CONSERVACIÓN Y DISPERSIÓN DE OBRAS DE ARTE, LINAJE Y SISTEMA ARTÍSTICO (SIGLOS XVI-XXI)».

 

Los días 24 y 25 de noviembre de 2026, la Real Academia de la Historia (calle del León, n.º 21, Madrid) acogerá el Congreso «Mayorazgo, conservación y dispersión de obras de arte, linaje y sistema artístico (siglos XVI-XXI)», organizado por el Centro de Estudios de la Nobleza, dependiente de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, en colaboración con el proyecto de investigación M/ARTE. «Mayorazgo y campo artístico. Impacto de una estructura ideológica en la construcción del canon social del arte en el mundo ibérico y sus conexiones» (UNED), PID2023-146321NB-I00, financiado por la Agencia Estatal de Investigación, Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Para más información y descargar el programa del Congreso en formato pdf: aquí.

El encuentro está coordinado por Whitney Marie Dennis (Saint Louis University-Madrid), José Miguel Hernández Barral (Universidad Complutense de Madrid) y Antonio Urquízar Herrera (Universidad Nacional de Educación a Distancia). Las conferencias programadas reunirán a investigadores procedentes de diferentes universidades e instituciones nacionales e internacionales.

El programa se articula en cinco sesiones temáticas, con un total de catorce conferencias, que tendrán lugar en el auditorio de la Real Academia de la Historia.

La propuesta plantea una conversación académica centrada en el impacto del mayorazgo sobre el sistema artístico, con el objetivo de profundizar en el conocimiento de los mecanismos de gestión, conservación y dispersión del patrimonio material y simbólico nobiliario. Asimismo, pretende promover un cambio de perspectiva en la comprensión de la conformación del canon artístico y de la experiencia de la temporalidad de las obras de arte.

El planteamiento aborda un proceso de larga duración histórica que comprende los tres siglos transcurridos desde las Leyes de Toro de 1505 hasta la abolición definitiva del mayorazgo en 1841. Este periodo coincide con el desarrollo del ciclo humanista que contribuyó a conformar el canon artístico tradicional, así como con los posteriores procesos de reconfiguración y gestión de los patrimonios que conducen hasta las fundaciones actuales.

Para más información: https://www.rmcr.org/



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miércoles, 30 de septiembre de 2026

JOSÉ MANUEL Y EL REY.


Sobre aquello que no explican los manuales.


Fernando de Herrera Hume.

 

Hoy he asistido, en representación del Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, al Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, celebrado en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, bajo la presidencia de S. M. el Rey.

La solemnidad del acto militar, la celebración religiosa y el incomparable marco del monasterio componían una de esas jornadas en las que las instituciones parecen adquirir una dimensión que trasciende a quienes circunstancialmente las representan. Sin embargo, al regresar a casa, lo que ocupa mis pensamientos no ha sido el recuerdo del esplendor de un acto militar brillantemente organizado, algo que a los civiles siempre nos llama mucho la atención, o el coro de voces blancas que elevó mi alma en la ceremonia religiosa, o la solemnidad que hay en cada lugar de ese monasterio en el cual Felipe II recibió la noticia de la victoria de Lepanto, sino el encuentro fortuito con un hombre.

Al finalizar los actos, los asistentes nos trasladamos al Patio de Carruajes del monasterio, donde aguardábamos la llegada de S. M. para el tradicional brindis y, posteriormente, tener ocasión de saludarlo y expresar nuestros respetos. Mientras esperábamos, un hombre se puso a mi lado, estaba en silla de ruedas y deseaba acercarse al Rey. Lo saludé y me presenté. Se llamaba José Manuel.

Ilustración recreada mediante inteligencia artificial a partir de los hechos relatados por el autor.

Entablamos una breve conversación. Me contó que padecía una enfermedad degenerativa para la que no existía cura. Primero había perdido la movilidad de las piernas, después, la de una mano. La enfermedad había continuado avanzando hasta afectar también a funciones básicas. Me explicó, con una franqueza que todavía me impresiona, que aquel proceso seguiría su curso, paralizando progresivamente otros órganos hasta alcanzar, finalmente, los pulmones y el corazón.

Mientras lo escuchaba, pensé en lo terrible que debe de resultar asistir conscientemente al desmoronamiento del propio cuerpo. Saber que mañana acaso se pierda una facultad que todavía se conserva hoy. Contemplar cómo se estrechan las posibilidades de la existencia sin poder hacer nada para detener ese proceso. No supe muy bien qué decirle. Hay circunstancias ante las cuales las palabras, por elaboradas que sean, resultan insuficientes. Le dije que rezaría por él.

Y, sin embargo, allí estaba José Manuel, en aquel patio de El Escorial, esperando con ilusión la llegada del Rey. Cuando S. M. se aproximó, me aparté para facilitarle el paso con su silla de ruedas. El Rey lo saludó, se detuvo a escucharlo y le dirigió unas palabras. Fue un encuentro breve, como necesariamente han de serlo tantos otros en esta clase de actos, pero suficiente para que José Manuel pudiera cumplir su deseo. Fui testigo de ese encuentro.
Después me agradeció mucho el gesto de haberle dejado mi sitio. Le reiteré que pediría por él y nos despedimos. En este viaje de vuelta no puedo dejar de pensar en aquel hombre y ese encuentro.

Quienes nos hemos formado en Derecho estamos acostumbrados a estudiar las instituciones a partir de sus atribuciones, naturaleza jurídica, legitimidad y funciones. La Corona no constituye una excepción. Podemos dedicar páginas enteras a analizar su posición constitucional, su condición de símbolo de la unidad y permanencia del Estado o el significado de la representación institucional, pero esta mañana, en El Escorial, he comprendido algo que difícilmente puede transmitirse mediante las categorías de un manual.

Para José Manuel, el Rey no era en aquel momento una abstracción constitucional ni una figura sobre la que elaborar una reflexión política. Era alguien a quien deseaba conocer, una persona a la que quería saludar mientras todavía podía hacerlo.
Desconozco qué significaba exactamente para él aquel encuentro. No se lo pregunté y tampoco pretendo interpretar sus sentimientos, pero aquella escena me hizo reflexionar sobre una dimensión de la Corona que acaso pasamos por alto: su capacidad para hacer presente, mediante una persona, algo que de otra manera permanecería en el terreno de lo abstracto.

Los símbolos no son únicamente signos destinados a transmitir conceptos. Forman parte de nuestra memoria colectiva, pero también pueden adquirir un significado íntimo, ligado a las circunstancias particulares de cada individuo. En ocasiones, su verdadero alcance no se descubre en las grandes ceremonias, sino en esos pequeños gestos que permiten establecer una relación humana. La representación se convierte entonces en presencia. Y la presencia permite algo que ninguna abstracción puede ofrecer por sí sola: un encuentro.

No pretendo convertir el sufrimiento de José Manuel en un argumento político, ni extraer de aquel saludo conclusiones que excedan lo sucedido. Su dignidad es anterior e infinitamente más importante que cualquier ceremonial. Precisamente por eso me ha conmovido aquella escena. En medio de una celebración de gran solemnidad institucional, lo verdaderamente significativo para mí terminó siendo una experiencia profundamente humana.

Quizás nuestra sociedad, tan acostumbrada a reducirlo todo a conceptos, procedimientos y categorías, haya perdido cierta capacidad para comprender el valor de los gestos. Nos resulta sencillo explicar qué representa la Corona in abstracto, pero bastante más difícil comprender qué puede llegar a significar para alguien saludar a S. M. el Rey in concreto.
Un saludo no puede modificar el curso de una enfermedad, pero puede proporcionar un instante de felicidad a quien afronta una existencia marcada por el sufrimiento y la incertidumbre. Y ese instante, por efímero que sea, no admite medida.

Hoy acudí a El Escorial representando a una institución histórica cuyos privilegios han sido confirmados durante siglos por los sucesivos soberanos españoles. Era consciente de la significación institucional de aquella jornada y de lo que suponía participar en ella, pero regreso pensando en José Manuel. En su cuerpo, que lentamente va dejando de responderle. En su voluntad, que todavía encuentra motivos para ilusionarse. En aquel deseo aparentemente sencillo de estrechar la mano del Rey.

Ser testigo silencioso de ese encuentro trae a mi mente el mismo pensamiento que resuena como una campana entre esos muros de piedra. Mientras nos afanamos por alcanzar metas, acumular reconocimientos y resolver tantas cuestiones que juzgamos trascendentales, alguien que contempla de cerca el final de su vida puede encontrar una alegría inmensa en algo tan sencillo como un saludo.
Sé que no volveré a ver a José Manuel. No sé cómo transcurrirán sus próximos días, pero conozco su nombre, sé que hoy cumplió una ilusión y recuerdo la promesa que le hice.

Esta noche rezaré por él. Y sé que mañana también.


En el tren de Madrid a Sevilla, 28 de septiembre de 2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.