sábado, 5 de septiembre de 2026

CUANDO LAS PLANTAS SE CONVIERTEN EN EMBLEMA.

 Riestra2026.


Algunas notas sobre la emblemática japonesa (V). 


Hay una hermosa manera en japón de hacer que una planta deje de ser simplemente un elemento vegetal y se convierta en emblema. En el reducido espacio de un círculo, el mundo vegetal pierde volumen y color adquiriendo otra naturaleza, la del símbolo. Eso es lo que ocurre con los kamon de inspiración vegetal. 

Aunque, como ya hemos dicho en entradas anteriores, estos símbolos suelen compararse con los escudos de armas europeos pero su historia y su lógica son diferentes. Y entre sus innumerables motivos (animales, astros, fenómenos naturales, objetos, caracteres, etc) las plantas ocupan un lugar extraordinariamente importante. El crisantemo, la paulownia, la malva, la glicinia, el bambú, el cerezo o el ciruelo aparecen una y otra vez, sometidos a una operación estética muy japonesa, como es la de reducir la naturaleza a una forma clara, memorable y reproducible.

Pero esta costumbre no empieza exactamente con los kamon. Mucho antes de que una planta identificara a un clan ya formaba parte del vocabulario visual de las élites japonesas.
Durante el período Heian (794-1185), la aristocracia de la corte desarrolló un complejo repertorio de diseños conocido como yūsoku mon’yō. Se empleaban en vestimentas, mobiliario, objetos personales, arquitectura y vehículos. Entre sus motivos había flores, hojas, árboles y otros elementos naturales. Algunos diseños eran repetitivos y se encerraban en formas geométricas; otros combinaban diferentes elementos vegetales.

La propia tradición de los patrones japoneses, por tanto, es anterior al desarrollo de los kamon como emblemas. Los yūsoku mon'yō constituyeron una de las bases de las tradiciones decorativas posteriores, entre ellas los propios kamon.
Es importante hacer aquí una precisión histórica. No debe confundirse cualquier representación antigua de una planta con un kamon. Una flor representada sobre una tela Heian no era necesariamente un emblema. El kamon nace como signo identificativo, mientras que el motivo vegetal existía ya dentro de una cultura ornamental mucho más amplia.

La naturaleza que había servido durante siglos como repertorio ornamental podía ahora condensar una identidad. El árbol, la flor o la hoja dejaban de ser únicamente elementos hermosos para poder identificar a la persona que los llevaba como miembro de un clan.

Con el período Kamakura y el ascenso de la clase guerrera, el signo adquirió una función mucho más urgente. En el campo de batalla, como ya hemos dicho en varios de estos capítulos,  no había tiempo para sutilezas cortesanas. Había que distinguir rápidamente aliados y enemigos. Los emblemas comenzaron a aparecer en armaduras, estandartes, banderas y otras partes del equipamiento militar.

La consecuencia estética fue decisiva. Un emblema militar debía poder reconocerse a distancia, por eso los motivos vegetales que triunfaron como kamon. Una planta es reducida a sus elementos esenciales, tres hojas, una flor, un tallo, una disposición simétrica. La complejidad de la naturaleza se convierte en claridad gráfica. No es casualidad que los kamon vegetales tengan con frecuencia una apariencia casi abstracta. El objetivo no era pintar una planta. Era conseguir que unas pocas líneas fueran suficientes para reconocer de inmediato a un clan.


La paulownia: un árbol convertido en signo de poder.

Entre las plantas asociadas a la emblemática japonesa, pocas tienen una trayectoria tan importante como la paulownia. Sus flores y hojas fueron utilizadas como motivo decorativo y, posteriormente, como emblema. Existen numerosas variantes del kirimon, hasta el punto de que las flores pueden organizarse según cantidades concretas: por ejemplo, disposiciones conocidas como go-san no kiri y go-shichi no kiri, según el número de flores de cada grupo.

La paulownia también quedó vinculada al poder político. El Museo Británico conserva, por ejemplo, un ōban (una gran moneda de oro del Japón premoderno) cuya marca floral reproduce la paulownia; la fuente del museo señala que este motivo acabaría utilizándose también en sellos oficiales del gobierno y en sellos imperiales.

La historia de esta planta demuestra algo importante: un motivo vegetal podía circular entre diferentes ámbitos de la cultura visual japonesa. Podía aparecer en una bandera, en una moneda, en una decoración arquitectónica o sobre un objeto lacado sin que todas esas apariciones tuvieran exactamente la misma función. La planta era la forma; el contexto determinaba el significado.

El crisantemo, de flor a emblema imperial.

Hay otra planta cuya historia es inseparable de la autoridad imperial, como es el crisantemo (kiku). Era ya un motivo decorativo y auspicioso mucho antes de convertirse en el símbolo imperial que hoy resulta familiar. Una pieza de laca conservada por el Metropolitan Museum of Art, fechada a finales del siglo XV, combina crisantemos y paulownias y documenta el uso de ambas plantas como motivos auspiciosos y también como emblemas militares.

La asociación imperial del crisantemo se consolidó históricamente, y su uso fue adquiriendo restricciones específicas. Una fuente de la Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón recoge la tradición según la cual el emperador Go-Toba (1180-1239) sentía especial predilección por el motivo del crisantemo, que progresivamente se convirtió en un emblema de la casa imperial. También documenta las restricciones posteriores sobre determinadas formas del crisantemo y del conjunto crisantemo-paulownia. Así, una flor podía recorrer un camino extraordinario, de motivo natural a ornamento, de ornamento a emblema, y de emblema a signo de autoridad.

La malva de los Tokugawa.

Quizá ningún otro motivo vegetal esté tan inmediatamente asociado a un clan guerrero como la aoi, la malva empleada en el célebre emblema de los Tokugawa.
La historia es particularmente reveladora porque conecta una planta con un lugar y con una tradición religiosa. La Biblioteca de la Dieta Nacional recoge que la planta representada en el emblema de los Tokugawa es la futaba-aoi, también llamada Kamo-aoi, considerada una planta sagrada relacionada con los rituales del santuario Kamo de Kioto. Según esta referencia, familias vinculadas a ese entorno utilizaron la aoi como motivo; los Matsudaira (antecesores de los Tokugawa) emplearon una forma de dos hojas y los Tokugawa desarrollaron el conocido diseño de tres hojas de aoi.

El famoso mitsuba-aoi terminó convertido en uno de los emblemas más reconocibles del Japón del período Edo. La imagen es casi paradójica, una planta relativamente delicada acabó identificando a una de las estructuras políticas más poderosas del Japón premoderno.

Sengoku. La planta como silueta contra el cielo.

Durante las guerras civiles de los siglos XV y XVI, la identificación visual alcanzó una importancia extraordinaria. Los clanes utilizaban sus signos en estandartes, campamentos, armas y vestimentas.La sencillez se convirtió en una virtud militar.

Una flor complicada podía resultar magnífica sobre un objeto de lujo, pero un signo destinado a verse entre centenares de hombres necesitaba otra lógica. Las fuentes japonesas describen los motivos empleados por los samuráis como diseños generalmente simples, de un solo motivo, concebidos para resultar impresionantes y reconocibles desde lejos.
Es en ese contexto donde se entiende mejor la peculiar estética de los kamon vegetales. No son plantas observadas desde la distancia corta del jardín. Son plantas convertidas en siluetas.

De la guerra a la ciudad, la larga paz del período Edo.

La llegada del período Edo transformó nuevamente la función de los emblemas.Japón entró en un largo período de estabilidad política bajo el shogunato Tokugawa. Los kamon continuaron existiendo, pero su utilización se extendió mucho más allá de los guerreros. Según el Gobierno de Japón, durante este período comenzaron a utilizarlos también comerciantes y habitantes de las ciudades; los emblemas servían para identificar, ya no a clanes, sin o también a gremios, comerciantes y negocios. Y ocurrió algo particularmente fértil para las plantas: la horticultura floreció.

Durante el Edo aumentó el cultivo de plantas ornamentales y, paralelamente, creció la variedad de motivos vegetales empleados en el diseño japonés. La documentación oficial sobre los patrones japoneses señala, por ejemplo, la enorme popularidad de la asagao, la campanilla o morning glory, durante el siglo XIX, especialmente en los diseños de los kimonos de verano. La planta ya no necesitaba justificar su presencia por la guerra. Podía ser simplemente bella, pero seguía conservando la memoria de un sistema visual en el que naturaleza e identidad habían estado estrechamente unidas.


El pino, el ciruelo, el bambú y el mundo de los buenos augurios.

No todas las plantas tuvieron la misma función ni todas fueron igualmente importantes como kamon. Conviene, además, separar el simbolismo general de la decoración japonesa del significado específico que pudiera tener un determinado emblema.
El pino, el bambú y el ciruelo, por ejemplo, forman desde hace siglos una célebre tríada de motivos auspiciosos. El uso de plantas como imágenes de buena fortuna está ampliamente documentado en el arte y las artes decorativas japonesas.

Un estudio publicado en J-STAGE sobre motivos vegetales en piezas de cerámica japonesas de finales de Meiji y comienzos de Shōwa encontró que más de la mitad de las 256 piezas estudiadas presentaban plantas; entre las más frecuentes estaban precisamente el pino y el ciruelo, tradicionalmente utilizados como motivos auspiciosos. No todo pino significa automáticamente “longevidad”, ni todo bambú significa necesariamente “resiliencia” dentro de un kamon concreto. Esas asociaciones existen en la cultura simbólica japonesa, pero el significado de un emblema concreto depende también de su historia y del clan o casa que lo utilizó.
El diseño japonés es simbólico, sí; pero no funciona exactamente como un diccionario en el que cada planta tenga una única traducción.

El siglo XIX. El mundo vegetal se ensancha.

El final del Edo y la modernización de Japón modificaron profundamente el paisaje cultural. La tradición de los motivos vegetales no desapareció. Al contrario, se encontró con nuevas plantas, nuevos gustos y nuevas formas de representación. Los estudios sobre los diseños textiles del período Meiji y Taishō muestran cómo las flores occidentales comenzaron a incorporarse progresivamente a los diseños japoneses. La rosa, por ejemplo, adquirió una presencia particular como símbolo de lo occidental en el Japón de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Los kamon, sin embargo, conservaron en buena medida su lenguaje formal tradicional: motivos reducidos, composición equilibrada y una marcada tendencia a la claridad gráfica.

Cuando el emblema deja de ser una bandera de guerra.

La Restauración Meiji terminó con el sistema político de los Tokugawa y transformó el orden social. En 1875, el nuevo gobierno estableció la obligación general de adoptar apellidos, algo que anteriormente estaba limitado en principio a determinados grupos sociales. El cambio propició la relación entre apellido y emblema.
El kamon sobrevivió porque ya había dejado de ser exclusivamente una insignia guerrera. Podía aparecer en un kimono ceremonial, en una tumba, en una casa o en determinados objetos familiares. El Gobierno de Japón señala que su uso ceremonial continúa en la actualidad, especialmente en prendas formales y en lápidas.

En el Japón contemporáneo, los kamon siguen formando parte de la cultura visual. La cantidad exacta de diseños depende de cómo se clasifiquen, pero fuentes oficiales japonesas hablan de miles de diseños que se basan exclusivamente en flores, plantas, hojas y otros elementos naturales.

Su presencia moderna resulta especialmente interesante porque revela hasta qué punto ha cambiado la función del símbolo. Un kamon ya no necesita servir para distinguir dos ejércitos en el polvo de una batalla. Puede aparecer en un funeral, una boda, un kimono formal, una entrada o una tradición familiar. Y esa continuidad explica en parte por qué los kamon resultan tan modernos a nuestros ojos. Son ancestrales, pero poseen una economía visual que podría pertenecer a un logotipo contemporáneo. 

Una “heráldica” sin bestiario dominante y llena de jardines.

Desde la perspectiva occidental, quizá lo más llamativo sea precisamente lo que falta.
La heráldica europea desarrolló un extenso repertorio de leones, águilas, unicornios, castillos, espadas y criaturas fantásticas. Los kamon japoneses conocen también animales, armas, objetos y fenómenos naturales, pero los motivos vegetales tienen una presencia extraordinaria. Y las colecciones de museos lo confirman materialmente, una hoja de roble sobre una prenda de un samurái, ramas de myōga en un estandarte, paulownias en objetos lacados, crisantemos sobre muebles, flores y hojas sobre armaduras.

La Glicinia (fuji). Uno de los motivos vegetales más antiguos y prestigiosos. Su nombre está ligado al linaje Fujiwara, y posteriormente fue utilizado por numerosas casas guerreras, entre ellas los Kuroda. El Museo de la Ciudad de Fukuoka documenta el fuji-mon de los Kuroda.

El Ciruelo (ume) posee una larga tradición simbólica y artística en Japón. La familia Maeda, señores de Kaga, utilizó como emblema una flor de ciruelo estilizada, documentada en una armadura conservada por el Metropolitan Museum.

 Mokkō. Es uno de los diseños más característicos de la heráldica guerrera. El clan Oda utilizó una variante del mokko-mon, documentada en retratos y prendas militares de Oda Nobunaga. También fue empleado por la familia Hotta.

Acedera (katabami): Sus tres hojas forman una de las siluetas más reconocibles de los kamon. Fue utilizada por diversas familias guerreras, entre ellas los Sakai, cuyo ken-katabami está documentado en repertorios del Museo de la Ciudad de Nagoya.


La Genciana (rindō): aparece a menudo como sasa-rindō, combinando las flores de genciana con hojas estilizadas. La familia Ishikawa, que gobernó Matsumoto a comienzos del período Edo, utilizó este diseño como emblema.

La Saeta de agua (omodaka): planta acuática reconocible por sus hojas en forma de flecha. La familia Mizuno empleó el maru ni tachi omodaka, todavía visible en las tejas históricas del castillo de Matsumoto.

El Roble( kashiwa): El roble aparece en numerosos emblemas de clanes con ramas familiares de alto rango. El Metropolitan Museum conserva un jinbaori perteneciente a la familia Makino, decorado con tres hojas de roble dentro de un círculo.

La Peonía (botan): tuvo una importante presencia en la cultura aristocrática y en las artes decorativas. Un ajuar de la familia Konoe, una de las grandes casas aristocráticas de Kioto, conserva la peonía como emblema; también aparece documentada en la tradición del clan Shimazu.

El Naranjo tachibana (tachibana): es un antiguo cítrico japonés y dio nombre al clan Tachibana, uno de los linajes de la aristocracia de Nara y Heian.

El Bambú y sasa  (take / sasa)aparece tanto solo como combinado con otros motivos. El ejemplo más célebre es el take ni suzume, bambú y gorriones, asociado a la familia Date, tanto en Sendai como en Uwajima.

Pino (matsu): Uno de los árboles más importantes de la iconografía japonesa. El pino, junto con bambú y ciruelo, como ya hemos dicho, forma la tríada auspiciosa shōchikubai. También aparece como motivo heráldico en diversas casas guerreras, entre ellas la de Hosokawa.

Cerezo (sakura). Aunque su presencia en la cultura japonesa es enorme, su papel como kamon fue más limitado que el que podría sugerir su fama actual. El clan Hosokawa utilizó el cerezo como uno de sus kaemon, según la documentación del Museo Municipal de Yatsushiro.

Lo extraordinario de estos kamon está precisamente en esa transformación, la naturaleza pierde volumen y movimiento para convertirse en una forma mínima y reconocible. Un jardín reducido a una firma.
Quizá ahí esté la clave de toda esta historia. Los kamon japoneses no nos muestran la naturaleza tal como la encontraríamos en un bosque. La comprimen. La ordenan. Eliminan lo accidental. Dejan sólo aquello que permite reconocerla. La planta, al entrar en el mundo del emblema, deja de crecer y se vuelve eterna.

Una glicinia ya no necesita ramas que trepen realmente por una pared. Un crisantemo no necesita marchitarse. Tres hojas de aoi pueden representar una casa durante generaciones. La paulownia puede aparecer sobre una bandera, una moneda, un tejado o un kimono y seguir siendo reconocible.

Durante siglos, los japoneses llevaron flores y hojas a la guerra, a la corte, a las ciudades y a las ceremonias. Cambiaron los regímenes, desaparecieron los samuráis, se modernizó el Estado y llegaron nuevas formas artísticas. Pero el lenguaje permaneció.
Quizá por eso, cuando uno mira un kamon vegetal, la sensación no es la de contemplar una ilustración antigua. Es la de encontrarse con una naturaleza que ha aprendido a convertirse en memoria.

Riestra2026.

Artículos relacionados (hacer click sobre el capítulo para leerlo):
Capítulo I
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 4 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO IV-.

 
El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.


CAPÍTULO IV. EL CARGO LE SIENTA BIEN.


Todas las corporaciones necesitan una cabeza.

Algunas la llaman presidente. Otras, hermano mayor, decano, alcalde mayor, gran maestre, lugarteniente o prior. Existen instituciones que llevan varios siglos utilizando una denominación cuyo significado sólo conocen quienes aspiran a ocuparla.

No tengo nada contra ello.

Siempre he pensado que una corporación empieza a adquirir verdadera personalidad cuando su máximo responsable necesita explicar de dónde procede la denominación de su cargo durante una cena.

Mi primo Ataúlfo vino a verme una tarde para anunciarme que su Corporación buscaba nueva cabeza visible.

—Necesitamos a alguien importante.
—¿No tenéis ninguno dentro?

Me miró.

—Alguien conocido.
—Eso es distinto.

Querían «dar un salto institucional»: más presencia, más reconocimiento, más relaciones y más proyección.

—¿Y para qué sirve la Corporación?

Ataúlfo frunció el ceño.

—Ya sabes para qué sirve.
—Entonces llevamos ventaja.

Conservaban un archivo, organizaban actividades culturales, sostenían obras benéficas y mantenían una tradición histórica muy respetable.
Todo aquello me pareció suficiente.
A ellos no.
Habían encontrado al candidato perfecto.

Era un hombre conocido en los ambientes adecuados. Había ocupado cargos importantes, presidía una fundación, pertenecía a varias instituciones, conocía embajadores, académicos, empresarios y algunas personas que aparecían en fotografías detrás de los Reyes. No sabía si trataba personalmente a los Reyes. A quienes salían detrás, desde luego si.

Tenía además un apellido excelente.

Ataúlfo consideraba esto último completamente irrelevante y llevaba diez minutos mencionándolo.

—Nos va a abrir muchas puertas.
—Espero que encuentre alguna cerrada.
—Malvavisco.
—¿Y por qué quiere presidiros?
—Porque cree en la Corporación. Y puede ayudarnos muchísimo.
—Eso lo comprendo. Lo que intento averiguar es para qué le servís vosotros a él.

Ataúlfo me miró con auténtico desconcierto.

Aquello me tranquilizó.

Ganó la elección por una mayoría suficiente para que quienes habían apoyado al otro candidato pudieran asegurar después que siempre habían confiado en él. La unanimidad tiene muchas formas. La más frecuente consiste en alcanzarla después del escrutinio.

Prometió «poner su prestigio, su experiencia y sus relaciones al servicio de la Corporación».

Y durante los primeros meses lo hizo.

Consiguió una recepción importante, llevó a una personalidad relevante a uno de sus actos y logró que una institución extranjera contestase una carta que llevaba dos años sin respuesta.

Ataúlfo estaba exultante.

—Ahora nos toman en serio.
—Eso es importante.
—Antes también nos tomaban en serio.
—Entonces habéis progresado muchísimo.

 El problema comenzó algo después.
 Una mañana Ataúlfo apareció con el teléfono en la mano.

 —El jueves tienes que venir.

 Pronunció el nombre de una fundación.

 —¿Qué celebra la Corporación?
—No es de la Corporación.
—Entonces ya hemos avanzado bastante.
—Lo organiza el presidente. Quiere que vayamos todos.

Me enseñó el mensaje.

«Considero muy importante que nuestra Corporación esté ampliamente representada».

—¿Tiene algo que ver con vosotros?
—No directamente.
—¿Indirectamente?

Ataúlfo dudó.

—Es una causa muy importante.
—Eso responde a otra pregunta.
—Él lleva años apoyándola.
—También.

Le devolví el teléfono.

—Yo pensaba que lo habíais elegido para que os ayudara él a vosotros.

Ataúlfo fue.

Una semana después me enseñó las fotografías.
El presidente aparecía en el centro. Detrás se distinguían seis miembros de la Corporación.

—Quedó muy bien.
—Muchísimo.

Amplié la imagen.

—¿Por qué lleváis las insignias?
—Nos pidió que fuéramos con ellas.
—¿Era un acto vuestro?
—No.
—Entonces supongo que quería que se os reconociera.
—Exactamente.
—¿A vosotros?

Ataúlfo me quitó el teléfono.

—Siempre tienes que buscar algo.

No tuve que buscar demasiado.

 


Estaba en el centro de la fotografía.

El presidente era un hombre extraordinariamente activo. Presidía una fundación, formaba parte de dos asociaciones, colaboraba con una iniciativa internacional y dirigía unas jornadas anuales.

Había ocupado tantos cargos que, cuando hablaba en público, resultaba prudente esperar al membrete para saber en nombre de quién lo hacía.

Los miembros de la Corporación empezaron a recibir invitaciones.
Después peticiones.
Más tarde adhesiones.

«Sería conveniente que...»
«Ruego a quienes puedan...»
«Considero importante que apoyemos...»

La primera persona del plural posee una extraordinaria capacidad para repartir esfuerzos. Permite que una idea nazca en singular y el trabajo aparezca repartido entre todos. Nadie estaba obligado a nada. Todos empezaban a sentirse obligados a casi todo.

Un día Ataúlfo me explicó que la Corporación iba a apoyar a un conocido del presidente para recibir determinada distinción.

—¿Quién ha decidido que apoyéis esto? —pregunté.
—El presidente lo ha propuesto.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—La Junta está de acuerdo.
—¿Ya se ha reunido?
—Todavía no.
—Admiro la rapidez.—¿La merece?
—Sin duda.
—Entonces espero que se la den.
—Además, el presidente nos ha ayudado muchísimo.

Aquello me interesó.

—¿Entonces ahora le debéis algo?
—No he dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo cogió una copa.

—Las relaciones institucionales funcionan mediante reciprocidad.
—Pensaba que funcionaban mediante estatutos.
—No seas ingenuo. La lealtad va en dos direcciones.
—Buena frase.
—Me alegra constatar que estamos de acuerdo.
—Casi.
—¿En qué no?
—En que últimamente las dos direcciones parecen ir hacia él.

Ataúlfo bebió.

—Siempre tienes que encontrar un problema.
—No. A veces viene con señalización.
 

Conocí finalmente al presidente durante una cena de la Corporación.
Era culto, educado e inteligente.
Esto perjudicó bastante mis posibilidades de divertirme.
 

Me habló con verdadero entusiasmo de la institución.

—Aquí hay empresarios, diplomáticos, profesores, profesionales... Tenemos una red magnífica. Esta magnífica red hay que ponerla al servicio de las buenas causas.
—Es una frase excelente.

Pareció agradecérmelo.

—¿De cuáles?
—De las que lo merezcan.
—¿Quién decide?

Vaciló sólo un instante.

—La Junta, naturalmente.

Aquello me pareció impecable.
Después me habló de varias causas que lo merecían.
Curiosamente, ya las defendía antes de ser presidente.
Al terminar encontré en el vestíbulo una mesa con folletos.
Cogí uno.
Era de su fundación.
Otro, de una asociación que presidía.

Había un tercero.

—¿También suyo? —pregunté a Ataúlfo.
—No exactamente. La fundó él.

Cogí el cuarto.

Ataúlfo me lo quitó de la mano.

—Ése sí es de la Corporación.
—Me alegra saber que habéis conseguido sitio en la mesa.

Dejé los folletos.

—Tiene una vida muy completa.
—Precisamente por eso lo elegimos. 

La frase era perfecta.
Lo habían elegido porque hacía muchas cosas.
Ahora ellos hacían muchas cosas porque lo habían elegido.

El asunto alcanzó cierta perfección el día del principal acto anual de la Corporación.

La víspera me llamó Ataúlfo.

—Tenemos un problema.
—Eso mantiene viva nuestra amistad.
—El presidente no puede venir. Tiene otro acto.
—¿Qué preside esta vez?

Eran unas jornadas de su fundación.
Empezaba a comprender que aquel hombre no tenía conflictos de agenda, sino de presidencia.

—Ha mandado un mensaje muy cariñoso.
—Eso compensará la silla vacía.
—Y quiere que después vayamos algunos a la clausura.
—¿También él vendrá al vuestro después?
—No puede.
—La lealtad debe de haber encontrado tráfico en una de las dos direcciones.

El acto de la Corporación se celebró perfectamente sin su presidente.
Aquello demostró algo que algunas instituciones olvidan: pueden sobrevivir varias horas sin su cabeza visible.

Ataúlfo y otros miembros acudieron después a la clausura.

Dos días más tarde me enseñó la fotografía.

El presidente figuraba en el centro. A su alrededor había autoridades, ponentes y varios miembros de la Corporación.

—Dimos mucha presencia —dijo.
—Eso veo.

Amplié la fotografía.

—¿Dónde estás?

Ataúlfo señaló una cabeza en la segunda fila.

—Aquí.
—La presencia ha quedado discretamente distribuida.
—La Corporación se está haciendo muy conocida gracias a él.
—¿Y esta fotografía a quién ayuda?
—A todos.
—Magnífico. Las fotografías verdaderamente buenas tienen esa virtud.

Le devolví el teléfono.

—¿Recuerdas por qué lo elegisteis?
—Por su prestigio, sus contactos, su capacidad de representación...
—Para que ayudara a la Corporación.
—Exactamente.
—Y ahora asistís a sus actos, respaldáis sus iniciativas, apoyáis sus candidatos y os ponéis las insignias cuando necesita gente detrás.
—No siempre llevamos las insignias.
—Eso cambia completamente el asunto.

Ataúlfo se levantó.

—Lo planteas como si nos utilizara.
—No he dicho eso.
—¿Entonces?
—Que quizá vosotros empezasteis. Lo elegisteis porque queríais utilizar su prestigio.
—En beneficio de la Corporación.
—Naturalmente.
—No es lo mismo.
—No exactamente.

Se hizo un pequeño silencio.

—Vosotros queríais vestiros un poco con su nombre. Y él ha descubierto que la Corporación también le sienta bastante bien.

Ataúlfo sonrió a pesar suyo.

—Eres insoportable.
—Eso no requiere cargo.

Ya en la puerta se volvió.

—En cualquier caso, reconocerás que el cargo le sienta muy bien.

Lo miré.

—Demasiado bien, quizás.

Se marchó.

Me quedé mirando a don Rigoberto.

Durante siglos las instituciones han vestido a quienes las representan con uniformes, insignias, tratamientos, collares, varas y dignidades. Era una forma de recordar que, durante algún tiempo, aquel hombre representaba algo que había comenzado antes que él y debía continuar después.

El problema empieza cuando deja de estar claro quién viste a quién.
Hay personas que visten una institución.
Y otras que se visten de ella.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.
Capítulo I.
Capítulo II.
Capítulo III.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables. 

 


jueves, 3 de septiembre de 2026

LLEGA A LA RADIO Y A SPOTIFY NUESTRA ENTREVISTA SOBRE LOS CONDES DE HOLANDA Y LA ORDEN DE SANTIAGO.

 

El pasado 22 de agosto publicamos en nuestro blog una entrevista exclusiva que nos concedió Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfur, dedicada a los Condes de Holanda y su relación con la Orden de Santiago.

La entrevista fue conducida magistralmente por el barón Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast, quien dirigió una interesante conversación en torno a la trayectoria  de la Orden y sus vínculos con la historia europea.

Esta misma semana hemos vuelto a publicar la entrevista en inglés, a petición de numerosos lectores de nuestro blog procedentes de países de habla inglesa, poniendo así sus contenidos a disposición de un público internacional aún más amplio.

Ayer mismo tuvimos conocimiento de que esta entrevista ha tenido repercusión en varios programas radiofónicos de habla inglesa, siendo además difundida en formato pódcast a través de Spotify.

En el programa, además de abordar distintos aspectos de la trayectoria histórica de la Orden de Santiago, se hace referencia a nuestro blog y a la repercusión que está alcanzando a nivel internacional, no solo en los países de habla hispana, sino también entre lectores y seguidores de otras partes del mundo.

Nos sentimos especialmente satisfechos de que el trabajo de divulgación histórica que desarrollamos desde nuestro espacio en internet,  pueda alcanzar nuevos públicos y contribuir a dar a conocer episodios, personajes y vínculos históricos que forman parte de nuestro patrimonio común europeo, como así mismo representar y dar voz en el mundo a la corporación nobiliaria a la que pertenecemos.

Para escuchar el pódcast: aquí.

Para leer la entrevista en español concedida por Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfur: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.



miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA ACADEMIA DE ESTUDIOS HISTÓRICOS YSABEL Y FERNANDO.

 

A principios de esta misma semana tuve la ocasión de recibir, de manos del director de la Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando, la Placa de San Juan, distinción que esta institución concede a aquellas personas que, a su criterio, se han distinguido por su dedicación y compromiso con la preservación, defensa y difusión de los valores históricos, culturales y tradicionales que forman parte de su razón de ser.

La misma, según manifiestan, "supone un reconocimiento a una labor y a un compromiso mantenidos en el tiempo con el estudio, la conservación y la divulgación de nuestro patrimonio histórico y cultural. Una labor que adquiere especial importancia en unos tiempos en los que resulta necesario mantener viva la memoria de nuestro pasado, conocer nuestras raíces y transmitir a las generaciones futuras el legado recibido".


La Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando tiene como principal misión el estudio, investigación, conservación y difusión del legado histórico, cultural y heráldico del reinado de los Reyes Católicos, una de las etapas más trascendentales de la Historia de España y de Europa.

Su labor abarca el estudio riguroso de la Historia, la Genealogía, la Heráldica, la Nobiliaria y demás ciencias auxiliares, fomentando la investigación, las publicaciones, las conferencias y otras actividades destinadas a preservar y ampliar el conocimiento de nuestro pasado.

Especial importancia tiene para la Academia la Heráldica, entendida como una auténtica disciplina histórica que permite conocer la evolución de los linajes, instituciones y símbolos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Asimismo, impulsa la elaboración y publicación de trabajos especializados, muchos de ellos realizados de manera altruista por investigadores comprometidos con la cultura y la preservación del patrimonio.

La Academia desarrolla también estudios, informes, dictámenes y trabajos heráldicos que contribuyen a sostener sus proyectos de investigación y divulgación, siempre desde el rigor histórico y documental.

De esta distinción existen dos diplomas acreditativos. El primero de ellos incorpora, en su parte superior, las armas personales del distinguido, otorgándoles un lugar destacado dentro de la composición. Estas aparecen acompañadas por el emblema de la Academia, situado en el centro, y flanqueado por las representaciones heráldicas de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, figuras que dan nombre a la institución y constituyen el referente histórico sobre el que se fundamenta su actividad. El conjunto queda integrado en una composición de marcado carácter heráldico, en la que los distintos elementos contribuyen a reforzar la solemnidad y el carácter histórico de la distinción.

El segundo modelo presenta una composición algo más sobria y equilibrada. En este caso desaparecen las armas personales del galardonado y el espacio superior queda presidido por el emblema de la Academia, situado entre las iniciales Y y F, correspondientes a Ysabel y Fernando. De este modo, el protagonismo recae fundamentalmente en la propia institución y en los monarcas que inspiran su denominación, dando como resultado un diploma de carácter más institucional.
Ambos mantienen, no obstante, una estructura común y una cuidada ornamentación. Los motivos decorativos, los elementos simbólicos y la disposición de los diferentes componentes confieren al documento un marcado carácter ceremonial, acorde con la naturaleza de la distinción. 

Mi más sincero agradecimiento a la Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando por esta distinción y por la labor que se ha fijado como objetivo desarrollar en defensa de nuestra memoria histórica y cultural.

Para más información:http://academiaysabelyfernando.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.


martes, 1 de septiembre de 2026

LA HIDALGUÍA DE LOS OFICIALES DEL EJÉRCITO EN LA ESPAÑA LIBERAL.

Antonio de Castro García de Tejada
Cruz del Mérito Naval.

Preámbulo.
Ofrezco este estudio a la familia militar, de la que formo parte como hijo, nieto y bisnieto de militares, y a la que pertenecieron también otros familiares cercanos, oficiales, jefes y generales del Ejército. También algunos de mis mejores amigos son distinguidos militares.  Estas páginas forman parte de un estudio más amplio que actualmente estoy ultimando para su publicación. Las tradiciones históricas y jurídicas aquí examinadas integran un patrimonio cultural inmaterial de nuestros Ejércitos y, como tal, merecen ser investigadas, correctamente interpretadas, relatadas, divulgadas y preservadas.

Los hidalgos, los oficiales, hijos de capitanes y nietos de tenientes coroneles ante las Reales Órdenes desde 1799, 1853, a 1864.
La desaparición de los privilegios estamentales del Antiguo Régimen no significó necesariamente la desaparición inmediata de la hidalguía como calidad personal. La evolución política y jurídica del siglo XIX transformó profundamente el significado práctico de la nobleza, pero la documentación militar demuestra que determinadas categorías nobiliarias continuaron siendo reconocidas durante décadas y que ciertos empleos del Ejército conservaron una eficacia jurídica y honorífica que podía proyectarse sobre los descendientes. La secuencia formada por la Real Orden de 16 de abril de 1799, el Reglamento del Colegio Militar de Artillería de Segovia de 1804, el expediente de la Dirección General de Caballería de 1853, la Real Orden de 24 de enero de 1854 y, finalmente, la Real Orden de 18 de mayo de 1864 permite reconstruir un sistema mucho más coherente de lo que podría parecer si cada disposición se estudiase de manera aislada.

La condición militar como prueba de nobleza en los descendientes.
La cuestión decisiva aparece en el artículo 125 del Reglamento del Colegio Militar de Artillería de 1804. Para ingresar como cadete, el aspirante podía sustituir las pruebas comunes de la hidalguía exigida a los aspirantes, acreditando mediante las correspondientes patentes que su padre tenía al menos empleo de teniente coronel con graduación de coronel. El propio Reglamento permite determinar la naturaleza de esta prueba cuando establece que, por línea materna, ser hija de coronel efectivo o graduado «bastará para acreditar la nobleza materna»[3].
La norma despeja así cualquier duda sobre el significado nobiliario de la patente militar. Si la condición de coronel del abuelo materno constituye expresamente prueba suficiente de la nobleza de su hija, esa misma condición, cuando corresponde al padre del aspirante, no puede interpretarse como una mera deferencia corporativa como argumentan algunos autores. La patente paterna sustituye la prueba común porque acredita una calidad nobiliaria transmitida por filiación. El artículo 125 reconoce, por tanto, la eficacia nobiliaria de la condición de determinados empleos y grados militares tanto por línea paterna como en la materna y muestra, además, que podía proyectarse hasta los nietos. Es decir el empleo de teniente coronel con graduación de coronel permitía cumplir con la norma básica de prueba de la hidalguía por ser hidalgo de padre y  abuelo. Para mayor abundamiento: la patente de coronel facilitaba la prueba plena para los nietos, y la de capitán facilitaba la prueba en posesión de la hidalguía para el hijo. La hidalguía en propiedad derivaba de un título jurídico propio emitido por los tribunales competentes. La hidalguía en posesión consistía en el reconocimiento efectivo y público de la calidad de hidalgo acreditado por el trato, notoriedad, y asiento como tal ante las justicias de los concejos.

EL ORIGEN DE LA NOBLEZA Y LA PATENTE MILITAR COMO PRUEBA SUFICIENTE.

No debe confundirse la condición nobiliaria y su trascendencia a hijos y nietos con el umbral establecido por cada institución militar para dispensar de las pruebas ordinarias de hidalguía. Que un colegio admitiese como prueba suficiente la patente de capitán del padre y otro exigiese la de teniente coronel o coronel no significa que sólo los descendientes de estos últimos pudieran ser hidalgos y trasmitir su nobleza, argumento utilizado reiteradamente por determinados estudiosos e investigadores[4]. Significa que cada institución fijaba el empleo militar a partir del cual la patente del ascendiente bastaba por sí sola, sin necesidad de practicar las probanzas comunes de hidalguía en posesión ante las justicias ordinarias y de propiedad ante los tribunales de las reales cancillerías.

Esta distinción es fundamental. Si un determinado colegio exigía que el padre fuese coronel para que su patente sustituyese las pruebas comunes, no estaba declarando que el hijo de un capitán careciese de hidalguía. Simplemente, en ese establecimiento la patente de capitán no alcanzaba el umbral reglamentariamente establecido para dispensar al aspirante de la prueba ordinaria. El hijo de capitán que alegase ser hidalgo debía acreditar su condición por los mismos medios comunes que cualquier otro hijodalgo.

Por consiguiente, la diversidad de empleos exigidos por los distintos colegios —capitán en unos casos, teniente coronel o coronel en otros— no debe interpretarse como si cada institución estuviese determinando a partir de qué empleo se generaba la trasmisión de la nobleza. Lo que cada reglamento determinaba era a partir de qué empleo la patente militar constituía prueba suficiente para hacer innecesaria la probanza común de hidalguía. Una cosa era, pues, la existencia u origen de la calidad nobiliaria y otra distinta el régimen especial establecido en algunos colegios y academias militares para facilitar a determinados empleos y graduaciones la acreditación documental de la prueba de hidalguía exigida para ingresar en los mismos como cadetes. Recordemos que los colegios militares, con aprobación regia, podían establecer sus propios requisitos de ingreso y determinar qué pruebas consideraban suficientes para acreditar la nobleza de los aspirantes. Pero carecían de jurisdicción para decidir cuestiones sustantivas sobre la existencia de nobleza que correspondía solo a determinados tribunales como se recoge en la Novísima Recopilación, lib. VI, tít. VI, ley XIV.

Esta peculiaridad permite comprender mejor la diferencia entre la hidalguía común y la nobleza vinculada al empleo militar. El hijodalgo se veía obligado a justificar su condición mediante los procedimientos y documentos propios de la posesión de hidalguía, como padrones, testimonios municipales, certificaciones, informaciones ante las autoridades competentes o, en caso de controversia, mediante los tribunales llamados a resolver sobre el estado noble. Las propias normas de reemplazo del siglo XVIII muestran la importancia del goce y actual posesión de hidalguía y la necesidad de acreditarla cuando de ella dependía una exención.[5] La correcta interpretación de algunas expresiones que se manifiestan en las leyes de reemplazo se tratará en artículos posteriores.

En el ámbito militar, en cambio, la patente correspondiente a determinados empleos podía bastar por sí sola para acreditar la hidalguía, correspondiendo a cada colegio establecer el empleo o graduación exigidos para acogerse a esta forma privilegiada de prueba.

1836: se suprimen las pruebas de nobleza para ingresar en el Ejército.
El Real Decreto de 28 de septiembre de 1836 abolió las pruebas de nobleza como requisito para ingresar en los establecimientos militares.[6] A partir de entonces, el acceso a la oficialidad dejó de depender de la acreditación de una condición nobiliaria previa. Sin embargo, la eliminación de ese requisito de ingreso no significaba necesariamente que la nobleza dejara de existir como calidad personal ni que quedasen derogadas todas las consecuencias que la normativa anterior atribuía a quienes la poseían.

Esta distinción es esencial porque evita confundir dos cuestiones jurídicas distintas. Una cosa era dejar de exigir que un aspirante fuese noble para entrar en el Ejército y otra muy diferente declarar inexistente la nobleza de quienes la poseían por nacimiento, por posesión notoria o por un título reconocido por el ordenamiento. La propia Administración acabaría pronunciándose de forma explícita sobre esta diferencia.

El expediente de la Dirección General de Caballería de 1853.
En 1853 la Dirección General de Caballería promovió un expediente relativo a la calidad con que debían ser considerados los cadetes del Colegio del Arma.[7] El problema había surgido en el Colegio de Cadetes de Caballería, donde, después de la abolición de las pruebas de nobleza, se venía calificando de «calidad honrada» a quienes no justificaban el dictado de nobles. Sin embargo, el Subdirector del Colegio advertía una dificultad especial respecto de «los hijos de Capitán arriba, a quienes se les viene dando desde tiempo inmemorial el dictado de nobles».[8]

La importancia de esta afirmación es considerable. El documento no se refiere únicamente al tratamiento de Don ni utiliza el término noble como una fórmula social imprecisa. El objeto de la consulta era determinar quién debía ser considerado de calidad honrada y quién de calidad noble.[9] La contraposición entre ambas categorías demuestra que la cuestión planteada era propiamente nobiliaria. Además, se afirma de manera expresa que los hijos de capitán en adelante venían recibiendo desde tiempo inmemorial el dictado de nobles, de modo que la consideración de esos descendientes no aparece como una innovación de mediados del siglo XIX, sino como una práctica anterior que la Administración intentaba ordenar y confirmar.

 


El Consejo Real y la nobleza «cualquiera que sea su título y origen».
La consulta fue sometida a la Sección de Guerra del Consejo Real, que informó el 23 de diciembre de 1853.[10] El Consejo partió de la abolición de las pruebas de nobleza de 1836, pero inmediatamente estableció una distinción fundamental al declarar que aquella abolición «no se opone a que se haga constar la de los que la posean, cualquiera que sea su título y origen».[11] Esta fórmula resulta especialmente significativa porque reconoce que la nobleza continuaba siendo una calidad susceptible de posesión y prueba, y que podía proceder de diversos títulos u orígenes.

El Consejo añadió que, estando «vigente la Ordenanza general del Ejército como Ley del Reino», era ésta la que determinaba «el modo de considerar a los Oficiales y a sus hijos».[12] La conclusión es clara: la desaparición de la exigencia de nobleza para acceder a la oficialidad no había eliminado, a juicio del Consejo Real, el régimen establecido por las Ordenanzas respecto de la consideración de quienes poseían determinadas calidades y de sus descendientes inmediatos.

La Real Orden de 24 de enero de 1854.
El dictamen del Consejo Real fue confirmado por la Corona mediante Real Orden de 24 de enero de 1854.[13] La resolución reiteró que la abolición de las pruebas de nobleza no impedía hacer constar la de quienes la poseyeran, «cualquiera que sea su título y origen», y ordenó «que sin haber lugar a duda se continúe observando lo que previene la Ordenanza general del Ejército, como Ley vigente del Reyno, respecto al modo de considerar a los Oficiales y a sus hijos».[14] Recordándose que a los hijos de capitán en adelante se les venía dando desde tiempo inmemorial el dictado de nobles.

La Real Orden de 18 de mayo de 1864.
La cuestión volvió a plantearse algunos años después. Una consulta de la Dirección General de Caballería de 26 de mayo de 1857 preguntó si los hijos de capitán y de oficiales de superior graduación podían usar «el dictado de Don y el de nobles» y ser tratados y considerados como tales.[15] Tras el informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina de 27 de enero de 1859, la Corona resolvió mediante Real Orden de 18 de mayo de 1864, en armonía con varios artículos del título XVIII, tratado II, de las Reales Ordenanzas.

La disposición comprende a «los hijosdalgo notorios, a los hijos de Capitán ó de Oficiales de superior grado, y a los nietos de Teniente Coronel inclusive arriba», siempre que «justifiquen debidamente su calidad».[16] El uso del Don se define además como «una prerrogativa propia de su respectiva calidad, de que no debe desposeérseles».[18]

La elección de estas expresiones resulta significativa. La Real Orden no presenta el tratamiento de Don como una gracia nueva concedida en 1864, sino como una prerrogativa que pertenece a los interesados por razón de una calidad preexistente. La referencia a que no debe desposeérseles de ella refuerza todavía más esa idea de reconocimiento y conservación de un derecho o prerrogativa ya inherente a su condición.

La pervivencia de la hidalguía notoria en 1864.
La misma Real Orden proporciona una prueba directa de que la hidalguía continuaba siendo reconocida como calidad personal en 1864. La norma habla en presente de «hijosdalgo notorios» y exige que éstos justifiquen debidamente su calidad. No se refiere a una categoría histórica extinguida ni a una realidad propia exclusivamente del siglo XVIII, sino a personas existentes en el momento de dictarse la disposición y cuya condición podía ser acreditada.

Esta referencia resulta especialmente significativa porque la Sala de Hijosdalgo de la Real Chancillería había desaparecido en 1834, con la supresión de las propias Chancillerías. Ya no podía acudirse, por tanto, al antiguo procedimiento ante aquella jurisdicción especial para obtener una ejecutoria como las expedidas durante el Antiguo Régimen. Ello no impedía, sin embargo, acreditar la posesión y notoriedad de la hidalguía mediante testimonios, padrones, patentes militares y otras pruebas admitidas ante los ayuntamientos y justicias competentes.

Se comprende así mejor la expresión utilizada en 1864. La Real Orden no exige una ejecutoria ni habla de hidalgos de sangre o solar conocido, sino simplemente de «hijosdalgo notorios» que debían «justificar debidamente su calidad». Por tanto, aunque hubiesen desaparecido tanto la antigua jurisdicción especial de hidalguía como buena parte de los privilegios del estado noble, la hidalguía seguía siendo en 1864 una condición personal jurídicamente reconocible y susceptible de acreditación.

Conclusión.
El conjunto documental permite reconstruir una tradición jurídica coherente. En 1799, el empleo de oficial llevaba aparejada hidalguía personal. En 1804, la normativa del Colegio de Artillería demuestra algo más preciso que una simple facilidad administrativa: determinados empleos y graduaciones militares podían funcionar como títulos probatorios de nobleza dentro de la descendencia, hasta el punto de que la condición de coronel efectivo o graduado del abuelo bastaba expresamente para acreditar la nobleza por ambas líneas. En 1853, la Administración militar reconoce que a los hijos de capitán en adelante se les venía dando «desde tiempo inmemorial el dictado de nobles» y plantea expresamente la diferencia entre calidad honrada y calidad noble. En 1854, la Corona declara vigentes las Ordenanzas respecto del modo de considerar a los oficiales y a sus hijos. Y en 1864, una nueva Real Orden incluye a los hijosdalgo notorios, a los hijos de capitán y oficiales superiores y a los nietos de teniente coronel inclusive arriba, exigiendo que justifiquen su respectiva calidad y protegiendo una prerrogativa propia de ella.

Al reconstruir esta secuencia debe mantenerse una distinción fundamental: los empleos exigidos por los distintos colegios no determinaban necesariamente el origen ni la transmisibilidad de la nobleza, sino el umbral a partir del cual la patente militar era admitida por sí sola como prueba suficiente. Así, mientras en algunos establecimientos bastaba la patente de coronel del ascendiente, en otros el hijo de un capitán debía acreditar la hidalguía heredada de su padre por los procedimientos ordinarios, presentando ante las justicias competentes la patente paterna junto con los demás instrumentos exigidos para probar su filiación y la posesión de hidalguía. La diferencia estaba, por tanto, en la forma de probar la nobleza, no necesariamente en su existencia o transmisibilidad.

Notas.

[1] Real Orden de 16 de abril de 1799, relativa al reconocimiento de la hidalguía personal derivada del empleo de oficial.
[2] Reglamento de nueva constitución en el Colegio Militar de Caballeros Cadetes del Real Cuerpo de Artillería, establecido en Segovia, Madrid, Imprenta Real, 1804, arts. 124-125, pp. 62-64.
[3] Ibidem, art. 125, pp. 63-64.
[4] «Consideración de los nobles en las Ordenanzas militares y de milicias», por don Manuel Pardo de Vera y Díaz, Heráldica y Nobiliaria, febrero de 2012. Pardo de Vera sostiene que la admisión como cadetes de los hijos de capitanes, tenientes coroneles y otros oficiales constituía un privilegio derivado del empleo militar del padre y no de una nobleza transmitida por éste, pues considera que dichos oficiales gozaban únicamente de nobleza personal, salvo que poseyeran nobleza de sangre por su linaje.
[5] Véase la normativa de reemplazos del último tercio del siglo XVIII relativa al goce y posesión de hidalguía y a su prueba ante las autoridades competentes.
[6] Real Decreto de 28 de septiembre de 1836, publicado en la Gaceta de Madrid de 29 de septiembre de 1836.
[7] Expediente de la Dirección General de Caballería relativo a la calidad con que debían ser considerados los cadetes del Colegio del Arma, 1853. Se omite provisionalmente el número de la 1.ª Sección hasta comprobar directamente si la reproducción dice n.º 265 o n.º 266; en ella figura asimismo el núm. 1.249.
[8] Consulta del Subdirector del Colegio de Cadetes de Caballería, 1853, expediente citado.
[9] Ibidem.
[10] Consejo Real, Sección de Guerra, informe de 23 de diciembre de 1853.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[14] Real Orden de 24 de enero de 1854.
[15] Ibidem.
[16] Consulta de la Dirección General de Caballería de 26 de mayo de 1857.
[17] Real Orden de 18 de mayo de 1864, dictada tras informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina de 27 de enero de 1859.
[18] Ibidem.

Publicado por La Mesa de los Notables.