Vindicación histórica, cultural y
simbólica del oficio de Cronista de Castilla y León en su condición de
Oficial de Armas.
Riestra2026.
En España todavía subsisten
instituciones que ya no ocupan el centro de la vida pública, pero que continúan
existiendo gracias a la continuidad histórica y a la práctica mantenida durante
generaciones. Oficios antiguos que han dejado atrás el protagonismo político,
aunque siguen presentes en archivos, registros y ceremonias vinculadas a la
tradición jurídica e histórica española. El Cronista de Armas forma parte de
esa continuidad.
No hace mucho, hojeando junto a mi hijo
Alejandro diversos documentos armeros que habían llegado a nuestras manos,
algunos conviene decirlo, de notable belleza y exquisita ejecución,
apareció entre ellos uno firmado por don Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila,
marqués de La Floresta y vizconde de Ayala, en su condición de Cronista de
Armas de Castilla y León.
Aquel documento, más allá de su estética
sobria y austera, profundamente castellana en sus formas y concepción, despertó
inmediatamente nuestro interés y dio pie a una conversación que pronto derivó
hacia el debate sobre el valor y alcance de este tipo de certificaciones. Sin
embargo, por encima de cualquier discusión doctrinal, se imponía un hecho
difícilmente refutable: aquel testimonio, fechado, datado y firmado, constituía
una prueba tangible de la continuidad en el uso de unas determinadas armas. Seguían
vivas. Seguían siendo usadas. Y eso, en materia heráldica, posee un valor que
ninguna interpretación teórica puede ignorar por completo.
Porque la heráldica nunca ha sido una mera cuestión ornamental. En España, durante siglos, las armerías
constituyeron signos de identidad familiar, elementos de reconocimiento
jurídico y símbolos históricos transmitidos de generación en generación. Los
Cronistas y Reyes de Armas jamás fueron simples artistas del blasón:
desempeñaban funciones reconocidas por la Corona, autentificaban genealogías,
certificaban armas y daban fe de una continuidad histórica que formaba parte de
la propia estructura institucional de la Monarquía.
Cuando falleció don Vicente de Cadenas y
Vicent en 2005, el Estado español dejó vacante una tradición secular. Desde
entonces, ningún gobierno ha nombrado un nuevo Cronista o Rey de Armas de
ámbito estatal. La vieja magistratura heráldica de la Monarquía quedó
suspendida en un silencio administrativo que dura ya más de dos décadas.
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| Albalá que faculta al Marqués de la Floresta como Cronista de Armas de Castilla y León. |
Y, sin embargo, las armerías no
desaparecieron. Muchas familias continuaron necesitando acreditar genealogías
para ingresar en corporaciones nobiliarias, ordenar sus blasones, conservar
memoria documental de sus linajes o confirmar el uso continuado de símbolos
heredados conforme a la tradición histórica española. Allí donde el Estado
decidió no continuar aquella función, subsistió, sin embargo, una
continuidad concreta: la de Castilla y León.
En 1991, la Junta de Castilla y León
promulgó el Decreto 105/1991, norma todavía vigente, mediante el cual se
regulaba la heráldica municipal y se restauraba la figura del Cronista de
Armas. El texto del decreto no resulta ambiguo. Su artículo 16 estableció
expresamente que el Cronista de Armas “ostentará las facultades y competencias
tradicionales de los antiguos Cronistas, Reyes de Armas y Heraldos de Castilla
y León contenidas en el Real Decreto de 29 de julio de 1915 y en el Decreto de
13 de abril de 1951”.
Aquella disposición no puede despacharse
como una mera fórmula retórica o ceremonial. Constituye, más bien, una
afirmación de continuidad histórica y funcional. Y pocos días después, mediante
nombramiento oficial de la propia Junta, el cargo recayó en Alfonso de
Ceballos-Escalera y Gila, historiador, jurista y heraldista, quien desde
entonces ha ejercido públicamente dichas funciones durante más de tres décadas.
Durante ese largo ejercicio
institucional, el Marqués de la Floresta ha desarrollado una intensa labor
heráldica y documental. Entre los centenares de documentos armeros realizados
bajo su autoridad destacan especialmente aquellos relativos a la atribución de
armerías concedidas, con motivo de su ennoblecimiento por Su Majestad el rey
don Juan Carlos I, a relevantes personalidades de la vida pública española.
Entre ellas se cuentan el maestro compositor don Joaquín Rodrigo, marqués de
los Jardines de Aranjuez; el general don Sabino Fernández Campo, conde de
Latores y jefe de la Casa de S.M.; el profesor y académico don Emilio García
Gómez, conde de los Alixares; y don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, marqués de
la Ría de Ribadeo y antiguo presidente del Gobierno de España.
Cabe señalar que Su Majestad el rey don
Juan Carlos I, entonces reinante, se dignó en diversas ocasiones suscribir y a firmar, de propia mano regia, las armerías atribuidas por el Cronista de Armas
de Castilla y León a las referidas personalidades, así como a otras personas de
su especial confianza y afecto, entre ellas el almirante don Fernando Poole, jefe de su Cuarto Militar. Los edictos correspondientes a dichas
certificaciones de armas fueron publicados en el Boletín Oficial de Castilla y
León.
Asimismo, en su calidad de Decano de los
Consejeros Heráldicos del Gran Magisterio de la Soberana y Militar Orden de
Malta, organizó y dispuso las armerías de Su Alteza Eminentísima el entonces príncipe y gran maestre fray Matthew
Festing, electo y proclamado en marzo de 2008. Estas armerías, registradas en
Castilla y León con fecha de 13 de marzo de 2008, merecieron igualmente el agrado de Su Majestad el rey don Juan Carlos I, quien se dignó suscribir de
su mano, mediante su firma, el documento original entregado a Su Alteza
Eminentísima en su condición de Jefe de Estado reconocido internacionalmente.
No se trata, por tanto, de una práctica
privada nacida al margen de la Administración, ni de una simple actividad
académica o decorativa. Se trata de unas funciones ejercidas bajo cierta
cobertura normativa y desempeñadas públicamente durante décadas, aceptadas y jamás
interrumpidas ni sustituidas por otra autoridad estatal equivalente.
Los detractores de sus competencias
sostienen que una comunidad autónoma no puede restaurar plenamente la antigua
autoridad regia de los Reyes de Armas, ya que sería una competencia del Estado.
Pero esa objeción tropieza con una realidad igualmente evidente: el propio
texto de su albalá de nombramiento le facultaba expresamente para “expedir
certificaciones de genealogía, nobleza y escudos de armas”, así como
confirmaciones y atribuciones de nuevas armerías solicitadas por particulares,
mientras que el Estado parece ejercer de “convidado de piedra”.
Durante más de treinta años, el Marqués
de La Floresta ha expedido certificaciones heráldicas para ciudadanos españoles
y extranjeros; ha mantenido registros armoriales; ha asesorado sobre símbolos
históricos; ha redactado más de mil setecientos informes de Heráldica
Municipal; y ha registrado centenares de armerías de manera notoria.
Ha actuado, de hecho, como la referencia visible de la heráldica institucional
en España en ausencia de un Cronista de Armas nombrado por el Estado.
Podrá discutirse, y ciertamente se
discute, el alcance jurídico exacto de tales certificaciones. Pero resulta
difícil negar tres hechos fundamentales: su continuidad, su ejercicio público y
su reconocimiento social dentro del ámbito heráldico español e internacional.
Y quizá sea precisamente ahí donde
reside el verdadero fondo de la cuestión. Porque determinadas instituciones
históricas no sobreviven únicamente gracias a decretos o estructuras
administrativas. Sobreviven porque alguien continúa ejerciéndolas; porque persiste
una práctica reconocible; porque se conservan los registros, las fórmulas, el
ceremonial, el lenguaje técnico y la función cultural que las justificó durante
siglos.
España ha dejado extinguir muchas de sus
antiguas magistraturas sin derogarlas formalmente, abandonándolas lentamente a
un territorio incierto entre la historia y la administración contemporánea. El
oficio de Cronista de Armas pertenece claramente a esa categoría: demasiado
histórico para la burocracia moderna; demasiado vivo para considerarlo
desaparecido.
En ese vacío institucional, Castilla y
León optó por mantener la continuidad. Y esa continuidad, en heráldica, no
constituye un detalle menor: constituye buena parte de la legitimidad misma.
Pienso que las armas no son únicamente
dibujos más o menos antiguos sobre pergamino, vitela o papel de alto gramaje. Son memoria familiar, historia documentada,
identidad transmitida y testimonio visible de una continuidad histórica. Y si aún no lo son, pretenden llegar a serlo.Mientras exista un registro, sea local, autonómico o estatal, que continúe
custodiando, certificando y ordenando ese legado conforme a una tradición
todavía vigente, resultará difícil sostener seriamente que la institución haya
desaparecido por completo en España.
Desde 1991 hasta hoy, mientras el Estado
español permanecía inmóvil en esta materia, Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila
ha sido, de hecho, el único cronista de armas español en ejercicio continuado y
públicamente reconocido por una administración.
Y quizá por eso, más que el último
representante de una institución extinguida en su ámbito, el Marqués de La
Floresta pueda considerarse el último custodio vivo de una tradición histórica
que España nunca llegó verdaderamente a abolir.
Riestra2026.
Publicado por La Mesa de los Notables.












