miércoles, 9 de septiembre de 2026

LA CRUZ DE SAN MARTÍN DE SALAS, SÍMBOLO DE PROTECCIÓN Y PODER DE LA MONARQUÍA ASTURIANA.

 

La lápida con cruz latina de San Martín de Salas es una de las piezas más emblemáticas del Prerrománico asturiano, tanto por la calidad de su ejecución como por la riqueza de su decoración. Tallada en piedra caliza blanca, combina una cruz latina en relieve con una inscripción, todo ello enmarcado por una moldura de ocho centímetros de anchura decorada con motivos vegetales.

La inscripción fue transcrita por primera vez por Gaspar Melchor de Jovellanos durante una visita realizada el 3 de octubre de 1796. Décadas después, Ciriaco Miguel Vigil revisó su lectura y ofreció una transcripción más detallada. El texto recoge una fórmula de carácter protector: «Con este signo es protegido el piadoso; con este signo es vencido el enemigo», y añade una  mención a "Adefonsus" y una petición a Dios para que lo salve.

Las fuentes no permiten identificar con certeza al mencionado "Adefonsus"  con un rey o un personaje concreto. Se ha propuesto identificarlo con Alfonso IV, Alfonso Froilaz y otros personajes influyentes de la época. La hipótesis de Alfonso Froilaz, hijo de Fruela II, es una de las más defendidas, por su posible relación con otra inscripción del 951, pero sigue siendo discutida. 

El significado de las palabras talladas va más allá de la expresión religiosa. Los reyes asturianos habían adoptado la cruz como emblema de la monarquía desde el siglo VIII, siguiendo una tradición heredada de la corte visigoda de Toledo. La misma fórmula aparece vinculada a las grandes cruces de la monarquía asturiana, como la Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria. Este símbolo se convirtió así en el lábaro de estos reyes del norte y en un icono asociado a la protección divina y a la victoria.

Esta dimensión protectora explica la presencia de cruces talladas en piedra en distintos edificios de Asturias. Su representación no se limitaba a los espacios religiosos, sino que también podía proteger construcciones civiles y defensivas. En este contexto, la fórmula adquiere un marcado carácter apotropaico, destinado a ahuyentar el mal. El término latino inimicus, «enemigo», podía referirse al demonio o al mal, aunque también podía aludir al invasor. Al mismo tiempo, las palabras tenían una clara dimensión política al relacionar la protección de la cruz con el poder de la monarquía astur.

La propia composición de la pieza refuerza ese carácter solemne. Como se ve en la imagen, en el centro aparece una cruz latina con astil, cuyos extremos están rematados por lóbulos. De sus brazos penden el alfa y la omega, junto a unas representaciones esquemáticas de llamas y volutas. La superficie está cubierta por una retícula de celdillas dispuestas en diagonal, formando un dibujo romboidal. Son cien en total (58 cuadradas y 42 triangulares) y su disposición parece evocar el aspecto de piedras preciosas engastadas. La técnica recuerda a la decoración de la orfebrería asturleonesa y a tradiciones tardoantiguas, visigodas y bizantinas.

El marco que rodea la cruz y la inscripción está trabajado con la misma minuciosidad. Una sucesión de dobles palmetas afrontadas, tallos, flores de lis y formas acorazonadas recorre la cenefa y crea un relieve de gran riqueza plástica. El motivo de las palmetas se repite diez veces a lo largo de la orla y encuentra paralelos en distintas construcciones y piezas del arte altomedieval peninsular, entre ellas Valdediós, Bendones, Deva, Pravia y San Miguel de Escalada. El estudio también señala la relación de algunos de estos modelos con tradiciones decorativas omeyas, sasánidas y bizantinas.

La cronología de la pieza no queda fijada de manera definitiva. Manuel Gómez Moreno relacionó su decoración con el ámbito mozárabe y la situó hacia mediados del siglo X, mientras que Lorenzo Arias Páramo la consideró propia de la época de Alfonso III. También se ha planteado una cronología más amplia, entre mediados del siglo IX y comienzos del X, teniendo en cuenta la continuidad de determinadas técnicas y motivos ornamentales. 

La pieza reúne, en definitiva, religión, protección y representación del poder. La cruz no aparece únicamente como imagen de la fe, sino como un signo destinado a proteger y a garantizar la victoria frente al enemigo. Su inscripción, su relación con la tradición de las cruces de la monarquía asturiana y la riqueza de su decoración hacen de esta lápida uno de los testimonios más singulares del arte prerrománico del Principado.

La pieza original se encuentra en el Museo del Prerrománico de San Martín de Salas, existiendo una reproducción a tamaño natural en la Iglesia de esa misma localidad.

Para saber más: https://prerromanicosanmartin.com/

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 8 de septiembre de 2026

EL ANTIGUO E ILUSTRE SOLAR DE TEJADA: DE PRIVILEGIO MEDIEVAL A PRERROGATIVA DE HONOR.

 

El próximo número 403 de la revista Hidalguía publicará el artículo «El Antiguo e Ilustre Solar de Tejada: de privilegio medieval a prerrogativa de honor», firmado por don Fernando de Herrera y Hume, alcalde mayor del Solar de Tejada, y don Fernando García-Mercadal y García-Loygorri, director de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía y diputado de la Junta de Gobierno del Solar.

El trabajo analiza, desde la Historia del Derecho, la diplomática y el Derecho nobiliario, la evolución de la institución medieval de la confirmación de privilegios en el excepcional caso del Solar de Tejada, siguiendo su continuidad documental desde Enrique IV, en 1460, hasta la Real Carta de 1981.

Su tesis central es que la pervivencia del Solar no debe entenderse como la conservación inalterada de antiguos privilegios, sino como una transformación jurídica. Una vez desaparecidos en el siglo XIX los efectos señoriales y estamentales, subsistieron determinadas prerrogativas de honor correspondientes a los caballeros y damas diviseros hijosdalgo inscritos como tales en los libros de asiento del Archivo del Solar de Tejada, especialmente la del derecho al uso privativo de sus armas.

Estamos seguros que este trabajo, del que daremos oportuna cuenta a nuestros lectores una vez publicado, contribuirá a un mejor conocimiento de la naturaleza histórica y jurídica del Solar de Tejada y de la singular continuidad de sus prerrogativas de honor.




Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 7 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA CONVERTIDA EN REGISTRO DE CABALLERÍA

Riestra2026. 

En la "Lady Chapel" de la Abadía de Westminster, la heráldica no se limita a las grandes banderas y escudos que cuelgan sobre sus antiguos asientos, o que se encuentran inscritas en vidrieras, talladas en muebles y ornamentos o reposando entre tumbas. También se deja ver, casi a ras de la madera en pequeñas placas metálicas que conservan los nombres y las armas de quienes pertenecieron a una de las órdenes de caballería más singulares de Gran Bretaña.

Hay detalles en la Abadía de Westminster  que parecen destinados a pasar inadvertidos a aquellos que con curiosidad la visitamos.  
La mirada suele elevarse hacia las bóvedas de abanico de su techo, hacia las banderas y yelmos  o hacia las cimeras que adornan con ese estilo tan británico a los antiguos asientos ceremoniales de esta capilla (“stalls”). Pero basta con mirar hacia abajo para descubrir otra historia, mucho más discreta. En la madera de los “stalls” aparecen visibles un número considerable de placas de metal con distintos escudos de armas grabados en ellas. Algunas son grandes y claramente visibles; otras quedan mucho más cerca de los asientos inferiores y pueden confundirse con simples elementos ornamentales. Pero realmente no lo son.

La Lady Chapel de Westminster es, desde 1725, la capilla de la "Most Honourable Order of the Bath", la Orden del Baño, creada para reconocer y premiar servicios distinguidos a la Corona y al Estado, inicialmente sobre todo de carácter militar y, posteriormente, también entre altos funcionarios de la administración civil. 
La misma fue establecida formalmente por letras patentes de Jorge I el 18 de mayo de aquel año, cuando el deán de Westminster fue nombrado "Dean of the Order" y la capilla de Enrique VII quedó designada como sede de esa corporación. Recuperando así,  una tradición de caballería muy antigua, la del baño ritual que precedía a la investidura de determinados caballeros y que simbolizaba la purificación espiritual. Costumbre  documenta desde tiempos de Enrique IV, en 1399.

Lady Chapel. Abadía de Westminster.

La disposición de la capilla hace que su historia pueda leerse casi como un libro. Los miembros de mayor rango de la orden, los Caballeros de la Gran Cruz  o “Knights Grand Cross” (GCB) y las dignidades más importantes de la misma, disponen de uno de sus 34 asientos ceremoniales. Sobre ellos cuelgan los estandartes y las cimeras de sus titulares, pero hay algo que permanece cuando el hombre desaparece: su placa heráldica.

Los responsables de conservación de la Abadía explican a sus visitantes que cuando fallece un “Knight Grand Cross” o una alta dignidad, su estandarte, su cimera, así como otros elementos ceremoniales son devueltos a su familia. La placa de cobre esmaltada con su escudo de armas, en cambio, permanece en el stall como registro permanente de la Orden.

Placas de Isabel II y de Carlos III.

Es una solución sencilla y extraordinariamente poderosa, el caballero se marcha, pero su nombre y sus armas permanecen. De este modo, la capilla funciona también como una suerte de archivo heráldico tridimensional. Allí pueden encontrarse las placas de personajes como el almirante John Jellicoe, el mariscal de campo Earl Haig, Lord Kitchener o el vizconde Montgomery de Alamein. La propia dirección de la Abadía identifica expresamente las placas de varios de estos militares en la "Lady Chapel".

La de John Jellicoe, por ejemplo, recuerda al almirante de la Royal Navy que mandó la Gran Flota británica durante la batalla de Jutlandia en 1916. Jellicoe murió en 1935 y está enterrado en St. Paul's Cathedral, pero su placa como "Knight Grand Cross" de la "Order of the Bath" permanece en la Lady Chapel de Westminster.

La historia de estas piezas ayuda a explicar por qué algunas pueden encontrarse hoy en posiciones que, a primera vista, resultan extrañas.
La Orden fue ampliada en 1815, cuando se establecieron tres clases: Knights Grand Cross, Knights Commander y Companions (Grandes Cruces, Comendadores y Caballeros). Se abrió entonces también la posibilidad de admitir a un reducido número de civiles distinguidos en la categoría superior y, en 1847, se incorporó una sección civil de Caballeros y Comendadores. El número de miembros aumentó, del mismo modo, considerablemente, especialmente después de las guerras napoleónicas.
Durante casi un siglo dejaron de celebrarse incluirse más placas en la capilla. En 1913, Jorge V recuperó el ceremonial. Aquel año se instalaron las placas de 46 nuevos Grandes Cruces y volvió a ponerse en marcha la colocación de estandartes, cimeras. Fue entonces cuando las placas más antiguas fueron desplazadas hacia abajo, bajo los asientos de las filas superiores, por falta de más espacio.

Ese detalle es fundamental para comprender lo que hoy encuentra el visitante. La disposición de la heráldica en la capilla no responde a un único momento histórico. Es el resultado de varios siglos de incorporaciones, modificaciones y sustituciones. Algunas placas pertenecen a una época en la que el espacio disponible era suficiente; otras fueron colocadas posteriormente; y las antiguas conservaron su función de registro aunque cambiaran de posición.

La propia dirección de la Abadía  resume la función de estas piezas con una expresión reveladora: desde 1725, las “armorial stall-plates” han constituido un registro de los miembros más importantes de la Orden.

En la tradición heráldica, como sabemos, un escudo de armas no es simplemente un dibujo decorativo. Es un sistema de identificación visual asociado a una persona, una familia o una dignidad. En Westminster, además, las placas pueden proporcionar incluso información biográfica.

Un ejemplo particularmente revelador es el de Sir Frederick Haldimand, militar y gobernador de Quebec. Su placa se conserva en la Lady Chapel y la dirección de Westminster la describe como una de las placas esmaltadas más antiguas. Muestra su escudo de armas (un chevrón de armiño entre tres estrellas sobre campo de azur acompañado por dos figuras como soportes). La inscripción está redactada en francés y enumera los distintos cargos que desempeñó. También registra la fecha de su admisión en la Orden: el 19 de mayo de 1788. Parte de la biografía personal de Haldimand aparece así condensada en una pequeña pieza de metal.

Los conservadores de la Abadía repararon en otro detalle. Su sobrino Anthony Frederick Haldimand, que más tarde sería un famoso banquero, actuó como "esquire", escudero o paje, de su tío durante la ceremonia. Haldimand, como la inmensa mayoría de caballeros de esta institución no está enterrado en Westminster. Murió en Suiza en 1791. Sin embargo, su placa continúa en la capilla que pertenece a la Orden de la que formó parte. La placa, por tanto, no es solamente una imagen. Es un documento, y  quizá sea éste el aspecto más singular de las pequeñas piezas metálicas de la capilla.


Westminster Abbey está llena de monumentos funerarios. Allí descansan reyes, reinas, estadistas, militares y figuras fundamentales de la historia británica. Pero las placas de la Orden del Baño obedecen a otra lógica. No son epitafios, son elementos que constatan el lugar en la sociedad que ocupaban estas personalidades en cada momento histórico del país.

La Order of the Bath no es únicamente una institución del pasado. El 16 de mayo de 2025, la Abadía de Westminster acogió el servicio conmemorativo del 300.º aniversario de su creación. El rey Carlos III, soberano de la Orden, asistió a la ceremonia y el príncipe de Gales fue instalado como “Great Master”. Los nuevos “Knights Grand Cross” prestaron juramento y tomaron posesión de sus stalls  en la capilla.
La ceremonia ofreció una imagen extraordinariamente parecida a la que habría contemplado un visitante siglos atrás. La capilla, los estandartes, las cimeras, la heráldica y los asientos ceremoniales volvieron a formar parte un mismo ritual repetido ya durante siglos.

Entre las nuevas insignias estaban también las placas que conservan la memoria de quienes ocuparon aquellos mismos lugares antes que ellos. La tradición no se limita, por tanto, a recordar a los muertos. Continúa incorporando nombres nuevos a un registro que empezó a construirse en el siglo XVIII y que la propia Abadía considera un archivo permanente de los miembros que han ocupado los stalls.

Hay algo paradójico en este templo. Como hemos dicho, la Abadía es uno de los lugares del mundo donde más fácil resulta mirar hacia arriba. La arquitectura casi obliga a hacerlo. Las bóvedas, las vidrieras, los monumentos, los estandartes y los escudos compiten por la mirada.

Pero en la Lady Chapel, una parte esencial de la historia de una antigua orden de caballería se encuentra escrita mucho más abajo. En placas de metal. En nombres que quizá ya no dicen nada al visitante. En escudos cuyo mensaje sólo puede descifrarse con paciencia. Y en unos asientos cuya disposición actual es el resultado visible de tres siglos de historia institucional.


Publicado por La Mesa de los Notables.



sábado, 5 de septiembre de 2026

CUANDO LAS PLANTAS SE CONVIERTEN EN EMBLEMA.

 Riestra2026.


Algunas notas sobre la emblemática japonesa (V). 


Hay una hermosa manera en japón de hacer que una planta deje de ser simplemente un elemento vegetal y se convierta en emblema. En el reducido espacio de un círculo, el mundo vegetal pierde volumen y color adquiriendo otra naturaleza, la del símbolo. Eso es lo que ocurre con los kamon de inspiración vegetal. 

Aunque, como ya hemos dicho en entradas anteriores, estos símbolos suelen compararse con los escudos de armas europeos pero su historia y su lógica son diferentes. Y entre sus innumerables motivos (animales, astros, fenómenos naturales, objetos, caracteres, etc) las plantas ocupan un lugar extraordinariamente importante. El crisantemo, la paulownia, la malva, la glicinia, el bambú, el cerezo o el ciruelo aparecen una y otra vez, sometidos a una operación estética muy japonesa, como es la de reducir la naturaleza a una forma clara, memorable y reproducible.

Pero esta costumbre no empieza exactamente con los kamon. Mucho antes de que una planta identificara a un clan ya formaba parte del vocabulario visual de las élites japonesas.
Durante el período Heian (794-1185), la aristocracia de la corte desarrolló un complejo repertorio de diseños conocido como yūsoku mon’yō. Se empleaban en vestimentas, mobiliario, objetos personales, arquitectura y vehículos. Entre sus motivos había flores, hojas, árboles y otros elementos naturales. Algunos diseños eran repetitivos y se encerraban en formas geométricas; otros combinaban diferentes elementos vegetales.

La propia tradición de los patrones japoneses, por tanto, es anterior al desarrollo de los kamon como emblemas. Los yūsoku mon'yō constituyeron una de las bases de las tradiciones decorativas posteriores, entre ellas los propios kamon.
Es importante hacer aquí una precisión histórica. No debe confundirse cualquier representación antigua de una planta con un kamon. Una flor representada sobre una tela Heian no era necesariamente un emblema. El kamon nace como signo identificativo, mientras que el motivo vegetal existía ya dentro de una cultura ornamental mucho más amplia.

La naturaleza que había servido durante siglos como repertorio ornamental podía ahora condensar una identidad. El árbol, la flor o la hoja dejaban de ser únicamente elementos hermosos para poder identificar a la persona que los llevaba como miembro de un clan.

Con el período Kamakura y el ascenso de la clase guerrera, el signo adquirió una función mucho más urgente. En el campo de batalla, como ya hemos dicho en varios de estos capítulos,  no había tiempo para sutilezas cortesanas. Había que distinguir rápidamente aliados y enemigos. Los emblemas comenzaron a aparecer en armaduras, estandartes, banderas y otras partes del equipamiento militar.

La consecuencia estética fue decisiva. Un emblema militar debía poder reconocerse a distancia, por eso los motivos vegetales que triunfaron como kamon. Una planta es reducida a sus elementos esenciales, tres hojas, una flor, un tallo, una disposición simétrica. La complejidad de la naturaleza se convierte en claridad gráfica. No es casualidad que los kamon vegetales tengan con frecuencia una apariencia casi abstracta. El objetivo no era pintar una planta. Era conseguir que unas pocas líneas fueran suficientes para reconocer de inmediato a un clan.


La paulownia: un árbol convertido en signo de poder.

Entre las plantas asociadas a la emblemática japonesa, pocas tienen una trayectoria tan importante como la paulownia. Sus flores y hojas fueron utilizadas como motivo decorativo y, posteriormente, como emblema. Existen numerosas variantes del kirimon, hasta el punto de que las flores pueden organizarse según cantidades concretas: por ejemplo, disposiciones conocidas como go-san no kiri y go-shichi no kiri, según el número de flores de cada grupo.

La paulownia también quedó vinculada al poder político. El Museo Británico conserva, por ejemplo, un ōban (una gran moneda de oro del Japón premoderno) cuya marca floral reproduce la paulownia; la fuente del museo señala que este motivo acabaría utilizándose también en sellos oficiales del gobierno y en sellos imperiales.

La historia de esta planta demuestra algo importante: un motivo vegetal podía circular entre diferentes ámbitos de la cultura visual japonesa. Podía aparecer en una bandera, en una moneda, en una decoración arquitectónica o sobre un objeto lacado sin que todas esas apariciones tuvieran exactamente la misma función. La planta era la forma; el contexto determinaba el significado.

El crisantemo, de flor a emblema imperial.

Hay otra planta cuya historia es inseparable de la autoridad imperial, como es el crisantemo (kiku). Era ya un motivo decorativo y auspicioso mucho antes de convertirse en el símbolo imperial que hoy resulta familiar. Una pieza de laca conservada por el Metropolitan Museum of Art, fechada a finales del siglo XV, combina crisantemos y paulownias y documenta el uso de ambas plantas como motivos auspiciosos y también como emblemas militares.

La asociación imperial del crisantemo se consolidó históricamente, y su uso fue adquiriendo restricciones específicas. Una fuente de la Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón recoge la tradición según la cual el emperador Go-Toba (1180-1239) sentía especial predilección por el motivo del crisantemo, que progresivamente se convirtió en un emblema de la casa imperial. También documenta las restricciones posteriores sobre determinadas formas del crisantemo y del conjunto crisantemo-paulownia. Así, una flor podía recorrer un camino extraordinario, de motivo natural a ornamento, de ornamento a emblema, y de emblema a signo de autoridad.

La malva de los Tokugawa.

Quizá ningún otro motivo vegetal esté tan inmediatamente asociado a un clan guerrero como la aoi, la malva empleada en el célebre emblema de los Tokugawa.
La historia es particularmente reveladora porque conecta una planta con un lugar y con una tradición religiosa. La Biblioteca de la Dieta Nacional recoge que la planta representada en el emblema de los Tokugawa es la futaba-aoi, también llamada Kamo-aoi, considerada una planta sagrada relacionada con los rituales del santuario Kamo de Kioto. Según esta referencia, familias vinculadas a ese entorno utilizaron la aoi como motivo; los Matsudaira (antecesores de los Tokugawa) emplearon una forma de dos hojas y los Tokugawa desarrollaron el conocido diseño de tres hojas de aoi.

El famoso mitsuba-aoi terminó convertido en uno de los emblemas más reconocibles del Japón del período Edo. La imagen es casi paradójica, una planta relativamente delicada acabó identificando a una de las estructuras políticas más poderosas del Japón premoderno.

Sengoku. La planta como silueta contra el cielo.

Durante las guerras civiles de los siglos XV y XVI, la identificación visual alcanzó una importancia extraordinaria. Los clanes utilizaban sus signos en estandartes, campamentos, armas y vestimentas.La sencillez se convirtió en una virtud militar.

Una flor complicada podía resultar magnífica sobre un objeto de lujo, pero un signo destinado a verse entre centenares de hombres necesitaba otra lógica. Las fuentes japonesas describen los motivos empleados por los samuráis como diseños generalmente simples, de un solo motivo, concebidos para resultar impresionantes y reconocibles desde lejos.
Es en ese contexto donde se entiende mejor la peculiar estética de los kamon vegetales. No son plantas observadas desde la distancia corta del jardín. Son plantas convertidas en siluetas.

De la guerra a la ciudad, la larga paz del período Edo.

La llegada del período Edo transformó nuevamente la función de los emblemas.Japón entró en un largo período de estabilidad política bajo el shogunato Tokugawa. Los kamon continuaron existiendo, pero su utilización se extendió mucho más allá de los guerreros. Según el Gobierno de Japón, durante este período comenzaron a utilizarlos también comerciantes y habitantes de las ciudades; los emblemas servían para identificar, ya no a clanes, sin o también a gremios, comerciantes y negocios. Y ocurrió algo particularmente fértil para las plantas: la horticultura floreció.

Durante el Edo aumentó el cultivo de plantas ornamentales y, paralelamente, creció la variedad de motivos vegetales empleados en el diseño japonés. La documentación oficial sobre los patrones japoneses señala, por ejemplo, la enorme popularidad de la asagao, la campanilla o morning glory, durante el siglo XIX, especialmente en los diseños de los kimonos de verano. La planta ya no necesitaba justificar su presencia por la guerra. Podía ser simplemente bella, pero seguía conservando la memoria de un sistema visual en el que naturaleza e identidad habían estado estrechamente unidas.


El pino, el ciruelo, el bambú y el mundo de los buenos augurios.

No todas las plantas tuvieron la misma función ni todas fueron igualmente importantes como kamon. Conviene, además, separar el simbolismo general de la decoración japonesa del significado específico que pudiera tener un determinado emblema.
El pino, el bambú y el ciruelo, por ejemplo, forman desde hace siglos una célebre tríada de motivos auspiciosos. El uso de plantas como imágenes de buena fortuna está ampliamente documentado en el arte y las artes decorativas japonesas.

Un estudio publicado en J-STAGE sobre motivos vegetales en piezas de cerámica japonesas de finales de Meiji y comienzos de Shōwa encontró que más de la mitad de las 256 piezas estudiadas presentaban plantas; entre las más frecuentes estaban precisamente el pino y el ciruelo, tradicionalmente utilizados como motivos auspiciosos. No todo pino significa automáticamente “longevidad”, ni todo bambú significa necesariamente “resiliencia” dentro de un kamon concreto. Esas asociaciones existen en la cultura simbólica japonesa, pero el significado de un emblema concreto depende también de su historia y del clan o casa que lo utilizó.
El diseño japonés es simbólico, sí; pero no funciona exactamente como un diccionario en el que cada planta tenga una única traducción.

El siglo XIX. El mundo vegetal se ensancha.

El final del Edo y la modernización de Japón modificaron profundamente el paisaje cultural. La tradición de los motivos vegetales no desapareció. Al contrario, se encontró con nuevas plantas, nuevos gustos y nuevas formas de representación. Los estudios sobre los diseños textiles del período Meiji y Taishō muestran cómo las flores occidentales comenzaron a incorporarse progresivamente a los diseños japoneses. La rosa, por ejemplo, adquirió una presencia particular como símbolo de lo occidental en el Japón de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Los kamon, sin embargo, conservaron en buena medida su lenguaje formal tradicional: motivos reducidos, composición equilibrada y una marcada tendencia a la claridad gráfica.

Cuando el emblema deja de ser una bandera de guerra.

La Restauración Meiji terminó con el sistema político de los Tokugawa y transformó el orden social. En 1875, el nuevo gobierno estableció la obligación general de adoptar apellidos, algo que anteriormente estaba limitado en principio a determinados grupos sociales. El cambio propició la relación entre apellido y emblema.
El kamon sobrevivió porque ya había dejado de ser exclusivamente una insignia guerrera. Podía aparecer en un kimono ceremonial, en una tumba, en una casa o en determinados objetos familiares. El Gobierno de Japón señala que su uso ceremonial continúa en la actualidad, especialmente en prendas formales y en lápidas.

En el Japón contemporáneo, los kamon siguen formando parte de la cultura visual. La cantidad exacta de diseños depende de cómo se clasifiquen, pero fuentes oficiales japonesas hablan de miles de diseños que se basan exclusivamente en flores, plantas, hojas y otros elementos naturales.

Su presencia moderna resulta especialmente interesante porque revela hasta qué punto ha cambiado la función del símbolo. Un kamon ya no necesita servir para distinguir dos ejércitos en el polvo de una batalla. Puede aparecer en un funeral, una boda, un kimono formal, una entrada o una tradición familiar. Y esa continuidad explica en parte por qué los kamon resultan tan modernos a nuestros ojos. Son ancestrales, pero poseen una economía visual que podría pertenecer a un logotipo contemporáneo. 

Una “heráldica” sin bestiario dominante y llena de jardines.

Desde la perspectiva occidental, quizá lo más llamativo sea precisamente lo que falta.
La heráldica europea desarrolló un extenso repertorio de leones, águilas, unicornios, castillos, espadas y criaturas fantásticas. Los kamon japoneses conocen también animales, armas, objetos y fenómenos naturales, pero los motivos vegetales tienen una presencia extraordinaria. Y las colecciones de museos lo confirman materialmente, una hoja de roble sobre una prenda de un samurái, ramas de myōga en un estandarte, paulownias en objetos lacados, crisantemos sobre muebles, flores y hojas sobre armaduras.

La Glicinia (fuji). Uno de los motivos vegetales más antiguos y prestigiosos. Su nombre está ligado al linaje Fujiwara, y posteriormente fue utilizado por numerosas casas guerreras, entre ellas los Kuroda. El Museo de la Ciudad de Fukuoka documenta el fuji-mon de los Kuroda.

El Ciruelo (ume) posee una larga tradición simbólica y artística en Japón. La familia Maeda, señores de Kaga, utilizó como emblema una flor de ciruelo estilizada, documentada en una armadura conservada por el Metropolitan Museum.

 Mokkō. Es uno de los diseños más característicos de la heráldica guerrera. El clan Oda utilizó una variante del mokko-mon, documentada en retratos y prendas militares de Oda Nobunaga. También fue empleado por la familia Hotta.

Acedera (katabami): Sus tres hojas forman una de las siluetas más reconocibles de los kamon. Fue utilizada por diversas familias guerreras, entre ellas los Sakai, cuyo ken-katabami está documentado en repertorios del Museo de la Ciudad de Nagoya.


La Genciana (rindō): aparece a menudo como sasa-rindō, combinando las flores de genciana con hojas estilizadas. La familia Ishikawa, que gobernó Matsumoto a comienzos del período Edo, utilizó este diseño como emblema.

La Saeta de agua (omodaka): planta acuática reconocible por sus hojas en forma de flecha. La familia Mizuno empleó el maru ni tachi omodaka, todavía visible en las tejas históricas del castillo de Matsumoto.

El Roble( kashiwa): El roble aparece en numerosos emblemas de clanes con ramas familiares de alto rango. El Metropolitan Museum conserva un jinbaori perteneciente a la familia Makino, decorado con tres hojas de roble dentro de un círculo.

La Peonía (botan): tuvo una importante presencia en la cultura aristocrática y en las artes decorativas. Un ajuar de la familia Konoe, una de las grandes casas aristocráticas de Kioto, conserva la peonía como emblema; también aparece documentada en la tradición del clan Shimazu.

El Naranjo tachibana (tachibana): es un antiguo cítrico japonés y dio nombre al clan Tachibana, uno de los linajes de la aristocracia de Nara y Heian.

El Bambú y sasa  (take / sasa)aparece tanto solo como combinado con otros motivos. El ejemplo más célebre es el take ni suzume, bambú y gorriones, asociado a la familia Date, tanto en Sendai como en Uwajima.

Pino (matsu): Uno de los árboles más importantes de la iconografía japonesa. El pino, junto con bambú y ciruelo, como ya hemos dicho, forma la tríada auspiciosa shōchikubai. También aparece como motivo heráldico en diversas casas guerreras, entre ellas la de Hosokawa.

Cerezo (sakura). Aunque su presencia en la cultura japonesa es enorme, su papel como kamon fue más limitado que el que podría sugerir su fama actual. El clan Hosokawa utilizó el cerezo como uno de sus kaemon, según la documentación del Museo Municipal de Yatsushiro.

Lo extraordinario de estos kamon está precisamente en esa transformación, la naturaleza pierde volumen y movimiento para convertirse en una forma mínima y reconocible. Un jardín reducido a una firma.
Quizá ahí esté la clave de toda esta historia. Los kamon japoneses no nos muestran la naturaleza tal como la encontraríamos en un bosque. La comprimen. La ordenan. Eliminan lo accidental. Dejan sólo aquello que permite reconocerla. La planta, al entrar en el mundo del emblema, deja de crecer y se vuelve eterna.

Una glicinia ya no necesita ramas que trepen realmente por una pared. Un crisantemo no necesita marchitarse. Tres hojas de aoi pueden representar una casa durante generaciones. La paulownia puede aparecer sobre una bandera, una moneda, un tejado o un kimono y seguir siendo reconocible.

Durante siglos, los japoneses llevaron flores y hojas a la guerra, a la corte, a las ciudades y a las ceremonias. Cambiaron los regímenes, desaparecieron los samuráis, se modernizó el Estado y llegaron nuevas formas artísticas. Pero el lenguaje permaneció.
Quizá por eso, cuando uno mira un kamon vegetal, la sensación no es la de contemplar una ilustración antigua. Es la de encontrarse con una naturaleza que ha aprendido a convertirse en memoria.

Riestra2026.

Artículos relacionados (hacer click sobre el capítulo para leerlo):
Capítulo I
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 4 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO IV-.

 
El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.


CAPÍTULO IV. EL CARGO LE SIENTA BIEN.


Todas las corporaciones necesitan una cabeza.

Algunas la llaman presidente. Otras, hermano mayor, decano, alcalde mayor, gran maestre, lugarteniente o prior. Existen instituciones que llevan varios siglos utilizando una denominación cuyo significado sólo conocen quienes aspiran a ocuparla.

No tengo nada contra ello.

Siempre he pensado que una corporación empieza a adquirir verdadera personalidad cuando su máximo responsable necesita explicar de dónde procede la denominación de su cargo durante una cena.

Mi primo Ataúlfo vino a verme una tarde para anunciarme que su Corporación buscaba nueva cabeza visible.

—Necesitamos a alguien importante.
—¿No tenéis ninguno dentro?

Me miró.

—Alguien conocido.
—Eso es distinto.

Querían «dar un salto institucional»: más presencia, más reconocimiento, más relaciones y más proyección.

—¿Y para qué sirve la Corporación?

Ataúlfo frunció el ceño.

—Ya sabes para qué sirve.
—Entonces llevamos ventaja.

Conservaban un archivo, organizaban actividades culturales, sostenían obras benéficas y mantenían una tradición histórica muy respetable.
Todo aquello me pareció suficiente.
A ellos no.
Habían encontrado al candidato perfecto.

Era un hombre conocido en los ambientes adecuados. Había ocupado cargos importantes, presidía una fundación, pertenecía a varias instituciones, conocía embajadores, académicos, empresarios y algunas personas que aparecían en fotografías detrás de los Reyes. No sabía si trataba personalmente a los Reyes. A quienes salían detrás, desde luego si.

Tenía además un apellido excelente.

Ataúlfo consideraba esto último completamente irrelevante y llevaba diez minutos mencionándolo.

—Nos va a abrir muchas puertas.
—Espero que encuentre alguna cerrada.
—Malvavisco.
—¿Y por qué quiere presidiros?
—Porque cree en la Corporación. Y puede ayudarnos muchísimo.
—Eso lo comprendo. Lo que intento averiguar es para qué le servís vosotros a él.

Ataúlfo me miró con auténtico desconcierto.

Aquello me tranquilizó.

Ganó la elección por una mayoría suficiente para que quienes habían apoyado al otro candidato pudieran asegurar después que siempre habían confiado en él. La unanimidad tiene muchas formas. La más frecuente consiste en alcanzarla después del escrutinio.

Prometió «poner su prestigio, su experiencia y sus relaciones al servicio de la Corporación».

Y durante los primeros meses lo hizo.

Consiguió una recepción importante, llevó a una personalidad relevante a uno de sus actos y logró que una institución extranjera contestase una carta que llevaba dos años sin respuesta.

Ataúlfo estaba exultante.

—Ahora nos toman en serio.
—Eso es importante.
—Antes también nos tomaban en serio.
—Entonces habéis progresado muchísimo.

 El problema comenzó algo después.
 Una mañana Ataúlfo apareció con el teléfono en la mano.

 —El jueves tienes que venir.

 Pronunció el nombre de una fundación.

 —¿Qué celebra la Corporación?
—No es de la Corporación.
—Entonces ya hemos avanzado bastante.
—Lo organiza el presidente. Quiere que vayamos todos.

Me enseñó el mensaje.

«Considero muy importante que nuestra Corporación esté ampliamente representada».

—¿Tiene algo que ver con vosotros?
—No directamente.
—¿Indirectamente?

Ataúlfo dudó.

—Es una causa muy importante.
—Eso responde a otra pregunta.
—Él lleva años apoyándola.
—También.

Le devolví el teléfono.

—Yo pensaba que lo habíais elegido para que os ayudara él a vosotros.

Ataúlfo fue.

Una semana después me enseñó las fotografías.
El presidente aparecía en el centro. Detrás se distinguían seis miembros de la Corporación.

—Quedó muy bien.
—Muchísimo.

Amplié la imagen.

—¿Por qué lleváis las insignias?
—Nos pidió que fuéramos con ellas.
—¿Era un acto vuestro?
—No.
—Entonces supongo que quería que se os reconociera.
—Exactamente.
—¿A vosotros?

Ataúlfo me quitó el teléfono.

—Siempre tienes que buscar algo.

No tuve que buscar demasiado.

 


Estaba en el centro de la fotografía.

El presidente era un hombre extraordinariamente activo. Presidía una fundación, formaba parte de dos asociaciones, colaboraba con una iniciativa internacional y dirigía unas jornadas anuales.

Había ocupado tantos cargos que, cuando hablaba en público, resultaba prudente esperar al membrete para saber en nombre de quién lo hacía.

Los miembros de la Corporación empezaron a recibir invitaciones.
Después peticiones.
Más tarde adhesiones.

«Sería conveniente que...»
«Ruego a quienes puedan...»
«Considero importante que apoyemos...»

La primera persona del plural posee una extraordinaria capacidad para repartir esfuerzos. Permite que una idea nazca en singular y el trabajo aparezca repartido entre todos. Nadie estaba obligado a nada. Todos empezaban a sentirse obligados a casi todo.

Un día Ataúlfo me explicó que la Corporación iba a apoyar a un conocido del presidente para recibir determinada distinción.

—¿Quién ha decidido que apoyéis esto? —pregunté.
—El presidente lo ha propuesto.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—La Junta está de acuerdo.
—¿Ya se ha reunido?
—Todavía no.
—Admiro la rapidez.—¿La merece?
—Sin duda.
—Entonces espero que se la den.
—Además, el presidente nos ha ayudado muchísimo.

Aquello me interesó.

—¿Entonces ahora le debéis algo?
—No he dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo cogió una copa.

—Las relaciones institucionales funcionan mediante reciprocidad.
—Pensaba que funcionaban mediante estatutos.
—No seas ingenuo. La lealtad va en dos direcciones.
—Buena frase.
—Me alegra constatar que estamos de acuerdo.
—Casi.
—¿En qué no?
—En que últimamente las dos direcciones parecen ir hacia él.

Ataúlfo bebió.

—Siempre tienes que encontrar un problema.
—No. A veces viene con señalización.
 

Conocí finalmente al presidente durante una cena de la Corporación.
Era culto, educado e inteligente.
Esto perjudicó bastante mis posibilidades de divertirme.
 

Me habló con verdadero entusiasmo de la institución.

—Aquí hay empresarios, diplomáticos, profesores, profesionales... Tenemos una red magnífica. Esta magnífica red hay que ponerla al servicio de las buenas causas.
—Es una frase excelente.

Pareció agradecérmelo.

—¿De cuáles?
—De las que lo merezcan.
—¿Quién decide?

Vaciló sólo un instante.

—La Junta, naturalmente.

Aquello me pareció impecable.
Después me habló de varias causas que lo merecían.
Curiosamente, ya las defendía antes de ser presidente.
Al terminar encontré en el vestíbulo una mesa con folletos.
Cogí uno.
Era de su fundación.
Otro, de una asociación que presidía.

Había un tercero.

—¿También suyo? —pregunté a Ataúlfo.
—No exactamente. La fundó él.

Cogí el cuarto.

Ataúlfo me lo quitó de la mano.

—Ése sí es de la Corporación.
—Me alegra saber que habéis conseguido sitio en la mesa.

Dejé los folletos.

—Tiene una vida muy completa.
—Precisamente por eso lo elegimos. 

La frase era perfecta.
Lo habían elegido porque hacía muchas cosas.
Ahora ellos hacían muchas cosas porque lo habían elegido.

El asunto alcanzó cierta perfección el día del principal acto anual de la Corporación.

La víspera me llamó Ataúlfo.

—Tenemos un problema.
—Eso mantiene viva nuestra amistad.
—El presidente no puede venir. Tiene otro acto.
—¿Qué preside esta vez?

Eran unas jornadas de su fundación.
Empezaba a comprender que aquel hombre no tenía conflictos de agenda, sino de presidencia.

—Ha mandado un mensaje muy cariñoso.
—Eso compensará la silla vacía.
—Y quiere que después vayamos algunos a la clausura.
—¿También él vendrá al vuestro después?
—No puede.
—La lealtad debe de haber encontrado tráfico en una de las dos direcciones.

El acto de la Corporación se celebró perfectamente sin su presidente.
Aquello demostró algo que algunas instituciones olvidan: pueden sobrevivir varias horas sin su cabeza visible.

Ataúlfo y otros miembros acudieron después a la clausura.

Dos días más tarde me enseñó la fotografía.

El presidente figuraba en el centro. A su alrededor había autoridades, ponentes y varios miembros de la Corporación.

—Dimos mucha presencia —dijo.
—Eso veo.

Amplié la fotografía.

—¿Dónde estás?

Ataúlfo señaló una cabeza en la segunda fila.

—Aquí.
—La presencia ha quedado discretamente distribuida.
—La Corporación se está haciendo muy conocida gracias a él.
—¿Y esta fotografía a quién ayuda?
—A todos.
—Magnífico. Las fotografías verdaderamente buenas tienen esa virtud.

Le devolví el teléfono.

—¿Recuerdas por qué lo elegisteis?
—Por su prestigio, sus contactos, su capacidad de representación...
—Para que ayudara a la Corporación.
—Exactamente.
—Y ahora asistís a sus actos, respaldáis sus iniciativas, apoyáis sus candidatos y os ponéis las insignias cuando necesita gente detrás.
—No siempre llevamos las insignias.
—Eso cambia completamente el asunto.

Ataúlfo se levantó.

—Lo planteas como si nos utilizara.
—No he dicho eso.
—¿Entonces?
—Que quizá vosotros empezasteis. Lo elegisteis porque queríais utilizar su prestigio.
—En beneficio de la Corporación.
—Naturalmente.
—No es lo mismo.
—No exactamente.

Se hizo un pequeño silencio.

—Vosotros queríais vestiros un poco con su nombre. Y él ha descubierto que la Corporación también le sienta bastante bien.

Ataúlfo sonrió a pesar suyo.

—Eres insoportable.
—Eso no requiere cargo.

Ya en la puerta se volvió.

—En cualquier caso, reconocerás que el cargo le sienta muy bien.

Lo miré.

—Demasiado bien, quizás.

Se marchó.

Me quedé mirando a don Rigoberto.

Durante siglos las instituciones han vestido a quienes las representan con uniformes, insignias, tratamientos, collares, varas y dignidades. Era una forma de recordar que, durante algún tiempo, aquel hombre representaba algo que había comenzado antes que él y debía continuar después.

El problema empieza cuando deja de estar claro quién viste a quién.
Hay personas que visten una institución.
Y otras que se visten de ella.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.
Capítulo I.
Capítulo II.
Capítulo III.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables. 

 


jueves, 3 de septiembre de 2026

LLEGA A LA RADIO Y A SPOTIFY NUESTRA ENTREVISTA SOBRE LOS CONDES DE HOLANDA Y LA ORDEN DE SANTIAGO.

 

El pasado 22 de agosto publicamos en nuestro blog una entrevista exclusiva que nos concedió Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfur, dedicada a los Condes de Holanda y su relación con la Orden de Santiago.

La entrevista fue conducida magistralmente por el barón Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast, quien dirigió una interesante conversación en torno a la trayectoria  de la Orden y sus vínculos con la historia europea.

Esta misma semana hemos vuelto a publicar la entrevista en inglés, a petición de numerosos lectores de nuestro blog procedentes de países de habla inglesa, poniendo así sus contenidos a disposición de un público internacional aún más amplio.

Ayer mismo tuvimos conocimiento de que esta entrevista ha tenido repercusión en varios programas radiofónicos de habla inglesa, siendo además difundida en formato pódcast a través de Spotify.

En el programa, además de abordar distintos aspectos de la trayectoria histórica de la Orden de Santiago, se hace referencia a nuestro blog y a la repercusión que está alcanzando a nivel internacional, no solo en los países de habla hispana, sino también entre lectores y seguidores de otras partes del mundo.

Nos sentimos especialmente satisfechos de que el trabajo de divulgación histórica que desarrollamos desde nuestro espacio en internet,  pueda alcanzar nuevos públicos y contribuir a dar a conocer episodios, personajes y vínculos históricos que forman parte de nuestro patrimonio común europeo, como así mismo representar y dar voz en el mundo a la corporación nobiliaria a la que pertenecemos.

Para escuchar el pódcast: aquí.

Para leer la entrevista en español concedida por Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfur: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.



miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA ACADEMIA DE ESTUDIOS HISTÓRICOS YSABEL Y FERNANDO.

 

A principios de esta misma semana tuve la ocasión de recibir, de manos del director de la Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando, la Placa de San Juan, distinción que esta institución concede a aquellas personas que, a su criterio, se han distinguido por su dedicación y compromiso con la preservación, defensa y difusión de los valores históricos, culturales y tradicionales que forman parte de su razón de ser.

La misma, según manifiestan, "supone un reconocimiento a una labor y a un compromiso mantenidos en el tiempo con el estudio, la conservación y la divulgación de nuestro patrimonio histórico y cultural. Una labor que adquiere especial importancia en unos tiempos en los que resulta necesario mantener viva la memoria de nuestro pasado, conocer nuestras raíces y transmitir a las generaciones futuras el legado recibido".


La Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando tiene como principal misión el estudio, investigación, conservación y difusión del legado histórico, cultural y heráldico del reinado de los Reyes Católicos, una de las etapas más trascendentales de la Historia de España y de Europa.

Su labor abarca el estudio riguroso de la Historia, la Genealogía, la Heráldica, la Nobiliaria y demás ciencias auxiliares, fomentando la investigación, las publicaciones, las conferencias y otras actividades destinadas a preservar y ampliar el conocimiento de nuestro pasado.

Especial importancia tiene para la Academia la Heráldica, entendida como una auténtica disciplina histórica que permite conocer la evolución de los linajes, instituciones y símbolos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Asimismo, impulsa la elaboración y publicación de trabajos especializados, muchos de ellos realizados de manera altruista por investigadores comprometidos con la cultura y la preservación del patrimonio.

La Academia desarrolla también estudios, informes, dictámenes y trabajos heráldicos que contribuyen a sostener sus proyectos de investigación y divulgación, siempre desde el rigor histórico y documental.

De esta distinción existen dos diplomas acreditativos. El primero de ellos incorpora, en su parte superior, las armas personales del distinguido, otorgándoles un lugar destacado dentro de la composición. Estas aparecen acompañadas por el emblema de la Academia, situado en el centro, y flanqueado por las representaciones heráldicas de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, figuras que dan nombre a la institución y constituyen el referente histórico sobre el que se fundamenta su actividad. El conjunto queda integrado en una composición de marcado carácter heráldico, en la que los distintos elementos contribuyen a reforzar la solemnidad y el carácter histórico de la distinción.

El segundo modelo presenta una composición algo más sobria y equilibrada. En este caso desaparecen las armas personales del galardonado y el espacio superior queda presidido por el emblema de la Academia, situado entre las iniciales Y y F, correspondientes a Ysabel y Fernando. De este modo, el protagonismo recae fundamentalmente en la propia institución y en los monarcas que inspiran su denominación, dando como resultado un diploma de carácter más institucional.
Ambos mantienen, no obstante, una estructura común y una cuidada ornamentación. Los motivos decorativos, los elementos simbólicos y la disposición de los diferentes componentes confieren al documento un marcado carácter ceremonial, acorde con la naturaleza de la distinción. 

Mi más sincero agradecimiento a la Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando por esta distinción y por la labor que se ha fijado como objetivo desarrollar en defensa de nuestra memoria histórica y cultural.

Para más información:http://academiaysabelyfernando.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.