viernes, 4 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO IV-.

 
El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.


CAPÍTULO IV. EL CARGO LE SIENTA BIEN.


Todas las corporaciones necesitan una cabeza.

Algunas la llaman presidente. Otras, hermano mayor, decano, alcalde mayor, gran maestre, lugarteniente o prior. Existen instituciones que llevan varios siglos utilizando una denominación cuyo significado sólo conocen quienes aspiran a ocuparla.

No tengo nada contra ello.

Siempre he pensado que una corporación empieza a adquirir verdadera personalidad cuando su máximo responsable necesita explicar de dónde procede la denominación de su cargo durante una cena.

Mi primo Ataúlfo vino a verme una tarde para anunciarme que su Corporación buscaba nueva cabeza visible.

—Necesitamos a alguien importante.
—¿No tenéis ninguno dentro?

Me miró.

—Alguien conocido.
—Eso es distinto.

Querían «dar un salto institucional»: más presencia, más reconocimiento, más relaciones y más proyección.

—¿Y para qué sirve la Corporación?

Ataúlfo frunció el ceño.

—Ya sabes para qué sirve.
—Entonces llevamos ventaja.

Conservaban un archivo, organizaban actividades culturales, sostenían obras benéficas y mantenían una tradición histórica muy respetable.
Todo aquello me pareció suficiente.
A ellos no.
Habían encontrado al candidato perfecto.

Era un hombre conocido en los ambientes adecuados. Había ocupado cargos importantes, presidía una fundación, pertenecía a varias instituciones, conocía embajadores, académicos, empresarios y algunas personas que aparecían en fotografías detrás de los Reyes. No sabía si trataba personalmente a los Reyes. A quienes salían detrás, desde luego si.

Tenía además un apellido excelente.

Ataúlfo consideraba esto último completamente irrelevante y llevaba diez minutos mencionándolo.

—Nos va a abrir muchas puertas.
—Espero que encuentre alguna cerrada.
—Malvavisco.
—¿Y por qué quiere presidiros?
—Porque cree en la Corporación. Y puede ayudarnos muchísimo.
—Eso lo comprendo. Lo que intento averiguar es para qué le servís vosotros a él.

Ataúlfo me miró con auténtico desconcierto.

Aquello me tranquilizó.

Ganó la elección por una mayoría suficiente para que quienes habían apoyado al otro candidato pudieran asegurar después que siempre habían confiado en él. La unanimidad tiene muchas formas. La más frecuente consiste en alcanzarla después del escrutinio.

Prometió «poner su prestigio, su experiencia y sus relaciones al servicio de la Corporación».

Y durante los primeros meses lo hizo.

Consiguió una recepción importante, llevó a una personalidad relevante a uno de sus actos y logró que una institución extranjera contestase una carta que llevaba dos años sin respuesta.

Ataúlfo estaba exultante.

—Ahora nos toman en serio.
—Eso es importante.
—Antes también nos tomaban en serio.
—Entonces habéis progresado muchísimo.

 El problema comenzó algo después.
 Una mañana Ataúlfo apareció con el teléfono en la mano.

 —El jueves tienes que venir.

 Pronunció el nombre de una fundación.

 —¿Qué celebra la Corporación?
—No es de la Corporación.
—Entonces ya hemos avanzado bastante.
—Lo organiza el presidente. Quiere que vayamos todos.

Me enseñó el mensaje.

«Considero muy importante que nuestra Corporación esté ampliamente representada».

—¿Tiene algo que ver con vosotros?
—No directamente.
—¿Indirectamente?

Ataúlfo dudó.

—Es una causa muy importante.
—Eso responde a otra pregunta.
—Él lleva años apoyándola.
—También.

Le devolví el teléfono.

—Yo pensaba que lo habíais elegido para que os ayudara él a vosotros.

Ataúlfo fue.

Una semana después me enseñó las fotografías.
El presidente aparecía en el centro. Detrás se distinguían seis miembros de la Corporación.

—Quedó muy bien.
—Muchísimo.

Amplié la imagen.

—¿Por qué lleváis las insignias?
—Nos pidió que fuéramos con ellas.
—¿Era un acto vuestro?
—No.
—Entonces supongo que quería que se os reconociera.
—Exactamente.
—¿A vosotros?

Ataúlfo me quitó el teléfono.

—Siempre tienes que buscar algo.

No tuve que buscar demasiado.

 


Estaba en el centro de la fotografía.

El presidente era un hombre extraordinariamente activo. Presidía una fundación, formaba parte de dos asociaciones, colaboraba con una iniciativa internacional y dirigía unas jornadas anuales.

Había ocupado tantos cargos que, cuando hablaba en público, resultaba prudente esperar al membrete para saber en nombre de quién lo hacía.

Los miembros de la Corporación empezaron a recibir invitaciones.
Después peticiones.
Más tarde adhesiones.

«Sería conveniente que...»
«Ruego a quienes puedan...»
«Considero importante que apoyemos...»

La primera persona del plural posee una extraordinaria capacidad para repartir esfuerzos. Permite que una idea nazca en singular y el trabajo aparezca repartido entre todos. Nadie estaba obligado a nada. Todos empezaban a sentirse obligados a casi todo.

Un día Ataúlfo me explicó que la Corporación iba a apoyar a un conocido del presidente para recibir determinada distinción.

—¿Quién ha decidido que apoyéis esto? —pregunté.
—El presidente lo ha propuesto.
—Eso no es exactamente lo mismo.
—La Junta está de acuerdo.
—¿Ya se ha reunido?
—Todavía no.
—Admiro la rapidez.—¿La merece?
—Sin duda.
—Entonces espero que se la den.
—Además, el presidente nos ha ayudado muchísimo.

Aquello me interesó.

—¿Entonces ahora le debéis algo?
—No he dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo cogió una copa.

—Las relaciones institucionales funcionan mediante reciprocidad.
—Pensaba que funcionaban mediante estatutos.
—No seas ingenuo. La lealtad va en dos direcciones.
—Buena frase.
—Me alegra constatar que estamos de acuerdo.
—Casi.
—¿En qué no?
—En que últimamente las dos direcciones parecen ir hacia él.

Ataúlfo bebió.

—Siempre tienes que encontrar un problema.
—No. A veces viene con señalización.
 

Conocí finalmente al presidente durante una cena de la Corporación.
Era culto, educado e inteligente.
Esto perjudicó bastante mis posibilidades de divertirme.
 

Me habló con verdadero entusiasmo de la institución.

—Aquí hay empresarios, diplomáticos, profesores, profesionales... Tenemos una red magnífica. Esta magnífica red hay que ponerla al servicio de las buenas causas.
—Es una frase excelente.

Pareció agradecérmelo.

—¿De cuáles?
—De las que lo merezcan.
—¿Quién decide?

Vaciló sólo un instante.

—La Junta, naturalmente.

Aquello me pareció impecable.
Después me habló de varias causas que lo merecían.
Curiosamente, ya las defendía antes de ser presidente.
Al terminar encontré en el vestíbulo una mesa con folletos.
Cogí uno.
Era de su fundación.
Otro, de una asociación que presidía.

Había un tercero.

—¿También suyo? —pregunté a Ataúlfo.
—No exactamente. La fundó él.

Cogí el cuarto.

Ataúlfo me lo quitó de la mano.

—Ése sí es de la Corporación.
—Me alegra saber que habéis conseguido sitio en la mesa.

Dejé los folletos.

—Tiene una vida muy completa.
—Precisamente por eso lo elegimos. 

La frase era perfecta.
Lo habían elegido porque hacía muchas cosas.
Ahora ellos hacían muchas cosas porque lo habían elegido.

El asunto alcanzó cierta perfección el día del principal acto anual de la Corporación.

La víspera me llamó Ataúlfo.

—Tenemos un problema.
—Eso mantiene viva nuestra amistad.
—El presidente no puede venir. Tiene otro acto.
—¿Qué preside esta vez?

Eran unas jornadas de su fundación.
Empezaba a comprender que aquel hombre no tenía conflictos de agenda, sino de presidencia.

—Ha mandado un mensaje muy cariñoso.
—Eso compensará la silla vacía.
—Y quiere que después vayamos algunos a la clausura.
—¿También él vendrá al vuestro después?
—No puede.
—La lealtad debe de haber encontrado tráfico en una de las dos direcciones.

El acto de la Corporación se celebró perfectamente sin su presidente.
Aquello demostró algo que algunas instituciones olvidan: pueden sobrevivir varias horas sin su cabeza visible.

Ataúlfo y otros miembros acudieron después a la clausura.

Dos días más tarde me enseñó la fotografía.

El presidente figuraba en el centro. A su alrededor había autoridades, ponentes y varios miembros de la Corporación.

—Dimos mucha presencia —dijo.
—Eso veo.

Amplié la fotografía.

—¿Dónde estás?

Ataúlfo señaló una cabeza en la segunda fila.

—Aquí.
—La presencia ha quedado discretamente distribuida.
—La Corporación se está haciendo muy conocida gracias a él.
—¿Y esta fotografía a quién ayuda?
—A todos.
—Magnífico. Las fotografías verdaderamente buenas tienen esa virtud.

Le devolví el teléfono.

—¿Recuerdas por qué lo elegisteis?
—Por su prestigio, sus contactos, su capacidad de representación...
—Para que ayudara a la Corporación.
—Exactamente.
—Y ahora asistís a sus actos, respaldáis sus iniciativas, apoyáis sus candidatos y os ponéis las insignias cuando necesita gente detrás.
—No siempre llevamos las insignias.
—Eso cambia completamente el asunto.

Ataúlfo se levantó.

—Lo planteas como si nos utilizara.
—No he dicho eso.
—¿Entonces?
—Que quizá vosotros empezasteis. Lo elegisteis porque queríais utilizar su prestigio.
—En beneficio de la Corporación.
—Naturalmente.
—No es lo mismo.
—No exactamente.

Se hizo un pequeño silencio.

—Vosotros queríais vestiros un poco con su nombre. Y él ha descubierto que la Corporación también le sienta bastante bien.

Ataúlfo sonrió a pesar suyo.

—Eres insoportable.
—Eso no requiere cargo.

Ya en la puerta se volvió.

—En cualquier caso, reconocerás que el cargo le sienta muy bien.

Lo miré.

—Demasiado bien, quizás.

Se marchó.

Me quedé mirando a don Rigoberto.

Durante siglos las instituciones han vestido a quienes las representan con uniformes, insignias, tratamientos, collares, varas y dignidades. Era una forma de recordar que, durante algún tiempo, aquel hombre representaba algo que había comenzado antes que él y debía continuar después.

El problema empieza cuando deja de estar claro quién viste a quién.
Hay personas que visten una institución.
Y otras que se visten de ella.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco en La Mesa de los Notables:

Presentación: aquí.
Capítulo I: aquí.
Capítulo II: aquí.
Capítulo III: aquí.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables. 

 


jueves, 3 de septiembre de 2026

LLEGA A LA RADIO Y A SPOTIFY NUESTRA ENTREVISTA SOBRE LOS CONDES DE HOLANDA Y LA ORDEN DE SANTIAGO.

 

El pasado 22 de agosto publicamos en nuestro blog una entrevista exclusiva que nos concedió Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfur, dedicada a los Condes de Holanda y su relación con la Orden de Santiago.

La entrevista fue conducida magistralmente por el barón Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast, quien dirigió una interesante conversación en torno a la trayectoria  de la Orden y sus vínculos con la historia europea.

Esta misma semana hemos vuelto a publicar la entrevista en inglés, a petición de numerosos lectores de nuestro blog procedentes de países de habla inglesa, poniendo así sus contenidos a disposición de un público internacional aún más amplio.

Ayer mismo tuvimos conocimiento de que esta entrevista ha tenido repercusión en varios programas radiofónicos de habla inglesa, siendo además difundida en formato pódcast a través de Spotify.

En el programa, además de abordar distintos aspectos de la trayectoria histórica de la Orden de Santiago, se hace referencia a nuestro blog y a la repercusión que está alcanzando a nivel internacional, no solo en los países de habla hispana, sino también entre lectores y seguidores de otras partes del mundo.

Nos sentimos especialmente satisfechos de que el trabajo de divulgación histórica que desarrollamos desde nuestro espacio en internet,  pueda alcanzar nuevos públicos y contribuir a dar a conocer episodios, personajes y vínculos históricos que forman parte de nuestro patrimonio común europeo, como así mismo representar y dar voz en el mundo a la corporación nobiliaria a la que pertenecemos.

Para escuchar el pódcast: aquí.

Para leer la entrevista en español concedida por Su Alteza Serenísima el príncipe Georg zu Bentheim und Steinfur: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.



miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA ACADEMIA DE ESTUDIOS HISTÓRICOS YSABEL Y FERNANDO.

 

A principios de esta misma semana tuve la ocasión de recibir, de manos del director de la Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando, la Placa de San Juan, distinción que esta institución concede a aquellas personas que, a su criterio, se han distinguido por su dedicación y compromiso con la preservación, defensa y difusión de los valores históricos, culturales y tradicionales que forman parte de su razón de ser.

La misma, según manifiestan, "supone un reconocimiento a una labor y a un compromiso mantenidos en el tiempo con el estudio, la conservación y la divulgación de nuestro patrimonio histórico y cultural. Una labor que adquiere especial importancia en unos tiempos en los que resulta necesario mantener viva la memoria de nuestro pasado, conocer nuestras raíces y transmitir a las generaciones futuras el legado recibido".


La Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando tiene como principal misión el estudio, investigación, conservación y difusión del legado histórico, cultural y heráldico del reinado de los Reyes Católicos, una de las etapas más trascendentales de la Historia de España y de Europa.

Su labor abarca el estudio riguroso de la Historia, la Genealogía, la Heráldica, la Nobiliaria y demás ciencias auxiliares, fomentando la investigación, las publicaciones, las conferencias y otras actividades destinadas a preservar y ampliar el conocimiento de nuestro pasado.

Especial importancia tiene para la Academia la Heráldica, entendida como una auténtica disciplina histórica que permite conocer la evolución de los linajes, instituciones y símbolos que forman parte de nuestra memoria colectiva. Asimismo, impulsa la elaboración y publicación de trabajos especializados, muchos de ellos realizados de manera altruista por investigadores comprometidos con la cultura y la preservación del patrimonio.

La Academia desarrolla también estudios, informes, dictámenes y trabajos heráldicos que contribuyen a sostener sus proyectos de investigación y divulgación, siempre desde el rigor histórico y documental.

De esta distinción existen dos diplomas acreditativos. El primero de ellos incorpora, en su parte superior, las armas personales del distinguido, otorgándoles un lugar destacado dentro de la composición. Estas aparecen acompañadas por el emblema de la Academia, situado en el centro, y flanqueado por las representaciones heráldicas de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, figuras que dan nombre a la institución y constituyen el referente histórico sobre el que se fundamenta su actividad. El conjunto queda integrado en una composición de marcado carácter heráldico, en la que los distintos elementos contribuyen a reforzar la solemnidad y el carácter histórico de la distinción.

El segundo modelo presenta una composición algo más sobria y equilibrada. En este caso desaparecen las armas personales del galardonado y el espacio superior queda presidido por el emblema de la Academia, situado entre las iniciales Y y F, correspondientes a Ysabel y Fernando. De este modo, el protagonismo recae fundamentalmente en la propia institución y en los monarcas que inspiran su denominación, dando como resultado un diploma de carácter más institucional.
Ambos mantienen, no obstante, una estructura común y una cuidada ornamentación. Los motivos decorativos, los elementos simbólicos y la disposición de los diferentes componentes confieren al documento un marcado carácter ceremonial, acorde con la naturaleza de la distinción. 

Mi más sincero agradecimiento a la Academia de Estudios Históricos Ysabel y Fernando por esta distinción y por la labor que se ha fijado como objetivo desarrollar en defensa de nuestra memoria histórica y cultural.

Para más información:http://academiaysabelyfernando.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.


martes, 1 de septiembre de 2026

LA HIDALGUÍA DE LOS OFICIALES DEL EJÉRCITO EN LA ESPAÑA LIBERAL.

Antonio de Castro García de Tejada
Cruz del Mérito Naval.

Preámbulo.
Ofrezco este estudio a la familia militar, de la que formo parte como hijo, nieto y bisnieto de militares, y a la que pertenecieron también otros familiares cercanos, oficiales, jefes y generales del Ejército. También algunos de mis mejores amigos son distinguidos militares.  Estas páginas forman parte de un estudio más amplio que actualmente estoy ultimando para su publicación. Las tradiciones históricas y jurídicas aquí examinadas integran un patrimonio cultural inmaterial de nuestros Ejércitos y, como tal, merecen ser investigadas, correctamente interpretadas, relatadas, divulgadas y preservadas.

Los hidalgos, los oficiales, hijos de capitanes y nietos de tenientes coroneles ante las Reales Órdenes desde 1799, 1853, a 1864.
La desaparición de los privilegios estamentales del Antiguo Régimen no significó necesariamente la desaparición inmediata de la hidalguía como calidad personal. La evolución política y jurídica del siglo XIX transformó profundamente el significado práctico de la nobleza, pero la documentación militar demuestra que determinadas categorías nobiliarias continuaron siendo reconocidas durante décadas y que ciertos empleos del Ejército conservaron una eficacia jurídica y honorífica que podía proyectarse sobre los descendientes. La secuencia formada por la Real Orden de 16 de abril de 1799, el Reglamento del Colegio Militar de Artillería de Segovia de 1804, el expediente de la Dirección General de Caballería de 1853, la Real Orden de 24 de enero de 1854 y, finalmente, la Real Orden de 18 de mayo de 1864 permite reconstruir un sistema mucho más coherente de lo que podría parecer si cada disposición se estudiase de manera aislada.

La condición militar como prueba de nobleza en los descendientes.
La cuestión decisiva aparece en el artículo 125 del Reglamento del Colegio Militar de Artillería de 1804. Para ingresar como cadete, el aspirante podía sustituir las pruebas comunes de la hidalguía exigida a los aspirantes, acreditando mediante las correspondientes patentes que su padre tenía al menos empleo de teniente coronel con graduación de coronel. El propio Reglamento permite determinar la naturaleza de esta prueba cuando establece que, por línea materna, ser hija de coronel efectivo o graduado «bastará para acreditar la nobleza materna»[3].
La norma despeja así cualquier duda sobre el significado nobiliario de la patente militar. Si la condición de coronel del abuelo materno constituye expresamente prueba suficiente de la nobleza de su hija, esa misma condición, cuando corresponde al padre del aspirante, no puede interpretarse como una mera deferencia corporativa como argumentan algunos autores. La patente paterna sustituye la prueba común porque acredita una calidad nobiliaria transmitida por filiación. El artículo 125 reconoce, por tanto, la eficacia nobiliaria de la condición de determinados empleos y grados militares tanto por línea paterna como en la materna y muestra, además, que podía proyectarse hasta los nietos. Es decir el empleo de teniente coronel con graduación de coronel permitía cumplir con la norma básica de prueba de la hidalguía por ser hidalgo de padre y  abuelo. Para mayor abundamiento: la patente de coronel facilitaba la prueba plena para los nietos, y la de capitán facilitaba la prueba en posesión de la hidalguía para el hijo. La hidalguía en propiedad derivaba de un título jurídico propio emitido por los tribunales competentes. La hidalguía en posesión consistía en el reconocimiento efectivo y público de la calidad de hidalgo acreditado por el trato, notoriedad, y asiento como tal ante las justicias de los concejos.

EL ORIGEN DE LA NOBLEZA Y LA PATENTE MILITAR COMO PRUEBA SUFICIENTE.

No debe confundirse la condición nobiliaria y su trascendencia a hijos y nietos con el umbral establecido por cada institución militar para dispensar de las pruebas ordinarias de hidalguía. Que un colegio admitiese como prueba suficiente la patente de capitán del padre y otro exigiese la de teniente coronel o coronel no significa que sólo los descendientes de estos últimos pudieran ser hidalgos y trasmitir su nobleza, argumento utilizado reiteradamente por determinados estudiosos e investigadores[4]. Significa que cada institución fijaba el empleo militar a partir del cual la patente del ascendiente bastaba por sí sola, sin necesidad de practicar las probanzas comunes de hidalguía en posesión ante las justicias ordinarias y de propiedad ante los tribunales de las reales cancillerías.

Esta distinción es fundamental. Si un determinado colegio exigía que el padre fuese coronel para que su patente sustituyese las pruebas comunes, no estaba declarando que el hijo de un capitán careciese de hidalguía. Simplemente, en ese establecimiento la patente de capitán no alcanzaba el umbral reglamentariamente establecido para dispensar al aspirante de la prueba ordinaria. El hijo de capitán que alegase ser hidalgo debía acreditar su condición por los mismos medios comunes que cualquier otro hijodalgo.

Por consiguiente, la diversidad de empleos exigidos por los distintos colegios —capitán en unos casos, teniente coronel o coronel en otros— no debe interpretarse como si cada institución estuviese determinando a partir de qué empleo se generaba la trasmisión de la nobleza. Lo que cada reglamento determinaba era a partir de qué empleo la patente militar constituía prueba suficiente para hacer innecesaria la probanza común de hidalguía. Una cosa era, pues, la existencia u origen de la calidad nobiliaria y otra distinta el régimen especial establecido en algunos colegios y academias militares para facilitar a determinados empleos y graduaciones la acreditación documental de la prueba de hidalguía exigida para ingresar en los mismos como cadetes. Recordemos que los colegios militares, con aprobación regia, podían establecer sus propios requisitos de ingreso y determinar qué pruebas consideraban suficientes para acreditar la nobleza de los aspirantes. Pero carecían de jurisdicción para decidir cuestiones sustantivas sobre la existencia de nobleza que correspondía solo a determinados tribunales como se recoge en la Novísima Recopilación, lib. VI, tít. VI, ley XIV.

Esta peculiaridad permite comprender mejor la diferencia entre la hidalguía común y la nobleza vinculada al empleo militar. El hijodalgo se veía obligado a justificar su condición mediante los procedimientos y documentos propios de la posesión de hidalguía, como padrones, testimonios municipales, certificaciones, informaciones ante las autoridades competentes o, en caso de controversia, mediante los tribunales llamados a resolver sobre el estado noble. Las propias normas de reemplazo del siglo XVIII muestran la importancia del goce y actual posesión de hidalguía y la necesidad de acreditarla cuando de ella dependía una exención.[5] La correcta interpretación de algunas expresiones que se manifiestan en las leyes de reemplazo se tratará en artículos posteriores.

En el ámbito militar, en cambio, la patente correspondiente a determinados empleos podía bastar por sí sola para acreditar la hidalguía, correspondiendo a cada colegio establecer el empleo o graduación exigidos para acogerse a esta forma privilegiada de prueba.

1836: se suprimen las pruebas de nobleza para ingresar en el Ejército.
El Real Decreto de 28 de septiembre de 1836 abolió las pruebas de nobleza como requisito para ingresar en los establecimientos militares.[6] A partir de entonces, el acceso a la oficialidad dejó de depender de la acreditación de una condición nobiliaria previa. Sin embargo, la eliminación de ese requisito de ingreso no significaba necesariamente que la nobleza dejara de existir como calidad personal ni que quedasen derogadas todas las consecuencias que la normativa anterior atribuía a quienes la poseían.

Esta distinción es esencial porque evita confundir dos cuestiones jurídicas distintas. Una cosa era dejar de exigir que un aspirante fuese noble para entrar en el Ejército y otra muy diferente declarar inexistente la nobleza de quienes la poseían por nacimiento, por posesión notoria o por un título reconocido por el ordenamiento. La propia Administración acabaría pronunciándose de forma explícita sobre esta diferencia.

El expediente de la Dirección General de Caballería de 1853.
En 1853 la Dirección General de Caballería promovió un expediente relativo a la calidad con que debían ser considerados los cadetes del Colegio del Arma.[7] El problema había surgido en el Colegio de Cadetes de Caballería, donde, después de la abolición de las pruebas de nobleza, se venía calificando de «calidad honrada» a quienes no justificaban el dictado de nobles. Sin embargo, el Subdirector del Colegio advertía una dificultad especial respecto de «los hijos de Capitán arriba, a quienes se les viene dando desde tiempo inmemorial el dictado de nobles».[8]

La importancia de esta afirmación es considerable. El documento no se refiere únicamente al tratamiento de Don ni utiliza el término noble como una fórmula social imprecisa. El objeto de la consulta era determinar quién debía ser considerado de calidad honrada y quién de calidad noble.[9] La contraposición entre ambas categorías demuestra que la cuestión planteada era propiamente nobiliaria. Además, se afirma de manera expresa que los hijos de capitán en adelante venían recibiendo desde tiempo inmemorial el dictado de nobles, de modo que la consideración de esos descendientes no aparece como una innovación de mediados del siglo XIX, sino como una práctica anterior que la Administración intentaba ordenar y confirmar.

 


El Consejo Real y la nobleza «cualquiera que sea su título y origen».
La consulta fue sometida a la Sección de Guerra del Consejo Real, que informó el 23 de diciembre de 1853.[10] El Consejo partió de la abolición de las pruebas de nobleza de 1836, pero inmediatamente estableció una distinción fundamental al declarar que aquella abolición «no se opone a que se haga constar la de los que la posean, cualquiera que sea su título y origen».[11] Esta fórmula resulta especialmente significativa porque reconoce que la nobleza continuaba siendo una calidad susceptible de posesión y prueba, y que podía proceder de diversos títulos u orígenes.

El Consejo añadió que, estando «vigente la Ordenanza general del Ejército como Ley del Reino», era ésta la que determinaba «el modo de considerar a los Oficiales y a sus hijos».[12] La conclusión es clara: la desaparición de la exigencia de nobleza para acceder a la oficialidad no había eliminado, a juicio del Consejo Real, el régimen establecido por las Ordenanzas respecto de la consideración de quienes poseían determinadas calidades y de sus descendientes inmediatos.

La Real Orden de 24 de enero de 1854.
El dictamen del Consejo Real fue confirmado por la Corona mediante Real Orden de 24 de enero de 1854.[13] La resolución reiteró que la abolición de las pruebas de nobleza no impedía hacer constar la de quienes la poseyeran, «cualquiera que sea su título y origen», y ordenó «que sin haber lugar a duda se continúe observando lo que previene la Ordenanza general del Ejército, como Ley vigente del Reyno, respecto al modo de considerar a los Oficiales y a sus hijos».[14] Recordándose que a los hijos de capitán en adelante se les venía dando desde tiempo inmemorial el dictado de nobles.

La Real Orden de 18 de mayo de 1864.
La cuestión volvió a plantearse algunos años después. Una consulta de la Dirección General de Caballería de 26 de mayo de 1857 preguntó si los hijos de capitán y de oficiales de superior graduación podían usar «el dictado de Don y el de nobles» y ser tratados y considerados como tales.[15] Tras el informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina de 27 de enero de 1859, la Corona resolvió mediante Real Orden de 18 de mayo de 1864, en armonía con varios artículos del título XVIII, tratado II, de las Reales Ordenanzas.

La disposición comprende a «los hijosdalgo notorios, a los hijos de Capitán ó de Oficiales de superior grado, y a los nietos de Teniente Coronel inclusive arriba», siempre que «justifiquen debidamente su calidad».[16] El uso del Don se define además como «una prerrogativa propia de su respectiva calidad, de que no debe desposeérseles».[18]

La elección de estas expresiones resulta significativa. La Real Orden no presenta el tratamiento de Don como una gracia nueva concedida en 1864, sino como una prerrogativa que pertenece a los interesados por razón de una calidad preexistente. La referencia a que no debe desposeérseles de ella refuerza todavía más esa idea de reconocimiento y conservación de un derecho o prerrogativa ya inherente a su condición.

La pervivencia de la hidalguía notoria en 1864.
La misma Real Orden proporciona una prueba directa de que la hidalguía continuaba siendo reconocida como calidad personal en 1864. La norma habla en presente de «hijosdalgo notorios» y exige que éstos justifiquen debidamente su calidad. No se refiere a una categoría histórica extinguida ni a una realidad propia exclusivamente del siglo XVIII, sino a personas existentes en el momento de dictarse la disposición y cuya condición podía ser acreditada.

Esta referencia resulta especialmente significativa porque la Sala de Hijosdalgo de la Real Chancillería había desaparecido en 1834, con la supresión de las propias Chancillerías. Ya no podía acudirse, por tanto, al antiguo procedimiento ante aquella jurisdicción especial para obtener una ejecutoria como las expedidas durante el Antiguo Régimen. Ello no impedía, sin embargo, acreditar la posesión y notoriedad de la hidalguía mediante testimonios, padrones, patentes militares y otras pruebas admitidas ante los ayuntamientos y justicias competentes.

Se comprende así mejor la expresión utilizada en 1864. La Real Orden no exige una ejecutoria ni habla de hidalgos de sangre o solar conocido, sino simplemente de «hijosdalgo notorios» que debían «justificar debidamente su calidad». Por tanto, aunque hubiesen desaparecido tanto la antigua jurisdicción especial de hidalguía como buena parte de los privilegios del estado noble, la hidalguía seguía siendo en 1864 una condición personal jurídicamente reconocible y susceptible de acreditación.

Conclusión.
El conjunto documental permite reconstruir una tradición jurídica coherente. En 1799, el empleo de oficial llevaba aparejada hidalguía personal. En 1804, la normativa del Colegio de Artillería demuestra algo más preciso que una simple facilidad administrativa: determinados empleos y graduaciones militares podían funcionar como títulos probatorios de nobleza dentro de la descendencia, hasta el punto de que la condición de coronel efectivo o graduado del abuelo bastaba expresamente para acreditar la nobleza por ambas líneas. En 1853, la Administración militar reconoce que a los hijos de capitán en adelante se les venía dando «desde tiempo inmemorial el dictado de nobles» y plantea expresamente la diferencia entre calidad honrada y calidad noble. En 1854, la Corona declara vigentes las Ordenanzas respecto del modo de considerar a los oficiales y a sus hijos. Y en 1864, una nueva Real Orden incluye a los hijosdalgo notorios, a los hijos de capitán y oficiales superiores y a los nietos de teniente coronel inclusive arriba, exigiendo que justifiquen su respectiva calidad y protegiendo una prerrogativa propia de ella.

Al reconstruir esta secuencia debe mantenerse una distinción fundamental: los empleos exigidos por los distintos colegios no determinaban necesariamente el origen ni la transmisibilidad de la nobleza, sino el umbral a partir del cual la patente militar era admitida por sí sola como prueba suficiente. Así, mientras en algunos establecimientos bastaba la patente de coronel del ascendiente, en otros el hijo de un capitán debía acreditar la hidalguía heredada de su padre por los procedimientos ordinarios, presentando ante las justicias competentes la patente paterna junto con los demás instrumentos exigidos para probar su filiación y la posesión de hidalguía. La diferencia estaba, por tanto, en la forma de probar la nobleza, no necesariamente en su existencia o transmisibilidad.

Notas.

[1] Real Orden de 16 de abril de 1799, relativa al reconocimiento de la hidalguía personal derivada del empleo de oficial.
[2] Reglamento de nueva constitución en el Colegio Militar de Caballeros Cadetes del Real Cuerpo de Artillería, establecido en Segovia, Madrid, Imprenta Real, 1804, arts. 124-125, pp. 62-64.
[3] Ibidem, art. 125, pp. 63-64.
[4] «Consideración de los nobles en las Ordenanzas militares y de milicias», por don Manuel Pardo de Vera y Díaz, Heráldica y Nobiliaria, febrero de 2012. Pardo de Vera sostiene que la admisión como cadetes de los hijos de capitanes, tenientes coroneles y otros oficiales constituía un privilegio derivado del empleo militar del padre y no de una nobleza transmitida por éste, pues considera que dichos oficiales gozaban únicamente de nobleza personal, salvo que poseyeran nobleza de sangre por su linaje.
[5] Véase la normativa de reemplazos del último tercio del siglo XVIII relativa al goce y posesión de hidalguía y a su prueba ante las autoridades competentes.
[6] Real Decreto de 28 de septiembre de 1836, publicado en la Gaceta de Madrid de 29 de septiembre de 1836.
[7] Expediente de la Dirección General de Caballería relativo a la calidad con que debían ser considerados los cadetes del Colegio del Arma, 1853. Se omite provisionalmente el número de la 1.ª Sección hasta comprobar directamente si la reproducción dice n.º 265 o n.º 266; en ella figura asimismo el núm. 1.249.
[8] Consulta del Subdirector del Colegio de Cadetes de Caballería, 1853, expediente citado.
[9] Ibidem.
[10] Consejo Real, Sección de Guerra, informe de 23 de diciembre de 1853.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[14] Real Orden de 24 de enero de 1854.
[15] Ibidem.
[16] Consulta de la Dirección General de Caballería de 26 de mayo de 1857.
[17] Real Orden de 18 de mayo de 1864, dictada tras informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina de 27 de enero de 1859.
[18] Ibidem.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2026

EXCLUSIVE INTERVIEW WITH HSH PRINCE BENTHEIM FOR LA MESA DE LOS NOTABLES.

THE COUNTS OF HOLLAND, THE ORDER OF SAINT JAMES, AND THE EXPANSION OF THE CHRISTIAN KINGDOMS. 

Baron Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast requested an audience with His Serene Highness Prince Georg zu Bentheim und Steinfurt for the purpose of conducting an exclusive interview for our blog, La Mesa de los Notables. The conversation arises from a purpose that goes beyond mere testimonial interest: to serve as an appeal to historians, archivists, and researchers to explore more deeply the earliest relations between the Counts of Holland and the Order of Santiago, as well as their participation in the expansion of the Christian kingdoms of the Iberian Peninsula during the twelfth and thirteenth centuries.

Although certain episodes of particular significance are known, such as the presence of Count William I of Holland at the siege of Alcácer do Sal in 1217, a considerable part of the documentation preserved in Spanish and Portuguese archives has yet to be systematically examined from this perspective.

This interview also seeks to arouse the interest of those working in Spanish, Portuguese, or ecclesiastical archives who may be in a position to locate unpublished or little-studied letters, references contained in chronicles, lists of combatants, or other documentary evidence relating to the presence of knights from northern Europe and, in particular, members of the House of Holland or persons associated with it in the medieval Iberian Peninsula.

Bringing such discoveries to light and making them known among the members of the Order could help to clarify historical ties that form part of the shared memory of European chivalry and of the relationships that, throughout the Middle Ages, linked the northern and southern territories of Latin Christendom.

With the aim of placing this subject within its proper historical and dynastic context, and of addressing both its medieval background and its significance in the present day, His Serene Highness Prince Georg zu Bentheim und Steinfurt responds exclusively to the Baron’s questions for La Mesa de los Notables:

Interviewer: Welcome, Your Serene Highness. Thank you for speaking with us today. While your family is renowned for its centuries of history, your own path has included some very modern pursuits. Could you tell us about your professional background before focusing on your dynastic duties?

Prince Bentheim: Thank you for having me. Yes, indeed. Before taking on my current responsibilities, I built a career in the financial sector. I worked as a banker for Merrill Lynch in New York. It was a highly dynamic and demanding environment, quite a contrast from the quiet historical archives of European nobility, but it gave me invaluable global experience.

Interviewer: That is quite a transition. Looking through your family's rich history, there are many remarkable figures, but one of the persons that most fascinates me is your ancestor Count Karl Paul Ernst. His life has been an incredible blend of governance and culture. Could you share his story with us?

Prince Bentheim: I would be delighted. Karl Paul Ernst Graf zu Bentheim-Steinfurt was the Count of Steinfurt and lived from 1729 to 1780. He is widely remembered as the founder of the high musical culture in Burgsteinfurt. As a young man, accompanied by his tutor, professor and jurist Johann Christoph Buch, he embarked on extensive travels to enhance his proficiency in the French language. He eventually assumed his governmental responsibilities in 1750, after obtaining imperial sanction.

Interviewer: He also spent time in France during a very significant historical period, didn't he?

Prince Bentheim: Yes, he did. During the Seven Years’ War, which took place from 1756 to 1763, Karl resided in Paris. It was a transformative time for him; he was introduced to Freemasonry and had the privilege of meeting Voltaire, becoming a devoted admirer of the philosopher. His time in Paris proved to be intellectually stimulating. He formed associations with prominent Enlightenment figures such as Diderot and d’Alembert, and passionately pursued his interests in music, languages, literature, and the natural sciences. Interestingly, Benjamin Franklin was also in Paris during this period, from 1779 to 1782. Franklin later served as Venerable Master of the Masonic Lodge Neuf Soeurs, which was highly influential in organising French support for the American Revolution.

Interviewer: Your family also holds connections to the Dutch Royal family. How did that kinship come about?

Prince Bentheim: That connection is clearly visible in our genealogy through the House of Nassau, as well as the Waldeck-Pyrmont lineage. For instance, Karl Paul Ernst married Charlotte Sophie von Nassau-Siegen, who lived from 1729 to 1759. She was the daughter of Friedrich Wilhelm II Nassau-Siegen and Sophie Polyxena Concordia von Sayn-Wittgenstein-Hohenstein. Because the Nassau-Siegen branch shares its direct roots with the broader House of Nassau, which is the lineage of the Dutch Royal family, our families are historically bound together. This bond was further strengthened later on, when my ancestor Alexis, the 4th Prince of Bentheim and Steinfurt, married Princess Pauline of Waldeck and Pyrmont. My mother also is a princess of Waldeck and Pyrmont. This family is of course very significant to The Netherlands, as the Waldeck-Pyrmont lineage is the family of Queen Emma of the Netherlands, cementing our close familial ties with the Dutch Royal family. 


Interviewer: And your family is also bonded with the Most Noble Equestrian Order of Saint James, an Order that was formed in medieval Holland by your family.

Prince Bentheim: Correct. Our connection to the Counts of Holland is fundamental to our family's identity [reference 1]. The princely House of Bentheim und Steinfurt is regarded as a legal and direct successor of the last heiress of the Counts of Holland. This deep, ancestral lineage intrinsically links us again to The Netherlands. It is through this direct descent that we proudly carry forward the living legacy of the Counts of Holland, which naturally includes our role as custodians of the Most Noble Equestrian Order of Saint James, originally founded by the Counts of Holland.

Interviewer: What is the historical connection between your family's Order of Saint James and the famous Spanish Order of Santiago?

Prince Bentheim: The connection is primarily one of shared cultural resonance and historical inspiration, rather than a direct institutional lineage. The foundational link occurred when Count Willem I of Holland, the grandfather of Floris V, fought alongside the Spanish Order of Santiago during the siege of Alcácer do Sal between 30 July and 18 October 1217. During this campaign, Willem I witnessed firsthand the military prowess of the Spanish knights, their integral role in the expansion of the Christian kingdoms, and their partnership with the Portuguese crown. This positive encounter likely created a lasting awareness within the comital house, ultimately inspiring Floris V to adopt the prestigious name and concept to serve his own distinct political and comital ambitions in 1290.

Interviewer: Could you elaborate on how Count Willem I’s military campaign in Spain and Portugal in 1217 forged this initial bond with the Spanish knights of Santiago?

Prince Bentheim: It was a crucial turning point during the Fifth Crusade. Count Willem I of Holland led a fleet of crusaders from the Low Countries who stopped along the Iberian Peninsula to assist Christian forces during the expansion of the Christian kingdoms. Following a decisive victory against the Almohad forces on 11 September 1217, the city was surrendered and subsequently handed over to the Spanish Order of Santiago. This shared campaign established a direct rapport between the comital house of Holland and the Iberian chivalric elite, instilling a deep respect for the Spanish order’s martial discipline and noble organization.

Interviewer: While the siege of Alcácer do Sal in 1217 is well documented, much of the broader involvement of the Counts of Holland in the Iberian Peninsula remains to be fully explored. Are there still missing pieces to this historical puzzle, and how can the scholarly community assist?

Prince Bentheim: Absolutely. While we have key milestones documented, vast amounts of material in Spanish and Portuguese archives remain unexamined regarding the presence of northern crusaders during the expansion of the Christian kingdoms. Repositories such as the Archivo Histórico Nacional in Madrid, the Archivo General de Simancas, and various ecclesiastical archives in Galicia, Castile, and Portugal likely hold unstudied charters, letters, or chronicle fragments mentioning northern knights. We would warmly invite historians, archivists, doctoral researchers, and knowledgeable readers to collaborate with us in investigating these Spanish archives. If anyone uncovers references to the Counts of Holland or early knightly contacts between the Low Countries and Spain from the 12th and 13th centuries, we encourage them to reach out to the order. Collaborative academic inquiry is essential if we are to bring these forgotten historical ties back into the light.

Interviewer: Beyond the military partnership, how did the pilgrimage culture centered around Santiago de Compostela in Galicia influence the house of Holland?

Prince Bentheim: Santiago de Compostela was one of the three major pilgrimage centers of medieval Christendom, alongside Rome and Jerusalem. The veneration of Saint James the Greater and the network of routes along the Way of St. James (Camino de Santiago) had a profound impact across Western Europe, including the Low Countries. The iconic symbols of the Spanish pilgrimage, most notably the scallop shell (concha de Santiago) and the red sword-cross, were recognized as emblems of faith, honour, and protection. When Floris V later founded our order in 1290, invoking Saint James allowed the Counts of Holland to connect their courtly chivalry directly to the prestigious spiritual and Iberian traditions associated with Compostela.


Interviewer: Did the organizational structure of the Spanish Order of Santiago serve as a model when Count Floris V established the Dutch Order of Saint James in 1290?

Prince Bentheim: Yes, in many practical ways. Unlike monastic military orders such as the Knights Templar, which required strict vows of celibacy, the Spanish Order of Santiago developed statutes that permitted its knights to marry and retain personal wealth while maintaining a noble calling. This flexible Iberian model was very appealing to secular rulers. When Count Floris V created the Order of Saint James in 1290, he sought a courtly structure that could bind powerful nobles and wealthy patricians to the comital crown without requiring them to enter a monastic life. The Spanish blueprint demonstrated how a chivalric order could function as both a prestigious brotherhood and an effective instrument of statecraft.

Interviewer: It is fascinating how historical records survive the centuries. How do the French archives of the Order of the Golden Fleece shed light on your order's history?

Prince Bentheim: They provide a vital case study in early modern historical preservation and legitimacy. A distinct dossier within the Chifflet Collection, preserved at the municipal library of Besançon, contains a detailed correspondence between Jules Chifflet and Thymon van Schoonhoven. Chifflet served as the 19th Chancellor of the Order of the Golden Fleece, while Van Schoonhoven was a prominent patrician and civic administrator from Rotterdam. Together, they utilized the scholarly evidence of the Flemish scholar Petrus Montanus to establish the ancient, continuous lineage of the Dutch chivalric tradition. By formally incorporating these documents into his collection, Chifflet effectively recognized the Order of Saint James, integrating the heritage of the northern Netherlands into the broader Habsburg-Burgundian chivalric context despite the religious and political schisms of the era.

Interviewer: Count Floris V was known for elevating commoners to knights. Can you explain the role of the wealthy Dutch patricians in the formation of the Order?

Prince Bentheim: It was a highly calculated political mechanism designed to secure essential capital and create a loyal counterweight to the traditional aristocracy. Floris V's relentless expansionist policies and geopolitical ambitions generated expenditures that far exceeded traditional feudal revenues, forcing him to rely heavily on the accumulated wealth of the commercial elite. A perfect example is the Utrecht patrician Lambert de Vries, who acted as a chief creditor. After assuming an overwhelming £12,000 Hollands debt liability for the Count in 1291, De Vries was formally knighted by Floris V by 22 April 1292. This elevation was a direct transactional reward for underwriting princely finances, demonstrating how the Count utilized his sovereign authority—the fons honorum—to promote loyal burghers into the nobility.

Interviewer: The Order of Saint James is clearly very internationally oriented today, but it seems this global outlook is deeply rooted in its very foundations. Could you elaborate on how the Order's founder, Count Floris V, approached international diplomacy and how his broad European ambitions ultimately impacted his reign?

Prince Bentheim: As the son of a Holy Roman Emperor (William II), Count Floris V of Holland naturally inherited a broad European perspective, which he further expanded by actively projecting his influence across the major courts of the thirteenth century. Recognizing that his county's prosperity relied heavily on the wool trade, the founder of the Order of Saint James forged strategic, albeit shifting, alliances with powerful monarchs like King Edward I of England and King Philip IV of France, while also marrying Beatrice of Dampierre to broker peace with his rivals in Flanders. His geopolitical ambitions extended well beyond the Low Countries; in 1292, he even crossed the North Sea to assert a dynastic claim to the Scottish throne during the succession crisis known as the Great Cause. Ultimately, this deep entanglement in European high politics sealed his fate, as his decision to shift his allegiance from England to France prompted an angered Edward I to conspire with disgruntled local nobles, resulting in the Count's assassination on 27 June 1296.

Interviewer: The order continues to thrive today. I understand it is now a network of men and women of achievement, including captains of industry operating internationally. Could you tell us more about its current focus on chivalric norms and values, the history of the order, and business development for its members?

Prince Bentheim: Yes, it is a dynamic, global network built on ancient foundations. Today, the Most Noble Equestrian Order of Saint James has evolved into an exclusive, international community of highly accomplished men and women. Membership is by invitation only, and our members are indeed often captains of industry and leaders in their respective fields. While we remain deeply committed to preserving the rich history of the order and upholding traditional chivalric norms and values, we are equally focused on the present and future. We actively foster business development, creating a trusted environment where our members can connect, exchange ideas, and collaborate on an international scale. To give you an example, this September we will host a special gathering that perfectly reflects this balance: it will begin with a solemn religious service to honour our heritage, and the following day we will enjoy a sportive and highly exclusive polo event for our members. Polo is played all over the world, with a strong presence in Argentina, but it also has a wilder history - in Kenya, for instance, I remember that lions first had to be chased off the pitch before our game could even begin! 


Interviewer: Turning to your personal life, you live with your wife, Princess Madeleine, in the beautiful region of Tegernsee in Bavaria, just south of Munich. I understand your son, Prince Maximilian, is also deeply involved as the Vice Governor of the Order of Saint James. Could you share a bit about your family life in this stunning location and what it means to have your son engaged in the Order's leadership?

Prince Bentheim: It is truly a blessing. Princess Madeleine and I deeply cherish our life in Tegernsee. It is a magnificent place; being situated near Munich and so close to Austria and Italy gives the area a wonderful, cross-cultural atmosphere. We live right across the road from the lake, which provides an incredibly peaceful and inspiring environment. As for Maximilian, seeing him step into the role of Vice Governor fills me with immense pride. Having the next generation actively involved ensures that our family's historical legacy and the modern endeavours of the order will continue to flourish for years to come.

Interviewer: Your family’s ties to Spain clearly extend into your personal life as well through your wife, Princess Madeleine. Could you tell us a bit about her connection to the country?

Prince Bentheim: Yes, indeed. Spain holds a very special place in our household. Madeleine grew up in Las Palmas on Gran Canaria, where her father owned a hotel. During those formative years on the island, she attended a convent school, an experience that shaped her deeply and gave her a profound appreciation for the culture. As a result, she speaks Spanish fluently and holds a deep, lifelong affection for the country. Having that vibrant, personal connection to Spain in our daily life makes our family’s historical ties to the Iberian Peninsula feel even more immediate and meaningful.

Interviewer: Thank you so much for your time and for sharing these extraordinary insights into your family's enduring legacy, Your Serene Highness.

Prince Bentheim: You are very welcome; it has been a true pleasure speaking with you today, and I thank you for such a fascinating conversation.

Reference.

(1) Gothaisches Genealogisches Handbuch: Fürstliche Häuser 2018, GGH 7 – Bentheim, II. Linie: Bentheim und Steinfurt, Verlag des Deutschen Adelsarchivs, Marburg 2018, S. 200–208.

Images.

1. Louvre Museum. Edmond de Rothschild Collection. Jacques Charles Bar, Knight of Santiago in Holland. Paris 1778/79.

2. Dirk V (1054–1091), a Frisian count (comes Fresonum) who ruled the territories that would later become known as the County of Holland. He was the son of Gertrude of Saxony and her first husband, Floris I. Source: Hollandse jaar-boeken of Rijm-kronijk van Melis Stoke. Behelsende de geschiedenissen des lands, onder de Princen van het eerste Huis, tot den jare 1305.

3. Coat of arms of the Princes of Bentheim-Steinfurt. From: Coat of Arms. Stemma Verlag: Germany. Published circa 1820. Copper engraving of a coat of arms circa 1820.

4. This photograph was taken on the occasion of the investiture dinner at the Grote Kerk in Dordrecht on May 23, 2026. From left to right: HHS Maximilian Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (Deputy Governor); HHS Carl-Ferdinand Fürst zu Bentheim-Steinfurt, KJH (Head of the House of Bentheim-Steinfurt); HHS Georg-Viktor Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (Governor). Photo credit: Princess Madeleine zu Bentheim und Steinfurt, DJH.

Publicado por La Mesa de los Notables.