sábado, 12 de septiembre de 2026

RECIENTE ARTÍCULO DEL DUQUE DE ANJOU EN «TRIBUNA ABIERTA» DE ABC.

 

El estreno en España de Sagrado Corazón, el docudrama francés dirigido por Sabrina y Steven J. Gunnell, nos invita a volver la mirada hacia una devoción que, nacida en Francia hace más de tres siglos, arraigó profundamente en la historia espiritual de España: el Sagrado Corazón de Jesús. La película, que recorre la historia y la vigencia de esta devoción a partir de las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María de Alacoque, ha superado ya los 600.000 espectadores en Francia.

Con motivo de su llegada a los cines españoles, Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou y consejero magistral del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, dedica su artículo publicado el pasado día 9 en la sección «Tribuna Abierta» de ABC a reflexionar sobre el profundo vínculo espiritual que une a Francia y España a través del Sagrado Corazón. Desde Paray-le-Monial y Santa Margarita María de Alacoque hasta el beato Bernardo de Hoyos y el Cerro de los Ángeles, el duque de Anjou recorre más de tres siglos de historia y devoción, atravesando generaciones y circunstancias históricas muy diferentes.

Una reflexión que va más allá de cualquier consideración política para poner el acento en aquello que permanece: la presencia del Sagrado Corazón en la historia espiritual y cultural de España y de Francia. Como señala el propio autor, entre ambos países existe «un puente espiritual construido durante más de tres siglos», y ese puente tiene un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús.

Reproducimos a continuación el artículo de Luis Alfonso de Borbón publicado en ABC el pasado 9 de septiembre.

ABC Jueves 9/9/2026.
OPINIÓN.
TRIBUNA ABIERTA.

EL SAGRADO CORAZÓN: UN PUENTE ENTRE FRANCIA Y ESPAÑA.
LUIS ALFONSO DE BORBÓN.
es Duque de Anjou.

«No estamos solamente ante una producción cinematográfica francesa, sino ante una historia francesa que también forma parte de nuestra memoria»

Hay símbolos que pertenecen a una nación, a una época o a una generación. Y hay otros que, por su profundidad, son capaces de atravesar las fronteras y los siglos. Para mí, el Sagrado Corazón de Jesús es uno de ellos. Por eso considero especialmente significativo que una película nacida en Francia llegue ahora a España.

La historia del Sagrado Corazón es, en buena medida, una historia que une profundamente a nuestros dos países. Hace más de tres siglos, en Paray-le-Monial, Santa Margarita María de Alacoque recibió las revelaciones que dieron un impulso extraordinario a la devoción al Sagrado Corazón. Desde el corazón de Francia, aquel mensaje atravesó las fronteras y encontró en España una acogida extraordinaria. En nuestro país arraigó profundamente en las familias, las parroquias, los colegios, las órdenes religiosas y en la espiritualidad de generaciones de españoles. La figura del beato Bernardo de Hoyos ocupa también un lugar especial en esta historia y en la difusión de la devoción al Sagrado Corazón en España.

El gran símbolo de esta devoción en España es el Cerro de los Ángeles. Allí, en 1919, el Rey Alfonso XIII realizó solemnemente la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Aquel acto convirtió el Cerro en uno de los lugares más significativos de nuestra historia religiosa. Después de la destrucción del monumento durante la Guerra Civil, en 1944 se celebró allí un solemne acto nacional de reparación y desagravio, presidido por Francisco Franco. Y en 1969, al cumplirse cincuenta años de la consagración de 1919, Franco presidió la renovación de aquella consagración. La historia continuó posteriormente. En 2019, al cumplirse cien años de la consagración de Alfonso XIII, la Iglesia en España volvió a renovar solemnemente aquella consagración en el Cerro de los Ángeles.

Si contemplamos todo el recorrido, encontramos una continuidad que atraviesa generaciones y circunstancias históricas muy diferentes: 1919, 1944, 1969 y 2019. Más allá de los distintos momentos políticos, permanece una misma tradición espiritual y una misma devoción.

Por eso considero importante contemplar esta historia desde una perspectiva que vaya más allá de cualquier circunstancia política.

Alfonso XIII, el acto de reparación de 1944, la renovación de 1969 y la renovación eclesial de 2019 pertenecen a momentos históricos distintos. Lo que permanece es la profunda presencia del Sagrado Corazón en la historia espiritual y cultural de España. Y para mí, como francés y español, resulta especialmente hermoso contemplar cómo una devoción nacida en Francia terminó formando parte tan profundamente de la identidad espiritual de España.

Por eso creo que la llegada de esta película a España es especialmente oportuna. No estamos solamente ante una producción cinematográfica francesa, sino ante una historia francesa que también forma parte de nuestra memoria. Francia nos lleva hasta Paray-le-Monial y Santa Margarita María de Alacoque; España nos lleva hasta Bernardo de Hoyos y el Cerro de los Ángeles. Entre ambos países existe un puente espiritual construido durante más de tres siglos. Y ese puente tiene un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús.

Quizá esa sea precisamente la gran enseñanza de esta película. El corazón no entiende de fronteras. Tampoco el amor. El mensaje del Sagrado Corazón habla de amor, misericordia, esperanza y entrega, y por eso continúa interpelando al hombre de hoy. Esta película nos permite recordar nuestras raíces, conocer mejor nuestra historia y, al mismo tiempo, preguntarnos qué puede decir hoy aquel mensaje. Francia y España, unidas por una historia espiritual que comenzó hace siglos, pueden encontrarse una vez más alrededor de una misma realidad: el Sagrado Corazón de Jesús.

Para leer el artículo original: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

 


viernes, 11 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO V-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO V. EL ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA.

El fin de semana es un invento inglés.

No me refiero naturalmente a dejar de trabajar dos días, costumbre que las civilizaciones mediterráneas habían ensayado mucho antes sin necesidad de darle un nombre. Me refiero al week-end, que es algo distinto y bastante más serio. Los ingleses comprendieron que una semana no podía terminar simplemente dejando de ir a la oficina. Había que irse a algún sitio, preferiblemente al campo, y había que vestirse para ello.

Siempre he pensado que es durante el fin de semana cuando se descubre si un hombre es verdaderamente elegante. De lunes a viernes resulta relativamente sencillo. Un traje oscuro, una camisa blanca, una corbata discreta y unos zapatos razonablemente limpios permiten atravesar buena parte de la vida profesional sin provocar alarma. El traje tiene esa virtud: protege mucho.

El sábado, en cambio, empiezan los problemas. Desaparece la corbata, aparece el jersey, alguien considera oportuno estrenar unos pantalones de color incierto y hombres perfectamente respetables durante la semana comienzan a vestirse como si hubieran sido invitados a una excursión organizada por una marca de automóviles.

La verdadera elegancia empieza precisamente cuando desaparece la obligación de ser elegante.

Mi padre decía que la ropa de fin de semana permitía conocer a las personas mejor que muchos informes confidenciales. Había pasado suficiente tiempo entre los Malvavisco para desconfiar tanto de los informes como de las personas. Mi madre no estaba de acuerdo. Sostenía que un caballero debía vestir correctamente incluso cuando no esperaba encontrarse con nadie; mi padre preguntaba entonces para quién se vestía. Nunca llegaron a resolver la cuestión.

Yo he procurado mantener una posición intermedia. Me parece razonable que un hombre vista bien aunque no tenga público, pero siempre he considerado inquietante a quien se pone una chaqueta de tweed para desayunar solo.

El tweed exige, como mínimo, un testigo.

Pensaba recientemente en estas cosas mientras escogía ropa para pasar el fin de semana en casa de unos amigos. Tenía sobre la cama dos chaquetas, tres camisas y unos pantalones que mi secretario considera demasiado claros. No suelo solicitar su opinión sobre indumentaria. Él tampoco suele esperar a que se la solicite.

—La azul —dijo desde la puerta.

Lo miré.

—No recuerdo haberte preguntado.
—No, señor.
—Entonces estamos progresando.


Eligió discretamente abandonar la habitación.

Mientras terminaba de vestirme pensé en George Bryan Brummell. Beau Brummell. Pocas personas han conseguido ejercer tanta autoridad sin disponer de cargo alguno. No fue ministro, ni general, ni obispo, ni presidió corporación conocida. Su principal título consistió en vestir mejor que quienes lo rodeaban, que no es poco.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando algunos hombres todavía consideraban razonable presentarse en sociedad cubiertos de colores, bordados, joyas, encajes y otros elementos que hoy exigirían por separado una licencia municipal, Brummell defendió una idea extraordinariamente revolucionaria:

La discreción.

Ropa perfectamente cortada, colores contenidos, limpieza escrupulosa, una corbata bien anudada y nada que llamase demasiado la atención. Consiguió convertir la ausencia de extravagancia en una forma superior de distinción. Aquello debió de resultar insoportable para muchas personas.

Brummell llegó a ser considerado «árbitro de la elegancia». Bastaba una observación suya para que una prenda, un corte o un caballero entero quedasen sometidos a revisión. Siempre me han interesado los árbitros, especialmente aquellos cuya autoridad nadie recuerda exactamente quién les concedió.

Aquella misma tarde apareció Ataúlfo en mi gabinete. No llevaba carpeta, lo que me tranquilizó. Llevaba una noticia, lo que me tranquilizó menos.

—¿Te has enterado? —preguntó antes incluso de sentarse.
—Depende.
—De lo de la Corporación.

No pregunté cuál. Cuando Ataúlfo utiliza mayúsculas en la conversación conviene dejarle continuar. Se sentó frente a mí y adoptó esa expresión que reserva para acontecimientos capaces de alterar el curso de la civilización occidental.

—Han admitido a Fulano.

Pronunció un nombre que no considero necesario reproducir. Conocía ligeramente al interesado: hombre educado, discreto, de buena familia y, hasta donde yo sabía, bastante menos interesado por la nobleza que quienes acababan de admitirlo.

—Me alegro por él.

Ataúlfo me miró con severidad.

—No puedes alegrarte.
—Ya lo he hecho.
—No reúne todos los requisitos.

Aquello explicaba la visita. Me contó que la corporación exigía determinadas pruebas genealógicas. Había que acreditar nobleza por ciertas líneas, presentar partidas, expedientes, certificaciones y otros documentos destinados a demostrar que varias personas fallecidas antes del nacimiento del candidato habían llevado vidas suficientemente decorosas. Al parecer, una de aquellas líneas planteaba dificultades.

—El apellido de la abuela paterna —dijo Ataúlfo.

Lo contemplé.

—Comprendo.

Esta vez sí comprendía.

—No lo tiene.
—¿A la abuela?
—El apellido.
—Eso parece menos grave.

Ataúlfo ignoró la observación. Me explicó que habían estudiado el expediente y concedido una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían en determinados casos y habían tenido en cuenta la notoriedad de la familia, otros enlaces suficientemente acreditados y una serie de circunstancias que Ataúlfo enumeró con creciente indignación.

—Entonces parece que han aplicado los estatutos.
—Los han interpretado.
—Las normas suelen padecer ese inconveniente.

Ataúlfo se levantó y comenzó a caminar por el gabinete. Don Rigoberto lo siguió con uno de sus ojos; el otro continuó mirando hacia la chimenea.

—Yo tuve que presentar todo —dijo mi primo—. Todo. Partidas sacramentales, matrimonios, defunciones, ejecutorias, expedientes…

—Recuerdo aquella época.
—Fueron meses de trabajo.
—También la recuerdo.

Ataúlfo había convertido entonces la investigación de sus antepasados en una actividad colectiva en la que terminó participando media familia sin haberlo solicitado.

—Y ahora resulta que a otro le dispensan.
—Quizá su familia tuvo la precaución de conservar peor los papeles.

No pareció encontrar consuelo.

—Las normas están para cumplirlas.

Esta frase siempre me produce cierta inquietud cuando la pronuncia alguien perteneciente a más de dos corporaciones. Le ofrecí una copa. La aceptó.

—¿Sabes lo que ocurre? —continuó—. Si empezamos así, al final entra cualquiera.

Bebí un poco antes de contestar.

—Esa expresión suele significar que ha entrado alguien que no somos nosotros.

Ataúlfo dejó la copa sobre la mesa.

—No es eso.
—Naturalmente.

Se acercó al retrato de don Rigoberto y permaneció unos segundos contemplándolo.

—Tiene que haber un criterio.
—Estoy de acuerdo.
—Alguien debe decidir qué es noble y qué no lo es.

Aquello me recordó a Brummell. Le expliqué la historia. Ataúlfo conocía el nombre, aunque inicialmente pareció confundirlo con una colonia barata. Le hablé del hombre que había conseguido imponer una nueva forma de elegancia reduciendo precisamente aquello que hasta entonces se consideraba elegante.

—Era un árbitro —concluí.
—Exactamente.
—Y los árbitros tienen reglas.
—Exactamente.
—Aunque las reglas cambian.

Ataúlfo dejó de decir exactamente.

Le expliqué que durante siglos la elegancia masculina había admitido bordados, colores, pelucas, tacones, joyas y otras manifestaciones que Brummell habría considerado intolerables. Después llegó él y convirtió la sobriedad en norma.

—Pero eso es diferente.
—Siempre lo es.

Mi primo regresó al sillón.

—Una corporación nobiliaria no puede depender de modas.
—Esperemos que no.

Se produjo un silencio. Ataúlfo miró el reloj. Pensé que el asunto había terminado. Me equivocaba.

—Precisamente quería preguntarte otra cosa.

Reconocí entonces el verdadero motivo de la visita. Ataúlfo bajó ligeramente la voz.

—Conoces al nieto de Javier Enríquez Casusté.

Naturalmente que lo conocía. Javier Enríquez Casusté había sido amigo de mi abuelo paterno. Fue uno de aquellos empresarios que crearon empresas antes de que se inventara la expresión «creador de empleo», aunque él creó, efectivamente, unos cuantos miles.

Había comenzado prácticamente desde abajo. Su abuelo fue pastor de cabras, circunstancia que determinados círculos recordaban con una precisión genealógica que nunca aplicaban a sus propios parientes menos presentables. A don Javier aquello parecía preocuparle poco. La nobleza tampoco le interesó demasiado y el sentimiento fue, durante bastante tiempo, recíproco.

Mi padre lo conoció desde niño y recordaba especialmente una frase que le había oído repetir hablando de bancos: «Los intereses son como unos señores muy educados que se sientan en tu mesa y se comen tu comida». Siempre he considerado que aquella explicación contiene más información útil que algunos másteres financieros. No le gustaban los banqueros. Probablemente por eso consiguió conservar bastante dinero.

Su única hija terminó casándose con un caballero perteneciente a un linaje antiquísimo que durante los siglos XV, XVI y XVII había figurado entre los más ricos y poderosos de España. Durante generaciones habían poseído tierras, casas, rentas y mayorazgos suficientes para que sus descendientes pudieran permitirse el lujo de no pensar demasiado en el dinero. Mientras existieron los mayorazgos, el patrimonio familiar permaneció unido y no podía dispersarse alegremente entre ventas, deudas, caprichos y generaciones sucesivas de herederos con imaginación.

A partir de 1820 las cosas comenzaron a cambiar. La familia descubrió algo que muchas casas antiguas aprendieron durante el siglo XIX: conservar una fortuna resulta bastante más difícil cuando uno puede gastársela. Primero desaparecieron algunas fincas, después otras y luego llegaron las ventas que siempre iban a ser las últimas. Al cabo de varias generaciones conservaban el apellido, los retratos, una cantidad respetable de documentación y una situación económica bastante menos respetable.

Por eso, cuando el padre de nuestro candidato contrajo matrimonio con la única hija de Javier Enríquez Casusté, la boda produjo algún comentario. En determinadas casas se consideró que él aportaba el linaje; en otras se observó que ella aportaba prácticamente todo lo demás.

Nunca he comprendido por qué ambas contribuciones debían considerarse incompatibles.

El matrimonio, por lo demás, funcionó razonablemente bien, circunstancia que decepcionó a quienes habían encontrado en su celebración una fuente prometedora de conversación. De aquella unión nació, entre otros, el caballero del que ahora hablaba Ataúlfo.

—Quiere ingresar en la Corporación —me dijo.

Mencionó cuál.

—Me parece muy bien.
—El problema es que tampoco cumple exactamente todos los requisitos.

Esperé. Ataúlfo evitó mirarme.

—Hay una línea que no pueden probar.
—¿La paterna?

Me miró sorprendido.

—No. Naturalmente que no.

Aquello me interesó. La línea paterna, pese a haber conseguido perder buena parte de la fortuna acumulada durante siglos, se encontraba documentalmente en perfecto estado. La materna había tenido la mala fortuna de dedicar las últimas generaciones a crear empresas.

—Entonces el problema viene de los Enríquez Casusté.
—Exacto.
—Comprendo.

Ataúlfo comenzó a explicarme que nadie dudaba de la consideración de la familia, de su posición social, de la trayectoria de don Javier ni de la relevancia alcanzada por sus descendientes.

—Pero falta la prueba —concluyó.
—Eso sí es grave.
—Malvavisco.
—Perdona.

Me explicó que podía solicitarse una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían y la Junta podía valorar la notoriedad familiar, el conjunto de las restantes líneas y otras circunstancias excepcionales.

—Entonces las normas permiten excepciones.
—En casos justificados.
—Como éste.
—Exactamente.

Lo miré.

—Hace diez minutos una dispensa te parecía el principio del fin de la civilización nobiliaria.

Ataúlfo hizo un gesto impaciente.

—No es lo mismo.

Aquella tarde empezaba a adquirir cierta coherencia.

—Naturalmente.
—Aquí estamos hablando de una familia conocidísima.
—También era conocido el anterior.
—Pero el padre pertenece a uno de los linajes históricos más importantes de España.
—Que consiguió perder una fortuna considerable.

Ataúlfo me miró con desaprobación.

—Eso no afecta a la nobleza.
—Me alegra saberlo.
—Y por parte materna está Enríquez Casusté.
—Que consiguió crear otra

No respondió. Pensé que la genealogía podía producir resultados interesantes cuando se la contemplaba desde cierta distancia.

Por una rama, varias generaciones habían recibido una de las mayores fortunas de su tiempo y conseguido reducirla considerablemente. Por la otra, el nieto de un pastor de cabras había levantado una de las mayores fortunas del país y creado empresas capaces de dar trabajo a miles de personas. Sin embargo, para ingresar en aquella corporación, la dificultad documental procedía de esta última.

No deja de ser admirable el orden con que la Historia distribuye sus prioridades.

—Don Javier fue un hombre extraordinario —dijo Ataúlfo.
—Estoy de acuerdo.
—Creó empresas, dio trabajo a miles de personas…
—Ataúlfo, empiezas a defender peligrosamente el mérito personal.

Se detuvo.

—No estoy diciendo eso.
—Me tranquilizas.
—Lo que digo es que hay que valorar el conjunto.
—Exactamente.
—Las reglas no pueden aplicarse mecánicamente.
—Eso empieza a parecerme muy moderno.
—Hay casos que exigen criterio.
—Y dispensas.
—Cuando estén justificadas.
—Naturalmente.

Ataúlfo recuperó poco a poco la serenidad. Incluso volvió a servirse.

—Al final todo depende de saber distinguir.
—Ahí está la dificultad.
—No todo el mundo puede hacerlo.
—Por eso existen los árbitros.

Sonrió. Habíamos regresado a Brummell.

Antes de marcharse me preguntó qué pensaba hacer aquel fin de semana. Le expliqué que iba al campo.

Miró mi chaqueta.

—¿Vas a llevar esa?
—Pensaba hacerlo.

Ataúlfo inclinó ligeramente la cabeza.

—Quizá sea demasiado formal.

Lo observé. Vestía americana azul marino, pantalón gris, camisa de rayas, corbata de punto, pañuelo estampado y unos zapatos de ante cuya tonalidad habría requerido consulta diplomática.

—Puede ser.
—En el campo hay que saber relajarse.
—También las normas de elegancia.

No percibió la relación.

Cuando se marchó permanecí un rato junto al escritorio. El Elenco sostenía varias cartas que la corriente de la ventana habría dispersado de no existir la Grandeza de España.

Pensé otra vez en Brummell. Su mérito no consistió únicamente en decidir qué debía llevar un hombre, sino en establecer algo mucho más difícil: cuánto podía quitarse sin dejar de ser elegante. Quizá ahí resida toda verdadera elegancia: en saber qué sobra.

En el mundo nobiliario ocurre algo parecido, aunque con resultados menos previsibles. Existen corporaciones que han dedicado generaciones enteras a fijar cuidadosamente quién puede pertenecer a ellas. Se estudian apellidos, líneas, pruebas, enlaces y expedientes con una minuciosidad digna de mejor causa.

Hasta que aparece alguien adecuado.

Entonces se descubre la elegancia de la dispensa.

El problema no está en que existan excepciones. Casi todas las reglas razonables terminan necesitándolas. La dificultad empieza cuando descubrimos que la excepción resulta mucho más fácil de comprender cuando conocemos personalmente al interesado.

Miré a don Rigoberto. Seguía contemplando simultáneamente el gabinete y algún lugar bastante más allá de él.

Tal vez también en la nobleza convenga recordar lo que Brummell enseñó sobre la ropa. La elegancia no consiste en llevar todo lo que uno posee.

Y las reglas no deberían consistir en exigir a los demás todo aquello de lo que uno mismo está dispuesto a dispensar a sus amigos.

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.
Capítulo I.
Capítulo II.
Capítulo III.
Capítulo IV.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

LA CRUZ DE SAN MARTÍN DE SALAS, SÍMBOLO DE PROTECCIÓN Y PODER DE LA MONARQUÍA ASTURIANA.

 

La lápida con cruz latina de San Martín de Salas es una de las piezas más emblemáticas del Prerrománico asturiano, tanto por la calidad de su ejecución como por la riqueza de su decoración. Tallada en piedra caliza blanca, combina una cruz latina en relieve con una inscripción, todo ello enmarcado por una moldura de ocho centímetros de anchura decorada con motivos vegetales.

La inscripción fue transcrita por primera vez por Gaspar Melchor de Jovellanos durante una visita realizada el 3 de octubre de 1796. Décadas después, Ciriaco Miguel Vigil revisó su lectura y ofreció una transcripción más detallada. El texto recoge una fórmula de carácter protector: «Con este signo es protegido el piadoso; con este signo es vencido el enemigo», y añade una  mención a "Adefonsus" y una petición a Dios para que lo salve.

Las fuentes no permiten identificar con certeza al mencionado "Adefonsus"  con un rey o un personaje concreto. Se ha propuesto identificarlo con Alfonso IV, Alfonso Froilaz y otros personajes influyentes de la época. La hipótesis de Alfonso Froilaz, hijo de Fruela II, es una de las más defendidas, por su posible relación con otra inscripción del 951, pero sigue siendo discutida. 

El significado de las palabras talladas va más allá de la expresión religiosa. Los reyes asturianos habían adoptado la cruz como emblema de la monarquía desde el siglo VIII, siguiendo una tradición heredada de la corte visigoda de Toledo. La misma fórmula aparece vinculada a las grandes cruces de la monarquía asturiana, como la Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria. Este símbolo se convirtió así en el lábaro de estos reyes del norte y en un icono asociado a la protección divina y a la victoria.

Esta dimensión protectora explica la presencia de cruces talladas en piedra en distintos edificios de Asturias. Su representación no se limitaba a los espacios religiosos, sino que también podía proteger construcciones civiles y defensivas. En este contexto, la fórmula adquiere un marcado carácter apotropaico, destinado a ahuyentar el mal. El término latino inimicus, «enemigo», podía referirse al demonio o al mal, aunque también podía aludir al invasor. Al mismo tiempo, las palabras tenían una clara dimensión política al relacionar la protección de la cruz con el poder de la monarquía astur.

La propia composición de la pieza refuerza ese carácter solemne. Como se ve en la imagen, en el centro aparece una cruz latina con astil, cuyos extremos están rematados por lóbulos. De sus brazos penden el alfa y la omega, junto a unas representaciones esquemáticas de llamas y volutas. La superficie está cubierta por una retícula de celdillas dispuestas en diagonal, formando un dibujo romboidal. Son cien en total (58 cuadradas y 42 triangulares) y su disposición parece evocar el aspecto de piedras preciosas engastadas. La técnica recuerda a la decoración de la orfebrería asturleonesa y a tradiciones tardoantiguas, visigodas y bizantinas.

El marco que rodea la cruz y la inscripción está trabajado con la misma minuciosidad. Una sucesión de dobles palmetas afrontadas, tallos, flores de lis y formas acorazonadas recorre la cenefa y crea un relieve de gran riqueza plástica. El motivo de las palmetas se repite diez veces a lo largo de la orla y encuentra paralelos en distintas construcciones y piezas del arte altomedieval peninsular, entre ellas Valdediós, Bendones, Deva, Pravia y San Miguel de Escalada. El estudio también señala la relación de algunos de estos modelos con tradiciones decorativas omeyas, sasánidas y bizantinas.

La cronología de la pieza no queda fijada de manera definitiva. Manuel Gómez Moreno relacionó su decoración con el ámbito mozárabe y la situó hacia mediados del siglo X, mientras que Lorenzo Arias Páramo la consideró propia de la época de Alfonso III. También se ha planteado una cronología más amplia, entre mediados del siglo IX y comienzos del X, teniendo en cuenta la continuidad de determinadas técnicas y motivos ornamentales. 

La pieza reúne, en definitiva, religión, protección y representación del poder. La cruz no aparece únicamente como imagen de la fe, sino como un signo destinado a proteger y a garantizar la victoria frente al enemigo. Su inscripción, su relación con la tradición de las cruces de la monarquía asturiana y la riqueza de su decoración hacen de esta lápida uno de los testimonios más singulares del arte prerrománico del Principado.

La pieza original se encuentra en el Museo del Prerrománico de San Martín de Salas, existiendo una reproducción a tamaño natural en la Iglesia de esa misma localidad.

Para saber más: https://prerromanicosanmartin.com/

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 8 de septiembre de 2026

EL ANTIGUO E ILUSTRE SOLAR DE TEJADA: DE PRIVILEGIO MEDIEVAL A PRERROGATIVA DE HONOR.

 

El próximo número 403 de la revista Hidalguía publicará el artículo «El Antiguo e Ilustre Solar de Tejada: de privilegio medieval a prerrogativa de honor», firmado por don Fernando de Herrera y Hume, alcalde mayor del Solar de Tejada, y don Fernando García-Mercadal y García-Loygorri, director de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía y diputado de la Junta de Gobierno del Solar.

El trabajo analiza, desde la Historia del Derecho, la diplomática y el Derecho nobiliario, la evolución de la institución medieval de la confirmación de privilegios en el excepcional caso del Solar de Tejada, siguiendo su continuidad documental desde Enrique IV, en 1460, hasta la Real Carta de 1981.

Su tesis central es que la pervivencia del Solar no debe entenderse como la conservación inalterada de antiguos privilegios, sino como una transformación jurídica. Una vez desaparecidos en el siglo XIX los efectos señoriales y estamentales, subsistieron determinadas prerrogativas de honor correspondientes a los caballeros y damas diviseros hijosdalgo inscritos como tales en los libros de asiento del Archivo del Solar de Tejada, especialmente la del derecho al uso privativo de sus armas.

Estamos seguros que este trabajo, del que daremos oportuna cuenta a nuestros lectores una vez publicado, contribuirá a un mejor conocimiento de la naturaleza histórica y jurídica del Solar de Tejada y de la singular continuidad de sus prerrogativas de honor.




Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 7 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA CONVERTIDA EN REGISTRO DE CABALLERÍA

Riestra2026. 

En la "Lady Chapel" de la Abadía de Westminster, la heráldica no se limita a las grandes banderas y escudos que cuelgan sobre sus antiguos asientos, o que se encuentran inscritas en vidrieras, talladas en muebles y ornamentos o reposando entre tumbas. También se deja ver, casi a ras de la madera en pequeñas placas metálicas que conservan los nombres y las armas de quienes pertenecieron a una de las órdenes de caballería más singulares de Gran Bretaña.

Hay detalles en la Abadía de Westminster  que parecen destinados a pasar inadvertidos a aquellos que con curiosidad la visitamos.  
La mirada suele elevarse hacia las bóvedas de abanico de su techo, hacia las banderas y yelmos  o hacia las cimeras que adornan con ese estilo tan británico a los antiguos asientos ceremoniales de esta capilla (“stalls”). Pero basta con mirar hacia abajo para descubrir otra historia, mucho más discreta. En la madera de los “stalls” aparecen visibles un número considerable de placas de metal con distintos escudos de armas grabados en ellas. Algunas son grandes y claramente visibles; otras quedan mucho más cerca de los asientos inferiores y pueden confundirse con simples elementos ornamentales. Pero realmente no lo son.

La Lady Chapel de Westminster es, desde 1725, la capilla de la "Most Honourable Order of the Bath", la Orden del Baño, creada para reconocer y premiar servicios distinguidos a la Corona y al Estado, inicialmente sobre todo de carácter militar y, posteriormente, también entre altos funcionarios de la administración civil. 
La misma fue establecida formalmente por letras patentes de Jorge I el 18 de mayo de aquel año, cuando el deán de Westminster fue nombrado "Dean of the Order" y la capilla de Enrique VII quedó designada como sede de esa corporación. Recuperando así,  una tradición de caballería muy antigua, la del baño ritual que precedía a la investidura de determinados caballeros y que simbolizaba la purificación espiritual. Costumbre  documenta desde tiempos de Enrique IV, en 1399.

Lady Chapel. Abadía de Westminster.

La disposición de la capilla hace que su historia pueda leerse casi como un libro. Los miembros de mayor rango de la orden, los Caballeros de la Gran Cruz  o “Knights Grand Cross” (GCB) y las dignidades más importantes de la misma, disponen de uno de sus 34 asientos ceremoniales. Sobre ellos cuelgan los estandartes y las cimeras de sus titulares, pero hay algo que permanece cuando el hombre desaparece: su placa heráldica.

Los responsables de conservación de la Abadía explican a sus visitantes que cuando fallece un “Knight Grand Cross” o una alta dignidad, su estandarte, su cimera, así como otros elementos ceremoniales son devueltos a su familia. La placa de cobre esmaltada con su escudo de armas, en cambio, permanece en el stall como registro permanente de la Orden.

Placas de Isabel II y de Carlos III.

Es una solución sencilla y extraordinariamente poderosa, el caballero se marcha, pero su nombre y sus armas permanecen. De este modo, la capilla funciona también como una suerte de archivo heráldico tridimensional. Allí pueden encontrarse las placas de personajes como el almirante John Jellicoe, el mariscal de campo Earl Haig, Lord Kitchener o el vizconde Montgomery de Alamein. La propia dirección de la Abadía identifica expresamente las placas de varios de estos militares en la "Lady Chapel".

La de John Jellicoe, por ejemplo, recuerda al almirante de la Royal Navy que mandó la Gran Flota británica durante la batalla de Jutlandia en 1916. Jellicoe murió en 1935 y está enterrado en St. Paul's Cathedral, pero su placa como "Knight Grand Cross" de la "Order of the Bath" permanece en la Lady Chapel de Westminster.

La historia de estas piezas ayuda a explicar por qué algunas pueden encontrarse hoy en posiciones que, a primera vista, resultan extrañas.
La Orden fue ampliada en 1815, cuando se establecieron tres clases: Knights Grand Cross, Knights Commander y Companions (Grandes Cruces, Comendadores y Caballeros). Se abrió entonces también la posibilidad de admitir a un reducido número de civiles distinguidos en la categoría superior y, en 1847, se incorporó una sección civil de Caballeros y Comendadores. El número de miembros aumentó, del mismo modo, considerablemente, especialmente después de las guerras napoleónicas.
Durante casi un siglo dejaron de celebrarse incluirse más placas en la capilla. En 1913, Jorge V recuperó el ceremonial. Aquel año se instalaron las placas de 46 nuevos Grandes Cruces y volvió a ponerse en marcha la colocación de estandartes, cimeras. Fue entonces cuando las placas más antiguas fueron desplazadas hacia abajo, bajo los asientos de las filas superiores, por falta de más espacio.

Ese detalle es fundamental para comprender lo que hoy encuentra el visitante. La disposición de la heráldica en la capilla no responde a un único momento histórico. Es el resultado de varios siglos de incorporaciones, modificaciones y sustituciones. Algunas placas pertenecen a una época en la que el espacio disponible era suficiente; otras fueron colocadas posteriormente; y las antiguas conservaron su función de registro aunque cambiaran de posición.

La propia dirección de la Abadía  resume la función de estas piezas con una expresión reveladora: desde 1725, las “armorial stall-plates” han constituido un registro de los miembros más importantes de la Orden.

En la tradición heráldica, como sabemos, un escudo de armas no es simplemente un dibujo decorativo. Es un sistema de identificación visual asociado a una persona, una familia o una dignidad. En Westminster, además, las placas pueden proporcionar incluso información biográfica.

Un ejemplo particularmente revelador es el de Sir Frederick Haldimand, militar y gobernador de Quebec. Su placa se conserva en la Lady Chapel y la dirección de Westminster la describe como una de las placas esmaltadas más antiguas. Muestra su escudo de armas (un chevrón de armiño entre tres estrellas sobre campo de azur acompañado por dos figuras como soportes). La inscripción está redactada en francés y enumera los distintos cargos que desempeñó. También registra la fecha de su admisión en la Orden: el 19 de mayo de 1788. Parte de la biografía personal de Haldimand aparece así condensada en una pequeña pieza de metal.

Los conservadores de la Abadía repararon en otro detalle. Su sobrino Anthony Frederick Haldimand, que más tarde sería un famoso banquero, actuó como "esquire", escudero o paje, de su tío durante la ceremonia. Haldimand, como la inmensa mayoría de caballeros de esta institución no está enterrado en Westminster. Murió en Suiza en 1791. Sin embargo, su placa continúa en la capilla que pertenece a la Orden de la que formó parte. La placa, por tanto, no es solamente una imagen. Es un documento, y  quizá sea éste el aspecto más singular de las pequeñas piezas metálicas de la capilla.


Westminster Abbey está llena de monumentos funerarios. Allí descansan reyes, reinas, estadistas, militares y figuras fundamentales de la historia británica. Pero las placas de la Orden del Baño obedecen a otra lógica. No son epitafios, son elementos que constatan el lugar en la sociedad que ocupaban estas personalidades en cada momento histórico del país.

La Order of the Bath no es únicamente una institución del pasado. El 16 de mayo de 2025, la Abadía de Westminster acogió el servicio conmemorativo del 300.º aniversario de su creación. El rey Carlos III, soberano de la Orden, asistió a la ceremonia y el príncipe de Gales fue instalado como “Great Master”. Los nuevos “Knights Grand Cross” prestaron juramento y tomaron posesión de sus stalls  en la capilla.
La ceremonia ofreció una imagen extraordinariamente parecida a la que habría contemplado un visitante siglos atrás. La capilla, los estandartes, las cimeras, la heráldica y los asientos ceremoniales volvieron a formar parte un mismo ritual repetido ya durante siglos.

Entre las nuevas insignias estaban también las placas que conservan la memoria de quienes ocuparon aquellos mismos lugares antes que ellos. La tradición no se limita, por tanto, a recordar a los muertos. Continúa incorporando nombres nuevos a un registro que empezó a construirse en el siglo XVIII y que la propia Abadía considera un archivo permanente de los miembros que han ocupado los stalls.

Hay algo paradójico en este templo. Como hemos dicho, la Abadía es uno de los lugares del mundo donde más fácil resulta mirar hacia arriba. La arquitectura casi obliga a hacerlo. Las bóvedas, las vidrieras, los monumentos, los estandartes y los escudos compiten por la mirada.

Pero en la Lady Chapel, una parte esencial de la historia de una antigua orden de caballería se encuentra escrita mucho más abajo. En placas de metal. En nombres que quizá ya no dicen nada al visitante. En escudos cuyo mensaje sólo puede descifrarse con paciencia. Y en unos asientos cuya disposición actual es el resultado visible de tres siglos de historia institucional.


Publicado por La Mesa de los Notables.



sábado, 5 de septiembre de 2026

CUANDO LAS PLANTAS SE CONVIERTEN EN EMBLEMA.

 Riestra2026.


Algunas notas sobre la emblemática japonesa (V). 


Hay una hermosa manera en japón de hacer que una planta deje de ser simplemente un elemento vegetal y se convierta en emblema. En el reducido espacio de un círculo, el mundo vegetal pierde volumen y color adquiriendo otra naturaleza, la del símbolo. Eso es lo que ocurre con los kamon de inspiración vegetal. 

Aunque, como ya hemos dicho en entradas anteriores, estos símbolos suelen compararse con los escudos de armas europeos pero su historia y su lógica son diferentes. Y entre sus innumerables motivos (animales, astros, fenómenos naturales, objetos, caracteres, etc) las plantas ocupan un lugar extraordinariamente importante. El crisantemo, la paulownia, la malva, la glicinia, el bambú, el cerezo o el ciruelo aparecen una y otra vez, sometidos a una operación estética muy japonesa, como es la de reducir la naturaleza a una forma clara, memorable y reproducible.

Pero esta costumbre no empieza exactamente con los kamon. Mucho antes de que una planta identificara a un clan ya formaba parte del vocabulario visual de las élites japonesas.
Durante el período Heian (794-1185), la aristocracia de la corte desarrolló un complejo repertorio de diseños conocido como yūsoku mon’yō. Se empleaban en vestimentas, mobiliario, objetos personales, arquitectura y vehículos. Entre sus motivos había flores, hojas, árboles y otros elementos naturales. Algunos diseños eran repetitivos y se encerraban en formas geométricas; otros combinaban diferentes elementos vegetales.

La propia tradición de los patrones japoneses, por tanto, es anterior al desarrollo de los kamon como emblemas. Los yūsoku mon'yō constituyeron una de las bases de las tradiciones decorativas posteriores, entre ellas los propios kamon.
Es importante hacer aquí una precisión histórica. No debe confundirse cualquier representación antigua de una planta con un kamon. Una flor representada sobre una tela Heian no era necesariamente un emblema. El kamon nace como signo identificativo, mientras que el motivo vegetal existía ya dentro de una cultura ornamental mucho más amplia.

La naturaleza que había servido durante siglos como repertorio ornamental podía ahora condensar una identidad. El árbol, la flor o la hoja dejaban de ser únicamente elementos hermosos para poder identificar a la persona que los llevaba como miembro de un clan.

Con el período Kamakura y el ascenso de la clase guerrera, el signo adquirió una función mucho más urgente. En el campo de batalla, como ya hemos dicho en varios de estos capítulos,  no había tiempo para sutilezas cortesanas. Había que distinguir rápidamente aliados y enemigos. Los emblemas comenzaron a aparecer en armaduras, estandartes, banderas y otras partes del equipamiento militar.

La consecuencia estética fue decisiva. Un emblema militar debía poder reconocerse a distancia, por eso los motivos vegetales que triunfaron como kamon. Una planta es reducida a sus elementos esenciales, tres hojas, una flor, un tallo, una disposición simétrica. La complejidad de la naturaleza se convierte en claridad gráfica. No es casualidad que los kamon vegetales tengan con frecuencia una apariencia casi abstracta. El objetivo no era pintar una planta. Era conseguir que unas pocas líneas fueran suficientes para reconocer de inmediato a un clan.


La paulownia: un árbol convertido en signo de poder.

Entre las plantas asociadas a la emblemática japonesa, pocas tienen una trayectoria tan importante como la paulownia. Sus flores y hojas fueron utilizadas como motivo decorativo y, posteriormente, como emblema. Existen numerosas variantes del kirimon, hasta el punto de que las flores pueden organizarse según cantidades concretas: por ejemplo, disposiciones conocidas como go-san no kiri y go-shichi no kiri, según el número de flores de cada grupo.

La paulownia también quedó vinculada al poder político. El Museo Británico conserva, por ejemplo, un ōban (una gran moneda de oro del Japón premoderno) cuya marca floral reproduce la paulownia; la fuente del museo señala que este motivo acabaría utilizándose también en sellos oficiales del gobierno y en sellos imperiales.

La historia de esta planta demuestra algo importante: un motivo vegetal podía circular entre diferentes ámbitos de la cultura visual japonesa. Podía aparecer en una bandera, en una moneda, en una decoración arquitectónica o sobre un objeto lacado sin que todas esas apariciones tuvieran exactamente la misma función. La planta era la forma; el contexto determinaba el significado.

El crisantemo, de flor a emblema imperial.

Hay otra planta cuya historia es inseparable de la autoridad imperial, como es el crisantemo (kiku). Era ya un motivo decorativo y auspicioso mucho antes de convertirse en el símbolo imperial que hoy resulta familiar. Una pieza de laca conservada por el Metropolitan Museum of Art, fechada a finales del siglo XV, combina crisantemos y paulownias y documenta el uso de ambas plantas como motivos auspiciosos y también como emblemas militares.

La asociación imperial del crisantemo se consolidó históricamente, y su uso fue adquiriendo restricciones específicas. Una fuente de la Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón recoge la tradición según la cual el emperador Go-Toba (1180-1239) sentía especial predilección por el motivo del crisantemo, que progresivamente se convirtió en un emblema de la casa imperial. También documenta las restricciones posteriores sobre determinadas formas del crisantemo y del conjunto crisantemo-paulownia. Así, una flor podía recorrer un camino extraordinario, de motivo natural a ornamento, de ornamento a emblema, y de emblema a signo de autoridad.

La malva de los Tokugawa.

Quizá ningún otro motivo vegetal esté tan inmediatamente asociado a un clan guerrero como la aoi, la malva empleada en el célebre emblema de los Tokugawa.
La historia es particularmente reveladora porque conecta una planta con un lugar y con una tradición religiosa. La Biblioteca de la Dieta Nacional recoge que la planta representada en el emblema de los Tokugawa es la futaba-aoi, también llamada Kamo-aoi, considerada una planta sagrada relacionada con los rituales del santuario Kamo de Kioto. Según esta referencia, familias vinculadas a ese entorno utilizaron la aoi como motivo; los Matsudaira (antecesores de los Tokugawa) emplearon una forma de dos hojas y los Tokugawa desarrollaron el conocido diseño de tres hojas de aoi.

El famoso mitsuba-aoi terminó convertido en uno de los emblemas más reconocibles del Japón del período Edo. La imagen es casi paradójica, una planta relativamente delicada acabó identificando a una de las estructuras políticas más poderosas del Japón premoderno.

Sengoku. La planta como silueta contra el cielo.

Durante las guerras civiles de los siglos XV y XVI, la identificación visual alcanzó una importancia extraordinaria. Los clanes utilizaban sus signos en estandartes, campamentos, armas y vestimentas.La sencillez se convirtió en una virtud militar.

Una flor complicada podía resultar magnífica sobre un objeto de lujo, pero un signo destinado a verse entre centenares de hombres necesitaba otra lógica. Las fuentes japonesas describen los motivos empleados por los samuráis como diseños generalmente simples, de un solo motivo, concebidos para resultar impresionantes y reconocibles desde lejos.
Es en ese contexto donde se entiende mejor la peculiar estética de los kamon vegetales. No son plantas observadas desde la distancia corta del jardín. Son plantas convertidas en siluetas.

De la guerra a la ciudad, la larga paz del período Edo.

La llegada del período Edo transformó nuevamente la función de los emblemas.Japón entró en un largo período de estabilidad política bajo el shogunato Tokugawa. Los kamon continuaron existiendo, pero su utilización se extendió mucho más allá de los guerreros. Según el Gobierno de Japón, durante este período comenzaron a utilizarlos también comerciantes y habitantes de las ciudades; los emblemas servían para identificar, ya no a clanes, sin o también a gremios, comerciantes y negocios. Y ocurrió algo particularmente fértil para las plantas: la horticultura floreció.

Durante el Edo aumentó el cultivo de plantas ornamentales y, paralelamente, creció la variedad de motivos vegetales empleados en el diseño japonés. La documentación oficial sobre los patrones japoneses señala, por ejemplo, la enorme popularidad de la asagao, la campanilla o morning glory, durante el siglo XIX, especialmente en los diseños de los kimonos de verano. La planta ya no necesitaba justificar su presencia por la guerra. Podía ser simplemente bella, pero seguía conservando la memoria de un sistema visual en el que naturaleza e identidad habían estado estrechamente unidas.


El pino, el ciruelo, el bambú y el mundo de los buenos augurios.

No todas las plantas tuvieron la misma función ni todas fueron igualmente importantes como kamon. Conviene, además, separar el simbolismo general de la decoración japonesa del significado específico que pudiera tener un determinado emblema.
El pino, el bambú y el ciruelo, por ejemplo, forman desde hace siglos una célebre tríada de motivos auspiciosos. El uso de plantas como imágenes de buena fortuna está ampliamente documentado en el arte y las artes decorativas japonesas.

Un estudio publicado en J-STAGE sobre motivos vegetales en piezas de cerámica japonesas de finales de Meiji y comienzos de Shōwa encontró que más de la mitad de las 256 piezas estudiadas presentaban plantas; entre las más frecuentes estaban precisamente el pino y el ciruelo, tradicionalmente utilizados como motivos auspiciosos. No todo pino significa automáticamente “longevidad”, ni todo bambú significa necesariamente “resiliencia” dentro de un kamon concreto. Esas asociaciones existen en la cultura simbólica japonesa, pero el significado de un emblema concreto depende también de su historia y del clan o casa que lo utilizó.
El diseño japonés es simbólico, sí; pero no funciona exactamente como un diccionario en el que cada planta tenga una única traducción.

El siglo XIX. El mundo vegetal se ensancha.

El final del Edo y la modernización de Japón modificaron profundamente el paisaje cultural. La tradición de los motivos vegetales no desapareció. Al contrario, se encontró con nuevas plantas, nuevos gustos y nuevas formas de representación. Los estudios sobre los diseños textiles del período Meiji y Taishō muestran cómo las flores occidentales comenzaron a incorporarse progresivamente a los diseños japoneses. La rosa, por ejemplo, adquirió una presencia particular como símbolo de lo occidental en el Japón de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Los kamon, sin embargo, conservaron en buena medida su lenguaje formal tradicional: motivos reducidos, composición equilibrada y una marcada tendencia a la claridad gráfica.

Cuando el emblema deja de ser una bandera de guerra.

La Restauración Meiji terminó con el sistema político de los Tokugawa y transformó el orden social. En 1875, el nuevo gobierno estableció la obligación general de adoptar apellidos, algo que anteriormente estaba limitado en principio a determinados grupos sociales. El cambio propició la relación entre apellido y emblema.
El kamon sobrevivió porque ya había dejado de ser exclusivamente una insignia guerrera. Podía aparecer en un kimono ceremonial, en una tumba, en una casa o en determinados objetos familiares. El Gobierno de Japón señala que su uso ceremonial continúa en la actualidad, especialmente en prendas formales y en lápidas.

En el Japón contemporáneo, los kamon siguen formando parte de la cultura visual. La cantidad exacta de diseños depende de cómo se clasifiquen, pero fuentes oficiales japonesas hablan de miles de diseños que se basan exclusivamente en flores, plantas, hojas y otros elementos naturales.

Su presencia moderna resulta especialmente interesante porque revela hasta qué punto ha cambiado la función del símbolo. Un kamon ya no necesita servir para distinguir dos ejércitos en el polvo de una batalla. Puede aparecer en un funeral, una boda, un kimono formal, una entrada o una tradición familiar. Y esa continuidad explica en parte por qué los kamon resultan tan modernos a nuestros ojos. Son ancestrales, pero poseen una economía visual que podría pertenecer a un logotipo contemporáneo. 

Una “heráldica” sin bestiario dominante y llena de jardines.

Desde la perspectiva occidental, quizá lo más llamativo sea precisamente lo que falta.
La heráldica europea desarrolló un extenso repertorio de leones, águilas, unicornios, castillos, espadas y criaturas fantásticas. Los kamon japoneses conocen también animales, armas, objetos y fenómenos naturales, pero los motivos vegetales tienen una presencia extraordinaria. Y las colecciones de museos lo confirman materialmente, una hoja de roble sobre una prenda de un samurái, ramas de myōga en un estandarte, paulownias en objetos lacados, crisantemos sobre muebles, flores y hojas sobre armaduras.

La Glicinia (fuji). Uno de los motivos vegetales más antiguos y prestigiosos. Su nombre está ligado al linaje Fujiwara, y posteriormente fue utilizado por numerosas casas guerreras, entre ellas los Kuroda. El Museo de la Ciudad de Fukuoka documenta el fuji-mon de los Kuroda.

El Ciruelo (ume) posee una larga tradición simbólica y artística en Japón. La familia Maeda, señores de Kaga, utilizó como emblema una flor de ciruelo estilizada, documentada en una armadura conservada por el Metropolitan Museum.

 Mokkō. Es uno de los diseños más característicos de la heráldica guerrera. El clan Oda utilizó una variante del mokko-mon, documentada en retratos y prendas militares de Oda Nobunaga. También fue empleado por la familia Hotta.

Acedera (katabami): Sus tres hojas forman una de las siluetas más reconocibles de los kamon. Fue utilizada por diversas familias guerreras, entre ellas los Sakai, cuyo ken-katabami está documentado en repertorios del Museo de la Ciudad de Nagoya.


La Genciana (rindō): aparece a menudo como sasa-rindō, combinando las flores de genciana con hojas estilizadas. La familia Ishikawa, que gobernó Matsumoto a comienzos del período Edo, utilizó este diseño como emblema.

La Saeta de agua (omodaka): planta acuática reconocible por sus hojas en forma de flecha. La familia Mizuno empleó el maru ni tachi omodaka, todavía visible en las tejas históricas del castillo de Matsumoto.

El Roble( kashiwa): El roble aparece en numerosos emblemas de clanes con ramas familiares de alto rango. El Metropolitan Museum conserva un jinbaori perteneciente a la familia Makino, decorado con tres hojas de roble dentro de un círculo.

La Peonía (botan): tuvo una importante presencia en la cultura aristocrática y en las artes decorativas. Un ajuar de la familia Konoe, una de las grandes casas aristocráticas de Kioto, conserva la peonía como emblema; también aparece documentada en la tradición del clan Shimazu.

El Naranjo tachibana (tachibana): es un antiguo cítrico japonés y dio nombre al clan Tachibana, uno de los linajes de la aristocracia de Nara y Heian.

El Bambú y sasa  (take / sasa)aparece tanto solo como combinado con otros motivos. El ejemplo más célebre es el take ni suzume, bambú y gorriones, asociado a la familia Date, tanto en Sendai como en Uwajima.

Pino (matsu): Uno de los árboles más importantes de la iconografía japonesa. El pino, junto con bambú y ciruelo, como ya hemos dicho, forma la tríada auspiciosa shōchikubai. También aparece como motivo heráldico en diversas casas guerreras, entre ellas la de Hosokawa.

Cerezo (sakura). Aunque su presencia en la cultura japonesa es enorme, su papel como kamon fue más limitado que el que podría sugerir su fama actual. El clan Hosokawa utilizó el cerezo como uno de sus kaemon, según la documentación del Museo Municipal de Yatsushiro.

Lo extraordinario de estos kamon está precisamente en esa transformación, la naturaleza pierde volumen y movimiento para convertirse en una forma mínima y reconocible. Un jardín reducido a una firma.
Quizá ahí esté la clave de toda esta historia. Los kamon japoneses no nos muestran la naturaleza tal como la encontraríamos en un bosque. La comprimen. La ordenan. Eliminan lo accidental. Dejan sólo aquello que permite reconocerla. La planta, al entrar en el mundo del emblema, deja de crecer y se vuelve eterna.

Una glicinia ya no necesita ramas que trepen realmente por una pared. Un crisantemo no necesita marchitarse. Tres hojas de aoi pueden representar una casa durante generaciones. La paulownia puede aparecer sobre una bandera, una moneda, un tejado o un kimono y seguir siendo reconocible.

Durante siglos, los japoneses llevaron flores y hojas a la guerra, a la corte, a las ciudades y a las ceremonias. Cambiaron los regímenes, desaparecieron los samuráis, se modernizó el Estado y llegaron nuevas formas artísticas. Pero el lenguaje permaneció.
Quizá por eso, cuando uno mira un kamon vegetal, la sensación no es la de contemplar una ilustración antigua. Es la de encontrarse con una naturaleza que ha aprendido a convertirse en memoria.

Riestra2026.

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Capítulo I
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4

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