miércoles, 19 de agosto de 2026

DIEGO GARCÍA DE PAREDES, EL SANSÓN DE EXTREMADURA.

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez. 

Diego García de Paredes nació en Trujillo en el año 1468. Estamos hablando de la severa Extremadura, en tiempos que se respiraba la vida de frontera medieval. De casa noble, era un reputado hidalgo. Fue hijo de Hernando o Fernando García de Paredes y, por parte de madre, descendida de la ilustre casa de los Ovando, ella María de Ovando. Diversas investigaciones identifican a sus abuelos paternos como García González de Paredes y Mayor de Carvajal. Conocemos también, por la generosa y abundante documentación, que vivió en su casa la tradición militar, por esto la guerra se convirtió en su oficio y forma de vida.

García de Paredes no fue un gigante inventado por la literatura, aunque la literatura lo adoptó posteriormente. En realidad, su figura está sólidamente documentada por numerosos cronistas, uno de ellos, Gonzalo Fernández de Oviedo, quien lo conoció personalmente y dejó testimonio directo de su fuerza, su buen carácter y sus hazañas. Desde joven habría destacado por gozar de una corpulencia extraordinaria. Su fuerza física no era algo exagerado, era un hecho que se repetía por todas partes y sobre todo por aquellos que le vieron combatir. Fernández de Oviedo afirmó de su fuerza que podía detener un caballo desbocado con las manos desnudas. También decía que su sola presencia imponía respeto, incluso a los soldados más veteranos. Anotó que era disciplinado y con una voluntad férrea.

Sus primeros pasos en la milicia se produjeron en la Guerra de Granada, donde participó en los últimos años del conflicto. Aquí aprendió la dureza del combate cuerpo a cuerpo, alejado de las novelas caballerescas. En la guerra contra el reino nazarí se instruyó en los asedios y escaramuzas, sabiendo que la disciplina y la certeza de los hechos valen más que las palabras. Pero el escenario que lo llegó a convertir en leyenda fueron las guerras de Italia. Aquí se vivía un complejo entramado de alianzas, traiciones y ambiciones europeas, todo lo cual ofreció a García de Paredes el espacio perfecto para desplegar sus capacidades. Su nombre empezó a circular por Nápoles, Roma y Lombardía. Hablaban de él con una mezcla de temor y admiración. Los italianos lo describían como un hombre que peleaba como si la muerte fuese un inconveniente menor, así que su fama se cimentó en numerosos episodios documentados como la defensa de una puerta en Nápoles contra decenas de franceses y que peleó en solitario. Aquí mantuvo un duelo con un capitán galo, demostrando una técnica sorprendente para su corpulencia. Sirvió bajo las órdenes del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, quien lo conocía bien y le consideraba uno de sus hombres más valiosos.

En Italia encarnó la transición entre dos mundos, o sea, la vieja caballería medieval que se basaba en el valor individual, y la guerra moderna que era en realidad disciplina colectiva. Diego García de Paredes era un hombre del pasado, pero funcionaba perfectamente en la guerra del futuro. Su fuerza física era legendaria. Muchas fuentes coinciden en que poseía una moral estricta, una lealtad absoluta y que su sentido del honor era inflexible, así que no estamos ante un bruto épico o sin pensamiento. Él no luchaba por gloria personal, lo hacía por deber. El cronista Oviedo insiste en que era respetado hasta por sus enemigos porque veían en él un modelo de soldado íntegro.

Sirvió también como capitán de la guardia pontificia durante su estancia en Roma. Este era un cargo que exigía mucha disciplina. Su reputación fue tal que el mismísimo Papa lo destinó a misiones delicadas, confiando en su capacidad para imponer el orden sin necesidad de utilizar la violencia. Más tarde, al servicio del emperador Carlos V, participó en diversas campañas y mantuvo su calidad de soldado excepcional. Tuvo una vida militar bastante larga y sobre todo, marcada por la ausencia de escándalos.

La muerte de García de Paredes llegó en 1534 de forma inesperada. No falleció en ninguna batalla, ni en un duelo, ni en una empresa heroica, en realidad cayó del caballo mientras cruzaba un río. Estamos entonces ante una ironía histórica, porque vemos un hombre que sobrevivió a numerosos combates, asedios y enfrentamientos, pero que muere en un lance menor. Diego no conoció la derrota, ni tampoco la retirada, su figura quedó grabada en la memoria de España como símbolo de una fuerza tanto física como moral. Estamos ante un hombre que fue soldado y que caminó por la historia sin ningún miedo y con la cabeza bien alta.

Estimo que la vida de este personaje goza de todos los elementos para una novela histórica, con un origen noble pero austero, una fuerza extraordinaria, una carrera militar brillante, episodios legendarios documentados, que sirvió a reyes, papas y conocidos generales, y que todo termina con una muerte inesperada cayendo de un caballo. Así se cierra, de repente, todo el relato.

No me cabe duda de que en aquel tiempo en donde el honor era la norma, su figura representaba la España que entendía que la guerra era un deber. El legado que nos ha dejado Diego García de Paredes es el de un hombre que sin necesidad de discursos y solamente con su ejemplo, encarnó una forma de vida y herencia que hoy escasamente recordamos, la de la fuerza, el honor y la acción.

Publicado por La Mesa de los Notables.


martes, 18 de agosto de 2026

EL VIZCONDE DE MALVAVISCO NUEVO COLABORADOR DEL BLOG.

 

El vizconde de Malvavisco es un nuevo colaborador de La Mesa de los Notables, donde publicará una crónica semanal. Personaje de notable erudición, llevaba ya varios años observando en silencio la condición humana y, según parece, había llegado a la conclusión de que necesitaba un lugar donde dejar constancia de algunas de sus perplejidades.

Escribe desde su gabinete, rodeado de libros, retratos familiares y papeles que parecen llevar allí varias generaciones. Desde ese refugio contempla, con una mezcla de humor, ironía y cierta indulgencia, el universo de la nobleza y de las corporaciones caballerescas: sus protocolos, tratamientos, genealogías, ceremoniales y esas otras pequeñas cosas que, sin ser siempre importantes, poseen una sorprendente capacidad para alimentar la vanidad humana.

El vizconde no es un revolucionario y tampoco tiene vocación de moralista. Aprecia la tradición demasiado como para confundirla con la afectación, y conoce suficientemente bien las instituciones como para saber que la mejor manera de respetarlas no consiste necesariamente en tomarlas siempre demasiado en serio. Prefiere la observación al sermón, la ironía a la indignación y, siempre que sea posible, una sonrisa a una sentencia.

Sus crónicas suelen nacer de una anécdota, una conversación o algún personaje que ha tenido la imprudencia de ponerse a su alcance. A partir de ahí, Malvavisco observa. Rara vez juzga. Normalmente se limita a constatar. Quizá porque sabe que el humor sigue siendo una de las formas más elegantes de inteligencia y, en determinadas circunstancias, también una de las más eficaces.


Su primera entrega, «Saber descender», ha sido una magnífica carta de presentación. En ella nos relata la historia de su antepasado, el primer vizconde, y deja entrever algunos de los caminos por los que discurrirán las próximas historias que salgan de su gabinete.

No sé exactamente cómo las escribe. Sospecho que las redacta a mano, porque desconfía de casi todo aquello que permite corregir demasiado deprisa. Lo cierto es que los textos llegan puntualmente a esta Mesa por medios perfectamente contemporáneos, gracias en buena medida a un secretario que mantiene con la modernidad una relación bastante más pacífica que la de su señor.

A partir de ahora, el vizconde tomará asiento entre nosotros cada viernes.

Sean benévolos con él. Tiene la extraña costumbre, tan poco frecuente en nuestros días, de decir las cosas con educación, que, a nuestro juicio, continúa siendo una de las formas más eficaces de decirlas. 


Aviso sobre propiedad intelectual

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 17 de agosto de 2026

TRANSMISIÓN HEREDITARIA Y CALIDAD DE LA HIDALGUÍA EN EL ANTIGUO RÉGIMEN.

 

Antonio de Castro García de Tejada
Caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III.

En un trabajo anterior, publicado en este mismo medio el pasado 11 de agosto, sostuvimos que la nobleza personal o de privilegio concedida por el Rey no tenía que esperar a una tercera generación para adquirir carácter hereditario. Desde la generación siguiente a la de su concesión, la condición nobiliaria podía transmitirse por filiación, de manera que el hijo del beneficiario ya era noble por filiación. Es decir por la sangre.

Nada de lo que ahora proponemos contradice aquella conclusión. Al contrario, la documentación permite precisarla y comprender mejor el significado de las expresiones «hidalguía de sangre» y «hidalguía de privilegio» en el Antiguo Régimen.

La cuestión exige distinguir dos realidades que no deben confundirse: la transmisión hereditaria de la condición hidalga y la calidad jurídica de la hidalguía transmitida. Si por «hidalguía de sangre» entendemos simplemente una nobleza heredada por filiación, nuestra tesis anterior permanece plenamente vigente: la transmisión comienza en la generación siguiente al beneficiario y continúa en sus descendientes. Pero de ello no se sigue que una hidalguía de privilegio o una hidalguía personal cambiase automáticamente de naturaleza por el mero hecho de transmitirse por sangre.

Una hidalguía concedida por privilegio podía conservar su carácter originario en la persona que recibió la merced y en sus descendientes, aunque hubieran transcurrido una o varias generaciones. Del mismo modo, una hidalguía concedida como personal podía transmitirse hereditariamente sin convertirse por ello en una hidalguía de sangre como categoría jurídica. Los descendientes participaban de los privilegios fundamentales comunes a la condición hidalga, pero podían no producir los mismos efectos particulares que una hidalguía de sangre en aquellos ámbitos en los que una norma, un privilegio regio o el estatuto de una institución estableciera requisitos específicos.

Esta distinción resulta especialmente importante porque la transmisión por sangre no alteraba necesariamente el título jurídico originario de la nobleza. El hijo de un hidalgo de privilegio podía ser hidalgo por filiación y, al mismo tiempo, continuar perteneciendo a un linaje cuya hidalguía tenía origen privilegiado. Por tanto, la existencia de varias generaciones de descendientes no permite, por sí sola, afirmar que se hubiera producido una transformación automática de la calidad de la hidalguía.

La regulación de la nobleza de los defensores y vecinos de Zaragoza constituye un ejemplo particularmente ilustrativo. La disposición establecía: «Que todos los defensores de Zaragoza, sus vecinos y sus descendientes gocen de la nobleza personal». La condición, por tanto, podía transmitirse por descendencia sin que ello obligara a calificarla como nobleza de sangre en sentido jurídico. La propia fórmula demuestra que transmisión hereditaria y naturaleza originaria de la nobleza podían coexistir.

Esta circunstancia, hasta donde sabemos, no ha sido formulada habitualmente en estos términos por la literatura moderna. Resulta difícil de percibir desde nuestras categorías actuales, pero son las fuentes las que obligan a introducir esta distinción: una cosa es que una nobleza se transmita por sangre y otra que, por ese solo hecho, cambie la calidad jurídica con la que fue concedida.

«Al hidalgo por hidalgo».

La complejidad del sistema se aprecia también en la regulación de los padrones. La Nueva Recopilación, libro IX, título XXXIII, ley X, al ordenar la confección de los padrones de moneda forera, establecía:
«al hidalgo por hidalgo, y al Clerigo por Clerigo, y al pechero por pechero».
La norma no exigía distinguir en el padrón entre hidalgos de sangre, de privilegio, de solar conocido o de otras calidades. Para aquella finalidad, la categoría relevante era sencillamente la de hidalgo.
El criterio fue reiterado por la Sala de Hijosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid, mediante auto de 10 de noviembre de 1736, que ordenaba poner: «al pechero por pechero, al hidalgo por hidalgo, al clérigo por clérigo, y al exempto y al privilegiado por tal», añadiendo: «sin aditamiento de otra qualidad que la que cada uno tubiese legítimamente».

Como ha estudiado Julio García-Gabilán Sangil, en La hidalguía de solar conocido: normas jurídicas y doctrina, Revista de Derecho de la UNED, núm. 11 (2012), las distintas calificaciones que aparecen en algunos padrones no se corresponden necesariamente con las categorías que la normativa establecía para su confección.

La consecuencia es importante: las distintas calidades de hidalguía podían compartir los efectos generales de la condición noble sin producir necesariamente idénticos efectos en todos los ámbitos. Para el padrón y las exenciones fiscales, lo esencial era determinar si el individuo era hidalgo o pechero. En cambio, una institución, una corporación, un Ayuntamiento o un determinado oficio podía exigir una calidad, antigüedad u origen concreto de nobleza cuando existiera una norma o un privilegio que así lo estableciera.

De este modo se explica que determinadas ciudades pudieran reservar ciertos oficios —singularmente las regidurías— a los hidalgos de sangre, excluyendo de ellos a los hidalgos de privilegio o incluso a sus descendientes. Pero tales restricciones no constituían una regla general de la Monarquía ni afectaban a la condición fundamental de hidalgo: eran efectos particulares derivados de privilegios o disposiciones especiales concedidos por el Rey.

Podía, por tanto, suceder que un hombre fuese plenamente hidalgo a efectos fiscales y de los demás privilegios generales de la hidalguía y, sin embargo, no reuniese la calidad exigida para acceder a una determinada regiduría. No existía contradicción: se trataba de efectos jurídicos diferentes.

La transmisión no implica un cambio automático de calidad.

Llegamos así al punto central. Si el primer beneficiario recibe una hidalguía personal o de privilegio, su hijo puede recibirla por filiación; también su nieto y sus sucesivos descendientes. Si llamamos «hidalguía de sangre» a toda nobleza heredada, desde el hijo existiría nobleza transmitida por sangre. Pero eso no significa que la hidalguía haya cambiado automáticamente de origen o de calidad jurídica.

Con el tiempo, un linaje podía integrarse entre los antiguos linajes hidalgos, consolidar una prolongada posesión de estado, desaparecer en los padrones toda referencia a su origen privilegiado o personal, o conseguir posteriormente una ejecutoria de hidalguía. Cualquiera de estas circunstancias podía modificar su consideración jurídica o social. Lo que no puede afirmarse es que la tercera generación produjera por sí sola y automáticamente esa transformación.

Por ello, la expresión «hidalguía de sangre» debe entenderse en dos sentidos diferentes. En uno, designa simplemente una hidalguía transmitida hereditariamente: en este sentido, la transmisión comienza en la generación siguiente al beneficiario. En otro, designa una determinada calidad u origen de hidalguía, contrapuesta a la adquirida por privilegio. Es únicamente en este segundo sentido cuando resulta incorrecto identificar toda hidalguía heredada con hidalguía de sangre.

La documentación examinada muestra, por tanto, que la nobleza hereditaria podía comenzar en la segunda generación, mientras que la transformación de la calidad jurídica de la hidalguía no obedecía necesariamente a una regla automática de generaciones. Una hidalguía de privilegio podía perpetuarse hereditariamente sin perder por ello su origen privilegiado; y una hidalguía personal podía transmitirse por sangre sin convertirse automáticamente en hidalguía de sangre como categoría jurídica.

Esta distinción, que las fuentes permiten apreciar con claridad, ha recibido escasa atención en la literatura moderna, probablemente porque desde nuestras categorías actuales resulta difícil separar la transmisión hereditaria de la naturaleza jurídica del título originario. Sin embargo, ambas cuestiones no eran necesariamente coincidentes en el Antiguo Régimen.

En definitiva, las diferentes calidades de hidalguía pertenecían a una misma condición noble y compartían sus privilegios fundamentales, pero podían producir efectos distintos cuando una disposición regia, un privilegio municipal o el régimen particular de una institución establecía requisitos específicos. La transmisión hereditaria no borraba necesariamente esas diferencias ni convertía automáticamente una calidad en otra. La realidad nobiliaria del Antiguo Régimen fue, por ello, mucho más flexible y compleja que la que sugieren las interpretaciones basadas en una supuesta regla automática de las tres generaciones.

Por eso considero que buena parte de la confusión moderna procede de identificar la transmisión hereditaria de la hidalguía con la adquisición automática de la «hidalguía de sangre». La expresión «hidalguía de sangre» no designaba simplemente toda hidalguía que se transmitiera por filiación, sino que en determinados ámbitos podía referirse a una determinada calidad jurídica de hidalguía. Más adelante veremos cómo el legislador vino a resolver esta posible confusión conceptual, distinguiendo ambas realidades y denominando «nobleza heredada» a la hidalguía recibida por filiación, para diferenciarla de la «hidalguía de sangre», entendida como una determinada cualidad o condición jurídica de la hidalguía.


Publicado por La Mesa de los Notables.


domingo, 16 de agosto de 2026

LIECHTENSTEIN ABRE LA PUERTA DEL TRONO A LAS MUJERES.

 

Durante más de cuatro siglos, la ley sálica, entendida en Liechtenstein como la regla sucesoria de la Casa Principesca que reservaba la Corona a los descendientes varones, ha mantenido a las mujeres fuera de la sucesión al trono. Ahora, el pequeño principado alpino ha decidido cambiar esa norma. El anuncio, realizado durante el discurso del Día Nacional, puede poner fin a la primacía masculina en la sucesión de la Casa de Liechtenstein y abre, por primera vez, la posibilidad de que una mujer pueda convertirse en soberana.

La reforma fue anunciada por el príncipe heredero Alois de Liechtenstein, que ejerce desde 2004 buena parte de las funciones de jefe del Estado, después de que su padre, el príncipe Hans-Adam II, le delegara gran parte de sus poderes.

El cambio afecta a una institución mucho más antigua que el propio Estado moderno. Las reglas de sucesión de la Casa Principesca se remontan a 1606, cuando los miembros de la dinastía establecieron un pacto familiar que fijó el principio de sucesión por línea masculina. Durante siglos, esa tradición se ha transmitido dentro de la familia hasta convertirse en una de las particularidades más llamativas de la monarquía liechtensteiniana.

La Constitución del Principado mantiene una peculiaridad que ayuda a entender por qué la decisión no ha correspondido al Parlamento. Su artículo 3 establece que la sucesión hereditaria al trono debe ser regulada por la propia Casa Principesca mediante su ley dinástica. Es decir, la sucesión constituye una materia reservada al ordenamiento de la familia reinante.

Hasta ahora, esa norma establece una primogenitura masculina. La documentación oficial de Liechtenstein explica que el derecho de sucesión correspondía a los descendientes varones de la línea dinástica y que las mujeres y sus descendientes quedaban excluidos del trono.

La novedad consiste en sustituir ese criterio por la primogenitura absoluta: a partir de ahora, el sexo dejará de determinar quién puede heredar el trono y será el orden de nacimiento el que marque la sucesión. El primer hijo podrá ser heredero independientemente de que sea hombre o mujer. La decisión fue aprobada por una mayoría de dos tercios de los miembros de la familia principesca con derecho a voto.

Hay, sin embargo, un matiz esencial. El cambio tiene consecuencias para el futuro, pero no modifica la sucesión que existe actualmente. El príncipe Joseph Wenzel, hijo mayor de Alois y de la princesa heredera Sophie, continúa siendo el primero en la línea. Su hermana, la princesa Marie Caroline, ocupa actualmente el segundo lugar entre los hijos de la pareja, pero la reforma no la coloca por delante de su hermano. Será la siguiente generación la que quede sometida al nuevo sistema.

La diferencia puede parecer pequeña en un país de apenas unos cientos de kilómetros cuadrados. No lo es. En Liechtenstein, la monarquía conserva un peso político singular dentro de su sistema constitucional. El Principado es una monarquía hereditaria constitucional asentada sobre una base democrática y parlamentaria, pero la Constitución atribuye al Príncipe una posición institucional especialmente relevante.

La reforma llega, además, después de una larga historia de debate sobre la exclusión de las mujeres. Naciones Unidas había señalado en distintas ocasiones la cuestión de la sucesión masculina y había planteado a Liechtenstein la posibilidad de adoptar un sistema de primogenitura absoluta. En sus respuestas oficiales, el principado había explicado que la sucesión pertenecía al ámbito autónomo de la Casa Principesca.

La decisión de la familia principesca no borra, por tanto, cuatro siglos de tradición. La mantiene y, al mismo tiempo, la modifica. La antigua regla que hacía del nacimiento de un varón la condición indispensable para perpetuar la línea sucesoria deja paso a otra en la que el orden de nacimiento será el que determine quién puede heredar.

La puerta está abierta. No para María Carolina, al menos por ahora, ni para alterar la línea sucesoria que hoy existe, sino para las generaciones que vendrán. Y en una dinastía acostumbrada a medir el tiempo en siglos, esa diferencia entre el presente y el futuro puede ser, precisamente, la parte más importante de la historia.

Fuente: El Confidencial.com

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 14 de agosto de 2026

EL GABINETE DEL VIZCONDE DE MALVAVISCO, UNA MIRADA DISTINTA AL MUNDO NOBILIARIO.

 

 CAPÍTULO I: SABER DESCENDER.

Escribo estas líneas desde mi gabinete. Lo aclaro porque hoy se llama «gabinete» a demasiadas cosas. Hay gabinetes de comunicación, gabinetes de crisis, gabinetes de prensa y hasta gabinetes estratégicos, expresión esta última que suele designar una habitación con tres ordenadores y cinco personas que no saben exactamente qué hacer con ellos.

El mío es un gabinete de los de antes.

Tiene libros, una chimenea que tira mal, dos sillones de cuero, una escribanía de plata que jamás utilizo y un secreter francés que perteneció a mi bisabuela, quien guardaba en él las cartas de sus amantes y las facturas del carbonero. Mi abuelo destruyó las primeras y conservó las segundas. Siempre he considerado aquella decisión una desgracia para la historia de mi familia y una contribución innecesaria a la historia económica de España.

No tengo pisapapeles. En mi familia se han considerado siempre objetos vulgares. Para mantener los papeles en su sitio utilizamos el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino. Es sobrio, sólido y, en determinadas circunstancias, extraordinariamente útil.

En las paredes hay algunos retratos. No demasiados. Desconfío de las casas donde todos los antepasados están pintados. En una familia verdaderamente antigua tiene que haber, por fuerza, generaciones enteras a las que nadie consideró conveniente retratar. Preside la estancia un lienzo de enormes dimensiones. Representa a don Rigoberto de Malvavisco y Peñafría, primer vizconde de Malvavisco, vestido con uniforme de gala, una mano apoyada sobre un libro y la otra introducida en la guerrera. Nunca se supo qué libro era. Mi abuelo sostenía que probablemente tampoco don Rigoberto.

El título le fue concedido por Amadeo de Saboya, circunstancia de la que mi familia habla con cierta prudencia porque Amadeo tuvo la delicadeza de reinar en España durante el tiempo suficiente para ennoblecer a mi antepasado y retirarse inmediatamente después.

Era italiano.

Esto proporciona a algunos miembros de mi familia un argumento adicional para considerar extranjero cualquier acto regio que no les convenga y perfectamente español aquel del que proceda algún privilegio. Don Rigoberto había prestado determinados servicios a la Corona cuya naturaleza nunca he conseguido averiguar con precisión. En la Real Carta se habla de «los relevantes méritos y servicios del agraciado», fórmula que considero de una elegancia extraordinaria porque permite agradecer sin necesidad de explicar.

Lo cierto es que el primer vizconde tenía dos características muy acusadas. Era malvado. Y era bizco. No son afirmaciones mías. Constan ambas en la tradición familiar, que es esa rama de la historiografía donde las pruebas suelen aparecer varios siglos después que las certezas.

Al parecer, el episodio que dio origen al título ocurrió durante una recepción en Palacio. Conviene recordar que en la Corte existía la antigua costumbre de no volver jamás la espalda al Rey. Cuando terminaba una audiencia, el favorecido debía retirarse andando hacia atrás, manteniendo el rostro vuelto hacia Su Majestad hasta alcanzar una distancia decorosa. Era una de esas normas cortesanas que conseguían simultáneamente engrandecer al monarca y complicar extraordinariamente la salida de una estancia.

Don Rigoberto conocía perfectamente el protocolo. Terminada su audiencia, hizo una reverencia y comenzó a retroceder con considerable dignidad. Don Amadeo lo observó. Mi antepasado caminaba hacia la puerta mirando al Rey, como exigía la etiqueta. O eso suponemos. Con don Rigoberto nunca resultaba completamente sencillo determinar hacia dónde estaba mirando. Su Majestad siguió contemplándolo mientras se alejaba.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó finalmente.

Un gentilhombre le recordó el nombre y añadió, quizá con exceso de confianza, que don Rigoberto tenía fama de no ser precisamente una buena persona. El Rey volvió a mirarlo. A aquellas alturas mi antepasado había conseguido alcanzar la puerta sin volverle la espalda, hazaña nada desdeñable teniendo en cuenta que caminaba hacia atrás y miraba simultáneamente en dos direcciones.

—Malvado y bizco —murmuró don Amadeo.

Según la tradición familiar, un anciano secretario nacido todavía en tiempos del Virreinato del Río de la Plata, y particularmente dotado para la síntesis, levantó entonces la vista.

Malva... visco.

Y así nació el vizcondado.

No puedo garantizar la autenticidad de la historia. Precisamente por eso goza de enorme prestigio entre mis parientes.

De don Rigoberto me vienen el título y la mirada, aunque ambos llegaron hasta mí por mi madre. Mi padre, que no aportó ninguno de los dos, siempre consideró aquello una injusticia. La sucesión por línea materna todavía desconcierta a ciertos caballeros que aceptan sin dificultad descender de un rey medieval por veintisiete líneas femeninas, pero encuentran inquietante que un título pueda llegar a un hombre a través de su madre.

En el retrato, don Rigoberto mira simultáneamente al espectador y a una consola situada a su derecha. Mi oculista llama a esto estrabismo. Yo prefiero pensar que los Malvavisco poseemos desde hace siglo y medio el privilegio de contemplar dos realidades al mismo tiempo.

Resulta particularmente útil en el mundo nobiliario. Permite observar lo que una persona es mientras se escucha lo que asegura ser.



Debajo del retrato tengo mi escritorio. Esta mañana había sobre él una carta de mi primo Ataúlfo. Ataúlfo es primo mío por parte de madre y aristócrata por parte de sí mismo. La distinción no es menor. 

Se encuentra de viaje por Hispanoamérica, continente al que acude periódicamente a comprobar que los descendientes de los conquistadores han sobrevivido sin su supervisión. Lleva tres semanas recorriendo varios países. Viaja con dos maletas: una para la ropa y otra para las corbatas, insignias, miniaturas, credenciales y documentos capaces de demostrar, llegado el caso, que no es una persona cualquiera. Nunca he sabido cuál de las dos teme más perder.

Su carta comenzaba:

Querido Malvavisco:
Te escribo desde una ciudad maravillosa cuyo nombre omito porque desconozco si esta carta llegará antes que yo y no deseo alarmar a nadie.

Ataúlfo conserva la costumbre de escribir cartas en papel. Afirma que el correo electrónico carece de dignidad. Después las fotografía con el teléfono y me las manda por WhatsApp. Mi secretario tiene orden de imprimirlas y dejarlas sobre mi escritorio. No veo por qué he de sostener un teléfono durante cuatro páginas para respetar las extravagancias epistolares de un primo.

Continué leyendo. Me explicaba que la víspera había ido a cenar a un pequeño restaurante recomendado por el conductor del hotel. Al parecer, el establecimiento era modesto. Esto inquietó a Ataúlfo. Mi primo puede soportar el hambre, pero no la familiaridad. Antes de sentarse llamó discretamente al camarero y le dijo:

—Le agradeceré que me trate usted con suma corrección. Desciendo de la nobleza.

El camarero lo miró durante unos segundos.

—Pues debe de haber descendido muchísimo, señor, para venir a comer aquí.

Dejé la carta sobre la mesa. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto miró hacia mí y hacia la consola. Permanecimos así un rato. Debo reconocer que sentí simpatía por aquel camarero. Hay personas capaces de resumir en una frase lo que las ciencias históricas necesitan varios congresos internacionales para explicar. Porque descender constituye uno de los grandes problemas de nuestro pequeño mundo.

Todo el mundo desciende de alguien. Lo verdaderamente delicado es saber hasta dónde. Unos descienden de Carlomagno. Otros de Alfonso X. Algunos de los emperadores de Bizancio. Conozco incluso a un caballero que ha conseguido enlazar su genealogía con un senador romano. Le pregunté una vez dónde había encontrado la documentación correspondiente.

—Estoy terminando de demostrarlo —me respondió.

Admiré el método.

Mi primo Ataúlfo desciende, efectivamente, de personas de muy respetable condición. Lo que nunca he comprendido es por qué considera necesario comunicárselo a los camareros. Un antepasado ilustre debería parecerse a una buena educación: se nota sin necesidad de anunciarlo.

Además, la nobleza hereditaria presenta una peculiaridad que algunos parecen olvidar. Se recibe sin mérito propio. No hay nada especialmente heroico en haber escogido correctamente a los bisabuelos. Yo mismo soy vizconde porque don Rigoberto fue malvado, bizco y tuvo la precaución de engendrar descendencia. Mi contribución al proceso ha sido francamente limitada.

Ataúlfo terminaba su carta indignado: «Naturalmente, no dejé propina». Ahí sí tuve que censurarlo. La gravedad del asunto justificaba incluso el uso de WhatsApp, instrumento que procuro reservar para fallecimientos, cambios de hora en los almuerzos y faltas graves de educación. Le respondí inmediatamente:

Querido Ataúlfo:
Has cometido un error. Ese hombre merece, como mínimo, una encomienda.
Antes de abandonar esa ciudad, vuelve al restaurante, dale una buena propina y procura no explicarle quiénes fueron tus antepasados.

Existe siempre el peligro de que te pregunte quién eres tú.

Un abrazo,
Malvavisco.

Dejé la carta sobre el escritorio y volví a mirar el retrato del primer vizconde. A veces pienso que los títulos nobiliarios son una magnífica institución. Nos recuerdan permanentemente que podemos recibir de nuestros antepasados un nombre, una historia, una casa, alguna tierra y, con suerte, determinados objetos de plata. La importancia personal, por desgracia, no figura entre los bienes hereditarios. Esa tenemos que demostrarla nosotros.

Y suele ser precisamente ahí donde empiezan los problemas.

El vizconde de Malvavisco.

Aviso sobre propiedad intelectual.

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran el personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 13 de agosto de 2026

RUI GONZÁLEZ DE CLAVIJO Y EL VIAJE QUE CAMBIÓ LA MIRADA DE EUROPA.

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez. 

Entre las grandes epopeyas de la historia de España, destaca la figura del, para muchos desconocido, Rui González de Clavijo, embajador de Enrique III de Castilla ante el poderoso Sultán Tamorlán, en Samarcanda (situada en la actual Uzbekistán). Este personaje, de claro origen riojano, se convirtió en testigo privilegiado de un mundo que agonizaba, frente a otro que surgía con fuerza. Su viaje, realizado entre los años 1403 y 1406, constituye una de las más extraordinarias empresas diplomáticas que tuvieron lugar en la Edad Media. Es comparable, tanto por su arrojo como por su amplitud de miras, a las misiones franciscanas que un siglo antes habían sido enviadas a la corte de los kanes mongoles. Pero González de Clavijo ni fue fraile ni misionero, era un cortesano castellano, diría que un hombre de mundo al que envía un rey en busca de alianzas, en un tiempo en que Tamorlán —Timur Leng, el cojo— resonaba con mucha fuerza.

Esta embajada castellana nació como un suceso que parecía casi milagroso. La derrota del sultán otomano Bayaceto I a manos de Tamorlán, en la conocida batalla de Ankara, en 1402. En ese momento toda Europa respiró aliviada porque el avance otomano que amenazaba Constantinopla y, por extensión, toda la frontera espiritual de la cristiandad había sido detenida por un conquistador asiático. Su enemistad con los turcos abrió una oportunidad diplomática inédita. Enrique III decidió enviar una embajada para intentar explotar la posibilidad de una alianza contra el enemigo común. En realidad, no era una cruzada al uso, se trataba más de un movimiento político.

Nuestro Embajador partió de Sanlúcar de Barrameda en el mes de mayo de 1403. Le acompañaban Alfonso Páez y Gómez de Salazar. En un itinerario que fue recogido minuciosamente en la Embajada a Tamorlán y que es, sin duda, un documento de valor incalculable por la descripción de tierras remotas, como también por la visión que nos ofrece de un mundo que se abría ante todos. El viaje por el Mediterráneo, la llegada a Constantinopla, en donde Clavijo trató con el emperador Manuel II, su avance hacia Trebisonda y Persia, constituyen una secuencia que parece extraída de un libro de aventuras. Ciudades que agonizaban, puertos en que convergían mercaderes genoveses, armenios y árabes, como también kilómetros de caravanas que se perdían en la inmensidad de los caminos.

Su llegada a Samarcanda, capital del imperio timúrida, fue el punto culminante de su crónica. El Embajador nos hace una descripción de una ciudad que parece un sueño. Habla de jardines grandiosos, mezquitas con azules imposibles, mercados en donde se mezclan las codiciadas especias, sedas e incluso esclavos. Es la corte de Tamorlán, la cual, según su testimonio, era un complejo hervidero de embajadores que procedían de todas las latitudes. Allí coincidió con chinos, indios, turcos, persas, árabes y cristianos. Era un cruce de mundos y le hizo comprender que estaba frente a un soberano único, capaz de dominar y atraer a todo tipo de pueblos.

Tamorlán recibió a González de Clavijo quien lo describió como un anciano de mirada penetrante, que era plenamente consciente de su poder y de su destino. En su crónica no se aprecian exageraciones, por lo que estamos ante un Embajador que analizó de forma natural sin dejarse seducir por las leyendas, entre las cuales sí menciona algunas, aunque las toma con cautela. Ejemplo de todo esto es la supuesta profecía que anunciaba que su tumba no debía ser abierta, so pena de desatar un desastre, porque la creencia decía que su origen era muy noble y que descendía del mismísimo Gengis Kan. Las fuentes modernas lo desmienten, como también ocurrió con esa idea difundida en ciertos círculos de que Tamorlán podría convertirse al cristianismo. Esa última, más deseo que realidad, fue alimentada por la esperanza de obtener una alianza contra los turcos. González de Clavijo, sin embargo, no la sostuvo cuando señaló que el conquistador era un musulmán devoto, aunque también apuntaba que era tolerante con otras confesiones cuando le convenía.

El valor de esta Embajada residió en su precisión, porque nuestro personaje describió los rituales cortesanos, las costumbres de los pueblos que fue encontrándose en el largo camino, la organización militar timúrida, la arquitectura de Samarcanda e incluso los banquetes, en donde servían carnes especiadas y vinos dulces. Su mirada es la de un hombre prudente, de quien sabe que está escribiendo para la posteridad. Nuestro embajador no es un fabulador, hace las funciones de notario del reino de Castilla y para el mundo.

El regreso a Castilla, tras la muerte de Tamorlán en 1405, se presenta como un viaje de desolación. El imperio timúrida empezaba a fragmentarse y Clavijo regresa con la certeza de que había asistido al final de una era. En realidad, su misión diplomática no alcanzó la alianza formal que buscaba, pero debemos afirmar que dejó un testimonio que, siglos después, sigue siendo el vivo retrato de un mundo desaparecido. La embajada del rey Enrique III, es, en cierto modo, el último sonido medieval antes de que Europa comience la expansión atlántica y de que Oriente entre en un ciclo de profundas transformaciones.

Cuando uno vuelve a leer las páginas del diario de Rui González de Clavijo, siente que la historia sigue viva. Uno siente como el polvo de Samarcanda está presente, mientras el anciano Tamorlán sostiene su copa de oro. El lector disfruta viendo como los embajadores castellanos avanzan fatigados por rutas desconocidas hasta ese momento, las que unían Constantinopla con Persia.

Imagen: Placas situadas en Madrid (superior) y dándo nombre a una calle en Samarcanda (inferior). 

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LA XII FIESTA BENÉFICA DE "PEQUEÑA NOWINA".

Pilar de Vicente.

En una velada marcada por la solidaridad y el compromiso social, el majestuoso Castillo de San Marcos, en El Puerto de Santa María, se vistió de gala el pasado 7 de agosto de 2026 para celebrar la XII Fiesta Benéfica organizada por la ONGD Pequeña Nowina.

A partir de las 21:30 horas, el histórico enclave, fortaleza del siglo XIII erigida sobre una antigua mezquita por Alfonso X el Sabio después de la toma de la ciudad durante la Reconquista, se convirtió en el epicentro de una causa noble que busca transformar la vida de mujeres y niñas en situación de vulnerabilidad.

El evento contó con una extraordinaria acogida, reuniendo a cerca de 350 personas unidas por el deseo de generar un impacto positivo. Fue especialmente notable la presencia de una nutrida asistencia de miembros de corporaciones nobiliarias, quienes quisieron mostrar su apoyo a esta labor humanitaria. Entre ellos, cabe destacar la presencia del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, representado por la Ilma. Sra. Dña. Pilar María de Vicente y Trapiello.


La Labor de Pequeña Nowina.

La ONGD Pequeña Nowina, presidida por Cristina Martínez Caballero, nació a principios de 2015 con una misión clara: dotar de herramientas a niñas y mujeres vulnerables, fundamentalmente en África y América Latina, a las pequeñas Musu, Fere Musu, Fina, Kadiatu y muchas otras, procurándoles herramientas para que sean autosuficientes y puedan tomar sus propias decisiones desde la libertad.

El origen de la organización se remonta a las experiencias vividas por una de sus fundadoras en Sierra Leona desde 2012, donde fue testigo directo de las profundas desigualdades y la discriminación que sufren las mujeres en contextos de pobreza extrema.

Para cumplir con este propósito, la ONGD articula su trabajo a través de tres ejes fundamentales:
•Proyectos en terreno: Apoyo y financiación de cooperación al desarrollo social, económico y político, colaborando estrechamente con entidades locales para crear contextos favorables.
•Labor de sensibilización: Concienciar a los distintos actores, tanto en países desarrollados como en desarrollo, para convertirlos en verdaderos agentes de cambio.
•Dinamizadores del desarrollo: Apostar por la eficiencia, el trabajo en equipo, la creación de alianzas y la optimización de recursos para unir fortalezas.

Iniciativas y proyectos destacables.

•Proyecto "La Receta de la Esperanza" (Sierra Leona):
Desarrollado en colaboración con la empresa Ybarra Alimentación, una treintena de entidades colaboradoras y más de cien colaboradores y voluntarios. Consistió en la construcción, equipamiento y puesta en marcha de una Escuela de Hostelería dentro de la Escuela de Oficios para mujeres "María Inés Vocational" de las Misioneras Clarisas en Lunsar. El proyecto dotó a las instalaciones de cocinas industriales, hornos, frigoríficos y menaje, además de solucionar problemas críticos de suministros mediante la instalación de paneles solares y un tanque de agua potable. Permite proporcionar formación profesional y casi doscientas comidas diarias para impulsar la independencia económica de las mujeres locales.

•Programas de escolarización y becas para niñas en escuelas remotas (Sierra Leona):
Centrados en garantizar el acceso a la educación y la nutrición a niñas en situación de vulnerabilidad extrema.

•Iniciativas de ayuda humanitaria y desarrollo sanitario:
Financiación y apoyo logístico para remediar carencias básicas de salud, infraestructuras y progreso social en comunidades desfavorecidas de África y América Latina.

Con el lema "Ilumina vidas, construye futuro", la XII Fiesta Benéfica no solo permitió recaudar fondos esenciales para continuar con esta loable labor, sino que reforzó la importancia de la colaboración entre distintos sectores de la sociedad para construir puentes de aprendizaje mutuo y esperanza entre países. Un evento que, una vez más, demostró que la solidaridad no tiene fronteras.

Más información: https://nowina.org/

Publicado por La Mesa de los Notables.