Manuel L.Ruiz de Bucesta Álvarez.
Corría el año del Señor de 1582, cuando Felipe II, monarca de
todas las Españas, ceñía también la corona de Portugal. Era nuestro rey, eje de
la Monarquía Católica, la cual se extendía desde las tierras de Flandes hasta
las islas más remotas del océano Pacífico. Sin embargo, la paz parecía no
llegar nunca. En el extremo septentrional de Luzón, nos encontramos un rincón
en donde el mundo parecía haberse reunido para disputar a golpe de espada el
dominio de una ribera. Es el lugar de Cagayán.
Los españoles se habían establecido allí poco tiempo atrás,
escasos quince años. Miguel López de Legazpi llegó a Filipinas en 1565 y poco
después Manila queda incorporada al dominio español, es el año 1571. No
estamos, pues, ante una antigua colonia, hablamos por el contrario de una
frontera. Los naturales vivían entre selvas, ríos caudalosos y pueblos que no
habían sido sometidos, también habían llegado a poblar y negociar cientos de
comerciantes chinos, navegantes japoneses, sin faltar los corsarios malayos.
Las noticias de cuanto acontecía en China, Japón, las Molucas o Nueva España,
siempre eran tardías y no por menos, inquietantes.
Pero aquella nueva posesión española ya tenía abierta una
arteria comercial de extraordinaria importancia. Andrés de Urdaneta, había
descubierto la ruta del tornaviaje en el año 1565, lo que permitía viajar desde
Filipinas hasta Nueva España, posibilitando después de muchos años, la
comunicación entre Manila y Acapulco. Aquí nacería años más tarde el famoso
Galeón de Manila, que era en realidad una ruta en la que riquezas y mercancías
de Asia cruzaban el océano Pacífico hasta México y, desde aquí, tomaban el
camino de Europa. En aquel año de 1582 la red de comunicación y transporte
estaba iniciándose, aunque ya era lo suficientemente importante como para que
el gobernador Gonzalo Ronquillo de Peñalosa escribiese al rey comentándole que
el comercio necesitaba más barcos. Las mercancías se acumulaban en Manila por
falta de capacidad para poder ser transportadas.
Manila miraba hacia Acapulco, pero los españoles no apartaban
los ojos de Japón. Llevaban unos años en que existían intercambios entre
japoneses y filipinos, en concreto oro por plata, mercancías por metales
preciosos e incluso armas por riquezas. Los japoneses conocían perfectamente
estas islas y sabían que Luzón era un punto estratégico que ofrecía numerosas
oportunidades comerciales. Los españoles, por su parte, comenzaban a entrar en
un mundo y metodología comercial que en realidad no habían creado. Tampoco
podían controlarla enteramente por falta de medios y personas. Las aguas de
Asia eran muy inseguras, aquí comercio y piratería eran actividades que apenas
se distinguían, en suma, estaban separadas por una línea muy nítida.
Por todo, los soldados españoles dieron la voz de alarma
cuando empezaron a recibir noticias de cientos de hombres que avanzaban armados
y procedentes del Japón. Aquellos extraños amenazaban principalmente el
comercio. En las cercanías del río Cagayán ya habían establecido un
asentamiento corsario, el cual nombraron los españoles como Puerto de Japón.
Aquí operaba una fuerza de «wakō», un término con el que se designaba a los
grupos piráticos del Asia oriental y cuyo contingente era particularmente temido.
La documentación española habla de centenares de combatientes y algunas
estimaciones elevaban su número hasta cerca de un millar de hombres. Su jefe, figura
nombrada como Tay Fusa, apelativo o nombre cuya identificación sigue siendo
discutida.
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| Piratas japoneses desembarcando. |
No estamos, sin embargo, ante una banda de salvajes
ignorantes con desconocimiento del arte de la guerra. Aquellos hombres sabían
perfectamente del valor de las armas de fuego. Japón había recibido el arcabuz
europeo en el año 1543 y, en pocas décadas, los japoneses habían aprendido a
fabricarlo y emplearlo con muchísima eficacia. Fueron los portugueses quienes
llevaron esta arma al extremo Oriente y rápidamente el guerrero japonés la
convirtió en instrumento de guerra. Así fue que, paradójicamente, cuando
nuestros soldados españoles de Cagayán alzaron sus arcabuces contra los
japoneses, no se encontraron con un enemigo armado únicamente con espadas.
El mismo gobernador Ronquillo de Peñalosa explicaba al rey
Felipe II a través de una carta fechada el 16 de junio de 1582 que los
japoneses eran «la gente más belicosa» que había por aquellas partes. Escribía
que llevaban artillería, arcabucería y picas, y también que empleaban armaduras
de hierro.
Aquello era grave, pero por avatares y circunstancias de la
vida, para resolver la situación apareció Juan Pablo de Carrión, un hombre que
pareció nacido para esta empresa. Estamos ante un viejo soldado y capitán de la
Armada. Carrión había adquirido muchísima experiencia tanto en las guerras de
Filipinas como en las singladuras del mar de China, pero no disponía en este
momento de un ejército que fuese digno de tal nombre. Acompañado de una pequeña
fuerza, supo de inmediato que para la empresa que tenía por delante, debían de
ser casi temerarios.
Las cifras varían según las fuentes, pero se calcula que el
núcleo de la expedición española rondaba unas pocas decenas de soldados, los
cuales eran apoyados por marineros, pequeñas embarcaciones y algunos aliados
indígenas. Hablamos aproximadamente de cuarenta soldados españoles en esa
fuerza inicial y, frente a ellos tenían varios centenares de enemigos.
La primera escaramuza fue en el mar, aquí Carrión encontró
una embarcación enemiga e hizo valer lo que constituía una de las grandes
ventajas de los españoles, hablamos del poder de la artillería y la
construcción naval europea. Así fue que los cañones hicieron hablar al hierro,
antes de que las espadas hablasen por los hombres. El buque japonés no tuvo más
remedio que retirarse de inmediato después de haber recibido grandes daños.
Pero Carrión sabía que
aquella descarga no había resuelto nada, quizá había ocasionado algo mucho peor
porque habían provocado al enemigo. El jefe enemigo, Tay Fusa, reunió sus
fuerzas y puso rumbo a las aguas de Cagayán, acompañado por una escuadra que
las fuentes españolas cifran en aproximadamente dieciocho embarcaciones
menores. Los españoles, al verlos, entendieron de inmediato que ya no se
trataba de proteger una ruta comercial ni de perseguir a unos cuantos piratas,
había llegado el momento de disputarles aquel territorio húmedo de Luzón.
Y aquí comienza todo. A un lado, soldados de la tradición militar hispánica, compuestos por arcabuceros, piqueros y rodeleros. Así el arcabuz proporcionaba el fuego, la pica detenía las cargas del enemigo y la espada corta con el escudo —la rodela— les permitían entrar en el cuerpo a cuerpo. No estamos ante un tercio de los que más tarde inmortalizó la historiografía militar, así que no conviene atribuirles ese término que todavía no correspondía a esta época, aunque en verdad combatían conforme a la disciplina de infantería que era la que había hecho temible al soldado español.
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| Juan Pablo de Carrión. |
En frente, avanzaban hombres vestidos con armaduras
japonesas. Algunos iban armados con arcabuces y otros con lanzas y espadas.
Entre ellos encontramos a guerreros japoneses sin señor, eran los célebres
«rōnin», y junto a ellos caminaban otros combatientes asiáticos. Las catanas y
las armas largas japonesas brillaban junto a las armas de fuego, pero no
hablamos de una pelea entre la pólvora moderna y el acero medieval, porque los
dos bandos conocían perfectamente el fuego de los arcabuces. Estamos, por el contrario,
en una pugna entre dos culturas militares que habían aprendido, cada una en su
forma, que la guerra ya pertenecía tanto a la pólvora como al acero.
La pelea debió de ser espantosa para todos cuantos la
contemplaron. Los japoneses cargaron con fuerza y confiados de la superioridad
numérica y su reputación. Los españoles recibieron el ataque detrás de sus
armas y posiciones defensivas, por lo que el estampido de los arcabuces debió
de mezclarse con gritos, choque de armas y un fuerte estrépito de la madera de
las embarcaciones. Pero Juan Pablo de Carrión sabía que la pólvora, por sí
sola, no gana una batalla. Lo importante es saber cuándo disparar, cuándo
esperar y cuándo cerrar la formación.
Los españoles, soldados disciplinados, disparaban y
retrocedían ordenadamente. Los piqueros mantenían a distancia a los hombres que
intentaban penetrar en sus líneas y mientras los rodeleros esperaban el
instante en que la distancia fuese estrecha para entrar en combate con la
espada. El enemigo no fue indeciso y se lanzaba una y otra vez contra aquella
barrera española de hierro y madera.
El español comprendió de inmediato que la superioridad
numérica podía convertirse en una trampa para sus adversarios, o sea, cuantos
más hombres lanzasen al ataque, más difícil sería para ellos maniobrar contra
una fuerza compacta. Así fue que la disciplina tenía que transformarse en una
muralla. Y así fue.
Lucharon durante horas. Los españoles estaban desesperados
viendo como disminuía la munición. El enemigo siguió presionando con una fuerza
muy superior. En el primer combate naval, los japoneses pudieron abordar las
embarcaciones españolas, pasando el combate de los cañones a las espadas. En
instantes como este desaparecen los grandes nombres, Felipe II en su despacho a
miles de leguas y el virrey de Nueva España no podía. Ni siquiera el gobernador
Ronquillo de Peñalosa podía conducir desde Manila la batalla, así que en esta
esquina del mundo solamente existían Carrión, sus soldados y los cientos de
enemigos que intentaban abrirse paso hasta ellos.
Sin embargo, la suerte comenzó a inclinarse. En un instante
los ataques japoneses fueron rechazados y el fuego de los arcabuces comenzó a
causar estragos. Las picas impedían que toda aquella masa pudiese aprovechar su
superioridad numérica, de tal forma que cuando los españoles pasaron al
contraataque, la línea de los piratas empezó a ceder. El enemigo abandonaba el
campo.
Sin duda, esta victoria española fue extraordinaria por la
desproporción de las fuerzas que participaban. No conocemos la estimación de
las pérdidas, porque en realidad son inciertas, las diferentes fuentes difieren
considerablemente. Pero lo que sí se conoce es que las bajas españolas fueron
relativamente reducidas frente a las que se atribuyen a los «wakō». En manos de
los vencedores quedaron las armas y armaduras abandonadas, muchas espadas
japonesas, cascos, armas de fuego y otros elementos del arsenal oriental.
Cagayán no puede entenderse como una simple batalla
pintoresca entre españoles y combatientes japoneses. Fue el choque de dos
mundos militares que tanto por mar, como en tierra o entre manglares, supieron
que los españoles destacaban.
Al frente de aquella
Filipinas estaba Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, gobernador y capitán general,
nombrado por Felipe II. En Manila no existía un virrey propio, de tal forma que
estas islas dependían administrativamente del virreinato de Nueva España, cuyo
virrey era, por aquel entonces, Lorenzo Suárez de Mendoza, conde de Coruña. No
obstante, la autoridad efectiva en las islas correspondía al gobernador y
capitán general residente en Manila. Ronquillo fallece al año siguiente de
1583, pero de su existencia y gobierno dejó en Cagayán la huella de una
victoria que buscó asegurar toda la frontera septentrional y proteger nuestro
comercio.
Tras la victoria, Carrión quiso establecer la presencia
española en la región, fundando Nueva Segovia, que es el área de la actual
Lal-lo. Tanto el puerto como el río quedaron bajo vigilancia española y a
partir de ese momento la actividad de los «wakō» en la zona de Cagayán
disminuyó considerablemente. Nadie crea que aquella frontera se convirtió de
repente en un entorno pacífico, porque no existía paz en ninguna parte de las
Filipinas, pero el mensaje a todos los pueblos fue claro. Las tropas españolas
eran imparables. Y así, nuestra España había llegado al extremo oriental del
mundo y ya no pensaba marcharse.
Los japoneses descubrieron rápidamente que en aquellas islas
no había solamente oro, plata y nuevas rutas comerciales, sabían que también se
encontrarían con el valiente soldado español.
Entre humo de arcabuces y mucha sangre, es como comenzaron a
levantarse aquellas rutas del comercio, dejando atrás, sobre el barro de
Cagayán, las huellas de la piratería y de las espadas japonesas.











