lunes, 2 de noviembre de 2026

LA HERÁLDICA DE LAS SOMBRAS.

Riestra2026.


Algunas notas sobre la emblemática japonesa (VIII). 

Tanto la heráldica europea como el sistema de emblemas japonés conservan una forma particular de memoria. Un escudo puede atravesar generaciones, sobrevivir a la desaparición de una casa o de un clan y mantener vivo el recuerdo de una identidad que, de otro modo, habría quedado relegada a los archivos. Pero interpretar esos símbolos exige conocer el contexto en el que fueron utilizados y distinguir la historia documentada de las tradiciones transmitidas por cada linaje.

En el caso de los shinobi, esa cautela resulta especialmente necesaria. Su historia ha sido reconstruida durante siglos a partir de crónicas, tratados militares, genealogías y relatos posteriores, no siempre fáciles de conciliar entre sí. La fascinación que despiertan ha contribuido tanto a preservar su memoria como a difuminar los límites entre realidad y leyenda.

Shinobi: "Ninja y el píncipe Ganji" Utagawa Kumisada.

Estudiar sus emblemas significa, por tanto, acercarse a una sociedad feudal en la que la identidad, la lealtad política y la actividad militar se entrelazaban de maneras muy distintas a las que hoy pudiésemos llegar a imaginar.

Quizá el mayor mérito de la investigación heráldica sea precisamente ese, devolver la historia a su justa medida. Allí donde la leyenda ha creado personajes extraordinarios, los documentos permiten recuperar hombres, familias y comunidades concretas. Y allí donde las pruebas no bastan, el rigor obliga a dejar abierta la pregunta.

Más allá de la leyenda.

La imagen popular del ninja es inconfundible, una figura vestida de negro, cuya mayor habilidad consiste en moverse y desaparecer entre las sombras, capaz de escalar murallas, manejar armas extraordinarias y ejecutar misiones imposibles. Sin embargo, esa estampa pertenece en buena medida al teatro, la literatura y la cultura popular de épocas posteriores. La realidad histórica fue menos espectacular, pero mucho más compleja.

A quienes hoy conocemos como ninjas se les denominaba en el Japón feudal shinobi o shinobi no mono, entre otros términos cuyo uso variaba según la época y el contexto. La palabra ninja procede de la lectura sinojaponesa de los caracteres 忍者: nin (忍), asociado a la resistencia, la perseverancia y la capacidad de actuar con discreción, y ja o sha (者), que significa «persona». Los mismos caracteres admiten también la lectura japonesa shinobi, mientras que shinobi no mono (忍びの者) puede traducirse como «persona que actúa a escondidas». Estas denominaciones se relacionaban con individuos dedicados a labores de espionaje, infiltración, reconocimiento del terreno, sabotaje y otras operaciones militares que exigían discreción y un profundo conocimiento del territorio. Lejos de constituir una orden secreta unificada o una clase independiente dentro de la sociedad japonesa, quienes desempeñaban estas funciones actuaban en un escenario marcado por las alianzas entre señores feudales, las rivalidades regionales y unas lealtades que podían cambiar al compás de los conflictos políticos y militares.

En ese escenario destacaron las regiones de Iga, en la actual prefectura de Mie, y Kōka (también escrita Kōga), en la prefectura de Shiga. Allí surgieron comunidades y clanes guerreros vinculados a prácticas de espionaje y reconocimiento. Algunas conservaron tradiciones propias y transmitieron conocimientos de generación en generación; otras se incorporaron a las estructuras militares de señores feudales y, más adelante, al servicio de los Tokugawa.
Estudiar estos linajes exige separar la historia de la leyenda. Y, cuando se aborda su emblemática, obliga a una precaución adicional ya que no todos los símbolos que hoy se asocian a los ninjas pueden documentarse como emblemas históricos de aquellas familias.

El territorio como primera defensa. Iga y Kōka.

Las montañas, los valles y los caminos secundarios de Iga y Kōka favorecieron el desarrollo de comunidades con un considerable conocimiento del entorno. Durante los siglos XV y XVI, en el periodo Sengoku, Japón estuvo marcado por guerras entre señores territoriales, campañas militares y disputas por el control de las provincias. En ese contexto, las habilidades de los shinobi resultaban útiles para obtener información sobre el enemigo, vigilar rutas, infiltrarse en posiciones rivales y preparar ataques.

En Iga, distintas familias de guerreros locales participaron en estructuras de cooperación y defensa que limitaron, durante determinados periodos, la capacidad de intervención de los grandes poderes externos. Kōka contó también con redes de familias guerreras que podían colaborar entre sí y ofrecer sus servicios a señores de otras regiones. No se trataba de organizaciones idénticas ni de una única hermandad de “ninjas”, sino de comunidades con intereses y alianzas propias.

La autonomía de Iga terminó gravemente amenazada por las campañas de Oda Nobunaga. Tras una primera ofensiva rechazada en 1579, las fuerzas de Nobunaga regresaron en 1581 con una campaña mucho más contundente, que devastó la región y desarticuló buena parte de sus estructuras locales. La derrota no supuso la desaparición absoluta de sus habitantes ni de sus conocimientos, algunos supervivientes se dispersaron, buscaron nuevos protectores o entraron al servicio de otras casas.

La historia de estas comunidades quedó vinculada también al ascenso de Tokugawa Ieyasu. Después del incidente de Honnō-ji, en 1582, Ieyasu tuvo que regresar a sus dominios atravesando una zona peligrosa. La tradición relaciona su retirada con la ayuda de hombres de Iga y Kōka, aunque los detalles concretos de aquella ruta y la participación individual de ciertos personajes siguen siendo objeto de discusión.
Con el establecimiento del shogunato Tokugawa, algunos hombres procedentes de estas regiones pasaron a desempeñar tareas de guardia, vigilancia y servicio militar. La clandestinidad de la guerra fue dando paso, en ciertos casos, a una integración más estable en las estructuras del poder.

Entre la historia y la construcción de un mito. Los Hattori.

Pocos nombres están tan ligados a la memoria de los shinobi como el de Hattori Hanzō. La figura histórica más conocida con ese nombre fue Hattori Masanari (1542-1596), un servidor militar de Tokugawa Ieyasu vinculado por ascendencia a Iga. Su carrera estuvo relacionada con el mundo de los guerreros y con la incorporación de hombres de esa región al servicio de los Tokugawa.

Su fama posterior, sin embargo, desbordó ampliamente los datos biográficos que pueden sostenerse con seguridad. La cultura popular lo transformó en un maestro excepcional del ninjutsu, una figura casi legendaria que reúne en una sola persona las capacidades atribuidas a generaciones enteras de agentes y guerreros. Conviene distinguir esa imagen de su papel documentado como comandante y servidor de Ieyasu.

También es necesario tratar con prudencia el propio nombre Hanzō. Las fuentes relacionadas con las tradiciones de los shinobi mencionan la transmisión del nombre entre distintas generaciones, una práctica que contribuyó a que personajes diferentes quedaran mezclados en los relatos posteriores. La existencia de esa continuidad nominal no permite atribuir automáticamente a un mismo individuo todas las hazañas que la tradición le adjudica.

Desde el punto de vista emblemático, el nombre Hattori no debe confundirse con un emblema universal de los ninjas. Como otras casas guerreras japonesas, las familias vinculadas a este clan pudieron utilizar signos de identificación propios de su época y posición, pero cualquier atribución concreta requiere comprobar la fuente, la cronología y la relación efectiva entre el símbolo y la familia. Un diseño moderno inspirado en Hanzō puede tener valor artístico o conmemorativo sin constituir por ello una prueba de uso histórico.
La importancia de los Hattori reside tanto en su trayectoria militar como en el modo en que la memoria japonesa convirtió a uno de sus miembros en el rostro de una tradición mucho más amplia.


Los Momochi. Una tradición ligada al sur de Iga.

El nombre Momochi ocupa un lugar destacado en los relatos tradicionales sobre los especialistas de Iga. Las fuentes divulgativas del Museo Ninja de Iga lo incluyen entre los tres grandes nombres asociados a esa región, junto con Hattori y Fujibayashi, y sitúan su esfera de influencia en el sur de Iga.
La tradición relaciona a Momochi Tambanokami con las redes guerreras locales que prosperaron antes de la consolidación del poder Tokugawa. Sin embargo, los datos biográficos y genealógicos que rodean a los personajes asociados a este nombre no poseen todos el mismo grado de certeza. Los relatos posteriores tienden a reunir episodios dispersos y a presentar como una biografía continua lo que puede proceder de distintas fuentes, generaciones o tradiciones familiares.

El clan Momochi debe estudiarse dentro del contexto de las casas guerreras de Iga y no como una organización secreta aislada del resto de la sociedad feudal. Su importancia histórica se vincula a la memoria de las comunidades que desarrollaron y transmitieron conocimientos militares en un territorio donde la autonomía local, las alianzas y los conflictos regionales desempeñaron un papel decisivo.

En cuanto a sus emblemas, resulta fundamental no adjudicar a la familia un mon concreto sin una referencia documental o una tradición genealógica verificable. La circulación contemporánea de símbolos asociados a los ninjas ha mezclado motivos familiares, signos de escuelas marciales y creaciones modernas. La semejanza visual entre dos diseños tampoco demuestra que procedan del mismo linaje.

Los Fujibayashi y el legado escrito del ninjutsu.

Entre los nombres tradicionales de Iga, Fujibayashi destaca por su asociación con la transmisión escrita de los conocimientos atribuidos a los shinobi.
Al clan se vincula Fujibayashi Yasutake, relacionado con la compilación del Bansenshūkai, una obra fechada en 1676 que reúne conocimientos sobre estrategia, infiltración, herramientas, observación y otros aspectos del ninjutsu. El texto constituye una de las fuentes fundamentales para estudiar cómo se organizaron y transmitieron estas prácticas durante el periodo Edo, cuando las grandes guerras civiles habían quedado atrás.

El Bansenshūkai no es una ventana transparente a todos los siglos anteriores. Fue compilado después de los principales conflictos del periodo Sengoku y recoge conocimientos que debían preservarse, sistematizarse y transmitirse. Como ocurre con cualquier fuente histórica, su contenido debe analizarse atendiendo a la fecha, la finalidad y el contexto de producción. Aun así, su valor documental es considerable: permite estudiar las ideas y los métodos que determinados autores relacionaban con las tradiciones de Iga y Kōka.

La figura de Fujibayashi representa una dimensión distinta de la historia de los shinobi. Su memoria se encuentra estrechamente vinculada a la conservación escrita de conocimientos, más allá de las hazañas individuales que la tradición atribuye a otros personajes.
En el terreno emblemático, la existencia de un tratado asociado a un clan no prueba, por sí solo, la utilización de un emblema particular. Para identificar un mon  sería necesario acudir a testimonios específicos, como documentos genealógicos, objetos conservados, registros históricos o representaciones cuya procedencia pueda establecerse.

Shimogahara y las tradiciones de Kōka.

La historia de Kōka no puede reducirse a una réplica de la de Iga. Aunque ambas regiones mantuvieron contactos y compartieron un entorno montañoso favorable al conocimiento del terreno, sus comunidades tuvieron trayectorias propias. En Kōka, la actividad de distintas familias guerreras se desarrolló dentro de redes locales que, en determinadas circunstancias, colaboraron con poderes regionales y con autoridades de mayor alcance.

Shimogahara aparece en relatos y reconstrucciones relacionados con las tradiciones de Kōka. Como sucede con otros nombres geográficos vinculados al mundo de los shinobi, es necesario distinguir entre la existencia de una localidad, las familias que pudieron habitarla y las atribuciones posteriores que la convirtieron en parte de una tradición ninja. Esos tres elementos pueden estar relacionados, pero no son equivalentes.

El conocimiento de caminos, pasos y asentamientos resultaba decisivo para las tareas de reconocimiento y desplazamiento. En una región montañosa, dominar el terreno podía significar la diferencia entre alcanzar un destino sin ser detectado o quedar expuesto a una fuerza rival. Las habilidades asociadas a los shinobi no dependían únicamente de técnicas individuales, requerían información, contactos, experiencia y una comprensión precisa del paisaje humano y físico.

En la heráldica, los nombres locales plantean una dificultad particular. Un signo atribuido a una familia de Kōka puede proceder de una tradición posterior, de una escuela de artes marciales o de una reconstrucción contemporánea. Para considerarlo histórico no basta con que aparezca en una ilustración moderna o en una página dedicada a los ninjas; es necesario conocer quién lo documentó, a qué periodo corresponde y qué relación demostrable guarda con el linaje.

La emblemática como leguaje.

La emblemática japonesa posee un lenguaje propio. Su función y su uso variaron según la época, el clan y el contexto. Aunque a veces, como ya hemos insistido en capítulos anteriores, se los compara con los escudos europeos, ambos sistemas no son idénticos. El mon no debe interpretarse automáticamente mediante las reglas de la heráldica occidental, ni todo signo que aparezca en un objeto japonés puede considerarse un emblema de un único linaje. La identificación exige atender al soporte, la procedencia y el uso documentado.

Tampoco existió un único escudo que representara a todos los ninjas. La palabra agrupa retrospectivamente a personas y tradiciones diversas, procedentes de diferentes regiones y periodos. Un hombre de Iga al servicio de los Tokugawa no tenía por qué compartir emblema con un guerrero de Kōka, y la pertenencia a una red de especialistas no eliminaba necesariamente las identidades familiares o políticas de sus integrantes.

Esta distinción resulta especialmente relevante en el mercado contemporáneo de imágenes y símbolos. En internet se encuentran numerosos diseños presentados como emblemas de ninjas históricos, como son círculos con hojas, estrellas, armas cruzadas y motivos geométricos de apariencia japonesa. Algunos pueden inspirarse en signos tradicionales; otros son reconstrucciones, interpretaciones artísticas o invenciones recientes. Sin una fuente fiable que permita rastrear su origen, no es correcto presentarlos como insignias auténticas de los Hattori, los Momochi, los Fujibayashi u otras familias.

Para investigar un emblema concreto, el procedimiento más sólido consiste en identificar primero el diseño, buscar su aparición en fuentes históricas o catálogos especializados y establecer su relación con un clan determinado. Después debe comprobarse la fecha del testimonio y distinguir el uso contemporáneo del uso retrospectivo. Una ilustración moderna puede ser una representación legítima de una tradición, pero no sustituye a la prueba histórica.

Publicado por La Mesa d ellos Notables.

domingo, 1 de noviembre de 2026

INFANZONES DEL REINO DE VALENCIA CELEBRA SU SOLEMNE ACTO DE RECIBIMIENTO 2026.

 

El sábado 17 de octubre de 2026, el Hotel Valencia Palace acogió el solemne Acto de Recibimiento de nuevos miembros en la corporación Infanzones del Reino de Valencia. Ceremonia presidida por su mayoral mayor, la Ilma. señora doña Isabel de Calatayud y Sarthou, baronesa de Agres y Sella.
La celebración coincidió con el VI aniversario de la fundación de la corporación y reunió a personalidades de la nobleza española y europea, así como a representantes de instituciones y corporaciones de relevancia histórica. Una cita de especial significación en la vida de la entidad, que volvió a congregar a representantes del ámbito nobiliario, nacional e internacional,  en torno a sus tradiciones y a su trayectoria institucional.
El momento central de la jornada, sin lugar a dudas, fue la recepción de doce nuevos miembros, entre caballeros y damas, que pasaron a formar parte de la corporación desde ese mismo instante.



El acto finalizó con la concesión de una distinción especial a l’Insigne Capitul de l’Almoina de Sant Jordi de Cavallers del Centenar de la Ploma, reconocida como Entidad Distinguida 2026. El galardón fue recogido por don Bernardo Celdá y Muñoz, lugarteniente del Centenar de la Ploma, quien expresó su agradecimiento en nombre de todos los miembros de dicha corporación.

Concluida la ceremonia, los asistentes compartieron una Comida de Gala, durante la cual se brindó por Su Majestad el Rey don Felipe VI, haciendo una especial mención al  Banco de Alimentos de Valencia, símbolo de servicio y esperanza.
La jornada puso su broche final con un animado «Tardeo Exclusivo» en «La Terracita» del Hotel Valencia Palace. En un ambiente de fraternidad y celebración, los asistentes cerraron un encuentro que aunó solemnidad institucional, reconocimiento y convivencia.


Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 31 de octubre de 2026

EL MARQUÉS DE LA FLORESTA, GRAN OFICIAL DE LA ORDEN DE LA STELLA D’ITALIA.

 

En la Embajada de Italia ante el Reino de España ha tenido lugar en la noche del 27 de octubre de 2026, la solemne entrega de las insignias de gran oficial de la Orden de la Stella de Italia al Dr. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, marqués de la Floresta y vizconde de Ayala.

La ‘Ordine della Stella d’Italia’ tiene como objeto el de premiar a cuantos hayan adquirido particulares merecimientos en la promoción de las relaciones de amistad y colaboración entre Italia y los demás países, y al reforzamiento del prestigio de dicho país en el mundo.

La ministra consejera de la Embajada, Chiara Petracca, dio lectura al decreto de S.E. el Presidente de la República Italiana, y luego S.E. el embajador de Italia, conde Giuseppe Buccino Grimaldi procedió a la entrega del diploma e insignias, dirigiendo unas palabras de elogio a la figura y a la trayectoria del egregio condecorado, y mencionando especialmente su participación en los fastos del 160º Aniversario de las Relaciones Diplomáticas entre España e Italia, y sus libros y publicaciones sobre temas italianos, en particular el último, dedicado a la Insigne y Real Orden de San Genaro.

Contestó brevemente el recipiendario, agradeciendo a S.E. el Presidente de la República Italiana y al Embajador la concesión, y comprometiéndose a continuar, en cuanto le sea posible, su colaboración con las autoridades italianas en materias culturales. Recordando que esta es la tercera condecoración italiana que recibe, por concesión de tres Presidentes distintos, tras la cruz de caballero de la Orden Al Mérito de la República Italiana, y la corbata de comendador de la Orden de la Estrella de la Solidaridad Italiana.

Seguidamente, en el fastuoso comedor de la Embajada, el Embajador ofreció una espléndida cena de especialidades sicilianas y napolitanas, preparada por el acreditado chef Giuseppe Ferraro.

Concurrieron a la ceremonia y a la cena, además de la familia del galardonado, el Oficial de la Secretaría de Estado del Vaticano, el Conde de Fuentecilla, director del Museo Casa de la Moneda (Fábrica Nacional de Moneda y Timbre); la Secretaria General de la Cámara de Comercio Hispano-Francesa; el Duque de Veragua, el Conde de Paredes de Nava, el Marqués de Casa Riera, el Rector de la Sociedad de Estudios Internacionales, el Conde de Ripalda, el Vizconde de las Quintanas, el  Marqués de Santa Cruz de Bérriz, el Arquitecto Conservador del ‘Centre National y  Embajadora de El Salvador en España, entre otras distinguidas personalidades, según consta en la nota remitida a esta publicación.

Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 30 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO XII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo XII. El honor ajeno.

Hay palabras que resultan mucho más cómodas cuando se aplican a uno mismo.
El honor es una de ellas.
He conocido personas capaces de defender el suyo durante generaciones, incluso cuando nadie parecía interesado en atacarlo. Algunas familias conservan agravios con una fidelidad que no siempre han dispensado a sus propiedades. El agravio, al menos, tiene la ventaja de no pagar contribución.
Una mañana, mientras mi secretario intentaba convencerme de que tres cartas exigían respuesta inmediata y yo sostenía que podían esperar sin peligro hasta el reinado siguiente, entró Ataúlfo.

No llamó.
Eso me hizo sospechar que el asunto era grave.

—Tengo un asunto de honor.

Levanté la vista.

—¿Tuyo?
—No.

Dejé la pluma.

—Entonces quizá sea importante.

Ataúlfo se sentó frente a mí con una expresión que no le conocía. No era indignación ni preocupación por su apellido. Era algo bastante más incómodo para él: preocupación por otra persona.

El afectado se llamaba don Julián Valcárcel. Durante treinta y dos años había sido archivero de una antigua corporación a la que Ataúlfo pertenecía. No era noble, ni pretendía serlo, circunstancia que le había permitido dedicar una cantidad considerable de tiempo a estudiar a quienes sí lo eran.

Conocía el archivo mejor que nadie. Sabía dónde estaba cada expediente, qué legajo había sido mal numerado en 1957 y qué secretario de principios del siglo XX añadía un número romano a las fechas cuando estaba nervioso.

Poseía, en suma, esa clase de conocimiento que una institución considera imprescindible hasta aproximadamente seis meses después de jubilar a quien lo posee.
Entonces desapareció un documento.
Era una carta del siglo XVIII relacionada con una antigua merced real, suficientemente valiosa como para que varias personas que jamás la habían leído empezaran inmediatamente a lamentar su pérdida.

Se revisaron inventarios y armarios. Después se revisaron los inventarios para comprobar que los armarios se hubieran revisado de acuerdo con los inventarios.

No apareció.

Alguien recordó entonces que don Julián había sido la última persona que trabajó con aquel fondo. Otro creyó recordar haberlo visto con una carpeta. Un tercero no recordaba nada, pero estaba dispuesto a hacerlo si resultaba necesario.
La explicación adquirió así la solidez habitual de las cosas que nadie sabe exactamente pero todos han oído.

 —Eso mejora mucho el caso.
—Está en un taller de restauración de Alcalá.
—Lo mejora todavía más.

Años atrás, don Julián lo había enviado a restaurar con autorización del presidente. Había recibo, acuerdo de la junta y factura.
La factura, naturalmente, era el documento mejor conservado.
Todo estaba archivado.
En otro expediente.

—¿Dónde buscaron?
—En el archivo histórico.
—¿Y el expediente?
—En el administrativo.

Reflexioné.

—Comprensible. Buscaban un documento antiguo.

Mi secretario levantó la cabeza.

—Hay algo más, señor. Don Julián escribió dos veces después de publicarse la nota. No recibió respuesta.

Ataúlfo añadió:

—Y ahora todos admiten que no tuvo nada que ver.
—Excelente.
—Privadamente.

Ahí estaba el problema.
Hay instituciones con una extraordinaria facilidad para hablar en nombre propio cuando reciben una distinción y una cierta timidez gramatical cuando tienen que pedir disculpas.
La junta consideraba suficiente comunicar personalmente a don Julián que todo había sido un error.

—¿Cuántos ejemplares del boletín se distribuyen?
—Algo más de dos mil.
—¿Y a cuántas personas van a comunicar la inocencia?

Ataúlfo hizo una pausa.

—A don Julián.

Me recliné en el sillón.

—Admiro el sistema. Dos mil personas conocen la culpa y una conocerá la inocencia.

Ataúlfo no sonrió. Aquello confirmó que estaba verdaderamente preocupado.
Conocía a don Julián desde niño. El archivero le había permitido entrar en el depósito a los doce años y le había enseñado un libro de pruebas de nobleza del siglo XVIII.

—Fue la primera vez que vi mi apellido en un documento antiguo —dijo.
—Eso explica muchas cosas.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy estableciendo antecedentes.

Pero entonces me contó que don Julián había dejado de acudir a algunos actos. Dos personas que antes le saludaban con afecto habían empezado a hacerlo con esa prudencia reservada a quien aún no ha sido condenado, pero podría resultar incómodo haber saludado demasiado. Y uno de sus nietos había preguntado si el abuelo había robado algo.

Eso bastó.

El boletín de la corporación publicó una nota. No acusaba a don Julián de nada. Las personas prudentes saben que para dañar una reputación rara vez es necesario acusar. Basta con colocar correctamente las circunstancias.
La pieza, decía, había sido localizada por última vez «durante la anterior etapa de gestión del archivo» y se investigaban «determinadas irregularidades en los procedimientos de custodia».

Don Julián había sido el anterior archivero.
La sintaxis hizo el resto.

—¿Y qué ocurrió? —pregunté.

Ataúlfo sacó unos papeles.

—Que el documento no se perdió.

—Vamos a ver los papeles.

Mi secretario necesitó un día para encontrar cuatro documentos y dos días para comprender por qué no coincidían.
Según una carta, el manuscrito había salido el 14 de marzo. Según un acta, la restauración fue autorizada el 3 de abril. Según la memoria anual, ningún documento salió de la sede.

—Tenemos tres versiones —dijo.
—No seas injusto. Tenemos tres documentos oficiales.
—No dicen lo mismo.
—Por eso son tres.

El cuarto era el albarán del restaurador, fechado el 16 de marzo y firmado por don Julián.
Era suficiente.
Ataúlfo habló con un antiguo presidente. Yo llamé a un miembro de aquella junta. Mi secretario localizó al restaurador, que seguía vivo y, lo que resultó más útil, seguía guardando papeles. En pocos días reunimos lo necesario para hacer algo que en ciertas instituciones puede resultar mucho más difícil que encontrar un documento del siglo XVIII: reconocer un error del mes anterior.


Nos recibió el presidente con dos miembros de la junta.
No eran malas personas. Conviene aclararlo. Muchas injusticias no necesitan maldad; les basta con varias personas razonables intentando evitar simultáneamente una incomodidad.

—En ningún momento quisimos perjudicar a Valcárcel —dijo el presidente.
—Eso facilita mucho las cosas. Sólo falta reparar el perjuicio que no quisieron causar.

Habían preparado una rectificación.
Ocupaba casi dos páginas.
Decía que «como consecuencia de ulteriores actuaciones de comprobación» se había podido «determinar la eventual concurrencia de circunstancias documentales no conocidas», lo que aconsejaba «matizar algunas posibles interpretaciones».
Terminé de leer.

—Es admirable.

El secretario de la corporación sonrió.

—¿Le parece bien?
—Muchísimo. He leído tratados de teología que confesaban más.

Querían ser prudentes.

—La prudencia es una virtud excelente —dije—. Pero si sirve para no decir la verdad, acaba pareciéndose a otra cosa.

Tomé una hoja y escribí dos frases: la referencia publicada podía atribuir injustamente responsabilidad a don Julián; se había comprobado que el documento fue enviado regularmente a restauración y la corporación lamentaba el perjuicio causado a su buen nombre.
Uno de los miembros leyó el texto.

—Es demasiado directo.
—Suele ocurrir con la claridad.
—Podría perjudicar la imagen de la corporación.

Ataúlfo intervino antes que yo.

—Lo que perjudicó a la corporación fue equivocarse. Reconocerlo es probablemente lo primero que puede mejorar su imagen.

Lo miré.
Había dicho algo sensato sin necesidad de que nadie se lo pidiera.
Empecé a preocuparme.
El presidente dudó todavía.

—Podríamos escribir personalmente a don Julián.
—También —dije.
—Tal vez bastaría con eso.
—No —respondió Ataúlfo. —Si a un hombre se le quita algo delante de los demás, hay que devolvérselo también delante de los demás.

No añadí nada.
A veces la inteligencia consiste en reconocer el momento exacto en que uno debe permanecer callado. Es una virtud de la que Ataúlfo me había ofrecido pocas ocasiones de ejercicio.
La rectificación apareció en el boletín siguiente.
Sin subordinadas.
Fuimos a ver a don Julián unos días después. Vivía rodeado de libros, carpetas y fotografías del archivo. Nos ofreció café y repitió varias veces que no hacía falta haberse molestado tanto.

—Sí hacía falta —dijo Ataúlfo.
—Habéis hecho demasiado por mí.

Mi primo negó con la cabeza.

—Precisamente porque usted no podía hacer nada por nosotros.

Don Julián bajó la mirada hacia la taza.

No hubo discursos.

Diez minutos después nos explicaba un error de signaturas de 1842 y, a los veinte, Ataúlfo discutía con él sobre la fecha de ingreso de un antepasado suyo.
Todo volvía a estar en orden.
Al marcharnos, don Julián me dio las gracias.

—Déselas a Ataúlfo. La idea fue suya.

En el coche mi primo protestó.

—No hacía falta que dijeras eso.
—Pensé que te gustaría.
—Preferiría que no se comentase demasiado.

Lo observé.

—Ataúlfo, empiezas a preocuparme seriamente.
—¿Ahora qué he hecho?
—Llevas varios días comportándote como un caballero.

Sonrió.

—No exageres.

Me tranquilicé.
Seguía siendo él.
Aquella tarde regresé al gabinete pensando en la cantidad de veces que había oído hablar del propio honor: el familiar, el del apellido, el de la corporación y, sobre todo, el de uno mismo.
Quizá el honor fuese bastante más sencillo.
A veces no consiste en defender lo que es nuestro, sino en devolver a otro lo que nunca debió perder.
Mi secretario entró con una carta.

—La corporación pregunta si desea que conste en acta su intervención y la de don Ataúlfo.
—No.

Arqueó una ceja.

—¿Ni siquiera la de don Ataúlfo?
—Especialmente la de Ataúlfo.

Tomó nota.

—¿Archivo la carta?
—Sí.
—¿En correspondencia?

Miré el montón de papeles.

—No. En milagros.

Salió sin sonreír.

Era un profesional.
Me quedé solo bajo la mirada ligeramente divergente de don Rigoberto. Durante siglos habíamos dedicado mucho esfuerzo a demostrar quiénes éramos. Aquella semana habíamos empleado una pequeña parte en conseguir que otro no dejara de ser quien era.
Me pareció un uso bastante digno del apellido.
Sobre todo, porque no hacía falta ponerlo en el boletín.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.     Nota Aclaratoria.   Capítulo I.    Capítulo II.    Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      Capítulo VII.      Capítulo VIII.     Capítulo IX.    Capítulo X.   Capítulo XI.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.


jueves, 29 de octubre de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LOS ÚLTIMOS ACTOS DE LA MAESTRANZA DE SAN FERNANDO.

Pilar de Vicente. 

El pasado 24 de octubre tuvo lugar en Madrid el Solemne Acto de Ingreso de nuevos Maestrantes de la Maestranza de Caballería de San Fernando (Asociación de descendientes de los Caballeros Laureados de la Orden de San Fernando).

La jornada dio comienzo a las 12:00 horas con la celebración de la Santa Misa en la Iglesia Parroquial de San José de Madrid. Tras la ceremonia religiosa, las autoridades e invitados se trasladaron al Centro Cultural de los Ejércitos, donde se ofreció un cóctel de honor que reunió a distinguidas autoridades civiles y militares, así como a representantes de diversas órdenes de caballería y corporaciones nobiliarias.

En representación institucional del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, asistió su responsable de Relaciones Institucionales y autora de este artículo, atendiendo a la amable invitación cursada por la Presidenta de la corporación, la Excma. Sra. Marquesa de Sierra Bullones (GdE), Dña. Carmen Travesedo y Colón de Carvajal.


La Maestranza de Caballería de San Fernando fue fundada en 1999 con el fin de preservar y difundir el legado histórico de la Real y Militar Orden de San Fernando y mantener viva la memoria de los caballeros que recibieron esta distinción, así como de sus heroicos hechos de armas, ejemplo de honor, entrega y servicio a la Patria.

En sus más de veinticinco años de trayectoria ha reunido a 450 maestrantes, representantes de más de 230 caballeros laureados y Medallas Militares Individuales, además de contar con 40 maestrantes de honor.

Desde este blog, transmitimos nuestra más sincera felicitación a la Maestranza de Caballería de San Fernando y a los nuevos caballeros y damas maestrantes que se incorporan a esta ilustre institución.
Para más información: https://www.maestranzadecaballeriadesanfernando.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 28 de octubre de 2026

FALLECE JAIME BUGALLAL, DESTACADO MIEMBRO DE LA MATRITENSE.

 

Con profundo pesar hemos conocido la noticia del fallecimiento, ocurrido al mediodía de hoy, de don Jaime Bugallal, miembro numerario de la Real Academia matritense de Heráldica y Genealogía, tras una larga enfermedad.

Prestigioso genealogista y heraldista, Jaime Bugallal dedicó buena parte de su labor investigadora al estudio de los linajes y las armerías gallegas, campo en el que destacó por sus amplios conocimientos y su dedicación a la investigación histórica.

Su desaparición supone una sensible pérdida para el mundo de la cultura y la historia de nuestro país y, muy especialmente, para cuantos se interesan por la genealogía de los linajes de Galicia.

Desde La Mesa de los Notables queremos expresar nuestro más sentido pésame a su familia, amigos y compañeros de la Matritense, así como dejar constancia de nuestro reconocimiento a su trayectoria y a su contribución al conocimiento y conservación de nuestro patrimonio histórico y genealógico.

Descanse en paz.

Publicado por La Mesa de los Notables.