CAPÍTULO XI. LA MEMORIA FAMILIAR.
Las familias antiguas conservan muchas
cosas.
Casas, retratos, cartas, vajillas
incompletas, escrituras de propiedades que ya no poseen y algunos muebles cuyo
principal mérito consiste en haber sobrevivido a quienes intentaron
sustituirlos.
Conservan también recuerdos.
Éstos suelen encontrarse en peor estado.
La memoria familiar tiene una
particularidad que la diferencia de los archivos. Los archivos guardan lo que
ocurrió. Las familias tienden a guardar lo que consideran conveniente recordar
que ocurrió.
No siempre existe mala intención.
A veces basta el afecto.
Una abuela transforma con los años a un
marido de carácter insoportable en «un hombre muy recto». Un sujeto que jamás
trabajó se convierte después de muerto en «persona de vida independiente». Un
antepasado que perdió media fortuna pasa a ser recordado como «desprendido».
El tiempo posee una capacidad
extraordinaria para mejorar el carácter de los difuntos.
Pensaba en estas cuestiones cuando mi
secretario entró en el gabinete cargado con una caja.
—Ha llegado esto, señor.
La dejó sobre el escritorio. Dentro
había un volumen de gran formato, encuadernado en tela verde y con letras
doradas.
Historia y memoria de la Casa de
Valdeprado.
Debajo figuraba:
Ocho siglos al servicio de España.
Miré el grosor.
—Han debido de servir muchísimo.
En la primera página encontré una nota
manuscrita de mi amigo don Álvaro de Valdeprado.
«Querido Malvavisco: estamos preparando una edición familiar y me gustaría conocer tu opinión antes de imprimirla definitivamente. Sé que serás discreto. Sobre todo con el capítulo séptimo».
Pasé al índice.
Naturalmente fui directamente al
capítulo séptimo.
Las familias son como los contratos:
cuando alguien señala expresamente una cláusula, conviene empezar por ella.
Los Valdeprado eran una familia
verdaderamente antigua. No de esas cuya antigüedad comienza con una frase en
latín encontrada en Internet, sino de las que conservan documentos suficientes
para aburrir durante generaciones a sus descendientes.
El libro estaba muy bien documentado.
Había árboles genealógicos, escrituras, retratos, cartas y referencias de
archivo.
Llegué al siglo XIX.
Allí apareció don Leandro de Valdeprado
y Sotomayor.
Había nacido en 1838, se había casado en
1862, tuvo cuatro hijos y murió en 1907.
Entre el matrimonio y la muerte, el
libro dedicaba a su vida exactamente cinco líneas.
«Don Leandro continuó la tradición familiar y administró el patrimonio recibido de sus mayores en una época de profundas transformaciones económicas y sociales. Hombre de carácter independiente, residió durante algunas temporadas fuera de España y mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia».
Aquello me interesó.
Había vivido sesenta y nueve años y
conseguido atravesar cuarenta y cinco de ellos en una sola frase.
Su hijo ocupaba doce páginas.
Su padre, diecisiete.
Un tío canónigo disponía incluso de una
nota dedicada a su biblioteca.
Volví a don Leandro.
Cinco líneas.
Don Álvaro apareció aquella misma tarde.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Entero?
—Lo necesario.
Miró el volumen.
—¿Y?
—Me gusta mucho don Leandro.
Cerró los ojos durante un instante.
Había acertado.
—Sabía que irías directamente a él.
—Me lo recomendaste.
—Te dije precisamente lo contrario.
—En los archivos suele ser lo mismo.
Se sentó frente a mí.
—Fue un desastre.
Aquello no figuraba entre las cinco líneas.
—¿En qué sentido?
—En todos.
Don Leandro había heredado dos fincas,
varias casas y rentas suficientes para llevar una existencia tranquila siempre
que se abstuviese de tener demasiadas ideas.
Tuvo muchas.
Primero invirtió en una explotación
minera.
No había suficiente mineral.
Después participó en una compañía
destinada a construir un ferrocarril entre dos localidades entre las que nadie
parecía tener especial necesidad de desplazarse.
La línea nunca se terminó.
Más tarde se interesó por la cría de
caballos.
Los caballos resultaron
considerablemente mejores administradores que él, aunque tampoco consiguieron
salvar el patrimonio.
—Perdió una finca —me explicó don
Álvaro.
—Mala suerte.
—Luego hipotecó otra.
—Mala administración.
—Y vendió parte de la tercera para
recuperar lo perdido.
—Eso ya parece perseverancia.
Don Leandro tenía además cierta afición
al juego y había pasado largas temporadas en París y Biarritz.
El libro describía aquellas estancias
como consecuencia de «su carácter independiente».
—¿Por qué estaba fuera de España?
Don Álvaro se removió ligeramente.
—Tuvo ciertos problemas familiares.
Esperé.
—Había una señora.
—Eso suele producir documentación.
La señora era actriz.
Aquello explicaba quizá mejor el
carácter independiente.
La relación había provocado una larga
separación de su esposa.
—Mi tatarabuela sufrió muchísimo —dijo
don Álvaro.
—Eso sí me parece importante.
Abrí nuevamente el libro.
—Aquí dices que mantuvo siempre
estrechos vínculos con su familia.
—Los mantuvo.
—Desde Biarritz.
—Es una manera de hablar.
Empecé a comprender.
No había ninguna mentira.
Eso era precisamente lo interesante.
«Administró el patrimonio recibido de
sus mayores en una época de profundas transformaciones económicas y sociales»
conseguía contar que don Leandro había perdido buena parte de una fortuna
responsabilizando discretamente al siglo XIX.
Sentí cierta admiración.
—No podemos ponerlo todo —dijo don
Álvaro.
—Naturalmente.
—Ni hablar de la actriz.
—No tengo especial interés.
—Ni de las deudas.
—Entonces quizá tampoco convenga decir
que administró el patrimonio.
Me miró.
—Todo lo que pone es verdad.
—No exactamente.
—¿Qué es falso?
—Nada.
Hice una pausa.
—Ése es el problema.
Hay frases capaces de no mentir y, sin
embargo, de conseguir que la realidad salga de la habitación sin hacer ruido.
Don Álvaro se levantó y se acercó a la
chimenea.
Entonces vio a don Rigoberto.
—Tú lo tienes fácil.
—¿El qué?
Señaló el retrato.
—Con vuestro primer vizconde siempre habéis bromeado.
Miré a mi antepasado.
—Era malvado.
—Eso dicen.
—Y bizco.
—Eso también.
—Y nunca habéis intentado ocultarlo.
—No veo la necesidad.
Nunca he sentido especial obligación de
defender a don Rigoberto.
Fue mi antepasado.
No mi candidato.
La diferencia me parece importante.
No tengo que demostrar que fue
bondadoso, prudente o particularmente merecedor del título que recibió. De él
proceden el vizcondado, algunos documentos, el retrato y, en mi caso, cierta
disposición ocular.
Bastante ha hecho.
—Álvaro —dije—, si mi familia hubiese aplicado a don Rigoberto el criterio editorial que quieres aplicar a don Leandro, yo habría conservado el vizcondado y eliminado al vizconde que lo fundó.
Sonrió.
—No es lo mismo.
—Naturalmente.
—Don Leandro hizo sufrir a mucha gente.
Dejé de bromear.
—Entonces no lo conviertas en una
anécdota.
—Por eso prefiero no ponerlo.
—No. Por eso no deberías sustituirlo por
otra cosa.
Se hizo un silencio.
Nadie está obligado a incluir en una
historia familiar cada error de sus antepasados. Sería insoportable. Algunas
familias necesitarían varios tomos sólo para los malos matrimonios.
Seleccionar es inevitable.
Embellecer ya es otra actividad.
—¿Qué pondrías tú?
Tomé un lápiz.
Taché «administró el patrimonio recibido
de sus mayores».
—Eso estaba bien escrito.
—Precisamente.
Escribí al margen:
«Su gestión patrimonial resultó poco afortunada y durante su vida se enajenó una parte importante de los bienes familiares».
Don Álvaro hizo una mueca.
—Parece un informe de auditoría.
—Es bastante más amable que la realidad.
Taché después «mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia».
—¿También?
—Si quieres puedes poner que pasó largas
temporadas en Francia.
—Por motivos personales.
—Perfecto.
Contemplamos el párrafo.
Había perdido elegancia.
También había ganado realidad.
—Queda peor —dijo.
—Para don Leandro, sí.
—Para el libro.
—Eso depende de para qué quieras el
libro.
—Para conservar la memoria familiar.
—Entonces quizá tenga que contener
memoria.
Mi secretario entró con dos whiskies.
Al ver el libro abierto preguntó:
—¿Es la historia de la familia de don
Álvaro?
—Sí.
—Debe de ser interesante.
—Muchísimo. Sobre todo desde que hemos
empezado a devolver algunos parientes.
Don Álvaro me miró.
El secretario tuvo la prudencia de no
preguntar.
—Hay cosas que una familia no tiene por
qué exhibir —dijo don Álvaro cuando salimos nuevamente solos.
—Estoy de acuerdo.
—La intimidad debe respetarse.
—También.
—Entonces no entiendo el límite.
—Tú no quieres proteger la intimidad de
don Leandro.
—¿Qué quiero?
—Proteger la reputación de los
Valdeprado.
No respondió.
Las familias poseen una comprensible
tendencia a comportarse como pequeños Estados. Tienen fundadores, alianzas,
crisis, pérdidas territoriales, personajes incómodos y una historiografía
oficial.
Con frecuencia poseen también un
Ministerio de Asuntos Exteriores.
Suele llamarse abuela.
No veo nada extraño en que algunas
historias permanezcan dentro de casa. El problema comienza cuando una familia
decide escribir su historia y descubre que quiere conservar el pasado siempre
que el pasado tenga la cortesía de coincidir con la imagen que mantiene de sí
misma.
Entonces la memoria empieza a parecerse
demasiado a la propaganda.
Don Álvaro hojeó nuevamente el libro.
Aparecieron un general, un magistrado,
una señora vestida de negro, un sacerdote y un diputado de la Restauración.
Todos parecían personas respetables.
—Hubo gente extraordinaria —dijo.
—Sin duda.
—¿No es lógico querer transmitir eso?
—Por supuesto.
—Entonces ¿por qué insistir en el peor?
—No hay que insistir.
Señalé los retratos.
—Pero si éstos fueron verdaderamente extraordinarios, don Leandro no los empeora.
Guardó silencio.
—Una familia antigua ha tenido tiempo
suficiente para producir de todo.
—Muy alentador.
—Algún arruinado.
—Seguro.
—Algún sinvergüenza.
—También.
—Algún imbécil.
—Varios.
—Y matrimonios lamentables.
—Eso en todas.
—Precisamente. Ahí empieza la
universalidad de la nobleza.
Don Álvaro se echó a reír.
Varias semanas después recibí una nueva
copia.
Abrí directamente el capítulo del siglo
XIX.
Don Leandro seguía allí.
El párrafo había cambiado.
«Don Leandro de Valdeprado y Sotomayor heredó una parte importante del patrimonio familiar. De carácter inquieto y emprendedor, participó en distintas iniciativas económicas que no tuvieron el resultado esperado, circunstancia que obligó a enajenar algunas propiedades. Pasó largas temporadas en Francia por motivos personales. Su vida estuvo marcada por dificultades económicas y familiares de las que da testimonio la correspondencia conservada».
«De carácter inquieto y emprendedor» me
pareció una concesión generosa.
Pero el hombre había invertido en minas,
ferrocarriles y caballos.
Técnicamente no podía negarse.
Dentro encontré una nota de don Álvaro:
«Hemos procurado no ocultar nada sin necesidad de contarlo todo. Mi hijo dice que Leandro es ahora su antepasado favorito porque por fin aparece alguien normal».
Sonreí.
Mi secretario colocó el volumen en la
biblioteca y salí de nuevo al encuentro de don Rigoberto.
Nunca sabré cuánto hay de cierto en
todas las historias que mi familia cuenta sobre él.
Tal vez no fuese tan malvado.
Tal vez el episodio con Amadeo de Saboya
nunca ocurriera.
Eso también forma parte de la memoria.
Pero hay algo que siempre he agradecido
a mis mayores.
Jamás intentaron convencerme de que don
Rigoberto fue un santo.
Era nuestro antepasado.
Les pareció suficiente.
Los antepasados tienen la irritante
costumbre de haber vivido antes de que pudiéramos aconsejarles. No escogieron
sus matrimonios pensando en nuestros árboles genealógicos, ni administraron sus
fortunas para facilitar nuestras conversaciones, ni se comportaron para que dos
siglos después pudiéramos exhibirlos cómodamente.
Vivieron.
Y nosotros venimos después.
La memoria familiar posee una razón
profunda para existir. Nos recuerda que no empezamos con nosotros mismos. Que
otros acertaron, se equivocaron, conservaron unas cosas y perdieron otras antes
de dejarnos una historia que no hemos elegido.
Precisamente por eso conviene no
corregirla demasiado.
Una familia que sólo conserva a sus
hombres ilustres termina pareciéndose peligrosamente a un salón lleno de
retratos comprados.
Puede impresionar.
Pero nadie sabe quién vivió allí.
Miré nuevamente a don Rigoberto.
—No te
preocupes —le dije—. Tú te quedas.
Mi
antepasado no respondió.
Fue una de
sus intervenciones familiares más prudentes.
El vizconde
de Malvavisco.
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Presentación. Nota Aclaratoria. Capítulo I. Capítulo II. Capítulo III. Capítulo IV. Capítulo V.
Capítulo VI. CapítuloVII. Capítulo VIII. Capítulo XIX. CapítuloX.
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El vizconde
de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se
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Publicado por La Mesa de los Notables.




