martes, 1 de septiembre de 2026

LA HIDALGUÍA DE LOS OFICIALES DEL EJÉRCITO EN LA ESPAÑA LIBERAL.

Antonio de Castro García de Tejada
Cruz del Mérito Naval.

Preámbulo.
Ofrezco este estudio a la familia militar, de la que formo parte como hijo, nieto y bisnieto de militares, y a la que pertenecieron también otros familiares cercanos, oficiales, jefes y generales del Ejército. También algunos de mis mejores amigos son distinguidos militares.  Estas páginas forman parte de un estudio más amplio que actualmente estoy ultimando para su publicación. Las tradiciones históricas y jurídicas aquí examinadas integran un patrimonio cultural inmaterial de nuestros Ejércitos y, como tal, merecen ser investigadas, correctamente interpretadas, relatadas, divulgadas y preservadas.

Los hidalgos, los oficiales, hijos de capitanes y nietos de tenientes coroneles ante las Reales Órdenes desde 1799, 1853, a 1864.
La desaparición de los privilegios estamentales del Antiguo Régimen no significó necesariamente la desaparición inmediata de la hidalguía como calidad personal. La evolución política y jurídica del siglo XIX transformó profundamente el significado práctico de la nobleza, pero la documentación militar demuestra que determinadas categorías nobiliarias continuaron siendo reconocidas durante décadas y que ciertos empleos del Ejército conservaron una eficacia jurídica y honorífica que podía proyectarse sobre los descendientes. La secuencia formada por la Real Orden de 16 de abril de 1799, el Reglamento del Colegio Militar de Artillería de Segovia de 1804, el expediente de la Dirección General de Caballería de 1853, la Real Orden de 24 de enero de 1854 y, finalmente, la Real Orden de 18 de mayo de 1864 permite reconstruir un sistema mucho más coherente de lo que podría parecer si cada disposición se estudiase de manera aislada.

La condición militar como prueba de nobleza en los descendientes.
La cuestión decisiva aparece en el artículo 125 del Reglamento del Colegio Militar de Artillería de 1804. Para ingresar como cadete, el aspirante podía sustituir las pruebas comunes de la hidalguía exigida a los aspirantes, acreditando mediante las correspondientes patentes que su padre tenía al menos empleo de teniente coronel con graduación de coronel. El propio Reglamento permite determinar la naturaleza de esta prueba cuando establece que, por línea materna, ser hija de coronel efectivo o graduado «bastará para acreditar la nobleza materna»[3].
La norma despeja así cualquier duda sobre el significado nobiliario de la patente militar. Si la condición de coronel del abuelo materno constituye expresamente prueba suficiente de la nobleza de su hija, esa misma condición, cuando corresponde al padre del aspirante, no puede interpretarse como una mera deferencia corporativa como argumentan algunos autores. La patente paterna sustituye la prueba común porque acredita una calidad nobiliaria transmitida por filiación. El artículo 125 reconoce, por tanto, la eficacia nobiliaria de la condición de determinados empleos y grados militares tanto por línea paterna como en la materna y muestra, además, que podía proyectarse hasta los nietos. Es decir el empleo de teniente coronel con graduación de coronel permitía cumplir con la norma básica de prueba de la hidalguía por ser hidalgo de padre y  abuelo. Para mayor abundamiento: la patente de coronel facilitaba la prueba plena para los nietos, y la de capitán facilitaba la prueba en posesión de la hidalguía para el hijo. La hidalguía en propiedad derivaba de un título jurídico propio emitido por los tribunales competentes. La hidalguía en posesión consistía en el reconocimiento efectivo y público de la calidad de hidalgo acreditado por el trato, notoriedad, y asiento como tal ante las justicias de los concejos.

EL ORIGEN DE LA NOBLEZA Y LA PATENTE MILITAR COMO PRUEBA SUFICIENTE.

No debe confundirse la condición nobiliaria y su trascendencia a hijos y nietos con el umbral establecido por cada institución militar para dispensar de las pruebas ordinarias de hidalguía. Que un colegio admitiese como prueba suficiente la patente de capitán del padre y otro exigiese la de teniente coronel o coronel no significa que sólo los descendientes de estos últimos pudieran ser hidalgos y trasmitir su nobleza, argumento utilizado reiteradamente por determinados estudiosos e investigadores[4]. Significa que cada institución fijaba el empleo militar a partir del cual la patente del ascendiente bastaba por sí sola, sin necesidad de practicar las probanzas comunes de hidalguía en posesión ante las justicias ordinarias y de propiedad ante los tribunales de las reales cancillerías.

Esta distinción es fundamental. Si un determinado colegio exigía que el padre fuese coronel para que su patente sustituyese las pruebas comunes, no estaba declarando que el hijo de un capitán careciese de hidalguía. Simplemente, en ese establecimiento la patente de capitán no alcanzaba el umbral reglamentariamente establecido para dispensar al aspirante de la prueba ordinaria. El hijo de capitán que alegase ser hidalgo debía acreditar su condición por los mismos medios comunes que cualquier otro hijodalgo.

Por consiguiente, la diversidad de empleos exigidos por los distintos colegios —capitán en unos casos, teniente coronel o coronel en otros— no debe interpretarse como si cada institución estuviese determinando a partir de qué empleo se generaba la trasmisión de la nobleza. Lo que cada reglamento determinaba era a partir de qué empleo la patente militar constituía prueba suficiente para hacer innecesaria la probanza común de hidalguía. Una cosa era, pues, la existencia u origen de la calidad nobiliaria y otra distinta el régimen especial establecido en algunos colegios y academias militares para facilitar a determinados empleos y graduaciones la acreditación documental de la prueba de hidalguía exigida para ingresar en los mismos como cadetes. Recordemos que los colegios militares, con aprobación regia, podían establecer sus propios requisitos de ingreso y determinar qué pruebas consideraban suficientes para acreditar la nobleza de los aspirantes. Pero carecían de jurisdicción para decidir cuestiones sustantivas sobre la existencia de nobleza que correspondía solo a determinados tribunales como se recoge en la Novísima Recopilación, lib. VI, tít. VI, ley XIV.

Esta peculiaridad permite comprender mejor la diferencia entre la hidalguía común y la nobleza vinculada al empleo militar. El hijodalgo se veía obligado a justificar su condición mediante los procedimientos y documentos propios de la posesión de hidalguía, como padrones, testimonios municipales, certificaciones, informaciones ante las autoridades competentes o, en caso de controversia, mediante los tribunales llamados a resolver sobre el estado noble. Las propias normas de reemplazo del siglo XVIII muestran la importancia del goce y actual posesión de hidalguía y la necesidad de acreditarla cuando de ella dependía una exención.[5] La correcta interpretación de algunas expresiones que se manifiestan en las leyes de reemplazo se tratará en artículos posteriores.

En el ámbito militar, en cambio, la patente correspondiente a determinados empleos podía bastar por sí sola para acreditar la hidalguía, correspondiendo a cada colegio establecer el empleo o graduación exigidos para acogerse a esta forma privilegiada de prueba.

1836: se suprimen las pruebas de nobleza para ingresar en el Ejército.
El Real Decreto de 28 de septiembre de 1836 abolió las pruebas de nobleza como requisito para ingresar en los establecimientos militares.[6] A partir de entonces, el acceso a la oficialidad dejó de depender de la acreditación de una condición nobiliaria previa. Sin embargo, la eliminación de ese requisito de ingreso no significaba necesariamente que la nobleza dejara de existir como calidad personal ni que quedasen derogadas todas las consecuencias que la normativa anterior atribuía a quienes la poseían.

Esta distinción es esencial porque evita confundir dos cuestiones jurídicas distintas. Una cosa era dejar de exigir que un aspirante fuese noble para entrar en el Ejército y otra muy diferente declarar inexistente la nobleza de quienes la poseían por nacimiento, por posesión notoria o por un título reconocido por el ordenamiento. La propia Administración acabaría pronunciándose de forma explícita sobre esta diferencia.

El expediente de la Dirección General de Caballería de 1853.
En 1853 la Dirección General de Caballería promovió un expediente relativo a la calidad con que debían ser considerados los cadetes del Colegio del Arma.[7] El problema había surgido en el Colegio de Cadetes de Caballería, donde, después de la abolición de las pruebas de nobleza, se venía calificando de «calidad honrada» a quienes no justificaban el dictado de nobles. Sin embargo, el Subdirector del Colegio advertía una dificultad especial respecto de «los hijos de Capitán arriba, a quienes se les viene dando desde tiempo inmemorial el dictado de nobles».[8]

La importancia de esta afirmación es considerable. El documento no se refiere únicamente al tratamiento de Don ni utiliza el término noble como una fórmula social imprecisa. El objeto de la consulta era determinar quién debía ser considerado de calidad honrada y quién de calidad noble.[9] La contraposición entre ambas categorías demuestra que la cuestión planteada era propiamente nobiliaria. Además, se afirma de manera expresa que los hijos de capitán en adelante venían recibiendo desde tiempo inmemorial el dictado de nobles, de modo que la consideración de esos descendientes no aparece como una innovación de mediados del siglo XIX, sino como una práctica anterior que la Administración intentaba ordenar y confirmar.

 


El Consejo Real y la nobleza «cualquiera que sea su título y origen».
La consulta fue sometida a la Sección de Guerra del Consejo Real, que informó el 23 de diciembre de 1853.[10] El Consejo partió de la abolición de las pruebas de nobleza de 1836, pero inmediatamente estableció una distinción fundamental al declarar que aquella abolición «no se opone a que se haga constar la de los que la posean, cualquiera que sea su título y origen».[11] Esta fórmula resulta especialmente significativa porque reconoce que la nobleza continuaba siendo una calidad susceptible de posesión y prueba, y que podía proceder de diversos títulos u orígenes.

El Consejo añadió que, estando «vigente la Ordenanza general del Ejército como Ley del Reino», era ésta la que determinaba «el modo de considerar a los Oficiales y a sus hijos».[12] La conclusión es clara: la desaparición de la exigencia de nobleza para acceder a la oficialidad no había eliminado, a juicio del Consejo Real, el régimen establecido por las Ordenanzas respecto de la consideración de quienes poseían determinadas calidades y de sus descendientes inmediatos.

La Real Orden de 24 de enero de 1854.
El dictamen del Consejo Real fue confirmado por la Corona mediante Real Orden de 24 de enero de 1854.[13] La resolución reiteró que la abolición de las pruebas de nobleza no impedía hacer constar la de quienes la poseyeran, «cualquiera que sea su título y origen», y ordenó «que sin haber lugar a duda se continúe observando lo que previene la Ordenanza general del Ejército, como Ley vigente del Reyno, respecto al modo de considerar a los Oficiales y a sus hijos».[14] Recordándose que a los hijos de capitán en adelante se les venía dando desde tiempo inmemorial el dictado de nobles.

La Real Orden de 18 de mayo de 1864.
La cuestión volvió a plantearse algunos años después. Una consulta de la Dirección General de Caballería de 26 de mayo de 1857 preguntó si los hijos de capitán y de oficiales de superior graduación podían usar «el dictado de Don y el de nobles» y ser tratados y considerados como tales.[15] Tras el informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina de 27 de enero de 1859, la Corona resolvió mediante Real Orden de 18 de mayo de 1864, en armonía con varios artículos del título XVIII, tratado II, de las Reales Ordenanzas.

La disposición comprende a «los hijosdalgo notorios, a los hijos de Capitán ó de Oficiales de superior grado, y a los nietos de Teniente Coronel inclusive arriba», siempre que «justifiquen debidamente su calidad».[16] El uso del Don se define además como «una prerrogativa propia de su respectiva calidad, de que no debe desposeérseles».[18]

La elección de estas expresiones resulta significativa. La Real Orden no presenta el tratamiento de Don como una gracia nueva concedida en 1864, sino como una prerrogativa que pertenece a los interesados por razón de una calidad preexistente. La referencia a que no debe desposeérseles de ella refuerza todavía más esa idea de reconocimiento y conservación de un derecho o prerrogativa ya inherente a su condición.

La pervivencia de la hidalguía notoria en 1864.
La misma Real Orden proporciona una prueba directa de que la hidalguía continuaba siendo reconocida como calidad personal en 1864. La norma habla en presente de «hijosdalgo notorios» y exige que éstos justifiquen debidamente su calidad. No se refiere a una categoría histórica extinguida ni a una realidad propia exclusivamente del siglo XVIII, sino a personas existentes en el momento de dictarse la disposición y cuya condición podía ser acreditada.

Esta referencia resulta especialmente significativa porque la Sala de Hijosdalgo de la Real Chancillería había desaparecido en 1834, con la supresión de las propias Chancillerías. Ya no podía acudirse, por tanto, al antiguo procedimiento ante aquella jurisdicción especial para obtener una ejecutoria como las expedidas durante el Antiguo Régimen. Ello no impedía, sin embargo, acreditar la posesión y notoriedad de la hidalguía mediante testimonios, padrones, patentes militares y otras pruebas admitidas ante los ayuntamientos y justicias competentes.

Se comprende así mejor la expresión utilizada en 1864. La Real Orden no exige una ejecutoria ni habla de hidalgos de sangre o solar conocido, sino simplemente de «hijosdalgo notorios» que debían «justificar debidamente su calidad». Por tanto, aunque hubiesen desaparecido tanto la antigua jurisdicción especial de hidalguía como buena parte de los privilegios del estado noble, la hidalguía seguía siendo en 1864 una condición personal jurídicamente reconocible y susceptible de acreditación.

Conclusión.
El conjunto documental permite reconstruir una tradición jurídica coherente. En 1799, el empleo de oficial llevaba aparejada hidalguía personal. En 1804, la normativa del Colegio de Artillería demuestra algo más preciso que una simple facilidad administrativa: determinados empleos y graduaciones militares podían funcionar como títulos probatorios de nobleza dentro de la descendencia, hasta el punto de que la condición de coronel efectivo o graduado del abuelo bastaba expresamente para acreditar la nobleza por ambas líneas. En 1853, la Administración militar reconoce que a los hijos de capitán en adelante se les venía dando «desde tiempo inmemorial el dictado de nobles» y plantea expresamente la diferencia entre calidad honrada y calidad noble. En 1854, la Corona declara vigentes las Ordenanzas respecto del modo de considerar a los oficiales y a sus hijos. Y en 1864, una nueva Real Orden incluye a los hijosdalgo notorios, a los hijos de capitán y oficiales superiores y a los nietos de teniente coronel inclusive arriba, exigiendo que justifiquen su respectiva calidad y protegiendo una prerrogativa propia de ella.

Al reconstruir esta secuencia debe mantenerse una distinción fundamental: los empleos exigidos por los distintos colegios no determinaban necesariamente el origen ni la transmisibilidad de la nobleza, sino el umbral a partir del cual la patente militar era admitida por sí sola como prueba suficiente. Así, mientras en algunos establecimientos bastaba la patente de coronel del ascendiente, en otros el hijo de un capitán debía acreditar la hidalguía heredada de su padre por los procedimientos ordinarios, presentando ante las justicias competentes la patente paterna junto con los demás instrumentos exigidos para probar su filiación y la posesión de hidalguía. La diferencia estaba, por tanto, en la forma de probar la nobleza, no necesariamente en su existencia o transmisibilidad.

Notas.

[1] Real Orden de 16 de abril de 1799, relativa al reconocimiento de la hidalguía personal derivada del empleo de oficial.
[2] Reglamento de nueva constitución en el Colegio Militar de Caballeros Cadetes del Real Cuerpo de Artillería, establecido en Segovia, Madrid, Imprenta Real, 1804, arts. 124-125, pp. 62-64.
[3] Ibidem, art. 125, pp. 63-64.
[4] «Consideración de los nobles en las Ordenanzas militares y de milicias», por don Manuel Pardo de Vera y Díaz, Heráldica y Nobiliaria, febrero de 2012. Pardo de Vera sostiene que la admisión como cadetes de los hijos de capitanes, tenientes coroneles y otros oficiales constituía un privilegio derivado del empleo militar del padre y no de una nobleza transmitida por éste, pues considera que dichos oficiales gozaban únicamente de nobleza personal, salvo que poseyeran nobleza de sangre por su linaje.
[5] Véase la normativa de reemplazos del último tercio del siglo XVIII relativa al goce y posesión de hidalguía y a su prueba ante las autoridades competentes.
[6] Real Decreto de 28 de septiembre de 1836, publicado en la Gaceta de Madrid de 29 de septiembre de 1836.
[7] Expediente de la Dirección General de Caballería relativo a la calidad con que debían ser considerados los cadetes del Colegio del Arma, 1853. Se omite provisionalmente el número de la 1.ª Sección hasta comprobar directamente si la reproducción dice n.º 265 o n.º 266; en ella figura asimismo el núm. 1.249.
[8] Consulta del Subdirector del Colegio de Cadetes de Caballería, 1853, expediente citado.
[9] Ibidem.
[10] Consejo Real, Sección de Guerra, informe de 23 de diciembre de 1853.
[11] Ibidem.
[12] Ibidem.
[14] Real Orden de 24 de enero de 1854.
[15] Ibidem.
[16] Consulta de la Dirección General de Caballería de 26 de mayo de 1857.
[17] Real Orden de 18 de mayo de 1864, dictada tras informe del Tribunal Supremo de Guerra y Marina de 27 de enero de 1859.
[18] Ibidem.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2026

EXCLUSIVE INTERVIEW WITH HSH PRINCE BENTHEIM FOR LA MESA DE LOS NOTABLES.

THE COUNTS OF HOLLAND, THE ORDER OF SAINT JAMES, AND THE EXPANSION OF THE CHRISTIAN KINGDOMS. 

Baron Rudolph Andries Ulrich Juchter van Bergen Quast requested an audience with His Serene Highness Prince Georg zu Bentheim und Steinfurt for the purpose of conducting an exclusive interview for our blog, La Mesa de los Notables. The conversation arises from a purpose that goes beyond mere testimonial interest: to serve as an appeal to historians, archivists, and researchers to explore more deeply the earliest relations between the Counts of Holland and the Order of Santiago, as well as their participation in the expansion of the Christian kingdoms of the Iberian Peninsula during the twelfth and thirteenth centuries.

Although certain episodes of particular significance are known, such as the presence of Count William I of Holland at the siege of Alcácer do Sal in 1217, a considerable part of the documentation preserved in Spanish and Portuguese archives has yet to be systematically examined from this perspective.

This interview also seeks to arouse the interest of those working in Spanish, Portuguese, or ecclesiastical archives who may be in a position to locate unpublished or little-studied letters, references contained in chronicles, lists of combatants, or other documentary evidence relating to the presence of knights from northern Europe and, in particular, members of the House of Holland or persons associated with it in the medieval Iberian Peninsula.

Bringing such discoveries to light and making them known among the members of the Order could help to clarify historical ties that form part of the shared memory of European chivalry and of the relationships that, throughout the Middle Ages, linked the northern and southern territories of Latin Christendom.

With the aim of placing this subject within its proper historical and dynastic context, and of addressing both its medieval background and its significance in the present day, His Serene Highness Prince Georg zu Bentheim und Steinfurt responds exclusively to the Baron’s questions for La Mesa de los Notables:

Interviewer: Welcome, Your Serene Highness. Thank you for speaking with us today. While your family is renowned for its centuries of history, your own path has included some very modern pursuits. Could you tell us about your professional background before focusing on your dynastic duties?

Prince Bentheim: Thank you for having me. Yes, indeed. Before taking on my current responsibilities, I built a career in the financial sector. I worked as a banker for Merrill Lynch in New York. It was a highly dynamic and demanding environment, quite a contrast from the quiet historical archives of European nobility, but it gave me invaluable global experience.

Interviewer: That is quite a transition. Looking through your family's rich history, there are many remarkable figures, but one of the persons that most fascinates me is your ancestor Count Karl Paul Ernst. His life has been an incredible blend of governance and culture. Could you share his story with us?

Prince Bentheim: I would be delighted. Karl Paul Ernst Graf zu Bentheim-Steinfurt was the Count of Steinfurt and lived from 1729 to 1780. He is widely remembered as the founder of the high musical culture in Burgsteinfurt. As a young man, accompanied by his tutor, professor and jurist Johann Christoph Buch, he embarked on extensive travels to enhance his proficiency in the French language. He eventually assumed his governmental responsibilities in 1750, after obtaining imperial sanction.

Interviewer: He also spent time in France during a very significant historical period, didn't he?

Prince Bentheim: Yes, he did. During the Seven Years’ War, which took place from 1756 to 1763, Karl resided in Paris. It was a transformative time for him; he was introduced to Freemasonry and had the privilege of meeting Voltaire, becoming a devoted admirer of the philosopher. His time in Paris proved to be intellectually stimulating. He formed associations with prominent Enlightenment figures such as Diderot and d’Alembert, and passionately pursued his interests in music, languages, literature, and the natural sciences. Interestingly, Benjamin Franklin was also in Paris during this period, from 1779 to 1782. Franklin later served as Venerable Master of the Masonic Lodge Neuf Soeurs, which was highly influential in organising French support for the American Revolution.

Interviewer: Your family also holds connections to the Dutch Royal family. How did that kinship come about?

Prince Bentheim: That connection is clearly visible in our genealogy through the House of Nassau, as well as the Waldeck-Pyrmont lineage. For instance, Karl Paul Ernst married Charlotte Sophie von Nassau-Siegen, who lived from 1729 to 1759. She was the daughter of Friedrich Wilhelm II Nassau-Siegen and Sophie Polyxena Concordia von Sayn-Wittgenstein-Hohenstein. Because the Nassau-Siegen branch shares its direct roots with the broader House of Nassau, which is the lineage of the Dutch Royal family, our families are historically bound together. This bond was further strengthened later on, when my ancestor Alexis, the 4th Prince of Bentheim and Steinfurt, married Princess Pauline of Waldeck and Pyrmont. My mother also is a princess of Waldeck and Pyrmont. This family is of course very significant to The Netherlands, as the Waldeck-Pyrmont lineage is the family of Queen Emma of the Netherlands, cementing our close familial ties with the Dutch Royal family. 


Interviewer: And your family is also bonded with the Most Noble Equestrian Order of Saint James, an Order that was formed in medieval Holland by your family.

Prince Bentheim: Correct. Our connection to the Counts of Holland is fundamental to our family's identity [reference 1]. The princely House of Bentheim und Steinfurt is regarded as a legal and direct successor of the last heiress of the Counts of Holland. This deep, ancestral lineage intrinsically links us again to The Netherlands. It is through this direct descent that we proudly carry forward the living legacy of the Counts of Holland, which naturally includes our role as custodians of the Most Noble Equestrian Order of Saint James, originally founded by the Counts of Holland.

Interviewer: What is the historical connection between your family's Order of Saint James and the famous Spanish Order of Santiago?

Prince Bentheim: The connection is primarily one of shared cultural resonance and historical inspiration, rather than a direct institutional lineage. The foundational link occurred when Count Willem I of Holland, the grandfather of Floris V, fought alongside the Spanish Order of Santiago during the siege of Alcácer do Sal between 30 July and 18 October 1217. During this campaign, Willem I witnessed firsthand the military prowess of the Spanish knights, their integral role in the expansion of the Christian kingdoms, and their partnership with the Portuguese crown. This positive encounter likely created a lasting awareness within the comital house, ultimately inspiring Floris V to adopt the prestigious name and concept to serve his own distinct political and comital ambitions in 1290.

Interviewer: Could you elaborate on how Count Willem I’s military campaign in Spain and Portugal in 1217 forged this initial bond with the Spanish knights of Santiago?

Prince Bentheim: It was a crucial turning point during the Fifth Crusade. Count Willem I of Holland led a fleet of crusaders from the Low Countries who stopped along the Iberian Peninsula to assist Christian forces during the expansion of the Christian kingdoms. Following a decisive victory against the Almohad forces on 11 September 1217, the city was surrendered and subsequently handed over to the Spanish Order of Santiago. This shared campaign established a direct rapport between the comital house of Holland and the Iberian chivalric elite, instilling a deep respect for the Spanish order’s martial discipline and noble organization.

Interviewer: While the siege of Alcácer do Sal in 1217 is well documented, much of the broader involvement of the Counts of Holland in the Iberian Peninsula remains to be fully explored. Are there still missing pieces to this historical puzzle, and how can the scholarly community assist?

Prince Bentheim: Absolutely. While we have key milestones documented, vast amounts of material in Spanish and Portuguese archives remain unexamined regarding the presence of northern crusaders during the expansion of the Christian kingdoms. Repositories such as the Archivo Histórico Nacional in Madrid, the Archivo General de Simancas, and various ecclesiastical archives in Galicia, Castile, and Portugal likely hold unstudied charters, letters, or chronicle fragments mentioning northern knights. We would warmly invite historians, archivists, doctoral researchers, and knowledgeable readers to collaborate with us in investigating these Spanish archives. If anyone uncovers references to the Counts of Holland or early knightly contacts between the Low Countries and Spain from the 12th and 13th centuries, we encourage them to reach out to the order. Collaborative academic inquiry is essential if we are to bring these forgotten historical ties back into the light.

Interviewer: Beyond the military partnership, how did the pilgrimage culture centered around Santiago de Compostela in Galicia influence the house of Holland?

Prince Bentheim: Santiago de Compostela was one of the three major pilgrimage centers of medieval Christendom, alongside Rome and Jerusalem. The veneration of Saint James the Greater and the network of routes along the Way of St. James (Camino de Santiago) had a profound impact across Western Europe, including the Low Countries. The iconic symbols of the Spanish pilgrimage, most notably the scallop shell (concha de Santiago) and the red sword-cross, were recognized as emblems of faith, honour, and protection. When Floris V later founded our order in 1290, invoking Saint James allowed the Counts of Holland to connect their courtly chivalry directly to the prestigious spiritual and Iberian traditions associated with Compostela.


Interviewer: Did the organizational structure of the Spanish Order of Santiago serve as a model when Count Floris V established the Dutch Order of Saint James in 1290?

Prince Bentheim: Yes, in many practical ways. Unlike monastic military orders such as the Knights Templar, which required strict vows of celibacy, the Spanish Order of Santiago developed statutes that permitted its knights to marry and retain personal wealth while maintaining a noble calling. This flexible Iberian model was very appealing to secular rulers. When Count Floris V created the Order of Saint James in 1290, he sought a courtly structure that could bind powerful nobles and wealthy patricians to the comital crown without requiring them to enter a monastic life. The Spanish blueprint demonstrated how a chivalric order could function as both a prestigious brotherhood and an effective instrument of statecraft.

Interviewer: It is fascinating how historical records survive the centuries. How do the French archives of the Order of the Golden Fleece shed light on your order's history?

Prince Bentheim: They provide a vital case study in early modern historical preservation and legitimacy. A distinct dossier within the Chifflet Collection, preserved at the municipal library of Besançon, contains a detailed correspondence between Jules Chifflet and Thymon van Schoonhoven. Chifflet served as the 19th Chancellor of the Order of the Golden Fleece, while Van Schoonhoven was a prominent patrician and civic administrator from Rotterdam. Together, they utilized the scholarly evidence of the Flemish scholar Petrus Montanus to establish the ancient, continuous lineage of the Dutch chivalric tradition. By formally incorporating these documents into his collection, Chifflet effectively recognized the Order of Saint James, integrating the heritage of the northern Netherlands into the broader Habsburg-Burgundian chivalric context despite the religious and political schisms of the era.

Interviewer: Count Floris V was known for elevating commoners to knights. Can you explain the role of the wealthy Dutch patricians in the formation of the Order?

Prince Bentheim: It was a highly calculated political mechanism designed to secure essential capital and create a loyal counterweight to the traditional aristocracy. Floris V's relentless expansionist policies and geopolitical ambitions generated expenditures that far exceeded traditional feudal revenues, forcing him to rely heavily on the accumulated wealth of the commercial elite. A perfect example is the Utrecht patrician Lambert de Vries, who acted as a chief creditor. After assuming an overwhelming £12,000 Hollands debt liability for the Count in 1291, De Vries was formally knighted by Floris V by 22 April 1292. This elevation was a direct transactional reward for underwriting princely finances, demonstrating how the Count utilized his sovereign authority—the fons honorum—to promote loyal burghers into the nobility.

Interviewer: The Order of Saint James is clearly very internationally oriented today, but it seems this global outlook is deeply rooted in its very foundations. Could you elaborate on how the Order's founder, Count Floris V, approached international diplomacy and how his broad European ambitions ultimately impacted his reign?

Prince Bentheim: As the son of a Holy Roman Emperor (William II), Count Floris V of Holland naturally inherited a broad European perspective, which he further expanded by actively projecting his influence across the major courts of the thirteenth century. Recognizing that his county's prosperity relied heavily on the wool trade, the founder of the Order of Saint James forged strategic, albeit shifting, alliances with powerful monarchs like King Edward I of England and King Philip IV of France, while also marrying Beatrice of Dampierre to broker peace with his rivals in Flanders. His geopolitical ambitions extended well beyond the Low Countries; in 1292, he even crossed the North Sea to assert a dynastic claim to the Scottish throne during the succession crisis known as the Great Cause. Ultimately, this deep entanglement in European high politics sealed his fate, as his decision to shift his allegiance from England to France prompted an angered Edward I to conspire with disgruntled local nobles, resulting in the Count's assassination on 27 June 1296.

Interviewer: The order continues to thrive today. I understand it is now a network of men and women of achievement, including captains of industry operating internationally. Could you tell us more about its current focus on chivalric norms and values, the history of the order, and business development for its members?

Prince Bentheim: Yes, it is a dynamic, global network built on ancient foundations. Today, the Most Noble Equestrian Order of Saint James has evolved into an exclusive, international community of highly accomplished men and women. Membership is by invitation only, and our members are indeed often captains of industry and leaders in their respective fields. While we remain deeply committed to preserving the rich history of the order and upholding traditional chivalric norms and values, we are equally focused on the present and future. We actively foster business development, creating a trusted environment where our members can connect, exchange ideas, and collaborate on an international scale. To give you an example, this September we will host a special gathering that perfectly reflects this balance: it will begin with a solemn religious service to honour our heritage, and the following day we will enjoy a sportive and highly exclusive polo event for our members. Polo is played all over the world, with a strong presence in Argentina, but it also has a wilder history - in Kenya, for instance, I remember that lions first had to be chased off the pitch before our game could even begin! 


Interviewer: Turning to your personal life, you live with your wife, Princess Madeleine, in the beautiful region of Tegernsee in Bavaria, just south of Munich. I understand your son, Prince Maximilian, is also deeply involved as the Vice Governor of the Order of Saint James. Could you share a bit about your family life in this stunning location and what it means to have your son engaged in the Order's leadership?

Prince Bentheim: It is truly a blessing. Princess Madeleine and I deeply cherish our life in Tegernsee. It is a magnificent place; being situated near Munich and so close to Austria and Italy gives the area a wonderful, cross-cultural atmosphere. We live right across the road from the lake, which provides an incredibly peaceful and inspiring environment. As for Maximilian, seeing him step into the role of Vice Governor fills me with immense pride. Having the next generation actively involved ensures that our family's historical legacy and the modern endeavours of the order will continue to flourish for years to come.

Interviewer: Your family’s ties to Spain clearly extend into your personal life as well through your wife, Princess Madeleine. Could you tell us a bit about her connection to the country?

Prince Bentheim: Yes, indeed. Spain holds a very special place in our household. Madeleine grew up in Las Palmas on Gran Canaria, where her father owned a hotel. During those formative years on the island, she attended a convent school, an experience that shaped her deeply and gave her a profound appreciation for the culture. As a result, she speaks Spanish fluently and holds a deep, lifelong affection for the country. Having that vibrant, personal connection to Spain in our daily life makes our family’s historical ties to the Iberian Peninsula feel even more immediate and meaningful.

Interviewer: Thank you so much for your time and for sharing these extraordinary insights into your family's enduring legacy, Your Serene Highness.

Prince Bentheim: You are very welcome; it has been a true pleasure speaking with you today, and I thank you for such a fascinating conversation.

Reference.

(1) Gothaisches Genealogisches Handbuch: Fürstliche Häuser 2018, GGH 7 – Bentheim, II. Linie: Bentheim und Steinfurt, Verlag des Deutschen Adelsarchivs, Marburg 2018, S. 200–208.

Images.

1. Louvre Museum. Edmond de Rothschild Collection. Jacques Charles Bar, Knight of Santiago in Holland. Paris 1778/79.

2. Dirk V (1054–1091), a Frisian count (comes Fresonum) who ruled the territories that would later become known as the County of Holland. He was the son of Gertrude of Saxony and her first husband, Floris I. Source: Hollandse jaar-boeken of Rijm-kronijk van Melis Stoke. Behelsende de geschiedenissen des lands, onder de Princen van het eerste Huis, tot den jare 1305.

3. Coat of arms of the Princes of Bentheim-Steinfurt. From: Coat of Arms. Stemma Verlag: Germany. Published circa 1820. Copper engraving of a coat of arms circa 1820.

4. This photograph was taken on the occasion of the investiture dinner at the Grote Kerk in Dordrecht on May 23, 2026. From left to right: HHS Maximilian Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (Deputy Governor); HHS Carl-Ferdinand Fürst zu Bentheim-Steinfurt, KJH (Head of the House of Bentheim-Steinfurt); HHS Georg-Viktor Prinz zu Bentheim und Steinfurt, KJH (Governor). Photo credit: Princess Madeleine zu Bentheim und Steinfurt, DJH.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

domingo, 30 de agosto de 2026

ÁLVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA: VIDA, LINAJE Y MEMORIA DE UN HIDALGO.

 Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.

El apellido Cabeza de Vaca pertenece a un antiguo linaje castellano con un origen que está envuelto en tradición y leyenda. Su historia ha sido recogida por diversos autores que los señalan en tiempos de la reconquista.

La tradición más extendida —recogida por la historiadora María del Carmen Calderón Berrocal— sitúa el origen del apellido en un topónimo y hecho militar que está estrechamente vinculado con tierras de Badajoz. Según su interpretación, un guía local habría mostrado a las tropas cristianas un paso señalizado por la cabeza de una vaca. Este suceso habría dado nombre tanto al lugar como al linaje.

Otra versión es la difundida en la obra de los hermanos García Carraffa, autores de la monumental Enciclopedia Hispanoamericana de Heráldica, Genealogía y Onomástica. Aquí se afirma que el origen exacto no está completamente probado, pero que la mayoría de los tratadistas coinciden en señalar como progenitor al célebre Martín Alhaja, pastor que habría indicado a las tropas cristianas el camino decisivo en la batalla de las Navas de Tolosa. Añade entonces que por este servicio, el rey Alfonso VIII, le concedió unas armas con cabezas de vaca, dando lugar al origen del apellido y del blasón familiar.

Estos hermanos Carraffa también hablan en su obra de otra línea, en la cual se atribuye el origen a un tal Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, quien ya fue mencionado en la Crónica de Fernando III el Santo, y del que dicen que fue uno de los principales combatientes en la toma del arrabal de Córdoba en el año 1255. No deja de llamar la atención que ambas leyendas coinciden en situar este linaje en el siglo XIII, y ocurre tras unas anécdotas, aun inciertas, pero que revelan la conciencia en el servicio que caracterizará a esta estirpe en los siglos posteriores.

Busto de Cabeza de Vaca de Pilar Cortella de Rubin. Hermann Park, Houston, Texas (EE.UU.). Imagen (CC) Wikimedia Commons.

Pero hoy trataremos de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien nació en Jerez de la Frontera entre los años 1488 y 1490, siendo hijo de Francisco Núñez de Vera y de Teresa Cabeza de Vaca. De casa solar de hijosdalgo, parece ser que nuestro personaje siguió la estela familiar. Sirvió en la guerra de Granada y en campañas italianas. Criado como hidalgo, se formó en las fronteras con una vida austera y un amplio sentido del deber. Con el tiempo se comprobó que gozaba de una generosa capacidad de resistencia, la cual no dependía solamente de la fuerza bruta, sino del tesón. Esta mezcla de firmeza y mesura fueron claves para su supervivencia en tierras desconocidas.

En el año 1527, el Emperador Carlos V, autorizó la expedición de Pánfilo de Narváez para gobernar la Florida. Aquí recibiría Cabeza de Vaca los cargos de tesorero y alguacil mayor, lo que conllevaba gran responsabilidad administrativa y judicial. Para la este encargo la armada reunió cerca de 600 hombres, pero la empresa se vio afectada por tormentas, con pérdidas de navíos, enfermedades y algunos errores en la navegación. En 1528 naufragaron en la costa del golfo y apenas 80 supervivientes alcanzaron tierra en la Florida más occidental. De todos ellos, solamente cuatro lograrían sobrevivir a los años siguientes. Álvar Núñez, Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estebanico, éste último era un esclavo bereber de Dorantes, natural de Azamor, y figura singular por ser uno de los primeros africanos documentados en Norteamérica.

Durante los ocho años siguientes (1528–1536), los cuatro caminaron por territorios completamente desconocidos. Hoy corresponden a Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México y Arizona. Aquella marcha se convirtió en una compleja travesía con cautiverios, trueques, hambre y desplazamientos interminables. Sin duda, esta aventura fue legendaria por el tesón y la fuerza que se necesita para avanzar en lo más desconocido y agreste.

Sabemos que Cabeza de Vaca convivió con los Karankawas, Coahuiltecos, Mariames, Avavares, Quevenes, Jumanos y otras tribus nómadas. Hubo momentos en que vivió como cautivo, pero también ejerció entre tribus rivales como mercader ambulante, transportando conchas, pigmentos y pieles. En su relato describe curaciones que los indígenas interpretaban como sucesos extraordinarios. Él en cambio las presentaba de manera sobria, sin atribuirse facultades sobrenaturales. La percepción indígena no lo veía así, de manera que le otorgaron un prestigio que facilitó su supervivencia.

La marcha hacia el oeste reunió a grupos que incluso acompañaron durante muchas jornadas a los cuatro supervivientes. Al parecer, en algunos tramos, la comitiva comprendía cifras elevadas de personas. Así que la imagen de aquellos hombres caminando descalzos, sin armas y sin ningún tipo de recurso, avanzando por llanuras y desiertos, es algo que sin duda resulta extraordinario. Por el año 1536 cruzan el río Grande, siendo reconocidos por españoles en Culiacán. Después de ocho años la odisea concluiría con un regreso que desde el día de su naufrágio parecía imposible.

De vuelta en España, Cabeza de Vaca publicó su «Relación» en 1542, un libro que hoy se conoce como «Naufragios». La obra posee un alto valor etnográfico y geográfico, también nos ofrece una mirada de los pueblos indígenas del sur de Norteamérica.

Ese mismo año se le nombra adelantado del Río de la Plata, con jurisdicción sobre las provincias del Paraguay y del Plata. En esta segunda etapa de su vida, entre los años 1540 y 1545 fundará la ciudad de Santa Ana. Aquí, por su experiencia de vida, promovió medidas muy benignas para los indígenas, llegando a enfrentarse con colonos que defendían métodos poco ortodoxos. Su forma de gobierno terminaría en un proceso judicial, obligándole a regresar a España. La sentencia inicial fue atenuada, pero su figura quedó marcada por aquella voluntad de gobernar de manera completamente humanitaria.

En sus últimos años redactó los conocidos «Comentarios». Aquí se centraba en sus años de gobierno en el Río de la Plata. Falleció entre los años 1557–1559, probablemente en Sevilla, aunque la documentación no concluye del todo.

Su figura es reconocida por su tremenda capacidad de resistencia. Fue un ejemplo de vida, sorteando dificultades sin depender de las armas. Fue su palabra, el buen trato y su inteligencia la que le permitió sobrevivir en territorios completamente inhóspitos. En sus relatos aparecen las primeras descripciones del bisonte, pero también trata de prácticas chamánicas y de diversas rutas interiores de una tierra completamente desconocida que ningún otro español había recorrido. También protagonizó nuevas expediciones su viejo compañero Estebanico.

Cabeza de Vaca fue una especie de peregrino, caminando miles de kilómetros sin ejército, sin provisiones y ningún elemento o medio, solamente sostenido por su fe y una firmeza interior profunda. Sin duda, la historia y vida de Álvar Cabeza de Vaca es de las más fascinantes del siglo XVI.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

sábado, 29 de agosto de 2026

CUANDO UN TRAIDOR PERDIÓ ESPAÑA.

 

Antonio de Castro García de Tejada
Académico correspondiente de la Academia Belgo- Española de la Historia.

Como ya dejé escrito anteriormente en este medio el día veinticuatro de agosto, decir que la historia es maestra de la vida no es un tópico retórico. Es una realidad. La historia no se repite exactamente pero sí ofrece, con una frecuencia que debería preocuparnos, situaciones que permiten reconocer los mismos errores, las mismas debilidades y, a veces, las mismas esperanzas.

En el año 711 se produjo uno de los grandes acontecimientos de nuestra historia: la caída del reino visigodo de Toledo ante la invasión musulmana. A comienzos de aquel siglo, los visigodos habían construido una monarquía asentada sobre la mayor parte de Hispania, con Toledo como centro político, y mantenían también posiciones en el área del Estrecho y en el norte de África, aunque su dominio africano era limitado y no comparable con el territorio hispano.

¿Quién perdió aquella España? Durante siglos la respuesta se personificó en un traidor, el conde don Julián, supuesto señor de Ceuta, presentado por la tradición como el hombre que, movido por el resentimiento contra el rey Rodrigo, quien habría violentado a una de sus hijas, facilitó la entrada de los musulmanes. Pero aquí la historia obliga a distinguir entre hechos y leyendas. La existencia y el papel exacto de   don Julián son discutidos, y la célebre historia de la afrenta a su hija pertenece, en buena medida, a una elaboración legendaria posterior.

Lo que sí está mucho mejor acreditado es algo quizá más grave: la división del reino. La muerte de Witiza abrió una crisis sucesoria y enfrentó a distintas facciones de la aristocracia visigoda. Rodrigo llegó al trono en circunstancias conflictivas y la rivalidad interna debilitó la capacidad de resistencia del reino. La Crónica mozárabe de 754, nuestra fuente cristiana más cercana a los acontecimientos, refleja precisamente ese clima de división y ambición política.

Más de quinientos años después encontramos un episodio que, sin ser idéntico, invita a reflexionar. En 1212, el mismo año en el que la Cruzada de los Niños partía hacia Jerusalén, y ante el peligro almohade, acudieron a la Península numerosos cruzados ultramontanos, principalmente franceses y procedentes de otras regiones del Occidente europeo. Se esperaba que aquella ayuda reforzara al gran ejército reunido por los reinos peninsulares para enfrentarse al enemigo. Sin embargo, después de la conquista de Calatrava, la inmensa mayoría de aquellos extranjeros abandonó la expedición y regresó a sus tierras precisamente cuando se aproximaba la batalla decisiva, llevándose con ellos como botín de guerra las riquezas que atesoraba la ciudad. La carta contemporánea de Arnau Amalric es terminante: solo permanecieron el arzobispo de Narbona, Teobaldo de Blazón y algunos caballeros de Poitou y otros hombres de armas, apenas unos 150 combatientes sin infantería.

Y, sin embargo, la batalla se libró y se ganó. La victoria de Las Navas de Tolosa fue fundamentalmente obra de los reinos peninsulares y de sus propias fuerzas.

Dos acontecimientos separados por cinco siglos y en circunstancias muy diferentes no deben confundirse. Pero sí pueden hacernos pensar. En 711, la división interna contribuyó decisivamente al derrumbamiento del reino; y en 1212, cuando muchos esperaban de la Europa cristiana una ayuda decisiva, esa ayuda se redujo finalmente a un apoyo mucho menor de lo que se había esperado.

También hoy confiamos en alianzas, tratados y compromisos internacionales. Es razonable confiar en ellos; sería insensato ignorarlos. Pero también sería insensato olvidar una lección elemental de la historia: cuando llega la hora decisiva, ningún pueblo puede descansar enteramente su seguridad en la unidad de los demás ni sustituir con apoyos exteriores la propia cohesión, la propia voluntad y la propia capacidad de defensa.

La historia, efectivamente, es maestra de la vida. Y quizá sus lecciones más útiles sean precisamente aquellas que preferiríamos no tener que aprender dos veces.

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 28 de agosto de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO III-.

El gabinete del vizconde de Malvavisco 
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO III. ORGULLO Y NOBLEZA. 

El orgullo es una cosa delicada. Hay quien lo considera pecado. Otros organizan manifestaciones para celebrarlo. Y en el mundo nobiliario constituye, sencillamente, una forma de presentación.

El castellano ha tenido además la amabilidad de utilizar la palabra «orgullo» para cosas bastante distintas. Puede significar la vanidad de quien se considera superior, pero también la decisión perfectamente razonable de no aceptar que otros conviertan lo que uno siente en motivo de vergüenza. Conviene no confundirlas.

Por lo general, todos tenemos  amigos o conocidos  que son homosexuales. Algunos hablan de ello con absoluta naturalidad y otros apenas lo mencionan. No he encontrado grandes diferencias entre unos y otros, salvo las mismas que encuentro entre el resto de mis amigos: unos son discretos, otros no; algunos tienen buen gusto y otros han cometido errores con la elección de la tapicería de los sofás.

Si por «orgullo gay» se entiende esto último, no tengo nada que objetar. Si se pretende convertir en mérito aquello que no depende de una elección personal, entonces me asalta la misma duda que con la nobleza.

Uno puede sentirse agradecido por lo recibido, vinculado a una historia familiar e incluso responsable de conservar determinadas tradiciones. Pero el mérito exige alguna participación personal en el resultado. No recuerdo haber intervenido en el nacimiento de ninguno de mis antepasados.

Soy católico. No únicamente porque lo fueran mis padres, mis abuelos y una cantidad considerable de personas cuyos retratos no conservamos, sino porque creo. Esto no me ha proporcionado especial vocación por fiscalizar la intimidad ajena. Más bien al contrario: la religión me ha enseñado que antes de examinar la conciencia del prójimo conviene ocuparse de la propia. Bastante trabajo me da.

Nunca he considerado que una orientación, por el hecho de serlo, constituya culpa alguna. Y en cuanto a la vida íntima de mis amigos, procuro aplicar una norma sencilla: si me piden consejo, intento darlo; si me confían algo, lo escucho; y si no me cuentan nada, duermo perfectamente. Aplico el mismo criterio a mis amigos heterosexuales.
Hay confidencias que adquieren una importancia injustificada después del segundo whisky.

Uno de esos amigos pertenece además a una antigua corporación nobiliaria. Nunca me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban los hombres. Tampoco me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban las pruebas de nobleza. He agradecido profundamente ambas omisiones. La amistad mejora mucho cuando uno renuncia a exigir un expediente justificativo de todo.

Lo que sí me ha contado es que en las órdenes y corporaciones nobiliarias hay homosexuales, como los hay en los consejos de administración, las notarías, las parroquias y las asociaciones de vecinos. Me pareció una revelación de alcance limitado. La Humanidad tiene la costumbre de encontrarse allí donde hay seres humanos.

Mi curiosidad cambia de objeto cuando el orgullo abandona la esfera personal y adquiere insignia. La dignidad suele conformarse con que nadie la humille; el orgullo corporativo necesita, además, que alguien lo reconozca y, a ser posible, que quede constancia. A partir de ahí empiezan las ceremonias, las miniaturas y, con cierta frecuencia, las carpetas. Conozco pocas emociones tan intensas como la que manifiesta un caballero inmediatamente después de ser admitido en una corporación nobiliaria: «Es un honor inmenso»; «una responsabilidad»; «la culminación de una tradición familiar»; «un vínculo que transmitiré a mis hijos».

Todo resulta muy conmovedor.

Hasta que seis meses después solicita el ingreso en otra.

En este pequeño mundo es perfectamente habitual pertenecer simultáneamente a varias corporaciones. Hay caballeros que poseen más insignias que chaquetas capaces de soportarlas. Siempre me ha interesado, sin embargo, la velocidad con que un orgullo suficiente puede convertirse en insuficiente.

Mi primo Ataúlfo constituye un caso particularmente instructivo. Hace algunos años ingresó en una corporación de indudable antigüedad y respetable historia. Asistí a la ceremonia.

Ataúlfo llevaba varios días preparándose para ella con una dedicación que no le había conocido desde su boda. Dos tardes antes me llamó para preguntarme si la insignia debía colocarse exactamente a determinada altura de la solapa. Le respondí que, si la continuidad histórica de la corporación dependía de un centímetro, el problema era bastante más grave que su chaqueta.

No agradeció la precisión.

El ingreso se celebró durante una Misa en una iglesia centenaria. Era uno de esos templos en los que las piedras parecen haber asistido a suficientes acontecimientos como para no impresionarse demasiado por ninguno de los presentes.

Llegué con tiempo. Tengo la costumbre de hacerlo cuando voy a Misa. Permite sentarse antes de que comiencen los saludos, la búsqueda de bancos y esa actividad particularmente española que consiste en intentar hablar en voz baja consiguiendo exactamente lo contrario. Me arrodillé un momento.

No todo lo que sucede en una iglesia necesita comentario.

Presidía la celebración un obispo. En los primeros bancos se habían colocado las autoridades de la corporación; detrás, los miembros con sus insignias y los nuevos candidatos, que aguardaban el momento previsto por el ceremonial con una mezcla bastante humana de recogimiento, emoción y preocupación por no equivocarse cuando llegase su turno.

La Misa fue solemne y hermosa. No porque la presencia de la corporación la ennobleciera —la Misa no necesita de nuestros apellidos—, sino porque la liturgia tiene la saludable costumbre de colocar a cada uno en su sitio. El órgano, las voces y el olor del incienso contribuían a apartar durante un rato algunas preocupaciones bastante pequeñas.

El obispo habló en la homilía de servicio, responsabilidad y continuidad. Me pareció oportuno. En determinados ambientes conviene recordar periódicamente que la palabra «servicio» forma parte de la tradición con tanta legitimidad como la palabra «privilegio».

Llegado el momento establecido por el ceremonial fueron llamados los nuevos miembros. Cuando pronunciaron el nombre de Ataúlfo, mi primo avanzó hacia el presbiterio con una gravedad que no le había visto ni siquiera en funerales de parientes próximos. Recibió la insignia, respondió a las fórmulas previstas y regresó a su lugar.


Después de comulgar permaneció unos minutos recogido. No sé qué rezó. Tampoco se me habría ocurrido preguntárselo.

Estaba emocionado.

No hago bromas con eso.

Hay instituciones que consiguen algo difícil: recordarnos que existieron antes de nosotros y que, con un poco de suerte, continuarán existiendo después. Una iglesia antigua ayuda considerablemente a comprenderlo. Allí dentro, rodeado de personas cuyos nombres acabarían desapareciendo y de piedras que probablemente seguirían en su sitio, incluso las preocupaciones de Ataúlfo por la colocación exacta de la insignia parecían recuperar proporciones razonables.

Comprendí su emoción. Precisamente por eso me habría gustado que le durase algo más.

Terminada la celebración hubo las fotografías inevitables. Ataúlfo se retrató con el obispo, con el presidente de la corporación, con dos antiguos miembros, con otros tres recién ingresados y, finalmente, solo. En esta última fotografía adoptó una expresión que intentaba transmitir simultáneamente satisfacción, responsabilidad histórica y cierta modestia.

La modestia fue lo que peor salió.

Aquella misma noche me telefoneó.

—Malvavisco, no puedes imaginar lo que significa para mí.
—Probablemente no.
—Es algo que llevo dentro.
—¿Desde cuándo?

Hubo un silencio.

—Desde siempre.

Ataúlfo había conocido la existencia de la corporación aproximadamente ocho meses antes. No consideré necesario señalarlo.

Durante varias semanas no habló de otra cosa. Mandó imprimir las fotografías, encargó las miniaturas y modificó su biografía para incorporar su nueva condición. Se interesó por la historia de la corporación, adquirió algunas publicaciones y comenzó a utilizar el «nosotros» al referirse a episodios ocurridos dos siglos antes de su nacimiento.

El orgullo había encontrado finalmente domicilio.

Dos meses después vino a verme al gabinete. Traía una carpeta.

Las carpetas de Ataúlfo rara vez anuncian algo bueno.

—Necesito tu opinión —me dijo.

Dentro había un expediente genealógico.

—¿Qué quieres hacer?

Pronunció el nombre de otra corporación. Lo miré.

—Pensaba que estabas extraordinariamente orgulloso de pertenecer a la anterior.
—Y lo estoy.
—Entonces me tranquilizas.

Continuó explicándome que la nueva corporación era diferente: más restringida, más selectiva, históricamente muy importante. Tenía además una ceremonia magnífica y un uniforme que, según me aseguró, «vestía mucho».

Esto último pareció decisivo.

—¿Y cuándo ingreses en esta? —pregunté.
—Estaré orgullosísimo.
—¿Más?

Ataúlfo me miró como si hubiese introducido una categoría filosófica innecesaria.

—Es otro orgullo.

Comprendí.

En el mundo nobiliario, a diferencia de otras actividades humanas, los orgullos no se sustituyen. Se acumulan.

Un caballero puede estar orgulloso de su linaje, de su título, de pertenecer a una corporación, de haber ingresado en otra, de haber recibido una encomienda y, finalmente, de haber sido admitido en una tercera que considera mucho más importante que las dos anteriores, sin que ninguna de estas circunstancias disminuya aparentemente la intensidad de las precedentes. Es una notable capacidad afectiva.

Conozco matrimonios que no resistirían semejante distribución del entusiasmo.

El amigo al que antes me refería llegó cierta tarde mientras Ataúlfo seguía extendiendo sobre mi escritorio certificados de bautismo, partidas matrimoniales y árboles genealógicos. Observó los papeles.

—¿Otra vez? —preguntó.

Ataúlfo se mostró ligeramente molesto.

—Quiero ingresar en otra corporación.

Mi amigo asintió.

—Comprendo.
—¿Tú no quieres?
—No.

Ataúlfo pareció desconcertado.

—¿Por qué?

Mi amigo se encogió de hombros.

—Ya pertenezco a una.

Se produjo un silencio. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y una esquina del techo.

Nunca me había parecido tan expresivo. Ataúlfo recogió lentamente sus documentos.

—Pero podrías pertenecer a las dos.
—También podría tener dos perros —respondió mi amigo—. Y con uno me basta.

Admiré el argumento.

Después de marcharse, Ataúlfo permaneció pensativo.

—Es un poco raro —dijo finalmente.
—¿El qué?
—Que no quiera ingresar.

No respondí. En ciertos ambientes, la verdadera singularidad no consiste en querer pertenecer, sino en saber cuándo basta.

Quizá al final la diferencia sea sencilla. Hay un orgullo que consiste en no consentir que otros nos avergüencen por lo que sentimos. Y hay otro que necesita convencerlos de que somos más de lo que parecemos.

El primero puede ser una forma de dignidad.

El segundo suele acabar necesitando una insignia. 

Y después otra.

El vizconde de Malvavisco.

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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.