Alejandro Riestra Martínez.
- PIEDRA, CIENCIA Y MEMORIA -.
Entre todos
los emblemas militares, pocos resultan tan sobrios y elocuentes como la torre
del Arma de Ingenieros del Ejército español. No es un símbolo de impulso ni de
ímpetu; no corre, no embiste, no alardea. Permanece. Y en esa permanencia se
encierra toda su razón de ser.
La torre es,
ante todo, arquitectura convertida en identidad. Desde la creación del Real
Cuerpo de Ingenieros, establecido por Real Decreto de 17 de abril de 1711, bajo
el reinado de Felipe V, la función esencial del ingeniero militar no fue tanto destruir
como construir para resistir: levantar murallas, proyectar fortificaciones,
diseñar baluartes, calcular ángulos de tiro y dominar el terreno con regla,
compás y ciencia. Allí donde otras armas se definían por el movimiento, el
ingeniero lo hacía por el cálculo previo y la obra duradera.
No es casual
que el símbolo elegido no sea un castillo completo ni una fortaleza grandiosa,
sino una torre aislada. La torre representa el núcleo racional de la defensa,
el punto desde el que se observa, se mide y se decide. Es vigía, pero también
laboratorio; piedra levantada con método. Batalla pensada antes de ser
combatida.
Desde los albores del siglo
XVIII, aunque no he podido localizar Orden ni documento oficial que describa la
adjudicación formal del emblema, la iconografía de la
torre (o del castillo reducido a su elemento esencial) aparece de manera
constante asociada al Cuerpo de Ingenieros en grabados, documentos y uniformes.
Su presencia se consolida a comienzos del siglo XIX, especialmente tras la
creación, en 1802, del Regimiento Real de Zapadores-Minadores, momento a partir
del cual el distintivo del castillo comienza a figurar bordado en cuellos y
bocamangas como signo inequívoco de pertenencia al Arma.
Históricamente,
la torre remite a la gran tradición europea de la ingeniería de fortificación,
heredera directa de la escuela científica inaugurada por Vauban(1) y de la
aplicación sistemática de las matemáticas a la guerra. En España, los
ingenieros militares fueron cartógrafos, arquitectos, topógrafos y
constructores mucho antes de ser combatientes. La torre, por tanto, no es solamente
un adorno heráldico, es una declaración de principios.
A lo largo del
siglo XIX y comienzos del XX, distintas Ordenanzas y Reglamentos del Ejército
mantuvieron este símbolo de forma tácita, sin redefinirlo, precisamente porque
su significado estaba plenamente asumido. El primer hito normativo relevante
llega en el siglo XX. Con motivo del bicentenario del Arma, una Real Orden de
21 de abril de 1911, publicada en el Diario Oficial del Ministerio de la
Guerra, concedió al Arma de Ingenieros la Gran Cruz de la Orden Civil de
Alfonso XII (2), reafirmando institucionalmente su identidad histórica y simbólica,
en la que la torre ocupaba ya un lugar central.
La fijación
técnica del emblema se produce poco después. La Orden de 15 de junio de 1935,
publicada en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, estableció
de manera expresa las características de los emblemas reglamentarios del
Ejército, señalando para Ingenieros un castillo (interpretado ya como torre)
simplificado y único, eliminando variantes anteriores y consolidando su uso
como distintivo exclusivo del Arma.
Tras la última
Guerra Civil, el Reglamento de Uniformidad del Ejército de 1943, aprobado y
difundido en el Boletín Oficial del Estado, ratificó esta configuración,
fijando definitivamente la torre almenada como emblema del Arma de Ingenieros,
ahora en metal dorado, y regulando su colocación en las distintas prendas de
uniforme. Desde entonces, todas las disposiciones posteriores han mantenido
este diseño esencial, variando únicamente aspectos de material o uso, pero
nunca su significado.
Mientras
tanto, el Arma de Ingenieros ampliaba su campo de acción: puentes, caminos,
ferrocarriles, transmisiones, explosivos, electricidad e infraestructuras
críticas. Sin embargo, la torre permaneció. ¿Por qué? Porque simboliza algo que
no cambia: la primacía del conocimiento técnico sobre la improvisación, del
diseño sobre la fuerza bruta, de la solución sólida sobre el gesto efímero.
La torre
también habla de resistencia silenciosa. No avanza, pero tampoco retrocede.
Soporta. Aguanta. Protege. En el mundo beligerante dominado por la velocidad y
el choque, la torre recuerda que hay victorias que se ganan antes, en el plano
de los cálculos, el mapeado y la previsión.
Así, este emblema no busca impresionar, sino representar. No
promete gloria inmediata, sino seguridad a largo plazo. Es piedra, sí, pero
piedra pensada. Y en esa torre, aparentemente inmóvil, late toda la
inteligencia de la guerra bien entendida.
(1)Sébastien
Le Prestre, señor de Vauban, posteriormente marqués de Vauban, fue un mariscal francés y principal ingeniero
militar de su tiempo, afamado por su habilidad tanto en el diseño de
fortificaciones como en su conquista.
(2)De las ramas
de roble y laurel que rodean el emblema cuelga la Gran Cruz de la Orden Civil
de Alfonso XII, concedida al Cuerpo de Ingenieros con motivo del bicentenario
de su creación, por Su Majestad el rey Alfonso XIII, mediante Real Decreto de
21 de abril de 1911, como reconocimiento a sus relevantes servicios a España.
Publicado por
La Mesa de los Notables.

