SABER DESCENDER.
Escribo estas líneas desde mi gabinete. Lo aclaro porque hoy se llama
«gabinete» a demasiadas cosas. Hay gabinetes de comunicación, gabinetes de
crisis, gabinetes de prensa y hasta gabinetes estratégicos, expresión esta
última que suele designar una habitación con tres ordenadores y cinco personas
que no saben exactamente qué hacer con ellos.
El mío es un gabinete de los de antes.
Tiene libros, una chimenea que tira mal, dos sillones de cuero, una
escribanía de plata que jamás utilizo y un secreter francés que perteneció a mi
bisabuela, quien guardaba en él las cartas de sus amantes y las facturas del
carbonero. Mi abuelo destruyó las primeras y conservó las segundas. Siempre he
considerado aquella decisión una desgracia para la historia de mi familia y una
contribución innecesaria a la historia económica de España.
No tengo pisapapeles. En mi familia se han considerado siempre objetos
vulgares. Para mantener los papeles en su sitio utilizamos el Elenco de
Grandezas y Títulos del Reino. Es sobrio, sólido y, en determinadas
circunstancias, extraordinariamente útil.
En las paredes hay algunos retratos. No demasiados. Desconfío de las
casas donde todos los antepasados están pintados. En una familia verdaderamente
antigua tiene que haber, por fuerza, generaciones enteras a las que nadie
consideró conveniente retratar. Preside la estancia un lienzo de enormes
dimensiones. Representa a don Rigoberto de Malvavisco y Peñafría, primer
vizconde de Malvavisco, vestido con uniforme de gala, una mano apoyada sobre un
libro y la otra introducida en la guerrera. Nunca se supo qué libro era. Mi
abuelo sostenía que probablemente tampoco don Rigoberto.
El título le fue concedido por Amadeo de Saboya, circunstancia de la
que mi familia habla con cierta prudencia porque Amadeo tuvo la delicadeza de
reinar en España durante el tiempo suficiente para ennoblecer a mi antepasado y
retirarse inmediatamente después.
Era italiano.
Esto proporciona a algunos miembros de mi familia un argumento
adicional para considerar extranjero cualquier acto regio que no les convenga y
perfectamente español aquel del que proceda algún privilegio. Don Rigoberto
había prestado determinados servicios a la Corona cuya naturaleza nunca he
conseguido averiguar con precisión. En la Real Carta se habla de «los
relevantes méritos y servicios del agraciado», fórmula que considero de una
elegancia extraordinaria porque permite agradecer sin necesidad de explicar.
Lo cierto es que el primer vizconde tenía dos características muy
acusadas. Era malvado. Y era bizco. No son afirmaciones mías. Constan ambas en
la tradición familiar, que es esa rama de la historiografía donde las pruebas
suelen aparecer varios siglos después que las certezas.
Al parecer, el episodio que dio origen al título ocurrió durante una
recepción en Palacio. Conviene recordar que en la Corte existía la antigua
costumbre de no volver jamás la espalda al Rey. Cuando terminaba una audiencia,
el favorecido debía retirarse andando hacia atrás, manteniendo el rostro vuelto
hacia Su Majestad hasta alcanzar una distancia decorosa. Era una de esas normas
cortesanas que conseguían simultáneamente engrandecer al monarca y complicar
extraordinariamente la salida de una estancia.
Don Rigoberto conocía perfectamente el protocolo. Terminada su
audiencia, hizo una reverencia y comenzó a retroceder con considerable
dignidad. Don Amadeo lo observó. Mi antepasado caminaba hacia la puerta mirando
al Rey, como exigía la etiqueta. O eso suponemos. Con don Rigoberto nunca
resultaba completamente sencillo determinar hacia dónde estaba mirando. Su
Majestad siguió contemplándolo mientras se alejaba.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó finalmente.
Un gentilhombre le recordó el nombre y añadió, quizá con exceso de
confianza, que don Rigoberto tenía fama de no ser precisamente una buena
persona. El Rey volvió a mirarlo. A aquellas alturas mi antepasado había
conseguido alcanzar la puerta sin volverle la espalda, hazaña nada desdeñable
teniendo en cuenta que caminaba hacia atrás y miraba simultáneamente en dos
direcciones.
—Malvado y bizco —murmuró don Amadeo.
Según la tradición familiar, un anciano secretario nacido todavía en
tiempos del Virreinato del Río de la Plata, y particularmente dotado para la
síntesis, levantó entonces la vista.
Y así nació el vizcondado.
No puedo garantizar la autenticidad de la historia. Precisamente por
eso goza de enorme prestigio entre mis parientes.
De don Rigoberto me vienen el título y la mirada, aunque ambos llegaron
hasta mí por mi madre. Mi padre, que no aportó ninguno de los dos, siempre
consideró aquello una injusticia. La sucesión por línea materna todavía
desconcierta a ciertos caballeros que aceptan sin dificultad descender de un
rey medieval por veintisiete líneas femeninas, pero encuentran inquietante que
un título pueda llegar a un hombre a través de su madre.
En el retrato, don Rigoberto mira simultáneamente al espectador y a una
consola situada a su derecha. Mi oculista llama a esto estrabismo. Yo prefiero
pensar que los Malvavisco poseemos desde hace siglo y medio el privilegio de
contemplar dos realidades al mismo tiempo.
Resulta particularmente útil en el mundo nobiliario. Permite observar
lo que una persona es mientras se escucha lo que asegura ser.
Debajo del retrato tengo mi escritorio. Esta mañana había sobre él una
carta de mi primo Ataúlfo. Ataúlfo es primo mío por parte de madre y
aristócrata por parte de sí mismo. La distinción no es menor.
Se encuentra de viaje por Hispanoamérica, continente al que acude
periódicamente a comprobar que los descendientes de los conquistadores han
sobrevivido sin su supervisión. Lleva tres semanas recorriendo varios países.
Viaja con dos maletas: una para la ropa y otra para las corbatas, insignias,
miniaturas, credenciales y documentos capaces de demostrar, llegado el caso,
que no es una persona cualquiera. Nunca he sabido cuál de las dos teme más
perder.
Su carta comenzaba:
Querido Malvavisco:
Te escribo desde una ciudad maravillosa cuyo nombre omito porque
desconozco si esta carta llegará antes que yo y no deseo alarmar a nadie.
Ataúlfo conserva la costumbre de escribir cartas en papel. Afirma que
el correo electrónico carece de dignidad. Después las fotografía con el
teléfono y me las manda por WhatsApp. Mi secretario tiene orden de imprimirlas
y dejarlas sobre mi escritorio. No veo por qué he de sostener un teléfono
durante cuatro páginas para respetar las extravagancias epistolares de un
primo.
Continué leyendo. Me explicaba que la víspera había ido a cenar a un
pequeño restaurante recomendado por el conductor del hotel. Al parecer, el
establecimiento era modesto. Esto inquietó a Ataúlfo. Mi primo puede soportar
el hambre, pero no la familiaridad. Antes de sentarse llamó discretamente al
camarero y le dijo:
—Le agradeceré que me trate usted con suma corrección. Desciendo de la
nobleza.
El camarero lo miró durante unos segundos.
—Pues debe de haber descendido muchísimo, señor, para venir a comer
aquí.
Dejé la carta sobre la mesa. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto miró
hacia mí y hacia la consola. Permanecimos así un rato. Debo reconocer que sentí
simpatía por aquel camarero. Hay personas capaces de resumir en una frase lo
que las ciencias históricas necesitan varios congresos internacionales para
explicar. Porque descender constituye uno de los grandes problemas de nuestro
pequeño mundo.
Todo el mundo desciende de alguien. Lo verdaderamente delicado es saber
hasta dónde. Unos descienden de Carlomagno. Otros de Alfonso X. Algunos de los
emperadores de Bizancio. Conozco incluso a un caballero que ha conseguido
enlazar su genealogía con un senador romano. Le pregunté una vez dónde había
encontrado la documentación correspondiente.
—Estoy terminando de demostrarlo —me respondió.
Admiré el método.
Mi primo Ataúlfo desciende, efectivamente, de personas de muy
respetable condición. Lo que nunca he comprendido es por qué considera
necesario comunicárselo a los camareros. Un antepasado ilustre debería
parecerse a una buena educación: se nota sin necesidad de anunciarlo.
Además, la nobleza hereditaria presenta una peculiaridad que algunos
parecen olvidar. Se recibe sin mérito propio. No hay nada especialmente heroico
en haber escogido correctamente a los bisabuelos. Yo mismo soy vizconde porque
don Rigoberto fue malvado, bizco y tuvo la precaución de engendrar
descendencia. Mi contribución al proceso ha sido francamente limitada.
Ataúlfo terminaba su carta indignado: «Naturalmente, no dejé propina».
Ahí sí tuve que censurarlo. La gravedad del asunto justificaba incluso el uso
de WhatsApp, instrumento que procuro reservar para fallecimientos, cambios de
hora en los almuerzos y faltas graves de educación. Le respondí inmediatamente:
Querido Ataúlfo:
Has cometido un error. Ese hombre merece, como mínimo, una encomienda.
Antes de abandonar esa ciudad, vuelve al restaurante, dale una buena
propina y procura no explicarle quiénes fueron tus antepasados.
(Existe siempre el peligro de que te pregunte quién eres tú).
Un abrazo,
Malvavisco.
Dejé la carta sobre el escritorio y volví a mirar el retrato del primer
vizconde. A veces pienso que los títulos nobiliarios son una magnífica
institución. Nos recuerdan permanentemente que podemos recibir de nuestros
antepasados un nombre, una historia, una casa, alguna tierra y, con suerte,
determinados objetos de plata. La importancia personal, por desgracia, no figura entre los bienes hereditarios. Esa tenemos que demostrarla nosotros.
Y suele ser precisamente ahí donde empiezan los problemas.
El vizconde de Malvavisco.
Publicado por La Mesa de los Notables.


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