viernes, 14 de agosto de 2026

EL GABINETE DEL VIZCONDE DE MALVAVISCO, UNA MIRADA DISTINTA AL MUNDO NOBILIARIO (I).

 

 SABER DESCENDER.

Escribo estas líneas desde mi gabinete. Lo aclaro porque hoy se llama «gabinete» a demasiadas cosas. Hay gabinetes de comunicación, gabinetes de crisis, gabinetes de prensa y hasta gabinetes estratégicos, expresión esta última que suele designar una habitación con tres ordenadores y cinco personas que no saben exactamente qué hacer con ellos.

El mío es un gabinete de los de antes.

Tiene libros, una chimenea que tira mal, dos sillones de cuero, una escribanía de plata que jamás utilizo y un secreter francés que perteneció a mi bisabuela, quien guardaba en él las cartas de sus amantes y las facturas del carbonero. Mi abuelo destruyó las primeras y conservó las segundas. Siempre he considerado aquella decisión una desgracia para la historia de mi familia y una contribución innecesaria a la historia económica de España.

No tengo pisapapeles. En mi familia se han considerado siempre objetos vulgares. Para mantener los papeles en su sitio utilizamos el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino. Es sobrio, sólido y, en determinadas circunstancias, extraordinariamente útil.

En las paredes hay algunos retratos. No demasiados. Desconfío de las casas donde todos los antepasados están pintados. En una familia verdaderamente antigua tiene que haber, por fuerza, generaciones enteras a las que nadie consideró conveniente retratar. Preside la estancia un lienzo de enormes dimensiones. Representa a don Rigoberto de Malvavisco y Peñafría, primer vizconde de Malvavisco, vestido con uniforme de gala, una mano apoyada sobre un libro y la otra introducida en la guerrera. Nunca se supo qué libro era. Mi abuelo sostenía que probablemente tampoco don Rigoberto.

El título le fue concedido por Amadeo de Saboya, circunstancia de la que mi familia habla con cierta prudencia porque Amadeo tuvo la delicadeza de reinar en España durante el tiempo suficiente para ennoblecer a mi antepasado y retirarse inmediatamente después.

Era italiano.

Esto proporciona a algunos miembros de mi familia un argumento adicional para considerar extranjero cualquier acto regio que no les convenga y perfectamente español aquel del que proceda algún privilegio. Don Rigoberto había prestado determinados servicios a la Corona cuya naturaleza nunca he conseguido averiguar con precisión. En la Real Carta se habla de «los relevantes méritos y servicios del agraciado», fórmula que considero de una elegancia extraordinaria porque permite agradecer sin necesidad de explicar.

Lo cierto es que el primer vizconde tenía dos características muy acusadas. Era malvado. Y era bizco. No son afirmaciones mías. Constan ambas en la tradición familiar, que es esa rama de la historiografía donde las pruebas suelen aparecer varios siglos después que las certezas.

Al parecer, el episodio que dio origen al título ocurrió durante una recepción en Palacio. Conviene recordar que en la Corte existía la antigua costumbre de no volver jamás la espalda al Rey. Cuando terminaba una audiencia, el favorecido debía retirarse andando hacia atrás, manteniendo el rostro vuelto hacia Su Majestad hasta alcanzar una distancia decorosa. Era una de esas normas cortesanas que conseguían simultáneamente engrandecer al monarca y complicar extraordinariamente la salida de una estancia.

Don Rigoberto conocía perfectamente el protocolo. Terminada su audiencia, hizo una reverencia y comenzó a retroceder con considerable dignidad. Don Amadeo lo observó. Mi antepasado caminaba hacia la puerta mirando al Rey, como exigía la etiqueta. O eso suponemos. Con don Rigoberto nunca resultaba completamente sencillo determinar hacia dónde estaba mirando. Su Majestad siguió contemplándolo mientras se alejaba.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó finalmente.

Un gentilhombre le recordó el nombre y añadió, quizá con exceso de confianza, que don Rigoberto tenía fama de no ser precisamente una buena persona. El Rey volvió a mirarlo. A aquellas alturas mi antepasado había conseguido alcanzar la puerta sin volverle la espalda, hazaña nada desdeñable teniendo en cuenta que caminaba hacia atrás y miraba simultáneamente en dos direcciones.

—Malvado y bizco —murmuró don Amadeo.

Según la tradición familiar, un anciano secretario nacido todavía en tiempos del Virreinato del Río de la Plata, y particularmente dotado para la síntesis, levantó entonces la vista.

Malva... visco.

Y así nació el vizcondado.

No puedo garantizar la autenticidad de la historia. Precisamente por eso goza de enorme prestigio entre mis parientes.

De don Rigoberto me vienen el título y la mirada, aunque ambos llegaron hasta mí por mi madre. Mi padre, que no aportó ninguno de los dos, siempre consideró aquello una injusticia. La sucesión por línea materna todavía desconcierta a ciertos caballeros que aceptan sin dificultad descender de un rey medieval por veintisiete líneas femeninas, pero encuentran inquietante que un título pueda llegar a un hombre a través de su madre.

En el retrato, don Rigoberto mira simultáneamente al espectador y a una consola situada a su derecha. Mi oculista llama a esto estrabismo. Yo prefiero pensar que los Malvavisco poseemos desde hace siglo y medio el privilegio de contemplar dos realidades al mismo tiempo.

Resulta particularmente útil en el mundo nobiliario. Permite observar lo que una persona es mientras se escucha lo que asegura ser.



Debajo del retrato tengo mi escritorio. Esta mañana había sobre él una carta de mi primo Ataúlfo. Ataúlfo es primo mío por parte de madre y aristócrata por parte de sí mismo. La distinción no es menor. 

Se encuentra de viaje por Hispanoamérica, continente al que acude periódicamente a comprobar que los descendientes de los conquistadores han sobrevivido sin su supervisión. Lleva tres semanas recorriendo varios países. Viaja con dos maletas: una para la ropa y otra para las corbatas, insignias, miniaturas, credenciales y documentos capaces de demostrar, llegado el caso, que no es una persona cualquiera. Nunca he sabido cuál de las dos teme más perder.

Su carta comenzaba:

Querido Malvavisco:
Te escribo desde una ciudad maravillosa cuyo nombre omito porque desconozco si esta carta llegará antes que yo y no deseo alarmar a nadie.

Ataúlfo conserva la costumbre de escribir cartas en papel. Afirma que el correo electrónico carece de dignidad. Después las fotografía con el teléfono y me las manda por WhatsApp. Mi secretario tiene orden de imprimirlas y dejarlas sobre mi escritorio. No veo por qué he de sostener un teléfono durante cuatro páginas para respetar las extravagancias epistolares de un primo.

Continué leyendo. Me explicaba que la víspera había ido a cenar a un pequeño restaurante recomendado por el conductor del hotel. Al parecer, el establecimiento era modesto. Esto inquietó a Ataúlfo. Mi primo puede soportar el hambre, pero no la familiaridad. Antes de sentarse llamó discretamente al camarero y le dijo:

—Le agradeceré que me trate usted con suma corrección. Desciendo de la nobleza.

El camarero lo miró durante unos segundos.

—Pues debe de haber descendido muchísimo, señor, para venir a comer aquí.

Dejé la carta sobre la mesa. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto miró hacia mí y hacia la consola. Permanecimos así un rato. Debo reconocer que sentí simpatía por aquel camarero. Hay personas capaces de resumir en una frase lo que las ciencias históricas necesitan varios congresos internacionales para explicar. Porque descender constituye uno de los grandes problemas de nuestro pequeño mundo.

Todo el mundo desciende de alguien. Lo verdaderamente delicado es saber hasta dónde. Unos descienden de Carlomagno. Otros de Alfonso X. Algunos de los emperadores de Bizancio. Conozco incluso a un caballero que ha conseguido enlazar su genealogía con un senador romano. Le pregunté una vez dónde había encontrado la documentación correspondiente.

—Estoy terminando de demostrarlo —me respondió.

Admiré el método.

Mi primo Ataúlfo desciende, efectivamente, de personas de muy respetable condición. Lo que nunca he comprendido es por qué considera necesario comunicárselo a los camareros. Un antepasado ilustre debería parecerse a una buena educación: se nota sin necesidad de anunciarlo.

Además, la nobleza hereditaria presenta una peculiaridad que algunos parecen olvidar. Se recibe sin mérito propio. No hay nada especialmente heroico en haber escogido correctamente a los bisabuelos. Yo mismo soy vizconde porque don Rigoberto fue malvado, bizco y tuvo la precaución de engendrar descendencia. Mi contribución al proceso ha sido francamente limitada.

Ataúlfo terminaba su carta indignado: «Naturalmente, no dejé propina». Ahí sí tuve que censurarlo. La gravedad del asunto justificaba incluso el uso de WhatsApp, instrumento que procuro reservar para fallecimientos, cambios de hora en los almuerzos y faltas graves de educación. Le respondí inmediatamente:

Querido Ataúlfo:
Has cometido un error. Ese hombre merece, como mínimo, una encomienda.
Antes de abandonar esa ciudad, vuelve al restaurante, dale una buena propina y procura no explicarle quiénes fueron tus antepasados.

(Existe siempre el peligro de que te pregunte quién eres tú).

Un abrazo,
Malvavisco.

Dejé la carta sobre el escritorio y volví a mirar el retrato del primer vizconde. A veces pienso que los títulos nobiliarios son una magnífica institución. Nos recuerdan permanentemente que podemos recibir de nuestros antepasados un nombre, una historia, una casa, alguna tierra y, con suerte, determinados objetos de plata. La importancia personal, por desgracia, no figura entre los bienes hereditarios. Esa tenemos que demostrarla nosotros.

Y suele ser precisamente ahí donde empiezan los problemas.

El vizconde de Malvavisco.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 13 de agosto de 2026

RUI GONZÁLEZ DE CLAVIJO Y EL VIAJE QUE CAMBIÓ LA MIRADA DE EUROPA.

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez. 

Entre las grandes epopeyas de la historia de España, destaca la figura del, para muchos desconocido, Rui González de Clavijo, embajador de Enrique III de Castilla ante el poderoso Sultán Tamorlán, en Samarcanda (situada en la actual Uzbekistán). Este personaje, de claro origen riojano, se convirtió en testigo privilegiado de un mundo que agonizaba, frente a otro que surgía con fuerza. Su viaje, realizado entre los años 1403 y 1406, constituye una de las más extraordinarias empresas diplomáticas que tuvieron lugar en la Edad Media. Es comparable, tanto por su arrojo como por su amplitud de miras, a las misiones franciscanas que un siglo antes habían sido enviadas a la corte de los kanes mongoles. Pero González de Clavijo ni fue fraile ni misionero, era un cortesano castellano, diría que un hombre de mundo al que envía un rey en busca de alianzas, en un tiempo en que Tamorlán —Timur Leng, el cojo— resonaba con mucha fuerza.

Esta embajada castellana nació como un suceso que parecía casi milagroso. La derrota del sultán otomano Bayaceto I a manos de Tamorlán, en la conocida batalla de Ankara, en 1402. En ese momento toda Europa respiró aliviada porque el avance otomano que amenazaba Constantinopla y, por extensión, toda la frontera espiritual de la cristiandad había sido detenida por un conquistador asiático. Su enemistad con los turcos abrió una oportunidad diplomática inédita. Enrique III decidió enviar una embajada para intentar explotar la posibilidad de una alianza contra el enemigo común. En realidad, no era una cruzada al uso, se trataba más de un movimiento político.

Nuestro Embajador partió de Sanlúcar de Barrameda en el mes de mayo de 1403. Le acompañaban Alfonso Páez y Gómez de Salazar. En un itinerario que fue recogido minuciosamente en la Embajada a Tamorlán y que es, sin duda, un documento de valor incalculable por la descripción de tierras remotas, como también por la visión que nos ofrece de un mundo que se abría ante todos. El viaje por el Mediterráneo, la llegada a Constantinopla, en donde Clavijo trató con el emperador Manuel II, su avance hacia Trebisonda y Persia, constituyen una secuencia que parece extraída de un libro de aventuras. Ciudades que agonizaban, puertos en que convergían mercaderes genoveses, armenios y árabes, como también kilómetros de caravanas que se perdían en la inmensidad de los caminos.

Su llegada a Samarcanda, capital del imperio timúrida, fue el punto culminante de su crónica. El Embajador nos hace una descripción de una ciudad que parece un sueño. Habla de jardines grandiosos, mezquitas con azules imposibles, mercados en donde se mezclan las codiciadas especias, sedas e incluso esclavos. Es la corte de Tamorlán, la cual, según su testimonio, era un complejo hervidero de embajadores que procedían de todas las latitudes. Allí coincidió con chinos, indios, turcos, persas, árabes y cristianos. Era un cruce de mundos y le hizo comprender que estaba frente a un soberano único, capaz de dominar y atraer a todo tipo de pueblos.

Tamorlán recibió a González de Clavijo quien lo describió como un anciano de mirada penetrante, que era plenamente consciente de su poder y de su destino. En su crónica no se aprecian exageraciones, por lo que estamos ante un Embajador que analizó de forma natural sin dejarse seducir por las leyendas, entre las cuales sí menciona algunas, aunque las toma con cautela. Ejemplo de todo esto es la supuesta profecía que anunciaba que su tumba no debía ser abierta, so pena de desatar un desastre, porque la creencia decía que su origen era muy noble y que descendía del mismísimo Gengis Kan. Las fuentes modernas lo desmienten, como también ocurrió con esa idea difundida en ciertos círculos de que Tamorlán podría convertirse al cristianismo. Esa última, más deseo que realidad, fue alimentada por la esperanza de obtener una alianza contra los turcos. González de Clavijo, sin embargo, no la sostuvo cuando señaló que el conquistador era un musulmán devoto, aunque también apuntaba que era tolerante con otras confesiones cuando le convenía.

El valor de esta Embajada residió en su precisión, porque nuestro personaje describió los rituales cortesanos, las costumbres de los pueblos que fue encontrándose en el largo camino, la organización militar timúrida, la arquitectura de Samarcanda e incluso los banquetes, en donde servían carnes especiadas y vinos dulces. Su mirada es la de un hombre prudente, de quien sabe que está escribiendo para la posteridad. Nuestro embajador no es un fabulador, hace las funciones de notario del reino de Castilla y para el mundo.

El regreso a Castilla, tras la muerte de Tamorlán en 1405, se presenta como un viaje de desolación. El imperio timúrida empezaba a fragmentarse y Clavijo regresa con la certeza de que había asistido al final de una era. En realidad, su misión diplomática no alcanzó la alianza formal que buscaba, pero debemos afirmar que dejó un testimonio que, siglos después, sigue siendo el vivo retrato de un mundo desaparecido. La embajada del rey Enrique III, es, en cierto modo, el último sonido medieval antes de que Europa comience la expansión atlántica y de que Oriente entre en un ciclo de profundas transformaciones.

Cuando uno vuelve a leer las páginas del diario de Rui González de Clavijo, siente que la historia sigue viva. Uno siente como el polvo de Samarcanda está presente, mientras el anciano Tamorlán sostiene su copa de oro. El lector disfruta viendo como los embajadores castellanos avanzan fatigados por rutas desconocidas hasta ese momento, las que unían Constantinopla con Persia.

Imagen: Placas situadas en Madrid (superior) y dándo nombre a una calle en Samarcanda (inferior). 

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LA XII FIESTA BENÉFICA DE "PEQUEÑA NOWINA".

Pilar de Vicente.

En una velada marcada por la solidaridad y el compromiso social, el majestuoso Castillo de San Marcos, en El Puerto de Santa María, se vistió de gala el pasado 7 de agosto de 2026 para celebrar la XII Fiesta Benéfica organizada por la ONGD Pequeña Nowina.

A partir de las 21:30 horas, el histórico enclave, fortaleza del siglo XIII erigida sobre una antigua mezquita por Alfonso X el Sabio después de la toma de la ciudad durante la Reconquista, se convirtió en el epicentro de una causa noble que busca transformar la vida de mujeres y niñas en situación de vulnerabilidad.

El evento contó con una extraordinaria acogida, reuniendo a cerca de 350 personas unidas por el deseo de generar un impacto positivo. Fue especialmente notable la presencia de una nutrida asistencia de miembros de corporaciones nobiliarias, quienes quisieron mostrar su apoyo a esta labor humanitaria. Entre ellos, cabe destacar la presencia del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, representado por la Ilma. Sra. Dña. Pilar María de Vicente y Trapiello.


La Labor de Pequeña Nowina.

La ONGD Pequeña Nowina, presidida por Cristina Martínez Caballero, nació a principios de 2015 con una misión clara: dotar de herramientas a niñas y mujeres vulnerables, fundamentalmente en África y América Latina, a las pequeñas Musu, Fere Musu, Fina, Kadiatu y muchas otras, procurándoles herramientas para que sean autosuficientes y puedan tomar sus propias decisiones desde la libertad.

El origen de la organización se remonta a las experiencias vividas por una de sus fundadoras en Sierra Leona desde 2012, donde fue testigo directo de las profundas desigualdades y la discriminación que sufren las mujeres en contextos de pobreza extrema.

Para cumplir con este propósito, la ONGD articula su trabajo a través de tres ejes fundamentales:
•Proyectos en terreno: Apoyo y financiación de cooperación al desarrollo social, económico y político, colaborando estrechamente con entidades locales para crear contextos favorables.
•Labor de sensibilización: Concienciar a los distintos actores, tanto en países desarrollados como en desarrollo, para convertirlos en verdaderos agentes de cambio.
•Dinamizadores del desarrollo: Apostar por la eficiencia, el trabajo en equipo, la creación de alianzas y la optimización de recursos para unir fortalezas.

Iniciativas y proyectos destacables.

•Proyecto "La Receta de la Esperanza" (Sierra Leona):
Desarrollado en colaboración con la empresa Ybarra Alimentación, una treintena de entidades colaboradoras y más de cien colaboradores y voluntarios. Consistió en la construcción, equipamiento y puesta en marcha de una Escuela de Hostelería dentro de la Escuela de Oficios para mujeres "María Inés Vocational" de las Misioneras Clarisas en Lunsar. El proyecto dotó a las instalaciones de cocinas industriales, hornos, frigoríficos y menaje, además de solucionar problemas críticos de suministros mediante la instalación de paneles solares y un tanque de agua potable. Permite proporcionar formación profesional y casi doscientas comidas diarias para impulsar la independencia económica de las mujeres locales.

•Programas de escolarización y becas para niñas en escuelas remotas (Sierra Leona):
Centrados en garantizar el acceso a la educación y la nutrición a niñas en situación de vulnerabilidad extrema.

•Iniciativas de ayuda humanitaria y desarrollo sanitario:
Financiación y apoyo logístico para remediar carencias básicas de salud, infraestructuras y progreso social en comunidades desfavorecidas de África y América Latina.

Con el lema "Ilumina vidas, construye futuro", la XII Fiesta Benéfica no solo permitió recaudar fondos esenciales para continuar con esta loable labor, sino que reforzó la importancia de la colaboración entre distintos sectores de la sociedad para construir puentes de aprendizaje mutuo y esperanza entre países. Un evento que, una vez más, demostró que la solidaridad no tiene fronteras.

Más información: https://nowina.org/

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 11 de agosto de 2026

¿SE GENERA LA NOBLEZA DE SANGRE A PARTIR DE LA TERCERA GENERACIÓN?

Antonio de Castro García de Tejada
Caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III. 

Algunas asociaciones contemporáneas sostienen que «la posesión de la nobleza personal durante tres generaciones consecutivas por línea de varón, da origen a la nobleza de sangre». También he leído algún autor que incurre en una confusión entre el origen del derecho y los medios de prueba de la hidalguía, afirmar que «la nobleza de sangre o hidalguía se adquiere por ser hijo de padre hidalgo, descendiente de tales, siempre que hubiesen transcurrido, al menos, tres generaciones en posesión de la nobleza… ».

Esta afirmación, presentada como una regla básica del Derecho nobiliario español, y repetida por tantos, merece ser revisada a la luz de las fuentes históricas.
El principal problema de esta tesis consiste en que confunde el nacimiento del derecho con la consolidación de su prueba.

Cuando un monarca concedía una hidalguía por privilegio, el beneficiario adquiría inmediatamente la condición de hidalgo. No recibía una expectativa de nobleza ni una dignidad incompleta, sino un verdadero estado jurídico. A partir de ese momento, sus descendientes heredaban esa condición conforme a los principios generales de la hidalguía.

De ello se sigue una consecuencia lógica difícil de eludir: el hijo de quien ha recibido por su persona un privilegio de hidalguía ya es hidalgo por sangre, porque no recibe la hidalguía directamente del Rey, sino por filiación. La causa inmediata de su nobleza ya no es la gracia regia, sino la condición de su padre. Con el paso de las generaciones no nacen sucesivas hidalguías, ni es preciso que cada generación reciba una nueva concesión de nobleza. La hidalguía constituía un genuino estatus jurídico que se transmitía hereditariamente de padres a hijos. Lo que pasa de una generación a otra no son nuevas mercedes, sino el mismo privilegio originario, cuya eficacia jurídica se perpetúa por sucesión.

Esta conclusión resulta, además, coherente con la argumentación que desarrollé en el estudio publicado en La Mesa de los Notables el 29 de julio de 2026, donde se sostiene que en el Derecho nobiliario histórico castellano, la hidalguía personal concedida por privilegio tenía carácter hereditario con carácter general, salvo que el propio monarca hubiera establecido expresamente una limitación de su transmisibilidad. 

En otras palabras, la transmisibilidad no constituía una excepción que hubiera de concederse expresamente, sino la regla general del ordenamiento, siendo la restricción de la sucesión la que debía aparecer de forma expresa en la carta de concesión. Si la merced era transmisible desde su origen, resulta jurídicamente difícil sostener que la nobleza de sangre sólo naciera tres generaciones después, pues desde la primera transmisión hereditaria la hidalguía dejaba de proceder inmediatamente del privilegio regio para tener como causa directa la filiación. 

La concesión de la nobleza personal a los vecinos y defensores de Zaragoza1 como a sus descendientes, así como la nobleza de los coroneles2 que ennoblecen a su decendencia llegando de forma natural a sus nietos, lo refrendan.

La documentación de la Cancillería castellana confirma esta interpretación. En las provisiones y ejecutorias se habla de «hijo de hidalgo», «nieto de hidalgo» o «hidalguía de padre y abuelo», pero nunca se afirma que la nobleza nazca en la tercera generación. La referencia al padre y al abuelo tiene una finalidad probatoria: acreditar la continuidad pública y notoria de una hidalguía ya existente, no crear una nueva categoría jurídica.

La propia interpretación de las Partidas conduce al mismo resultado. Cuando Alfonso X exige la notoriedad del padre, del abuelo hasta el cuarto grado que llaman bisabuelos, añade inmediatamente la razón: «porque de aquel tiempo adelante non se pueden acordar los omes». Es decir, el criterio responde al límite ordinario de la memoria humana y de la prueba, no al momento en que nace la nobleza.

La tesis de las tres generaciones conduce, además, a una contradicción difícilmente conciliable con la lógica jurídica. Si la nobleza de sangre sólo surgiera en la tercera generación, habría que admitir que el hijo y el nieto del primer privilegiado todavía no serían nobles de sangre. Pero entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué condición transmitían ellos a sus hijos? Ningún derecho hereditario puede transmitirse antes de existir. Si la hidalguía pasa de padre a hijo, desde la primera transmisión ya es una hidalguía hereditaria, es decir, una hidalguía de sangre.

Las ejecutorias de hidalguía no solo reconocían la hidalguía al litigante, sino que declaraban judicialmente que el litigante, su padre y su abuelo habían sido y debían ser tenidos por hidalgos, los tres actos positivos no hacen nacer la nobleza de sangre, sino que acreditan la transmisión ininterrumpida de una hidalguía preexistente. La sentencia no crea el derecho; reconoce y fija jurídicamente un estado noble que ya existía con anterioridad.

Por ello, la afirmación de que «la posesión de la nobleza personal durante tres generaciones consecutivas da origen a la nobleza de sangre» no encuentra un apoyo expreso en el lenguaje de las fuentes castellanas conocidas. Lo que éstas muestran es una realidad distinta: la hidalguía nace con la concesión o con el reconocimiento jurídico; la nobleza de sangre nace con la primera transmisión hereditaria; y las generaciones sucesivas fortalecen únicamente la notoriedad y la prueba de un derecho ya existente.

La práctica forense de las Reales Chancillerías confirma esta interpretación. La inmensa mayoría de las ejecutorias declaran al pretendiente hidalgo por haber probado que él mismo, su padre y su abuelo habían sido pública y constantemente tenidos y reputados por hidalgos, junto con la afirmación de que tal condición procedía de tiempo inmemorial, expresión que no constituía una prueba literal de un origen imposible de demostrar, sino una fórmula jurídica destinada a expresar la antigüedad y continuidad del estado noble. Los tres actos positivos no consistían tres concesiones distintas de nobleza, sino tres manifestaciones sucesivas de un mismo estado jurídico concedido y heredado del abuelo, acreditadas mediante padrones, exenciones fiscales, desempeño de oficios, testimonios u otros hechos reveladores de la posesión pública de la hidalguía. La ejecutoria no creaba ese estado, sino que declaraba judicialmente que había quedado suficientemente probado.

CONCLUSIÓN.

Esta interpretación encuentra, apoyo en la propia legislación histórica. La regla de las tres generaciones no pertenece al ámbito del nacimiento o adquisición de la hidalguía, sino al de la estabilidad procesal del derecho. Cuando las leyes castellanas disponen que la posesión de la hidalguía durante tres generaciones «se tenga por cosa juzgada», no están afirmando que la nobleza de sangre nazca en ese momento, sino que, acreditada una posesión continuada durante tres generaciones, el derecho queda definitivamente consolidado para cada una de las generaciones acreditadas y para las venideras, no pudiéndose volver a ser discutido judicialmente, salvo en los supuestos excepcionales previstos por la ley. Se trata, por tanto, de una institución procesal destinada a garantizar la seguridad jurídica, no de una regla sustantiva sobre el origen de la hidalguía.

Debe añadirse una consideración esencial para comprender el alcance actual del Derecho nobiliario histórico. La Ley XXII del Título XXVII, Libro XI de la Novísima Recopilación, que recoge la Pragmática de Felipe IV de 10 de febrero de 1623, exigía que los actos positivos de nobleza fueran calificados por «Tribunales graves y enteros» o por las instituciones expresamente designadas por la ley, a fin de garantizar el rigor de su valoración y sus efectos de cosa juzgada.

Desaparecidos esos tribunales y el sistema jurisdiccional del Antiguo Régimen, ya no existe el órgano competente para calificar jurídicamente esos actos positivos con los efectos que la ley les atribuía.
Algunos autores sostienen que, desaparecidos los privilegios históricos de la hidalguía, ésta subsiste -al no haber sido expresamente derogada- como una mera condición honorífica. Sin embargo, esta interpretación confunde el origen de aquella consideración honorífica con su mera apariencia formal.

Actualmente, sin un reconocimiento procedente de la Corona o de los poderes públicos competentes, la hidalguía carece de todo cauce de reconocimiento jurídico. Por ello, su eventual pervivencia resulta irrelevante para el Derecho positivo vigente y sólo puede entenderse como una referencia histórica.

La condición honorífica del hidalgo no era una cualidad autónoma, sino la consecuencia del estatuto jurídico privilegiado que el ordenamiento le reconocía. El honor público de la hidalguía nacía precisamente de las exenciones, prerrogativas y preeminencias inherentes a esa condición. Derogados tales privilegios, desapareció también el fundamento jurídico de aquella consideración honorífica, por lo que difícilmente puede sostenerse que la hidalguía subsista hoy como una categoría honorífica reconocible por el Derecho.

Desde esta perspectiva, la hidalguía, aun admitiendo hipotéticamente su pervivencia histórica, ha perdido toda relevancia jurídica y también el fundamento de la consideración honorífica que históricamente la acompañaba, quedando reducida a una institución de interés histórico, pero privada de contenido jurídico, honorífico e institucional resultando una materia inconsistente, periclitada e irrelevante para el Derecho positivo vigente.

1.- Legajo número 393 de la sección de Mercedes y Privilegios, del Archivo General de Simancas.
Real Carta “para que si el padre y el abuelo de Gonzalo Rodríguez de Sotelo… fueron hijosdalgos y como tales no han contribuido en pechos se les guarde a él tal exención .”
1477, Cáceres, Real Carta “ Para las justicias; que si su marido fue hidalgo de padre e ahuelo y en tal posesión estuvo…. Guarde a su mujer su exención.”
1478, Sevilla, “Johan Núñez Tenorio, fijo de Juan Núñez Tenorio e otros hermanos suyos que les guarden su fidalguía de padre y abuelo …”
1478, Sevilla Fernand González Fidalgo , vecinos de Sabiote que si así es que son fijos de dicho Ferrand González e mostrasen cartas e exenciones de los fidalgos, ge la guarden.
2.- Real Decreto de 9 de marzo de 1809, promulgado por la Junta Suprema Central para premiar la defensa de Zaragoza. La disposición IV prescribe: «Que todos los defensores de Zaragoza y sus vecinos y sus descendientes gocen de la Nobleza Personal.»
3.- Aunque esta nobleza era trasmitible desde el grado de capitán interesa para este argumento el siguiente Reglamento de nueva constitución en el Colegio Militar de Caballeros Cadetes del Real Cuerpo de Artillería, establecido en Segovia. Madrid, Imprenta Real, 1804, art. 125, pp. 63-64. Ejemplar de la Biblioteca Nacional de España, sign. 2/15.675: «Bastará para probar la nobleza materna, en caso de que las madres sean hijas de coroneles efectivos o graduados del Exército». El precepto configura esta circunstancia como un medio específico de acreditación de la nobleza exigida para el ingreso. No establece una exención de dicho requisito, ni un privilegio corporativo en favor de los hijos y nietos de coroneles, sino que considera acreditada la nobleza del linaje cuando la madre era hija de un coronel efectivo o graduado del Ejército.

Publicado por La Mesa de los Notables.


lunes, 10 de agosto de 2026

LOS KAMON DE LOS SEÑORES DEL MAR. LA EMBLEMÁTICA DE LOS MURAKAMI DEL SETO.

Riestra2026.

Algunas notas sobre emblemática japonesa (III). 

La palabra “pirata”, en la cultura de occidente, suele invocar una bandera negra, un barco solitario y un hombre fuera de la ley. Pero en el Japón medieval existió otra forma de dominar el mar. Entre los siglos XIV y XVI, las aguas del mar interior de Seto (Setonaikai) estuvieron controladas por poderosas familias navales que administraban estrechos, protegían convoyes, cobraban peajes y participaban en las guerras de los grandes señores del periodo Sengoku. Entre ellas destacaron los Murakami (村上).

La historiografía japonesa los conoce principalmente como suigun (水軍), fuerzas navales o ligas marítimas, y no como simples piratas. Su autoridad no se limitaba al saqueo, ejercían funciones militares, económicas y políticas en uno de los espacios más estratégicos del archipiélago.

Y, como toda gran casa guerrera japonesa, poseían kamon (家紋). Sus emblemas constituyen una de las expresiones más singulares de la emblemática japonesa, porque muestran cómo un símbolo podía representar al mismo tiempo un clan, un territorio insular y la protección de un santuario venerado por navegantes y guerreros.

El mar interior de Seto. Una geografía convertida en poder.

Para comprender los kamon de los Murakami es necesario comprender primero el escenario en el que nacieron. El mar interior de Seto conecta Honshū, Shikoku y Kyūshū mediante cientos de islas, canales y estrechos. Sus corrientes son complejas, sus pasos estrechos y sus rutas esenciales para el comercio y la comunicación entre el oeste y el centro de Japón. Quien conocía esas aguas controlaba el movimiento de personas, mercancías y ejércitos.

Los Murakami levantaron fortalezas en islas estratégicas y desarrollaron una autoridad basada en el dominio del espacio marítimo. Su poder no procedía de grandes llanuras agrícolas, sino del conocimiento de las mareas, de la navegación y de la capacidad para garantizar, o impedir, el tránsito por los estrechos.
Su mundo era radicalmente distinto del de la mayoría de los daimyō del interior.

Los Murakami no eran una sola familia.

Uno de los errores más frecuentes consiste en hablar del “clan Murakami” como si hubiera sido una única casa unificada. Las fuentes distinguen tres grandes ramas principales: Noshima-Murakami (能島村上氏), Kurushima-Murakami (来島村上氏) y Innoshima-Murakami (因島村上氏).

Estas ramas cooperaban, competían y establecían alianzas cambiantes con grandes poderes regionales. Desde el punto de vista emblemático, esta diversidad es fundamental. La emblemática japonesa permitía que distintas ramas de un mismo clan utilizaran kamon diferentes, y precisamente el caso Murakami demuestra que no puede atribuirse un único emblema a todas ellas.

La documentación existente en el consistorio de Imabari (今治市) identifica expresamente el kamon utilizado por los Kurushima-Murakami como: 折敷に三文字 (oshiki ni sanmoji). El diseño consiste en el carácter (tres) inscrito dentro de una forma denominada 折敷 (oshiki), una bandeja ceremonial utilizada en contextos rituales.
Lo verdaderamente importante es su origen. Según la documentación municipal, este emblema era el shinmon (神紋), el emblema sagrado, del santuario Ōyamazumi-jinja (大山祇神社), y fue adoptado como kamon por los Kōno (河野氏) y por los Kurushima-Murakami. No se trata, por tanto, de un símbolo creado específicamente para una flota de guerra, es un emblema religioso convertido en la identidad de un clan.



Ōyamazumi-jinja. El santuario de los guerreros-navegantes.

Pocas instituciones religiosas tuvieron tanta importancia para el mundo marítimo del Seto como Ōyamazumi-jinja, situado en la isla de Ōmishima.
Durante siglos fue un centro de culto asociado a guerreros, navegantes, comunidades costeras y señores regionales. Este templo aun conserva una de las colecciones más importantes de armaduras y armas antiguas de Japón, ofrecidas como exvotos por generaciones de combatientes.

Para un clan cuyo poder dependía del mar, adoptar el emblema del santuario significaba vincular su autoridad a una legitimidad religiosa reconocida en toda la región. El kamon era, en ese sentido, una declaración de pertenencia a un contexto sagrado.

El significado del carácter

El emblema utiliza el carácter ,  como ya hemos apuntado en entradas anteriores, literalmente significa “tres”. Sin embargo, las fuentes institucionales disponibles no afirman que el kamon representara un significado simbólico específico de ese número. Lo que sí documentan es que el diseño procede del emblema de Ōyamazumi-jinja.

Esta distinción es importante, ya que en la emblemática japonesa existe una tendencia moderna a atribuir interpretaciones místicas a cualquier carácter, pero en este caso la relación documentalmente demostrable es la transmisión del emblema desde el santuario hacia determinadas familias guerreras.

Un símbolo hecho para ser visto.

La fuerza visual del 折敷に三文字 reside en su simplicidad. Un kamon para estos clanes debía reproducirse sobre velas de embarcaciones, banderas, armaduras, cascos, cajas lacadas, tejidos, documentos y objetos ceremoniales. En el mar, donde la identificación visual podía resultar decisiva, un diseño geométrico y de pocos trazos ofrecía enormes ventajas. El carácter podía reconocerse rápidamente incluso a distancia.

La emblemática japonesa, a diferencia de la heráldica europea, tendía con frecuencia a la reducción formal. Un motivo vegetal, un número o un carácter podían convertirse en una marca extraordinariamente eficaz.

El otro kamon Murakami: 上文字

Los repertorios emblemáticos japoneses registran además un 上文字紋 (ue-moji-mon) asociado a algunas ramas Murakami. Este emblema utiliza el carácter: que significa “arriba”, “superior” o “ascender”.

También corresponde al segundo kanji del apellido de la rama principal 村上. Aquí aparece un fenómeno muy característico de los 文字紋, los kamon construidos a partir de caracteres.

Como ya apuntamos en nuestro artículo anterior, el kanji funciona simultáneamente como imagen y como referencia directa al nombre de la familia. Sin embargo, la existencia de este emblema no invalida el uso documentado del 折敷に三文字 por los Kurushima-Murakami. Al contrario, demuestra la diversidad emblemática interna del clan.

Banderas, barcos y confusiones modernas.

La imagen popular de los “piratas Murakami” suele mostrar estandartes espectaculares y símbolos militares. Aquí conviene introducir una precisión esencial. En el Japón medieval, como ya hemos apuntado en artículos anteriores,  coexistían a la vez en un mismo plano varios sistemas de identificación:

  • 家紋 (Kamon): Emblema del clan.
  • 旗印 (Hata-jirushi): Insignia de bandera.
  • 指物 (Sashimono): Distintivos individuales.
  • (Nobori). Bandera vertical.
  • 幟旗 (Nobori-bata). Banderas verticales más altas.
  • 馬印 (Uma-jirushi): Insignias de mando.

Un mismo señor podía utilizar un kamon familiar y, al mismo tiempo, una bandera de guerra con otro símbolo completamente distinto. Por eso muchos emblemas famosos del periodo Sengoku no eran necesariamente kamon, usándose el maedate para individualizarse. En el caso de los Murakami, el interés histórico reside precisamente en que el 折敷に三文字 está documentado como kamon de la rama principal, no simplemente como un estandarte militar.

La emblemática del mar y la desaparición de las ligas navales.

Existe una diferencia profunda entre los grandes emblemas de las casas territoriales y los de las familias navales del Seto. Los Tokugawa, los Mōri o los Shimazu se asociaban a dominios extensos, castillos y estructuras territoriales consolidadas.

Los Murakami, aunque tenían maniones y castillos isleños, gobernaban en su mayoría un espacio líquido. Su autoridad dependía de: corrientes, estrechos, puertos, islas y rutas de navegación. Resulta por eso significativo que su emblema más claramente documentado proceda de un santuario marítimo y represente  una red de relaciones entre mar, religión y poder.

La unificación de Japón bajo Toyotomi Hideyoshi y posteriormente el shogunato Tokugawa transformó radicalmente el equilibrio marítimo. Las antiguas ligas navales perdieron autonomía. El control del comercio y de la navegación pasó progresivamente a estructuras centralizadas y el poder político de los Murakami se desvaneció.
Pero sus kamon sobrevivieron. El 折敷に三文字 continúa siendo uno de los ejemplos mejor documentados de la relación entre un santuario regional y una familia naval del Seto.

Para finalizar: el emblema que no necesitó una calavera.

La historia occidental convirtió a los piratas en hombres sin patria que navegaban bajo una bandera negra. Los Murakami del Seto pertenecían a otra tradición. Poseían a un clan organizado, jerarquizado, con estructura militar y varías ramas. Tenían territorios insulares, alianzas políticas y un emblema heredado de un santuario venerado, y no necesitaron de una calabera ni de otros símbolos que pretendieran infundir terror a la "presa" o al enemigo, les bastó, para pervivir hasta nuestros días en la memoria de una nación, con un kanji en el que se unían la escritura, la religión y el mar. 

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Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 9 de agosto de 2026

EL KANJI EN LA EMBLEMÁTICA JAPONESA.

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Algunas notas sobre la emblemática japonesa (II). 

Tal y como comentamos en nuestra entrada de ayer, pocas imágenes condensan con tanta fuerza la historia social de Japón como el mon o kamon. Nacido como signo distintivo de los clanes guerreros y sacerdotales, este emblema trascendió el ámbito de la aristocracia y, con el paso de los siglos, fue adoptado por comerciantes, corporaciones gremiales, actores, instituciones e incluso empresas, convirtiéndose en uno de los elementos de identidad visual más perdurables de la cultura japonesa.

Uesugi Kensin usó el 毘 en honor de la divinidad Bishamonten

Dentro de la rica simbología de la emblemática nipona, queremos detenernos hoy en una categoría singular que convierte la propia escritura en identidad visual: los mon construidos a partir de kanji, conocidos como 文字紋 (mojimon).

La historia de estos emblemas demuestra que, en Japón, un carácter escrito puede ser al mismo tiempo, una palabra, una imagen y una declaración de pertenencia, sin abandonar la sensibilidad y la belleza.

¿Qué es un kanji?

El kanji (漢字) es un carácter de origen chino adoptado por la lengua japonesa. A diferencia de una letra del alfabeto, un kanji posee generalmente un significado propio además de una pronunciación. Caracteres como (uno), (tres), (diez), (grande), (origen o base) o (arriba, superior) representan ideas y conceptos, y por ello podían convertirse fácilmente en símbolos visuales.

Esa doble naturaleza, escritura e imagen, explica su extraordinaria utilidad emblemática. Un solo carácter podía identificar a un clan, aludir al apellido de su rama principal y, en algunos casos, evocar un concepto considerado auspicioso.

El nacimiento de los emblemas de caracteres (文字紋).

Los estudios japoneses clasifican los emblemas formados por kanjis dentro de la categoría 文字紋 (emblemas de caracteres). Los repertorios emblemáticos y las obras especializadas consideran esta categoría parte integrante del sistema tradicional de los kamon.
Sin embargo, las fuentes disponibles no permiten establecer con precisión cuándo apareció por primera vez un kanji en un kamon, ni qué clan fue el primero en emplearlo. La documentación conservada demuestra que los 文字紋 existían como categoría emblemática y que fueron utilizados por importantes clanes guerreros, pero no identifica un origen único y claramente fechado.

Esa incertidumbre resulta, en sí misma, reveladora. La emblemática japonesa se desarrolló durante siglos mediante la transmisión dentro de los distintos clanes y de sus diversas ramas familiares. La mayoría de estos emblemas aparecen documentados cuando ya formaban parte de una tradición anterior.


El kanji como apellido convertido en símbolo.

Una de las funciones más evidentes del kanji en los kamon fue servir como abreviatura visual del apellido de la casa principal de un clan.
La casa Honda (本多氏) utilizó el emblema 丸に本の字, en el que el carácter aparece inscrito en un círculo. El Museo Nacional de Kioto conserva un espejo decorado con el emblema de la familia Honda, lo que constituye una prueba material de su uso histórico.

De forma similar, los Ōkubo (大久保氏) emplearon un emblema basado en el carácter , integrado en un diseño de glicinia. El carácter coincide con el primer kanji del apellido Ōkubo y significa literalmente “grande”.
En estos casos, el kanji funciona de manera muy similar a un monograma dentro de la tradición heráldica europea: "el carácter identifica a un linaje antes incluso de que su nombre sea pronunciado".

Los números escritos con kanji ocupan un lugar destacado dentro de los 文字紋.

El ejemplo más célebre es el de los Shimazu (島津氏). Su emblema histórico fue el 十字紋, posteriormente transformado en el conocido 丸十紋, formado por el carácter (diez) rodeado por un círculo. El Museo Histórico de la Familia Shimazu documenta este símbolo y reconoce que el origen exacto del carácter sigue siendo desconocido, aunque existen diversas explicaciones tradicionales.

Los Mōri (毛利氏) utilizaron el emblema 一文字に三ツ星, compuesto por el carácter (uno) acompañado de tres estrellas. La documentación patrimonial japonesa identifica este mon como propio del clan Mōri y lo relaciona con su ascendencia en el linaje Ōe.

Por su parte, los Inaba (稲葉氏) emplearon 折敷に三文字, donde el carácter (tres) aparece inscrito dentro de una forma ritual. Este diseño fue adoptado también por los Kōno (河野氏) y los Kurushima-Murakami (来島村上氏) a partir del emblema del santuario Ōyamazumi.

Todos estos ejemplos comparten una característica constante, que no es otra que su extraordinaria simplicidad gráfica. Un solo carácter podía reproducirse con facilidad sobre banderas, armaduras, cajas lacadas, tejidos o estandartes.



Otros clanes y caracteres documentados.

Los Ukita (宇喜多氏) utilizaron el 児文字, basado en el carácter (niño), cuya interpretación simbólica se relaciona con la tradición vinculada a Kojima.
Algunas ramas de los Murakami (村上氏) emplearon el 上文字, formado por el carácter (arriba, superior).

Los Yamauchi (山内氏) contaron con un emblema alternativo denominado 山内一文字, basado en , mientras que ciertas ramas de los Kuki (九鬼氏) utilizaron un 九文字 construido a partir del carácter (nueve).

La rama Katahara Matsudaira (形原松平氏) empleó 丸に利の字, con el carácter , asociado a la rama principal del clan y a un significado tradicional relacionado con el beneficio o la ventaja.

Casos que pueden llevar a confusión. El Maedate.

La historia de los kanji en la simbología samurái está llena de confusiones modernas. Algunos de los caracteres más famosos no eran kamon militares ni atributos simbólicos personales.
El célebre de Naoe Kanetsugu era un maedate, el adorno frontal de su casco, y las fuentes emblemáticas indican expresamente que no constituía ni su kamon principal, como miembro de un clan, ni un kamon alternativo.

Del mismo modo, 大一大万大吉, asociado a Ishida Mitsunari, está documentado como hata-jirushi, es decir, una insignia dentro de una bandera militar.

Esta distinción resulta esencial para comprender el sistema emblemático japonés, un señor podía poseer y usar el kamon de su clan y utilizar simultáneamente otros símbolos escritos para su identificación en el campo de batalla. Como ya insistimos en nuestro artículo anterior esta práctica no era ni común ni generalizada, y solo correspondían a los usos de determinados generales y daimios en las épocas más combulsas de Japón.


La supervivencia de los mon de kanji.

Lejos de desaparecer con el final del periodo samurái, muchos de estos emblemas sobrevivieron a la transformación política del Japón moderno.
El 丸十 de los Shimazu continúa siendo uno de los símbolos más reconocibles del país. Los Mōri, Honda y otras antiguas casas conservan sus emblemas en archivos, objetos ceremoniales, arquitectura, museos, patrimonio histórico y en la industria.

Los kamon 文字紋, siguen utilizándose hoy en Japón en contextos ceremoniales y culturales: kimonos formales, tumbas, templos, santuarios, documentos y asociaciones vinculadas a antiguas casas guerreras.
Su función ya no es militar ni aristocrática, pero continúa siendo profundamente identitaria.

Para terminar.

La heráldica europea convirtió animales, torres y coronas, etc en los símbolos de los dintintos linajes a los que representaba. La emblemática japonesa, con las particularidades que explicamos en nuestro artículo de ayer, llevó esa idea un paso más allá al convertir la propia escritura en emblema.
Un kanji podía ser simultáneamente un apellido de la rama principal de un clan, una imagen y un signo de pertenencia. Por eso los 文字紋 ocupan un lugar singular dentro de la historia de los kamon.

Como ya hemos apuntado, conocemos con certeza quién fue el primero en utilizarlos, pero sí sabemos que casas tan importantes como los Shimazu, Mōri, Honda, Inaba, Kōno, Kurushima-Murakami, Ukita y Ōkubo encontraron en un solo carácter la forma simple y duradera de expresar su identidad. Y quizá esa sea la mayor enseñanza que podemos adquirir de este tipo de emblemas tan simples como hermosos. En Japón, aun hoy, la identidad puede representarse con un solo trazo.

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