lunes, 9 de febrero de 2026

"EL GRAN MONARCA": TRADICIÓN, HISTORIA Y MITO.

Riestra2026 

Notas sobre una vieja profecía europea.

No soy amigo de leyendas, y mucho menos de profecías. Tampoco son, ni pretenden ser, nuestra temática habitual. Sin embargo, a raíz de algunas publicaciones recientes de este mismo blog, un amigo muy docto y estudioso de estas, y otras disciplinas, relacionadas con la historia y el misticismo cristiano, don Gonzalo Pallarés, me preguntó qué sabía acerca de eso que algunos llaman el "Gran Monarca". Evidentemente, comprendí de inmediato a qué se refería y hacia dónde pretendía llevar la conversación, cuando comenzó a desplegar una serie de hipótesis más cercanas a la fe que a la razón científica, pero no por eso carentes de peso o mal enhebradas.

Le respondí sin rodeos. Lo único que sabía es que se trata de una tradición profética cristiana de origen medieval, extraoficial y ajena al dogma, que anuncia la aparición de un rey justo y legítimo en un tiempo de gran caos histórico, inmediatamente antes de una etapa decisiva para el mundo. No es una profecía bíblica ni una revelación concreta, sino un conjunto heterogéneo de textos, visiones y tradiciones que se fueron acumulando durante siglos en Europa, especialmente en el ámbito del catolicismo francés.
La tradición del "Gran Monarca" no nace de un libro único ni de una voz identificable. Es, más bien, un sedimento histórico: una idea que se va formando lentamente a lo largo de más de mil años, en la intersección entre la teología cristiana de la historia, los colapsos políticos recurrentes y la necesidad humana de esperanza cuando el orden se resquebraja. Cada gran crisis europea la reactiva; cada período de estabilidad la relega al olvido.

No es casual que esta tradición se centre en Francia y no en otra nación del continente. Durante siglos fue el reino más antiguo, el más estable y el que desarrolló una idea especialmente sólida de legitimidad política. A partir del siglo XIII, muchas de estas profecías comienzan a identificar implícitamente al "Gran Monarca" con un rey francés: la unción sagrada en Reims, la continuidad dinástica y la noción de legitimidad hereditaria conforman el trasfondo simbólico de casi todos los relatos.



Curiosamente, Francia rara vez es nombrada de forma explícita. Se la designa mediante alusiones: "los lirios", "la Galia", "Occidente" o "el reino de los bautizados". Del mismo modo, al personaje central nunca se lo presenta como el próximo rey, sino como el "rey que vendrá cuando todo lo demás falle". La diferencia no es menor.
Las profecías auténticas no identifican con plenitud; si lo hicieran, perderían aquello que las sostiene. Pero dejan migas de pan. Y cuando se las sigue con paciencia, todas conducen al mismo lugar.

Los textos coinciden en que el "Gran Monarca" procederá de una línea antigua, reconocible por signos que no necesitan explicación: "el lirio que no se marchita", "la continuidad que no se agota", "la primogenitura que no se negocia". No será el heredero del ruido ni de la coyuntura, sino el de la tradición, palabra casi obscena en los tiempos que corren, pero fundamental para comprender la historia europea.

Nacerá lejos del trono que le correspondería. Crecerá cuando la nación que una vez fue llamada "la hija mayor de la Iglesia" ya no recuerde por qué lo fue. Su relación con esa tierra será necesariamente paradójica: "no la gobierna, pero la representa"; "no reina sobre ella, pero la encarna mejor que quienes la administran".
"El Gran Monarca", insisten las tradiciones, no será un usurpador. Y precisamente por eso, quizá, resulte peligroso para algunos. Su legitimidad no dependerá del consentimiento cambiante ni del aplauso circunstancial, sino de una continuidad objetiva, casi geológica, que no se ve afectada por modas políticas ni por rupturas ideológicas.

Mientras otros aceptaron transacciones, renuncias y pactos con el espíritu del siglo, él permanece en la línea recta, incómoda, inflexible. La profecía es clara en este punto: "el elegido será aquel que conserve intacto el derecho, sin estridencias ni proclamaciones". Su formación estará marcada por la disciplina, el deber y la conciencia de representar algo que lo precede y lo excede. No hablará como tribuno ni actuará como actor. Su estilo será austero, casi anacrónico. Y precisamente por eso, reconocible.
También se dice que no se autoproclamará. Su figura emergerá únicamente cuando la confusión sea tal que su nombre, hasta entonces innecesario, vuelva a pronunciarse con hambre. Cuando la nación, cansada de lo superfluo y de lo provisional, vuelva los ojos hacia aquello que nunca llegó a desaparecer del todo, emergerá. Tal vez su reinado sea breve, simbólico, incluso sacrificial, pero cumplirá el propósito al que está destinado.

Y así, el Gran Monarca, hasta el final (según cuentan), no será reconocido por las masas sino por aquellos que saben que la historia, más a menudo de lo que se admite,  ha elegido siempre a quienes supieron aguardar.

NOTA:Marie-Julie Jahenny (1850-1941), mística estigmatizada francesa, profetizó la llegada de un "Gran Monarca" providencial, estrechamente vinculado a un Papa santo, para restaurar la Iglesia y Francia tras un periodo de caos, guerras y los "Tres Días de Oscuridad". Según sus revelaciones, este rey será elegido por Dios para salvar a la nación durante tiempos apocalípticos.

Publicado por La Mesa de los Notables.