jueves, 22 de enero de 2026

LUIS ALFOSO DE BORBÓN, DUQUE DE ANJOU: EL PESO DE UNA CORONA INVISIBLE.


Hay coronas que no se ven, pero que pesan. No brillan en vitrinas ni descansan sobre cabezas ungidas, pero sobreviven en la memoria del derecho, en la lógica de la historia y en la obstinación silenciosa de las dinastías. La Corona de Francia, abolida por la Revolución, pero nunca formalmente extinguida en el plano dinástico, pertenece por derecho propio a esa categoría. En el centro de esa continuidad se sitúa hoy Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, duque de Anjou, a quien muchos franceses (cada día más) reconocen como Luis XX, jefe de la Casa de Borbón y heredero de los Reyes Cristianísimos.

Nacido en Madrid en 1974, Luis Alfonso encarna una paradoja profundamente europea: es español por nacimiento, francés por derecho histórico y capetiano por sangre. Su figura no se explica desde la política contemporánea, sino desde una concepción más antigua del poder: aquella en la que la legitimidad no procede del consenso circunstancial, sino de la transmisión hereditaria conforme a leyes fundamentales, consideradas superiores a la voluntad de los hombres.


Desde Hugo Capeto, coronado en 987, la monarquía francesa se rigió por un conjunto de principios no codificados, pero universalmente aceptados: primogenitura masculina, exclusión de la mujer y de la transmisión por línea femenina, continuidad automática del rey muerto en su sucesor legítimo, e indisponibilidad de la Corona. Estas llamadas Leyes Fundamentales no eran una constitución en  el sentido moderno, sino algo más profundo: una tradición jurídica sacralizada por el tiempo.
Es precisamente en ese terreno donde se asienta el indudable derecho de Luis Alfonso, máxime cuando sabemos que en la actualidad su primo, S.M. don Felipe VI, al ser rey de España no lo podría ser nunca a la vez de Francia, en caso de corresponderle. Como descendiente directo, por línea masculina ininterrumpida, de Luis XIV, a través de su nieto Felipe V, primer Borbón rey de España, el Duque de Anjou es hoy el varón capetiano mayor por primogenitura. Ninguna otra rama (ni la de Orleans ni las colaterales) puede alegar mayor antigüedad en la línea masculina.

El gran punto de controversia histórica es, como es sabido, la renuncia de Felipe V a sus derechos sobre la Corona de Francia en 1713, impuesta por las potencias europeas en el contexto del Tratado de Utrecht. Sin embargo, dicha renuncia adolece de un defecto esencial: un rey de Francia no podía renunciar válidamente a la Corona, porque esta no le pertenecía como propiedad privada. La Corona era indisponible, inseparable del orden sucesorio y sujeta a leyes superiores incluso al monarca reinante.
Así, lo que el derecho internacional aceptó como solución política, el derecho dinástico francés nunca lo reconoció como válido. La línea española de los Borbones no perdió jamás sus derechos, sino que los conservó en silencio, a la espera de que la historia agotara a las ramas menores.

Cuando en 1989 falleció Alfonso de Borbón y Dampierre, padre de Luis Alfonso, se produjo un relevo que fue más simbólico que público, pero no por ello menos significativo. Desde entonces, su hijo fue reconocido en los círculos monárquicos como jefe de la Casa de Borbón y heredero de los derechos dinásticos de los Reyes de Francia.
Luis Alfonso ha asumido ese papel con una sobriedad deliberada. Lejos del activismo político o del folclore nostálgico, su presencia pública se ha centrado en el ámbito cultural, histórico y representativo. Ha participado en conmemoraciones reales francesas, ha defendido la memoria de la monarquía como parte esencial de la identidad histórica de Francia y se ha presentado siempre no como un pretendiente en busca de poder, sino como un depositario de una tradición milenaria.
En este sentido, su figura recuerda más a la de un centinela que a la de un aspirante: alguien que conserva, transmite y representa, aun sabiendo que el tiempo histórico no le es necesariamente favorable.

El Duque de Anjou con varios miembros del Consejo de la Nobleza de Asturias.


Su reciente nombramiento como Consejero Magistral del Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias añade una dimensión significativa a su perfil. Esta institución, heredera de la antigua nobleza territorial española, no es un simple vestigio social, sino un espacio donde la tradición, la memoria histórica y la continuidad simbólica siguen teniendo valor.
Que Luis Alfonso haya sido integrado en este marco no es casual: su figura encarna una concepción de la nobleza no como privilegio vacío, sino como responsabilidad histórica. En un tiempo dominado por lo efímero, su presencia recuerda que Europa no se construyó únicamente sobre revoluciones, sino también sobre dinastías, pactos de sangre y siglos de derecho consuetudinario.

Apoyar los derechos dinásticos de Luis Alfonso de Borbón no implica necesariamente abogar por una restauración inmediata de la monarquía francesa. Para muchos de sus defensores, la cuestión es más profunda: se trata de afirmar que la historia no puede ser borrada por decreto, y que incluso las repúblicas viven, en parte, de las herencias que dicen haber superado.
Luis Alfonso representa, así, una Francia alternativa: no la de la ruptura revolucionaria, sino la de la continuidad histórica; no la del poder conquistado, sino la del poder transmitido; no la del presente inmediato, sino la de la larga duración.

En un mundo que ha olvidado el valor de la legitimidad, su figura recuerda que hay derechos que no prescriben, coronas que no se destruyen y reyes que no necesitan trono para existir.


22 de enero de 2026.
Publicado por La Mesa de los Notables.