Hay coronas que no se ven, pero que
pesan. No brillan en vitrinas ni descansan sobre cabezas ungidas, pero
sobreviven en la memoria del derecho, en la lógica de la historia y en la
obstinación silenciosa de las dinastías. La Corona de Francia, abolida por la
Revolución, pero nunca formalmente extinguida en el plano dinástico, pertenece
por derecho propio a esa categoría. En el centro de esa continuidad se sitúa
hoy Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, duque de Anjou, a quien muchos
franceses (cada día más) reconocen como Luis XX, jefe de la Casa de Borbón y
heredero de los Reyes Cristianísimos.
Nacido en Madrid en 1974, Luis Alfonso
encarna una paradoja profundamente europea: es español por nacimiento, francés
por derecho histórico y capetiano por sangre. Su figura no se explica desde la
política contemporánea, sino desde una concepción más antigua del poder:
aquella en la que la legitimidad no procede del consenso circunstancial, sino
de la transmisión hereditaria conforme a leyes fundamentales, consideradas
superiores a la voluntad de los hombres.
Desde Hugo Capeto, coronado en 987, la
monarquía francesa se rigió por un conjunto de principios no codificados, pero
universalmente aceptados: primogenitura masculina, exclusión de la mujer y de
la transmisión por línea femenina, continuidad automática del rey muerto en su
sucesor legítimo, e indisponibilidad de la Corona. Estas llamadas Leyes
Fundamentales no eran una constitución en el sentido moderno, sino algo más
profundo: una tradición jurídica sacralizada por el tiempo.
Es precisamente en ese terreno donde se
asienta el indudable derecho de Luis Alfonso, máxime cuando sabemos que en la actualidad su primo, S.M. don Felipe VI, al ser rey de España no lo podría ser nunca a la vez de Francia, en caso de corresponderle. Como descendiente directo, por
línea masculina ininterrumpida, de Luis XIV, a través de su nieto Felipe V,
primer Borbón rey de España, el Duque de Anjou es hoy el varón capetiano mayor
por primogenitura. Ninguna otra rama (ni la de Orleans ni las colaterales)
puede alegar mayor antigüedad en la línea masculina.
El gran punto de controversia histórica
es, como es sabido, la renuncia de Felipe V a sus derechos sobre la Corona de
Francia en 1713, impuesta por las potencias europeas en el contexto del Tratado
de Utrecht. Sin embargo, dicha renuncia adolece de un defecto esencial: un rey
de Francia no podía renunciar válidamente a la Corona, porque esta no le
pertenecía como propiedad privada. La Corona era indisponible, inseparable del
orden sucesorio y sujeta a leyes superiores incluso al monarca reinante.
Así, lo que el derecho internacional
aceptó como solución política, el derecho dinástico francés nunca lo reconoció
como válido. La línea española de los Borbones no perdió jamás sus derechos,
sino que los conservó en silencio, a la espera de que la historia agotara a las
ramas menores.
Cuando en 1989 falleció Alfonso de
Borbón y Dampierre, padre de Luis Alfonso, se produjo un relevo que fue más
simbólico que público, pero no por ello menos significativo. Desde entonces, su
hijo fue reconocido en los círculos monárquicos como jefe de la Casa de
Borbón y heredero de los derechos dinásticos de los Reyes de Francia.
Luis Alfonso ha asumido ese papel con
una sobriedad deliberada. Lejos del activismo político o del folclore
nostálgico, su presencia pública se ha centrado en el ámbito cultural,
histórico y representativo. Ha participado en conmemoraciones reales francesas,
ha defendido la memoria de la monarquía como parte esencial de la identidad
histórica de Francia y se ha presentado siempre no como un pretendiente en
busca de poder, sino como un depositario de una tradición milenaria.
En este sentido, su figura recuerda más
a la de un centinela que a la de un aspirante: alguien que conserva, transmite y
representa, aun sabiendo que el tiempo histórico no le es necesariamente
favorable.
![]() |
| El Duque de Anjou con varios miembros del Consejo de la Nobleza de Asturias. |
Su reciente nombramiento como Consejero
Magistral del Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias añade una
dimensión significativa a su perfil. Esta institución, heredera de la antigua
nobleza territorial española, no es un simple vestigio social, sino un espacio
donde la tradición, la memoria histórica y la continuidad simbólica siguen
teniendo valor.
Que Luis Alfonso haya sido integrado en
este marco no es casual: su figura encarna una concepción de la nobleza no como
privilegio vacío, sino como responsabilidad histórica. En un tiempo dominado
por lo efímero, su presencia recuerda que Europa no se construyó únicamente
sobre revoluciones, sino también sobre dinastías, pactos de sangre y siglos de
derecho consuetudinario.
Apoyar los derechos dinásticos de Luis
Alfonso de Borbón no implica necesariamente abogar por una restauración
inmediata de la monarquía francesa. Para muchos de sus defensores, la cuestión
es más profunda: se trata de afirmar que la historia no puede ser borrada por
decreto, y que incluso las repúblicas viven, en parte, de las herencias que
dicen haber superado.
Luis Alfonso representa, así, una
Francia alternativa: no la de la ruptura revolucionaria, sino la de la
continuidad histórica; no la del poder conquistado, sino la del poder
transmitido; no la del presente inmediato, sino la de la larga duración.
En un mundo que ha olvidado el valor de
la legitimidad, su figura recuerda que hay derechos que no prescriben, coronas
que no se destruyen y reyes que no necesitan trono para existir.
22 de enero de 2026.
Publicado por La Mesa de los Notables.

