Lectores para mí muy queridos, con quienes me
unen lazos afectivos que el tiempo no hace sino reforzar, me han solicitado que
dé espacio en este blog a la memoria del primer Marqués de Riestra, próximos a la efeméride de su fallecimiento. No como un
simple ejercicio de recuerdo histórico, sino como un acto de reconocimiento, de
justicia y, sobre todo, de afecto hacia una figura cuya dimensión humana y
social trasciende de largo los límites de su tiempo.
Accedo a ello, casi con emoción,
porque publicar estas líneas es también una manera de acompañar a todos aquellos
que aún hoy sienten la huella de un hombre cuya vida estuvo entretejida con la
de su ciudad. Una figura que, para muchos, sigue habitando la memoria colectiva
con esa mezcla de respeto, admiración y cariño que solo despiertan quienes
hicieron del bien común una vocación constante.
El artículo que sigue (publicado
originalmente en Faro de Vigo el 13 de enero de 2013 y firmado por su autor,
Rafael L. Torre) es una crónica que no solo relata un día singular en la
historia de Pontevedra, sino que rescata el eco emocional de una despedida
multitudinaria y sincera. Reproducirlo aquí es un gesto de homenaje, pero
también de deferencia hacia quienes me lo han pedido con afecto, y hacia su autor,
cuya pluma supo captar, muchos años después, la calidad humana del momento.
Con ese espíritu (el de la lealtad, la
gratitud y la memoria) abro la puerta a este artículo, que pertenece tanto a
los que vivieron entonces, como a todos nosotros.
El día que murió el marqués de Riestra.
El Faro de Vigo.- Rafael L. Torre, 13 ene
2013.
La tarde soleada del martes 16 de enero
de 1923 optó por dar un paseo en coche hasta A Caeira y disfrutar de aquel día
primaveral en compañía de su buen amigo Rafael Lenard, director de la sucursal
del Banco de España. Tras regresar pronto a su domicilio en Michelena 30,
descansó, y luego se acostó temprano.
De madrugada, se sintió mal
repetinamente y los médicos que acudieron nada pudieron hacer por salvarle la
vida. El marqués de Riestra, que había cumplido 70 años, tuvo una rápida agonía
y murió en paz, a la siete y media de la mañana del miércoles 17, rodeado de su
mujer María Calderón Ozores y de todos sus hijos.
La triste noticia se propagó rápidamente
por toda la ciudad y causó una conmoción general. El Ayuntamiento y la
Diputación celebraron aquella misma mañana sendos plenos extraordinarios para
expresar sus respectivos pesares. Todas las sociedades recreativas, desde el
Liceo Casino hasta el Recreo de Artesanos, pasando por el Círculo Católico,
enlutaron sus balcones. Y se suspendieron las actividades previstas, tanto
culturales, como deportivas y sociales.
El capitán general, Artero Rubín, máxima
autoridad de la región gallega, enseguida se desplazó en coche hasta Pontevedra
para presidir el duelo, que se instaló en el vestíbulo de la casa mortuoria.
El servicio de telégrafos de Pontevedra
se las vio y se las deseó a partir de entonces para atender tantos y tantos
telegramas de condolencia y pesar que empezaron a llegar de toda España:
nobles, políticos, banqueros, arzobispos, industriales, etc. La propia Isabel
de Borbón firmó el telegrama enviado por la Casa Real.
La iglesia de San Bartolomé resultó
insuficiente y tuvo que abrir sus puertas para acoger de forma simbólica a
cuantas personas quisieron participar en el solemne funeral, que tuvo lugar al
día siguiente, a las once de la mañana, oficiado por el arcipreste de la
catedral de Santiago, Cándido García. Majestuosa sonó aquella mañana una misa
de réquiem, cantada a cuatro voces por Mercadillo, Fraga, Boullosa y Lores,
bajo el acompañamiento de la orquesta y coro del maestro Tabaoda.
Si multitudinario resultó el funeral,
qué decir de aquel impresionante entierro. Pontevedra entera se paralizó para
participar o seguir el paso del cortejo, que partió a las tres y media de la
tarde. Nunca se había visto tanta gente en la calle, y hacía mucho tiempo que
no coincidía en la ciudad un plantel tan grande de relevantes personalidades.
Los senadores Pan de Soraluce, Calderón
y Lema; los diputados Mon Landa, Barreras Massó, Moreno Tilve y González Garra,
o los banqueros Juan Manuel Urquijo y Marcelino Blanco, junto a parientes
ilustres como Antonio del Moral, Francisco de Federico, Alfredo Moreno, Vicente
Calderón, Ventura Villar y Manuel Sanjurjo.
El marqués de Riestra fue amortajado de
forma muy sencilla con el hábito de San Francisco en un féretro nada suntuoso.
Encima se extendió un gran crucifijo de plata y los mantos con sus insignias de
la cofradía de San Roque y de la Asociación Protectora del Obrero.
Desde la casa mortuoria hasta el Gran
Hospital, el féretro fue portado a hombros por camilleros de la Cruz Roja en
medio de una multitudinaria comitiva. El tramo final hasta el cementerio de San
Mauro se hizo en coche. Finalmente, el féretro fue introducido en el panteón
familiar por un grupo de empleados de su Casa de Banca.
Como primer gesto altruista tras el
fallecimiento de su marido, la marquesa de Riestra desempeñó a finales de mes
un total de 140 lotes de efectos pertenecientes a familias humildes. El Monte
de Piedad tuvo que establecer un horario especial de tres a cuatro y media de
la tarde para la recogida correspondiente por parte de sus legítimos
propietarios.
Reconocimiento unánime.
"Extraordinaria intuición
política", "carácter extremadamente bondadoso", "espíritu
profundamente democrático", "cautivador don de gentes". "En
fin, el político ecléctico, el político sin odios ni venganzas, el político
tolerante y comprensivo que aprovechaba toda su influencia en volear el
bien".
Ni una sola aproximación al arquetipo de
cacique por excelencia de la Restauración en esta provincia, que tanto ha
gustado a cierta literatura historicista, asomó en las semblanzas publicadas
tras el fallecimiento del marqués de Riestra. Más bien al contrario. Todos, sin
excepciones, se rindieron ante un hombre extraordinario que hoy quizá deslumbra
todavía más como empresario innovador, que como político avezado.
Un periódico tan poco sospechoso como
Galicia, bajo la combativa dirección de Valentín Paz Andrade, que nunca perdía
la ocasión de golpear el decrépito caciquismo y fustigar al político de turno,
aseguró en su portada al anunciar el fallecimiento:
"El marqués de Riestra ha sido, sin
duda, el político contemporáneo más influyente de Galicia. Esa hegemonía
política la logró el ilustre muerto sin violencias y sin traiciones. En este
aspecto la personalidad del marqués fue una singularísima excepción".
En este reconocimiento unánime que le
brindaron sus muchos amigos y sus escasos enemigos pudo influir, en todo caso,
el absoluto alejamiento de la política activa que mantuvo en los últimos años,
tras haber fraguado más de un gobierno de España en su propia casa.
"Bienhechor de la provincia".
La filantropía del marqués de Riestra no
tuvo límite, y por eso su referencia ocupó un lugar muy destacado en cuantos
obituarios y recordatorios se escribieron en torno a su fallecimiento, como un
rasgo característico de su singular personalidad.
Un gesto inmenso fue la cesión que hizo
de su residencia en A Caeira para acoger a los heridos de la guerra de Cuba.
Aquel palacete se transformó en un hospital de campaña y todos los gastos que
generó corrieron por su cuenta. Incluso cubrió los pagos a médicos y las
compras de medicinas.
Igualmente sufragó la Cocina Económica,
donde se daba de comer diariamente a muchos pobres. Una propiedad suya albergó
la Sociedad Económica de Amigos del País, que impartió formación y enseñanza a
miles y miles de obreros. Otro tanto ocurrió con la Asociación Protectora del
Obrero y con la Sociedad Artística Musical, que también ocuparon inmuebles
suyos.
Con su esposa compartió apoyos no menos
generosos, que permitieron la fundación de la Casa Cuna y el sostenimiento de
los Exploradores. El Hospital, el Asilo y la cárcel, a la cabeza de los centros
más necesitados, recibieron siempre los alimentos que requerían en las fechas
más señaladas.
Y más allá de sus gestos públicos,
Riestra atendió incontables necesidades de pontevedreses en apuros que nunca
trascendieron por su discreción absoluta.
Con razón más que sobrada la Diputación
le otorgó el título honorífico de bienhechor de la provincia", que no tuvo
nadie más.
Artículo original: aquí.
Publicado por La Mesa de los Notables.
