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Hay piezas que inequívocamente son
obras de arte, otras que son vehículos de la historia y han sabido desafiar al tiempo.
La Cruz de los Ángeles podemos afirmar, sin ambages, que es ambas cosas. Desde
hace más de doce siglos permanece custodiada en la Cámara Santa de la Catedral
de Oviedo, no sólo como una de las obras cumbre de la orfebrería altomedieval
europea, sino también como el testimonio material de una idea política,
religiosa y cultural que marcaría para siempre la identidad del antiguo Reino
de Asturias.
La pieza fue ofrecida por el rey Alfonso
II el Casto a la iglesia de San Salvador de Oviedo en el año 808, dato que no
procede de una tradición posterior, sino de la propia inscripción latina
grabada en el reverso de la cruz. Esa inscripción, en si misma, constituye una
de las referencias más valiosas del arte medieval hispánico, pues identifica al
donante y fija con precisión la fecha de la ofrenda.
La Cruz de los Ángeles responde al
modelo de cruz griega, con los brazos ensanchados hacia los extremos. Su
estructura interior es de madera, revestida con láminas de oro y enriquecida
mediante filigrana, perlas, camafeos y piedras preciosas, muchas de ellas
procedentes de entalles romanos reutilizados. La calidad técnica de la obra
sitúa a los talleres vinculados a la corte asturiana entre los más refinados de
la Europa de comienzos del siglo IX.
Alrededor de esta cruz nació una de las
leyendas más conocidas del patrimonio asturiano. Según la tradición, dos
jóvenes desconocidos se presentaron en la corte cuando el rey buscaba orfebres
capaces de ejecutar una cruz digna de la sede ovetense. Después de desaparecer
misteriosamente, dejaron terminada la obra, lo que dio origen a la creencia de
que aquellos artesanos eran en realidad ángeles enviados por Dios. Sin embargo,
la investigación histórica contemporánea considera este relato una elaboración
legendaria surgida siglos después, sin ningún valor como prueba documental del
origen de la pieza.
Más allá de la leyenda, la cruz posee un
significado histórico de enorme profundidad. Alfonso II convirtió la cruz en el
emblema visible de la nueva monarquía asturiana, haciendo de Oviedo el centro
político y religioso de su reino. No fue una decisión aislada. Las grandes
cruces votivas ofrecidas por los reyes asturianos (la Cruz de los Ángeles en
808, la cruz donada a Compostela por Alfonso III y, finalmente, la Cruz de la
Victoria en 908) forman parte de un mismo programa simbólico destinado a expresar
la legitimidad de la monarquía cristiana.
Por ello, la Cruz de los Ángeles nunca
fue únicamente una joya litúrgica. Era un signo de protección divina, de
autoridad regia y de continuidad institucional. Su propia inscripción concluye
con una fórmula que resume esa concepción del poder: «Con este signo es
protegido el piadoso; con este signo es vencido el enemigo».
Esta dimensión simbólica explica también
su estrecha relación con la nobleza asturiana. Los linajes del antiguo
Principado desarrollaron su identidad bajo el amparo de aquella monarquía
nacida en las montañas cantábricas. Aunque las armas de cada familia
respondieran a historias particulares, la cruz se convirtió en un lenguaje
común de fidelidad, servicio y memoria. No es casual que numerosas casas
nobiliarias incorporasen diferentes tipos de cruces a sus escudos, ni que la
propia ciudad de Oviedo adoptara la Cruz de los Ángeles como su emblema
permanente.
La cruz patada, como la que nos ocupa,
fue uno de los muebles heráldicos de mayor difusión entre numerosos linajes,
concejos y poblaciones del norte de la Península desde la Edad Media hasta la
actualidad. Su presencia refleja la importancia que este símbolo concreto
adquirió como emblema de la identidad cristiana y caballeresca, especialmente
en un territorio donde esta cruz y, posteriormente, la Cruz de la
Victoria llegaron a convertirse en los iconos por excelencia de todo un reino.
Aunque no puede afirmarse documentalmente que todas estas cruces constituyan
una representación directa de la Cruz de los Ángeles, resulta evidente que
participan del mismo universo simbólico que ésta inauguró en el imaginario
político y religioso asturiano.
La repetición de varias cruces dentro de
un mismo escudo constituye, además, un recurso frecuente de la heráldica.
Diversos autores han señalado que, en la tradición simbólica europea, los
números poseían un valor que trascendía el mero aspecto decorativo, si bien la
interpretación concreta de cada composición depende del contexto de cada linaje
y rara vez puede demostrarse mediante documentación contemporánea. Según la
tradición, la disposición y el número de las cruces respondería precisamente a
esa voluntad simbólica, otorgando al número un significado especial que hunde
sus raíces en antiguas concepciones filosóficas y místicas.
Existe, sin embargo, un vínculo que
trasciende las figuras concretas del blasón. Del mismo modo que la Cruz de los
Ángeles no fue concebida como un simple objeto precioso, sino como la
representación visible de una comunidad política y espiritual, el escudo de
armas tampoco es un adorno. Es la expresión condensada de una memoria familiar.
La una pertenece al patrimonio de un reino; el otro, al patrimonio de un
linaje. Ambos hablan el mismo lenguaje simbólico, el de la continuidad entre
generaciones y la representación de un territorio donde se asentaron.
Esta cruz conoció también momentos de
tensión. En 1934 la Cámara Santa sufrió graves daños durante la Revolución de
Asturias, y en 1977 la cruz fue robada junto con otras piezas del tesoro
catedralicio. Tras su recuperación hubo de ser cuidadosamente restaurada. Estos
episodios recuerdan hasta qué punto el patrimonio histórico constituye una
herencia frágil que cada generación recibe con la obligación de conservar.
Hoy, más de mil doscientos años después
de que Alfonso II depositara su ofrenda en San Salvador de Oviedo, la Cruz de
los Ángeles continúa siendo el símbolo histórico de la ciudad y una de las
obras fundamentales del prerrománico asturiano. En ella convergen la fe, el
arte, la monarquía y la memoria de Asturias. Y cuando un escudo de armas conserva la presencia de la cruz como uno de sus elementos principales, no
evoca necesariamente una filiación concreta con aquella joya regia, pero sí
participa, como ya hemos señalado, de un mismo universo simbólico que desde los
días del antiguo reino ha formado parte inseparable de la identidad histórica
de Asturias.
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Publicado por La Mesa de los Notables.
