domingo, 12 de julio de 2026

LA CRUZ DE OVIEDO.

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Hay piezas que inequívocamente son obras de arte, otras que son vehículos de la historia y han sabido desafiar al tiempo. La Cruz de los Ángeles podemos afirmar, sin ambages, que es ambas cosas. Desde hace más de doce siglos permanece custodiada en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo, no sólo como una de las obras cumbre de la orfebrería altomedieval europea, sino también como el testimonio material de una idea política, religiosa y cultural que marcaría para siempre la identidad del antiguo Reino de Asturias.

La pieza fue ofrecida por el rey Alfonso II el Casto a la iglesia de San Salvador de Oviedo en el año 808, dato que no procede de una tradición posterior, sino de la propia inscripción latina grabada en el reverso de la cruz. Esa inscripción, en si misma, constituye una de las referencias más valiosas del arte medieval hispánico, pues identifica al donante y fija con precisión la fecha de la ofrenda.

La Cruz de los Ángeles responde al modelo de cruz griega, con los brazos ensanchados hacia los extremos. Su estructura interior es de madera, revestida con láminas de oro y enriquecida mediante filigrana, perlas, camafeos y piedras preciosas, muchas de ellas procedentes de entalles romanos reutilizados. La calidad técnica de la obra sitúa a los talleres vinculados a la corte asturiana entre los más refinados de la Europa de comienzos del siglo IX.

Alrededor de esta cruz nació una de las leyendas más conocidas del patrimonio asturiano. Según la tradición, dos jóvenes desconocidos se presentaron en la corte cuando el rey buscaba orfebres capaces de ejecutar una cruz digna de la sede ovetense. Después de desaparecer misteriosamente, dejaron terminada la obra, lo que dio origen a la creencia de que aquellos artesanos eran en realidad ángeles enviados por Dios. Sin embargo, la investigación histórica contemporánea considera este relato una elaboración legendaria surgida siglos después, sin ningún valor como prueba documental del origen de la pieza.

Más allá de la leyenda, la cruz posee un significado histórico de enorme profundidad. Alfonso II convirtió la cruz en el emblema visible de la nueva monarquía asturiana, haciendo de Oviedo el centro político y religioso de su reino. No fue una decisión aislada. Las grandes cruces votivas ofrecidas por los reyes asturianos (la Cruz de los Ángeles en 808, la cruz donada a Compostela por Alfonso III y, finalmente, la Cruz de la Victoria en 908) forman parte de un mismo programa simbólico destinado a expresar la legitimidad de la monarquía cristiana.

Por ello, la Cruz de los Ángeles nunca fue únicamente una joya litúrgica. Era un signo de protección divina, de autoridad regia y de continuidad institucional. Su propia inscripción concluye con una fórmula que resume esa concepción del poder: «Con este signo es protegido el piadoso; con este signo es vencido el enemigo».


Esta dimensión simbólica explica también su estrecha relación con la nobleza asturiana. Los linajes del antiguo Principado desarrollaron su identidad bajo el amparo de aquella monarquía nacida en las montañas cantábricas. Aunque las armas de cada familia respondieran a historias particulares, la cruz se convirtió en un lenguaje común de fidelidad, servicio y memoria. No es casual que numerosas casas nobiliarias incorporasen diferentes tipos de cruces a sus escudos, ni que la propia ciudad de Oviedo adoptara la Cruz de los Ángeles como su emblema permanente.

La cruz patada, como la que nos ocupa, fue uno de los muebles heráldicos de mayor difusión entre numerosos linajes, concejos y poblaciones del norte de la Península desde la Edad Media hasta la actualidad. Su presencia refleja la importancia que este símbolo concreto adquirió como emblema de la identidad cristiana y caballeresca, especialmente en un territorio donde esta cruz y, posteriormente, la Cruz de la Victoria llegaron a convertirse en los iconos por excelencia de todo un reino. Aunque no puede afirmarse documentalmente que todas estas cruces constituyan una representación directa de la Cruz de los Ángeles, resulta evidente que participan del mismo universo simbólico que ésta inauguró en el imaginario político y religioso asturiano.

La repetición de varias cruces dentro de un mismo escudo constituye, además, un recurso frecuente de la heráldica. Diversos autores han señalado que, en la tradición simbólica europea, los números poseían un valor que trascendía el mero aspecto decorativo, si bien la interpretación concreta de cada composición depende del contexto de cada linaje y rara vez puede demostrarse mediante documentación contemporánea. Según la tradición, la disposición y el número de las cruces respondería precisamente a esa voluntad simbólica, otorgando al número un significado especial que hunde sus raíces en antiguas concepciones filosóficas y místicas.

Existe, sin embargo, un vínculo que trasciende las figuras concretas del blasón. Del mismo modo que la Cruz de los Ángeles no fue concebida como un simple objeto precioso, sino como la representación visible de una comunidad política y espiritual, el escudo de armas tampoco es un adorno. Es la expresión condensada de una memoria familiar. La una pertenece al patrimonio de un reino; el otro, al patrimonio de un linaje. Ambos hablan el mismo lenguaje simbólico, el de la continuidad entre generaciones y la representación de un territorio donde se asentaron.

Esta cruz conoció también momentos de tensión. En 1934 la Cámara Santa sufrió graves daños durante la Revolución de Asturias, y en 1977 la cruz fue robada junto con otras piezas del tesoro catedralicio. Tras su recuperación hubo de ser cuidadosamente restaurada. Estos episodios recuerdan hasta qué punto el patrimonio histórico constituye una herencia frágil que cada generación recibe con la obligación de conservar.

Hoy, más de mil doscientos años después de que Alfonso II depositara su ofrenda en San Salvador de Oviedo, la Cruz de los Ángeles continúa siendo el símbolo histórico de la ciudad y una de las obras fundamentales del prerrománico asturiano. En ella convergen la fe, el arte, la monarquía y la memoria de Asturias. Y cuando un escudo de armas conserva la presencia de la cruz como uno de sus elementos principales, no evoca necesariamente una filiación concreta con aquella joya regia, pero sí participa, como ya hemos señalado, de un mismo universo simbólico que desde los días del antiguo reino ha formado parte inseparable de la identidad histórica de Asturias.

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Publicado por La Mesa de los Notables.