Alejandro Riestra Martínez
«La transición del escudo heráldico al logo, no debe entenderse como una
ruptura con la tradición, sino como su prolongación natural en un nuevo
contexto comunicativo. Lejos de vaciar de significado los símbolos heredados,
el lenguaje visual contemporáneo ofrece la posibilidad de reinterpretarlos,
preservando su esencia y proyectándolos hacia el futuro.
Así como la heráldica nació para dar respuesta a una necesidad concreta
de identificación, el logo responde hoy a esa misma necesidad en un mundo
global, digital y saturado de imágenes. Ambos sistemas comparten un mismo
principio fundacional: hacer visible la identidad y garantizar su
reconocimiento».
Desde los orígenes más tempranos de la
heráldica, el escudo de armas se consolidó como algo más que un mero ornamento:
fue, ante todo, un símbolo de identidad, linaje y autoridad. Cada metal,
esmalte o figura, así como su disposición, poseía un significado preciso,
permitiendo que personas, familias, instituciones o estamentos sociales fueran
reconocidos de manera inequívoca.
Como señala Michel Pastoureau en Traité
d’héraldique (1997): «El escudo no solo representa a quien lo porta, sino que
es su firma visible en el mundo social y político».
Esta función de identificación visual
resultaba esencial en un contexto en el que la identidad tenía un peso
determinante, no solo en el ámbito militar, sino también en el social y el
económico, ya que permitía comunicar de forma inmediata la posición de un
individuo dentro de una estructura rigurosamente jerarquizada.
Con el paso de los siglos y la
transformación de las formas de comunicación, la sociedad fue desarrollando
nuevos mecanismos de identificación visual, entre ellos el "emblema simplificado"y , dando un paso más, el logo moderno. Aunque
a primera vista pueda parecer un elemento puramente comercial, el logo cumple
la misma función primordial que el blasón: identificar, distinguir y comunicar.
Como sostiene Wally Olins en The Brand Handbook (2008): «Un logo es hoy la
representación gráfica de una identidad; resume historia, valores y pertenencia
en un solo signo reconocible».
De este modo, el logo puede entenderse
como la herencia simbólica de la heráldica, adaptada a un mundo globalizado,
digital y visualmente acelerado.
Esta transición no es solo conceptual.
Miles de pueblos y ciudades, comunidades y países han llevado a la práctica la
adaptación de sus escudos a emblemas simplificados y a logos contemporáneos. Madrid, Barcelona y muchas
otras ciudades y municipios de todo el mundo mantienen sus escudos oficiales
para actos protocolarios, mientras que en su comunicación digital,
institucional y turística emplean versiones estilizadas que simplifican los
elementos heráldicos, logrando una mayor legibilidad y un reconocimiento
inmediato.
Lo mismo ocurre en el ámbito
universitario. Oxford o Harvard, por citar dos de las instituciones más
prestigiosas y tradicionales, han desarrollado logos derivados de sus escudos
centenarios, optimizados para aplicaciones digitales y materiales de difusión.
Ejércitos, cuerpos policiales y asistenciales, e incluso países como el nuestro
y muchos otros, han creado versiones simplificadas de sus escudos para uso
institucional, preservando los símbolos históricos en formatos contemporáneos, reservando las versiones tradicionales para actos protocolarios de mayor
solemnidad.
El vínculo entre escudo y logo reside,
en última instancia, en su función como firma de distinción. Así como los
blasones certificaban la pertenencia a un linaje y el estatus de su portador,
los logos, además, certifican la pertenencia a un proyecto, una marca o una
comunidad, comunicando autenticidad, identidad y continuidad. Ambos cumplen, en
esencia, la misma función: garantizar que la identidad representada sea
reconocible, memorable y respetada.
El logo que he escogido como símbolo
comunicativo se inscribe dentro de esta misma lógica, reinterpretando las armas
tradicionales mediante un lenguaje visual contemporáneo. Los esmaltes y metales
(ahora reducidos a colores), las figuras y la composición remiten a la
tradición heráldica más secular, mientras que la simplificación y la
estilización responden a las necesidades de la comunicación moderna:
adaptabilidad, claridad y presencia eficaz en medios digitales, impresos y
audiovisuales. Así, este logo no es solo un signo gráfico, sino una auténtica
firma visual con la que se busca conectar pasado y presente, manteniendo viva
la esencia de la heráldica en el contexto de la identidad visual contemporánea.
La transición del escudo heráldico al "emblema sinplificado", y dando un paso más, al logo no representa, por tanto, un abandono de la tradición, sino su evolución
natural (e incluso necesaria en muchos casos). La herencia simbólica de
familias, instituciones y linajes encuentran en el logo una continuidad
funcional que permite que la distinción y la identidad visual sigan vivas en un
mundo donde la comunicación rápida y global exige signos claros, memorables y
versátiles. De este modo, a mi criterio, el logo cumple la misma función que el blasón, sin
perder su fuerza y su carga simbólica. No se trata, en ningún caso, de una
sustitución por descalificación, sino de la prueba de que la heráldica, lejos
de ser un vestigio del pasado sigue plenamente viva adaptándose a las formas
en que las sociedades contemporáneas se representan, se reconocen y se
distinguen a sí mismas.
Imágenes: 1) Logo de Alejandro Riestra. 2) Logo usado por don Bernardo Calvo de Barrietos. Ambos son fruto de una simplificación gráfica de sus propias armás heráldica.- 3) Emblemas heráldicos simplificados del College of Arms de Londres, más próximos a un logo que a un blaón tradicional, usados en su merchandising (el de la izquierda) y en su red social Linkedln (el de la derecha).
Publicado por La Mesa de los Notables.


