viernes, 23 de enero de 2026

LA CRUZ MULTIPLICADA.

 Riestra 2026.

Antes de signo, la cruz indudablemente fue forma. Dos líneas que se encuentran, un cruce de direcciones, un punto de intersección donde el mundo parece detenerse para decidir. En su sobriedad geométrica habita una de las intuiciones más antiguas del ser humano: todo lo que existe se define por el encuentro y la tensión entre fuerzas opuestas. La cruz es, por tanto, una figura primordial, anterior incluso a su consagración religiosa, y precisamente por ello una de las más persistentes y fecundas del lenguaje simbólico y heráldico de Occidente.

En la Antigüedad, la cruz fue imagen del axis mundi, el eje invisible que une cielo y tierra, tiempo y espacio, lo humano y lo divino. En Mesopotamia, en Egipto, en el mundo celta y en la Roma arcaica, aparece como signo solar, como esquema del cosmos, como marca de protección y de orden. Mucho antes de la era cristiana, la cruz ya era emblema de orientación y totalidad. No es casual que sus cuatro brazos apunten a los cuatro puntos cardinales: la cruz organiza el caos, fija el territorio, convierte el espacio informe en mundo habitable y el desplazamiento en camino.

Con el cristianismo, la cruz adquiere una densidad nueva y definitiva. Ya no es solo estructura del universo, sino instrumento de sacrificio, redención y paradoja: muerte que engendra vida, humillación transformada en victoria, dolor elevado a sentido. Esta tensión (caída y trascendencia, ignominia y gloria) la convierte en uno de los iconos más potentes y duraderos de la civilización occidental. En heráldica, donde nada es gratuito y todo se hereda, esta carga simbólica no se diluye: se preserva, se ordena y se transmite.


La heráldica medieval adopta la cruz como uno de sus motivos fundamentales. Existen innumerables variantes (latina, griega, patada, floreteada, de Jerusalén, de Borgoña, etc) y ninguna es arbitraria. Cada forma expresa una identidad, una vocación, una memoria colectiva. La cruz no adorna el escudo: lo funda. No embellece el blasón: lo define. Señala linaje, fe, misión o ideal; es una declaración visual de pertenencia a un orden moral, simbólico y espiritual.
Dentro de esta tradición, la presencia de cinco cruces en un mismo escudo resulta particularmente elocuente. No se trata de una repetición decorativa, sino de una intensificación del símbolo. La cruz única remite al centro; la cruz multiplicada habla de expansión. Donde una señala el origen, cinco proclaman la totalidad desplegada.

El número cinco ha estado históricamente asociado al ser humano completo: cabeza y extremidades, microcosmos que refleja el macrocosmos. En la tradición cristiana, remite además a las cinco llagas de Cristo, signo de la entrega absoluta del cuerpo y del espíritu. En heráldica, la cruz quintuplicada (como en la célebre Cruz de Jerusalén o, guardando las distancias, las pintadas en el primer cuartel de las armas del autor de este artículo) simboliza la irradiación de un principio central hacia los confines del mundo, la proyección de un núcleo espiritual firme hacia las cuatro direcciones del espacio.
En mis armas, las cinco cruces del primer cuartel pueden leerse como un centro que se multiplica sin perder su esencia. Una identidad que no se repliega, sino que se afirma proyectándose. No es la cruz solitaria del anacoreta, sino la cruz compartida del linaje: camino heredado, asumido y transmitido. Cada cruz refuerza a las otras; juntas forman una constelación simbólica, un mapa de valores, una afirmación de la abundancia de fe, tan necesaria en tiempos de dispersión y vacío.

Desde una lectura más íntima, estas cinco cruces pueden entenderse como las pruebas, los juramentos o los principios que sostienen una vida. No todas pesan igual, pero todas dejan marca. El blasón no oculta esa carga: la muestra con dignidad. En heráldica, exhibir la cruz no es confesar debilidad, sino asumir responsabilidad; no es nostalgia del pasado, sino compromiso con un orden que obliga.
Así, mi “pentacruz” no es solo símbolo de memoria, sino signo activo. No señala únicamente lo que fue, sino aquello que se está llamado a ser. Cinco cruces que se traducen, a mi entender, como cinco afirmaciones silenciosas: fe, resistencia, constancia, responsabilidad y de fortaleza.

En una época en el que los símbolos se diluyen, se simplifican o se banalizan, la cruz (y más aún, la cruz multiplicada) conserva una gravedad rara. Sigue siendo un punto de cruce entre historia y destino, entre herencia y elección. En esa intercepción, las cinco cruces no representan solo una parte del emblema de un linaje, sino una forma consciente y exigente de estar en el mundo.

Publicado por La Mesa de los Notables.