Riestra 2026.
Antes de signo, la cruz
indudablemente fue forma. Dos líneas que se encuentran, un cruce de
direcciones, un punto de intersección donde el mundo parece detenerse para
decidir. En su sobriedad geométrica habita una de las intuiciones más antiguas
del ser humano: todo lo que existe se define por el encuentro y la tensión
entre fuerzas opuestas. La cruz es, por tanto, una figura primordial, anterior
incluso a su consagración religiosa, y precisamente por ello una de las más
persistentes y fecundas del lenguaje simbólico y heráldico de Occidente.
En la Antigüedad, la cruz fue imagen del
axis mundi, el eje invisible que une cielo y tierra, tiempo y espacio, lo
humano y lo divino. En Mesopotamia, en Egipto, en el mundo celta y en la Roma
arcaica, aparece como signo solar, como esquema del cosmos, como marca de
protección y de orden. Mucho antes de la era cristiana, la cruz ya era emblema
de orientación y totalidad. No es casual que sus cuatro brazos apunten a los
cuatro puntos cardinales: la cruz organiza el caos, fija el territorio,
convierte el espacio informe en mundo habitable y el desplazamiento en camino.
Con el cristianismo, la cruz adquiere
una densidad nueva y definitiva. Ya no es solo estructura del universo, sino
instrumento de sacrificio, redención y paradoja: muerte que engendra vida,
humillación transformada en victoria, dolor elevado a sentido. Esta tensión
(caída y trascendencia, ignominia y gloria) la convierte en uno de los iconos
más potentes y duraderos de la civilización occidental. En heráldica, donde
nada es gratuito y todo se hereda, esta carga simbólica no se diluye: se
preserva, se ordena y se transmite.
La heráldica medieval adopta la cruz
como uno de sus motivos fundamentales. Existen innumerables variantes (latina,
griega, patada, floreteada, de Jerusalén, de Borgoña, etc) y ninguna es
arbitraria. Cada forma expresa una identidad, una vocación, una memoria
colectiva. La cruz no adorna el escudo: lo funda. No embellece el blasón: lo
define. Señala linaje, fe, misión o ideal; es una declaración visual de
pertenencia a un orden moral, simbólico y espiritual.
Dentro de esta tradición, la presencia
de cinco cruces en un mismo escudo resulta particularmente elocuente. No se
trata de una repetición decorativa, sino de una intensificación del símbolo. La
cruz única remite al centro; la cruz multiplicada habla de expansión. Donde una
señala el origen, cinco proclaman la totalidad desplegada.
El número cinco ha estado históricamente
asociado al ser humano completo: cabeza y extremidades, microcosmos que refleja
el macrocosmos. En la tradición cristiana, remite además a las cinco llagas de
Cristo, signo de la entrega absoluta del cuerpo y del espíritu. En heráldica,
la cruz quintuplicada (como en la célebre Cruz de Jerusalén o, guardando las
distancias, las pintadas en el primer cuartel de las armas del autor de este artículo)
simboliza la irradiación de un principio central hacia los confines del mundo, la
proyección de un núcleo espiritual firme hacia las cuatro direcciones del
espacio.
En mis armas, las cinco cruces del
primer cuartel pueden leerse como un centro que se multiplica sin perder su
esencia. Una identidad que no se repliega, sino que se afirma proyectándose. No
es la cruz solitaria del anacoreta, sino la cruz compartida del linaje: camino
heredado, asumido y transmitido. Cada cruz refuerza a las otras; juntas forman
una constelación simbólica, un mapa de valores, una afirmación de la abundancia
de fe, tan necesaria en tiempos de dispersión y vacío.
Desde una lectura más íntima, estas
cinco cruces pueden entenderse como las pruebas, los juramentos o los
principios que sostienen una vida. No todas pesan igual, pero todas dejan
marca. El blasón no oculta esa carga: la muestra con dignidad. En heráldica,
exhibir la cruz no es confesar debilidad, sino asumir responsabilidad; no es
nostalgia del pasado, sino compromiso con un orden que obliga.
Así, mi “pentacruz” no es solo símbolo
de memoria, sino signo activo. No señala únicamente lo que fue, sino aquello
que se está llamado a ser. Cinco cruces que se traducen, a mi entender, como
cinco afirmaciones silenciosas: fe, resistencia, constancia, responsabilidad y
de fortaleza.
En una época en el que los símbolos se
diluyen, se simplifican o se banalizan, la cruz (y más aún, la cruz multiplicada) conserva una
gravedad rara. Sigue siendo un punto de cruce entre historia y destino, entre
herencia y elección. En esa intercepción, las cinco cruces no representan solo una parte del emblema de un linaje, sino una forma consciente y exigente de estar
en el mundo.
Publicado por La Mesa de los Notables.
