viernes, 14 de agosto de 2026

EL GABINETE DEL VIZCONDE DE MALVAVISCO, UNA MIRADA DISTINTA AL MUNDO NOBILIARIO (I).

 

 SABER DESCENDER.

Escribo estas líneas desde mi gabinete. Lo aclaro porque hoy se llama «gabinete» a demasiadas cosas. Hay gabinetes de comunicación, gabinetes de crisis, gabinetes de prensa y hasta gabinetes estratégicos, expresión esta última que suele designar una habitación con tres ordenadores y cinco personas que no saben exactamente qué hacer con ellos.

El mío es un gabinete de los de antes.

Tiene libros, una chimenea que tira mal, dos sillones de cuero, una escribanía de plata que jamás utilizo y un secreter francés que perteneció a mi bisabuela, quien guardaba en él las cartas de sus amantes y las facturas del carbonero. Mi abuelo destruyó las primeras y conservó las segundas. Siempre he considerado aquella decisión una desgracia para la historia de mi familia y una contribución innecesaria a la historia económica de España.

No tengo pisapapeles. En mi familia se han considerado siempre objetos vulgares. Para mantener los papeles en su sitio utilizamos el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino. Es sobrio, sólido y, en determinadas circunstancias, extraordinariamente útil.

En las paredes hay algunos retratos. No demasiados. Desconfío de las casas donde todos los antepasados están pintados. En una familia verdaderamente antigua tiene que haber, por fuerza, generaciones enteras a las que nadie consideró conveniente retratar. Preside la estancia un lienzo de enormes dimensiones. Representa a don Rigoberto de Malvavisco y Peñafría, primer vizconde de Malvavisco, vestido con uniforme de gala, una mano apoyada sobre un libro y la otra introducida en la guerrera. Nunca se supo qué libro era. Mi abuelo sostenía que probablemente tampoco don Rigoberto.

El título le fue concedido por Amadeo de Saboya, circunstancia de la que mi familia habla con cierta prudencia porque Amadeo tuvo la delicadeza de reinar en España durante el tiempo suficiente para ennoblecer a mi antepasado y retirarse inmediatamente después.

Era italiano.

Esto proporciona a algunos miembros de mi familia un argumento adicional para considerar extranjero cualquier acto regio que no les convenga y perfectamente español aquel del que proceda algún privilegio. Don Rigoberto había prestado determinados servicios a la Corona cuya naturaleza nunca he conseguido averiguar con precisión. En la Real Carta se habla de «los relevantes méritos y servicios del agraciado», fórmula que considero de una elegancia extraordinaria porque permite agradecer sin necesidad de explicar.

Lo cierto es que el primer vizconde tenía dos características muy acusadas. Era malvado. Y era bizco. No son afirmaciones mías. Constan ambas en la tradición familiar, que es esa rama de la historiografía donde las pruebas suelen aparecer varios siglos después que las certezas.

Al parecer, el episodio que dio origen al título ocurrió durante una recepción en Palacio. Conviene recordar que en la Corte existía la antigua costumbre de no volver jamás la espalda al Rey. Cuando terminaba una audiencia, el favorecido debía retirarse andando hacia atrás, manteniendo el rostro vuelto hacia Su Majestad hasta alcanzar una distancia decorosa. Era una de esas normas cortesanas que conseguían simultáneamente engrandecer al monarca y complicar extraordinariamente la salida de una estancia.

Don Rigoberto conocía perfectamente el protocolo. Terminada su audiencia, hizo una reverencia y comenzó a retroceder con considerable dignidad. Don Amadeo lo observó. Mi antepasado caminaba hacia la puerta mirando al Rey, como exigía la etiqueta. O eso suponemos. Con don Rigoberto nunca resultaba completamente sencillo determinar hacia dónde estaba mirando. Su Majestad siguió contemplándolo mientras se alejaba.

—¿Quién es ese hombre? —preguntó finalmente.

Un gentilhombre le recordó el nombre y añadió, quizá con exceso de confianza, que don Rigoberto tenía fama de no ser precisamente una buena persona. El Rey volvió a mirarlo. A aquellas alturas mi antepasado había conseguido alcanzar la puerta sin volverle la espalda, hazaña nada desdeñable teniendo en cuenta que caminaba hacia atrás y miraba simultáneamente en dos direcciones.

—Malvado y bizco —murmuró don Amadeo.

Según la tradición familiar, un anciano secretario nacido todavía en tiempos del Virreinato del Río de la Plata, y particularmente dotado para la síntesis, levantó entonces la vista.

Malva... visco.

Y así nació el vizcondado.

No puedo garantizar la autenticidad de la historia. Precisamente por eso goza de enorme prestigio entre mis parientes.

De don Rigoberto me vienen el título y la mirada, aunque ambos llegaron hasta mí por mi madre. Mi padre, que no aportó ninguno de los dos, siempre consideró aquello una injusticia. La sucesión por línea materna todavía desconcierta a ciertos caballeros que aceptan sin dificultad descender de un rey medieval por veintisiete líneas femeninas, pero encuentran inquietante que un título pueda llegar a un hombre a través de su madre.

En el retrato, don Rigoberto mira simultáneamente al espectador y a una consola situada a su derecha. Mi oculista llama a esto estrabismo. Yo prefiero pensar que los Malvavisco poseemos desde hace siglo y medio el privilegio de contemplar dos realidades al mismo tiempo.

Resulta particularmente útil en el mundo nobiliario. Permite observar lo que una persona es mientras se escucha lo que asegura ser.



Debajo del retrato tengo mi escritorio. Esta mañana había sobre él una carta de mi primo Ataúlfo. Ataúlfo es primo mío por parte de madre y aristócrata por parte de sí mismo. La distinción no es menor. 

Se encuentra de viaje por Hispanoamérica, continente al que acude periódicamente a comprobar que los descendientes de los conquistadores han sobrevivido sin su supervisión. Lleva tres semanas recorriendo varios países. Viaja con dos maletas: una para la ropa y otra para las corbatas, insignias, miniaturas, credenciales y documentos capaces de demostrar, llegado el caso, que no es una persona cualquiera. Nunca he sabido cuál de las dos teme más perder.

Su carta comenzaba:

Querido Malvavisco:
Te escribo desde una ciudad maravillosa cuyo nombre omito porque desconozco si esta carta llegará antes que yo y no deseo alarmar a nadie.

Ataúlfo conserva la costumbre de escribir cartas en papel. Afirma que el correo electrónico carece de dignidad. Después las fotografía con el teléfono y me las manda por WhatsApp. Mi secretario tiene orden de imprimirlas y dejarlas sobre mi escritorio. No veo por qué he de sostener un teléfono durante cuatro páginas para respetar las extravagancias epistolares de un primo.

Continué leyendo. Me explicaba que la víspera había ido a cenar a un pequeño restaurante recomendado por el conductor del hotel. Al parecer, el establecimiento era modesto. Esto inquietó a Ataúlfo. Mi primo puede soportar el hambre, pero no la familiaridad. Antes de sentarse llamó discretamente al camarero y le dijo:

—Le agradeceré que me trate usted con suma corrección. Desciendo de la nobleza.

El camarero lo miró durante unos segundos.

—Pues debe de haber descendido muchísimo, señor, para venir a comer aquí.

Dejé la carta sobre la mesa. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto miró hacia mí y hacia la consola. Permanecimos así un rato. Debo reconocer que sentí simpatía por aquel camarero. Hay personas capaces de resumir en una frase lo que las ciencias históricas necesitan varios congresos internacionales para explicar. Porque descender constituye uno de los grandes problemas de nuestro pequeño mundo.

Todo el mundo desciende de alguien. Lo verdaderamente delicado es saber hasta dónde. Unos descienden de Carlomagno. Otros de Alfonso X. Algunos de los emperadores de Bizancio. Conozco incluso a un caballero que ha conseguido enlazar su genealogía con un senador romano. Le pregunté una vez dónde había encontrado la documentación correspondiente.

—Estoy terminando de demostrarlo —me respondió.

Admiré el método.

Mi primo Ataúlfo desciende, efectivamente, de personas de muy respetable condición. Lo que nunca he comprendido es por qué considera necesario comunicárselo a los camareros. Un antepasado ilustre debería parecerse a una buena educación: se nota sin necesidad de anunciarlo.

Además, la nobleza hereditaria presenta una peculiaridad que algunos parecen olvidar. Se recibe sin mérito propio. No hay nada especialmente heroico en haber escogido correctamente a los bisabuelos. Yo mismo soy vizconde porque don Rigoberto fue malvado, bizco y tuvo la precaución de engendrar descendencia. Mi contribución al proceso ha sido francamente limitada.

Ataúlfo terminaba su carta indignado: «Naturalmente, no dejé propina». Ahí sí tuve que censurarlo. La gravedad del asunto justificaba incluso el uso de WhatsApp, instrumento que procuro reservar para fallecimientos, cambios de hora en los almuerzos y faltas graves de educación. Le respondí inmediatamente:

Querido Ataúlfo:
Has cometido un error. Ese hombre merece, como mínimo, una encomienda.
Antes de abandonar esa ciudad, vuelve al restaurante, dale una buena propina y procura no explicarle quiénes fueron tus antepasados.

(Existe siempre el peligro de que te pregunte quién eres tú).

Un abrazo,
Malvavisco.

Dejé la carta sobre el escritorio y volví a mirar el retrato del primer vizconde. A veces pienso que los títulos nobiliarios son una magnífica institución. Nos recuerdan permanentemente que podemos recibir de nuestros antepasados un nombre, una historia, una casa, alguna tierra y, con suerte, determinados objetos de plata. La importancia personal, por desgracia, no figura entre los bienes hereditarios. Esa tenemos que demostrarla nosotros.

Y suele ser precisamente ahí donde empiezan los problemas.

El vizconde de Malvavisco.

Publicado por La Mesa de los Notables.