Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.
En Zaragoza existe un lugar en donde el tiempo se detuvo, me refiero a la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo. En esa vive la Real, Antiquísima y Muy Ilustre Cofradía de Nobles de Nuestra Señora del Portillo, fundada en el siglo XIII y cuyos miembros son los custodios, desde hace siglos, tanto de la devoción a la Virgen del Portillo como de la memoria de quienes defendieron la ciudad con perfecta grandeza.
En
una capilla lateral del templo reposan los restos de Agustina Zaragoza,
conocida como Agustina de Aragón. Le acompañan en el eterno descanso otros
héroes de los Sitios como Manuela Sancho, Casta Álvarez, Francisco de Palafox, Santiago
Sas «y … muchas otras». Todos ellos testigos de una época en donde el valor era
parte de la vida y el honor, una exigencia del alma.
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| Retrato de Agustina con uniforme de artillería (obra de John Everett). |
Sin duda, hablar de Agustina de Aragón es citar una figura sobresaliente. Su vida ha sido contada en muchas ocasiones, pero también envuelta en ciertas leyendas, no obstante sabemos que la real está perfectamente documentada en lo esencial. Nació en Barcelona hacia el año 1786 y vivió en Zaragoza desde muy joven. Agustina se convirtió en un símbolo de coraje para los vecinos de la ciudad, tanto que su ejemplo todavía desafía la mediocridad de nuestro tiempo.
Uno de los gestos más célebres de esta mujer fue cuando disparó un cañón en la puerta del Portillo, un 2 de julio de 1808. No estamos pues ante un mito o una exageración, este acto fue recogido en numerosos testimonios y en los partes dictados por Palafox. En un instante en que la artillería española había quedado en silencio y los soldados caían uno tras otro, Agustina de Aragón avanzó como pudo entre las docenas de cadáveres y prendió la mecha que devolvió a nuestra vieja Zaragoza un instante de dignidad. Su acción cambió el curso de los acontecimientos.
Algunos han querido reducir esa acción a un simple arrebato, pero para muchos ha significado la expresión más pura del honor, entendido, eso sí, como una virtud del alma. Nuestra heroína no necesitó obedecer orden alguna, como tampoco buscó permiso o gloria, su ímpetu resultó de un fuego interior que se encendió en su conciencia. Gómez de Arteche, decía: “Agustina no hizo sino lo que el deber dictaba a los corazones nobles”. Y así, su ejemplo en la lucha nos lleva a la palabra antigua, aquella que afirmaba que la vida sin honor es una forma de muerte, una sentencia hoy apenas entendida.
Su vida posterior no fue menos digna. Sabemos que combatió en el Segundo Sitio y que fue herida. Recibió el grado de subteniente y, terminada la guerra, vivió modestamente sin reclamar ningún privilegio. Falleció en Ceuta hacía el año 1857, pero en 1870 se trasladaron sus restos a Zaragoza, en donde reposan desde aquel entonces en el Portillo, junto a otros que compartieron su destino de sacrificio. Los Nobles Cofrades custodios de la Heroína, la vigilan y honran, sabiendo que ahí descansa una gran mujer y que lo hace sin ostentación alguna, en suma, como gusta y corresponde a quienes no necesitan monumentos para ser eternos.
Añadiré que en la figura de nuestra heroína hay una enseñanza que parece que todos hemos olvidado, que su valor no fue una exaltación del momento, fue una manera de estar en el mundo, con un arrojo que nació del silencio que es en donde se fragua la verdadera grandeza. Su ejemplo sostuvo muchas vidas y, lejos de ser un simple episodio local, reconocemos que pertenece a la historia más universal, la de todos. Sin embargo, Zaragoza no fue sólo Agustina, también fueron niños, mujeres y ancianos, el conjunto general de un pueblo unido defendiendo su ciudad y luchando por la libertad. Esta mujer es un símbolo, grande sin duda, de la que el mismísimo Palafox señaló: “Esta mujer ha salvado a Zaragoza”.
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| Cruz del Portillo. |
Mientras
su sepulcro permanezca en el interior de la Iglesia del Portillo de Zaragoza y
continúe bajo la custodia de los honrosos Cofrades de la Real de Nobles del
Portillo, en tanto que España conserve un testimonio de aquello que fuimos, podremos
asegurar que el honor y el valor de nuestro pueblo seguirán presentes, recordándonos
que hay un futuro cierto. Con el disparo de aquel cañón y protegidos por
Nuestra Madre, la Señora del Portillo, somos muchos los que sentimos el
recuerdo y la gratitud de una vida que, por su grandeza, no envejece, y cuyo
patrimonio se ha convertido en conciencia nacional.
Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.
Publicado
por La Mesa de los Notables.

