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En la "Lady Chapel" de la Abadía de
Westminster, la heráldica no se limita a las grandes banderas y escudos que
cuelgan sobre sus antiguos asientos, o que se encuentran inscritas en vidrieras,
talladas en muebles y ornamentos o reposando entre tumbas. También se deja ver, casi a ras de
la madera en pequeñas placas metálicas que conservan los nombres y las armas
de quienes pertenecieron a una de las órdenes de caballería más singulares de Gran Bretaña.
Hay detalles en la Abadía de
Westminster que parecen destinados a
pasar inadvertidos a aquellos que con curiosidad la visitamos.
La mirada suele elevarse hacia las bóvedas de
abanico de su techo, hacia las banderas y yelmos o hacia las cimeras que adornan con ese estilo tan británico a los antiguos asientos ceremoniales de esta capilla
(“stalls”). Pero basta con mirar hacia abajo para descubrir otra historia,
mucho más discreta. En la madera de los “stalls” aparecen
visibles un número considerable de placas de metal con distintos escudos de
armas grabados en ellas. Algunas son grandes y claramente visibles; otras
quedan mucho más cerca de los asientos inferiores y pueden confundirse con
simples elementos ornamentales. Pero realmente no lo son.
La Lady Chapel de Westminster es, desde
1725, la capilla de la "Most Honourable Order of the Bath", la Orden del Baño,
creada para reconocer y premiar servicios distinguidos a la Corona y al Estado,
inicialmente sobre todo de carácter militar y, posteriormente, también entre
altos funcionarios de la administración civil.
La misma fue establecida
formalmente por letras patentes de Jorge I el 18 de mayo de aquel año, cuando
el deán de Westminster fue nombrado "Dean of the Order" y la capilla de Enrique
VII quedó designada como sede de esa corporación. Recuperando así, una tradición de caballería muy antigua, la del
baño ritual que precedía a la investidura de determinados caballeros y que
simbolizaba la purificación espiritual. Costumbre documenta desde tiempos de Enrique IV, en 1399.
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| Lady Chapel. Abadía de Westminster. |
La disposición de la capilla hace que su
historia pueda leerse casi como un libro. Los miembros de mayor rango de la orden, los Caballeros de la Gran Cruz o
“Knights Grand Cross” (GCB) y las dignidades más importantes de la misma, disponen de uno de sus 34 asientos ceremoniales. Sobre ellos cuelgan los estandartes y las cimeras de sus
titulares, pero hay algo que permanece cuando el hombre desaparece: su placa
heráldica.
Los responsables de conservación de la
Abadía explican a sus visitantes que cuando fallece un “Knight Grand Cross” o una alta dignidad, su
estandarte, su cimera, así como otros elementos ceremoniales son devueltos a su
familia. La placa de cobre esmaltada con su escudo de armas, en cambio,
permanece en el stall como registro permanente de la Orden.
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| Placas de Isabel II y de Carlos III. |
Es una solución sencilla y
extraordinariamente poderosa, el caballero se marcha, pero su nombre y sus
armas permanecen. De este modo, la capilla funciona también como una suerte de
archivo heráldico tridimensional. Allí pueden encontrarse las placas de personajes
como el almirante John Jellicoe, el mariscal de campo Earl Haig, Lord Kitchener
o el vizconde Montgomery de Alamein. La propia dirección de la Abadía identifica expresamente
las placas de varios de estos militares en la "Lady Chapel".
La de John Jellicoe, por ejemplo,
recuerda al almirante de la Royal Navy que mandó la Gran Flota británica
durante la batalla de Jutlandia en 1916. Jellicoe murió en 1935 y está
enterrado en St. Paul's Cathedral, pero su placa como "Knight Grand Cross" de la "Order of the Bath" permanece en la Lady Chapel de Westminster.
La historia de estas piezas ayuda a
explicar por qué algunas pueden encontrarse hoy en posiciones que, a primera
vista, resultan extrañas.
La Orden fue ampliada en 1815, cuando se
establecieron tres clases: Knights Grand Cross, Knights Commander y Companions
(Grandes Cruces, Comendadores y Caballeros). Se abrió entonces también la posibilidad
de admitir a un reducido número de civiles distinguidos en la categoría
superior y, en 1847, se incorporó una sección civil de Caballeros y
Comendadores. El número de miembros aumentó, del mismo modo, considerablemente, especialmente
después de las guerras napoleónicas.
Durante casi un siglo dejaron de
celebrarse incluirse más placas en la capilla. En 1913, Jorge V recuperó el
ceremonial. Aquel año se instalaron las placas de 46 nuevos Grandes Cruces y
volvió a ponerse en marcha la colocación de estandartes, cimeras. Fue entonces
cuando las placas más antiguas fueron desplazadas hacia abajo, bajo los
asientos de las filas superiores, por falta de más espacio.
Ese detalle es fundamental para
comprender lo que hoy encuentra el visitante. La disposición de la heráldica en
la capilla no responde a un único momento histórico. Es el resultado de varios
siglos de incorporaciones, modificaciones y sustituciones. Algunas placas
pertenecen a una época en la que el espacio disponible era suficiente; otras
fueron colocadas posteriormente; y las antiguas conservaron su función de
registro aunque cambiaran de posición.
La propia dirección de la Abadía resume la función de estas piezas con una
expresión reveladora: desde 1725, las “armorial stall-plates” han constituido
un registro de los miembros más importantes de la Orden.
En la tradición heráldica, como sabemos,
un escudo de armas no es simplemente un dibujo decorativo. Es un sistema de
identificación visual asociado a una persona, una familia o una dignidad. En
Westminster, además, las placas pueden proporcionar incluso información biográfica.
Un ejemplo particularmente revelador es
el de Sir Frederick Haldimand, militar y gobernador de Quebec. Su placa se
conserva en la Lady Chapel y la dirección de Westminster la describe como una
de las placas esmaltadas más antiguas. Muestra su escudo de armas (un chevrón
de armiño entre tres estrellas sobre campo de azur acompañado por dos figuras
como soportes). La inscripción está redactada en francés y enumera los
distintos cargos que desempeñó. También registra la fecha de su admisión en
la Orden: el 19 de mayo de 1788. Parte de la biografía personal de Haldimand
aparece así condensada en una pequeña pieza de metal.
Los conservadores de la Abadía repararon en otro detalle. Su sobrino Anthony Frederick Haldimand, que más tarde sería un famoso banquero, actuó como "esquire", escudero o paje, de su tío durante la ceremonia. Haldimand, como la inmensa mayoría de caballeros de esta institución no está enterrado en Westminster. Murió en Suiza en 1791. Sin embargo, su placa continúa en la capilla que pertenece a la Orden de la que formó parte. La placa, por tanto, no es solamente una imagen. Es un documento, y quizá sea éste el aspecto más singular de las pequeñas piezas metálicas de la capilla.
Westminster Abbey está llena de
monumentos funerarios. Allí descansan reyes, reinas, estadistas, militares y
figuras fundamentales de la historia británica. Pero las placas de la Orden del
Baño obedecen a otra lógica. No son epitafios, son elementos que constatan el
lugar en la sociedad que ocupaban estas personalidades en cada momento
histórico del país.
La Order of the Bath no es únicamente
una institución del pasado. El 16 de mayo de 2025, la Abadía de Westminster
acogió el servicio conmemorativo del 300.º aniversario de su creación. El rey
Carlos III, soberano de la Orden, asistió a la ceremonia y el príncipe de Gales
fue instalado como “Great Master”. Los nuevos “Knights Grand Cross” prestaron
juramento y tomaron posesión de sus stalls
en la capilla.
La ceremonia ofreció una imagen
extraordinariamente parecida a la que habría contemplado un visitante siglos
atrás. La capilla, los estandartes, las cimeras, la heráldica y los asientos
ceremoniales volvieron a formar parte un mismo ritual repetido ya durante siglos.
Entre las nuevas insignias estaban también las placas que conservan la memoria
de quienes ocuparon aquellos mismos lugares antes que ellos. La tradición no se
limita, por tanto, a recordar a los muertos. Continúa incorporando nombres
nuevos a un registro que empezó a construirse en el siglo XVIII y que la propia
Abadía considera un archivo permanente de los miembros que han ocupado los
stalls.
Hay algo paradójico en este templo. Como hemos dicho, la Abadía es uno de los lugares del mundo donde más fácil resulta mirar hacia arriba. La
arquitectura casi obliga a hacerlo. Las bóvedas, las vidrieras, los monumentos,
los estandartes y los escudos compiten por la mirada.
Pero en la Lady Chapel, una parte
esencial de la historia de una antigua orden de caballería se encuentra escrita mucho más abajo.
En placas de metal. En nombres que quizá ya no dicen nada al visitante. En escudos cuyo mensaje sólo puede descifrarse con paciencia. Y en unos
asientos cuya disposición actual es el resultado visible de tres siglos de
historia institucional.
Publicado por La Mesa de los Notables.




