lunes, 7 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA CONVERTIDA EN REGISTRO DE CABALLERÍA

Riestra2026. 

En la "Lady Chapel" de la Abadía de Westminster, la heráldica no se limita a las grandes banderas y escudos que cuelgan sobre sus antiguos asientos, o que se encuentran inscritas en vidrieras, talladas en muebles y ornamentos o reposando entre tumbas. También se deja ver, casi a ras de la madera en pequeñas placas metálicas que conservan los nombres y las armas de quienes pertenecieron a una de las órdenes de caballería más singulares de Gran Bretaña.

Hay detalles en la Abadía de Westminster  que parecen destinados a pasar inadvertidos a aquellos que con curiosidad la visitamos.  
La mirada suele elevarse hacia las bóvedas de abanico de su techo, hacia las banderas y yelmos  o hacia las cimeras que adornan con ese estilo tan británico a los antiguos asientos ceremoniales de esta capilla (“stalls”). Pero basta con mirar hacia abajo para descubrir otra historia, mucho más discreta. En la madera de los “stalls” aparecen visibles un número considerable de placas de metal con distintos escudos de armas grabados en ellas. Algunas son grandes y claramente visibles; otras quedan mucho más cerca de los asientos inferiores y pueden confundirse con simples elementos ornamentales. Pero realmente no lo son.

La Lady Chapel de Westminster es, desde 1725, la capilla de la "Most Honourable Order of the Bath", la Orden del Baño, creada para reconocer y premiar servicios distinguidos a la Corona y al Estado, inicialmente sobre todo de carácter militar y, posteriormente, también entre altos funcionarios de la administración civil. 
La misma fue establecida formalmente por letras patentes de Jorge I el 18 de mayo de aquel año, cuando el deán de Westminster fue nombrado "Dean of the Order" y la capilla de Enrique VII quedó designada como sede de esa corporación. Recuperando así,  una tradición de caballería muy antigua, la del baño ritual que precedía a la investidura de determinados caballeros y que simbolizaba la purificación espiritual. Costumbre  documenta desde tiempos de Enrique IV, en 1399.

Lady Chapel. Abadía de Westminster.

La disposición de la capilla hace que su historia pueda leerse casi como un libro. Los miembros de mayor rango de la orden, los Caballeros de la Gran Cruz  o “Knights Grand Cross” (GCB) y las dignidades más importantes de la misma, disponen de uno de sus 34 asientos ceremoniales. Sobre ellos cuelgan los estandartes y las cimeras de sus titulares, pero hay algo que permanece cuando el hombre desaparece: su placa heráldica.

Los responsables de conservación de la Abadía explican a sus visitantes que cuando fallece un “Knight Grand Cross” o una alta dignidad, su estandarte, su cimera, así como otros elementos ceremoniales son devueltos a su familia. La placa de cobre esmaltada con su escudo de armas, en cambio, permanece en el stall como registro permanente de la Orden.

Placas de Isabel II y de Carlos III.

Es una solución sencilla y extraordinariamente poderosa, el caballero se marcha, pero su nombre y sus armas permanecen. De este modo, la capilla funciona también como una suerte de archivo heráldico tridimensional. Allí pueden encontrarse las placas de personajes como el almirante John Jellicoe, el mariscal de campo Earl Haig, Lord Kitchener o el vizconde Montgomery de Alamein. La propia dirección de la Abadía identifica expresamente las placas de varios de estos militares en la "Lady Chapel".

La de John Jellicoe, por ejemplo, recuerda al almirante de la Royal Navy que mandó la Gran Flota británica durante la batalla de Jutlandia en 1916. Jellicoe murió en 1935 y está enterrado en St. Paul's Cathedral, pero su placa como "Knight Grand Cross" de la "Order of the Bath" permanece en la Lady Chapel de Westminster.

La historia de estas piezas ayuda a explicar por qué algunas pueden encontrarse hoy en posiciones que, a primera vista, resultan extrañas.
La Orden fue ampliada en 1815, cuando se establecieron tres clases: Knights Grand Cross, Knights Commander y Companions (Grandes Cruces, Comendadores y Caballeros). Se abrió entonces también la posibilidad de admitir a un reducido número de civiles distinguidos en la categoría superior y, en 1847, se incorporó una sección civil de Caballeros y Comendadores. El número de miembros aumentó, del mismo modo, considerablemente, especialmente después de las guerras napoleónicas.
Durante casi un siglo dejaron de celebrarse incluirse más placas en la capilla. En 1913, Jorge V recuperó el ceremonial. Aquel año se instalaron las placas de 46 nuevos Grandes Cruces y volvió a ponerse en marcha la colocación de estandartes, cimeras. Fue entonces cuando las placas más antiguas fueron desplazadas hacia abajo, bajo los asientos de las filas superiores, por falta de más espacio.

Ese detalle es fundamental para comprender lo que hoy encuentra el visitante. La disposición de la heráldica en la capilla no responde a un único momento histórico. Es el resultado de varios siglos de incorporaciones, modificaciones y sustituciones. Algunas placas pertenecen a una época en la que el espacio disponible era suficiente; otras fueron colocadas posteriormente; y las antiguas conservaron su función de registro aunque cambiaran de posición.

La propia dirección de la Abadía  resume la función de estas piezas con una expresión reveladora: desde 1725, las “armorial stall-plates” han constituido un registro de los miembros más importantes de la Orden.

En la tradición heráldica, como sabemos, un escudo de armas no es simplemente un dibujo decorativo. Es un sistema de identificación visual asociado a una persona, una familia o una dignidad. En Westminster, además, las placas pueden proporcionar incluso información biográfica.

Un ejemplo particularmente revelador es el de Sir Frederick Haldimand, militar y gobernador de Quebec. Su placa se conserva en la Lady Chapel y la dirección de Westminster la describe como una de las placas esmaltadas más antiguas. Muestra su escudo de armas (un chevrón de armiño entre tres estrellas sobre campo de azur acompañado por dos figuras como soportes). La inscripción está redactada en francés y enumera los distintos cargos que desempeñó. También registra la fecha de su admisión en la Orden: el 19 de mayo de 1788. Parte de la biografía personal de Haldimand aparece así condensada en una pequeña pieza de metal.

Los conservadores de la Abadía repararon en otro detalle. Su sobrino Anthony Frederick Haldimand, que más tarde sería un famoso banquero, actuó como "esquire", escudero o paje, de su tío durante la ceremonia. Haldimand, como la inmensa mayoría de caballeros de esta institución no está enterrado en Westminster. Murió en Suiza en 1791. Sin embargo, su placa continúa en la capilla que pertenece a la Orden de la que formó parte. La placa, por tanto, no es solamente una imagen. Es un documento, y  quizá sea éste el aspecto más singular de las pequeñas piezas metálicas de la capilla.


Westminster Abbey está llena de monumentos funerarios. Allí descansan reyes, reinas, estadistas, militares y figuras fundamentales de la historia británica. Pero las placas de la Orden del Baño obedecen a otra lógica. No son epitafios, son elementos que constatan el lugar en la sociedad que ocupaban estas personalidades en cada momento histórico del país.

La Order of the Bath no es únicamente una institución del pasado. El 16 de mayo de 2025, la Abadía de Westminster acogió el servicio conmemorativo del 300.º aniversario de su creación. El rey Carlos III, soberano de la Orden, asistió a la ceremonia y el príncipe de Gales fue instalado como “Great Master”. Los nuevos “Knights Grand Cross” prestaron juramento y tomaron posesión de sus stalls  en la capilla.
La ceremonia ofreció una imagen extraordinariamente parecida a la que habría contemplado un visitante siglos atrás. La capilla, los estandartes, las cimeras, la heráldica y los asientos ceremoniales volvieron a formar parte un mismo ritual repetido ya durante siglos.

Entre las nuevas insignias estaban también las placas que conservan la memoria de quienes ocuparon aquellos mismos lugares antes que ellos. La tradición no se limita, por tanto, a recordar a los muertos. Continúa incorporando nombres nuevos a un registro que empezó a construirse en el siglo XVIII y que la propia Abadía considera un archivo permanente de los miembros que han ocupado los stalls.

Hay algo paradójico en este templo. Como hemos dicho, la Abadía es uno de los lugares del mundo donde más fácil resulta mirar hacia arriba. La arquitectura casi obliga a hacerlo. Las bóvedas, las vidrieras, los monumentos, los estandartes y los escudos compiten por la mirada.

Pero en la Lady Chapel, una parte esencial de la historia de una antigua orden de caballería se encuentra escrita mucho más abajo. En placas de metal. En nombres que quizá ya no dicen nada al visitante. En escudos cuyo mensaje sólo puede descifrarse con paciencia. Y en unos asientos cuya disposición actual es el resultado visible de tres siglos de historia institucional.


Publicado por La Mesa de los Notables.