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miércoles, 26 de agosto de 2026

CUALQUIER OFICIAL QUE VAYA A LA GUERRA SIN ESPADA ESTÁ MAL VESTIDO.


Un retrato moral, militar y humano de Jack Churchill.


Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez. 

Bajo el lema «cualquier oficial que vaya a la guerra sin su espada está mal vestido», Jack Churchill se alzó en la historia como una figura que parece haber sido arrancada de otro tiempo y arrojado, de repente, a la crudeza de la Segunda Guerra Mundial. Su presencia en el frente fue desafiante, hasta parecía que la época no podía dictarle las formas de su conducta. Alguien señaló que en sus actos se advertía una fidelidad íntima a ciertos valores que se llevan en el alma desde la juventud.

Jack Churchill fue un oficial competente, disciplinado y extraordinariamente eficaz. Una audacia extrema le acompañaba en cada una de sus acciones. No hablamos de temeridad, era, por el contrario, una manera de estar en el mundo siendo consecuente consigo mismo. Lideró numerosos ataques que cualquier otro habría evitado y sobrevivió a situaciones que habrían hecho huir a muchos. Siempre mantuvo la compostura propia de un oficial, lo que desconcertaba a todos aquellos que le rodeaban. Destacaba su profesionalidad británica y, quizá, un romanticismo guerrero heredado de los viejos arqueros de la Edad Media. Es como si la misma historia quisiese demostrar que algunos espíritus no se extinguen nunca.

El episodio más citado y conocido fue el disparo de una flecha que abatió a un sargento alemán en 1940. Esto revela de una forma clara la naturaleza del carácter de John. El arco exige un silencio interior, pero sobre todo paciencia y mucho valor. En una guerra dominada por explosivos y máquinas, él escogió un arma que le obligaba a estar presente. Es la conciencia de cada instante. Así pues, esa flecha, el último uso documentado de un arco largo en combate moderno, es una afirmación de identidad en medio del estruendo y una forma de recordar que cualquier combate puede ser un acto personal.


También la espada que llevaba consigo permanentemente, era otra declaración moral. No estamos ante la evocación de la nostalgia, más bien era su forma de presentarse ante el peligro, portando elementos que consideraba esenciales en un soldado. La espada, sin duda, obliga a quien la lleva a mirar de frente y asumir cualquier responsabilidad sin necesidad de intermediarios. Cuando Churchill afirmaba que un oficial sin espada está mal vestido, estaba hablándonos de integridad, de que todo hombre debe conservar, incluso en el caos, aquello que mejor le define.

Toda su vida parece guiada por la coherencia, completamente alejado de la comodidad. Fue capturado en Italia y trasladado a un campo de prisioneros en Alemania. De allí escapó con la misma serenidad con la que había entrado en combate. Tuvo que caminar más de ciento cincuenta kilómetros hacia el este, confiando en su instinto, y lo hacía con esa obstinación moral que siempre le acompañaba. Cuando volvieron a capturarle, él volvió a intentar fugarse. Es evidente que su espíritu no le dejaba rendirse, no se resignaba a permanecer preso. Era un hombre de una firmeza extraordinaria. No se rendía nunca, fruto de una educación profunda que recibió desde muy joven. Vivió y creció con la idea de que el hombre debe sostenerse a sí mismo, incluso, cuando todo alrededor parece dispuesto a derribarlo.

Terminada la guerra, lejos de convertirse en una simple reliquia del pasado, Churchill continuó llevando una vida plena. Participó en operaciones en Palestina, instruyendo a jóvenes oficiales y siempre, con esa compostura de viejos caballeros.

También tocaba la gaita en ceremonias militares. Es como si quisiera recordarnos que la música puede sostener el ánimo. Siguió practicando tiro con arco, al igual que había hecho a lo largo de su vida. Y conservó su espada como recuerdo y símbolo de una vida que nunca quiso olvidar.

En sus últimos años de retiro se dedicó a otras actividades más mundanas. Navegaba, pintaba y paseaba durante largas jornadas. Fue un hombre fiel a sí mismo, alguien que quiso reivindicar su educación y la fuerza del corazón como ejes principales de toda acción. Su vida civil fue como su vida militar, porque nunca se permitió un instante de comodidad que le llevase a convertirse en un personaje pintoresco.

Nunca explicó los motivos de su conducta, pero tal vez podríamos intuirlos por sus actos y trayectoria. Lo que sí podemos asegurar es que John Churchill siempre actuó movido por la profunda convicción de que el hombre debe conservar, incluso en los peores instantes como es la guerra, todo lo que le hace humano. Su valor era una forma de resistencia moral frente a la despersonalización de los conflictos modernos. Parece que nuestro personaje se negó a ser absorbido por una época, así que actuó como estimó para que nada substituyese su voluntad. No serían los explosivos los que viniesen a reemplazar sus más íntimas decisiones.

Murió en 1996 cuando contaba ochenta y nueve años, y lo hizo con la serenidad de quien quiso vivir conforme a su propio código. Su muerte no fue un acontecimiento público. Marchó como vino, después de una vida guiada por la coherencia, y lo hizo con el mismo silencio que sus flechas.

Hoy su arco, su espada, su gaita y su audacia, toda su vida, son un alegato en favor de los valores que poseen algunas personas. En ese sentido, Mad Jack, que es como lo conocían, no fue un anacronismo, sino la afirmación de una hermosa historia, la de un hombre que se quiso mantener fiel a sí mismo.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 3 de agosto de 2026

EL CENTINELA INVISIBLE.

 Riestra2026.

Siempre he pensado que la disciplina es un centinela invisible que habita en el interior de cada uno de nosotros. No reclama reconocimiento ni hace ruido; solo vela por nuestras decisiones y nos impulsa a obrar con rectitud, aun sabiendo que el camino del deber es sin duda más duro que el del deseo.
La disciplina no irrumpe en las plazas con el estruendo de los vencedores ni busca para sí el brillo de las epopeyas, ni el eco de antiguas batallas y no se adorna con fanfarrias. Transcurre en silencio como esos ríos profundos que minan el paisaje sin necesitar la atención de nadie. Es una virtud discreta, hecha de sombra y de acero; una música interior que solo escuchan quienes han aprendido a gobernarse antes de comenzar a gestionar sus actos.

Vivimos en una época que confunde el impulso con el valor y el grito con la verdad. Se anima a la persona a que rompa filas, que desafíe el orden y que convierta su voluntad en ley instantánea. Pero existe otra clase de fortaleza, más austera y más difícil, la de quien permanece fiel, aunque nadie aplauda, la de quien cumple con su deber incluso cuando el deber pueda pesarle como una noche entera sobre los hombros.

Un ejército sin disciplina no es un ejército, es una multitud armada, una banda. Y una multitud en armas es como una tormenta sin horizonte, no podemos predecir su alcance. Las armas por si solas nunca han aportado honor. El honor siempre lo aportó el límite, y siempre lo aporta esa frontera invisible que separa la fuerza del abuso, el poder de la violencia y que diferencia, a todas luces y de manera inequívoca, al soldado del bandido.

Quien viste uniforme conoce una verdad que nadie discute: la obediencia debe estar por encima del deseo. Hay órdenes que llegan como el invierno, ásperas, incómodas, contrarias a las inclinaciones del corazón. Y, sin embargo, se cumplen. No porque el soldado haya renunciado a pensar, sino porque confía en la comunión con sus jefes y subordinados. Conoce de ese “ánima común”, ese código que ha pervivido durante generaciones y que hace de la profesión de las armas más que un oficio, una religión.



La obediencia, cuando nace de la disciplina, no es servidumbre, sino una forma de lealtad. No anula la conciencia; la pone a prueba. El soldado no promete entusiasmo constante; promete fidelidad. Y esa fidelidad, precisamente porque no depende del estado de ánimo, posee una dignidad que las pasiones desconocen y que nunca podrán alcanzar.

Quienes nunca han servido con las armas suelen contemplar estas conductas con extrañeza. Desde la comodidad que puede ofrecer la distancia, juzgan al soldado porque no actúa como ellos esperan. “Mariscales de salón” que reprochan su paciencia, su contención, su respeto por la norma establecida. Confunden la disciplina con la pasividad, como si el hecho de no precipitarse equivaliese a no actuar. No advierten que la disciplina es, ante todo, el dominio de uno mismo.

El soldado, por su preparación y convencimiento, no responde a cada provocación ni convierte cada deseo en una acción. Sabe esperar. Sabe medir, y sabe que el verdadero poder consiste, muchas veces, en contener la mano cuando podría desatarla.

Quienes convivimos  a diario con la disciplina sabemos que hay una belleza severa en esa contención. Es la belleza del centinela que vela el sueño de otros; del marino que mantiene el rumbo, aunque el horizonte desaparezca; del soldado que permanece en su puesto cuando el miedo le susurra otra cosa. No son héroes de un instante, su grandeza no reside en un gesto extraordinario y único, sino en la suma de innumerables lealtades silenciosas.

La disciplina es, en su esencia más pura, el cumplimiento del deber unido al respeto a la norma. Una norma, que nunca tendrá el peso de una cadena sino la seguridad que ofrece el sendero al caminante. El río transcurre sereno porque tiene orillas, el lenguaje existe porque tiene reglas, la música conmueve porque goza de armonía. También la fuerza necesita un cauce para no convertirse en devastación, ahí está la Ley.

Por eso el soldado sirve a algo mayor que su propia voluntad. Sirve como mejor sabe a la patria que juró defender, y puede que ese juramento, en ocasiones le pida cautela y le exija esperar cuando otros reclaman precipitación, e incluso puede que le imponga límites cuando la ira le invite a quebrantarlo. Y precisamente en esa aceptación de los límites reside su nobleza.

Resulta paradójico que muchas personas, en determinadas situaciones, acusen de inacción a quienes han sido educados para actuar bajo las condiciones más difíciles y duras. El soldado sabe que una decisión irreflexiva puede destruir en un instante aquello que generaciones enteras levantaron con sacrificio. Sabe que el desorden comienza casi siempre con una justificación seductora. Sabe que la barbarie rara vez se presenta con un rostro monstruoso, suele llegar envuelta en la excusa de la urgencia.

La disciplina es tan generosa que protege, bajo el manto de los que la profesan, incluso a quienes la desprecian. Cuando la fuerza obedece a la ley, el ciudadano duerme bajo un techo de certezas. Cuando la fuerza obedece únicamente al deseo de quien empuña las armas, la noche pertenece al miedo. Toda civilización descansa sobre esa diferencia invisible.

No hay libertad donde cada hombre se erige en su propia ley. No hay justicia donde la fuerza carece de límites. No hay ejército donde la obediencia se cuestiona a las primeras de cambio.
Por eso la disciplina merece ser cultivada con la misma delicadeza con la que se protege una llama en mitad de una tempestad. Porque es una llama antigua la que separa el orden del caos, el servicio de la obligación y la civilización de la barbarie.

El soldado no es menos libre porque obedezca; es más responsable. Ha elegido que su voluntad no sea torrente, sino espada contenida. Y esa elección, silenciosa y cotidiana, posee una belleza que el mundo impaciente rara vez alcanza a comprender.
La disciplina es el último centinela de la fuerza. Mientras ella vela, las armas sirven al bien común. Cuando ella cae, las armas dejan de servir a un ideal y comienzan a servir al hombre. Entonces ya no hay un ejército, solo queda una banda, solo una multitud armada.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

 

 

sábado, 11 de julio de 2026

¿TUVO IFNI SU PROPIA GUARDIA CIVIL, COMO UNIDAD TOTALMENTE AUTÓNOMA, DURANTE LA ADMINISTRACIÓN ESPAÑOLA? (RESPONDEMOS A UN LECTOR).

 Riestra2026.

Hay capítulos de la historia de España que permanecen en un discreto segundo plano, eclipsados por acontecimientos de mayor difusión o por el paso del tiempo. Uno de ellos es, sin duda, el de la Guardia Civil de Ifni, una Unidad prácticamente desconocida para muchos españoles, incluso para quienes sienten interés por la historia militar o por la propia trayectoria de la Benemérita. Precisamente este artículo nace como respuesta a un lector de nuestro blog que nos preguntaba por “aquella Guardia Civil perteneciente al territorio de Ifni”, convencido de que merecía un espacio en nuestra memoria colectiva.

La pregunta no es menor. Durante décadas, miles de guardias civiles sirvieron en un territorio español situado en la costa atlántica africana, desempeñando funciones de seguridad, vigilancia y mantenimiento del orden en un escenario complejo por su geografía, su diversidad tribal y, especialmente, por la evolución política del norte de África durante el siglo XX.

La presencia efectiva de España en Ifni comenzó en 1934, aunque los derechos españoles sobre el territorio se remontaban al Tratado de Wad-Ras, firmado en 1860 tras la Guerra de África. Ese mismo año, el 11 de junio de 1934, el Gobierno de la Segunda República organizó oficialmente la administración del territorio y dispuso la creación de la Guardia Civil de Ifni como elemento esencial para garantizar el orden público y la seguridad. La jefatura y la plana mayor quedaron establecidas en Sidi Ifni, capital del territorio.

La organización reprodujo, en buena medida, el modelo existente en la Península. Conforme se fue formando personal indígena para el servicio, se desplegaron trece puestos repartidos por todo el territorio: Sidi Ifni, Sidi-Uarsak, Sidi-Borya, Hachz de Bifurna, Tenin de Ait-Izihur, Togunfel, Ait-Talaten, Id-Aixa, Tiliuin, Uggu, Sidi-Yennun, Arosi y Asaka. Aquella distribución permitía cubrir prácticamente toda la demarcación mediante un sistema de vigilancia permanente.

Una de las características más singulares de aquella Guardia Civil fue su composición. Junto a guardias civiles procedentes de la Península prestaban servicio numerosos integrantes de origen autóctono, muchos de ellos procedentes de las Fuerzas Regulares Indígenas y de las Mehal-las Jalifianas. Bajo el mando de oficiales de la Guardia Civil procedentes de la Península, esta combinación de personal europeo y nativo permitió adaptar el servicio a las particularidades sociales y geográficas del territorio.

Imágenes: http://www.coleccionguardiacivilagb.com/

El uniforme de la Guardia Civil de Ifni seguía, en líneas generales, la reglamentación del Instituto, aunque incorporaba algunos elementos propios adaptados al servicio en el territorio africano. Su elemento más característico era su distintivo reglamentario: una estrella de cinco puntas superpuesta sobre una media luna, ambas de metal dorado, aprobada por la Orden Circular de 28 de agosto de 1934. Esta insignia se lucía en el cuello de la guerrera, bajo el emblema del Cuerpo, y también, algunas veces, en la parte frontal de la gorra de plato, convirtiéndose en el rasgo más identificativo de aquellos guardias con base en los territorios que componían Ifni. El resto del uniforme respondía a criterios eminentemente prácticos, con prendas adaptadas en su colorido y textura al clima cálido y seco del territorio, sin perder la sobriedad y el porte característicos que la Guardia Civil ha conservado a lo largo de su historia. Aquella sencilla estrella sobre una media luna terminó convirtiéndose en uno de los emblemas más singulares y hoy menos conocidos de la historia del Instituto.

La historia de esta "Unidad" fue, sin embargo, relativamente breve. La Guardia Civil de Ifni, concebida como una organización específica para el territorio, permaneció en activo entre 1934 y 1937, apenas tres años en los que sentó las bases de la seguridad y el orden público en la entonces posesión española. Su desaparición como "Comandancia autónoma" no supuso el final de la presencia del Instituto en aquellas tierras. Dependiendo orgánica y funcionalmente de la Comandancia de Ceuta, los guardias civiles continuaron prestando servicio en Ifni durante toda la administración española del territorio, participando en su vida cotidiana y, años después, afrontando también los difíciles acontecimientos de la Guerra de Ifni.

Durante las dos décadas posteriores la Guardia Civil desarrolló una labor  alejada de los grandes titulares: patrullas, custodia de poblaciones, protección de caminos, persecución del bandolerismo indígena y colaboración con la administración territorial. Sin embargo, aquella relativa estabilidad se quebró en noviembre de 1957.

El 23 de noviembre de ese mismo año, siendo Ifni ya provincia española de pleno derecho, comenzaron los ataques del denominado "Ejército de Liberación Marroquí" contra diversos puestos españoles, dando inicio a la conocida como Guerra de Ifni. Numerosos destacamentos de la Guardia Civil quedaron aislados y soportaron asedios durante semanas en condiciones extremadamente difíciles. La actuación de sus componentes quedó integrada en la defensa general del territorio junto al Ejército, la Legión, los Tiradores de Ifni y otras unidades españolas allí destacadas.
Entre los episodios más recordados figura el cautiverio del cabo primero don Juan Rubio Martos, comandante del puesto fronterizo de Tabelcut, capturado junto con su esposa e hijos. Permanecieron prisioneros durante aproximadamente año y medio hasta su liberación el 6 de mayo de 1959, un hecho que refleja la dureza humana de aquel conflicto más allá de las operaciones militares.

Tras los acuerdos posteriores a la guerra, España cedió a Marruecos la franja de Cabo Juby en 1958, aunque conservó Ifni durante algunos años más. Finalmente, el territorio fue entregado a Marruecos en 1969, poniendo fin a treinta y cinco años de presencia de la Guardia Civil en aquella tierra africana

Hoy apenas quedan ya vestigios materiales, tanto de aquella primitiva institución (que tan solo sobrevivió tres años) como de la posterior fuerza destacada en el territorio durante los años 1937 a 1969, pero sí permanece el recuerdo de quienes sirvieron en condiciones difíciles y, en muchos casos, alejados de sus familias y de la propia Península. La Guardia Civil de Ifni constituye una página poco conocida de la historia militar española, no porque carezca de importancia, sino porque el paso del tiempo la ha ido relegando a un lugar discreto en la memoria colectiva.

Responder a nuestro lector, y supongo que en adelante también amigo, ha supuesto  rescatar una historia que merece ser recordada sin exageraciones ni silencios interesados. Porque conocer la existencia de esta Unidad es comprender una parte de la presencia española en África, de la evolución del Instituto y de un periodo histórico que, aunque poco recordado, forma parte del patrimonio común de nuestra historia.

Riestra2026.

Publicado Por La Mesa de los Notables.

viernes, 10 de julio de 2026

LA «PIEZA METÁLICA QUE CUELGA DEL CUELLO» DE ALGUNOS OFICIALES DEL EJÉRCITO ESPAÑOL (RESPONDEMOS A UN LECTOR).

Riestra2026. 

Hace unos días, un lector de nuestro blog nos envió por mail una curiosa consulta. Había observado a un oficial de Infantería de Marina luciendo, sobre el pecho y suspendida del cuello, una pequeña pieza metálica de aspecto antiguo. Sabía que formaba parte del uniforme, pero desconocía su nombre y, sobre todo, su significado y uso. Aquella insignia a la que se refería era una gola, una de las piezas con mayor carga histórica de la uniformidad militar española.

Aunque no es un elemento exclusivamente español, su pregunta nos pareció una magnífica excusa para profundizar en una pieza que suele pasar desapercibida para la mayoría, pero que atesora varios siglos de historia. Desde su origen como elemento defensivo de las armaduras medievales hasta su actual uso ceremonial en unidades como la Academia General Militar de Zaragoza, el Cuerpo General de la Aramada, la Infantería de Marina o la Guardia Real; la gola ha sobrevivido a la desaparición de las corazas, a las sucesivas reformas de la uniformidad militar y a la propia evolución de los ejércitos. A grandes rasgos, esta es su historia.

Gola de Oficial de la Casa Real Española.


DEL ACERO DE LA ARMADURA AL SÍMBOLO DEL MANDO.

Hay prendas militares cuya historia resulta evidente. El casco, la espada, y el uniforme han evolucionado sin perder nunca su función principal. La gola, en cambio, siguió un camino muy distinto. Nació como una pieza de la armadura destinada a proteger la garganta y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la autoridad militar. Aunque muchos la consideran una reliquia del pasado, continúa formando parte de la uniformidad ceremonial española.

El origen de esta pieza se encuentra en el gorjal o gorguera metálica que protegía el cuello de los hombres de armas durante los siglos XIV, XV y XVI. Integrada en la armadura, esta pieza unía el casco con el peto y protegía una de las partes más vulnerables del cuerpo frente a tajos y estocadas.
La progresiva generalización de las armas de fuego hizo que las armaduras fueran perdiendo utilidad. Entre los siglos XVII y XVIII desaparecieron la mayoría de sus componentes, pero el gorjal sobrevivió. Ya no era una pieza defensiva: reducido a una placa metálica de forma semicircular, suspendida del cuello mediante una cinta o una cadena, pasó a convertirse en un distintivo reservado a los oficiales.
España no fue una excepción. Como ocurrió en otros ejércitos europeos, la antigua protección del cuello evolucionó hasta convertirse en una insignia de mando.

Diferentes gorjales

En un tiempo en la que aún no existían las divisas modernas sobre hombreras o bocamangas, la gola permitía identificar de inmediato a quien ejercía el mando. Su presencia indicaba que su portador ostentaba autoridad delegada por el Rey.

Las piezas conservadas en el Museo del Ejército muestran golas realizadas en metal dorado o plateado, normalmente decoradas con las armas reales o con la cifra del monarca reinante. Más que un simple adorno, constituían un símbolo visible de la condición de oficial.

Las Reales Ordenanzas de Carlos III de 1768, que reorganizaron profundamente el Ejército español, consolidaron una uniformidad cada vez más reglamentada, este texto regula por primera vez en España el uso de la gola para los rangos comprendidos entre coronel y alférez que estuvieran en servicio de armas. En esta etapa es cuando las golas pasan de ser de metal liso a llevar grabados o resaltados diferentes escudos e inscripciones como por ejemplo las iniciales del rey o los símbolos nacionales o del regimiento. 

Durante el siglo XIX la uniformidad militar experimentó una profunda transformación. Las charreteras, galones y las nuevas divisas hicieron innecesaria la antigua gola como sistema de identificación del empleo.
Su desaparición, sin embargo, no fue inmediata. Durante décadas continuó utilizándose en determinados actos y servicios, mientras perdía protagonismo frente a los nuevos distintivos reglamentarios.
A finales del siglo XIX la gola había dejado de ser una prenda de uso general, pero conservaba un importante valor simbólico. Representaba la continuidad histórica del cuerpo de oficiales y recordaba el origen caballeresco de la profesión militar.

En la actualidad, lejos de desaparecer, la gola ha llegado hasta nuestros días como parte de la uniformidad histórica y ceremonial.
La Guardia Real mantiene su uso en determinados uniformes históricos de gala, donde los oficiales lucen una gola dorada con el escudo de la Casa de S. M. el Rey, recuperando una tradición que hunde sus raíces en los siglos XVII y XVIII. Del mismo modo la Academia General Militar de Zaragoza la mantiene en su unifórme de época para los empleos de capitán hasta coronel, con el escudo de la AGM; el Cuerpo General de la Armada la mantiene en determinados servicios y actos, dando una indudable vistosidad a los uniformes.

También la Infantería de Marina, el cuerpo más antiguo del mundo en activo, conserva la gola en determinadas modalidades de uniforme histórico y de representación, especialmente vinculadas a actos solemnes y ceremonias militares.

Arriba:Gola de oficial de la Armada. Abajo Gola de Oficial de la Guardia Real.

Esta continuidad no responde únicamente a criterios estéticos. La gola forma parte del patrimonio histórico de las Fuerzas Armadas españolas y simboliza la permanencia de tradiciones que han sobrevivido a profundos cambios políticos, tecnológicos y organizativos.
La vigente Orden DEF/114/2025, por la que se aprueban las normas de uniformidad de las Fuerzas Armadas, mantiene la gola entre los complementos reglamentarios para el personal y las modalidades de uniforme en que corresponda, lo que demuestra que sigue siendo una pieza oficialmente reconocida dentro de la uniformidad militar española de diversos Cuerpos.

Puede parecer un detalle menor dentro del uniforme, pero esta pieza resume casi cinco siglos de historia militar. En una profesión marcada por la constante evolución de las armas, las tácticas y la tecnología, donde los uniformes han cambiado una y otra vez para adaptarse a las exigencias de cada época, son muy pocas las prendas capaces de atravesar los siglos sin perder su significado. La gola es una de ellas. Nacida como una pieza de acero destinada a proteger la garganta del combatiente, supo reinventarse cuando las armaduras y arneses desaparecieron de los campos de batalla y encontró una nueva razón de ser como símbolo de autoridad, mando y tradición. 

Hoy ya no resguarda a quien la porta, pero continúa ocupando un lugar preeminente en la uniformidad ceremonial de las Fuerzas Armadas españolas. Su presencia recuerda que la historia militar no solo se conserva en los archivos o en los museos, sino también en aquellos pequeños detalles que han sobrevivido al paso del tiempo y que siguen transmitiendo, generación tras generación, el legado, los valores y la identidad de quienes vestimos uniforme.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.