Un retrato moral, militar y humano de
Jack Churchill.
Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.
Bajo el lema «cualquier oficial que vaya a la guerra sin su espada está mal vestido», Jack Churchill se alzó en la historia como una figura que parece haber sido arrancada de otro tiempo y arrojado, de repente, a la crudeza de la Segunda Guerra Mundial. Su presencia en el frente fue desafiante, hasta parecía que la época no podía dictarle las formas de su conducta. Alguien señaló que en sus actos se advertía una fidelidad íntima a ciertos valores que se llevan en el alma desde la juventud.
Jack Churchill fue un oficial competente, disciplinado y extraordinariamente eficaz. Una audacia extrema le acompañaba en cada una de sus acciones. No hablamos de temeridad, era, por el contrario, una manera de estar en el mundo siendo consecuente consigo mismo. Lideró numerosos ataques que cualquier otro habría evitado y sobrevivió a situaciones que habrían hecho huir a muchos. Siempre mantuvo la compostura propia de un oficial, lo que desconcertaba a todos aquellos que le rodeaban. Destacaba su profesionalidad británica y, quizá, un romanticismo guerrero heredado de los viejos arqueros de la Edad Media. Es como si la misma historia quisiese demostrar que algunos espíritus no se extinguen nunca.
El episodio más citado y conocido fue el
disparo de una flecha que abatió a un sargento alemán en 1940. Esto revela de
una forma clara la naturaleza del carácter de John. El arco exige un silencio
interior, pero sobre todo paciencia y mucho valor. En una guerra dominada por
explosivos y máquinas, él escogió un arma que le obligaba a estar presente. Es
la conciencia de cada instante. Así pues, esa flecha, el último uso documentado
de un arco largo en combate moderno, es una afirmación de identidad en medio del
estruendo y una forma de recordar que cualquier combate puede ser un acto
personal.
También la espada que llevaba consigo permanentemente, era otra declaración moral. No estamos ante la evocación de la nostalgia, más bien era su forma de presentarse ante el peligro, portando elementos que consideraba esenciales en un soldado. La espada, sin duda, obliga a quien la lleva a mirar de frente y asumir cualquier responsabilidad sin necesidad de intermediarios. Cuando Churchill afirmaba que un oficial sin espada está mal vestido, estaba hablándonos de integridad, de que todo hombre debe conservar, incluso en el caos, aquello que mejor le define.
Toda su vida parece guiada por la coherencia, completamente alejado de la comodidad. Fue capturado en Italia y trasladado a un campo de prisioneros en Alemania. De allí escapó con la misma serenidad con la que había entrado en combate. Tuvo que caminar más de ciento cincuenta kilómetros hacia el este, confiando en su instinto, y lo hacía con esa obstinación moral que siempre le acompañaba. Cuando volvieron a capturarle, él volvió a intentar fugarse. Es evidente que su espíritu no le dejaba rendirse, no se resignaba a permanecer preso. Era un hombre de una firmeza extraordinaria. No se rendía nunca, fruto de una educación profunda que recibió desde muy joven. Vivió y creció con la idea de que el hombre debe sostenerse a sí mismo, incluso, cuando todo alrededor parece dispuesto a derribarlo.
Terminada la guerra, lejos de convertirse en una simple reliquia del pasado, Churchill continuó llevando una vida plena. Participó en operaciones en Palestina, instruyendo a jóvenes oficiales y siempre, con esa compostura de viejos caballeros.
También tocaba la gaita en ceremonias militares. Es como si quisiera recordarnos que la música puede sostener el ánimo. Siguió practicando tiro con arco, al igual que había hecho a lo largo de su vida. Y conservó su espada como recuerdo y símbolo de una vida que nunca quiso olvidar.
En sus últimos años de retiro se dedicó a otras actividades más mundanas. Navegaba, pintaba y paseaba durante largas jornadas. Fue un hombre fiel a sí mismo, alguien que quiso reivindicar su educación y la fuerza del corazón como ejes principales de toda acción. Su vida civil fue como su vida militar, porque nunca se permitió un instante de comodidad que le llevase a convertirse en un personaje pintoresco.
Nunca explicó los motivos de su conducta, pero tal vez podríamos intuirlos por sus actos y trayectoria. Lo que sí podemos asegurar es que John Churchill siempre actuó movido por la profunda convicción de que el hombre debe conservar, incluso en los peores instantes como es la guerra, todo lo que le hace humano. Su valor era una forma de resistencia moral frente a la despersonalización de los conflictos modernos. Parece que nuestro personaje se negó a ser absorbido por una época, así que actuó como estimó para que nada substituyese su voluntad. No serían los explosivos los que viniesen a reemplazar sus más íntimas decisiones.
Murió en 1996 cuando contaba ochenta y nueve años, y lo hizo con la serenidad de quien quiso vivir conforme a su propio código. Su muerte no fue un acontecimiento público. Marchó como vino, después de una vida guiada por la coherencia, y lo hizo con el mismo silencio que sus flechas.
Hoy su arco, su espada, su gaita y su
audacia, toda su vida, son un alegato en favor de los valores que poseen
algunas personas. En ese sentido, Mad Jack, que es como lo conocían, no fue un
anacronismo, sino la afirmación de una hermosa historia, la de un hombre que se
quiso mantener fiel a sí mismo.
Publicado
por La Mesa de los Notables.






