miércoles, 4 de noviembre de 2026

¿UN ADIOS DEFINITIVO?


El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario .

Epílogo.

A lo largo de estos meses, La Mesa de los Notables ha venido publicando las doce entregas de El gabinete del vizconde de Malvavisco.
Hace unos días recibí del vizconde una carta que, por su interés y por el sentido que aporta al conjunto de la serie, he considerado oportuno reproducir íntegramente.
Quienes hayan seguido sus escritos reconocerán en ella las mismas preocupaciones que han ido apareciendo, entre bromas, genealogías, precedencias, tratamientos, uniformes y alguna que otra vanidad.

La carta dice así:

 

Estimado Feliciano:

Estas doce semanas de correspondencia me han permitido conocerte mejor y, a través de ti, acercarme también a muchas de las personas que siguen La Mesa de los Notables. Te agradezco que hayas dado acogida a mis cartas.
Llevo años observando de una manera peculiar algunas cosas de este mundo de corporaciones nobiliarias y caballerescas. Hasta ahora esas reflexiones apenas habían salido de mi círculo más cercano. Gracias a este blog han llegado bastante más lejos de lo que esperaba por lo que no sé si felicitarte o pedirte explicaciones.

Antes de retirarme quisiera compartir contigo y con los lectores unas últimas reflexiones.

En el año 2000, con ocasión del Gran Jubileo, el Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid convocó a las Órdenes, instituciones y corporaciones nobiliarias españolas. Fue la primera reunión de aquellas características celebrada en España(1).
Aquel encuentro quiso ser algo más que la coincidencia solemne de uniformes, insignias, mantos y tradiciones diferentes. Se habló de caminar hacia una mayor unidad de la nobleza española, de estrechar la cooperación entre sus corporaciones y de afrontar juntos un tiempo nuevo sin renunciar a aquello que cada una había recibido de la Historia.

Hubo también una advertencia.

El conde de Murillo, entonces presidente del Real Cuerpo, llamó expresamente a huir «de querellas internas, de estériles envidias, de enfrentamientos y de vanidades fuera de lugar»(2).
La precisión me parece admirable. Las vanidades, al parecer, tienen su lugar. El problema empieza cuando pretenden ocupar también el de los demás.
Veinticinco años después, en octubre de 2025, el Real Cuerpo volvió a reunir en la catedral de la Almudena a las corporaciones nobiliarias españolas con ocasión de un nuevo Jubileo.

No deja de ser significativo que su actual presidente, el conde de Paredes de Nava, hubiera afirmado poco antes, al reflexionar sobre el lugar de la nobleza en nuestro tiempo, que «hay que premiar el mérito y la excelencia, no el origen de cada uno»(3).
La frase merece ser recordada. Conservar una tradición no consiste únicamente en recordar lo que hicieron nuestros antepasados. Sobre todo si fueron ellos quienes hicieron la parte difícil.

En aquel Jubileo de 2025, el cardenal José Cobo recordó además que «no hay mayor nobleza que la práctica de la virtud» e invitó a convertir la autoridad en servicio, la dignidad en cercanía y la tradición en misión(4).
Entre ambos jubileos había transcurrido un cuarto de siglo. Y, sin embargo, permanece una pregunta: ¿qué dificulta todavía esa unidad? Probablemente no las diferencias entre instituciones. Pueden tener historias, estatutos, precedencias, uniformes y tradiciones distintas y seguir formando parte de una misma realidad; incluso discrepar sobre el lugar que corresponde a cada una en una mesa y llegar al postre sin solicitar dictamen.

Lo difícil es sobrevivir a la vanidad.

De esas cosas he hablado durante doce capítulos desde mi gabinete y creo que ha llegado el momento de explicar por qué.

El gabinete del vizconde de Malvavisco nació con una intención muy sencilla: contribuir, en la pequeña medida en que unas páginas puedan hacerlo, a la unidad de las corporaciones nobiliarias españolas. No pretendiendo que sean iguales, sino procurando que sus diferencias legítimas no se conviertan, por obra de nuestras pequeñas vanidades, en distancias innecesarias.

Una precedencia puede tener su razón de ser; el problema empieza cuando alguien encuentra en ella la medida de su importancia. Un tratamiento puede expresar una dignidad; otra cosa es necesitarlo para sentirse digno.
La vanidad posee una notable capacidad de adaptación. Puede vestirse de gala, llevar banda, citar un reglamento de 1847 y seguir siendo exactamente la misma.

Si algún día se instituyera una medalla a la modestia, no faltaría quien preguntase dónde debe colocársela. Y probablemente otro preguntaría quién tiene precedencia entre los condecorados.

No he pretendido, por tanto, burlarme de la nobleza, de sus corporaciones ni de sus tradiciones. Al contrario, he intentado separar la tradición de la vanidad que a veces se adhiere a ella, salvando lo que merece conservarse de aquello que termina separándonos.

Para observar esas pequeñas transformaciones dispongo, además, de una ventaja familiar. Mi antepasado don Rigoberto de Malvavisco y Peñafría, primer vizconde de Malvavisco, era bizco. También yo lo soy, aunque prefiero expresarlo de otro modo: los Malvavisco poseemos una especial capacidad para contemplar dos realidades al mismo tiempo. Mi oftalmólogo no comparte esta definición, pero tampoco pertenece a la familia.

Mi familia ha perdido con el tiempo algunas propiedades, determinados documentos y una cantidad de dinero que nadie parece demasiado interesado en calcular. La mirada, en cambio, ha llegado intacta. Gracias a ella puedo contemplar a la vez lo que una persona aparenta ser y aquello que verdaderamente es. No siempre coinciden. A veces ni siquiera se conocen.
Durante estos doce capítulos he procurado señalar esa distancia mediante lo que podríamos llamar «humor noble». No porque provenga de un antiguo linaje, sino porque puede señalar una contradicción sin humillar a quien la protagoniza y, con un poco de suerte, reconocernos también nosotros en ella.

Una discusión solemne puede exigir acta, réplica, contrarréplica y, en casos verdaderamente graves, una comisión. Una sonrisa necesita bastante menos documentación.
Quizás por eso pueda ayudar también a la unidad. Resulta más difícil escandalizarse por las vanidades del vecino después de haber reconocido las propias.

Y tal vez ahí se encuentre el verdadero sentido de estos doce capítulos: no decidir qué corporación es más antigua, cuál debe preceder o quién posee el tratamiento, el apellido, el uniforme o la genealogía más distinguidos. En esos asuntos existe ya suficiente entusiasmo sin necesidad de mi ayuda.
Se trata simplemente de impedir que diferencias legítimas se conviertan en motivos de separación.

La unidad empieza cuando el prestigio de otra institución no disminuye el propio y cuando el mérito ajeno puede alegrarnos sin obligarnos inmediatamente a recordar el nuestro.

Entre el Jubileo de 2000 y el de 2025 se expresó, con palabras distintas, una misma invitación: que la nobleza encuentre su sentido en la virtud, el mérito y el servicio.
Estos doce capítulos han querido contribuir modestamente a ese espíritu. No proponiendo nuevos reglamentos ni nuevas estructuras y, desde luego, no fundando otra corporación.

Ya hay suficientes.

Han querido hacerlo recordando algo bastante sencillo: muchas veces no son las instituciones las que separan a los hombres, sino la importancia que los hombres intentan obtener de ellas.
Quizás, veintiséis años después de aquel primer Jubileo, baste con retirar algunas pequeñas vanidades hasta que el bien del otro deje de parecernos una amenaza.
Aquí terminan estos doce capítulos. Y aquí, al menos por ahora, dejo de escribir.
Ya se verá si temporal o definitivamente. Tampoco tengo especial prisa por aclararlo. Las despedidas definitivas obligan después a dar demasiadas explicaciones si uno regresa.

Seguiré en mi gabinete. Don Rigoberto continuará contemplándolo todo desde la pared, mi secretario procurará mantener cierto orden entre los papeles y Ataúlfo seguirá encontrando asuntos de extraordinaria importancia sobre los que pedirme una opinión que después no siempre estará dispuesto a escuchar. Es reconfortante saber que algunas instituciones permanecen.

Tal vez alguno consiga algún día que vuelva a coger la pluma. O tal vez no.

En cualquier caso, durante doce capítulos he intentado hacer aquello para lo que esta particular mirada parece haber sido concebida: mirar en dos direcciones.
Hacia lo que aparentamos.
Y hacia lo que somos.

Gracias, Feliciano, por haberme hecho sitio durante estas doce semanas en tu Mesa. Me retiro antes de que la hospitalidad pueda convertirse, por el uso, en derecho adquirido.

Recibe un abrazo,

El vizconde de Malvavisco.


(1) Manuel Ladrón de Guevara e Isasa, «Retazos de la Historia de la Real Asociación de Hidalgos de España. Capítulo 17º. Celebración del Jubileo del año 2000», en La Gacetilla de Hidalgos, 565,pp. 90-91.
(2) Fernando Ramírez de Haro y Valdés, conde de Murillo, «Palabras pronunciadas por el Conde de Murillo, Presidente del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid, tras la celebración del Año Jubilar en la Catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena», Boletín de la RealAcademia Matritense de Heráldica y Genealogía, año X, n.º 37, octubre de 2000, pp. 15-16, esp. p. 16.
(3) Carmen Duerto, «Conde de Paredes de Nava: “No echamos en falta que el Rey no tenga Corte”», El Debate, 16 de junio de 2024.
(4) Alfa y Omega de 10 de octubre de 2025.

Para leer todos los capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.     Nota Aclaratoria.   Capítulo I.    Capítulo II.    Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      Capítulo VII.      Capítulo VIII.     Capítulo IX.    Capítulo X.   Capítulo XI.   Capítulo XII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.