El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario .
Epílogo.
A lo largo de estos meses, La Mesa de
los Notables ha venido publicando las doce entregas de El gabinete del vizconde
de Malvavisco.
Hace unos días recibí del vizconde una
carta que, por su interés y por el sentido que aporta al conjunto de la serie,
he considerado oportuno reproducir íntegramente.
Quienes hayan seguido sus escritos
reconocerán en ella las mismas preocupaciones que han ido apareciendo, entre
bromas, genealogías, precedencias, tratamientos, uniformes y alguna que otra
vanidad.
La carta dice así:
Estimado Feliciano:
Estas doce semanas de correspondencia me
han permitido conocerte mejor y, a través de ti, acercarme también a muchas de
las personas que siguen La Mesa de los Notables. Te agradezco que hayas dado
acogida a mis cartas.
Llevo años observando de una manera
peculiar algunas cosas de este mundo de corporaciones nobiliarias y
caballerescas. Hasta ahora esas reflexiones apenas habían salido de mi círculo
más cercano. Gracias a este blog han llegado bastante más lejos de lo que
esperaba por lo que no sé si felicitarte o pedirte explicaciones.
Antes de retirarme quisiera compartir
contigo y con los lectores unas últimas reflexiones.
En el año 2000, con ocasión del Gran
Jubileo, el Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid convocó a las Órdenes,
instituciones y corporaciones nobiliarias españolas. Fue la primera reunión de
aquellas características celebrada en España(1).
Aquel encuentro quiso ser algo más que
la coincidencia solemne de uniformes, insignias, mantos y tradiciones
diferentes. Se habló de caminar hacia una mayor unidad de la nobleza española,
de estrechar la cooperación entre sus corporaciones y de afrontar juntos un
tiempo nuevo sin renunciar a aquello que cada una había recibido de la
Historia.
Hubo también una advertencia.
El conde de Murillo, entonces presidente
del Real Cuerpo, llamó expresamente a huir «de querellas internas, de estériles
envidias, de enfrentamientos y de vanidades fuera de lugar»(2).
La precisión me parece admirable. Las
vanidades, al parecer, tienen su lugar. El problema empieza cuando pretenden
ocupar también el de los demás.
Veinticinco años después, en octubre de
2025, el Real Cuerpo volvió a reunir en la catedral de la Almudena a las
corporaciones nobiliarias españolas con ocasión de un nuevo Jubileo.
No deja de ser significativo que su
actual presidente, el conde de Paredes de Nava, hubiera afirmado poco antes, al
reflexionar sobre el lugar de la nobleza en nuestro tiempo, que «hay que
premiar el mérito y la excelencia, no el origen de cada uno»(3).
La frase merece ser recordada. Conservar
una tradición no consiste únicamente en recordar lo que hicieron nuestros
antepasados. Sobre todo si fueron ellos quienes hicieron la parte difícil.
En aquel Jubileo de 2025, el cardenal
José Cobo recordó además que «no hay mayor nobleza que la práctica de la
virtud» e invitó a convertir la autoridad en servicio, la dignidad en cercanía
y la tradición en misión(4).
Entre ambos jubileos había transcurrido
un cuarto de siglo. Y, sin embargo, permanece una pregunta: ¿qué dificulta
todavía esa unidad? Probablemente no las diferencias entre instituciones.
Pueden tener historias, estatutos, precedencias, uniformes y tradiciones
distintas y seguir formando parte de una misma realidad; incluso discrepar
sobre el lugar que corresponde a cada una en una mesa y llegar al postre sin
solicitar dictamen.
Lo difícil es sobrevivir a la vanidad.
De esas cosas he hablado durante doce
capítulos desde mi gabinete y creo que ha llegado el momento de explicar por
qué.
El gabinete del vizconde de Malvavisco
nació con una intención muy sencilla: contribuir, en la pequeña medida en que
unas páginas puedan hacerlo, a la unidad de las corporaciones nobiliarias
españolas. No pretendiendo que sean iguales, sino procurando que sus
diferencias legítimas no se conviertan, por obra de nuestras pequeñas
vanidades, en distancias innecesarias.
Una precedencia puede tener su razón de
ser; el problema empieza cuando alguien encuentra en ella la medida de su
importancia. Un tratamiento puede expresar una dignidad; otra cosa es
necesitarlo para sentirse digno.
La vanidad posee una notable capacidad
de adaptación. Puede vestirse de gala, llevar banda, citar un reglamento de
1847 y seguir siendo exactamente la misma.
Si algún día se instituyera una medalla
a la modestia, no faltaría quien preguntase dónde debe colocársela. Y
probablemente otro preguntaría quién tiene precedencia entre los condecorados.
No he pretendido, por tanto, burlarme de
la nobleza, de sus corporaciones ni de sus tradiciones. Al contrario, he
intentado separar la tradición de la vanidad que a veces se adhiere a ella,
salvando lo que merece conservarse de aquello que termina separándonos.
Para observar esas pequeñas
transformaciones dispongo, además, de una ventaja familiar. Mi antepasado don
Rigoberto de Malvavisco y Peñafría, primer vizconde de Malvavisco, era bizco.
También yo lo soy, aunque prefiero expresarlo de otro modo: los Malvavisco
poseemos una especial capacidad para contemplar dos realidades al mismo tiempo.
Mi oftalmólogo no comparte esta definición, pero tampoco pertenece a la
familia.
Mi familia ha perdido con el tiempo
algunas propiedades, determinados documentos y una cantidad de dinero que nadie
parece demasiado interesado en calcular. La mirada, en cambio, ha llegado
intacta. Gracias a ella puedo contemplar a la vez lo que una persona aparenta
ser y aquello que verdaderamente es. No siempre coinciden. A veces ni siquiera
se conocen.
Durante estos doce capítulos he
procurado señalar esa distancia mediante lo que podríamos llamar «humor noble».
No porque provenga de un antiguo linaje, sino porque puede señalar una
contradicción sin humillar a quien la protagoniza y, con un poco de suerte,
reconocernos también nosotros en ella.
Una discusión solemne puede exigir acta,
réplica, contrarréplica y, en casos verdaderamente graves, una comisión. Una
sonrisa necesita bastante menos documentación.
Quizás por eso pueda ayudar también a la
unidad. Resulta más difícil escandalizarse por las vanidades del vecino después
de haber reconocido las propias.
Y tal vez ahí se encuentre el verdadero
sentido de estos doce capítulos: no decidir qué corporación es más antigua,
cuál debe preceder o quién posee el tratamiento, el apellido, el uniforme o la
genealogía más distinguidos. En esos asuntos existe ya suficiente entusiasmo
sin necesidad de mi ayuda.
Se trata simplemente de impedir que
diferencias legítimas se conviertan en motivos de separación.
La unidad empieza cuando el prestigio de
otra institución no disminuye el propio y cuando el mérito ajeno puede
alegrarnos sin obligarnos inmediatamente a recordar el nuestro.
Entre el Jubileo de 2000 y el de 2025 se
expresó, con palabras distintas, una misma invitación: que la nobleza encuentre
su sentido en la virtud, el mérito y el servicio.
Estos doce capítulos han querido
contribuir modestamente a ese espíritu. No proponiendo nuevos reglamentos ni
nuevas estructuras y, desde luego, no fundando otra corporación.
Ya hay suficientes.
Han querido hacerlo recordando algo
bastante sencillo: muchas veces no son las instituciones las que separan a los
hombres, sino la importancia que los hombres intentan obtener de ellas.
Quizás, veintiséis años después de aquel
primer Jubileo, baste con retirar algunas pequeñas vanidades hasta que el bien
del otro deje de parecernos una amenaza.
Aquí terminan estos doce capítulos. Y
aquí, al menos por ahora, dejo de escribir.
Ya se verá si temporal o
definitivamente. Tampoco tengo especial prisa por aclararlo. Las despedidas
definitivas obligan después a dar demasiadas explicaciones si uno regresa.
Seguiré en mi gabinete. Don Rigoberto continuará contemplándolo todo desde la pared, mi secretario procurará mantener cierto orden entre los papeles y Ataúlfo seguirá encontrando asuntos de extraordinaria importancia sobre los que pedirme una opinión que después no siempre estará dispuesto a escuchar. Es reconfortante saber que algunas instituciones permanecen.
Tal vez alguno consiga algún día que vuelva a coger la pluma. O tal vez no.
En cualquier caso, durante doce
capítulos he intentado hacer aquello para lo que esta particular mirada parece
haber sido concebida: mirar en dos direcciones.
Hacia lo que aparentamos.
Y hacia lo que somos.
Gracias, Feliciano, por haberme hecho
sitio durante estas doce semanas en tu Mesa. Me retiro antes de que la
hospitalidad pueda convertirse, por el uso, en derecho adquirido.
Recibe un abrazo,
El vizconde de Malvavisco.
(1) Manuel Ladrón de Guevara e Isasa,
«Retazos de la Historia de la Real Asociación de Hidalgos de España. Capítulo
17º. Celebración del Jubileo del año 2000», en La Gacetilla de Hidalgos, 565,pp. 90-91.
(2) Fernando Ramírez de Haro y Valdés,
conde de Murillo, «Palabras pronunciadas por el Conde de Murillo, Presidente
del Real Cuerpo de la Nobleza de Madrid, tras la celebración del Año Jubilar en
la Catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena», Boletín de la RealAcademia Matritense de Heráldica y Genealogía, año X, n.º 37, octubre de 2000,
pp. 15-16, esp. p. 16.
(3) Carmen Duerto, «Conde de Paredes de
Nava: “No echamos en falta que el Rey no tenga Corte”», El Debate, 16 de junio
de 2024.
(4) Alfa y Omega de 10 de octubre de 2025.
Para leer todos los capítulos de
Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación. Nota Aclaratoria. Capítulo I. Capítulo II. Capítulo III. Capítulo IV. Capítulo V. Capítulo VI. Capítulo VII. Capítulo VIII. Capítulo IX. Capítulo X. Capítulo XI. Capítulo XII.
Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un
personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie.
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Publicado por La Mesa de los Notables.
