Alejandro Riestra Martínez.
El monograma como símbolo de identidad.
Desde una perspectiva heráldica, para no
alejarnos de la temática de este blog, el monograma no podemos entenderlo como
un mero ornamento tipográfico, sino como una síntesis visual de identidad. Al
igual que el blasón, siglos antes de la existencia del logotipo moderno, el
monograma nace de la necesidad de significar nombre, pertenencia y memoria
mediante signos duraderos, reconocibles y cargados de intención.
En su forma esencial consiste en la entrelazadura
o disposición armónica de letras, generalmente iniciales, que representan a una
persona, familia o institución. Sin embargo, su valor simbólico trasciende con
mucho la literalidad de los caracteres que lo componen. En el ámbito heráldico,
el monograma actúa como un emblema personal comparable a una divisa o a un
signo parlante: manifiesta la identidad de su portador sin necesidad de
palabras ni de otros elementos figurativos.
Aunque sus orígenes se remontan a la Antigüedad
(monedas griegas, sellos romanos, marcas de alfareros), es en la Edad Media
cuando adquiere una dimensión plenamente cercana a la heráldica. Reyes, obispos
y grandes linajes lo emplearon como marca de soberanía, legitimidad y
autoridad, especialmente en documentos, arquitectura y objetos litúrgicos. El
célebre crismón cristiano o los monogramas reales carolingios constituyen
ejemplos tempranos de cómo letra y poder se funden en una única figura.
En este contexto, el monograma actúa como sello
de presencia: allí donde aparece representa de facto a un individuo o su a Casa.
Su reiteración consolida autoridad y su
estilo comunica jerarquía, rango y aspiración.
Como el blasón, el monograma debe obedecer a
principios formales claros: equilibrio compositivo, legibilidad simbólica y
coherencia visual. La elección tipográfica, la simetría o asimetría de las
letras, la incorporación de coronas, cruces, roleos o cartelas, no son
decisiones estéticas neutras sino afirmaciones conscientes de estatus,
tradición o intención.
Un monograma puede ser sobrio y geométrico,
evocando disciplina, orden y permanencia; o barroco y fluido, sugiriendo
nobleza, antigüedad o refinamiento. En ambos casos, la forma comunica tanto
como las letras que contiene.
Históricamente, este modo de representación
identitaria ha coexistido con el escudo heráldico, a veces complementándolo y
otras sustituyéndolo. En contextos donde el blasón resultaba excesivamente
complejo (papelería, encuadernaciones, vajillas, joyas u objetos de uso
cotidiano) el monograma ofrecía una versión condensada de la identidad
heráldica: una suerte de firma noble del linaje.
En época moderna, cuando la heráldica perdió
parte de su función jurídica, pero conservó su valor simbólico, el monograma
sobrevivió con notable vitalidad. Familias, órdenes, universidades y casas
reales lo mantuvieron como un símbolo más íntimo y menos público que el escudo,
pero no por ello menos significativo.
El Vitor.
A medio camino entre la caligrafía y el emblema,
no podemos olvidar otro tipo de monograma que, sin cumplir una función
estrictamente identificativa, trasciende la mera celebración académica, y ha
perdurado durante siglos en ese territorio híbrido entre la escritura y el
signo: los vítores universitarios. Auténticos monogramas académicos, se revelan
como condensaciones gráficas de honor, saber y pertenencia.
El vítor nace como proclamación pública del éxito
intelectual. Cuando un estudiante alcanzaba el grado de doctor, o cuando un
magister era reconocido por su excelencia, la comunidad universitaria dejaba
constancia de ese logro escribiendo el “VÍTOR” en los muros de la ciudad. No se
trataba de un gesto privado, sino urbano y colectivo: el saber se exhibía, se
grababa en la piedra y reclamaba su lugar en el espacio común.
Desde el punto de vista formal, el vítor
constituye un monograma complejo. El término procede del latín victor, y la
palabra se estiliza hasta convertirse en un signo gráfico en el que las letras
se entrelazan, se simplifican o se funden. La “V” inicial suele dominar la
composición, acompañada en ocasiones de iniciales, símbolos religiosos,
coronas, cruces o fechas. Cada trazo resulta significativo: no se trata
simplemente de escribir, sino de construir identidad visual.
El color rojo, tradicionalmente obtenido del
almagre, refuerza su carácter simbólico. Es el rojo de la vida, de la sangre y
del esfuerzo; un color visible desde la distancia y resistente al paso del
tiempo. De este modo, el vítor no solo comunica un nombre o un triunfo, sino
que afirma una presencia: “aquí estuvo alguien que supo, que venció en el campo
del intelecto”.
Como todo monograma, el vítor equilibra lo
individual y lo colectivo. Representa a una persona concreta, pero se inscribe
en un código compartido y reconocible por la comunidad académica. Funciona así
como una firma ritualizada: no expresa vanidad personal, sino integración en
una tradición. Quien ostenta un vítor no se distingue del sistema; se consagra
dentro de él.
En nuestro siglo, cuando la universidad ha desplazado muchos
de sus rituales, los vítores permanecen
como huellas gráficas de una cultura del saber que entendía el conocimiento
como algo digno de celebración pública.
Ni moda, ni recurso ornamental.
El monograma no puede entenderse como una moda
pasajera ni como un simple recurso ornamental vinculado a una época
determinada. Es, ante todo, un dispositivo simbólico de larga duración, una
forma de pensamiento visual que atraviesa siglos y conecta la heráldica clásica
con los sistemas contemporáneos de identidad gráfica (volvemos nuevamente al logo). Allí donde unas letras se
ordenan con intención, coherencia y dignidad, surge un signo que aspira (como
el blasón) a fijar un nombre en la memoria y a proyectarlo más allá de su tiempo.
Tanto en el ámbito familiar como en el
académico, el monograma demuestra que la identidad puede ser condensada sin
empobrecerse, y que la síntesis formal no implica pérdida de significado. En su
economía de medios reside su potencia simbólica, pues reduce la identidad a lo
esencial sin despojarla de profundidad ni de autoridad.
Por su lado, los vítores universitarios leídos desde esta
perspectiva, refuerzan esta idea. Son la prueba de que el pensamiento simbólico no se limita al linaje o a la sangre, sino que puede trasladarse al mérito
intelectual y al saber compartido. En ellos, la letra se convierte en emblema y
el logro académico en memoria pública, fijando en el espacio urbano una
identidad que aspira a perdurar tanto como la piedra que la sostiene.
Ya sea sustituyendo a un blasón, trazado con
almagre sobre un muro o reinterpretado en clave contemporánea, el
monograma sigue cumpliendo su función esencial: hacer visible una identidad,
ordenarla simbólicamente y ofrecerla al tiempo como promesa de permanencia.
Imágenes: 1) Monograma de Carlomagno.- 2) Monograma con la inicial y numeral de FelipeVI (cifra).- 3)Vitor de Santa Teresa de Jesús -Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca.-
Publicado por La Mesa de los Notables.



