Riestra2026
Notas sobre una vieja profecía europea.
No soy amigo de leyendas, y mucho menos
de profecías. Tampoco son, ni pretenden ser, nuestra temática habitual.
Sin embargo, a raíz de algunas publicaciones recientes de este mismo blog, un amigo muy docto y estudioso de estas, y otras disciplinas, relacionadas con la historia y el misticismo cristiano, don Gonzalo Pallarés, me preguntó qué sabía
acerca de eso que algunos llaman el "Gran Monarca". Evidentemente, comprendí de
inmediato a qué se refería y hacia dónde pretendía llevar la conversación, cuando comenzó a desplegar una serie de hipótesis más cercanas a la fe que
a la razón científica, pero no por eso carentes de peso o mal enhebradas.
Le respondí sin rodeos. Lo único que
sabía es que se trata de una tradición profética
cristiana de origen medieval, extraoficial y ajena al dogma, que anuncia la
aparición de un rey justo y legítimo en un tiempo de gran caos histórico,
inmediatamente antes de una etapa decisiva para el mundo. No es una profecía
bíblica ni una revelación concreta, sino un conjunto heterogéneo de textos,
visiones y tradiciones que se fueron acumulando durante siglos en Europa,
especialmente en el ámbito del catolicismo francés.
La tradición del "Gran Monarca" no nace de
un libro único ni de una voz identificable. Es, más bien, un sedimento
histórico: una idea que se va formando lentamente a lo largo de más de mil
años, en la intersección entre la teología cristiana de la historia, los
colapsos políticos recurrentes y la necesidad humana de esperanza cuando el
orden se resquebraja. Cada gran crisis europea la reactiva; cada período de
estabilidad la relega al olvido.
No es casual que esta tradición se
centre en Francia y no en otra nación del continente. Durante siglos fue el
reino más antiguo, el más estable y el que desarrolló una idea especialmente
sólida de legitimidad política. A partir del siglo XIII, muchas de estas
profecías comienzan a identificar implícitamente al "Gran Monarca" con un rey
francés: la unción sagrada en Reims, la continuidad dinástica y la noción de
legitimidad hereditaria conforman el trasfondo simbólico de casi todos los
relatos.
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Curiosamente, Francia rara vez es
nombrada de forma explícita. Se la designa mediante alusiones: "los lirios", "la
Galia", "Occidente" o "el reino de los bautizados". Del mismo modo, al personaje
central nunca se lo presenta como el próximo rey, sino como el "rey que vendrá
cuando todo lo demás falle". La diferencia no es menor.
Las profecías auténticas no identifican
con plenitud; si lo hicieran, perderían aquello que las sostiene. Pero dejan
migas de pan. Y cuando se las sigue con paciencia, todas conducen al mismo
lugar.
Los textos coinciden en que el "Gran
Monarca" procederá de una línea antigua, reconocible por signos que no necesitan
explicación: "el lirio que no se marchita", "la continuidad que no se agota", "la
primogenitura que no se negocia". No será el heredero del ruido ni de la
coyuntura, sino el de la tradición, palabra casi obscena en los tiempos que
corren, pero fundamental para comprender la historia europea.
Nacerá lejos del trono que le
correspondería. Crecerá cuando la nación que una vez fue llamada "la hija mayor
de la Iglesia" ya no recuerde por qué lo fue. Su relación con esa tierra será
necesariamente paradójica: "no la gobierna, pero la representa"; "no reina sobre
ella, pero la encarna mejor que quienes la administran".
"El Gran Monarca", insisten las
tradiciones, no será un usurpador. Y precisamente por eso, quizá, resulte
peligroso para algunos. Su legitimidad no dependerá del consentimiento
cambiante ni del aplauso circunstancial, sino de una continuidad objetiva, casi
geológica, que no se ve afectada por modas políticas ni por rupturas
ideológicas.
Mientras otros aceptaron transacciones,
renuncias y pactos con el espíritu del siglo, él permanece en la línea recta,
incómoda, inflexible. La profecía es clara en este punto: "el elegido será aquel
que conserve intacto el derecho, sin estridencias ni proclamaciones". Su
formación estará marcada por la disciplina, el deber y la conciencia de
representar algo que lo precede y lo excede. No hablará como tribuno ni actuará
como actor. Su estilo será austero, casi anacrónico. Y precisamente por eso,
reconocible.
También se dice que no se
autoproclamará. Su figura emergerá únicamente cuando la confusión sea tal que
su nombre, hasta entonces innecesario, vuelva a pronunciarse con hambre. Cuando
la nación, cansada de lo superfluo y de lo provisional, vuelva los ojos hacia
aquello que nunca llegó a desaparecer del todo, emergerá. Tal vez su reinado sea breve, simbólico, incluso sacrificial, pero
cumplirá el propósito al que está destinado.
Y así, el Gran Monarca, hasta el final
(según cuentan), no será reconocido por las masas sino por aquellos que saben
que la historia, más a menudo de lo que se admite, ha elegido siempre a quienes
supieron aguardar.
NOTA:Marie-Julie Jahenny (1850-1941), mística estigmatizada francesa, profetizó la llegada de un "Gran Monarca" providencial, estrechamente vinculado a un Papa santo, para restaurar la Iglesia y Francia tras un periodo de caos, guerras y los "Tres Días de Oscuridad". Según sus revelaciones, este rey será elegido por Dios para salvar a la nación durante tiempos apocalípticos.
Publicado por La Mesa de los Notables.
