sábado, 24 de enero de 2026

JUNTA GENERAL DE LA ACADEMIA ASTURIANA DE HERÁLDICA Y GENEALOGÍA.

 

El pasado 20 de diciembre de 2025, tuvo lugar en Oviedo, en la sede de la Academia Asturiana de Heráldica y Genealogía, ubicada en el Archivo Histórico Provincial de Asturias, la Junta General ordinaria de esta corporación, convocada previamente de conformidad con lo establecido en sus estatutos.
La sesión estuvo presidida por el director de la Academia, don Manuel María Rodríguez de Maribona y Dávila, y actuó como secretario don Ángel de Bueres y Fernández de Santa Eulalia.
Tras la lectura y aprobación del acta correspondiente al ejercicio anterior, el punto central del orden del día fue la elección de los nuevos cargos directivos, quedando la composición de la Junta de Gobierno establecida del modo siguiente:

-.Director: Don Manuel María Rodríguez de Maribona y Dávila, conde de Alba.
-.Vicedirector: Don Manuel Luis Ruiz de Bucesta y Álvarez.
-.Secretario General Perpetuo: Don Ángel de Bueres y Fernández de Santa Eulalia.
-.Secretario:Don Juan de Allonca y Fernández de Bustelo.
-.Tesorero: Don Carlos de Castrillón-Arango y Valentín.
-.Archivero: Don Juan González de Quirós y Sánchez del Río.
-.Vocales:
. Don José Luis Calvo y Pérez.
. Don Juan José Alonso-Pardo y Pérez de San Julián.
. Rvdo. Don Roberto López-Campillo y Montero.

Asimismo, a propuesta de la nueva Junta Directiva, se acordó el ingreso como Académicos de las siguientes personas:

. Don Fernando de Benito y Alas.
. Don Ignacio Castrillón y Fernández.
. Don Alejandro Riestra y Martínez.


La Academia Asturiana de Heráldica y Genealogía, institución dedicada al estudio, investigación y difusión de las ciencias heráldica, genealógica y nobiliaria, desarrolla su labor científica y cultural en estrecha colaboración con archivos, universidades y entidades especializadas. Entre sus fines principales se encuentra la preservación, estudio y puesta en valor del patrimonio histórico y nobiliario de Asturias, contribuyendo así al conocimiento y difusión de su legado histórico.

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 23 de enero de 2026

LA CRUZ MULTIPLICADA.

 Riestra 2026.

Antes de signo, la cruz indudablemente fue forma. Dos líneas que se encuentran, un cruce de direcciones, un punto de intersección donde el mundo parece detenerse para decidir. En su sobriedad geométrica habita una de las intuiciones más antiguas del ser humano: todo lo que existe se define por el encuentro y la tensión entre fuerzas opuestas. La cruz es, por tanto, una figura primordial, anterior incluso a su consagración religiosa, y precisamente por ello una de las más persistentes y fecundas del lenguaje simbólico y heráldico de Occidente.

En la Antigüedad, la cruz fue imagen del axis mundi, el eje invisible que une cielo y tierra, tiempo y espacio, lo humano y lo divino. En Mesopotamia, en Egipto, en el mundo celta y en la Roma arcaica, aparece como signo solar, como esquema del cosmos, como marca de protección y de orden. Mucho antes de la era cristiana, la cruz ya era emblema de orientación y totalidad. No es casual que sus cuatro brazos apunten a los cuatro puntos cardinales: la cruz organiza el caos, fija el territorio, convierte el espacio informe en mundo habitable y el desplazamiento en camino.

Con el cristianismo, la cruz adquiere una densidad nueva y definitiva. Ya no es solo estructura del universo, sino instrumento de sacrificio, redención y paradoja: muerte que engendra vida, humillación transformada en victoria, dolor elevado a sentido. Esta tensión (caída y trascendencia, ignominia y gloria) la convierte en uno de los iconos más potentes y duraderos de la civilización occidental. En heráldica, donde nada es gratuito y todo se hereda, esta carga simbólica no se diluye: se preserva, se ordena y se transmite.


La heráldica medieval adopta la cruz como uno de sus motivos fundamentales. Existen innumerables variantes (latina, griega, patada, floreteada, de Jerusalén, de Borgoña, etc) y ninguna es arbitraria. Cada forma expresa una identidad, una vocación, una memoria colectiva. La cruz no adorna el escudo: lo funda. No embellece el blasón: lo define. Señala linaje, fe, misión o ideal; es una declaración visual de pertenencia a un orden moral, simbólico y espiritual.
Dentro de esta tradición, la presencia de cinco cruces en un mismo escudo resulta particularmente elocuente. No se trata de una repetición decorativa, sino de una intensificación del símbolo. La cruz única remite al centro; la cruz multiplicada habla de expansión. Donde una señala el origen, cinco proclaman la totalidad desplegada.

El número cinco ha estado históricamente asociado al ser humano completo: cabeza y extremidades, microcosmos que refleja el macrocosmos. En la tradición cristiana, remite además a las cinco llagas de Cristo, signo de la entrega absoluta del cuerpo y del espíritu. En heráldica, la cruz quintuplicada (como en la célebre Cruz de Jerusalén o, guardando las distancias, las pintadas en el primer cuartel de las armas del autor de este artículo) simboliza la irradiación de un principio central hacia los confines del mundo, la proyección de un núcleo espiritual firme hacia las cuatro direcciones del espacio.
En mis armas, las cinco cruces del primer cuartel pueden leerse como un centro que se multiplica sin perder su esencia. Una identidad que no se repliega, sino que se afirma proyectándose. No es la cruz solitaria del anacoreta, sino la cruz compartida del linaje: camino heredado, asumido y transmitido. Cada cruz refuerza a las otras; juntas forman una constelación simbólica, un mapa de valores, una afirmación de la abundancia de fe, tan necesaria en tiempos de dispersión y vacío.

Desde una lectura más íntima, estas cinco cruces pueden entenderse como las pruebas, los juramentos o los principios que sostienen una vida. No todas pesan igual, pero todas dejan marca. El blasón no oculta esa carga: la muestra con dignidad. En heráldica, exhibir la cruz no es confesar debilidad, sino asumir responsabilidad; no es nostalgia del pasado, sino compromiso con un orden que obliga.
Así, mi “pentacruz” no es solo símbolo de memoria, sino signo activo. No señala únicamente lo que fue, sino aquello que se está llamado a ser. Cinco cruces que se traducen, a mi entender, como cinco afirmaciones silenciosas: fe, resistencia, constancia, responsabilidad y de fortaleza.

En una época en el que los símbolos se diluyen, se simplifican o se banalizan, la cruz (y más aún, la cruz multiplicada) conserva una gravedad rara. Sigue siendo un punto de cruce entre historia y destino, entre herencia y elección. En esa intercepción, las cinco cruces no representan solo una parte del emblema de un linaje, sino una forma consciente y exigente de estar en el mundo.

Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 22 de enero de 2026

LUIS ALFONSO DE BORBÓN, DUQUE DE ANJOU: EL PESO DE UNA CORONA INVISIBLE.

Riestra 2026

Hay coronas que no se ven, pero que pesan. No brillan en vitrinas ni descansan sobre cabezas ungidas, pero sobreviven en la memoria del derecho, en la lógica de la historia y en la obstinación silenciosa de las dinastías. La Corona de Francia, abolida por la Revolución, pero nunca formalmente extinguida en el plano dinástico, pertenece por derecho propio a esa categoría. En el centro de esa continuidad se sitúa hoy Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, duque de Anjou, a quien muchos franceses (cada día más) reconocen como Luis XX, jefe de la Casa de Borbón y heredero de los Reyes Cristianísimos.

Nacido en Madrid en 1974, Luis Alfonso encarna una paradoja profundamente europea: es español por nacimiento, francés por derecho histórico y capetiano por sangre. Su figura no se explica desde la política contemporánea, sino desde una concepción más antigua del poder: aquella en la que la legitimidad no procede del consenso circunstancial, sino de la transmisión hereditaria conforme a leyes fundamentales, consideradas superiores a la voluntad de los hombres.


Desde Hugo Capeto, coronado en 987, la monarquía francesa se rigió por un conjunto de principios no codificados, pero universalmente aceptados: primogenitura masculina, exclusión de la mujer y de la transmisión por línea femenina, continuidad automática del rey muerto en su sucesor legítimo, e indisponibilidad de la Corona. Estas llamadas Leyes Fundamentales no eran una constitución en  el sentido moderno, sino algo más profundo: una tradición jurídica sacralizada por el tiempo.
Es precisamente en ese terreno donde se asienta el indudable derecho de Luis Alfonso, máxime cuando sabemos que en la actualidad su primo, S.M. don Felipe VI, al ser Rey de España no lo podría ser nunca a la vez de Francia, en caso de corresponderle. Como descendiente directo, por línea masculina ininterrumpida, de Luis XIV, a través de su nieto Felipe V, primer Borbón rey de España, el Duque de Anjou es hoy el varón capetiano mayor por primogenitura. Ninguna otra rama (ni la de Orleans ni las colaterales) puede alegar mayor antigüedad en la línea masculina.

El gran punto de controversia histórica es, como es sabido, la renuncia de Felipe V a sus derechos sobre la Corona de Francia en 1713, impuesta por las potencias europeas en el contexto del Tratado de Utrecht. Sin embargo, dicha renuncia adolece de un defecto esencial: un rey de Francia no podía renunciar válidamente a la Corona, porque esta no le pertenecía como propiedad privada. La Corona era indisponible, inseparable del orden sucesorio y sujeta a leyes superiores incluso al monarca reinante.
Así, lo que el derecho internacional aceptó como solución política, el derecho dinástico francés nunca lo reconoció como válido. La línea española de los Borbones no perdió jamás sus derechos, sino que los conservó en silencio, a la espera de que la historia agotara a las ramas menores.

Cuando en 1989 falleció Alfonso de Borbón y Dampierre, padre de Luis Alfonso, se produjo un relevo que fue más simbólico que público, pero no por ello menos significativo. Desde entonces, su hijo fue reconocido en los círculos monárquicos como jefe de la Casa de Borbón y heredero de los derechos dinásticos de los Reyes de Francia.
Luis Alfonso ha asumido ese papel con una sobriedad deliberada. Lejos del activismo político o del folclore nostálgico, su presencia pública se ha centrado en el ámbito cultural, histórico y representativo. Ha participado en conmemoraciones reales francesas, ha defendido la memoria de la monarquía como parte esencial de la identidad histórica de Francia y se ha presentado siempre no como un pretendiente en busca de poder, sino como un depositario de una tradición milenaria.
En este sentido, su figura recuerda más a la de un centinela que a la de un aspirante: alguien que conserva, transmite y representa, aun sabiendo que el tiempo histórico no le es necesariamente favorable.

El Duque de Anjou con varios miembros del Consejo de la Nobleza de Asturias.


Su reciente nombramiento como Consejero Magistral del Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias añade una dimensión significativa a su perfil. Esta institución, heredera de la antigua nobleza territorial española, no es un simple vestigio social, sino un espacio donde la tradición, la memoria histórica y la continuidad simbólica siguen teniendo valor.
Que Luis Alfonso haya sido integrado en este marco no es casual: su figura encarna una concepción de la nobleza no como privilegio vacío, sino como responsabilidad histórica. En un tiempo dominado por lo efímero, su presencia recuerda que Europa no se construyó únicamente sobre revoluciones, sino también sobre dinastías, pactos de sangre y siglos de derecho consuetudinario.

Apoyar los derechos dinásticos de Luis Alfonso de Borbón no implica necesariamente abogar por una restauración inmediata de la monarquía francesa. Para muchos de sus defensores, la cuestión es más profunda: se trata de afirmar que la historia no puede ser borrada por decreto, y que incluso las repúblicas viven, en parte, de las herencias que dicen haber superado.
Luis Alfonso representa, así, una Francia alternativa: no la de la ruptura revolucionaria, sino la de la continuidad histórica; no la del poder conquistado, sino la del poder transmitido; no la del presente inmediato, sino la de la larga duración.

En un mundo que ha olvidado el valor de la legitimidad, su figura recuerda que hay derechos que no prescriben, coronas que no se destruyen y reyes que no necesitan trono para existir.

Riestra.
22 de enero de 2026.
Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 21 de enero de 2026

PUBLICADO POR LA MATRITENSE: OTRO ARCHIPERRE PREMIAL.

 

Por su indudable interés nos hacemos eco del artículo que, ayer día 20, publicaba la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía en su web oficial  https://ramhg.es/.

Veritas, non vanitas. Otro archiperre premial.

   20 enero, 2026.

El pasado 29 de diciembre, fecha en la que la mayoría de los políticos, funcionarios y ciudadanos en general están enfrascados en las ocupaciones domésticas y familiares propias de las fiestas navideñas, el Boletín Oficial del Estado publicó una Orden Ministerial creando un nuevo archiperre premial que viene a sumarse a la cincuentena de distinciones honoríficas tuteladas directamente por el Gobierno de España.

Tras un preámbulo expositivo a modo de justificación, ‒en realidad, una farfolla grimosa que acoge todos los tópicos y desvaríos a que nos tienen acostumbrados desde hace unas décadas las innovaciones gubernamentales en materia premial‒, ve la luz ¿una medalla? ¿una condecoración? ¿una insignia? con una denominación tan campanuda como inane: Distintivo Honorífico al Mérito al Servicio Público en el Territorio.

Lo de “en el Territorio” tiene guasa. Hay que leer hasta el final el texto de la disposición para entender que lo que sus promotores han pretendido con el constructo de marras es reconocer la labor y dedicación de “las empleadas y empleados públicos” (el lenguaje desdoblado que no falte) y de “las unidades de la Administración General del Estado” territoriales, es decir lo que se conocen como servicios periféricos y delegaciones y subdelegaciones del Gobierno en las islas, provincias y Comunidades Autónomas.

El caso es que nuestro ordenamiento jurídico ya dispone de una importante y prestigiosa distinción para “premiar los méritos de carácter civil adquiridos por el personal dependiente de algunas de las Administraciones Públicas” que es, ‒lo deberían saber nuestros regidores‒, la Orden del Mérito Civil instituida por S. M. Alfonso XIII el 26 de junio de 1926, Orden que dentro de muy poco cumplirá cien años. No hacía falta, por tanto, alumbrar ninguna presea honorífica de nuevo cuño pues los méritos susceptibles de ser recompensados con ella se encuentran suficiente y claramente contemplados en nuestras leyes premiales.

Ni que decir tiene, el articulado del Real Decreto no hay por donde cogerlo. Particularmente llamativo resulta que se omita el diseño gráfico del “Distintivo” así como la vehemencia con que se alude a la normativa de protección de datos, un trampantojo para seguir manteniendo la opacidad de las concesiones.
Otro abalorio más que permitirá en lo sucesivo al ministro de turno, en este caso al titular de Política Territorial y Memoria Democrática, dar rienda suelta a su magnanimidad y elevación de ánimo para con los funcionarios “agradaores” (que diría un castizo).

Para acceder al artículo original: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.


martes, 20 de enero de 2026

NUEVO MURO EN FACEBOOK DE LA NOBLEZA DE ASTURIAS.

 

El Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias ha abierto un nuevo muro en la red social Facebook con el objetivo de convertirlo en una plataforma de comunicación activa, dinámica y de fácil acceso. A través de este espacio se darán a conocer sus actividades, se promocionarán los distintos eventos organizados por la institución y, en general, se fomentará como vínculo de unión y encuentro entre todos sus miembros.

Este nuevo canal pretende reforzar la comunicación interna, así como acercar la labor del Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias a un público más amplio, manteniendo siempre el respeto a su tradición, historia y valores.

Para visitarlo o solicitar la membresía, puede hacerlo a través del siguiente enlace: aquí.


Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 17 de enero de 2026

EL SOLAR DEL PÁRAMO: UNA LECTURA IMPRESCINDIBLE PARA ENTENDER NUESTROS ORÍGENES.

 

He terminado recientemente la lectura de un libro que llevaba tiempo en mis estanterías y que formaba parte de esos textos imprescindibles que uno siente que debe leer: El Privilegio del Solar del Páramo, La Focella y la Villa de Sub. Restauración de una institución nobiliaria asturiana, obra de don Manuel María Rodríguez de Maribona y Dávila. 
La impresión que deja al cerrar su última página es la de un trabajo sólido, maduro y profundamente documentado. No es un libro nuevo (lleva años publicado), pero precisamente por eso se lee hoy con la perspectiva que solo dan el tiempo y el rigor, lejos de las urgencias editoriales.

A lo largo de la obra, Rodríguez de Maribona demuestra un profundo conocimiento de la historia del Principado, del mundo nobiliario, del derecho que lo ampara y de las instituciones tradicionales. Su aproximación al Solar del Páramo, de la Focella y de la Villa de Sub no es meramente descriptiva, sino casi restitutiva: reconstruye una institución familiar y nobiliaria cuyos orígenes se remontan al siglo XI, vinculados a la figura de Bellito Auriolis y al reinado de Bermudo III. Desde ese momento fundacional, el autor sigue con precisión documental la continuidad de un privilegio que fue sucesivamente confirmado por la práctica totalidad de los monarcas, desde Fernando IV hasta Carlos III.


Uno de los grandes aciertos de este estudio es el de mostrar cómo esta institución se convirtió en una de las corporaciones nobiliarias más antiguas de España, dotada de prerrogativas excepcionales. Entre ellas destaca una que resulta verdaderamente singular dentro del panorama de la hidalguía española: la transmisión de la nobleza por matrimonio y por línea femenina. Este rasgo, poco frecuente en los privilegios de hidalguía, ya fue señalado por Pascual Madoz en el siglo XIX al describir la Focella y el Páramo como un concejo dotado de amplios privilegios, donde incluso los plebeyos que contraían matrimonio con mujeres naturales del lugar accedían a la nobleza, extensiva a su descendencia.

El autor no se limita a señalar estas singularidades, sino que las respalda con una base documental firme, recordando la existencia de copias del privilegio original otorgado por Bermudo III en 1033, conservadas tanto en la Audiencia de Oviedo como en el propio Páramo, y utilizadas durante siglos en los pleitos de hidalguía. Esta atención al documento, a la prueba histórica y al contexto jurídico es una constante en toda la obra y uno de sus mayores valores.

La lectura de este libro deja claro que estamos ante algo más que un estudio local o genealógico. Se trata de una reflexión profunda sobre la pervivencia de las instituciones tradicionales, sobre la nobleza entendida como realidad histórica y jurídica, y sobre la importancia de conservar la memoria documentada de estos privilegios. Aunque no sea una novedad editorial, El Privilegio del Solar del Páramo, La Focella y la Villa de Sub es una obra que merece ser recuperada, leída y difundida, especialmente entre quienes se interesan por la historia de Asturias, la genealogía y el estudio serio de la nobleza española. Desconozco si todavía queden ejemplares disponibles, pero si los hubiera, no dudaría en recomendar su lectura. No se trata de un libro cualquiera: su contenido, profundo y rigurosamente documentado, ofrece una visión única de la historia nobiliaria asturiana y de una institución que ha pervivido durante siglos. Sin duda, una obra que merece ser redescubierta.

La obra cuenta, además, con la inestimable colaboración de don Manuel Luis Ruiz de Bucesta y Álvarez, secretario-canciller del Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, cuya intervención no es meramente testimonial, sino profundamente significativa. Su aportación confiere al trabajo un sólido respaldo institucional y una garantía adicional de rigor histórico y jurídico, situando el estudio del Solar del Páramo, de la Focella y de la Villa de Sub dentro del marco más amplio de la tradición nobiliaria asturiana. Esta colaboración refuerza el carácter serio y documentado del libro, subrayando su valor no solo como obra de investigación histórica, sino también como referencia autorizada para el conocimiento y la conservación de una institución nobiliaria de raíz medieval.

Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 16 de enero de 2026

EL DÍA QUE PONTEVEDRA SE DETUVO. EN MEMORIA DE JOSÉ MARÍA RIESTRA LÓPEZ.


Lectores para mí  muy queridos, con quienes me unen lazos afectivos que el tiempo no hace sino reforzar, me han solicitado que dé espacio en este blog a la memoria del primer Marqués de Riestra, próximos a la efeméride de su fallecimiento. No como un simple ejercicio de recuerdo histórico, sino como un acto de reconocimiento, de justicia y, sobre todo, de afecto hacia una figura cuya dimensión humana y social trasciende de largo los límites de su tiempo.
Accedo a ello, casi con emoción, porque publicar estas líneas es también una manera de acompañar a todos aquellos que aún hoy sienten la huella de un hombre cuya vida estuvo entretejida con la de su ciudad. Una figura que, para muchos, sigue habitando la memoria colectiva con esa mezcla de respeto, admiración y cariño que solo despiertan quienes hicieron del bien común una vocación constante.

El artículo que sigue (publicado originalmente en Faro de Vigo el 13 de enero de 2013 y firmado por su autor, Rafael L. Torre) es una crónica que no solo relata un día singular en la historia de Pontevedra, sino que rescata el eco emocional de una despedida multitudinaria y sincera. Reproducirlo aquí es un gesto de homenaje, pero también de deferencia hacia quienes me lo han pedido con afecto,  y hacia su autor, cuya pluma supo captar, muchos años después, la calidad humana del momento.
Con ese espíritu (el de la lealtad, la gratitud y la memoria) abro la puerta a este artículo, que pertenece tanto a los que vivieron entonces, como a todos nosotros.

 

El día que murió el marqués de Riestra.

 El Faro de Vigo.- Rafael L. Torre, 13 ene 2013.

La tarde soleada del martes 16 de enero de 1923 optó por dar un paseo en coche hasta A Caeira y disfrutar de aquel día primaveral en compañía de su buen amigo Rafael Lenard, director de la sucursal del Banco de España. Tras regresar pronto a su domicilio en Michelena 30, descansó, y luego se acostó temprano.
De madrugada, se sintió mal repetinamente y los médicos que acudieron nada pudieron hacer por salvarle la vida. El marqués de Riestra, que había cumplido 70 años, tuvo una rápida agonía y murió en paz, a la siete y media de la mañana del miércoles 17, rodeado de su mujer María Calderón Ozores y de todos sus hijos.

La triste noticia se propagó rápidamente por toda la ciudad y causó una conmoción general. El Ayuntamiento y la Diputación celebraron aquella misma mañana sendos plenos extraordinarios para expresar sus respectivos pesares. Todas las sociedades recreativas, desde el Liceo Casino hasta el Recreo de Artesanos, pasando por el Círculo Católico, enlutaron sus balcones. Y se suspendieron las actividades previstas, tanto culturales, como deportivas y sociales.
El capitán general, Artero Rubín, máxima autoridad de la región gallega, enseguida se desplazó en coche hasta Pontevedra para presidir el duelo, que se instaló en el vestíbulo de la casa mortuoria.

El servicio de telégrafos de Pontevedra se las vio y se las deseó a partir de entonces para atender tantos y tantos telegramas de condolencia y pesar que empezaron a llegar de toda España: nobles, políticos, banqueros, arzobispos, industriales, etc. La propia Isabel de Borbón firmó el telegrama enviado por la Casa Real.
La iglesia de San Bartolomé resultó insuficiente y tuvo que abrir sus puertas para acoger de forma simbólica a cuantas personas quisieron participar en el solemne funeral, que tuvo lugar al día siguiente, a las once de la mañana, oficiado por el arcipreste de la catedral de Santiago, Cándido García. Majestuosa sonó aquella mañana una misa de réquiem, cantada a cuatro voces por Mercadillo, Fraga, Boullosa y Lores, bajo el acompañamiento de la orquesta y coro del maestro Tabaoda.

Si multitudinario resultó el funeral, qué decir de aquel impresionante entierro. Pontevedra entera se paralizó para participar o seguir el paso del cortejo, que partió a las tres y media de la tarde. Nunca se había visto tanta gente en la calle, y hacía mucho tiempo que no coincidía en la ciudad un plantel tan grande de relevantes personalidades.
Los senadores Pan de Soraluce, Calderón y Lema; los diputados Mon Landa, Barreras Massó, Moreno Tilve y González Garra, o los banqueros Juan Manuel Urquijo y Marcelino Blanco, junto a parientes ilustres como Antonio del Moral, Francisco de Federico, Alfredo Moreno, Vicente Calderón, Ventura Villar y Manuel Sanjurjo.

El marqués de Riestra fue amortajado de forma muy sencilla con el hábito de San Francisco en un féretro nada suntuoso. Encima se extendió un gran crucifijo de plata y los mantos con sus insignias de la cofradía de San Roque y de la Asociación Protectora del Obrero.

Desde la casa mortuoria hasta el Gran Hospital, el féretro fue portado a hombros por camilleros de la Cruz Roja en medio de una multitudinaria comitiva. El tramo final hasta el cementerio de San Mauro se hizo en coche. Finalmente, el féretro fue introducido en el panteón familiar por un grupo de empleados de su Casa de Banca.
Como primer gesto altruista tras el fallecimiento de su marido, la marquesa de Riestra desempeñó a finales de mes un total de 140 lotes de efectos pertenecientes a familias humildes. El Monte de Piedad tuvo que establecer un horario especial de tres a cuatro y media de la tarde para la recogida correspondiente por parte de sus legítimos propietarios.

Reconocimiento unánime.

"Extraordinaria intuición política", "carácter extremadamente bondadoso", "espíritu profundamente democrático", "cautivador don de gentes". "En fin, el político ecléctico, el político sin odios ni venganzas, el político tolerante y comprensivo que aprovechaba toda su influencia en volear el bien".
Ni una sola aproximación al arquetipo de cacique por excelencia de la Restauración en esta provincia, que tanto ha gustado a cierta literatura historicista, asomó en las semblanzas publicadas tras el fallecimiento del marqués de Riestra. Más bien al contrario. Todos, sin excepciones, se rindieron ante un hombre extraordinario que hoy quizá deslumbra todavía más como empresario innovador, que como político avezado.

Un periódico tan poco sospechoso como Galicia, bajo la combativa dirección de Valentín Paz Andrade, que nunca perdía la ocasión de golpear el decrépito caciquismo y fustigar al político de turno, aseguró en su portada al anunciar el fallecimiento:
"El marqués de Riestra ha sido, sin duda, el político contemporáneo más influyente de Galicia. Esa hegemonía política la logró el ilustre muerto sin violencias y sin traiciones. En este aspecto la personalidad del marqués fue una singularísima excepción".

En este reconocimiento unánime que le brindaron sus muchos amigos y sus escasos enemigos pudo influir, en todo caso, el absoluto alejamiento de la política activa que mantuvo en los últimos años, tras haber fraguado más de un gobierno de España en su propia casa.

"Bienhechor de la provincia".

La filantropía del marqués de Riestra no tuvo límite, y por eso su referencia ocupó un lugar muy destacado en cuantos obituarios y recordatorios se escribieron en torno a su fallecimiento, como un rasgo característico de su singular personalidad.

Un gesto inmenso fue la cesión que hizo de su residencia en A Caeira para acoger a los heridos de la guerra de Cuba. Aquel palacete se transformó en un hospital de campaña y todos los gastos que generó corrieron por su cuenta. Incluso cubrió los pagos a médicos y las compras de medicinas.
Igualmente sufragó la Cocina Económica, donde se daba de comer diariamente a muchos pobres. Una propiedad suya albergó la Sociedad Económica de Amigos del País, que impartió formación y enseñanza a miles y miles de obreros. Otro tanto ocurrió con la Asociación Protectora del Obrero y con la Sociedad Artística Musical, que también ocuparon inmuebles suyos.

Con su esposa compartió apoyos no menos generosos, que permitieron la fundación de la Casa Cuna y el sostenimiento de los Exploradores. El Hospital, el Asilo y la cárcel, a la cabeza de los centros más necesitados, recibieron siempre los alimentos que requerían en las fechas más señaladas.
Y más allá de sus gestos públicos, Riestra atendió incontables necesidades de pontevedreses en apuros que nunca trascendieron por su discreción absoluta.

Con razón más que sobrada la Diputación le otorgó el título honorífico de bienhechor de la provincia", que no tuvo nadie más.

Artículo original: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.