Alejandro Riestra Martínez.
Antes de que los mapas fijaran las
fronteras actuales y los tratados ordenaran el mundo, el combate dependía de
algo tan frágil como un trozo de lienzo al viento. Allí, entre el polvo y el
estruendo, avanzaba una figura singular: el Alférez, el hombre que sostenía la
bandera y, con ella, la voluntad de resistir.
La palabra que lo define es ya una
huella de la historia. Procede del árabe al-fāris, “caballero” o “jinete”, y
encierra en su origen el eco de una península Ibérica marcada por el cruce de
culturas. No es un detalle menor, el Alférez nace en la frontera, en ese
espacio donde se mezclan lenguas, batallas y formas auténticas de entender el
honor.
En la Edad Media, no era un rango menor,
sino una dignidad. En los reinos cristianos de la península ibérica, ocupaba un
lugar preeminente y cercano al monarca, tanto en la corte como en el campo de
batalla. Era el encargado de portar el estandarte real, ese símbolo que no solo
identificaba al ejército, sino que lo cohesionaba.
Las leyes compiladas por Alfonso X el
Sabio en las Siete Partidas definían su papel con claridad: debía ser un
caballero de lealtad probada, digno de sostener el signo visible del poder del Rey.
En su figura se concentraban dos funciones esenciales: custodiar el símbolo y,
llegado el caso, asumir el mando.
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| Miniatura de un Alférez de los Tercios de Infantería Española. |
Porque el Alférez no era solo un
portador, sino también un referente. En la confusión del combate, donde el
ruido y el miedo desdibujaban las órdenes, la bandera era un punto fijo. Allí
donde ondeaba el pendón estaba el orden. Y quien lo sostenía se convertía,
inevitablemente, en objetivo del enemigo. Había en ello una paradoja que define
la esencia del cargo: el Alférez era el más visible y, por tanto, el más
expuesto. Su honor consistía precisamente en no ocultarse.
Con el paso de los siglos, la figura del
Alférez comenzó a desplazarse desde el campo de batalla hacia espacios más
ceremoniales. La consolidación de las monarquías y la complejidad creciente de
las estructuras militares transformaron su función.
Surgió entonces el Alférez Real, figura
destacada en las ciudades de nuestro “Imperio”. En la península y en América,
este cargo tenía la misión de portar el pendón en actos solemnes:
proclamaciones, festividades y entradas reales. Allí donde se alzaba la
bandera, se hacía presente la autoridad del monarca.
El Alférez Real ocupaba un lugar
privilegiado en la vida urbana. Participaba en los cabildos, intervenía en
ceremonias y encarnaba, de manera visible, la continuidad del poder. Pero ese
honor tenía un precio, con frecuencia debía costear celebraciones y rituales,
convirtiendo el cargo en una mezcla de prestigio y responsabilidad económica.
Así, el Alférez dejó de ser exclusivamente un hombre de guerra para convertirse
también en símbolo de representación. La bandera seguía presente, pero su
significado se había ampliado, ya no guiaba solo a soldados sino a comunidades
enteras.
La historia, sin embargo, no siempre
avanza de manera ordenada. Hay momentos en que se rompe, se acelera, obliga a
reinventar incluso los símbolos más antiguos. Uno de esos momentos fue la
última Guerra Civil de nuestro país (1936-1939).
En ese contexto de urgencia y desgarro,
surgió la figura de los Alféreces Provisionales, conviviendo con el grado
académico de Alférez Cadete y los procedentes de promoción en la milicia. Ante la escasez de
oficiales profesionales en el ejército del General Franco, se recurrió a una
solución inmediata: formar rápidamente a civiles, jóvenes en su mayoría, y
otorgarles el grado de Alférez para ejercer mando de tropas en el frente.
Su instrucción era breve, a veces apenas
unas semanas, pero su responsabilidad cuando obtenían la preciada estrella de seis puntas era inmensa. De un día para otro,
estudiantes, empleados o campesinos con ciertos estudios se convertían en
Oficiales, encargados de dirigir hombres en combate. En ellos, el término
“Alférez” adquiría un sentido nuevo y trágico a la vez. Ya no era el caballero
elegido por su linaje ni el cadete o militar de línea formado durante años, sino el ciudadano
transformado por la guerra. Su autoridad no nacía de la tradición, sino de la
necesidad.
Muchos murieron en combate. Otros
sobrevivieron y llevaron consigo, el resto de sus vidas, la huella de aquella
experiencia. Su figura fue exaltada posteriormente como símbolo de sacrificio y
conformaron una verdadera hermandad que no se disolvió con el fin de la
contienda.
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S.A.R. La Princesa de Asturias,
recibiendo de manos de S.M. el Rey don Felipe VI el título que la acredita como
Dama Alférez Cadete del Ejército de Tierra (Academia General Militar). |
Con el final de las grandes convulsiones y la profesionalización de los ejércitos, el Alférez encontró su lugar en la estructura moderna como el empleo inferior en la oficialidad española. Lejos de desaparecer, el término se adaptó a nuevas realidades: Milicias Universitarias (hasta 1991), IMEC (Instrucción Militar para la Escala de Complemento) hasta 2001, y en la Guardia Civil el empleo de Alférez tuvo mando efectivo entre 1999 y 2017. Con este empleo, es también, con el primero con el que acceden a la escala de Oficiales los Reservistas Voluntarios que cuentan, a la hora de su ingreso, con el primer ciclo de un Grado Universitario.
Hoy, en instituciones como la Academia
General Militar, la Escuela Naval Militar o la Academia General del Aire y del
Espacio, el empleo de Alférez y su equivalente en la Armada, marca un momento decisivo en la formación de los futuros Oficiales.
Los Cadetes alcanzan este grado durante
su tercer año. Es entonces cuando dejan de ser únicamente Alumnos y comienzan a
asumir responsabilidades reales. Participan en la instrucción de compañeros de
cursos inferiores, ejercen funciones de liderazgo y se convierten en ejemplo
dentro de la vida académica. Este paso no es solo administrativo; es simbólico:
el Alférez Cadete se sitúa en un umbral entre el aprendizaje y el mando,
heredando todas las formas anteriores del cargo.
La historia de este empleo es la
historia de una persistencia y de una adaptación a diferentes realizades. A
través de los siglos, su figura ha cambiado de forma, función y contexto, pero
ha conservado un núcleo perfectamente reconocible.
Fue jinete en el mundo árabe peninsular,
caballero en la Edad Media, símbolo en las ciudades del “Imperio”, militar profesional en los ejércitos de línea, urgencia en
los conflictos y formación en las Academias Militares. Ha sido
elegido, heredado, improvisado y enseñado. Y, sin embargo, en todas sus
encarnaciones late la misma idea: alguien que acepta sostener algo que lo
supera en toda su esencia.
En los albores fue un lienzo con un
emblema visible en el horizonte de la batalla. Hoy es una enseña invisible,
hecha de deber, disciplina y memoria, manteniendo intacta su esencia. Por todo
esto, siempre hizo falta un Alférez: alguien dispuesto a avanzar, consciente
del legado histórico que su divisa soporta.
Publicado por La Mesa de los Notables.


