viernes, 20 de marzo de 2026

EL ALFÉREZ: HISTORIA DE UNA BANDERA SOSTENIDA EN EL TIEMPO.

 Alejandro Riestra Martínez.

Antes de que los mapas fijaran las fronteras actuales y los tratados ordenaran el mundo, el combate dependía de algo tan frágil como un trozo de lienzo al viento. Allí, entre el polvo y el estruendo, avanzaba una figura singular: el Alférez, el hombre que sostenía la bandera y, con ella, la voluntad de resistir.
La palabra que lo define es ya una huella de la historia. Procede del árabe al-fāris, “caballero” o “jinete”, y encierra en su origen el eco de una península Ibérica marcada por el cruce de culturas. No es un detalle menor, el Alférez nace en la frontera, en ese espacio donde se mezclan lenguas, batallas y formas auténticas de entender el honor.

En la Edad Media, no era un rango menor, sino una dignidad. En los reinos cristianos de la península ibérica, ocupaba un lugar preeminente y cercano al monarca, tanto en la corte como en el campo de batalla. Era el encargado de portar el estandarte real, ese símbolo que no solo identificaba al ejército, sino que lo cohesionaba.
Las leyes compiladas por Alfonso X el Sabio en las Siete Partidas definían su papel con claridad: debía ser un caballero de lealtad probada, digno de sostener el signo visible del poder del Rey. En su figura se concentraban dos funciones esenciales: custodiar el símbolo y, llegado el caso, asumir el mando.

Miniatura de un Alférez de los Tercios  de Infantería Española.

Porque el Alférez no era solo un portador, sino también un referente. En la confusión del combate, donde el ruido y el miedo desdibujaban las órdenes, la bandera era un punto fijo. Allí donde ondeaba el pendón estaba el orden. Y quien lo sostenía se convertía, inevitablemente, en objetivo del enemigo. Había en ello una paradoja que define la esencia del cargo: el Alférez era el más visible y, por tanto, el más expuesto. Su honor consistía precisamente en no ocultarse.
Con el paso de los siglos, la figura del Alférez comenzó a desplazarse desde el campo de batalla hacia espacios más ceremoniales. La consolidación de las monarquías y la complejidad creciente de las estructuras militares transformaron su función.

Surgió entonces el Alférez Real, figura destacada en las ciudades de nuestro “Imperio”. En la península y en América, este cargo tenía la misión de portar el pendón en actos solemnes: proclamaciones, festividades y entradas reales. Allí donde se alzaba la bandera, se hacía presente la autoridad del monarca.
El Alférez Real ocupaba un lugar privilegiado en la vida urbana. Participaba en los cabildos, intervenía en ceremonias y encarnaba, de manera visible, la continuidad del poder. Pero ese honor tenía un precio, con frecuencia debía costear celebraciones y rituales, convirtiendo el cargo en una mezcla de prestigio y responsabilidad económica. Así, el Alférez dejó de ser exclusivamente un hombre de guerra para convertirse también en símbolo de representación. La bandera seguía presente, pero su significado se había ampliado, ya no guiaba solo a soldados sino a comunidades enteras.


-Ya en la Europa del siglo XIX, muchos ejércitos usaban estrellas hexagonales para oficiales subalternos. España adoptó esta tradición por influencia francesa y austríaca en uniformes y rangos. Antes de estandarizarse, los Alféreces llevaban galones o charreteras que evolucionaron en forma de estrella de seis puntas-.

La historia, sin embargo, no siempre avanza de manera ordenada. Hay momentos en que se rompe, se acelera, obliga a reinventar incluso los símbolos más antiguos. Uno de esos momentos fue la última Guerra Civil de nuestro país (1936-1939).
En ese contexto de urgencia y desgarro, surgió la figura de los Alféreces Provisionales, conviviendo con el grado académico de Alférez Cadete y los procedentes de promoción en la  milicia. Ante la escasez de oficiales profesionales en el ejército del General Franco, se recurrió a una solución inmediata: formar rápidamente a civiles, jóvenes en su mayoría, y otorgarles el grado de Alférez para ejercer mando de tropas en el frente.

Su instrucción era breve, a veces apenas unas semanas, pero su responsabilidad cuando obtenían la preciada estrella de seis puntas era inmensa. De un día para otro, estudiantes, empleados o campesinos con ciertos estudios se convertían en Oficiales, encargados de dirigir hombres en combate. En ellos, el término “Alférez” adquiría un sentido nuevo y trágico a la vez. Ya no era el caballero elegido por su linaje ni el cadete o militar de línea formado durante años, sino el ciudadano transformado por la guerra. Su autoridad no nacía de la tradición, sino de la necesidad.
Muchos murieron en combate. Otros sobrevivieron y llevaron consigo, el resto de sus vidas, la huella de aquella experiencia. Su figura fue exaltada posteriormente como símbolo de sacrificio y conformaron una verdadera hermandad que no se disolvió con el fin de la contienda.

S.A.R. La Princesa de Asturias, recibiendo de manos de S.M. el Rey don Felipe VI el título que la acredita como Dama Alférez Cadete del Ejército de Tierra (Academia General Militar).


Con el final de las grandes convulsiones y la profesionalización de los ejércitos, el Alférez encontró su lugar en la estructura moderna como el empleo inferior en la oficialidad española. Lejos de desaparecer, el término se adaptó a nuevas realidades: Milicias Universitarias (hasta 1991), IMEC (Instrucción Militar para la Escala de Complemento) hasta 2001, y en la Guardia Civil el empleo de Alférez tuvo mando efectivo entre 1999 y 2017.  Con este empleo, es  también, con el primero con el que acceden a la escala de Oficiales los Reservistas Voluntarios que cuentan, a la hora de su ingreso, con el primer ciclo de un Grado Universitario.

Hoy, en instituciones como la Academia General Militar, la Escuela Naval Militar o la Academia General del Aire y del Espacio, el empleo de Alférez y su equivalente en la Armada, marca un momento decisivo en la formación de los futuros Oficiales.
Los Cadetes alcanzan este grado durante su tercer año. Es entonces cuando dejan de ser únicamente Alumnos y comienzan a asumir responsabilidades reales. Participan en la instrucción de compañeros de cursos inferiores, ejercen funciones de liderazgo y se convierten en ejemplo dentro de la vida académica. Este paso no es solo administrativo; es simbólico: el Alférez Cadete se sitúa en un umbral entre el aprendizaje y el mando, heredando todas las formas anteriores del cargo.

La historia de este empleo es la historia de una persistencia y de una adaptación a diferentes realizades. A través de los siglos, su figura ha cambiado de forma, función y contexto, pero ha conservado un núcleo perfectamente reconocible.
Fue jinete en el mundo árabe peninsular, caballero en la Edad Media, símbolo en las ciudades del “Imperio”, militar profesional en los ejércitos de línea, urgencia en los conflictos y formación en las Academias Militares. Ha sido elegido, heredado, improvisado y enseñado. Y, sin embargo, en todas sus encarnaciones late la misma idea: alguien que acepta sostener algo que lo supera en toda su esencia.

En los albores fue un lienzo con un emblema visible en el horizonte de la batalla. Hoy es una enseña invisible, hecha de deber, disciplina y memoria, manteniendo intacta su esencia. Por todo esto, siempre hizo falta un Alférez: alguien dispuesto a avanzar, consciente del legado histórico que su divisa soporta.



Publicado por La Mesa de los Notables.