Riestra 2026.
Juzgar el pasado es una tentación
constante y peligrosa: la de simplificar, de encerrar la historia en tribunales
imaginarios y sentar a los siglos en el banquillo de los acusados. Pero la
historia, como el ser humano, rara vez se deja encorsetar en verdades absolutas.
Las recientes palabras de S.M. Felipe VI,
reconociendo que en la conquista de América existieron ciertos “abusos” y al
mismo tiempo apelando a una lectura sin simplificaciones, han reabierto viejas
heridas. Heridas que, por motivos a mi parecer espurios, venían avivando determinados mandatarios y políticos de ambas esferas. Como toda cicatriz histórica, la nuestra sangra no solo por lo que fue,
sino por lo que hoy pudiera representar.
Determinados discursos sobre la
Conquista se me antojan más un instrumento que un análisis histórico, al centrarse exclusivamente en los agravios, dejando de lado los logros, la
cultura compartida y los elementos positivos de la hispanidad en América; construyendo así un relato útil para movilizar determinados apoyos, reforzar con
ellos su posición, e incluso ganar visibilidad internacional. La historia se convierte
así en herramienta de la política: el pasado abandona por completo su función didáctica y pasa a servir a
intereses e ideologías del presente.
No obstante, negar de manera categórica que durante la Conquista se cometieron ciertos abusos sería insostenible. Todo choque de civilizaciones, por muy leve que pretendamos, trae consigo ineludiblemente alguna forma de violencia. Ya en pleno siglo XVI hubo voces españolas que denunciaron determinados excesos. La célebre Controversia de Valladolid no es una invención moderna: fue un debate genuino sobre la dignidad de los pueblos indígenas y los límites morales de la conquista.
La Corona española intentó legislar para
frenar esos abusos mediante las Leyes de Indias, un conjunto normativo que
buscaba proteger a los pueblos originarios, aunque su aplicación fuera
desigual. Reconocer ciertos abusos no es un acto contemporáneo del monarca actual:
forma parte de la conciencia histórica española desde hace cinco siglos. Pero
reducir la Conquista a una empresa exclusivamente criminal es una pirueta que no
resiste el más mínimo análisis.
La Conquista nunca fue homogénea ni
uniforme. Fue un proceso caótico, prolongado y profundamente mestizo. En muchos
casos, los ejércitos que derrotaron a los grandes imperios Mexica e Inca
estaban compuestos mayoritariamente por pueblos indígenas aliados de los
españoles. Este hecho desmiente la narrativa simplificada de una confrontación
binaria entre “españoles” e “indígenas”. La Monarquía Hispánica, además, no fue
ajena al debate moral sobre su propia legitimidad: pocas potencias cuestionaron con tanta premura e intensidad los fundamentos éticos de su
expansión.
Desde el siglo XVI, las potencias
rivales de España alimentaron la llamada “leyenda negra”, exagerando en mucho
la crueldad española y borrando los matices del contexto. Esto no significa que algunos abusos no existieran; su interpretación histórica ha sido moldeada,
demasiadas veces, por intereses políticos y culturales ajenos al proceso mismo.
Reducir la Conquista a un relato monocromático es otra forma de manipulación:
transformar el pasado en un arma del presente.
Las palabras de Felipe VI se sitúan en
ese delicado equilibrio: admitir sombras sin ignorar las luces, reconocer
errores sin caer en simplificaciones. No se trata de exculpar, sino de
comprender; no de glorificar, sino de contextualizar. Juzgar el pasado sin
contexto es un anacronismo estéril: exigir a los hombres de hace quinientos
años que pensaran como nosotros equivale a negar la historia misma.
Quizá la paradoja más profunda es que el
mundo que surgió de aquel encuentro (violento a veces, sí, pero también
fecundo) es el que hoy compartimos. La lengua, las instituciones, la cultura,
el mestizaje: todos forman un tejido común que no puede explicarse únicamente
desde la violencia, como tampoco ignorándola. Negar cualquiera de estos
elementos es falsear la totalidad de nuestra historia.
Reconocer que pudo haber alguna forma de violencia no implica asumir una culpa hereditaria ni convertir a las naciones actuales en responsables morales de procesos históricos complejos. En tiempos de discursos absolutos, la posición de Felipe VI se revela molesta solo para quienes buscan certezas fáciles. Reconocer sombras sin negar luces o viceversa. Admitir errores sin simplificar. Recordar que la historia no es un instrumento de condena, sino de comprensión y aprendizaje.
En tiempos de discursos absolutos, la posición de Felipe VI puede parecer incómoda precisamente por su equilibrio: reconocer ciertos abusos sin asumir relatos simplistas, aceptar ciertas sombras sin negar las muchas luces que aportó nuestro proyecto de civilización. Y, sobre todo, recordar que la historia no es un instrumento de condena, sino de comprensión. Porque quizá la mayor responsabilidad del presente no sea pedir cuentas al pasado, sino entenderlo en su total complejidad.
Publicado por La Mesa de los Notables.
