lunes, 9 de marzo de 2026

LA NOBLEZA RURAL ASTURIANA ENTRE LOS SIGLOS XVII Y XIX.

Alejandro Riestra Martínez. 

En las montañas verdes y húmedas del Principado, donde los prados descienden hasta el Cantábrico y las aldeas se agrupan alrededor de pequeñas iglesias y caminos antiguos, la nobleza no llegaba a parecerse  del todo a la que dominaba los grandes palacios castellanos, andaluces o del levante peninsular. Era, sobre todo, una nobleza rural  profundamente vinculada a la tierra, a la ganadería y a los ritmos lentos de la economía agraria.
Durante los siglos XVII, XVIII y buena parte del XIX, esta pequeña aristocracia (compuesta en su mayoría por hidalgos) formó el esqueleto social y político del ecosistema rural asturiano.

Una de las características más sorprendentes de la sociedad del Principado durante el Antiguo Régimen, fue la enorme proporción de nobles. Diversos estudios señalan que hasta tres de cada cuatro habitantes, podían ser considerados hidalgos en el siglo XVIII, una proporción extraordinaria si se compara con otras regiones de España, donde la nobleza rara vez superaba el 30 % de la población.
Sin embargo, esta abundancia no implicaba riqueza generalizada. En Asturias predominaba lo que los historiadores denominan "pequeña nobleza", compuesta por familias sin título nobiliario pero que disfrutaban de ciertos privilegios jurídicos y fiscales. Entre ellos destacaba la exención de impuestos directos, lo que los diferenciaba de los llamados "pecheros", es decir, los campesinos y habitantes de zonas urbanas obligados a contribuir al erario real.

Paradójicamente, muchos de estos hidalgos eran pobres en términos económicos, aunque mantenían con orgullo su condición social. En ocasiones poseían apenas una casa solariega, algunas tierras en propiedad o arrendadas y un apellido antiguo que legitimaba su posición.

Armas del Principado, diseño de Antonio Salmerón.

La economía de esta pequeña nobleza se apoyaba casi por completo en patrimonios rústicos. Sus ingresos procedían de las rentas de la tierra, el arrendamiento de fincas y la explotación de montes o pastos. La actividad industrial y comercial, en cambio, apenas formaba parte de su mentalidad económica, pues tradicionalmente se consideraba “poco honorable” para un hidalgo dedicarse al comercio.

Esta estructura económica reflejaba la naturaleza rural de Asturias. Durante los siglos XVII y XVIII la región estaba poco urbanizada y con escasa burguesía, mientras que la mayor parte de la población vivía de la agricultura cerealista y la ganadería.
La introducción del maíz en el siglo XVII supuso un cambio importante en la economía campesina, permitiendo aumentar la producción alimentaria y sostener un crecimiento demográfico moderado. Sin embargo, este crecimiento también provocó una mayor presión sobre la tierra, generando conflictos frecuentes por el uso de montes comunales, pastos o derechos de aprovechamiento forestal.
Más allá de su riqueza material, la nobleza rural asturiana ejercía un papel central en la organización política de la región. Los hidalgos dominaban los concejos, los cargos administrativos y buena parte de la justicia local, configurando una red de poder que articulaba la vida cotidiana de estas comunidades rurales.

El acceso a cargos municipales, la adquisición de oficios públicos o la participación en instituciones regionales permitía a estas familias reforzar su prestigio. En algunos casos, este control del poder local derivó en prácticas de "clientelismo" y "caciquismo", ya visibles en documentos del siglo XVIII.
Además, estas familias de la hidalguía rural establecían complejas redes de parentesco. Los matrimonios entre linajes no solo respondían a cuestiones sentimentales o familiares, sino que constituían estrategias de consolidación patrimonial y política. Estas alianzas permitían unir mayorazgos, acumular tierras o reforzar la posición social dentro de la jerarquía regional.

Torre de los Vigil.- Santa Eulalia de Vigil (Siero).

Aunque durante siglos Asturias estuvo dominada por esta pequeña nobleza, a partir del siglo XVII algunas familias comenzaron a ascender hacia la aristocracia titulada. Este ascenso se producía generalmente a través de servicios prestados a la Corona, carreras militares o posiciones destacadas en la Iglesia.
Un ejemplo significativo de ascenso social dentro de la nobleza rural asturiana fue el de la casa de Queipo, que obtuvo el título de Condes de Toreno en 1657. Su progreso no se basó únicamente en la riqueza territorial, sino también en el servicio leal a la monarquía, en una cuidadosa política matrimonial y en la acumulación de mayorazgos y patronatos eclesiásticos, que consolidaban su poder local y garantizaban la transmisión de su influencia de generación en generación.

De manera paralela, los Vigil representan otro caso paradigmático. Su ascenso culminó con la concesión del título de Marqués de Santa Cruz de Marcenado en 1679, otorgado por el rey Carlos II. Esta familia logró trascender el ámbito local gracias a la combinación de servicio militar, gestión política y alianzas familiares estratégicas, reflejando un patrón recurrente en el Principado.
En el siglo XVIII, los Valdés alcanzaron el título de Conde de Marcel de Peñalba, consolidando su influencia a través de la acumulación de patrimonio rural y el servicio militar y administrativo. De manera similar, los Bernaldo de Quirós obtuvieron el título de Marqués de Camposagrado en el siglo XVII, combinando el dominio de sus tierras con la participación en cargos locales y regionales.

Otras familias ilustran la diversidad de caminos hacia la nobleza titulada o la consolidación de poder local. Los Cienfuegos y los Ramírez de Jove, por ejemplo, accedieron a los títulos de Conde de Marcel de Peñalba y Marqués de San Esteban del Mar de Natahoyo, respectivamente, integrando en su estrategia social la propiedad rural con actividades marítimas y comerciales incipientes, anticipando la forma en que la hidalguía podía adaptarse a nuevas oportunidades económicas.
Al mismo tiempo, linajes como Argüelles (maqueses de Oria), Mon (marqueses de mon) Alas, Hevia, Flórez, Miranda (marqueses de Valdecarzana y otra des sus ramas conde de de Villamiranda) , Riego, Soto, Caso, Omaña, Pando, Lavandera, Peláez o Trelles, así como algunos otros, alcanzaron notoriedad en ámbitos políticos y administrativos, ocupando cargos de relevancia en la gestión local y regional. Este grupo de familias evidencia que la influencia de la hidalguía asturiana no se limitaba ya a la posesión de tierras, sino que también se sostenía en la participación activa en los concejos, la justicia local y la administración del Principado.

Finalmente, el caso de los Riestra ilustra el paso de la pequeña nobleza rural asturiana hacia la modernidad del siglo XIX. Este linaje, residente durante siglos en el Concejo de Siero y originario de Villayón, consolidó la posición de algunas de sus ramas en la Pontevedra de 1845. Algunos de sus miembros más destacados, como Ramón Riestra y de la Sota, Juan Bautista Riestra, Francisco Antonio Riestra Vayaure y, sobre todo, José María Riestra López, lograron integrar sus ramas familiares en la política y el mundo financiero, obteniendo este último el Marquesado de Riestra. Su trayectoria muestra cómo, incluso en el contexto del liberalismo del siglo XIX, ciertos linajes podían transformar la herencia de la hidalguía en poder económico y político efectivo, adaptándose a nuevas estructuras sociales.


Uno de los innumerables prados de San Martín de Vega de Poja (Siero).

Aunque, como hemos dicho, la inmensa mayoría de familias hidalgas vivían modestamente, la nobleza asturiana dejó una profunda huella en el paisaje. Las casas solariegas, torres  y palacios rurales o "casonas", con sus escudos labrados en piedra, siguen marcando la arquitectura tradicional del Principado. Estos edificios no eran solo residencias: representaban la memoria del linaje. En sus capillas privadas o en las iglesias parroquiales cercanas, las familias tituladas fundaban capellanías, financiaban retablos y aseguraban lugares de enterramiento para perpetuar su nombre. La relación entre nobleza rural y religión fue, por tanto, muy estrecha. El patrocinio eclesiástico permitía consolidar el prestigio social y, al mismo tiempo, reforzar la influencia del linaje dentro de la comunidad.

A lo largo del siglo XIX, el mundo que había sostenido a esta pequeña nobleza rural comenzó a transformarse. Las reformas liberales, la abolición de los privilegios estamentales y la desaparición de los mayorazgos alteraron profundamente la estructura social heredada del Antiguo Régimen. La hidalguía, que durante siglos había sido un elemento central de identidad social en la Asturias rural, perdió progresivamente su valor jurídico. Muchos antiguos linajes se adaptaron convirtiéndose en propietarios agrícolas modernos, profesionales liberales o políticos del nuevo Estado liberal.
Sin embargo, aunque el poder jurídico de la nobleza desapareció, su huella cultural y paisajística perduró. Los palacios, los escudos y los archivos familiares continúan recordando la existencia de una sociedad rural donde el honor, el linaje y la tierra formaban un triángulo inseparable.

Podemos decir sin temor a equivocarnos, que la historia de la nobleza rural asturiana no es el relato de grandes títulos ni de casas fastuosas. Es, más bien, la historia de hidalgos de montaña, de linajes en su mayoría modestos que defendían su honra con tanto celo como sus pequeñas propiedades. Entre prados, montes y aldeas dispersas, aquella nobleza tejió una red social compleja que dominó la vida local durante siglos. En sus casas de piedra, bajo escudos desgastados por la lluvia del Cantábrico, se gestó una forma singular de aristocracia menos brillante que la de las grandes urbes, pero profundamente arraigada en la tierra y en la memoria del mismo Principado.

Publicado por La Mesa de los Notables.