La lápida con cruz latina de San Martín
de Salas es una de las piezas más emblemáticas del Prerrománico asturiano,
tanto por la calidad de su ejecución como por la riqueza de su decoración.
Tallada en piedra caliza blanca, combina una cruz latina en relieve con una
inscripción, todo ello enmarcado por una moldura de ocho centímetros de anchura
decorada con motivos vegetales.
La inscripción fue transcrita por
primera vez por Gaspar Melchor de Jovellanos durante una visita realizada el 3
de octubre de 1796. Décadas después, Ciriaco Miguel Vigil revisó su lectura y
ofreció una transcripción más detallada. El texto recoge una fórmula de
carácter protector: «Con este signo es protegido el piadoso; con este signo es
vencido el enemigo», y añade una mención a "Adefonsus" y una petición a Dios para
que lo salve.
Las fuentes no permiten identificar con
certeza al mencionado "Adefonsus" con un rey o un personaje concreto. Se ha propuesto
identificarlo con Alfonso IV, Alfonso Froilaz y otros personajes influyentes de la época. La hipótesis
de Alfonso Froilaz, hijo de Fruela II, es una de las más defendidas, por su
posible relación con otra inscripción del 951, pero sigue siendo discutida.
El significado de las palabras talladas va más
allá de la expresión religiosa. Los reyes asturianos habían adoptado la cruz
como emblema de la monarquía desde el siglo VIII, siguiendo una tradición
heredada de la corte visigoda de Toledo. La misma fórmula aparece vinculada a
las grandes cruces de la monarquía asturiana, como la Cruz de los Ángeles y la
Cruz de la Victoria. Este símbolo se convirtió así en el lábaro de estos reyes del norte y en un icono asociado a la protección divina y a la victoria.
Esta dimensión protectora explica la
presencia de cruces talladas en piedra en distintos edificios de Asturias. Su
representación no se limitaba a los espacios religiosos, sino que también podía
proteger construcciones civiles y defensivas. En este contexto, la fórmula
adquiere un marcado carácter apotropaico, destinado a ahuyentar el mal. El
término latino inimicus, «enemigo», podía referirse al demonio o al mal, aunque
también podía aludir al invasor. Al mismo tiempo, las palabras tenían
una clara dimensión política al relacionar la protección de la cruz con el
poder de la monarquía astur.
La propia composición de la pieza
refuerza ese carácter solemne. Como se ve en la imagen, en el centro aparece una cruz latina con astil,
cuyos extremos están rematados por lóbulos. De sus brazos penden el alfa y la
omega, junto a unas representaciones esquemáticas de llamas y volutas. La
superficie está cubierta por una retícula de celdillas dispuestas en diagonal,
formando un dibujo romboidal. Son cien en total (58 cuadradas y 42
triangulares) y su disposición parece evocar el aspecto de piedras preciosas
engastadas. La técnica recuerda a la decoración de la orfebrería asturleonesa y
a tradiciones tardoantiguas, visigodas y bizantinas.
El marco que rodea la cruz y la
inscripción está trabajado con la misma minuciosidad. Una sucesión de dobles
palmetas afrontadas, tallos, flores de lis y formas acorazonadas recorre la
cenefa y crea un relieve de gran riqueza plástica. El motivo de las palmetas se
repite diez veces a lo largo de la orla y encuentra paralelos en distintas
construcciones y piezas del arte altomedieval peninsular, entre ellas
Valdediós, Bendones, Deva, Pravia y San Miguel de Escalada. El estudio también
señala la relación de algunos de estos modelos con tradiciones decorativas
omeyas, sasánidas y bizantinas.
La cronología de la pieza no queda
fijada de manera definitiva. Manuel Gómez Moreno relacionó su decoración con el
ámbito mozárabe y la situó hacia mediados del siglo X, mientras que Lorenzo
Arias Páramo la consideró propia de la época de Alfonso III. También se ha
planteado una cronología más amplia, entre mediados del siglo IX y comienzos
del X, teniendo en cuenta la continuidad de determinadas técnicas y motivos
ornamentales.
La pieza reúne, en definitiva, religión,
protección y representación del poder. La cruz no aparece únicamente como
imagen de la fe, sino como un signo destinado a proteger y a
garantizar la victoria frente al enemigo. Su inscripción, su relación con la
tradición de las cruces de la monarquía asturiana y la riqueza de su decoración
hacen de esta lápida uno de los testimonios más singulares del arte
prerrománico del Principado.
La pieza original se encuentra en el
Museo del Prerrománico de San Martín de Salas, existiendo una reproducción a
tamaño natural en la Iglesia de esa misma localidad.
Para saber más: https://prerromanicosanmartin.com/
Publicado por La Mesa de los Notables.
