miércoles, 9 de septiembre de 2026

LA CRUZ DE SAN MARTÍN DE SALAS, SÍMBOLO DE PROTECCIÓN Y PODER DE LA MONARQUÍA ASTURIANA.

 

La lápida con cruz latina de San Martín de Salas es una de las piezas más emblemáticas del Prerrománico asturiano, tanto por la calidad de su ejecución como por la riqueza de su decoración. Tallada en piedra caliza blanca, combina una cruz latina en relieve con una inscripción, todo ello enmarcado por una moldura de ocho centímetros de anchura decorada con motivos vegetales.

La inscripción fue transcrita por primera vez por Gaspar Melchor de Jovellanos durante una visita realizada el 3 de octubre de 1796. Décadas después, Ciriaco Miguel Vigil revisó su lectura y ofreció una transcripción más detallada. El texto recoge una fórmula de carácter protector: «Con este signo es protegido el piadoso; con este signo es vencido el enemigo», y añade una  mención a "Adefonsus" y una petición a Dios para que lo salve.

Las fuentes no permiten identificar con certeza al mencionado "Adefonsus"  con un rey o un personaje concreto. Se ha propuesto identificarlo con Alfonso IV, Alfonso Froilaz y otros personajes influyentes de la época. La hipótesis de Alfonso Froilaz, hijo de Fruela II, es una de las más defendidas, por su posible relación con otra inscripción del 951, pero sigue siendo discutida. 

El significado de las palabras talladas va más allá de la expresión religiosa. Los reyes asturianos habían adoptado la cruz como emblema de la monarquía desde el siglo VIII, siguiendo una tradición heredada de la corte visigoda de Toledo. La misma fórmula aparece vinculada a las grandes cruces de la monarquía asturiana, como la Cruz de los Ángeles y la Cruz de la Victoria. Este símbolo se convirtió así en el lábaro de estos reyes del norte y en un icono asociado a la protección divina y a la victoria.

Esta dimensión protectora explica la presencia de cruces talladas en piedra en distintos edificios de Asturias. Su representación no se limitaba a los espacios religiosos, sino que también podía proteger construcciones civiles y defensivas. En este contexto, la fórmula adquiere un marcado carácter apotropaico, destinado a ahuyentar el mal. El término latino inimicus, «enemigo», podía referirse al demonio o al mal, aunque también podía aludir al invasor. Al mismo tiempo, las palabras tenían una clara dimensión política al relacionar la protección de la cruz con el poder de la monarquía astur.

La propia composición de la pieza refuerza ese carácter solemne. Como se ve en la imagen, en el centro aparece una cruz latina con astil, cuyos extremos están rematados por lóbulos. De sus brazos penden el alfa y la omega, junto a unas representaciones esquemáticas de llamas y volutas. La superficie está cubierta por una retícula de celdillas dispuestas en diagonal, formando un dibujo romboidal. Son cien en total (58 cuadradas y 42 triangulares) y su disposición parece evocar el aspecto de piedras preciosas engastadas. La técnica recuerda a la decoración de la orfebrería asturleonesa y a tradiciones tardoantiguas, visigodas y bizantinas.

El marco que rodea la cruz y la inscripción está trabajado con la misma minuciosidad. Una sucesión de dobles palmetas afrontadas, tallos, flores de lis y formas acorazonadas recorre la cenefa y crea un relieve de gran riqueza plástica. El motivo de las palmetas se repite diez veces a lo largo de la orla y encuentra paralelos en distintas construcciones y piezas del arte altomedieval peninsular, entre ellas Valdediós, Bendones, Deva, Pravia y San Miguel de Escalada. El estudio también señala la relación de algunos de estos modelos con tradiciones decorativas omeyas, sasánidas y bizantinas.

La cronología de la pieza no queda fijada de manera definitiva. Manuel Gómez Moreno relacionó su decoración con el ámbito mozárabe y la situó hacia mediados del siglo X, mientras que Lorenzo Arias Páramo la consideró propia de la época de Alfonso III. También se ha planteado una cronología más amplia, entre mediados del siglo IX y comienzos del X, teniendo en cuenta la continuidad de determinadas técnicas y motivos ornamentales. 

La pieza reúne, en definitiva, religión, protección y representación del poder. La cruz no aparece únicamente como imagen de la fe, sino como un signo destinado a proteger y a garantizar la victoria frente al enemigo. Su inscripción, su relación con la tradición de las cruces de la monarquía asturiana y la riqueza de su decoración hacen de esta lápida uno de los testimonios más singulares del arte prerrománico del Principado.

La pieza original se encuentra en el Museo del Prerrománico de San Martín de Salas, existiendo una reproducción a tamaño natural en la Iglesia de esa misma localidad.

Para saber más: https://prerromanicosanmartin.com/

Publicado por La Mesa de los Notables.