viernes, 11 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO V-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO V. EL ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA.

El fin de semana es un invento inglés.

No me refiero naturalmente a dejar de trabajar dos días, costumbre que las civilizaciones mediterráneas habían ensayado mucho antes sin necesidad de darle un nombre. Me refiero al week-end, que es algo distinto y bastante más serio. Los ingleses comprendieron que una semana no podía terminar simplemente dejando de ir a la oficina. Había que irse a algún sitio, preferiblemente al campo, y había que vestirse para ello.

Siempre he pensado que es durante el fin de semana cuando se descubre si un hombre es verdaderamente elegante. De lunes a viernes resulta relativamente sencillo. Un traje oscuro, una camisa blanca, una corbata discreta y unos zapatos razonablemente limpios permiten atravesar buena parte de la vida profesional sin provocar alarma. El traje tiene esa virtud: protege mucho.

El sábado, en cambio, empiezan los problemas. Desaparece la corbata, aparece el jersey, alguien considera oportuno estrenar unos pantalones de color incierto y hombres perfectamente respetables durante la semana comienzan a vestirse como si hubieran sido invitados a una excursión organizada por una marca de automóviles.

La verdadera elegancia empieza precisamente cuando desaparece la obligación de ser elegante.

Mi padre decía que la ropa de fin de semana permitía conocer a las personas mejor que muchos informes confidenciales. Había pasado suficiente tiempo entre los Malvavisco para desconfiar tanto de los informes como de las personas. Mi madre no estaba de acuerdo. Sostenía que un caballero debía vestir correctamente incluso cuando no esperaba encontrarse con nadie; mi padre preguntaba entonces para quién se vestía. Nunca llegaron a resolver la cuestión.

Yo he procurado mantener una posición intermedia. Me parece razonable que un hombre vista bien aunque no tenga público, pero siempre he considerado inquietante a quien se pone una chaqueta de tweed para desayunar solo.

El tweed exige, como mínimo, un testigo.

Pensaba recientemente en estas cosas mientras escogía ropa para pasar el fin de semana en casa de unos amigos. Tenía sobre la cama dos chaquetas, tres camisas y unos pantalones que mi secretario considera demasiado claros. No suelo solicitar su opinión sobre indumentaria. Él tampoco suele esperar a que se la solicite.

—La azul —dijo desde la puerta.

Lo miré.

—No recuerdo haberte preguntado.
—No, señor.
—Entonces estamos progresando.


Eligió discretamente abandonar la habitación.

Mientras terminaba de vestirme pensé en George Bryan Brummell. Beau Brummell. Pocas personas han conseguido ejercer tanta autoridad sin disponer de cargo alguno. No fue ministro, ni general, ni obispo, ni presidió corporación conocida. Su principal título consistió en vestir mejor que quienes lo rodeaban, que no es poco.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando algunos hombres todavía consideraban razonable presentarse en sociedad cubiertos de colores, bordados, joyas, encajes y otros elementos que hoy exigirían por separado una licencia municipal, Brummell defendió una idea extraordinariamente revolucionaria:

La discreción.

Ropa perfectamente cortada, colores contenidos, limpieza escrupulosa, una corbata bien anudada y nada que llamase demasiado la atención. Consiguió convertir la ausencia de extravagancia en una forma superior de distinción. Aquello debió de resultar insoportable para muchas personas.

Brummell llegó a ser considerado «árbitro de la elegancia». Bastaba una observación suya para que una prenda, un corte o un caballero entero quedasen sometidos a revisión. Siempre me han interesado los árbitros, especialmente aquellos cuya autoridad nadie recuerda exactamente quién les concedió.

Aquella misma tarde apareció Ataúlfo en mi gabinete. No llevaba carpeta, lo que me tranquilizó. Llevaba una noticia, lo que me tranquilizó menos.

—¿Te has enterado? —preguntó antes incluso de sentarse.
—Depende.
—De lo de la Corporación.

No pregunté cuál. Cuando Ataúlfo utiliza mayúsculas en la conversación conviene dejarle continuar. Se sentó frente a mí y adoptó esa expresión que reserva para acontecimientos capaces de alterar el curso de la civilización occidental.

—Han admitido a Fulano.

Pronunció un nombre que no considero necesario reproducir. Conocía ligeramente al interesado: hombre educado, discreto, de buena familia y, hasta donde yo sabía, bastante menos interesado por la nobleza que quienes acababan de admitirlo.

—Me alegro por él.

Ataúlfo me miró con severidad.

—No puedes alegrarte.
—Ya lo he hecho.
—No reúne todos los requisitos.

Aquello explicaba la visita. Me contó que la corporación exigía determinadas pruebas genealógicas. Había que acreditar nobleza por ciertas líneas, presentar partidas, expedientes, certificaciones y otros documentos destinados a demostrar que varias personas fallecidas antes del nacimiento del candidato habían llevado vidas suficientemente decorosas. Al parecer, una de aquellas líneas planteaba dificultades.

—El apellido de la abuela paterna —dijo Ataúlfo.

Lo contemplé.

—Comprendo.

Esta vez sí comprendía.

—No lo tiene.
—¿A la abuela?
—El apellido.
—Eso parece menos grave.

Ataúlfo ignoró la observación. Me explicó que habían estudiado el expediente y concedido una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían en determinados casos y habían tenido en cuenta la notoriedad de la familia, otros enlaces suficientemente acreditados y una serie de circunstancias que Ataúlfo enumeró con creciente indignación.

—Entonces parece que han aplicado los estatutos.
—Los han interpretado.
—Las normas suelen padecer ese inconveniente.

Ataúlfo se levantó y comenzó a caminar por el gabinete. Don Rigoberto lo siguió con uno de sus ojos; el otro continuó mirando hacia la chimenea.

—Yo tuve que presentar todo —dijo mi primo—. Todo. Partidas sacramentales, matrimonios, defunciones, ejecutorias, expedientes…

—Recuerdo aquella época.
—Fueron meses de trabajo.
—También la recuerdo.

Ataúlfo había convertido entonces la investigación de sus antepasados en una actividad colectiva en la que terminó participando media familia sin haberlo solicitado.

—Y ahora resulta que a otro le dispensan.
—Quizá su familia tuvo la precaución de conservar peor los papeles.

No pareció encontrar consuelo.

—Las normas están para cumplirlas.

Esta frase siempre me produce cierta inquietud cuando la pronuncia alguien perteneciente a más de dos corporaciones. Le ofrecí una copa. La aceptó.

—¿Sabes lo que ocurre? —continuó—. Si empezamos así, al final entra cualquiera.

Bebí un poco antes de contestar.

—Esa expresión suele significar que ha entrado alguien que no somos nosotros.

Ataúlfo dejó la copa sobre la mesa.

—No es eso.
—Naturalmente.

Se acercó al retrato de don Rigoberto y permaneció unos segundos contemplándolo.

—Tiene que haber un criterio.
—Estoy de acuerdo.
—Alguien debe decidir qué es noble y qué no lo es.

Aquello me recordó a Brummell. Le expliqué la historia. Ataúlfo conocía el nombre, aunque inicialmente pareció confundirlo con una colonia barata. Le hablé del hombre que había conseguido imponer una nueva forma de elegancia reduciendo precisamente aquello que hasta entonces se consideraba elegante.

—Era un árbitro —concluí.
—Exactamente.
—Y los árbitros tienen reglas.
—Exactamente.
—Aunque las reglas cambian.

Ataúlfo dejó de decir exactamente.

Le expliqué que durante siglos la elegancia masculina había admitido bordados, colores, pelucas, tacones, joyas y otras manifestaciones que Brummell habría considerado intolerables. Después llegó él y convirtió la sobriedad en norma.

—Pero eso es diferente.
—Siempre lo es.

Mi primo regresó al sillón.

—Una corporación nobiliaria no puede depender de modas.
—Esperemos que no.

Se produjo un silencio. Ataúlfo miró el reloj. Pensé que el asunto había terminado. Me equivocaba.

—Precisamente quería preguntarte otra cosa.

Reconocí entonces el verdadero motivo de la visita. Ataúlfo bajó ligeramente la voz.

—Conoces al nieto de Javier Enríquez Casusté.

Naturalmente que lo conocía. Javier Enríquez Casusté había sido amigo de mi abuelo paterno. Fue uno de aquellos empresarios que crearon empresas antes de que se inventara la expresión «creador de empleo», aunque él creó, efectivamente, unos cuantos miles.

Había comenzado prácticamente desde abajo. Su abuelo fue pastor de cabras, circunstancia que determinados círculos recordaban con una precisión genealógica que nunca aplicaban a sus propios parientes menos presentables. A don Javier aquello parecía preocuparle poco. La nobleza tampoco le interesó demasiado y el sentimiento fue, durante bastante tiempo, recíproco.

Mi padre lo conoció desde niño y recordaba especialmente una frase que le había oído repetir hablando de bancos: «Los intereses son como unos señores muy educados que se sientan en tu mesa y se comen tu comida». Siempre he considerado que aquella explicación contiene más información útil que algunos másteres financieros. No le gustaban los banqueros. Probablemente por eso consiguió conservar bastante dinero.

Su única hija terminó casándose con un caballero perteneciente a un linaje antiquísimo que durante los siglos XV, XVI y XVII había figurado entre los más ricos y poderosos de España. Durante generaciones habían poseído tierras, casas, rentas y mayorazgos suficientes para que sus descendientes pudieran permitirse el lujo de no pensar demasiado en el dinero. Mientras existieron los mayorazgos, el patrimonio familiar permaneció unido y no podía dispersarse alegremente entre ventas, deudas, caprichos y generaciones sucesivas de herederos con imaginación.

A partir de 1820 las cosas comenzaron a cambiar. La familia descubrió algo que muchas casas antiguas aprendieron durante el siglo XIX: conservar una fortuna resulta bastante más difícil cuando uno puede gastársela. Primero desaparecieron algunas fincas, después otras y luego llegaron las ventas que siempre iban a ser las últimas. Al cabo de varias generaciones conservaban el apellido, los retratos, una cantidad respetable de documentación y una situación económica bastante menos respetable.

Por eso, cuando el padre de nuestro candidato contrajo matrimonio con la única hija de Javier Enríquez Casusté, la boda produjo algún comentario. En determinadas casas se consideró que él aportaba el linaje; en otras se observó que ella aportaba prácticamente todo lo demás.

Nunca he comprendido por qué ambas contribuciones debían considerarse incompatibles.

El matrimonio, por lo demás, funcionó razonablemente bien, circunstancia que decepcionó a quienes habían encontrado en su celebración una fuente prometedora de conversación. De aquella unión nació, entre otros, el caballero del que ahora hablaba Ataúlfo.

—Quiere ingresar en la Corporación —me dijo.

Mencionó cuál.

—Me parece muy bien.
—El problema es que tampoco cumple exactamente todos los requisitos.

Esperé. Ataúlfo evitó mirarme.

—Hay una línea que no pueden probar.
—¿La paterna?

Me miró sorprendido.

—No. Naturalmente que no.

Aquello me interesó. La línea paterna, pese a haber conseguido perder buena parte de la fortuna acumulada durante siglos, se encontraba documentalmente en perfecto estado. La materna había tenido la mala fortuna de dedicar las últimas generaciones a crear empresas.

—Entonces el problema viene de los Enríquez Casusté.
—Exacto.
—Comprendo.

Ataúlfo comenzó a explicarme que nadie dudaba de la consideración de la familia, de su posición social, de la trayectoria de don Javier ni de la relevancia alcanzada por sus descendientes.

—Pero falta la prueba —concluyó.
—Eso sí es grave.
—Malvavisco.
—Perdona.

Me explicó que podía solicitarse una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían y la Junta podía valorar la notoriedad familiar, el conjunto de las restantes líneas y otras circunstancias excepcionales.

—Entonces las normas permiten excepciones.
—En casos justificados.
—Como éste.
—Exactamente.

Lo miré.

—Hace diez minutos una dispensa te parecía el principio del fin de la civilización nobiliaria.

Ataúlfo hizo un gesto impaciente.

—No es lo mismo.

Aquella tarde empezaba a adquirir cierta coherencia.

—Naturalmente.
—Aquí estamos hablando de una familia conocidísima.
—También era conocido el anterior.
—Pero el padre pertenece a uno de los linajes históricos más importantes de España.
—Que consiguió perder una fortuna considerable.

Ataúlfo me miró con desaprobación.

—Eso no afecta a la nobleza.
—Me alegra saberlo.
—Y por parte materna está Enríquez Casusté.
—Que consiguió crear otra

No respondió. Pensé que la genealogía podía producir resultados interesantes cuando se la contemplaba desde cierta distancia.

Por una rama, varias generaciones habían recibido una de las mayores fortunas de su tiempo y conseguido reducirla considerablemente. Por la otra, el nieto de un pastor de cabras había levantado una de las mayores fortunas del país y creado empresas capaces de dar trabajo a miles de personas. Sin embargo, para ingresar en aquella corporación, la dificultad documental procedía de esta última.

No deja de ser admirable el orden con que la Historia distribuye sus prioridades.

—Don Javier fue un hombre extraordinario —dijo Ataúlfo.
—Estoy de acuerdo.
—Creó empresas, dio trabajo a miles de personas…
—Ataúlfo, empiezas a defender peligrosamente el mérito personal.

Se detuvo.

—No estoy diciendo eso.
—Me tranquilizas.
—Lo que digo es que hay que valorar el conjunto.
—Exactamente.
—Las reglas no pueden aplicarse mecánicamente.
—Eso empieza a parecerme muy moderno.
—Hay casos que exigen criterio.
—Y dispensas.
—Cuando estén justificadas.
—Naturalmente.

Ataúlfo recuperó poco a poco la serenidad. Incluso volvió a servirse.

—Al final todo depende de saber distinguir.
—Ahí está la dificultad.
—No todo el mundo puede hacerlo.
—Por eso existen los árbitros.

Sonrió. Habíamos regresado a Brummell.

Antes de marcharse me preguntó qué pensaba hacer aquel fin de semana. Le expliqué que iba al campo.

Miró mi chaqueta.

—¿Vas a llevar esa?
—Pensaba hacerlo.

Ataúlfo inclinó ligeramente la cabeza.

—Quizá sea demasiado formal.

Lo observé. Vestía americana azul marino, pantalón gris, camisa de rayas, corbata de punto, pañuelo estampado y unos zapatos de ante cuya tonalidad habría requerido consulta diplomática.

—Puede ser.
—En el campo hay que saber relajarse.
—También las normas de elegancia.

No percibió la relación.

Cuando se marchó permanecí un rato junto al escritorio. El Elenco sostenía varias cartas que la corriente de la ventana habría dispersado de no existir la Grandeza de España.

Pensé otra vez en Brummell. Su mérito no consistió únicamente en decidir qué debía llevar un hombre, sino en establecer algo mucho más difícil: cuánto podía quitarse sin dejar de ser elegante. Quizá ahí resida toda verdadera elegancia: en saber qué sobra.

En el mundo nobiliario ocurre algo parecido, aunque con resultados menos previsibles. Existen corporaciones que han dedicado generaciones enteras a fijar cuidadosamente quién puede pertenecer a ellas. Se estudian apellidos, líneas, pruebas, enlaces y expedientes con una minuciosidad digna de mejor causa.

Hasta que aparece alguien adecuado.

Entonces se descubre la elegancia de la dispensa.

El problema no está en que existan excepciones. Casi todas las reglas razonables terminan necesitándolas. La dificultad empieza cuando descubrimos que la excepción resulta mucho más fácil de comprender cuando conocemos personalmente al interesado.

Miré a don Rigoberto. Seguía contemplando simultáneamente el gabinete y algún lugar bastante más allá de él.

Tal vez también en la nobleza convenga recordar lo que Brummell enseñó sobre la ropa. La elegancia no consiste en llevar todo lo que uno posee.

Y las reglas no deberían consistir en exigir a los demás todo aquello de lo que uno mismo está dispuesto a dispensar a sus amigos.

El vizconde de Malvavisco.

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Capítulo II.
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Capítulo IV.

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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.