viernes, 16 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO X -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.


CAPÍTULO X. EL HONOR POR ESTATUTOS.

Siempre he pensado que una de las mayores ventajas del honor es que no sirve para nada. Precisamente por eso conviene administrarlo con cuidado. Lo que sirve para algo acaba siendo utilizado, lo que no sirve para nada corre un peligro mucho mayor: acaba siendo exhibido.

Aquella mañana encontré sobre mi mesa una invitación de considerable tamaño. El papel era crema, de un gramaje que habría permitido emplearlo como elemento defensivo, y llevaba en la parte superior un escudo rodeado de banderas, anclas, dos cañones, una corona, cuatro cruces y lo que, después de observarlo durante algún tiempo, concluí que era un delfín.

Ataúlfo entró cuando yo todavía lo examinaba.

—¿Qué es?
—No lo sé todavía. Pero debe de ser importante. Apenas queda sitio para el texto.

Leyó:

—«Solemne Capítulo General del Muy Antiguo, Ilustre y Benemérito Almirantazgo de San Telmo».
—¿Muy antiguo?
—Fundado en 2019.
—Quizá cuenten desde antes.
—Eso parece.

Al pie figuraba la firma de don Evaristo de Valdemoro y Perales, seguida, con caracteres sensiblemente mayores, de las palabras:

XVIII Almirante Mayor.

—¿Es almirante? —preguntó Ataúlfo.
—Eso dice.
—¿De qué?

Volví a leer la invitación.

—Ésa es precisamente la información que falta.

Llamé a mi secretario.

—¿Conoce usted a don Evaristo de Valdemoro?
—Sí, señor vizconde.
—¿Es almirante?

Mi secretario guardó silencio.

—Preside la asociación.
—No le he preguntado qué preside.
—Entonces, no.

Ataúlfo volvió a mirar la tarjeta.

—Pero aquí pone «Almirante Mayor».
—Conozco un sitio que se denomina «Restaurante La Zarzuela» y nadie espera encontrar a S.M. tomando café en la barra.

Mi secretario explicó que la corporación reunía a aficionados a la historia naval, organizaba conferencias, recuperaba documentos y conservaba la memoria de un antiguo oficio desaparecido.

—Todo lo cual me parece admirable —dije.
—Además han reconstruido el uniforme.

Ataúlfo alzó la cabeza.

—¿Hay uniforme?

Mi secretario comprendió demasiado tarde lo que acababa de hacer.

—Ceremonial.
—¿Con entorchados?
—Algunos.
—¿Bicornio?
—En las ocasiones solemnes.

Ataúlfo se sentó.

No tengo nada contra los uniformes, los bicornios ni las personas que, después de cumplir cierta edad, descubren inesperadamente que su felicidad dependía de poseer un sable.
Tampoco contra las asociaciones. Pueden estudiar una institución desaparecida, conservar su memoria y recuperar sus ceremonias. El problema comienza cuando el recuerdo de una institución empieza a comportarse como si fuese la institución recordada.

—¿Y por qué XVIII? —preguntó Ataúlfo.
—Han establecido una continuidad histórica con los antiguos titulares —explicó mi secretario.
—Pero la asociación tiene siete años.
—Los primeros once murieron antes de que se fundara.

Ataúlfo pareció impresionado.

—Eso demuestra mucha antigüedad.
—Demuestra mucha capacidad administrativa. No todas las instituciones consiguen nombrar a sus primeros titulares varios siglos después de su fallecimiento.
—¿Y quién nombra ahora al Almirante Mayor?
—La Junta Directiva.

Ataúlfo respondió con un breve:

—Ah.

Hay momentos en que una sola sílaba contiene todo un tratado de Derecho público. Mi secretario añadió:

—Aunque tienen una carta de la Casa de Su Majestad el Rey.

Ataúlfo recobró inmediatamente el interés.

—¿Del Rey?
—Una carta privada. Su Majestad se dirige en ella a don Evaristo como «Almirante Mayor».

Ataúlfo me miró triunfalmente.

—Entonces sí es almirante.
—¿La carta lo nombra?
—No —respondió mi secretario.
—¿Le concede la dignidad?
—No, señor vizconde. Es una respuesta de cortesía.
—¿Se publicó en el Boletín Oficial del Estado?
—No.
—Entonces tenemos una carta muy estimable.
—Pero el Rey le llama «Almirante Mayor» —insistió Ataúlfo.
—Y eso convierte la carta en un magnífico recuerdo.
—¿No prueba nada?
—Prueba que la carta existe, que procede de la Casa Real y que allí le llamaron así. Todo lo demás habrá que probarlo por otro sitio.
—Ellos la enseñan mucho —dijo mi secretario.
—Eso suele ocurrir con los documentos que prueban menos de lo que parecen.

Ataúlfo seguía poco convencido.

—Pero es una carta de la Casa Real.
—Como recuerdo, muchísimo. Como Boletín Oficial del Estado, bastante menos.
—Entonces, si quiero saber si un título o una dignidad existen de verdad, ¿dónde lo miro?
—Puedes empezar por la Guía Oficial de Grandezas y Títulos del Reino que publica con carácter consultivo el Ministerio de Justicia.
—¿Y eso lo prueba?
—Sirve para consultar. Que una cosa sea muy útil no obliga a convertirla en fuente del Derecho.
—¿Y el Elenco?
—Otra obra de consulta, editada por la Real Asociación de Hidalgos de España. Utilísima, por cierto.
—Entonces ¿qué diferencia hay con el BOE?
—Una bastante sencilla: unas publicaciones te ayudan a saber qué existe. El BOE publica oficialmente los actos que deben ser publicados.

Ataúlfo meditó un momento.

—Entonces, ¿no son lo mismo?
—No.
—Pero los tres contienen títulos.
—También una carta de restaurante contiene vinos y no por eso es una denominación de origen.
—Entonces, ¿cómo se distingue una prerrogativa de honor reconocida de una que alguien se atribuye?
—Normalmente, porque la primera ha dejado algún rastro oficial.
—¿Por ejemplo?
— La dignidad de Almirante y Adelantado Mayor de las Indias. Su sucesión en ese cargo honorífico ha pasado por el procedimiento correspondiente y por el Boletín Oficial del Estado.
—¿El Almirante de la Mar Océana?
—El sucesor en esa prerrogativa de honor con origen en Cristóbal Colón.
—¿Y manda barcos?
—Cristóbal Colón ya descubrió América. Sería excesivo exigir a sus descendientes que volvieran a encontrarla en cada generación.

Ataúlfo asintió.

—¿Y si yo fundo la Asociación de Amigos del Descubrimiento de América y me nombro Almirante de la Mar Océana?
—Habrías descubierto algo bastante más difícil que América: una dignidad histórica mediante acta fundacional.

Mi secretario intentó disimular una sonrisa.

—¿Y el caso del Solar de Tejada? —preguntó Ataúlfo.
—Sus caballeros y damas diviseros hijosdalgo tienen confirmado por la Corona el derecho al uso de sus armas. También hubo expediente, Real Carta y publicación en el Boletín Oficial del Estado.
—Qué manía tiene la legitimidad de documentarse.
—Es uno de sus defectos más aburridos y una de sus virtudes más útiles.

Ataúlfo volvió a la tarjeta de don Evaristo.

—Entonces podría poner «Almirante Mayor de la Corporación».
—Claro.
—Pero pone solamente «Almirante Mayor».
—Ahí está la cuestión.

La vanidad tiene una relación muy particular con las palabras. Rara vez necesita inventarlas. Le basta con quitar las que estorban.
«Presidente de una asociación que conserva la memoria de un antiguo Almirantazgo» puede ser una descripción exacta, respetable e incluso interesante. Se eliminan unas cuantas palabras y queda:  «Almirante».

El hombre es el mismo. La tarjeta mejora muchísimo.
Hay cargos que crecen extraordinariamente cuando se acortan.
Ataúlfo volvió a mirarla.

—Entonces lo importante es lo que falta.
—Con frecuencia. Hay títulos que se vuelven mucho más impresionantes cuando se deja de explicar de dónde proceden.

Mi secretario añadió que en el próximo capítulo general don Evaristo entraría precedido por maceros y acompañado por el «Consejo de Oficiales».

—¿Oficiales de qué? —pregunté.
—De la corporación.


—¿Eso figura en el programa?
—No exactamente.

Ataúlfo me miró.

—Otra vez el complemento.
—Empiezas a comprender el Derecho honorífico.

Había, además, un Canciller, un Condestable y tres Comendadores.

—¿Comendadores de alguna Orden?
—No, señor vizconde. Son responsables territoriales.
—¿Cuántos socios tiene el de Ferrol?
—Ocho.
—¿Incluido él?
—Sí.
—Una jurisdicción manejable.

Debo confesar que aquello empezó a inspirarme cierta simpatía. Hay algo profundamente humano en necesitar un condestable para organizar una comida de cuarenta personas.

—¿Iremos? —preguntó Ataúlfo.
—Por supuesto.
—Pensaba que no te gustaba.
—Al contrario. Si investigan, conservan documentos y mantienen viva una parte de nuestra historia, hacen algo valioso.
—Entonces ¿qué te molesta?
—Que parezcan considerar insuficiente ser una asociación.

Asistimos al acto.

Don Evaristo apareció con bicornio, fajín, espada y unas charreteras que le obligaban a atravesar las puertas con cierta vocación de maniobra naval.

—Vizconde, es un honor recibirle a bordo.

Miré la moqueta. No se movía.

—Celebro que tengamos buena mar.

Durante la cena hablamos de archivos y documentos. La asociación hacía un trabajo serio y don Evaristo sabía muchísimo. Precisamente por eso lamenté que necesitara parecer otra cosa.
Al terminar se acercó a mí.

—¿Qué le ha parecido nuestra corporación?
—Muy interesante.

Sonrió.

—¿Y la dignidad de Almirante Mayor?

Bebí un poco de agua.

—Me parece un magnífico cargo dentro de su asociación.

Hubo un silencio diminuto. Es sorprendente la cantidad de ruido que puede producir un complemento cuando uno lo devuelve a su sitio.

—Naturalmente —respondió.

Y cambió de conversación.
Al salir, Ataúlfo me miró

—Has sido cruel.
—He dicho exactamente lo que es.
—Precisamente.

Caminamos unos pasos.

—¿Sabes qué es lo curioso? La asociación me ha gustado.
—A mí también.
—Entonces no necesitan fingir.
—Exactamente.

Las asociaciones pueden custodiar la memoria de instituciones desaparecidas y hacer una labor admirable. No necesitan disfrazarse de ellas. Una asociación fundada ayer puede ser perfectamente respetable. Lo que no necesita es inventarse anteayer.

Las verdaderas prerrogativas de honor tampoco convierten a nadie en mejor persona. Conservan una memoria y precisamente por eso no necesitan ser magnificadas.

El Almirante y Adelantado Mayor de las Indias no necesita descubrir América otra vez. Los caballeros diviseros hijosdalgo del Solar de Tejada no necesitan inventarse unas armas nuevas. Y una carta de cortesía no necesita convertirse en un Boletín Oficial.

Hay asociaciones que honran la historia. Y hay otras que preferirían que la historia las honrase a ellas.

El vizconde de Malvavisco.


Para saber más en La Mesa de los Notables: El Antiguo e Ilustre Solar de Tejada: De privilegio medieval a prerrogativa de honor.

Publicado por La Mesa de los Notables.