Riestra2026.-
En estos tiempos en los que escasean los artículos que combinan rigor histórico, reflexión y criterio propio, resulta refrescante encontrar textos que vayan más allá del titular del día. Y este es, sin duda, el caso del magnífico trabajo que Amadeo Martín Rey y Cabieses publicó ayer mismo en La Razón, bajo el título «Luis Alfonso de Borbón se reivindica como heredero al trono ante el caos en Francia». Una de esas lecturas que merecen ser disfrutadas con detenimiento y que justifican, por sí solas, el reconocimiento a quien las firma.
Su lectura constituye una excelente
oportunidad para recordar que la historia de las grandes dinastías europeas no
se concentra exclusivamente en archivos, tratados genealógicos o en las
vitrinas de los museos. También forma parte de la memoria colectiva de las
naciones y, en determinadas circunstancias, puede aportar una perspectiva
singular sobre los problemas del presente.
El autor consigue algo especialmente
valioso como es relacionar los acontecimientos contemporáneos de Francia con su
pasado monárquico, ofreciendo una reflexión que combina conocimiento histórico,
sensibilidad institucional y una manifiesta consideración hacia la figura de
Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou.
Y lo hace desde una posición intelectual
perfectamente reconocible, que no pretende ocultar sus convicciones sobre la
figura de Luis Alfonso.
Conviene detenerse, en primer lugar, en
la personalidad de quien firma el artículo.
Amadeo Martín Rey y Cabieses no es un
tertuliano ocasional de cuestiones dinásticas. Su trayectoria académica y
profesional acredita una dedicación extraordinaria al estudio de la historia,
la genealogía y las casas reales europeas.
Doctor en Historia por la Universidad de
Navarra, doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid y doctor
en Derecho por la UNED, reúne una formación interdisciplinar poco frecuente.
Es, además, académico de número de la
Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, institución en la que tomó
posesión en mayo de 2017.
Su actividad investigadora y divulgadora
comprende numerosas conferencias, publicaciones especializadas y colaboraciones
periodísticas. También ha participado en el Diccionario Biográfico Español de
la Real Academia de la Historia.
A ello se añade su vinculación con
instituciones históricas, nobiliarias y
caballerescas, entre ellas la Soberana Orden Militar de Malta o la Sacra y Militar Orden Constantiniana de
San Jorge.
No estamos, por tanto, ante un
articulista que se aproxima superficialmente al pasado de Europa, sino ante un
estudioso que conoce la compleja evolución de las familias que protagonizaron
buena parte de nuestra historia.
Su referencia al conde de Chambord, a la
frustrada restauración monárquica francesa y a la continuidad de los derechos
dinásticos permite comprender que la figura de Luis Alfonso de Borbón responde
a una tradición histórica perfectamente identificable.
Especialmente evocadora resulta la
referencia personal del autor a la carroza preparada para la entrada del conde
de Chambord en París. Ese detalle proporciona al texto una dimensión humana que
difícilmente podría transmitir una simple enumeración de acontecimientos. Es la
historia contemplada no solamente desde el conocimiento, sino también desde la
sensibilidad hacia aquello que pudo haber sido y finalmente no fue.
Luis Alfonso de Borbón y
Martínez-Bordiú, nacido en Madrid el 25 de abril de 1974, es hijo de Alfonso de
Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, y nieto del infante Jaime de Borbón y
Battenberg, duque de Segovia, segundo hijo varón del rey Alfonso XIII. Su ascendencia
paterna lo vincula directamente con la dinastía de los Borbones y, por esta
vía, con Luis XIV de Francia.
Tras el fallecimiento de su padre en
1989, Luis Alfonso pasó a ocupar la posición que los legitimistas franceses
reconocen como jefatura de la Casa de Borbón y representación de los derechos
históricos de la rama primogénita de la dinastía.
Para sus partidarios es Luis XX de
Francia.
Naturalmente, Francia es una república y
existen otras interpretaciones dinásticas, pero esa circunstancia no resta
interés histórico a la posición de Luis Alfonso ni a la tradición sucesoria que
representa. Al contrario, permite apreciar la extraordinaria continuidad de
unas instituciones familiares que han sobrevivido a revoluciones, guerras,
exilios y profundas transformaciones políticas. Uno de los aspectos más
estimables de su figura es, precisamente, la voluntad de conservar y transmitir
ese legado.
En este sentido, resulta especialmente
significativa la iniciativa de presentar, en diciembre de 2025, su propia
página oficial en francés, concebida para divulgar su biografía, su posición
dinástica y los principios históricos y culturales que desea preservar. La
iniciativa representa una forma contemporánea de mantener viva una tradición
secular.
Otro de los aciertos, a mi modo de
ver, del artículo de Rey y Cabieses es
la referencia a San Luis IX, rey de Francia.
La evocación resulta particularmente
oportuna cuando se aproxima el octavo centenario de su coronación, celebrada en
Reims el 29 de noviembre de 1226.
San Luis, canonizado por Bonifacio VIII en 1297, ocupa un lugar singular en la
historia de la monarquía francesa. Su reinado constituye una referencia
fundamental para comprender la evolución de la institución monárquica medieval,
la administración de justicia y la concepción cristiana de las responsabilidades
del soberano.
Que Luis Alfonso de Borbón evoque hoy a
este antepasado no es un detalle menor.
Supone recordar una tradición en la que
la autoridad debía estar acompañada de obligaciones y en la que la dignidad de
quien ejercía el poder se medía también por su capacidad para procurar justicia
y proteger a la comunidad.
La historia de Francia no puede
comprenderse plenamente sin los Capetos y los Borbones. Desde Hugo Capeto hasta
los grandes monarcas de la Edad Moderna, ambas dinastías contribuyeron
decisivamente a configurar la identidad histórica del país.
Reconocerlo no exige negar la Francia
contemporánea. Significa, sencillamente, aceptar que una nación es mucho más
que su régimen político vigente.
En relación con los graves disturbios
que motivan el artículo, considero especialmente digna de reconocimiento la
posición expresada por Luis Alfonso de Borbón.
Su comunicado, difundido en octubre de
2026 y recogido también por La Razón, condena la violencia y manifiesta
solidaridad con los ciudadanos afectados.
Lo verdaderamente destacable es que esa
solidaridad no se limita a un único sector de la sociedad francesa. Incluye a
manifestantes, vecinos, comerciantes, policías, bomberos y gendarmes. Esa
amplitud de miras merece ser subrayada.
El duque de Anjou distingue entre la
legitimidad de las reivindicaciones sociales y la violencia que termina
perjudicándolas. Una distinción esencial para cualquier convivencia civilizada.
La defensa del orden público y el reconocimiento del derecho a expresar
pacíficamente el descontento no deberían presentarse como principios
incompatibles. Así mismo resulta significativo que Luis Alfonso haya
manifestado su disposición a servir a Francia si los franceses así lo desean.
Hay una diferencia sustancial entre entender una herencia dinástica como un
privilegio personal y concebirla como una responsabilidad histórica puesta al
servicio de una nación.
Esta segunda interpretación es, a mi
juicio, la que proporciona mayor dignidad a su posición pública. Su actitud
puede valorarse favorablemente sin necesidad de aventurar escenarios políticos
improbables ni presentar como inminente una restauración monárquica.
El propio Amadeo Rey reconoce, en su
artículo, las enormes dificultades que supondría actualmente el retorno de la
monarquía a cualquier país europeo que haya dejado atrás esa forma de Estado.
Precisamente por ello, su reflexión adquiere mayor interés, no necesita
prometer acontecimientos futuros para reivindicar el valor de una continuidad
histórica.
Existe, además, una cuestión que merece
especial atención, Europa conserva distintas familias históricas que, aun
habiendo perdido sus antiguas funciones soberanas, continúan desarrollando
actividades culturales, representativas, patrimoniales o sociales. El autor recuerda oportunamente los
ejemplos de Rumanía, Montenegro, Bulgaria y Georgia.
Son realidades institucionales
diferentes, pero comparten como característica la permanencia de un legado
histórico que no quedó completamente extinguido con la desaparición de sus
respectivas monarquías.
Luis Alfonso de Borbón representa esa
continuidad entre pasado y presente. Y considero positivo que mantenga viva la
memoria de su Casa, participe en actos conmemorativos y procure transmitir a
las generaciones futuras el conocimiento de sus raíces.
La principal virtud del trabajo de
Amadeo Martín Rey y Cabieses reside en haber sabido elevar una noticia de
actualidad a una reflexión histórica de mayor alcance. Su artículo está escrito
desde el conocimiento, la convicción y el respeto hacia una tradición dinástica
que conoce profundamente. Se puede compartir o no la interpretación legitimista
de la sucesión francesa, pero sería injusto ignorar su fundamento histórico o
reducirla a una simple curiosidad aristocrática.
Del mismo modo, la figura de Luis
Alfonso de Borbón merece ser contemplada desde una perspectiva más amplia que
la ofrecida habitualmente por determinadas informaciones de carácter social. Su
trayectoria pública, su interés por la historia de Francia y su voluntad de
preservar el patrimonio moral y cultural de sus antepasados constituyen
aspectos suficientemente relevantes para justificar una atención seria y
respetuosa.
Personalmente, encuentro particularmente
estimable que, ante unos acontecimientos dolorosos, haya querido expresar
públicamente su preocupación por Francia y su solidaridad con quienes sufren
las consecuencias de la violencia. La fidelidad a una herencia histórica
adquiere mayor significado cuando se acompaña de una voluntad de servicio.
Por todo ello, desde La Mesa de Los
Notables deseo expresar mi felicitación a Amadeo Martín Rey y Cabieses por
este excelente artículo, por su rigor histórico y por su continuada labor de
divulgación de la historia dinástica europea.
Y también mi consideración hacia Luis
Alfonso de Borbón, duque de Anjou, por la dignidad con la que mantiene viva una
tradición familiar estrechamente vinculada a la historia de España y de
Francia. Porque, más allá de coronas, títulos y
regímenes, la verdadera nobleza de una herencia se manifiesta en la
responsabilidad con la que se conserva, se honra y se transmite.
La historia, a mi entender, no es únicamente memoria de lo que fuimos. También puede ser una fuente de inspiración para aquello que aspiramos a ser.
Pueden leer el artículo de Amadeo Rey y Cabieses : aquí.
Riestra2026.
Publicado por La Mesa de los Notables.
