Durante la Edad Media y buena parte del
Antiguo Régimen, la cetrería fue mucho más que una modalidad de caza.
Constituyó una actividad estrechamente vinculada a las formas de vida de la
nobleza y de las monarquías europeas. El elevado coste de las aves, su
mantenimiento y adiestramiento, la necesidad de disponer de halconeros
especializados, caballos y extensos territorios de caza hicieron de ella una
manifestación de rango y prestigio. Reyes y grandes señores intercambiaron
halcones como regalos diplomáticos, mantuvieron complejas organizaciones de
caza y convirtieron determinadas especies —gerifaltes, neblíes, sacres o
borníes— en bienes extraordinariamente apreciados.
A este mundo aristocrático llegó,
durante el siglo XVI, una sorprendente novedad procedente del recién
descubierto continente americano: los aletos.
Uno de los primeros testimonios
españoles inequívocos se encuentra en el Libro de cetrería de Luis de Zapata de
Chaves, terminado hacia 1583, que dedica un capítulo a «los halconcillos de las
Indias aletos». Zapata los describe como pequeños, de alas cortas y cola larga,
excelentes para la caza de perdices, codornices y picazas, y reconoce que
todavía sabía poco de ellos por ser aves «nuevas acá».
La frase refleja perfectamente la
novedad que representaban. Aquellas rapaces atravesaban el Atlántico en las
flotas de Indias y algunos ejemplares alcanzaban precios extraordinarios. Desde
España fueron enviados también a otras cortes europeas. Se documentan aletos
destinados al emperador Rodolfo II, a los Médici y a otras grandes casas
principescas. El francés Charles d'Arcussia, uno de los principales tratadistas
europeos de cetrería, llegó a describirlos a comienzos del siglo XVII como aves
recientemente conocidas y procedentes de las nuevas tierras occidentales.
El Inca Garcilaso de la Vega, en sus
Comentarios reales (1609), proporciona otro testimonio particularmente
interesante al señalar que ciertos pequeños halcones del Perú habían sido
llevados a España, donde eran llamados aletos. Poco después, el portugués Diogo
Fernandes Ferreira, en su Arte da Caça de Altaneria (1616), afirmaba
expresamente que se criaban en las «Indias de Castilla» y que llegaban con las
flotas a Sevilla.
Todo ello permite considerar a Sevilla
como uno de los principales puntos europeos de recepción y distribución de
estas rapaces americanas.
La identificación zoológica del aleto
histórico continúa planteando, sin embargo, algunos problemas. Actualmente se
denomina halcón aleto al Falco femoralis, o halcón aplomado americano, y
existen buenos argumentos para identificar con esta especie a las aves
descritas por los autores de los siglos XVI y XVII. No obstante, también se han
propuesto rapaces del género Micrastur, y no puede excluirse completamente que
el término «aleto» llegara a aplicarse a más de una especie americana.
En España, aquellos halcones no quedaron
reducidos a una curiosidad exótica. Felipe III utilizó aletos en su cetrería, y
durante mis investigaciones sobre la historia de la Real Caza de Volatería pude
localizar entre la documentación conservada en el fondo de los duques de Frías
noticias que muestran hasta qué punto estas aves terminaron incorporándose a la
organización cinegética de la Monarquía.
Entre ellas destaca especialmente el
nombramiento de Juan de Cuevas como «cazador de los aletos» del Rey. El dato es
de considerable interés porque demuestra que la utilización de estas rapaces
americanas llegó a adquirir entidad suficiente para contar con un servidor
especializado dentro de la Real Caza de Volatería.
La documentación se conserva actualmente
en el Archivo Histórico Nacional, Sección Nobleza, fondo Frías, entre los
papeles procedentes de la Casa de Velasco, duques de Frías, cuyos titulares
estuvieron históricamente vinculados al oficio de Cazador Mayor del Rey. Parte
de estos documentos inéditos los di a conocer en mis trabajos sobre la cetrería
de la Monarquía española.
El caso de los aletos constituye así un
pequeño pero fascinante capítulo del intercambio entre ambos mundos después del
descubrimiento de América. Habitualmente recordamos los caballos y ganados que
viajaron desde Europa hacia las Indias o las plantas americanas que hicieron el
camino inverso. Mucho menos conocida es la llegada a Europa de animales
americanos destinados a incorporarse a prácticas tradicionales del Viejo Mundo.
Durante algunas décadas, aquellos
pequeños halcones cruzaron el océano, desembarcaron en Sevilla, fueron enviados
como objetos preciosos a las cortes europeas y terminaron volando sobre los
campos españoles al servicio de los propios reyes.
Y uno de ellos dejó incluso tras de sí
algo tan singular como un oficio: el de cazador de aletos del Rey.
Bibliografía esencial.
CASTRO GARCÍA DE TEJADA, Antonio de,
trabajo sobre la Real Caza de Volatería en ALVAR EZQUERRA, Alfredo y RUIZ
RODRÍGUEZ, José Ignacio (dirs.), Túnez 1535. Halcones y halconeros en la
diplomacia y la monarquía española, Madrid, 2010.
CASTRO GARCÍA DE TEJADA, Antonio de, «La
cetrería y los reyes de España», Doce Linajes de Soria, 2016.
ZAPATA DE CHAVES, Luis, Libro de
cetrería, 1583, cap. CXIX, «De los halconcillos de las Indias aletos».
GARCILASO DE LA VEGA, Inca, Comentarios
reales de los Incas, Lisboa, 1609.
FERNANDES FERREIRA, Diogo, Arte da Caça
de Altaneria, Lisboa, 1616.
TEIXEIRA, Dante Martins, «As rapineiras
neotropicais na Europa dos séculos XVI e XVII (Aves, Falconidae,
Accipitridae)», Arquivos de Zoologia, 53 (5), 2022, pp. 73-105.
Publicado por La Mesa de los Notables.
