Algunas notas sobre la emblemática japonesa (VI).
Hay emblemas procedentes del Japón
medieval que han pervivido hasta nuestros días, y que parecen haber tomado la
radical decisión de no querer representar una idea visual concreta. No llevan hojas de paulownia, ni
crisantemos, ni aves, ni mariposas. No hay peces, abanicos, plumas ni montañas.
Tampoco hace falta leer un carácter para entenderlos. En su lugar presentan
trazos geométricos, quizá un círculo que encierra líneas que se cruzan o
convergen, quizá incluyan curvas cruzadas, cuadrados concéntricos o círculos enlazados. Y quizá por eso en ellos resida una de las peculiaridades más fascinantes de la
emblemática japonesa: cómo de la necesidad de identificar a un clan, a una persona o a un gremio podía
acabar reduciéndose la identidad a una arquitectura mínima de líneas.
Sabemos por entradas anteriores de
este mismo blog que , durante el período Edo, por ejemplo, los estandartes militares
o sashimono podían llevar el emblema de un clan como signo identificativo en el
campo de batalla. El Metropolitan Museum conserva uno de estos estandartes cuyo
motivo central es precisamente un diseño formado por círculos entrelazados, el
wa-chigai.
La evolución histórica de los kamon
produjo, como ya hemos explicado, una enorme cantidad de variantes. La
Biblioteca Nacional de la Dieta japonesa señala que existen repertorios de
miles de emblemas y que las variaciones podían obtenerse mediante procedimientos
como añadir elementos, dividirlos o modificar la composición. Una fuente de la
propia red bibliotecaria japonesa sitúa en los períodos Sengoku y
Azuchi-Momoyama la consolidación de buena parte de este sistema de variantes.
Ese proceso tuvo una consecuencia
estética extraordinaria: el dibujo podía desprenderse cada vez más de aquello
que originalmente representaba. La forma acababa importando por sí misma.
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| Ichikawa Danjūrō V (Metropolitan Museum). |
Entre las formas más características
está el círculo. El maru, la circunferencia que rodea un motivo, llegó a
convertirse en uno de los recursos compositivos más frecuentes de los kamon. En
diferentes armoriales se recoge una referencia según la cual, hacia el final
del período Edo, aproximadamente un tercio de los emblemas llevaba una forma
circular exterior. La práctica de encerrar el motivo en un círculo parece
haberse extendido desde comienzos del siglo XVI.
El círculo tiene, además, una cualidad
gráfica decisiva: transforma cualquier signo que contiene en una unidad
cerrada. Una línea deja de ser simplemente una línea. Pasa a ser un emblema. Y
eso puede observarse con particular claridad en el famoso emblema de la casa
Shimazu.
El kamon de los Shimazu, señores de
Satsuma, es extraordinariamente sencillo: una cruz dentro de un círculo. Hoy
puede parecer casi demasiado elemental para haber funcionado como distintivo de
una de las grandes casas feudales japonesas. Pero precisamente ahí está su
fuerza. No necesita hojas, ni animales, ni un kanji que pudiera identificar al
clan, dos líneas que se cruzan y una circunferencia son más que suficientes.
La historia de su origen, sin embargo,
no debe contarse como una certeza única. La Biblioteca Prefectural de Kagoshima
advierte que existen varias tradiciones sobre el origen de la cruz de los
Shimazu. Una de ellas la relaciona con dos dragones; otra cuenta que Minamoto
no Yoritomo habría formado una cruz con dos palillos y entregado ese signo a la
familia principal de ese clan. La propia fuente señala que el emblema habría
sido inicialmente la cruz sola y que posteriormente fue rodeada por un círculo,
dando lugar a la forma maru-jū.
El dibujo que vemos puede parecer
abstracto en esencia, pero la interpretación histórica de esas líneas no lo es en absoluto.
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| Mon del clan Shimazu |
Otro ejemplo especialmente revelador es
el mimasu, tres cuadrados concéntricos, asociado a un clan familiar de actores
de kabuki, los Ichikawa Danjūrō.
El Metropolitan Museum documenta este
motivo en un grabado de 1782: tres cuadrados anidados aparecen repetidos sobre
el kimono de la familia de Ichikawa Danjūrō V. El museo lo identifica como el
característico emblema mimasu.
Visualmente, aquí la reducción es
todavía más extrema. No hay una figura natural que reconocer. No hay un cuerpo
que identificar. El ojo no tiene que reconstruir un animal ni distinguir una
especie vegetal. Solo tiene que seguir las líneas. Y, sin embargo, esas líneas
podían identificar a una familia concreta.
Es difícil imaginar una demostración más
pura de un principio que también se podría observar en la heráldica europea: un
signo puede llegar a ser reconocido no por aquello que representa, sino por la
forma exacta en que está construido.
El wa-chigai lleva esa idea todavía más
lejos. El término designa un motivo de círculos entrelazados. En un estandarte
japonés del período Edo conservado en el Metropolitan Museum, el motivo ocupa
el centro de la composición. El museo señala que fue utilizado a lo largo de la
historia japonesa por varias ramas familiares de un mismo clan y, de manera
destacada, por los daimyos Wakisaka.
Aquí desaparece incluso la necesidad de
ver al círculo como un elemento de frontera. Ya no encierra nada, el propio
círculo es el emblema.
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| Armadura de Wakisaka Yasuharu (1554-1616). |
LOS ASHIKAGA.
Los Ashikaga, clan de guerreros
implacables descendientes del clan Minamoto, fundaron el Shogunato Muromachi
(1336–1573) y gobernaron Japón durante gran parte de su caótica época medieval.
Su kamon se componía de un círculo exterior de trazo grueso y limpio que
encerraba en su interior dos líneas horizontales paralelas, gruesas y
perfectamente rectas, en la variante Futatsu-hiki. Las líneas tocan o se funden
con el borde del círculo protector, creando una composición minimalista de
franjas audaces de alto contraste.
EL CLAN HŌJŌ.
El clan Hōjō ejerció el poder absoluto
en el Japón feudal como los shikken (regentes) del Shogunato Kamakura
(1203–1333). Fueron célebres por liderar con éxito la defensa militar de Japón
frente a las masivas invasiones mongolas de Kublai Kan.
Su mon estaba compuesto por dos
triángulos idénticos que formaban la base, sosteniendo a un tercer triángulo
superior en el vértice. El espacio negativo vacío que queda atrapado en el
centro reproduce de manera invertida un cuarto triángulo perfecto.
LOS HOSOKAWA.
Los Hosokawa fueron uno de los clanes
guerreros más influyentes de la historia medieval y del período Sengoku.
Gobernaron extensas regiones, como el dominio de Kumamoto, y fueron reconocidos
tanto por su destreza táctica en el campo de batalla como por su inmenso
mecenazgo hacia las artes tradicionales y el maestro de la espada Miyamoto
Musashi.
Su mon obedecía a un diseño astronómico
limpio que consiste en un círculo central dominante rodeado simétricamente por
ocho círculos menores orbitando a su alrededor. En la variante específica del
clan (Hosokawa Kuyō), los círculos exteriores están completamente separados
entre sí y del círculo central por un espacio vacío uniforme y preciso.
EL CLAN SASAKI.
El clan Sasaki operaba en la provincia
de Ōmi, de donde surgieron ramas militares fundamentales de la historia feudal
japonesa, como los clanes Rokkaku, Amago y Kyōgoku. Su infantería y arqueros
eran ampliamente reconocidos en el Japón medieval.
El emblema de este clan se compone de
cuatro cuadrados idénticos dispuestos de manera que forman, en conjunto, un
cuadrado simétrico mayor o un gran rombo. Cada uno de estos cuatro cuadrados
individuales presenta, a su vez, un pequeño espacio vacío cuadrado en su centro
exacto. Esto genera un patrón calado sumamente estético y rítmico.
LOS OGASAWARA.
Los Ogasawara, famosos durante los
períodos Kamakura y Muromachi por ser los maestros oficiales de la etiqueta
guerrera, la equitación y el Kyūjutsu, usaban como emblema tres rombos
estirados horizontalmente, apilados verticalmente en tres niveles. El rombo de
la base es el más grande, el del medio es mediano y el superior es el más
pequeño, creando una silueta escalonada perfectamente simétrica.
EL CLAN SŌMA.
El clan Sōma gobernó el norte de Japón,
en la provincia de Mutsu, y presumía de una herencia militar imbatible que se
remontaba a la época medieval temprana, siendo expertos criadores de caballos
de guerra.
Su mon estaba compuesto por un círculo
exterior grueso que encierra un patrón concéntrico donde líneas curvas se
originan desde el centro para formar remolinos perfectos, llamados tomoe,
contenidos a menudo dentro de anillos geométricos. En algunas variantes,
combinaban círculos macizos periféricos vinculados por líneas radiales delgadas
hacia un eje central.
LOS INABA.
Los Inaba, como así también sus ramas
Miyoshi, Murasame y Sanshiki, usaban como emblema cuatro líneas rectas macizas:
dos de ellas horizontales y paralelas, cortadas perpendicularmente por dos
líneas verticales paralelas, formando un cuadrado vacío en el centro y dejando
que los extremos de las líneas sobresalgan en longitudes idénticas, como un
símbolo de almohadilla (#).
EL CLAN TAKEDA.
El clan Takeda fue uno de los poderes
militares más temidos del período Sengoku. Eran famosos por su demoledora
caballería y su estrategia basada en el Fūrinkazan («Viento, Bosque, Fuego y
Montaña»). Su emblema estaba compuesto por una composición matemática impecable
que consiste en un gran rombo dividido en su interior por líneas rectas que
forman exactamente cuatro rombos pequeños e idénticos.
LOS SATAKE.
Los Satake, clan de la provincia de
Hitachi, en el norte de Japón, estaban emparentados directamente con el linaje
Minamoto. Sobrevivieron a los períodos Kamakura, Muromachi y Sengoku
manteniendo siempre un enorme ejército y una independencia feroz.
Su emblema estaba compuesto por un
círculo perfecto que encierra en su mitad inferior tres pequeños círculos
macizos dispuestos en una línea horizontal o en una ligera curva, coronados por
un espacio limpio. En sus banderas de guerra, se presentaba habitualmente como
un círculo negro sobre un fondo blanco con tres esferas debajo.
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Los legajos existentes en museos, bibliotecas y en los archivos de las diferentes prefecturas, clasifican
los emblemas y los estudian por motivos, formas, procedencia y clanes, ramas
familiares o gremios. Uno de los repertorios citados por la institución Nihon
Kamon Sōkan reúne alrededor de 20.000 kamon y explica sus variantes según su
origen y en función de las múltiples ramas familiares que componían los diferentes clanes.
En este sentido, estos kamon pueden
contemplarse como pequeñas construcciones geométricas anteriores, por muchos
siglos, a la fascinación moderna por la abstracción. Pero conviene no cometer un anacronismo.
No eran «arte abstracto» en el sentido moderno del término. Eran emblemas,
signos pertenecientes a un sistema social e histórico concreto. Su finalidad
primordial no era experimentar con la abstracción, sino identificar una casa,
una persona, un gremio, una posición o una pertenencia.
La gran diferencia entre un crisantemo,
una garza o una hoja y un conjunto de círculos o cuadrados está en la relación
que el espectador establece con ellos.
Una planta cuenta explícita e implicitamente algo; un animal o un objeto también. Una línea, en cambio, obliga al espectador a reconocerla como forma. Eso hace que algunos kamon posean una modernidad visual sorprendente. Sobre fondo negro, reducidos a blanco, podrían parecer signos diseñados ayer para un estudio de arquitectura, una firma de moda o un logotipo tecnológico.
Hay algo casi literario en estos signos. Un clan podía identificarse con una cruz encerrada en un círculo; otros con círculos que se entrelazan o atraviesan; una familia gremial de actores con tres cuadrados. No hacía falta "pintar un mundo". Por el contrario, en Occidente, la heráldica construyó todo su lenguaje mediante animales, armas, coronas, edificios, muebles, herramientas, plantas, esmaltes, metales y figuras (etc) cargadas de significado. Japón desarrolló, paralelamente, un universo de mon en el que las formas podían comprimirse hasta convertirse en signos extraordinariamente pequeños, pero aun así reconocibles.
Y cuando el motivo llegó a ese extremo, sucedió algo paradójico: cuanto menos representaba, más identificaba. La línea ya no era el contorno de una cosa, era la cosa en sí. El círculo ya no rodeaba una identidad. Y en esa economía de trazos, algunos de los antiguos emblemas japoneses encontraron una de sus expresiones más limpias: un emblema en el que el mundo desaparece y queda solamente el signo.
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Publicado por La Mesa de los Notables.



