sábado, 10 de octubre de 2026

CUANDO LA FORMA SE CONVIERTE EN IDENTIDAD.


Algunas notas sobre la emblemática japonesa (VI). 


Hay emblemas procedentes del Japón medieval que han pervivido hasta nuestros días, y que parecen haber tomado la radical decisión de no querer representar una idea visual concreta. No llevan hojas de paulownia, ni crisantemos, ni aves, ni mariposas. No hay peces, abanicos, plumas ni montañas. Tampoco hace falta leer un carácter para entenderlos. En su lugar presentan trazos geométricos, quizá un círculo que encierra líneas que se cruzan o convergen, quizá incluyan curvas cruzadas, cuadrados concéntricos o círculos enlazados. Y quizá por eso en ellos resida una de las peculiaridades más fascinantes de la emblemática japonesa: cómo de la necesidad de identificar a un clan, a una persona o a un gremio podía acabar reduciéndose la identidad a una arquitectura mínima de líneas.

Sabemos por entradas anteriores de este mismo blog que , durante el período Edo, por ejemplo, los estandartes militares o sashimono podían llevar el emblema de un clan como signo identificativo en el campo de batalla. El Metropolitan Museum conserva uno de estos estandartes cuyo motivo central es precisamente un diseño formado por círculos entrelazados, el wa-chigai.

La evolución histórica de los kamon produjo, como ya hemos explicado, una enorme cantidad de variantes. La Biblioteca Nacional de la Dieta japonesa señala que existen repertorios de miles de emblemas y que las variaciones podían obtenerse mediante procedimientos como añadir elementos, dividirlos o modificar la composición. Una fuente de la propia red bibliotecaria japonesa sitúa en los períodos Sengoku y Azuchi-Momoyama la consolidación de buena parte de este sistema de variantes.
Ese proceso tuvo una consecuencia estética extraordinaria: el dibujo podía desprenderse cada vez más de aquello que originalmente representaba. La forma acababa importando por sí misma.

Ichikawa Danjūrō V (Metropolitan Museum). 

Entre las formas más características está el círculo. El maru, la circunferencia que rodea un motivo, llegó a convertirse en uno de los recursos compositivos más frecuentes de los kamon. En diferentes armoriales se recoge una referencia según la cual, hacia el final del período Edo, aproximadamente un tercio de los emblemas llevaba una forma circular exterior. La práctica de encerrar el motivo en un círculo parece haberse extendido desde comienzos del siglo XVI.

El círculo tiene, además, una cualidad gráfica decisiva: transforma cualquier signo que contiene en una unidad cerrada. Una línea deja de ser simplemente una línea. Pasa a ser un emblema. Y eso puede observarse con particular claridad en el famoso emblema de la casa Shimazu.

El kamon de los Shimazu, señores de Satsuma, es extraordinariamente sencillo: una cruz dentro de un círculo. Hoy puede parecer casi demasiado elemental para haber funcionado como distintivo de una de las grandes casas feudales japonesas. Pero precisamente ahí está su fuerza. No necesita hojas, ni animales, ni un kanji que pudiera identificar al clan, dos líneas que se cruzan y una circunferencia son más que suficientes.

La historia de su origen, sin embargo, no debe contarse como una certeza única. La Biblioteca Prefectural de Kagoshima advierte que existen varias tradiciones sobre el origen de la cruz de los Shimazu. Una de ellas la relaciona con dos dragones; otra cuenta que Minamoto no Yoritomo habría formado una cruz con dos palillos y entregado ese signo a la familia principal de ese clan. La propia fuente señala que el emblema habría sido inicialmente la cruz sola y que posteriormente fue rodeada por un círculo, dando lugar a la forma maru-jū.
El dibujo que vemos puede parecer abstracto en esencia, pero la interpretación histórica de esas líneas no lo es en absoluto.

Mon del clan Shimazu

Otro ejemplo especialmente revelador es el mimasu, tres cuadrados concéntricos, asociado a un clan familiar de actores de kabuki, los Ichikawa Danjūrō.
El Metropolitan Museum documenta este motivo en un grabado de 1782: tres cuadrados anidados aparecen repetidos sobre el kimono de la familia de Ichikawa Danjūrō V. El museo lo identifica como el característico emblema mimasu.

Visualmente, aquí la reducción es todavía más extrema. No hay una figura natural que reconocer. No hay un cuerpo que identificar. El ojo no tiene que reconstruir un animal ni distinguir una especie vegetal. Solo tiene que seguir las líneas. Y, sin embargo, esas líneas podían identificar a una familia concreta.

Es difícil imaginar una demostración más pura de un principio que también se podría observar en la heráldica europea: un signo puede llegar a ser reconocido no por aquello que representa, sino por la forma exacta en que está construido.

El wa-chigai lleva esa idea todavía más lejos. El término designa un motivo de círculos entrelazados. En un estandarte japonés del período Edo conservado en el Metropolitan Museum, el motivo ocupa el centro de la composición. El museo señala que fue utilizado a lo largo de la historia japonesa por varias ramas familiares de un mismo clan y, de manera destacada, por los daimyos Wakisaka.
Aquí desaparece incluso la necesidad de ver al círculo como un elemento de frontera. Ya no encierra nada, el propio círculo es el emblema.

Armadura de Wakisaka Yasuharu (1554-1616).

LOS ASHIKAGA.
Los Ashikaga, clan de guerreros implacables descendientes del clan Minamoto, fundaron el Shogunato Muromachi (1336–1573) y gobernaron Japón durante gran parte de su caótica época medieval. Su kamon se componía de un círculo exterior de trazo grueso y limpio que encerraba en su interior dos líneas horizontales paralelas, gruesas y perfectamente rectas, en la variante Futatsu-hiki. Las líneas tocan o se funden con el borde del círculo protector, creando una composición minimalista de franjas audaces de alto contraste.

EL CLAN HŌJŌ.
El clan Hōjō ejerció el poder absoluto en el Japón feudal como los shikken (regentes) del Shogunato Kamakura (1203–1333). Fueron célebres por liderar con éxito la defensa militar de Japón frente a las masivas invasiones mongolas de Kublai Kan.
Su mon estaba compuesto por dos triángulos idénticos que formaban la base, sosteniendo a un tercer triángulo superior en el vértice. El espacio negativo vacío que queda atrapado en el centro reproduce de manera invertida un cuarto triángulo perfecto.

LOS HOSOKAWA.
Los Hosokawa fueron uno de los clanes guerreros más influyentes de la historia medieval y del período Sengoku. Gobernaron extensas regiones, como el dominio de Kumamoto, y fueron reconocidos tanto por su destreza táctica en el campo de batalla como por su inmenso mecenazgo hacia las artes tradicionales y el maestro de la espada Miyamoto Musashi.
Su mon obedecía a un diseño astronómico limpio que consiste en un círculo central dominante rodeado simétricamente por ocho círculos menores orbitando a su alrededor. En la variante específica del clan (Hosokawa Kuyō), los círculos exteriores están completamente separados entre sí y del círculo central por un espacio vacío uniforme y preciso.

EL CLAN SASAKI.
El clan Sasaki operaba en la provincia de Ōmi, de donde surgieron ramas militares fundamentales de la historia feudal japonesa, como los clanes Rokkaku, Amago y Kyōgoku. Su infantería y arqueros eran ampliamente reconocidos en el Japón medieval.
El emblema de este clan se compone de cuatro cuadrados idénticos dispuestos de manera que forman, en conjunto, un cuadrado simétrico mayor o un gran rombo. Cada uno de estos cuatro cuadrados individuales presenta, a su vez, un pequeño espacio vacío cuadrado en su centro exacto. Esto genera un patrón calado sumamente estético y rítmico.

LOS OGASAWARA.
Los Ogasawara, famosos durante los períodos Kamakura y Muromachi por ser los maestros oficiales de la etiqueta guerrera, la equitación y el Kyūjutsu, usaban como emblema tres rombos estirados horizontalmente, apilados verticalmente en tres niveles. El rombo de la base es el más grande, el del medio es mediano y el superior es el más pequeño, creando una silueta escalonada perfectamente simétrica.


EL CLAN SŌMA.
El clan Sōma gobernó el norte de Japón, en la provincia de Mutsu, y presumía de una herencia militar imbatible que se remontaba a la época medieval temprana, siendo expertos criadores de caballos de guerra.
Su mon estaba compuesto por un círculo exterior grueso que encierra un patrón concéntrico donde líneas curvas se originan desde el centro para formar remolinos perfectos, llamados tomoe, contenidos a menudo dentro de anillos geométricos. En algunas variantes, combinaban círculos macizos periféricos vinculados por líneas radiales delgadas hacia un eje central.

LOS INABA.
Los Inaba, como así también sus ramas Miyoshi, Murasame y Sanshiki, usaban como emblema cuatro líneas rectas macizas: dos de ellas horizontales y paralelas, cortadas perpendicularmente por dos líneas verticales paralelas, formando un cuadrado vacío en el centro y dejando que los extremos de las líneas sobresalgan en longitudes idénticas, como un símbolo de almohadilla (#).

EL CLAN TAKEDA.
El clan Takeda fue uno de los poderes militares más temidos del período Sengoku. Eran famosos por su demoledora caballería y su estrategia basada en el Fūrinkazan («Viento, Bosque, Fuego y Montaña»). Su emblema estaba compuesto por una composición matemática impecable que consiste en un gran rombo dividido en su interior por líneas rectas que forman exactamente cuatro rombos pequeños e idénticos.

LOS SATAKE.
Los Satake, clan de la provincia de Hitachi, en el norte de Japón, estaban emparentados directamente con el linaje Minamoto. Sobrevivieron a los períodos Kamakura, Muromachi y Sengoku manteniendo siempre un enorme ejército y una independencia feroz.
Su emblema estaba compuesto por un círculo perfecto que encierra en su mitad inferior tres pequeños círculos macizos dispuestos en una línea horizontal o en una ligera curva, coronados por un espacio limpio. En sus banderas de guerra, se presentaba habitualmente como un círculo negro sobre un fondo blanco con tres esferas debajo.

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Los legajos existentes en museos, bibliotecas y en los archivos de las diferentes prefecturas,  clasifican los emblemas y los estudian por motivos, formas, procedencia y clanes, ramas familiares o gremios. Uno de los repertorios citados por la institución Nihon Kamon Sōkan reúne alrededor de 20.000 kamon y explica sus variantes según su origen y en función de las múltiples ramas familiares que componían los diferentes clanes.
En este sentido, estos kamon pueden contemplarse como pequeñas construcciones geométricas anteriores, por muchos siglos, a la fascinación moderna por la abstracción. Pero conviene no cometer un anacronismo. No eran «arte abstracto» en el sentido moderno del término. Eran emblemas, signos pertenecientes a un sistema social e histórico concreto. Su finalidad primordial no era experimentar con la abstracción, sino identificar una casa, una persona, un gremio, una posición o una pertenencia.
La gran diferencia entre un crisantemo, una garza o una hoja y un conjunto de círculos o cuadrados está en la relación que el espectador establece con ellos.

Una planta cuenta explícita e implicitamente algo; un animal o un objeto también. Una línea, en cambio, obliga al espectador a reconocerla como forma. Eso hace que algunos kamon posean una modernidad visual sorprendente. Sobre fondo negro, reducidos a blanco, podrían parecer signos diseñados ayer para un estudio de arquitectura, una firma de moda o un logotipo tecnológico.

Hay algo casi literario en estos signos. Un clan podía identificarse con una cruz encerrada en un círculo; otros con círculos que se entrelazan o atraviesan; una familia gremial de actores con tres cuadrados. No hacía falta "pintar un mundo". Por el contrario, en Occidente, la heráldica construyó todo su lenguaje mediante animales, armas, coronas, edificios, muebles, herramientas, plantas, esmaltes, metales y figuras (etc) cargadas de significado. Japón desarrolló, paralelamente, un universo de mon en el que las formas podían comprimirse hasta convertirse en signos extraordinariamente pequeños, pero aun así reconocibles.

Y cuando el motivo llegó a ese extremo, sucedió algo paradójico: cuanto menos representaba, más identificaba. La línea ya no era el contorno de una cosa, era la cosa en sí. El círculo ya no rodeaba una identidad. Y en esa economía de trazos, algunos de los antiguos emblemas japoneses encontraron una de sus expresiones más limpias: un emblema en el que el mundo desaparece y queda solamente el signo.

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Publicado por La Mesa de los Notables.