Capítulo IX. El apellido.
Los apellidos tienen una ventaja sobre
los títulos nobiliarios: todo el mundo posee alguno. También presentan un
inconveniente: casi todo el mundo cree saber de dónde procede el suyo.
Hace unos meses me invitaron a un
congreso sobre genealogía. Acepté porque conocía al conferenciante, que sabía
mucho más de apellidos que la mayoría de las personas que los llevan, y porque
la invitación no exigía etiqueta. Al llegar descubrí, sin embargo, que los
organizadores habían decidido colgarnos del cuello una acreditación.
La señorita de la mesa me entregó la
mía.
«Vizconde de Malvavisco».
—Falta el nombre —le dije.
Se alarmó.
—Lo siento muchísimo, señor. Se la
cambio ahora mismo.
—No hace falta. Es la parte que menos
utilizo.
Detrás de mí esperaba un caballero que
debía de tener unos cincuenta años, bien vestido, de maneras agradables. Su
acreditación presentaba dificultades mayores.
—Hay un error. Es «García de
Monteclaro».
La señorita buscó en la lista.
—Tengo «Gonzalo Monteclaro y Fernández».
—Sí, pero he recuperado el García.
Imprimió una nueva tarjeta: Gonzalo
García de Monteclaro y Fernández.
El caballero la examinó.
—Fernández de San Pelayo.
La señorita dejó de sonreír.
Hubo que reducir ligeramente el tamaño
de la letra. Me pareció una imagen bastante precisa de determinados procesos
genealógicos: a medida que aumenta el linaje, disminuye el cuerpo tipográfico.
Coincidimos después durante el café.
Gonzalo resultó ser una persona culta, educada y bastante razonable,
circunstancia que siempre complica las cosas cuando uno esperaba divertirse a
su costa.
—No crea que esto es una extravagancia
—me dijo, tocándose la acreditación—. En mi familia el apellido era García de
Monteclaro. Está documentado.
—No tengo dificultad en creerlo.
—Se perdió en el siglo XIX.
Me explicó que su tatarabuelo todavía
aparecía en documentos familiares con el apellido compuesto, pero que después
comenzó a figurar simplemente como Monteclaro. En unas partidas se conservaba
completo; en otras, no. Más tarde la forma abreviada terminó imponiéndose y
varias generaciones de la familia dejaron de utilizar la segunda parte.
Me enseñó unas fotocopias.
Las llevaba preparadas.
Eso me tranquilizó. Los genealogistas
que aportan documentos suelen ser menos peligrosos que los que aportan
recuerdos.
—Aquí está mi bisabuelo —dijo—. García
de Monteclaro. Y éste es su padre.
Miré los papeles.
—Parece bastante claro.
—Por eso lo he recuperado.
—Me parece muy bien.
Se sorprendió.
—Pensaba que se reiría.
—No veo por qué. Si ése era el apellido
familiar y puede demostrarlo, conservarlo me parece razonable.
Los apellidos también forman parte de
una memoria. Algunos compuestos desaparecieron por desuso, por
simplificaciones, por cambios de criterio o porque en algún momento nadie
consideró necesario seguir escribiéndolos completos. Recuperar documentalmente uno
de ellos no me parece una afectación. A veces es exactamente lo contrario:
corregir una pérdida.
Gonzalo asintió, satisfecho.
—Además, los apellidos poco frecuentes
deben protegerse.
—Siempre que no terminemos
protegiéndolos de la posibilidad de caber en una tarjeta.
Miró su acreditación.
—Lo de «Fernández de San Pelayo» también
está documentado.
—¿Hasta dónde?
—Era el apellido de mi abuela materna.
—Eso está bastante cerca.
—Y antes aparece como «Fernández de San
Pelayo y de la Torre».
Lo miré.
—Eso está empezando a alejarse.
Sonrió.
—No pienso usarlo entero.
—Me tranquiliza.
—Aunque «de la Torre» es un apellido muy
antiguo.
—No lo dudo.
—Y se está perdiendo.
—También el latín y no por eso lo
añadimos al nombre.
Bebió un poco de café.
—Usted se burla, pero los apellidos son
importantes.
—Precisamente por eso no me burlo de
ellos.
Aquello pareció desconcertarlo.
Siempre he pensado que un apellido
antiguo merece cierto respeto, pero el respeto no aumenta necesariamente con el
número de partículas. Hay apellidos sencillos que pueden documentarse durante
siglos y composiciones formidables fabricadas durante una tarde. La longitud
pertenece a la ortografía. La antigüedad, a los archivos.
Gonzalo volvió a mirar sus papeles.
—En realidad hay otra cosa que quería preguntarle.
Aquello me preocupó.
Sacó el teléfono
Las preguntas genealógicas han empeorado
mucho desde que caben en un bolsillo.
Miré.
En la pantalla aparecía la reproducción
de una página dedicada a un personaje medieval: don Rodrigo de Monteclaro,
caballero del siglo XIII, participante en varias campañas militares, señor de
lugares cuyos nombres no conseguí retener y, según la página, tronco de una
«ilustre estirpe extendida posteriormente por toda España».
Las genealogías de Internet sienten una
especial debilidad por las estirpes extendidas.
—Es un antepasado mío —dijo Gonzalo.
Le devolví el teléfono.
—¿Lo sabe?
—Era Monteclaro.
—Eso he visto.
—Y mi familia es García de Monteclaro.
—También lo sé.
Esperó.
—¿No ve la relación?
—Veo dos veces la palabra Monteclaro.
No le pareció suficiente.
—Además, procedemos de la misma zona.
—Eso mejora la geografía.
—Y hay autores que relacionan ambas
familias.
—También mejora la bibliografía.
Gonzalo empezó a impacientarse.
—Entonces ¿qué falta?
—La genealogía.
Me miró como si acabara de introducir
una exigencia innecesaria en una conversación genealógica.
Volvió al teléfono y abrió un árbol. Las
primeras generaciones estaban cuidadosamente documentadas. Había fechas,
matrimonios, lugares de nacimiento y referencias a protocolos notariales.
Retrocedimos hasta mediados del siglo XVIII con bastante facilidad. Después
apareció un señor cuyo nacimiento no estaba del todo claro. Más arriba, las
fechas se hicieron menos precisas. Dos generaciones después desaparecieron.
A continuación, estaba don Rodrigo.
—Aquí hay un pequeño salto —dije.
—Es la parte que falta demostrar.
Miré las fechas.
—Son casi cuatrocientos años.
—Sí.
—Admiro su concepto de «pequeño».
Gonzalo amplió la pantalla.
—Pero hay muchas coincidencias.
—Cuatro siglos suelen permitir
bastantes.
—La tradición familiar es muy constante.
—Las tradiciones familiares tienen esa
ventaja. No necesitan renovar el documento nacional de identidad.
Guardó el teléfono.
—No me cree.
—Creo que su familia lleva mucho tiempo
creyéndolo. No es exactamente lo mismo.
Aquello no le gustó. Lo comprendí.
Resulta profundamente desagradable descubrir que un antepasado medieval que
llevaba años instalado cómodamente en la familia tiene que volver de pronto a
demostrar parentesco.
La Edad Media ha producido una cantidad
extraordinaria de descendientes póstumos desde que apareció Internet. Reyes,
cruzados, almirantes y compañeros de batalla que durante siglos parecieron
haber dejado una descendencia razonablemente limitada comenzaron, a finales del
siglo XX, a reproducirse con un entusiasmo retrospectivo verdaderamente
notable.
Carlomagno ha sido particularmente
eficaz.
No pretendo negar que muchas familias
actuales desciendan de personajes medievales. Estadísticamente, algunas incluso
deben de hacerlo por una cantidad de líneas suficiente para provocar
aburrimiento. El problema no es descender. El problema es demostrar por dónde.
Le conté entonces un caso que siempre me
había interesado. Un genealogista italiano llevaba un apellido vinculado desde
antiguo por tradición familiar a una de las grandes familias de la Florencia
medieval. Existían indicios importantes: bibliografía antigua, tradición
continuada, coincidencias heráldicas y otras circunstancias que en épocas
anteriores habrían bastado a muchos genealogistas para afirmar el parentesco
sin demasiadas incomodidades.
Él no lo hizo.
Cuando tuvo ocasión de hablar
públicamente del asunto, explicó con toda claridad que su familia siempre se
había considerado descendiente de aquella estirpe, que existían numerosas
pistas a favor, pero que el estado actual de la investigación no permitía
convertir esas pistas en una genealogía científicamente demostrada.
Gonzalo escuchó con atención.
—Pero seguramente descenderá.
—Es posible.
—Entonces...
—Precisamente.
—No le entiendo.
—La diferencia entre un genealogista y
un antepasado consiste en que al primero conviene exigirle pruebas.
Gonzalo sonrió.
—¿Y al segundo?
—Al segundo también. Pero suele ser más
difícil localizarlo.
Volvimos al salón. La conferencia iba a comenzar.
El ponente habló durante casi una hora
de nombres, apellidos, filiaciones, transmisión y cambios de uso. Fue
interesante, aunque observé que Gonzalo dedicó parte del tiempo a consultar el
teléfono. Al terminar se acercó nuevamente.
—He encontrado otra referencia a Rodrigo
de Monteclaro.
—Me alegro.
—Un foro genealógico.
—Eso me alegra algo menos.
—Un señor de Chile también desciende de
él.
—¿Lo ha demostrado?
—No lo sé.
—Entonces ya son dos.
No insistió.
Varias semanas después recibí un sobre
suyo en casa. Dentro había una nota amable agradeciéndome la conversación y una
tarjeta de visita nueva.
La examiné.
«Gonzalo García de Monteclaro y
Fernández de San Pelayo».
Debajo, en caracteres más pequeños,
figuraban dos apellidos adicionales que no recordaba haber visto en la
acreditación.
Mi secretario entró mientras todavía la
tenía en la mano.
—¿La guardo en el tarjetero?
Se la entregué.
Intentó introducirla.
No cabía.
Probó en otro compartimento.
Tampoco.
—¿Qué hago con ella?
Miré la tarjeta.
—Documentación de gran formato.
Mi secretario salió.
Volví a leer el nombre. No sabía si Gonzalo había conseguido alargar su genealogía desde nuestra última conversación. El apellido, desde luego, sí.
El vizconde de Malvavisco.
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El vizconde de Malvavisco es un
personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie.
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Publicado por La Mesa de los Notables.
