Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.
La historia de Vasco Núñez de Balboa tiene todos los ingredientes para una novela de aventuras, con un hidalgo, un viaje clandestino, selvas completamente impenetrables, acuerdos con indígenas, batallas, rumores de tierras maravillosas y, finalmente, la aparición de un océano que era completamente desconocido al mundo. En un instante en que la tierra parecía lo suficientemente extensa, aquel extremeño pudo demostrar que todavía era mucho más grande.
Vasco Núñez de Balboa nació en Jerez de los Caballeros en torno al año 1475. Hijo de una familia noble, pero con recursos modestos. Él fue uno de tantos jóvenes de su generación que buscaron en las Indias, la riqueza y mejora de su familia. La meta era alcanzar todo lo que en ese instante Castilla no les podía ofrecer. Y así fue como, tras participar en diversas expediciones por las costas de Tierra Firme, Núñez de Balboa intentó establecerse en La Española, aunque al final su negocio fracasó.
En el año 1509, perseguido por las
deudas, se embarcó como polizón en una expedición que dirigía Martín Fernández
de Enciso. Las crónicas cuentan que viajó oculto dentro de un tonel pero que
fue descubierto durante la travesía. Vasco habría logrado convencer a los
expedicionarios para que le permitieran continuar el viaje, justificándose en
sus conocimientos de aquellas nuevas costas. En ese instante nadie sospechaba
que aquel joven que había aparecido escondido entre barriles, terminaría
realizando uno de los mayores descubrimientos geográficos de la historia.
Se instaló en la actual Panamá donde pronto demostró su buena capacidad de mando y una notable habilidad para entenderse con los indígenas. En ese trato fue cuando escuchó una historia, varias veces repetida por los nativos, que contaban que al otro lado de las montañas existía «la otra mar». Decían que había mucha agua, pero que estaba más allá de las selvas y las cordilleras. Uno de los informantes, llamado Panquiaco, era hijo de un cacique y hablaba habitualmente, de forma amigable, con los españoles. Les contaba historias sobre aquellas regiones meridionales y también los tenía admirados explicándoles historias en torno a las numerosas riquezas que escondía la tierra.
Las noticias que Núñez de Balboa escuchó fueron las que encendieron su imaginación. Desde hacía muchos años los europeos buscaban las fabulosas regiones descritas por Marco Polo, lugares como Cipango, Catay y las Indias orientales, donde estaban las deseadas especias, pero también la seda, piedras preciosas y otros muchos productos de enorme valor en Europa. Mientras, en las nuevas Indias, nadie conocía con exactitud la dimensión de este nuevo continente recién descubierto, así que Balboa se preguntaba si aquella «otra mar» que explicaba su nuevo amigo, conduciría a las especias, ¿y si tras aquellas montañas estaba el camino hacia las riquezas orientales?
Era el mes de septiembre de 1513 y decidió averiguarlo por sí mismo. Salió desde Santa María la Antigua del Darién acompañado de un pequeño contingente de españoles y varios aliados indígenas. La expedición marchó durante varias jornadas, resultando completamente agotador. La altísima humedad de la selva, numerosos pantanos, cursos de agua y elevaciones del todo abruptas, dificultaban el camino. El terreno parecía diseñado para impedir el paso de cualquier intruso. El calor era sofocante y la vegetación era tanta que cerraba completamente cualquier camino. Hubo momentos en que sufrieron el ataque de pueblos indígenas hostiles. Así transcurrían los días, donde cada jornada exigía una resistencia extraordinaria.
Pasaron los días y divisaron unas montañas desde las cuales, según contaban los guías, podía contemplarse «ese mar». Balboa quiso protagonizar el instante en soledad, así que ordenó detenerse a sus hombres varios metros por debajo de la cima y él continuó ascendiendo prácticamente solo.
El 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa alcanzó la cumbre de aquella montaña y, frente a él surgió una tremenda masa de agua, era tan grande que se perdía en el horizonte. Era agua, mucha más agua de la que nunca había podido imaginar. El joven extremeño acababa de convertirse en el primer europeo que contemplaba, desde las tierras de América, el océano que hoy todos llamamos Pacífico. Es probable que en algún momento nuestro Vasco Núñez de Balboa se hubiese sentido suspendido entre dos mundos. Detrás quedaba el océano Atlántico, por donde habían llegado los españoles hacía dos décadas y, frente a él, se extendía otro mar cuya verdadera magnitud nadie sospechaba. Miró a lo lejos, pero no divisó costa ni isla, solamente estaba el infinito.
Inmediatamente llamó a sus hombres, quienes ascendieron rápidamente para disfrutar de aquel extraordinario espectáculo. Seguramente ninguno podía imaginar que aquella superficie de agua era el mayor océano de la Tierra. Sin embargo, todavía quedaba completar el descubrimiento porque tenían que descender hasta la costa.
La expedición siguió, no sin nuevos enfrentamientos con algunos indígenas hostiles. Al aproximarse a la costa los españoles se dividieron para explorar el entorno. Visto el éxito, Balboa caminó hasta la orilla. Allí, frente a esas aguas totalmente desconocidas, se produjo una de las escenas más célebres de esta exploración española y fue cuando entró en el mar y tomó posesión de aquellas aguas en nombre de sus reyes. Esto ocurrió un 29 de septiembre de 1513, festividad del Arcángel San Miguel.
Uno de los primeros en llegar a la orilla junto con Vasco, fue Alonso Martín, quien al parecer pudo navegar, aunque sea brevemente, en una canoa indígena. Posiblemente habrían hecho lo que muchos navegantes realizan desde tiempo inmemorial cuando encuentran una masa de agua desconocida y es comprobar su naturaleza. Arrodillarse, recoger un poco de agua entre sus manos y probarla. Era agua salada, así es como supieron que no estaban frente a un gigantesco lago, ¡era mar!
Como aquellas aguas estaban al Sur, es
por lo que lo llamaron «Mar del Sur». Años más tarde y tras la expedición de
Fernando de Magallanes y Elcano, fue cuando toda esta extensión de agua acabó
por imponerse y nombrarse océano Pacífico.
Hoy sabemos perfectamente la geografía
del planeta y observamos los mapas donde los océanos parecen inevitables, pero
en el año 1513 nada era así. El mundo era una compleja incógnita, con la muerte
siempre pendiente, donde cada montaña podía esconder una maravilla y cada río
un desastre.
La grandeza de aquella jornada fue
llegar a entender que nuestro mundo era mucho más vasto de lo que cualquier
europeo había imaginado. De este modo, un joven hidalgo, endeudado, que había
llegado a viajar dentro de un tonel como polizón en un barco, se convirtió en
el descubridor de la puerta que se abría a un nuevo océano. Vasco Núñez de
Balboa, durante un instante irrepetible, se convirtió en el único hombre de su
cultura que contempló por primera vez en la historia, desde las costas de
América, el océano Pacífico.
Publicado por La Mesa de los Notables.
