El gabinete del vizconde de Malvavisco
una
mirada distinta al mundo nobiliario
CAPÍTULO II. LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO.
Hay cuestiones sobre las que conviene no
bromear. El tratamiento es una de ellas.
En el mundo nobiliario, pocas cosas producen mayor inquietud que ignorar si corresponde dirigirse a alguien como «Excelentísimo Señor», «Ilustrísimo Señor», «Excelencia», «Ilustrísima» o, sencillamente, «don Fulano», fórmula esta última que algunos consideran poco menos que una degradación administrativa.
Mi padre sostenía que el tratamiento
debía guardar alguna relación con aquello que uno había hecho para merecerlo.
Fue demasiado moderno para su época.
Hoy las cosas son más complejas. Conozco
personas que pueden soportar sin dificultad una inspección de Hacienda, una
operación de próstata o el abandono de un hijo, pero quedan profundamente
afectadas si en una invitación se omite accidentalmente la abreviatura
«Excmo.». Un hombre puede sobrevivir a muchas desgracias. A que le quiten la
preferencia en una rotonda, no siempre. A que le quiten la Excelencia, rara vez.
El asunto se complica porque las corporaciones nobiliarias han desarrollado una extraordinaria capacidad para los tratamientos. Algunas tienen presidentes; otras, grandes maestres, lugartenientes, cancilleres, decanos, protectores, bailíos, comendadores, procuradores y dignidades cuyo significado ignoro, aunque los interesados parecen conocerlo perfectamente. Al menos mientras hablan de sí mismos.
Recuerdo cierta comida en la que un
caballero me explicó durante veinte minutos que debía tratarle de «Excelencia»
por ostentar una determinada dignidad.
—Comprendo —le dije.
No lo comprendía, pero era la hora del
aperitivo y hay discusiones que pierden mucha importancia cuando aparecen las
croquetas.
El problema es que el tratamiento posee
también otro significado. Esto suele olvidarse.
Mi primo Ataúlfo conoce a un caballero que pertenece a una orden dinástica extranjera. No diré cuál. La discreción es una virtud y, además, existen tantas que quizá ni siquiera sus propios miembros consiguieran identificarla con los datos que voy a proporcionar.
La Orden reconoce como jefe de la Casa a
un príncipe. O, al menos, lo reconocía el martes. En estas materias las semanas
pueden resultar excesivamente largas.
Al parecer, algunos caballeros se disgustaron con Su Alteza porque había tomado ciertas decisiones sin consultarles. Nada especialmente grave. Los pretendientes al trono tienen el inconveniente de que, al carecer normalmente de reino, sus súbditos disponen de mucho tiempo para ocuparse de ellos.
Hubo cartas. Después hubo llamadas.
Finalmente hubo un grupo de WhatsApp.
La Historia suele comenzar así.
Uno de los caballeros sostuvo que el
príncipe había perdido legitimidad; otro opinó que jamás la había tenido; un
tercero recordó que existía un primo.
Siempre hay un primo.
El primo pertenecía a otra rama de la
familia, vivía discretamente en el extranjero y, hasta aquel momento, había
demostrado la prudencia de no reclamar absolutamente nada. Aquello le convirtió
inmediatamente en candidato.
Los descontentos comenzaron a
escribirle. Le explicaron que la Historia le llamaba. La Historia, por lo
visto, tenía su número de teléfono. Durante algunas semanas, varios caballeros
que habían jurado fidelidad al primer príncipe descubrieron que su verdadera lealtad
pertenecía desde tiempo inmemorial al segundo. Estas revelaciones retrospectivas
son frecuentes en el mundo dinástico: uno siempre ha pensado exactamente lo que
acaba de decidir.
Ataúlfo me contó el asunto durante una
visita al gabinete.
—La situación es gravísima —dijo.
—¿Para quién?
No supo contestarme.
Me explicó que uno de los principales
defensores del nuevo pretendiente atravesaba además una temporada complicada.
Dormía poco, enviaba mensajes a todas horas, redactaba manifiestos y había
comenzado a firmar algunas comunicaciones con tres tratamientos diferentes.
—¿Y está bien? —pregunté.
Ataúlfo se encogió de hombros.
—No lo sé. Creo que sigue con lo del
tratamiento.
Aquello me tranquilizó.
—Entonces lo importante es que no lo
interrumpa.
Ataúlfo me miró.
—Me refiero al tratamiento de
Excelencia.
—Yo no.
No tengo ninguna objeción a los tratamientos honoríficos. Forman parte de determinadas tradiciones, cargos y usos sociales, y pueden resultar incluso elegantes cuando se emplean con naturalidad. Lo que siempre me ha sorprendido es la cantidad de personas que parecen necesitarlos.
Hay quien recibe un «Excelencia» como quien recibe oxígeno. Se le ensancha el pecho, le cambia la mirada y durante unos segundos parece reconciliarse con la existencia. Después pregunta si también corresponde a su esposa.
Mi médico sostiene que estas cosas no se curan con medicación. Es posible. Pero tampoco conviene descartar ninguna ayuda.
Con el tiempo he aprendido que existen
personas para quienes pertenecer a una orden, lucir una placa, recibir un
tratamiento o aparecer junto a un príncipe proporciona una seguridad que
probablemente no encontraron en otros lugares. No me parece censurable. Todos
necesitamos alguna forma de reconocimiento.
Lo preocupante comienza cuando el reconocimiento deja de ser una cortesía y se convierte en una necesidad. Entonces una precedencia puede parecer una ofensa; una omisión en una tarjeta, una conspiración; y un primo del pretendiente, la solución a la monarquía.
Mi secretario entró aquella tarde para
preguntarme cómo debía contestar una carta que acabábamos de recibir.
—El remitente firma como Excelentísimo
Señor —me dijo—. ¿Qué tratamiento pongo?
Lo pensé unos segundos.
—El que corresponda.
—¿Y si no corresponde ninguno?
—Entonces, don.
Mi secretario dudó.
—¿No se ofenderá?
Miré a don Rigoberto. Contemplaba simultáneamente la ventana y el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino, que seguía cumpliendo con notable eficacia sus funciones sobre un montón de facturas.
—Probablemente.
Mi secretario esperó.
—¿Y qué hacemos?
—Nada. Hay tratamientos que deben
respetarse.
Hice una pausa.
—Y otros que conviene no interrumpir.
El vizconde de Malvavisco.
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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.
Publicado por La Mesa de los Notables.
