lunes, 24 de agosto de 2026

DE LA CRUZADA DE LOS NIÑOS A CEUTA. NADA NUEVO BAJO EL SOL.

Antonio de Castro García de Tejada
Académico correspondiente de la Academia Belgo-Española de la Historia.

Hay acontecimientos separados por ocho siglos que, sin embargo, permiten descubrir comportamientos humanos sorprendentemente parecidos. La llamada Cruzada de los Niños de 1212 y la reciente entrada masiva en Ceuta pertenecen a mundos completamente distintos: una nació en la Europa cristiana medieval y estuvo marcada por el fervor religioso; la otra puede parecer un fenómeno migratorio contemporáneo, aunque por sus dimensiones y por la presión ejercida sobre la frontera adquiere también los tintes de una auténtica irrupción sobre un territorio. Precisamente por esa distancia histórica resulta interesante compararlas: no porque sean iguales, sino porque en ambas encontramos una multitud movilizada por una expectativa colectiva y orientada hacia un mismo destino.

La llamada Cruzada de los Niños no fue una cruzada predicada ni estuvo formada exclusivamente por niños. La investigación histórica ha demostrado que el término latino pueri, utilizado por las fuentes, podía designar también a jóvenes y personas humildes. En 1212 surgieron movimientos en Francia y Alemania, impulsados por predicadores como Esteban de Cloyes y Nicolás de Colonia. Miles de personas se pusieron en camino convencidas de que podían conseguir aquello que los poderosos y los ejércitos cruzados no habían logrado: alcanzar Tierra Santa.

En 1212, la multitud creyó que el camino hacia Jerusalén estaba abierto para ella. En la Ceuta de 2026, decenas de miles de personas creyeron que la frontera hacia Europa podía ser atravesada. El pasado 30 de julio, unas 72.000 personas llegaron a Ceuta desde Marruecos en una entrada masiva, según la cifra mantenida por el Gobierno español. La movilización parece haber estado acompañada por mensajes y llamamientos difundidos a través de las redes sociales.


Naturalmente, la motivación era completamente diferente. Los protagonistas de 1212 estaban movidos por la fe; quienes se dirigieron hacia Ceuta buscaban fundamentalmente alcanzar Europa. Pero la comparación no tiene que establecerse entre la motivación, sino entre la forma en que una expectativa puede producir un movimiento colectivo. En 1212, la predicación, el rumor y los caminos medievales difundían la esperanza. En 2026, las redes sociales pueden hacerlo en cuestión de horas. La tecnología ha cambiado radicalmente; la capacidad humana para convertir una esperanza individual en una esperanza colectiva, mucho menos.

Cuando un individuo cree que algo es imposible, difícilmente se atreve a intentarlo. Pero cuando descubre que miles están dispuestos a hacerlo, su percepción cambia: lo que parecía imposible para uno empieza a parecer posible para todos. La multitud adquiere entonces una fuerza propia y genera una confianza que no siempre responde a la razón ni a las posibilidades reales, sino al convencimiento de que, si muchos avanzan juntos, el obstáculo terminará por ceder. Entre otros, aprecio un elemento común: el destino es más que un lugar. 

Jerusalén era para aquellos hombres y mujeres mucho más que una ciudad: era el símbolo de Tierra Santa y de una misión religiosa. Ceuta tampoco representa únicamente una pequeña ciudad española ubicada en el norte de África. Para quienes intentan atravesarla, representa la puerta de entrada a Europa. Son dos esperanzas completamente distintas, pero ambas pueden convertir un territorio concreto en el punto de concentración de una expectativa colectiva.

La paradoja es que la Cruzada de los Niños terminó convirtiéndose en una leyenda. La imagen de miles de niños marchando hacia Tierra Santa y siendo posteriormente vendidos como esclavos es mucho más conocida que la compleja realidad histórica del movimiento. Hoy puede suceder lo contrario: la leyenda puede preceder al acontecimiento. 

Un mensaje difundido por las redes sociales puede crear una expectativa colectiva y hacer que miles de personas se pongan en movimiento antes incluso de conocer con certeza qué encontrarán al otro lado. Ocho siglos separan estos acontecimientos, pero la fuerza que mueve a las multitudes sigue siendo, en buena medida, la misma: la convicción de que, si muchos avanzan juntos, aquello que parecía imposible puede dejar de serlo. 

Queda, sin embargo, una duda: ¿son realmente estas movilizaciones tan espontáneas y populares como nos quieren hacer creer, o existe detrás de ellas una voluntad organizada que las impulsa desde la sombra? La historia, maestra de vida, nos enseña que, a veces, detrás del movimiento de las multitudes también se encuentra quien sabe cómo ponerlas en marcha.

Publicado por La Mesa de los Notables.