martes, 25 de agosto de 2026

TÍTULO DE CORTESÍA Vs TÍTULO DE FANTASÍA.

Riestra2026. 

Hace unos días mantenía una conversación sobre dos pretendientes a antiguas casas nobiliarias europeas, cuyos respectivos países son hoy repúblicas. La conversación discurría por los cauces habituales de estas cuestiones (sucesiones, legitimidades, tradiciones dinásticas) hasta que apareció una distinción que, hasta entonces, yo había entendido de una manera bastante más sencilla.

A uno de los pretendientes, cuya posición dinástica me parecía, cuando menos, comparable a la del otro, mi interlocutor le atribuía un título de cortesía. Al segundo, en cambio, calificaba su título como de fantasía.

La distinción me llamó poderosamente la atención porque, hasta ese momento, yo había entendido ambas expresiones en un sentido bastante preciso. Pensaba que un título de fantasía era, sencillamente, un título inventado, una dignidad creada por quien la utiliza sin una tradición histórica que la sustente. Y entendía por título de cortesía aquel que, habiendo tenido existencia histórica dentro de una determinada monarquía o tradición dinástica, carece hoy de reconocimiento oficial porque aquella monarquía dejó de existir, pero continúa siendo utilizado de manera tradicional y social.

Me parecía una distinción razonable. Un título inventado, fantasía; un título histórico que sobrevive sin reconocimiento jurídico, cortesía. No había en ello demasiada dificultad. Hasta aquella conversación.

Porque descubrí que, al parecer, la frontera no estaba donde yo creía. Un mismo tipo de denominación podía ser recibido como una muestra de continuidad dinástica cuando la llevaba el pretendiente que nos gustaba, y convertido en una fantasía cuando el que la llevaba no era tanto de nuestro gusto. Y fue entonces cuando la cuestión empezó a parecerme mucho más interesante. Porque si «título de cortesía» y «título de fantasía» no describen realidades diferentes, sino que se aplican según la consideración que despierte el titular, entonces ya no estamos ante una distinción terminológica, histórica o jurídica. Estamos ante una forma bastante refinada de tomar partido.

Es precisamente esa curiosa doble vara de medir la que merece ser examinada.

En el mundo, un tanto crepuscular, de las dignidades nobiliarias hay pocas cosas tan reveladoras como el uso que algunos hacen de las palabras «título de cortesía» y «título de fantasía». Sobre el papel, la diferencia parece sencilla y hasta razonable, nada especialmente complicado. El problema comienza cuando se observa quién recibe cada calificativo, porque entonces la frontera entre ambos conceptos adquiere una elasticidad verdaderamente extraordinaria y parece desplazarse, con admirable precisión, hacia el lado de las simpatías de quien habla.

Hay pretendientes cuyo título se presenta con la delicadeza de quien trata una reliquia familiar. Se explica que es una dignidad histórica, que la casa la conserva por tradición, que su uso responde a una determinada posición dentro de la familia dinástica y que, aunque no tenga reconocimiento jurídico en el Estado moderno, debe entenderse como un título de cortesía. Todo se dice con solemnidad, procurando que quede a salvo la dignidad del personaje y, sobre todo, la dignidad de la pretensión. Cuando el titular cuenta además con un entorno dispuesto a sostener esa interpretación, la operación resulta todavía más sencilla: la repetición convierte la costumbre en apariencia de autoridad, la ceremonia proporciona respetabilidad y el círculo de partidarios termina hablando del título con una naturalidad que hace olvidar la pregunta fundamental de quién, exactamente, lo reconoce.

Pero basta con que cambiemos de pretendiente para que el lenguaje pierda de pronto toda aquella delicadeza. Allí donde antes había tradición aparece ahora la «fantasía»; donde se encontraba una antigua dignidad se descubre una invención o un uso inveterado; donde se hablaba de una denominación dinástica utilizada por una casa, se nos invita a contemplar a un hombre que, según esta particular versión de la historia, parece haberse levantado una mañana con la extravagante ocurrencia de convertirse en lo que sus antepasados habían sido, sin el consentimiento de un Estado que hoy es república. La misma ausencia de reconocimiento jurídico que en un caso se considera compatible con un título de cortesía se convierte, en el otro, en la prueba definitiva de que estamos ante un título de fantasía. ¡Mira por donde!

La cuestión sería simplemente ridícula si no se pretendiera presentar esta diferencia de vocabulario como una distinción objetiva. Porque una cosa es sostener una determinada legitimidad dinástica y otra muy distinta fabricar una taxonomía a medida para que nuestra legitimidad parezca histórica y la del vecino imaginaria. Si se quiere defender que una determinada casa es heredera de una antigua corona, es perfectamente legítimo hacerlo y aportar para ello genealogías, precedentes, disposiciones sucesorias y argumentos históricos. Lo que resulta bastante menos elegante es reservar la expresión «título de cortesía» para el pretendiente que goza de nuestras simpatías y arrojar la palabra «fantasía» sobre aquel cuya pretensión nos incomoda, como si el diccionario pudiera resolver por nosotros una disputa dinástica que la propia Historia dejó abierta.

Más revelador todavía es el recurso a las cualidades personales del titular. De pronto, su comportamiento, su exposición pública, sus actividades sociales o su supuesta caballerosidad aparecen como elementos destinados a demostrar que la denominación que utiliza merece ser tratada con respeto. Es una curiosa forma de razonamiento, porque las virtudes de un hombre podrán decir mucho acerca del hombre, pero nada dicen por sí mismas acerca de la naturaleza histórica o jurídica de un título. Una persona puede ser admirable y utilizar un título sin reconocimiento estatal; otra puede ser perfectamente discreta y encontrarse exactamente en la misma situación. La primera no recibe por sus méritos una dignidad que la segunda pierda por falta de foco o aplauso. Al menos, no en ningún sistema serio de “derecho nobiliario”.

Sin embargo, dentro de determinados círculos parece funcionar un principio diferente, la realidad del título aumenta en proporción directa al entusiasmo de quienes lo rodean. Hay asociaciones que lo emplean, ceremonias en las que se proclama, publicaciones que lo reproducen, personas que lo saludan con el tratamiento correspondiente y una pequeña arquitectura social que, año tras año, contribuye a que la denominación adquiera esa pátina de normalidad que tanto ayuda a las pretensiones dinásticas. Nada de esto es necesariamente censurable; las personas tienen derecho a mantener sus tradiciones, a reunirse en torno a ellas y a defender las legitimidades en las que creen. Lo que resulta menos inocente es utilizar la existencia de ese entorno como si constituyera una prueba objetiva de la naturaleza del título, y mucho menos utilizarla para negar al adversario el mismo beneficio interpretativo.

Porque ahí aparece la verdadera doble vara de medir: no se pregunta qué es el título, sino quién lo lleva; no se estudia primero la naturaleza de la dignidad para después juzgar al titular, sino que se decide primero qué titular merece nuestra consideración y, una vez tomada la decisión, se busca la palabra que mejor la justifique. Para el propio, «cortesía»; para el ajeno, «fantasía». Y la operación tiene la ventaja de que permite defender una preferencia dinástica sin tener que reconocer que se trata de una preferencia.

Hay algo incluso ligeramente enternecedor en esa necesidad de revestir de objetividad las propias simpatías. Quien está convencido de una causa debería poder defenderla sin recurrir a estos artificios. Puede decir que reconoce a una rama y no a otra, que considera mejor fundada una sucesión que otra o que entiende que determinada tradición dinástica merece prevalecer. Todo eso pertenece al terreno legítimo de la opinión y del debate histórico. Pero cuando comienza a llamar «título de cortesía» al de sus amigos y «título de fantasía» al de sus adversarios, la discusión deja de ser sobre títulos y pasa a ser sobre lealtades.

Y quizá por eso convenga desconfiar un poco de quienes manejan ambas expresiones con tanta seguridad. No porque toda utilización de «título de cortesía» sea incorrecta ni porque todo «título de fantasía» sea necesariamente una descalificación injusta, sino porque resulta demasiado conveniente que la frontera entre ambos conceptos coincida siempre con la frontera entre los nuestros y los otros.

Al final, un título histórico no se vuelve más histórico porque alrededor de él haya más ceremonias, más fotografías, más asociaciones, más aduladores o más recursos dedicados a mantener viva su apariencia. Tampoco se vuelve menos histórico porque su titular sea menos visible, menos celebrado o menos conveniente para determinados intereses. La Historia tiene la mala costumbre de ser bastante menos maleable que las relaciones públicas.

Por eso, cuando alguien nos explique con aire doctoral que un título es «de cortesía» mientras otro es «de fantasía», quizá lo más prudente sea hacer una pregunta muy sencilla antes de aceptar la distinción: ¿qué criterio aplica exactamente y lo aplicaría del mismo modo si los nombres estuvieran intercambiados?

Si la respuesta es afirmativa, tendremos una regla. Si la respuesta cambia según el pretendiente, tendremos algo mucho más humano y bastante menos académico: una simpatía disfrazada de terminología.
Y entonces la cortesía, por muy nobiliaria que se pretenda, ya no estará en el título. Estará en el trato preferencial que algunos están dispuestos a conceder a quienes consideran dignos de ella.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.