Riestra2026.
Hace unos días mantenía una conversación
sobre dos pretendientes a antiguas casas nobiliarias europeas, cuyos
respectivos países son hoy repúblicas. La conversación discurría por los cauces
habituales de estas cuestiones (sucesiones, legitimidades, tradiciones
dinásticas) hasta que apareció una distinción que, hasta entonces, yo había
entendido de una manera bastante más sencilla.
A uno de los pretendientes, cuya
posición dinástica me parecía, cuando menos, comparable a la del otro, mi
interlocutor le atribuía un título de cortesía. Al segundo, en cambio,
calificaba su título como de fantasía.
La distinción me llamó poderosamente la atención
porque, hasta ese momento, yo había entendido ambas expresiones en un sentido
bastante preciso. Pensaba que un título de fantasía era, sencillamente, un
título inventado, una dignidad creada por quien la utiliza sin una tradición
histórica que la sustente. Y entendía por título de cortesía aquel que,
habiendo tenido existencia histórica dentro de una determinada monarquía o
tradición dinástica, carece hoy de reconocimiento oficial porque aquella
monarquía dejó de existir, pero continúa siendo utilizado de manera tradicional
y social.
Me parecía una distinción razonable. Un
título inventado, fantasía; un título histórico que sobrevive sin
reconocimiento jurídico, cortesía. No había en ello demasiada dificultad. Hasta
aquella conversación.
Porque descubrí que, al parecer, la
frontera no estaba donde yo creía. Un mismo tipo de denominación podía ser
recibido como una muestra de continuidad dinástica cuando la llevaba el
pretendiente que nos gustaba, y convertido en una fantasía cuando el que la
llevaba no era tanto de nuestro gusto. Y fue entonces cuando la cuestión empezó
a parecerme mucho más interesante. Porque si «título de cortesía» y «título de
fantasía» no describen realidades diferentes, sino que se aplican según la
consideración que despierte el titular, entonces ya no estamos ante una
distinción terminológica, histórica o jurídica. Estamos ante una forma bastante
refinada de tomar partido.
Es precisamente esa curiosa doble vara
de medir la que merece ser examinada.
En el mundo, un tanto
crepuscular, de las dignidades nobiliarias hay pocas cosas tan reveladoras como
el uso que algunos hacen de las palabras «título de cortesía» y «título de
fantasía». Sobre el papel, la diferencia parece sencilla y hasta razonable,
nada especialmente complicado. El problema comienza cuando se observa quién
recibe cada calificativo, porque entonces la frontera entre ambos conceptos
adquiere una elasticidad verdaderamente extraordinaria y parece desplazarse,
con admirable precisión, hacia el lado de las simpatías de quien habla.
Hay pretendientes cuyo título se
presenta con la delicadeza de quien trata una reliquia familiar. Se explica que
es una dignidad histórica, que la casa la conserva por tradición, que su uso
responde a una determinada posición dentro de la familia dinástica y que,
aunque no tenga reconocimiento jurídico en el Estado moderno, debe entenderse
como un título de cortesía. Todo se dice con solemnidad, procurando que quede a
salvo la dignidad del personaje y, sobre todo, la dignidad de la pretensión.
Cuando el titular cuenta además con un entorno dispuesto a sostener esa
interpretación, la operación resulta todavía más sencilla: la repetición
convierte la costumbre en apariencia de autoridad, la ceremonia proporciona
respetabilidad y el círculo de partidarios termina hablando del título con una
naturalidad que hace olvidar la pregunta fundamental de quién, exactamente, lo
reconoce.
Pero basta con que cambiemos de
pretendiente para que el lenguaje pierda de pronto toda aquella delicadeza.
Allí donde antes había tradición aparece ahora la «fantasía»; donde se
encontraba una antigua dignidad se descubre una invención o un uso inveterado;
donde se hablaba de una denominación dinástica utilizada por una casa, se nos
invita a contemplar a un hombre que, según esta particular versión de la
historia, parece haberse levantado una mañana con la extravagante ocurrencia de
convertirse en lo que sus antepasados habían sido, sin el consentimiento de un
Estado que hoy es república. La misma ausencia de reconocimiento jurídico que
en un caso se considera compatible con un título de cortesía se convierte, en
el otro, en la prueba definitiva de que estamos ante un título de fantasía.
¡Mira por donde!
La cuestión sería simplemente ridícula
si no se pretendiera presentar esta diferencia de vocabulario como una
distinción objetiva. Porque una cosa es sostener una determinada legitimidad
dinástica y otra muy distinta fabricar una taxonomía a medida para que nuestra
legitimidad parezca histórica y la del vecino imaginaria. Si se quiere defender
que una determinada casa es heredera de una antigua corona, es perfectamente
legítimo hacerlo y aportar para ello genealogías, precedentes, disposiciones
sucesorias y argumentos históricos. Lo que resulta bastante menos elegante es
reservar la expresión «título de cortesía» para el pretendiente que goza de
nuestras simpatías y arrojar la palabra «fantasía» sobre aquel cuya pretensión
nos incomoda, como si el diccionario pudiera resolver por nosotros una disputa
dinástica que la propia Historia dejó abierta.
Más revelador todavía es el recurso a
las cualidades personales del titular. De pronto, su comportamiento, su
exposición pública, sus actividades sociales o su supuesta caballerosidad
aparecen como elementos destinados a demostrar que la denominación que utiliza
merece ser tratada con respeto. Es una curiosa forma de razonamiento, porque
las virtudes de un hombre podrán decir mucho acerca del hombre, pero nada dicen
por sí mismas acerca de la naturaleza histórica o jurídica de un título. Una
persona puede ser admirable y utilizar un título sin reconocimiento estatal;
otra puede ser perfectamente discreta y encontrarse exactamente en la misma
situación. La primera no recibe por sus méritos una dignidad que la segunda
pierda por falta de foco o aplauso. Al menos, no en ningún sistema serio de
“derecho nobiliario”.
Sin embargo, dentro de determinados
círculos parece funcionar un principio diferente, la realidad del título
aumenta en proporción directa al entusiasmo de quienes lo rodean. Hay
asociaciones que lo emplean, ceremonias en las que se proclama, publicaciones
que lo reproducen, personas que lo saludan con el tratamiento correspondiente y
una pequeña arquitectura social que, año tras año, contribuye a que la
denominación adquiera esa pátina de normalidad que tanto ayuda a las
pretensiones dinásticas. Nada de esto es necesariamente censurable; las
personas tienen derecho a mantener sus tradiciones, a reunirse en torno a ellas
y a defender las legitimidades en las que creen. Lo que resulta menos inocente
es utilizar la existencia de ese entorno como si constituyera una prueba
objetiva de la naturaleza del título, y mucho menos utilizarla para negar al
adversario el mismo beneficio interpretativo.
Porque ahí aparece la verdadera doble
vara de medir: no se pregunta qué es el título, sino quién lo lleva; no se
estudia primero la naturaleza de la dignidad para después juzgar al titular,
sino que se decide primero qué titular merece nuestra consideración y, una vez
tomada la decisión, se busca la palabra que mejor la justifique. Para el
propio, «cortesía»; para el ajeno, «fantasía». Y la operación tiene la ventaja
de que permite defender una preferencia dinástica sin tener que reconocer que
se trata de una preferencia.
Hay algo incluso ligeramente
enternecedor en esa necesidad de revestir de objetividad las propias simpatías.
Quien está convencido de una causa debería poder defenderla sin recurrir a
estos artificios. Puede decir que reconoce a una rama y no a otra, que
considera mejor fundada una sucesión que otra o que entiende que determinada
tradición dinástica merece prevalecer. Todo eso pertenece al terreno legítimo
de la opinión y del debate histórico. Pero cuando comienza a llamar «título de
cortesía» al de sus amigos y «título de fantasía» al de sus adversarios, la
discusión deja de ser sobre títulos y pasa a ser sobre lealtades.
Y quizá por eso convenga desconfiar un
poco de quienes manejan ambas expresiones con tanta seguridad. No porque toda
utilización de «título de cortesía» sea incorrecta ni porque todo «título de
fantasía» sea necesariamente una descalificación injusta, sino porque resulta
demasiado conveniente que la frontera entre ambos conceptos coincida siempre
con la frontera entre los nuestros y los otros.
Al final, un título histórico no se
vuelve más histórico porque alrededor de él haya más ceremonias, más
fotografías, más asociaciones, más aduladores o más recursos dedicados a
mantener viva su apariencia. Tampoco se vuelve menos histórico porque su titular
sea menos visible, menos celebrado o menos conveniente para determinados
intereses. La Historia tiene la mala costumbre de ser bastante menos maleable
que las relaciones públicas.
Por eso, cuando alguien nos explique con
aire doctoral que un título es «de cortesía» mientras otro es «de fantasía»,
quizá lo más prudente sea hacer una pregunta muy sencilla antes de aceptar la
distinción: ¿qué criterio aplica exactamente y lo aplicaría del mismo modo si
los nombres estuvieran intercambiados?
Si la respuesta es afirmativa, tendremos
una regla. Si la respuesta cambia según el
pretendiente, tendremos algo mucho más humano y bastante menos académico: una
simpatía disfrazada de terminología.
Y entonces la cortesía, por muy
nobiliaria que se pretenda, ya no estará en el título. Estará en el trato preferencial que
algunos están dispuestos a conceder a quienes consideran dignos de ella.
Riestra2026.
Publicado por La Mesa de los Notables.
