viernes, 25 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULULO VII-.

 El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO VII. EL PRECIO DE LA AUTENTICIDAD.

Nunca me ha gustado llevar ropa en la que pueda leerse la marca.

No tengo nada contra las marcas. Algunas fabrican excelentes camisas, magníficos zapatos y prendas que duran más que determinadas amistades. Lo que no comprendo es la necesidad de anunciarlo. Si he pagado una cantidad considerable por una chaqueta, considero razonable que sea la chaqueta quien haga el esfuerzo.

Hay hombres que atraviesan un aeropuerto convertido en inventario. El fabricante figura en el cinturón, la camisa, las zapatillas, la maleta y, si el verano ha sido particularmente desafortunado, también en el bañador. Siempre he pensado que la elegancia empieza cuando desaparece la necesidad de informar.

Sucede algo parecido con los pantalones cortos. En mi familia ha regido tradicionalmente una norma sencilla: un caballero puede llevarlos en la playa, en un barco de vela y en aquellas actividades deportivas que amenacen razonablemente con arrojarlo al agua. Mi madre introducía una excepción para los jardines. Nunca consiguió convencer a mi padre.

Yo he mantenido el criterio paterno. Las rodillas masculinas poseen virtudes indudables, pero la exhibición pública no figura entre ellas.

Pensaba en estas cosas hace unos días cuando Ataúlfo entró en mi gabinete. Llevaba una carpeta. Las carpetas de Ataúlfo rara vez contienen buenas noticias, pero aquella tenía además un grosor preocupante.

Se sentó.

—Me han ofrecido un título.

Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y la esquina superior de una librería. Ninguno de los dos dijimos nada.

—¿No vas a preguntarme cuál?
—Estoy intentando acostumbrarme primero a la noticia.

Ataúlfo abrió la carpeta. Había una carta, varios impresos, una genealogía bastante decorativa y la fotografía de un señor de aspecto centroeuropeo que lucía uniforme, banda y una cantidad de condecoraciones incompatible con cualquier actividad física intensa.


—Pertenece a una antigua Casa Real —me explicó.
—¿Reina?

Ataúlfo frunció el ceño.

—Actualmente no.

Me tranquilizó el adverbio. Hay esperanzas que conviene conservar.

La Casa había reinado en un pequeño Estado europeo desaparecido después de diversos acontecimientos históricos que Ataúlfo resumió de manera considerablemente favorable a la dinastía. El actual jefe mantenía vivos sus derechos y disponía de Cancillería, Consejo, delegaciones nacionales y varios caballeros encargados de sostener «la causa».

En determinados ambientes «la causa» resulta tanto más elegante cuanto menos se concreta.

—¿Y qué relación tiene todo esto contigo?

Ataúlfo bajó la voz.

—Han pensado que podría recibir una dignidad.
—Qué atentos.

Pronunció el título. Era sonoro, llevaba dos partículas, una referencia territorial y suficiente longitud para complicar cualquier reserva de hotel.

—¿Y qué has hecho para merecerlo?

Me miró como si la pregunta hubiese resultado ligeramente vulgar.

—No se trata exactamente de méritos.
—Eso facilita mucho las cosas.

La Casa necesitaba apoyos para mantener la Cancillería, organizar actos, editar publicaciones y sostener sus actividades. Todo aquello costaba dinero.

—Y quienes reciben alguna distinción suelen contribuir a la causa —explicó.
—Naturalmente.
—No es una compra.
—No he dicho que lo sea.
—Es una donación.
—Eso has dicho.
—El título se concede con independencia de la cantidad.
—¿Hay una cantidad?

Se produjo una breve pausa.

—Hay una aportación orientativa.

Empecé a comprender.

Ataúlfo añadió que la Casa había desempeñado además durante décadas un papel importante en la lucha contra el comunismo.

—¿Todavía?
—El comunismo no ha desaparecido.
—Me alegra saber que la Cancillería sigue vigilante.

No pareció encontrarlo gracioso.

—¿Y él te concede el título? —pregunté, señalando la fotografía.
—La Cancillería tramita el expediente.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Todo se hace bajo su autoridad.

Aquella formulación me pareció suficientemente diplomática para merecer respeto.

Ataúlfo empezó entonces a explicarme los títulos dinásticos, históricos, de pretensión y de cortesía, y pronunció también fons honorum. La imaginación jurídica europea, comprobé, continuaba en perfecto estado.

—En cualquier caso —concluyó—, es un título perfectamente legítimo.
—Para ellos.
—Eso es lo importante.
—Depende de dónde pienses utilizarlo.

Estaba dispuesto a iniciar una discusión sobre derechos históricos que podía ocuparnos toda la tarde. Lo detuve.

—Ataúlfo, no discuto los derechos de esa dinastía. Te pregunto si quieres el título porque crees verdaderamente que te corresponde o porque te gusta cómo queda delante de tu nombre.

Guardó silencio.

Miré a don Rigoberto. Por una vez sus dos ojos parecieron casi coincidir sobre mi primo. Debió de ser casualidad.

—No veo qué tiene de malo —dijo finalmente.
—Nada necesariamente.
—Además, la donación es voluntaria. Podría recibir el título aunque no la hiciera.
—¿Vas a no hacerla?

Volvió a guardar silencio.

Comprendí que la voluntariedad atravesaba también ciertas dificultades.

Fue entonces cuando recordé a mi sobrino.

Lo había visto unos días antes durante un almuerzo familiar. Tiene veintitantos años y esa seguridad tranquila que proporciona haber nacido en una familia donde nadie siente especial necesidad de explicar quién es. Durante el café advertí el reloj que llevaba. Era de una conocida marca suiza y de un modelo cuya adquisición exige dinero, paciencia o una relación excesivamente estrecha con determinados comerciantes.

—Bonito reloj.

Sonrió.

—Es falso.

Lo había comprado durante un viaje por una cantidad que no habría permitido adquirir ni la caja del original.

—¿Y lo llevas?
—Claro.
—¿No te preocupa que se note?
—Nadie piensa que sea falso.

Aquello me interesó.

Tenía razón. En otra muñeca habría provocado sospechas. En la suya no. Sus amigos conocían a su familia, sabían dónde vivía y daban por supuesto que podía permitirse el verdadero.

El reloj falso disfrutaba del crédito del propietario. Normalmente utilizamos ciertos objetos para aumentar nuestra consideración social; mi sobrino utilizaba su consideración social para aumentar la del objeto.

Se lo conté a Ataúlfo.

—Qué horror.
—A mí me pareció divertido.
—Llevar un reloj falso es una vulgaridad. Y además está engañando a la gente.
—No les dice que sea auténtico.
—Pero deja que lo crean.
—Eso parece.

Ataúlfo estaba sinceramente indignado.

—Un reloj así sólo tiene sentido si es verdadero.

Lo miré. Después miré la carpeta. Después volví a mirarlo.

Mi primo tardó unos segundos.

—No es lo mismo.

Había llegado antes de lo esperado.

—Naturalmente.
—Un título dinástico no es una falsificación
—No he dicho que lo sea.
—Lo estás comparando con un reloj falso.
—Estoy comparando la tranquilidad con la que mi sobrino lleva algo falso que todos creen verdadero con tu preocupación por llevar algo verdadero que quizá necesites explicar continuamente.
—Yo no tendría que explicar nada.
—Llevas media hora explicándomelo.

Ataúlfo se levantó y caminó hasta la chimenea.

—El reloj es distinto.
—Ya lo sé.
—Ese reloj pretende ser algo que no es. El título sí sería auténtico.
—Según la Cancillería.

Se volvió.

—Según el jefe de la Casa.
—Mejor.

Regresó al sillón.

—Además, existen precedentes.

No sé por qué esa palabra aparece siempre cuando algo necesita ayuda.

Me habló de otros caballeros que utilizaban dignidades semejantes y de uno que incluso había conseguido que apareciese la suya en una invitación.

—Entonces debe de ser verdad.

No agradeció el comentario.

Le pregunté por la donación. Esta vez me dijo la cantidad. Era respetable: no escandalosa, pero sí suficiente para demostrar que el comunismo continuaba constituyendo una amenaza económicamente exigente.

—¿Y qué hacen con el dinero?
—Viajes, secretaría, representación, publicaciones...
—Gastos.
—Naturalmente. Hay personas que dedican su vida a la causa.
—Y parece justo que alguien contribuya.
—Exactamente.
—Especialmente quien acaba recibiendo un título.

Ataúlfo no contestó.

Todas las instituciones necesitan dinero. Algunos príncipes no reinantes tienen, además, la dificultad presupuestaria de carecer de Presupuestos Generales del Estado. Alguien debe pagar las cartas, los viajes y las cenas. Lo único que me producía curiosidad era la frecuencia con que la generosidad encontraba después recompensa genealógica.

—¿Harías la misma donación si no recibieras el título?
—Posiblemente.
—No te he preguntado eso.

Pensó unos segundos.

—La causa me parece importante.
—Tampoco te he preguntado eso.

Me dirigió una mirada fatigada.

—No lo sé.
—Ahora sí empezamos a entendernos.

La carpeta seguía abierta sobre el escritorio. La carta llevaba membrete, sello, firma y varios términos franceses cuya utilidad parecía consistir principalmente en demostrar que aquello no procedía de una gestoría. Al lado descansaba el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino.

Ataúlfo cerró finalmente la carpeta.

—¿Tú qué harías?
—No usaría el título.
—¿Aunque fuese legítimo?
—Sobre todo si tengo que pasarme la vida explicando por qué lo es.
Se levantó. Ya en la puerta regresó al reloj.
—Deberías decirle a tu sobrino que compre uno auténtico.
—Se lo diré.

Se detuvo.

—Aunque supongo que será carísimo.
—También puede hacer una donación.

Cerró la puerta algo más fuerte de lo necesario.
Me quedé mirando a don Rigoberto.
Mi sobrino llevaba tranquilamente una falsificación porque no necesitaba convencer a nadie de su autenticidad. Ataúlfo consideraba pagar una cantidad considerable por algo auténtico cuya autenticidad estaba dispuesto a defender ante cualquiera que la dudase.

No sé cuál de los dos objetos era más verdadero.
Sí sé cuál de los dos propietarios parecía necesitarlo más.

Quizá la autenticidad se parezca un poco a la elegancia.
Cuando es evidente, rara vez necesita llevar la marca por fuera.

El vizconde de Malvavisco.


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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.