viernes, 18 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VI -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo VI. El prestigio prestado.

Siempre he pensado que hay dos maneras de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda suele ser considerablemente más rápida.

Aquella mañana mi secretario entró en el gabinete con varias hojas impresas.

—Tenemos un problema entre corporaciones.

Levanté la vista.

—¿Un problema verdadero o uno institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.

Dejó las hojas sobre la mesa.

Procedían del boletín digital de la Muy Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable, moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.

Ataúlfo, que estaba examinando con una lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la cabeza.

—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un obstáculo.

Tomé una de las hojas.

El artículo llevaba por título «Algunas reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la verdadera historia institucional».

Leí el encabezamiento dos veces.

—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi secretario.
—Cumple.

Agapito escribía con una prosa cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.

Tampoco acusaba a nadie de falta de transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad institucional otra.

La sensibilidad institucional coincidía con bastante frecuencia con su opinión.

—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario consultó sus notas.

—Que la Junta de la Antiquísima Casa de Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente con los miembros.

Seguí leyendo.

—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que deberían contar?

Mi secretario dudó.

—Fundamentalmente, con él.

Dejé el artículo sobre la mesa.

—Entonces la frase está mal redactada.

Ataúlfo volvió a la fotografía.

—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».

Mi secretario sonrió.

Agapito llevaba años manifestando una honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las instituciones históricas.

—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los hagan?

Ataúlfo pensó.

—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.

Ataúlfo frunció el ceño.

—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a concretar.

Mi secretario explicó que la Junta de Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.

—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe sin ellos.

Ataúlfo apartó por fin la fotografía.

—Pero Agapito será miembro de Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?

Tomé de nuevo el artículo.

—En ninguna de esas cosas.

Señalé el membrete.

—El problema empieza cuando necesita esto.

Ataúlfo no entendió.

—¿La página web?
—No. El escudo.

El boletín pertenecía a San Gumersindo, corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones. Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.

—Dicen que son imparciales —explicó mi secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.

Ataúlfo intervino:

—Pero si publican opiniones distintas, demuestran independencia.

Lo miré con paciencia.

—Ataúlfo, publicar opiniones distintas demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.

Busqué en uno de los cajones y extraje una tarjeta con el escudo de mi casa.

—Escribe aquí que eres experto en numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu formación.

Ataúlfo guardó silencio.

—Publicar bajo un emblema respetable no convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos lo crean.

Mi secretario asintió.

Ese era exactamente el problema.

Don Agapito remitía sus artículos al boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San Gumersindo...»



La frase tenía una eficacia extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y quizás dinásticos.

—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de publicación forme parte del argumento.

Ataúlfo seguía defendiendo a San Gumersindo.

—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

—Una institución puede ser imparcial sin ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.

Mi secretario anotó la frase.

—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.

Me volví.

—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.

Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.

—La libertad de expresión protege el derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.

Mi secretario sonrió.

Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias, pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.

—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario hizo una pausa.

—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.

Seguí pasando páginas.

—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.

Cerré el artículo.

—Método robusto.

Agapito había adquirido así fama de «gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un archivo sobre Valdeolmos.

Era inevitable.

En determinadas materias históricas, la autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.

—Pero supongo que los que conocen bien la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez empiezan con quienes saben distinguir.

Mi secretario explicó que Agapito difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.

—Una división que él mismo había organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.

Mi secretario añadió:

—Dice siempre que no quiere entrar en polémicas.

Me pareció importante.

—Eso permite distinguir a un polemista aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional anuncia primero que no desea discutir.

Ataúlfo rió.

—¿Y después?
—Discute mejor.

Don Agapito poseía además una habilidad singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué hablaba.

—Los recién llegados son fundamentales —dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.

Mi secretario arqueó una ceja.

—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el peor enemigo de ciertas reputaciones.

Ataúlfo parecía ya más interesado.

—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.

Volví a sentarme.

—Una persona conocida necesita demostrar que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.

Mi secretario explicó entonces la parte más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre materias históricas.

—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.

Ataúlfo se acercó.

—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas, pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente responsables de sus efectos.

Mi secretario volvió a escribir.

—San Gumersindo no publica las críticas de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.

—Entonces el boletín no difunde la crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado, suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a Valdeolmos.

Ataúlfo suspiró.

—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.

Hubo silencio.

—Si invitas todos los meses a tu casa a un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para elegir compañía.

Ataúlfo asintió lentamente.

—Entonces San Gumersindo se equivoca al pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.

Mi secretario dejó la pluma.

—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia. San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.

Me acomodé las gafas.

—Las instituciones desean a veces que sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?

Sonreí.

—Leyéndolo.

Ataúlfo pareció decepcionado.

—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele hacerse.

Tomé otra vez el artículo.

—Hay un error muy frecuente: creer que desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe publicársele.

Dejé caer las hojas sobre la mesa.

—Eso era lo que buscaba.

Ataúlfo negó con la cabeza.

—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa con su publicidad.

Mi secretario preguntó:

—¿Qué debería hacer Valdeolmos?

Respondí sin pensarlo.

—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes, sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?

Hice una mueca.

—Las grandes instituciones han sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones. Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.

Ataúlfo se echó a reír.

—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de trabajar. No que no haya que preocuparse.

Me puse serio.

—La cizaña funciona porque explota una debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.

Señalé primero los artículos.

—Agapito necesita sentirse influyente.

Luego señalé imaginariamente hacia Valdeolmos.

—La Junta puede caer en la tentación de responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.

Finalmente miré hacia las hojas de San Gumersindo.

—Y San Gumersindo puede aferrarse a una idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio le parece menos digno que perseverar en él.

Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema entero.
Tres vanidades podían fabricar un conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.

—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras corporaciones?
—Naturalmente.

Junté las hojas y se las devolví a mi secretario.

—Pero, sobre todo, para servir a algo que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.

Ataúlfo me miró.

—¿Y eso qué cambia?
—Todo.

Señalé el escudo de Valdeolmos que aparecía reproducido en una de las páginas.

—Quien entiende eso no necesita utilizar la institución para parecer más importante.

Después señalé el de San Gumersindo.

—Ni necesita prestársela a otro para demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les pertenece.

Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.

—Por cierto —dijo—, he pensado escribir un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?

Se encogió de hombros.

—Da categoría.

Lo miré unos segundos.

Después miré a mi secretario.

—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.

Ataúlfo levantó la cabeza.

—¿Entonces?

Señalé la lupa.

—Es una posibilidad humana.

Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la mesa.
Hay prestigios que se adquieren y prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que algunos olvidan devolverlos.

El vizconde de Malvavisco.

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Capítulo III.       Capítulo IV.      Capítulo V.

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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.