Mostrando entradas con la etiqueta uniformes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta uniformes. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VIII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO VIII. EL UNIFORME.

En el retrato que preside mi gabinete, don Rigoberto viste uniforme de gala. Lleva siglo y medio con él puesto y, hasta donde yo sé, nunca se ha quejado.

Los retratos presentan muchas ventajas.

Siempre me han gustado los uniformes cuando tienen una razón para existir. Hay prendas que son algo más que ropa. Un uniforme puede expresar una función, una jerarquía, una pertenencia o una prerrogativa de honor. Puede recordar a quien lo lleva que durante unas horas no se representa únicamente a sí mismo, circunstancia que resulta saludable para bastante gente.

Algunas antiguas corporaciones recibieron incluso de los Reyes el privilegio de utilizar uniforme propio. En determinados casos se concedió a sus miembros la facultad de vestirse a semejanza de los oficiales de los ejércitos reales, precisamente para que fueran públicamente reconocidos como personas principales.

Aquello tenía una lógica sencilla.
El Rey concedía primero el honor.
Después venía el uniforme.
Nunca al contrario.

Esta diferencia, que no me parecía especialmente complicada, empezó a interesarme cuando Ataúlfo ingresó en una corporación y decidió hacerse el suyo.

Me telefoneó una mañana desde una sastrería.

—Necesito que vengas.
—¿Qué ha ocurrido?
—El cuello.
—Ve al médico.
—El del uniforme.

Debí imaginarlo.

La sastrería ocupaba un principal cerca de la Puerta del Sol. Conservaba grandes espejos, armarios de madera oscura y varias fotografías antiguas de militares que parecían contemplar con cierta severidad todo lo confeccionado después de 1914. Ataúlfo estaba sobre una pequeña tarima con una casaca azul todavía sin terminar. El sastre corregía el cuello con esa resignación profesional que sólo se adquiere después de muchos años vistiendo a personas para actos solemnes.

—¿Qué te parece? —preguntó mi primo.
—Todavía tiene alfileres.
—Me refiero al conjunto.

Miré la casaca. Era elegante. También considerablemente militar.

—¿Vas a una guerra?

Ataúlfo me miró.

—Es el uniforme de la Corporación.
—Eso me tranquiliza.

Sobre una silla había un sombrero apuntado. En otra descansaba una espada.

—¿También espada?
—Forma parte del uniforme.
—¿Tenéis caballería?

El sastre bajó la cabeza.
Ataúlfo me explicó que la espada era puramente ceremonial.

—Entonces me cae mejor.

Sobre una mesa había dejado el reglamento de uniformidad. Describía el cuello, los bordados, los botones, las bocamangas, el pantalón, el tahalí, la espada, el sombrero y los guantes con un grado de precisión que muchas instituciones reservan para asuntos de menor importancia.

La bocamanga, sin embargo, estaba equivocada.

—Está conforme al dibujo que me entregaron —dijo el sastre.

Ataúlfo sacó otra hoja.

—Éste es el nuevo.
—¿Cuándo lo cambiaron?
—El martes.

El hombre volvió al trabajo.


Algunas instituciones se perpetúan durante siglos.
Otras modifican las bocamangas los martes.
Seguí leyendo. El uniforme debía llevarse en actos solemnes, ceremonias religiosas, representaciones oficiales y determinadas ocasiones expresamente autorizadas.

—Está muy regulado.
—Tiene que estarlo.

En eso coincidíamos. Un uniforme sin reglas deja pronto de ser uniforme. La palabra exige que varias personas acepten parecerse entre sí durante unas horas, cosa que en algunas corporaciones constituye ya un mérito considerable.

—Lo que no entiendo —dije— es por qué tiene que parecer un uniforme militar.

Ataúlfo se contempló en el espejo.

—Porque está inspirado en uniformes históricos.
—Eso ya lo veo.
—Muchas corporaciones antiguas los tuvieron.
—También tuvieron privilegios concedidos por los Reyes.
—No todo uniforme necesita una concesión regia.
—Naturalmente que no.

Aquello pareció sorprenderlo.
Ataúlfo empezó a defenderse antes de que yo hubiese terminado de atacarlo.

—Los niños llevan uniforme en algunos colegios. Los jueces, fiscales, abogados y procuradores llevan toga. Los militares llevan uniforme. Ninguna de esas prendas necesita ser una prerrogativa nobiliaria.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces no entiendo qué problema tienes.
—Los escolares no procuran parecer coroneles.

El sastre volvió a bajar la cabeza.
Ataúlfo suspiró.

—No queremos parecer militares.

Miré la espada. Después el sombrero. Después los bordados.
Volví a mirarlo.

—Lo estáis disimulando admirablemente.
—Es una indumentaria ceremonial.
—Eso sí lo comprendo.

Y lo comprendía de verdad.

Una corporación puede decidir adoptar hoy una vestimenta propia. Puede ser sobria, solemne, bella y perfectamente adecuada. Incluso puede inspirarse en formas históricas. Las tradiciones no tienen obligación de haber comenzado en la Edad Media.
Lo que me producía cierta reserva era otra cosa: la necesidad de tomar prestada la apariencia de una función que no se ejercía.

El uniforme militar no es respetable porque tenga galones, espada o bordados. Esos elementos son respetables porque detrás hubo primero una función, una disciplina y un servicio.
Cuando un Rey concedía a una corporación el privilegio de vestir a semejanza de sus oficiales, precisamente el honor consistía en eso: había sido concedido.
Concederse uno mismo la apariencia y concederse después el significado me parecía un procedimiento excesivamente económico.

—No nos hemos concedido ningún honor —dijo Ataúlfo.
—Eso me tranquiliza.
—Sólo hemos aprobado un uniforme.
—Entonces llamémoslo uniforme.
—Eso hacemos.
—Y no antigua prerrogativa.
—Nadie ha dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo me miró.

—Tienes una opinión bastante mala de nosotros.
—En absoluto. Tengo una opinión prudente del futuro.

El sastre pidió a Ataúlfo que levantase los brazos. Mi primo obedeció.

—Además —añadió—, hemos encargado un estudio histórico muy serio.
—¿Sobre qué?
—Uniformes de corporaciones españolas de los siglos XVIII y XIX.
—Muy sensato.
—Colores, cortes, bordados, reglamentos...
—¿Y la bocamanga?

Ataúlfo guardó silencio.
—La del martes —aclaré.
—Eso es una cuestión técnica.
—La Historia también empezó siendo actualidad.

No respondió.

La casaca, debo reconocerlo, le sentaba muy bien.
Aquello complicaba mis objeciones. Siempre es mucho más cómodo criticar una extravagancia cuando además está mal cortada.

El sastre levantó entonces la espada.

—Hay que probar el tahalí.

Ataúlfo se la ciñó. Era una pieza hermosa, fabricada en Toledo, con el emblema de la corporación en la empuñadura.

Se contempló en el espejo.

—Da mucha dignidad al conjunto.
—Las espadas suelen hacerlo.
—¿Te gusta?
—Mucho.

Pareció satisfecho.

—¿Ves?
—¿Sabes utilizarla?
—No tengo que utilizarla.
—Entonces me gusta todavía más.

Tres semanas después asistí al estreno oficial del uniforme. Fui de chaqué.
Ataúlfo me recibió en el vestíbulo con casaca azul, pantalón claro, sombrero apuntado, guantes y espada.

—Has venido de chaqué.
—Lo indicaba la invitación.
—Podrías haberte puesto uniforme.
—No tengo.
—Podrías hacerte uno.
—¿De qué?

No respondió inmediatamente.
Aquello me pareció una pregunta bastante útil.

Había una docena de caballeros vestidos del mismo modo. El efecto conjunto era francamente elegante y me alegré de que así fuese.

Uno de ellos caminaba con cierta precaución porque todavía no había aprendido a convivir con la espada. Otro descubrió al atravesar una puerta, con el sombrero bajo el brazo, que determinadas indumentarias requieren nociones de geometría que no figuran en los estatutos.

Un tercero preguntó dónde debía dejar los guantes durante el almuerzo. Nadie lo sabía. La institución había regulado perfectamente cómo debían ser. Qué hacer con ellos pertenecía todavía al Derecho consuetudinario.

Antes de comenzar el acto se acercó un conocido.

—Magnífico uniforme.

Ataúlfo agradeció el cumplido.
El hombre examinó los bordados.

—¿Es antiguo?
—No. Lo acabamos de aprobar.
—Pues lo parece.

Ataúlfo sonrió.

—Ésa era la idea.

Me miró de reojo.
Yo no dije nada. No hacía falta.

Después del acto hubo un almuerzo. Las espadas fueron distribuyéndose alrededor de las sillas con distinta fortuna y, a la hora del café, varios sombreros habían terminado amontonados sobre una mesa auxiliar. Por primera vez aquella tarde parecían haber encontrado una función común.

Ataúlfo se acercó.

—Bueno. Ya lo has visto terminado.
—Sí.
—¿Y?
—Me gusta.

Aquello pareció decepcionarlo.

—¿De verdad?
—Mucho.
—Entonces no entiendo todo lo que has dicho.
—No he dicho que un uniforme nuevo sea malo.
—Ya.
—Ni que una corporación no pueda crear una tradición.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Casi.

Ataúlfo apoyó la taza.

—Otra vez.
—Una tradición nueva puede ser perfectamente digna. Lo único que necesita es tiempo.
—Todas las tradiciones tuvieron alguna vez un primer día.
—Exactamente.

Miré las casacas.

—Y no les ocurrió nada por admitirlo.

Nos marchamos poco después.

Mientras bajábamos la escalera, la espada de Ataúlfo golpeó suavemente el pasamanos. Mi primo la sujetó.

—Habrá que acostumbrarse.
—Dale unos siglos.

Me miró.

—Idiota.

Seguimos bajando.

Toda tradición tuvo alguna vez un primer día.
El problema empieza cuando, al segundo, alguien encarga que la envejezcan.

El vizconde de Malvavisco.

Artículo relacionado: “Galones de Papel” (Blog La Mesa de los Notables 4 de marzo de 2026).

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.   Nota Aclaratoria   Capítulo I.      Capítulo II.     Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.    Capítulo VII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

viernes, 11 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO V -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO V. EL ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA.

El fin de semana es un invento inglés.

No me refiero naturalmente a dejar de trabajar dos días, costumbre que las civilizaciones mediterráneas habían ensayado mucho antes sin necesidad de darle un nombre. Me refiero al week-end, que es algo distinto y bastante más serio. Los ingleses comprendieron que una semana no podía terminar simplemente dejando de ir a la oficina. Había que irse a algún sitio, preferiblemente al campo, y había que vestirse para ello.

Siempre he pensado que es durante el fin de semana cuando se descubre si un hombre es verdaderamente elegante. De lunes a viernes resulta relativamente sencillo. Un traje oscuro, una camisa blanca, una corbata discreta y unos zapatos razonablemente limpios permiten atravesar buena parte de la vida profesional sin provocar alarma. El traje tiene esa virtud: protege mucho.

El sábado, en cambio, empiezan los problemas. Desaparece la corbata, aparece el jersey, alguien considera oportuno estrenar unos pantalones de color incierto y hombres perfectamente respetables durante la semana comienzan a vestirse como si hubieran sido invitados a una excursión organizada por una marca de automóviles.

La verdadera elegancia empieza precisamente cuando desaparece la obligación de ser elegante.

Mi padre decía que la ropa de fin de semana permitía conocer a las personas mejor que muchos informes confidenciales. Había pasado suficiente tiempo entre los Malvavisco para desconfiar tanto de los informes como de las personas. Mi madre no estaba de acuerdo. Sostenía que un caballero debía vestir correctamente incluso cuando no esperaba encontrarse con nadie; mi padre preguntaba entonces para quién se vestía. Nunca llegaron a resolver la cuestión.

Yo he procurado mantener una posición intermedia. Me parece razonable que un hombre vista bien aunque no tenga público, pero siempre he considerado inquietante a quien se pone una chaqueta de tweed para desayunar solo.

El tweed exige, como mínimo, un testigo.

Pensaba recientemente en estas cosas mientras escogía ropa para pasar el fin de semana en casa de unos amigos. Tenía sobre la cama dos chaquetas, tres camisas y unos pantalones que mi secretario considera demasiado claros. No suelo solicitar su opinión sobre indumentaria. Él tampoco suele esperar a que se la solicite.

—La azul —dijo desde la puerta.

Lo miré.

—No recuerdo haberte preguntado.
—No, señor.
—Entonces estamos progresando.


Eligió discretamente abandonar la habitación.

Mientras terminaba de vestirme pensé en George Bryan Brummell. Beau Brummell. Pocas personas han conseguido ejercer tanta autoridad sin disponer de cargo alguno. No fue ministro, ni general, ni obispo, ni presidió corporación conocida. Su principal título consistió en vestir mejor que quienes lo rodeaban, que no es poco.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando algunos hombres todavía consideraban razonable presentarse en sociedad cubiertos de colores, bordados, joyas, encajes y otros elementos que hoy exigirían por separado una licencia municipal, Brummell defendió una idea extraordinariamente revolucionaria:

La discreción.

Ropa perfectamente cortada, colores contenidos, limpieza escrupulosa, una corbata bien anudada y nada que llamase demasiado la atención. Consiguió convertir la ausencia de extravagancia en una forma superior de distinción. Aquello debió de resultar insoportable para muchas personas.

Brummell llegó a ser considerado «árbitro de la elegancia». Bastaba una observación suya para que una prenda, un corte o un caballero entero quedasen sometidos a revisión. Siempre me han interesado los árbitros, especialmente aquellos cuya autoridad nadie recuerda exactamente quién les concedió.

Aquella misma tarde apareció Ataúlfo en mi gabinete. No llevaba carpeta, lo que me tranquilizó. Llevaba una noticia, lo que me tranquilizó menos.

—¿Te has enterado? —preguntó antes incluso de sentarse.
—Depende.
—De lo de la Corporación.

No pregunté cuál. Cuando Ataúlfo utiliza mayúsculas en la conversación conviene dejarle continuar. Se sentó frente a mí y adoptó esa expresión que reserva para acontecimientos capaces de alterar el curso de la civilización occidental.

—Han admitido a Fulano.

Pronunció un nombre que no considero necesario reproducir. Conocía ligeramente al interesado: hombre educado, discreto, de buena familia y, hasta donde yo sabía, bastante menos interesado por la nobleza que quienes acababan de admitirlo.

—Me alegro por él.

Ataúlfo me miró con severidad.

—No puedes alegrarte.
—Ya lo he hecho.
—No reúne todos los requisitos.

Aquello explicaba la visita. Me contó que la corporación exigía determinadas pruebas genealógicas. Había que acreditar nobleza por ciertas líneas, presentar partidas, expedientes, certificaciones y otros documentos destinados a demostrar que varias personas fallecidas antes del nacimiento del candidato habían llevado vidas suficientemente decorosas. Al parecer, una de aquellas líneas planteaba dificultades.

—El apellido de la abuela paterna —dijo Ataúlfo.

Lo contemplé.

—Comprendo.

Esta vez sí comprendía.

—No lo tiene.
—¿A la abuela?
—El apellido.
—Eso parece menos grave.

Ataúlfo ignoró la observación. Me explicó que habían estudiado el expediente y concedido una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían en determinados casos y habían tenido en cuenta la notoriedad de la familia, otros enlaces suficientemente acreditados y una serie de circunstancias que Ataúlfo enumeró con creciente indignación.

—Entonces parece que han aplicado los estatutos.
—Los han interpretado.
—Las normas suelen padecer ese inconveniente.

Ataúlfo se levantó y comenzó a caminar por el gabinete. Don Rigoberto lo siguió con uno de sus ojos; el otro continuó mirando hacia la chimenea.

—Yo tuve que presentar todo —dijo mi primo—. Todo. Partidas sacramentales, matrimonios, defunciones, ejecutorias, expedientes…

—Recuerdo aquella época.
—Fueron meses de trabajo.
—También la recuerdo.

Ataúlfo había convertido entonces la investigación de sus antepasados en una actividad colectiva en la que terminó participando media familia sin haberlo solicitado.

—Y ahora resulta que a otro le dispensan.
—Quizá su familia tuvo la precaución de conservar peor los papeles.

No pareció encontrar consuelo.

—Las normas están para cumplirlas.

Esta frase siempre me produce cierta inquietud cuando la pronuncia alguien perteneciente a más de dos corporaciones. Le ofrecí una copa. La aceptó.

—¿Sabes lo que ocurre? —continuó—. Si empezamos así, al final entra cualquiera.

Bebí un poco antes de contestar.

—Esa expresión suele significar que ha entrado alguien que no somos nosotros.

Ataúlfo dejó la copa sobre la mesa.

—No es eso.
—Naturalmente.

Se acercó al retrato de don Rigoberto y permaneció unos segundos contemplándolo.

—Tiene que haber un criterio.
—Estoy de acuerdo.
—Alguien debe decidir qué es noble y qué no lo es.

Aquello me recordó a Brummell. Le expliqué la historia. Ataúlfo conocía el nombre, aunque inicialmente pareció confundirlo con una colonia barata. Le hablé del hombre que había conseguido imponer una nueva forma de elegancia reduciendo precisamente aquello que hasta entonces se consideraba elegante.

—Era un árbitro —concluí.
—Exactamente.
—Y los árbitros tienen reglas.
—Exactamente.
—Aunque las reglas cambian.

Ataúlfo dejó de decir exactamente.

Le expliqué que durante siglos la elegancia masculina había admitido bordados, colores, pelucas, tacones, joyas y otras manifestaciones que Brummell habría considerado intolerables. Después llegó él y convirtió la sobriedad en norma.

—Pero eso es diferente.
—Siempre lo es.

Mi primo regresó al sillón.

—Una corporación nobiliaria no puede depender de modas.
—Esperemos que no.

Se produjo un silencio. Ataúlfo miró el reloj. Pensé que el asunto había terminado. Me equivocaba.

—Precisamente quería preguntarte otra cosa.

Reconocí entonces el verdadero motivo de la visita. Ataúlfo bajó ligeramente la voz.

—Conoces al nieto de Javier Enríquez Casusté.

Naturalmente que lo conocía. Javier Enríquez Casusté había sido amigo de mi abuelo paterno. Fue uno de aquellos empresarios que crearon empresas antes de que se inventara la expresión «creador de empleo», aunque él creó, efectivamente, unos cuantos miles.

Había comenzado prácticamente desde abajo. Su abuelo fue pastor de cabras, circunstancia que determinados círculos recordaban con una precisión genealógica que nunca aplicaban a sus propios parientes menos presentables. A don Javier aquello parecía preocuparle poco. La nobleza tampoco le interesó demasiado y el sentimiento fue, durante bastante tiempo, recíproco.

Mi padre lo conoció desde niño y recordaba especialmente una frase que le había oído repetir hablando de bancos: «Los intereses son como unos señores muy educados que se sientan en tu mesa y se comen tu comida». Siempre he considerado que aquella explicación contiene más información útil que algunos másteres financieros. No le gustaban los banqueros. Probablemente por eso consiguió conservar bastante dinero.

Su única hija terminó casándose con un caballero perteneciente a un linaje antiquísimo que durante los siglos XV, XVI y XVII había figurado entre los más ricos y poderosos de España. Durante generaciones habían poseído tierras, casas, rentas y mayorazgos suficientes para que sus descendientes pudieran permitirse el lujo de no pensar demasiado en el dinero. Mientras existieron los mayorazgos, el patrimonio familiar permaneció unido y no podía dispersarse alegremente entre ventas, deudas, caprichos y generaciones sucesivas de herederos con imaginación.

A partir de 1820 las cosas comenzaron a cambiar. La familia descubrió algo que muchas casas antiguas aprendieron durante el siglo XIX: conservar una fortuna resulta bastante más difícil cuando uno puede gastársela. Primero desaparecieron algunas fincas, después otras y luego llegaron las ventas que siempre iban a ser las últimas. Al cabo de varias generaciones conservaban el apellido, los retratos, una cantidad respetable de documentación y una situación económica bastante menos respetable.

Por eso, cuando el padre de nuestro candidato contrajo matrimonio con la única hija de Javier Enríquez Casusté, la boda produjo algún comentario. En determinadas casas se consideró que él aportaba el linaje; en otras se observó que ella aportaba prácticamente todo lo demás.

Nunca he comprendido por qué ambas contribuciones debían considerarse incompatibles.

El matrimonio, por lo demás, funcionó razonablemente bien, circunstancia que decepcionó a quienes habían encontrado en su celebración una fuente prometedora de conversación. De aquella unión nació, entre otros, el caballero del que ahora hablaba Ataúlfo.

—Quiere ingresar en la Corporación —me dijo.

Mencionó cuál.

—Me parece muy bien.
—El problema es que tampoco cumple exactamente todos los requisitos.

Esperé. Ataúlfo evitó mirarme.

—Hay una línea que no pueden probar.
—¿La paterna?

Me miró sorprendido.

—No. Naturalmente que no.

Aquello me interesó. La línea paterna, pese a haber conseguido perder buena parte de la fortuna acumulada durante siglos, se encontraba documentalmente en perfecto estado. La materna había tenido la mala fortuna de dedicar las últimas generaciones a crear empresas.

—Entonces el problema viene de los Enríquez Casusté.
—Exacto.
—Comprendo.

Ataúlfo comenzó a explicarme que nadie dudaba de la consideración de la familia, de su posición social, de la trayectoria de don Javier ni de la relevancia alcanzada por sus descendientes.

—Pero falta la prueba —concluyó.
—Eso sí es grave.
—Malvavisco.
—Perdona.

Me explicó que podía solicitarse una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían y la Junta podía valorar la notoriedad familiar, el conjunto de las restantes líneas y otras circunstancias excepcionales.

—Entonces las normas permiten excepciones.
—En casos justificados.
—Como éste.
—Exactamente.

Lo miré.

—Hace diez minutos una dispensa te parecía el principio del fin de la civilización nobiliaria.

Ataúlfo hizo un gesto impaciente.

—No es lo mismo.

Aquella tarde empezaba a adquirir cierta coherencia.

—Naturalmente.
—Aquí estamos hablando de una familia conocidísima.
—También era conocido el anterior.
—Pero el padre pertenece a uno de los linajes históricos más importantes de España.
—Que consiguió perder una fortuna considerable.

Ataúlfo me miró con desaprobación.

—Eso no afecta a la nobleza.
—Me alegra saberlo.
—Y por parte materna está Enríquez Casusté.
—Que consiguió crear otra

No respondió. Pensé que la genealogía podía producir resultados interesantes cuando se la contemplaba desde cierta distancia.

Por una rama, varias generaciones habían recibido una de las mayores fortunas de su tiempo y conseguido reducirla considerablemente. Por la otra, el nieto de un pastor de cabras había levantado una de las mayores fortunas del país y creado empresas capaces de dar trabajo a miles de personas. Sin embargo, para ingresar en aquella corporación, la dificultad documental procedía de esta última.

No deja de ser admirable el orden con que la Historia distribuye sus prioridades.

—Don Javier fue un hombre extraordinario —dijo Ataúlfo.
—Estoy de acuerdo.
—Creó empresas, dio trabajo a miles de personas…
—Ataúlfo, empiezas a defender peligrosamente el mérito personal.

Se detuvo.

—No estoy diciendo eso.
—Me tranquilizas.
—Lo que digo es que hay que valorar el conjunto.
—Exactamente.
—Las reglas no pueden aplicarse mecánicamente.
—Eso empieza a parecerme muy moderno.
—Hay casos que exigen criterio.
—Y dispensas.
—Cuando estén justificadas.
—Naturalmente.

Ataúlfo recuperó poco a poco la serenidad. Incluso volvió a servirse.

—Al final todo depende de saber distinguir.
—Ahí está la dificultad.
—No todo el mundo puede hacerlo.
—Por eso existen los árbitros.

Sonrió. Habíamos regresado a Brummell.

Antes de marcharse me preguntó qué pensaba hacer aquel fin de semana. Le expliqué que iba al campo.

Miró mi chaqueta.

—¿Vas a llevar esa?
—Pensaba hacerlo.

Ataúlfo inclinó ligeramente la cabeza.

—Quizá sea demasiado formal.

Lo observé. Vestía americana azul marino, pantalón gris, camisa de rayas, corbata de punto, pañuelo estampado y unos zapatos de ante cuya tonalidad habría requerido consulta diplomática.

—Puede ser.
—En el campo hay que saber relajarse.
—También las normas de elegancia.

No percibió la relación.

Cuando se marchó permanecí un rato junto al escritorio. El Elenco sostenía varias cartas que la corriente de la ventana habría dispersado de no existir la Grandeza de España.

Pensé otra vez en Brummell. Su mérito no consistió únicamente en decidir qué debía llevar un hombre, sino en establecer algo mucho más difícil: cuánto podía quitarse sin dejar de ser elegante. Quizá ahí resida toda verdadera elegancia: en saber qué sobra.

En el mundo nobiliario ocurre algo parecido, aunque con resultados menos previsibles. Existen corporaciones que han dedicado generaciones enteras a fijar cuidadosamente quién puede pertenecer a ellas. Se estudian apellidos, líneas, pruebas, enlaces y expedientes con una minuciosidad digna de mejor causa.

Hasta que aparece alguien adecuado.

Entonces se descubre la elegancia de la dispensa.

El problema no está en que existan excepciones. Casi todas las reglas razonables terminan necesitándolas. La dificultad empieza cuando descubrimos que la excepción resulta mucho más fácil de comprender cuando conocemos personalmente al interesado.

Miré a don Rigoberto. Seguía contemplando simultáneamente el gabinete y algún lugar bastante más allá de él.

Tal vez también en la nobleza convenga recordar lo que Brummell enseñó sobre la ropa. La elegancia no consiste en llevar todo lo que uno posee.

Y las reglas no deberían consistir en exigir a los demás todo aquello de lo que uno mismo está dispuesto a dispensar a sus amigos.

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.
Capítulo I.
Capítulo II.
Capítulo III.
Capítulo IV.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.