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domingo, 20 de septiembre de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS, PRESENTE EN LAS MEDALLAS DE ASTURIAS 2026.

 

El Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias estuvo presente en el acto solemne de entrega de las Medallas de Asturias 2026, celebrado en Oviedo el pasado 8 de septiembre, festividad de la Virgen de Covadonga y Día de Asturias.
La corporación estuvo representada por su Canciller-Secretario, don Manuel Ruiz de Bucesta; su Vicecanciller, don Manuel Rodríguez de Maribona; y su Tesorero, don Juan de Allonca, que asistieron a una de las principales ceremonias institucionales del Principado.

Las Medallas de Asturias, acordadas por el Consejo de Gobierno, reconocen cada año a personas e instituciones cuya trayectoria o actividad ha tenido especial relevancia para la comunidad. En esta edición fueron distinguidos el Real Oviedo, con motivo de su centenario y de su regreso a Primera División; el tenor y gestor cultural don Joaquín Pixán; el periodista don Isidoro Nicieza; el docente y músico don Nacho Fonseca, y la Asociación Emburria, por su labor en favor de la inclusión de las personas con discapacidad.

La ceremonia sirvió asimismo para hacer entrega de los títulos de Hijos Predilectos e Hijos Adoptivos de Asturias correspondientes a 2026.
Como Hijos Predilectos fueron reconocidos don Juan Antonio Pérez Simón, don Isidro Fernández Rozada, doña Mari Luz Cristóbal Caunedo y don José Sierra Fernández. Los títulos de Hijos Adoptivos recayeron en doña Paz Fernández Felgueroso, don Saúl Craviotto, doña Maruja Torres, Yayoi Kawamura, don Adolfo Rivas Fernández y doña Consuelo Martínez López.

Representación del CNPA.

El acto reunió a una amplia representación de las instituciones asturianas y de distintos ámbitos de la sociedad del Principado. La presencia del Cuerpo de la Nobleza se enmarca en su participación en aquellos acontecimientos de especial relevancia para Asturias, particularmente los relacionados con su historia, patrimonio y vida institucional.

La jornada del 8 de septiembre volvió a poner de manifiesto, a través de los galardones concedidos, la diversidad de ámbitos desde los que se contribuye a la vida asturiana: la cultura, la música, la educación, el periodismo, el deporte y la inclusión social.

Para el Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, su asistencia a esta ceremonia constituye también una muestra de su vinculación con la vida institucional del Principado y de su voluntad de acompañar, con su presencia, aquellas celebraciones en las que Asturias reconoce públicamente a quienes han destacado por su trayectoria y servicio a la sociedad.

Más sobre el CNPA:https://www.cuerpodelanoblezadeasturias.es/
Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 18 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VI -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo VI. El prestigio prestado.

Siempre he pensado que hay dos maneras de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda suele ser considerablemente más rápida.

Aquella mañana mi secretario entró en el gabinete con varias hojas impresas.

—Tenemos un problema entre corporaciones.

Levanté la vista.

—¿Un problema verdadero o uno institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.

Dejó las hojas sobre la mesa.

Procedían del boletín digital de la Muy Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable, moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.

Ataúlfo, que estaba examinando con una lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la cabeza.

—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un obstáculo.

Tomé una de las hojas.

El artículo llevaba por título «Algunas reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la verdadera historia institucional».

Leí el encabezamiento dos veces.

—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi secretario.
—Cumple.

Agapito escribía con una prosa cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.

Tampoco acusaba a nadie de falta de transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad institucional otra.

La sensibilidad institucional coincidía con bastante frecuencia con su opinión.

—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario consultó sus notas.

—Que la Junta de la Antiquísima Casa de Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente con los miembros.

Seguí leyendo.

—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que deberían contar?

Mi secretario dudó.

—Fundamentalmente, con él.

Dejé el artículo sobre la mesa.

—Entonces la frase está mal redactada.

Ataúlfo volvió a la fotografía.

—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».

Mi secretario sonrió.

Agapito llevaba años manifestando una honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las instituciones históricas.

—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los hagan?

Ataúlfo pensó.

—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.

Ataúlfo frunció el ceño.

—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a concretar.

Mi secretario explicó que la Junta de Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.

—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe sin ellos.

Ataúlfo apartó por fin la fotografía.

—Pero Agapito será miembro de Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?

Tomé de nuevo el artículo.

—En ninguna de esas cosas.

Señalé el membrete.

—El problema empieza cuando necesita esto.

Ataúlfo no entendió.

—¿La página web?
—No. El escudo.

El boletín pertenecía a San Gumersindo, corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones. Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.

—Dicen que son imparciales —explicó mi secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.

Ataúlfo intervino:

—Pero si publican opiniones distintas, demuestran independencia.

Lo miré con paciencia.

—Ataúlfo, publicar opiniones distintas demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.

Busqué en uno de los cajones y extraje una tarjeta con el escudo de mi casa.

—Escribe aquí que eres experto en numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu formación.

Ataúlfo guardó silencio.

—Publicar bajo un emblema respetable no convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos lo crean.

Mi secretario asintió.

Ese era exactamente el problema.

Don Agapito remitía sus artículos al boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San Gumersindo...»



La frase tenía una eficacia extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y quizás dinásticos.

—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de publicación forme parte del argumento.

Ataúlfo seguía defendiendo a San Gumersindo.

—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

—Una institución puede ser imparcial sin ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.

Mi secretario anotó la frase.

—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.

Me volví.

—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.

Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.

—La libertad de expresión protege el derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.

Mi secretario sonrió.

Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias, pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.

—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario hizo una pausa.

—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.

Seguí pasando páginas.

—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.

Cerré el artículo.

—Método robusto.

Agapito había adquirido así fama de «gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un archivo sobre Valdeolmos.

Era inevitable.

En determinadas materias históricas, la autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.

—Pero supongo que los que conocen bien la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez empiezan con quienes saben distinguir.

Mi secretario explicó que Agapito difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.

—Una división que él mismo había organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.

Mi secretario añadió:

—Dice siempre que no quiere entrar en polémicas.

Me pareció importante.

—Eso permite distinguir a un polemista aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional anuncia primero que no desea discutir.

Ataúlfo rió.

—¿Y después?
—Discute mejor.

Don Agapito poseía además una habilidad singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué hablaba.

—Los recién llegados son fundamentales —dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.

Mi secretario arqueó una ceja.

—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el peor enemigo de ciertas reputaciones.

Ataúlfo parecía ya más interesado.

—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.

Volví a sentarme.

—Una persona conocida necesita demostrar que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.

Mi secretario explicó entonces la parte más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre materias históricas.

—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.

Ataúlfo se acercó.

—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas, pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente responsables de sus efectos.

Mi secretario volvió a escribir.

—San Gumersindo no publica las críticas de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.

—Entonces el boletín no difunde la crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado, suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a Valdeolmos.

Ataúlfo suspiró.

—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.

Hubo silencio.

—Si invitas todos los meses a tu casa a un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para elegir compañía.

Ataúlfo asintió lentamente.

—Entonces San Gumersindo se equivoca al pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.

Mi secretario dejó la pluma.

—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia. San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.

Me acomodé las gafas.

—Las instituciones desean a veces que sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?

Sonreí.

—Leyéndolo.

Ataúlfo pareció decepcionado.

—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele hacerse.

Tomé otra vez el artículo.

—Hay un error muy frecuente: creer que desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe publicársele.

Dejé caer las hojas sobre la mesa.

—Eso era lo que buscaba.

Ataúlfo negó con la cabeza.

—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa con su publicidad.

Mi secretario preguntó:

—¿Qué debería hacer Valdeolmos?

Respondí sin pensarlo.

—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes, sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?

Hice una mueca.

—Las grandes instituciones han sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones. Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.

Ataúlfo se echó a reír.

—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de trabajar. No que no haya que preocuparse.

Me puse serio.

—La cizaña funciona porque explota una debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.

Señalé primero los artículos.

—Agapito necesita sentirse influyente.

Luego señalé imaginariamente hacia Valdeolmos.

—La Junta puede caer en la tentación de responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.

Finalmente miré hacia las hojas de San Gumersindo.

—Y San Gumersindo puede aferrarse a una idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio le parece menos digno que perseverar en él.

Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema entero.
Tres vanidades podían fabricar un conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.

—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras corporaciones?
—Naturalmente.

Junté las hojas y se las devolví a mi secretario.

—Pero, sobre todo, para servir a algo que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.

Ataúlfo me miró.

—¿Y eso qué cambia?
—Todo.

Señalé el escudo de Valdeolmos que aparecía reproducido en una de las páginas.

—Quien entiende eso no necesita utilizar la institución para parecer más importante.

Después señalé el de San Gumersindo.

—Ni necesita prestársela a otro para demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les pertenece.

Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.

—Por cierto —dijo—, he pensado escribir un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?

Se encogió de hombros.

—Da categoría.

Lo miré unos segundos.

Después miré a mi secretario.

—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.

Ataúlfo levantó la cabeza.

—¿Entonces?

Señalé la lupa.

—Es una posibilidad humana.

Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la mesa.
Hay prestigios que se adquieren y prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que algunos olvidan devolverlos.

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.     Capítulo I.         Capítulo II.
Capítulo III.       Capítulo IV.      Capítulo V.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡¿QUÉ ES EL TORROTITO?!

 

Las banderas de proa de los buques de guerra suelen estar inspiradas en las enseñas nacionales de los países a los que representan. En España, hasta 1945, se utilizaba en proa la misma bandera nacional que en popa, aunque de menor tamaño. Hoy, sin embargo, contamos con el «torrotito», una enseña de proa diferente y original, cuyo diseño conserva reminiscencias históricas que la hacen especialmente singular y única.

Es probable que quien haya paseado por alguno de los muchos puertos que tenemos en nuestra geografía, haya observado en alguna ocasión un buque de la Armada Española atracado y haya podido ver izada en él, además de la conocida bandera rojigualda que nos representa como nación, otra enseña en la proa que a veces pasa inadvertida. Es cuadrada y está dividida en cuatro cuarteles que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra.

Aunque lo parezca, no es una rareza ni un simple adorno con reminiscencias históricas. Es el «torrotito», también llamado Bandera de Proa o Bandera de Tajamar, y forma parte del ceremonial de los buques de guerra de nuestra Armada.

La primera pregunta es inevitable, ¿por qué hay una bandera en la proa cuando la Bandera Nacional ya está ondeando en el buque? La respuesta está en la tradición naval y en los reglamentos que han ido estableciendo su uso. El Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivos, aprobado en 1977, la denomina oficialmente «Bandera de proa a tajamar (torrotito)» y establece su uso única y exclusivamente para los buques de guerra de nuestra Armada.

La Bandera Nacional tiene su propio lugar a bordo. Cuando el buque está atracado o fondeado, se iza en el asta de popa. Al hacerse a la mar, se arría de ese lugar y se iza en el pico. Una vez navegando, permanece allí. Así lo establecen las Reales Ordenanzas de la Armada. El «torrotito» ocupa otro lugar y responde a otro ceremonial diferente.

Las Reales Ordenanzas establecen que, cuando un buque está fondeado o atracado en aguas extranjeras, iza la Bandera de Tajamar  a las mismas horas que la Bandera Nacional. En aguas nacionales se iza los domingos y días festivos, así como durante determinados engalanados. También se iza cuando hay un buque de guerra extranjero presente, desde que este fondea o afirma la primera amarra hasta que zarpa o larga la última, de acuerdo con las circunstancias previstas en las Ordenanzas.

No está, por tanto, permanentemente ondeando, tiene sus momentos perfectamente marcados.

El aspecto del «torrotito» es probablemente lo que más llama la atención. Es una bandera cuadrada dividida en cuatro cuarteles, en los que aparecen símbolos heráldicos fácilmente reconocibles en una composición descrita con detalle en el Reglamento de 1977, aunque estos elementos no responden exactamente a la distribución de la que se compone el escudo actual de España. La distribución y composición de esta bandera tiene sus propias características y responde a una tradición vexilológica específica. Por eso, aunque su tamaño sea reducido, basta con verla para reconocer inmediatamente un conjunto de símbolos que nos remite a algunos de los principales iconos históricos de España.

No siempre tuvo este aspecto. Y aquí aparece una de las partes más interesantes de su historia.
La documentación histórica especializada señala que, hasta el 11 de octubre de 1945, fecha en la que se aprobó un nuevo Reglamento de Insignias, Banderas y Distintivos, la bandera de proa conservaba los colores nacionales. Fue aquel reglamento el que estableció el diseño cuartelado que conocemos. Conviene, sin embargo, hacer una precisión importante: el Reglamento de 1945 ya no es la norma que actualmente regula esta bandera. En 1977, como ya hemos apuntado, se aprobó otro Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivos que derogó expresamente el anterior, aunque mantuvo el diseño cuartelado de la Bandera de Proa. Dicho de otra manera, 1945 marca el cambio al diseño que conocemos, abandonando para la bandera de proa los colores de la enseña nacional, y 1977 es el que la mantiene en su actual diseño cuartelado.

La tradición de la bandera de proa, sin embargo, como acabamos de decir es anterior, y aquí conviene separar dos cuestiones que a veces se mezclan: la historia de la bandera y la historia de la palabra «torrotito».
El nombre ya aparece documentado antes de que existiera el diseño cuartelado actual. El Diccionario histórico de la lengua española de la RAE y la ASALE registran «torrotito» desde 1909. La primera documentación localizada corresponde a un texto de R. Fontenla, publicado ese año en la Revista General de Marina. La palabra aparece vinculada al lenguaje naval y a la pequeña bandera que los buques de guerra izan en la proa.

Hay un dato que resulta especialmente curioso, ya que hay fuentes que, sin profundizar en absoluto, consideran que el origen etimológico de «torrotito» pudiera ser incierto. Entonces, ¿a que debe su nombre?
Tradicionalmente, en la Armada, el pequeño mástil o asta vertical situado en el extremo de la proa, sobre el tajamar o el bauprés, se denominaba  (y se denomina) indistintamente «asta del torrotito» o, simplemente, «el torrotito» en el lenguaje cotidiano.
De este modo, la bandera que se iza en él terminó recibiendo también el nombre de «torrotito», por una cuestión práctica. Con el tiempo, la denominación del asta pasó a utilizarse para referirse directamente a la bandera que pendía de ella, simplificando así la comunicación a bordo.

Hay ocasiones en las que esta pequeña bandera adquiere especial protagonismo: los engalanados.
Las Reales Ordenanzas de la Armada regulan tanto el engalanado general como el engalanado particular. En estas ocasiones, la Bandera Nacional ocupa los topes y la Bandera de Tajamar se iza en el torrotito, junto con las correspondientes banderas del Código. Es una de las imágenes más características del ceremonial naval, el buque vestido con sus banderas, con la enseña nacional en la arboladura y el «torrotito» en la proa.
No es una cuestión improvisada. El ceremonial establece dónde debe estar cada bandera y cuándo debe aparecer. Incluso el Reglamento de 1977 determina diferentes tamaños para la bandera de tajamar en función de las dimensiones del buque.

El «torrotito» es, en esencia, una enseña naval de proa que, además de cumplir una función ceremonial, contribuye a identificar al buque como perteneciente a la Armada. Pequeño en tamaño, pero cargado de significado, acompaña al buque como un distintivo de su identidad y de su vinculación con nuestra institución naval.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LA XII FIESTA BENÉFICA DE "PEQUEÑA NOWINA".

Pilar de Vicente.

En una velada marcada por la solidaridad y el compromiso social, el majestuoso Castillo de San Marcos, en El Puerto de Santa María, se vistió de gala el pasado 7 de agosto de 2026 para celebrar la XII Fiesta Benéfica organizada por la ONGD Pequeña Nowina.

A partir de las 21:30 horas, el histórico enclave, fortaleza del siglo XIII erigida sobre una antigua mezquita por Alfonso X el Sabio después de la toma de la ciudad durante la Reconquista, se convirtió en el epicentro de una causa noble que busca transformar la vida de mujeres y niñas en situación de vulnerabilidad.

El evento contó con una extraordinaria acogida, reuniendo a cerca de 350 personas unidas por el deseo de generar un impacto positivo. Fue especialmente notable la presencia de una nutrida asistencia de miembros de corporaciones nobiliarias, quienes quisieron mostrar su apoyo a esta labor humanitaria. Entre ellos, cabe destacar la presencia del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, representado por la Ilma. Sra. Dña. Pilar María de Vicente y Trapiello.


La Labor de Pequeña Nowina.

La ONGD Pequeña Nowina, presidida por Cristina Martínez Caballero, nació a principios de 2015 con una misión clara: dotar de herramientas a niñas y mujeres vulnerables, fundamentalmente en África y América Latina, a las pequeñas Musu, Fere Musu, Fina, Kadiatu y muchas otras, procurándoles herramientas para que sean autosuficientes y puedan tomar sus propias decisiones desde la libertad.

El origen de la organización se remonta a las experiencias vividas por una de sus fundadoras en Sierra Leona desde 2012, donde fue testigo directo de las profundas desigualdades y la discriminación que sufren las mujeres en contextos de pobreza extrema.

Para cumplir con este propósito, la ONGD articula su trabajo a través de tres ejes fundamentales:
•Proyectos en terreno: Apoyo y financiación de cooperación al desarrollo social, económico y político, colaborando estrechamente con entidades locales para crear contextos favorables.
•Labor de sensibilización: Concienciar a los distintos actores, tanto en países desarrollados como en desarrollo, para convertirlos en verdaderos agentes de cambio.
•Dinamizadores del desarrollo: Apostar por la eficiencia, el trabajo en equipo, la creación de alianzas y la optimización de recursos para unir fortalezas.

Iniciativas y proyectos destacables.

•Proyecto "La Receta de la Esperanza" (Sierra Leona):
Desarrollado en colaboración con la empresa Ybarra Alimentación, una treintena de entidades colaboradoras y más de cien colaboradores y voluntarios. Consistió en la construcción, equipamiento y puesta en marcha de una Escuela de Hostelería dentro de la Escuela de Oficios para mujeres "María Inés Vocational" de las Misioneras Clarisas en Lunsar. El proyecto dotó a las instalaciones de cocinas industriales, hornos, frigoríficos y menaje, además de solucionar problemas críticos de suministros mediante la instalación de paneles solares y un tanque de agua potable. Permite proporcionar formación profesional y casi doscientas comidas diarias para impulsar la independencia económica de las mujeres locales.

•Programas de escolarización y becas para niñas en escuelas remotas (Sierra Leona):
Centrados en garantizar el acceso a la educación y la nutrición a niñas en situación de vulnerabilidad extrema.

•Iniciativas de ayuda humanitaria y desarrollo sanitario:
Financiación y apoyo logístico para remediar carencias básicas de salud, infraestructuras y progreso social en comunidades desfavorecidas de África y América Latina.

Con el lema "Ilumina vidas, construye futuro", la XII Fiesta Benéfica no solo permitió recaudar fondos esenciales para continuar con esta loable labor, sino que reforzó la importancia de la colaboración entre distintos sectores de la sociedad para construir puentes de aprendizaje mutuo y esperanza entre países. Un evento que, una vez más, demostró que la solidaridad no tiene fronteras.

Más información: https://nowina.org/

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 15 de julio de 2026

LA MESA DE LOS NOTABLES. UN BALANCE NECESARIO.


Todo proyecto llega, tarde o temprano, al instante en que conviene detenerse y volver la vista atrás. No para celebrar éxitos sin matices ni para lamentar lo que pudo ser y no fue, sino para preguntarnos si el camino recorrido ha merecido la pena. Después de varios años de actividad, en La Mesa de los Notables creemos que ha llegado ese momento de reflexión.

Cuando nació el blog en enero de 2018, la idea era sencilla: crear un espacio donde tuvieran cabida la historia, la genealogía, la heráldica, el patrimonio, el ceremonial, la medallística, la falerística y otros ámbitos que rara vez encuentran atención continuada en los medios de comunicación. No pretendíamos competir con revistas académicas, ni buscábamos convertirnos en un medio de referencia. Aspirábamos, simplemente, a ser un lugar de encuentro para quienes comparten interés por estas disciplinas.

Con el tiempo, el proyecto ha superado con holgura aquellas previsiones iniciales. Han sido centenares de artículos, noticias, entrevistas, reseñas y colaboraciones. Hemos contado con la participación de investigadores, cronistas, archiveros, heraldistas y estudiosos de muy diversos campos. Muchos lectores han encontrado aquí información que difícilmente habrían localizado en otro lugar. La extraordinaria acogida del blog, con un volumen de lecturas que ha rebasado todas las previsiones imaginables para una publicación de estas características, demuestra que existía un público deseoso de encontrar un espacio dedicado a estas materias.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que el blog ha estado exento de limitaciones. Como ocurre en casi todos los proyectos sostenidos por la dedicación personal, ha dependido del tiempo disponible, de los recursos y, sobre todo, de la constancia. Hubo periodos de intensa actividad y otros más pausados. Algunos temas han recibido mayor atención que otros y no siempre ha sido posible desarrollar determinadas investigaciones con la profundidad que hubiéramos deseado.

También es cierto que el deseo de ofrecer contenidos variados pudo transmitir, en ocasiones, cierta dispersión temática. La Mesa de los Notables nunca ha querido encerrarse en una sola disciplina. Esa diversidad es una de nuestras fortalezas, pero también ha dificultado que algunos lectores supieran identificar con nitidez cuál es nuestra principal seña de identidad.

Otra asignatura pendiente ha sido fomentar una participación más activa. Aunque el número de visitas y la difusión de muchos artículos han sido muy satisfactorios, el debate y el intercambio de ideas no siempre han acompañado con la misma intensidad. Es una característica de los tiempos actuales, donde se comparte mucho, se comenta poco y se conversa menos.

A pesar de esas limitaciones, el balance es claramente positivo. El blog ha dado visibilidad a investigadores poco conocidos, ha difundido publicaciones de escasa circulación, anunciado congresos y actividades culturales, ha puesto en valor el patrimonio histórico y ha recordado instituciones y personas cuyo trabajo merece reconocimiento. En no pocas ocasiones ha actuado como puente entre autores, asociaciones y lectores que, de otro modo, jamás habrían coincidido.

Uno de los aspectos más valiosos ha sido mantener una línea editorial independiente. Sin depender de intereses comerciales ni de adscripciones ideológicas, el blog ha procurado ofrecer un espacio donde lo importante sean los contenidos y no las etiquetas. Toda selección implica un criterio, y bajo ese principio siempre hemos buscado el rigor, el respeto y el interés cultural.

También consideramos un acierto haber resistido la tentación de la inmediatez. En un tiempo dominado por el titular efímero y el consumo acelerado de información, La Mesa de los Notables ha apostado por contenidos que conservan utilidad con el paso de los años. Muchos artículos antiguos siguen siendo consultados, citados y compartidos, lo que demuestra que la divulgación reposada aún encuentra su público.

No todo ha salido como imaginábamos cuando iniciamos esta empresa. Seguramente hoy organizaríamos mejor algunas secciones, cuidaríamos ciertos aspectos técnicos y dedicaríamos un mayor esfuerzo a la difusión. También habríamos impulsado antes una colaboración con instituciones y especialistas. Pero estas carencias forman parte del aprendizaje y ayudan a comprender la evolución del proyecto.

Si algo hemos aprendido es que un blog no se mide únicamente por el número de visitas o de seguidores, aunque en ese aspecto no podemos quejarnos. Su verdadera importancia reside en la comunidad intelectual que logra reunir, en las conversaciones que provoca, en las investigaciones que inspira y en el servicio que presta a quienes buscan información fiable.

Por todo ello, La Mesa de los Notables ha cumplido su propósito esencial. No ha pretendido ser la última palabra sobre ninguna materia, sino un foro abierto donde el conocimiento histórico, la curiosidad y el respeto por el patrimonio pudieran encontrarse.

Queda mucho por hacer. No dudamos de que siempre habrá temas pendientes, documentos por descubrir, libros que reseñar y voces a las que escuchar. Precisamente esa conciencia de que el conocimiento no tiene fin es la mejor razón para continuar. Porque un proyecto cultural no se justifica por su perfección, sino por su capacidad de contribuir, aunque sea modestamente, a que nuestro patrimonio histórico e intelectual sea un poco más conocido y apreciado.

En esta nueva etapa que ahora iniciamos, queremos invitaros a todos, como no podía ser de otra manera, a sentaros con nosotros en La Mesa de los Notables.

¡Gracias!


Publicado por La Mesa de los Notables.


lunes, 13 de julio de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS CELEBRA SU TRADICIONAL CENA DE VERANO EN EL REAL CLUB NÁUTICO DE SALINAS .

 Pilar de Vicente.

El pasado 10 de julio de 2026, el Real Club Náutico de Salinas fue el escenario elegido para una nueva edición de la tradicional «Cena de Verano del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias». Fundado en 1915 y distinguido con el Real Aprecio por S.M. don Alfonso XIII en 1923, el Club constituye una de las instituciones sociales y deportivas más representativas del Principado. Su privilegiada ubicación frente a la playa de Salinas y su dilatada tradición como escenario de relevantes acontecimientos sociales e institucionales, ofrecieron el marco idóneo para una velada de estas características. La convocatoria brilló por su ambiente acogedor y su carácter distendido, siendo ya una cita ineludible en el calendario estival del Principado.

La invitación para este encuentro, cursada por su consejero magistral, S.A.R. don Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou, reunió a damas, caballeros y amigos de la Corporación.

Grupo de asistentes en las escaleras del Club.

La velada se desarrolló en un entorno idílico donde, además de degustar un menú excepcional, los asistentes disfrutaron de una atmósfera de gran calidez que propició conversaciones hasta bien entrada la madrugada, fortaleciendo así los vínculos entre todos los presentes.

Una jornada para el recuerdo, donde la gastronomía y la amistad fueron las verdaderas protagonistas.

 Pilar de Vicente.

Publicado por La Mesa de los Notables.