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lunes, 21 de septiembre de 2026

EL PRECIO DE LA HONRA. NOBLEZA, DINERO Y DESPRECIO DEL LUCRO EN LA ESPAÑA DEL ANTIGUO RÉGIMEN, (EL PAPADO Y LA LIDIA DE RESES BRAVAS).

 

Una de las ventajas de acudir directamente a las fuentes históricas es que, buscando una cosa, no pocas veces encontramos otra. Y algunas de esas pequeñas sorpresas documentales permiten asomarnos a cuestiones mucho más hondas.

Hace poco, consultando el Discurso sobre la honra y deshonra legal, publicado en Madrid en 1781 por el jurista Antonio Javier Pérez y López, encontré una de ellas. Pérez y López, notable hombre de leyes y posteriormente autor del monumental Teatro de la legislación universal de España e Indias, se ocupó extensamente en aquella obra de la naturaleza de la nobleza y de su transmisión, defendiendo la comunicación de la nobleza personal o de privilegio a los hijos y razonando, en sustancia, que si la condición nobiliaria del marido alcanzaba a la mujer, con mayor razón había de comunicarse a sus propios descendientes. Al estudiar los escasos ejercicios que las leyes consideraban verdaderamente infamantes, recordaba también el caso de quienes lidiaban con bestias bravas por dinero.

(La Tauromaquia. Goya).

La regla procedía de las Partidas. Y lo verdaderamente interesante no era que se considerase deshonroso enfrentarse a un toro, pues no era así. La propia ley distinguía al que lo hacía sin precio, «por provar su fuerça», quien podía alcanzar «prez» de hombre valiente y esforzado.

La diferencia estaba en hacerlo por dinero.

El mismo hombre, frente a la misma res y corriendo el mismo peligro podía, según mediase o no precio, pasar de demostrar públicamente su valor a incurrir en infamia legal.
No deja de ser curioso, por otra parte, que la lidia llegase a provocar incluso la intervención de la Iglesia. En 1567, san Pío V promulgó la bula De salutis gregis dominici, por la que prohibía los espectáculos de toros y otras fieras bajo severas penas canónicas, incluida la excomunión, y disponía que a quienes muriesen participando en ellos se les negase sepultura eclesiástica. Pontífices posteriores, particularmente Gregorio XIII, modificaron y mitigaron considerablemente aquellas penas y prohibiciones, aunque se ha discutido si ello supuso una derogación completa de la bula o una modificación de su alcance.

La cuestión tuvo una curiosa prolongación varios siglos después. En 1920, la presidenta de la Sociedad Protectora de Animales de Tolón consultó a la Santa Sede acerca de las corridas de toros. El cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado de Benedicto XV, respondió recordando la tradicional condena pontificia de aquellos espectáculos; y, ante una nueva consulta, volvió a remitirse expresamente a la bula de san Pío V y al deseo de que fueran observadas las prescripciones de la Santa Sede. Las cartas serían reproducidas posteriormente por L'Osservatore Romano. El episodio resulta particularmente interesante porque obliga a distinguir entre la mitigación histórica de las penas canónicas y la cuestión del mantenimiento de la condena moral contenida en la disposición de san Pío V.

El ejemplo resulta revelador de una concepción del honor muy arraigada en la España del Antiguo Régimen. Porque el noble español no despreciaba necesariamente la riqueza. La necesitaba, la buscaba, pleiteaba por ella y procuraba transmitirla a sus descendientes. Lo que podía resultar incompatible con su consideración social era la manera de obtenerla.

Dicho de otro modo: no era lo mismo tener dinero que ganarlo.

El hidalgo podía ser pobre y continuar siendo hidalgo. Podía vivir de rentas, administrar su patrimonio o disfrutar de bienes heredados. Pero determinados trabajos personales, y sobre todo aquellos tradicionalmente considerados viles, mecánicos o infamantes, podían plantear problemas respecto de su honra y de ciertas prerrogativas propias de su condición.

Esto explica también la importancia que en las pruebas de nobleza podía alcanzar la averiguación no solamente del linaje de una persona, sino de los oficios y modos de vida de sus antepasados.

Discurso sobre la honra y deshonra legal. Antonio Xavier Pérez López. 1781 (obrajurídica).

En España, la propia Monarquía terminó comprendiendo el problema. La Real Cédula de 18 de marzo de 1783, durante el reinado de Carlos III, declaró honestos y honrados numerosos oficios —herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros— y dispuso que su ejercicio no envileciese a quien los practicaba ni perjudicase las prerrogativas de la hidalguía legítimamente poseída.

Que hubiera que declararlo expresamente demuestra hasta qué punto existía el prejuicio.

Quizá por eso aquel aparentemente insignificante lidiador de las Partidas nos proporciona una imagen magnífica para comprender toda una mentalidad.
Un hombre se enfrentaba a una bestia brava para probar su valor y podía ganar honra. Otro hacía prácticamente lo mismo, con idéntico riesgo y quizá idéntico valor, pero cobraba por ello y podía quedar infamado.
Y esa sutil frontera entre tener dinero y ganarlo dice probablemente mucho más sobre la sociedad nobiliaria española que cualquier tópico sobre la pobreza del hidalgo.

Y acaso con la verdad suceda algo parecido: no importa tanto el esfuerzo que algunos hombres hagan por buscarla y sacarla a la luz como el empeño que otros ponen en ocultarla cuando lo que revela contradice sus errores.

Tal vez algo de aquella vieja hipocresía haya llegado hasta nosotros: la de una sociedad en la que quienes se erigen en guardianes de lo establecido contemplan con aires de impropia superioridad todo aquello que, señalando sus defectos, amenaza con corregirlos.

Antonio de Castro García de Tejada
Caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III.

Publicado por La Mesa de los Notables.


domingo, 20 de septiembre de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS, PRESENTE EN LAS MEDALLAS DE ASTURIAS 2026.

 

El Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias estuvo presente en el acto solemne de entrega de las Medallas de Asturias 2026, celebrado en Oviedo el pasado 8 de septiembre, festividad de la Virgen de Covadonga y Día de Asturias.
La corporación estuvo representada por su Canciller-Secretario, don Manuel Ruiz de Bucesta; su Vicecanciller, don Manuel Rodríguez de Maribona; y su Tesorero, don Juan de Allonca, que asistieron a una de las principales ceremonias institucionales del Principado.

Las Medallas de Asturias, acordadas por el Consejo de Gobierno, reconocen cada año a personas e instituciones cuya trayectoria o actividad ha tenido especial relevancia para la comunidad. En esta edición fueron distinguidos el Real Oviedo, con motivo de su centenario y de su regreso a Primera División; el tenor y gestor cultural don Joaquín Pixán; el periodista don Isidoro Nicieza; el docente y músico don Nacho Fonseca, y la Asociación Emburria, por su labor en favor de la inclusión de las personas con discapacidad.

La ceremonia sirvió asimismo para hacer entrega de los títulos de Hijos Predilectos e Hijos Adoptivos de Asturias correspondientes a 2026.
Como Hijos Predilectos fueron reconocidos don Juan Antonio Pérez Simón, don Isidro Fernández Rozada, doña Mari Luz Cristóbal Caunedo y don José Sierra Fernández. Los títulos de Hijos Adoptivos recayeron en doña Paz Fernández Felgueroso, don Saúl Craviotto, doña Maruja Torres, Yayoi Kawamura, don Adolfo Rivas Fernández y doña Consuelo Martínez López.

Representación del CNPA.

El acto reunió a una amplia representación de las instituciones asturianas y de distintos ámbitos de la sociedad del Principado. La presencia del Cuerpo de la Nobleza se enmarca en su participación en aquellos acontecimientos de especial relevancia para Asturias, particularmente los relacionados con su historia, patrimonio y vida institucional.

La jornada del 8 de septiembre volvió a poner de manifiesto, a través de los galardones concedidos, la diversidad de ámbitos desde los que se contribuye a la vida asturiana: la cultura, la música, la educación, el periodismo, el deporte y la inclusión social.

Para el Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, su asistencia a esta ceremonia constituye también una muestra de su vinculación con la vida institucional del Principado y de su voluntad de acompañar, con su presencia, aquellas celebraciones en las que Asturias reconoce públicamente a quienes han destacado por su trayectoria y servicio a la sociedad.

Más sobre el CNPA:https://www.cuerpodelanoblezadeasturias.es/
Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 19 de septiembre de 2026

LA MARQUESA DE PERALES, PROTAGONISTA DEL PRÓXIMO ENCUENTRO DE LA «GRANDEZA DE ESPAÑA».

 

La Iª Marquesa de Perales, Premio Princesa de Asturias de los Deportes y una de las grandes figuras del deporte paralímpico español, protagonizará el próximo Encuentro que organiza la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España y Títulos del Reino.

Hay trayectorias deportivas que se miden en medallas y títulos, y otras que, sin restar valor a los resultados, trascienden el ámbito de la competición. La de Teresa Perales pertenece a ambas categorías. La nadadora paralímpica española, Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2021 y, desde 2025, Iª Marquesa de Perales, será la protagonista del próximo Encuentro de la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España y Títulos del Reino. 
Durante el encuentro ofrecerá una intervención titulada «La fuerza de un sueño», el mismo título que da nombre a su segundo libro y que resume una trayectoria marcada por el esfuerzo, la superación y la determinación.
El mismo tendrá lugar el jueves 24 de septiembre, a las 20:00 horas, en el Aula Magna del IE, en la calle María de Molina 11-13, de Madrid, según hemos tenido conocimiento en este blog.

Teresa Perales nació en Zaragoza en 1975 y perdió la movilidad en las piernas a los 19 años a causa de una neuropatía. Diplomada en Fisioterapia, comenzó su trayectoria en la natación adaptada en 1997 y desde 1998 forma parte de la élite de este deporte, según recoge la Fundación Princesa de Asturias.

Su palmarés en los Juegos Paralímpicos alcanza las 28 medallas (7 de oro, 10 de plata y 11 de bronce), logradas entre Sídney 2000 y París 2024. A ellas se suman 43 medallas en campeonatos de Europa y 22 en campeonatos del mundo, además de otros títulos y récords internacionales. Y sigue creciendo, el pasado 12 de septiembre, Perales alcanzó las 100 medallas internacionales al proclamarse campeona de Europa en los 50 metros espalda, clase S2, en los Campeonatos de Europa de Natación Paralímpica celebrados en Kocaeli, Turquía.

Su trayectoria no solo se ha limitado al deporte. Fue diputada en las Cortes de Aragón, directora general de Atención a la Dependencia del Gobierno de Aragón y asesora en el Ayuntamiento de Zaragoza. También ha desarrollado una intensa actividad como conferenciante y divulgadora.

En 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de los Deportes. El jurado destacó su trayectoria deportiva, su relevancia dentro del movimiento paralímpico y su compromiso social. En 2025 recibió otro importante reconocimiento. El Real Decreto 518/2025, de 24 de junio, le concedió el título de Marquesa de Perales, en atención a su capacidad de sobreponerse a la adversidad, su entrega a los valores del deporte y del olimpismo, su espíritu de competición y su compromiso cívico.

 «La fuerza de un sueño» será, por tanto, una ocasión para escuchar directamente su experiencia después de más de dos décadas en la alta competición y de una trayectoria que ha trascendido ampliamente el ámbito deportivo.
El encuentro se enmarca en las actividades que organiza regularmente la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España y Títulos del Reino.

Más información sobre Teresa Perales: https://teresaperales.es/
Mas información sobre la DGET: https://diputaciondelagrandezaytitulosdelreino.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 18 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VI -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo VI. El prestigio prestado.

Siempre he pensado que hay dos maneras de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda suele ser considerablemente más rápida.

Aquella mañana mi secretario entró en el gabinete con varias hojas impresas.

—Tenemos un problema entre corporaciones.

Levanté la vista.

—¿Un problema verdadero o uno institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.

Dejó las hojas sobre la mesa.

Procedían del boletín digital de la Muy Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable, moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.

Ataúlfo, que estaba examinando con una lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la cabeza.

—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un obstáculo.

Tomé una de las hojas.

El artículo llevaba por título «Algunas reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la verdadera historia institucional».

Leí el encabezamiento dos veces.

—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi secretario.
—Cumple.

Agapito escribía con una prosa cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.

Tampoco acusaba a nadie de falta de transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad institucional otra.

La sensibilidad institucional coincidía con bastante frecuencia con su opinión.

—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario consultó sus notas.

—Que la Junta de la Antiquísima Casa de Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente con los miembros.

Seguí leyendo.

—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que deberían contar?

Mi secretario dudó.

—Fundamentalmente, con él.

Dejé el artículo sobre la mesa.

—Entonces la frase está mal redactada.

Ataúlfo volvió a la fotografía.

—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».

Mi secretario sonrió.

Agapito llevaba años manifestando una honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las instituciones históricas.

—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los hagan?

Ataúlfo pensó.

—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.

Ataúlfo frunció el ceño.

—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a concretar.

Mi secretario explicó que la Junta de Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.

—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe sin ellos.

Ataúlfo apartó por fin la fotografía.

—Pero Agapito será miembro de Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?

Tomé de nuevo el artículo.

—En ninguna de esas cosas.

Señalé el membrete.

—El problema empieza cuando necesita esto.

Ataúlfo no entendió.

—¿La página web?
—No. El escudo.

El boletín pertenecía a San Gumersindo, corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones. Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.

—Dicen que son imparciales —explicó mi secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.

Ataúlfo intervino:

—Pero si publican opiniones distintas, demuestran independencia.

Lo miré con paciencia.

—Ataúlfo, publicar opiniones distintas demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.

Busqué en uno de los cajones y extraje una tarjeta con el escudo de mi casa.

—Escribe aquí que eres experto en numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu formación.

Ataúlfo guardó silencio.

—Publicar bajo un emblema respetable no convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos lo crean.

Mi secretario asintió.

Ese era exactamente el problema.

Don Agapito remitía sus artículos al boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San Gumersindo...»



La frase tenía una eficacia extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y quizás dinásticos.

—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de publicación forme parte del argumento.

Ataúlfo seguía defendiendo a San Gumersindo.

—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

—Una institución puede ser imparcial sin ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.

Mi secretario anotó la frase.

—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.

Me volví.

—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.

Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.

—La libertad de expresión protege el derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.

Mi secretario sonrió.

Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias, pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.

—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario hizo una pausa.

—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.

Seguí pasando páginas.

—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.

Cerré el artículo.

—Método robusto.

Agapito había adquirido así fama de «gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un archivo sobre Valdeolmos.

Era inevitable.

En determinadas materias históricas, la autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.

—Pero supongo que los que conocen bien la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez empiezan con quienes saben distinguir.

Mi secretario explicó que Agapito difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.

—Una división que él mismo había organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.

Mi secretario añadió:

—Dice siempre que no quiere entrar en polémicas.

Me pareció importante.

—Eso permite distinguir a un polemista aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional anuncia primero que no desea discutir.

Ataúlfo rió.

—¿Y después?
—Discute mejor.

Don Agapito poseía además una habilidad singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué hablaba.

—Los recién llegados son fundamentales —dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.

Mi secretario arqueó una ceja.

—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el peor enemigo de ciertas reputaciones.

Ataúlfo parecía ya más interesado.

—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.

Volví a sentarme.

—Una persona conocida necesita demostrar que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.

Mi secretario explicó entonces la parte más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre materias históricas.

—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.

Ataúlfo se acercó.

—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas, pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente responsables de sus efectos.

Mi secretario volvió a escribir.

—San Gumersindo no publica las críticas de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.

—Entonces el boletín no difunde la crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado, suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a Valdeolmos.

Ataúlfo suspiró.

—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.

Hubo silencio.

—Si invitas todos los meses a tu casa a un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para elegir compañía.

Ataúlfo asintió lentamente.

—Entonces San Gumersindo se equivoca al pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.

Mi secretario dejó la pluma.

—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia. San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.

Me acomodé las gafas.

—Las instituciones desean a veces que sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?

Sonreí.

—Leyéndolo.

Ataúlfo pareció decepcionado.

—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele hacerse.

Tomé otra vez el artículo.

—Hay un error muy frecuente: creer que desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe publicársele.

Dejé caer las hojas sobre la mesa.

—Eso era lo que buscaba.

Ataúlfo negó con la cabeza.

—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa con su publicidad.

Mi secretario preguntó:

—¿Qué debería hacer Valdeolmos?

Respondí sin pensarlo.

—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes, sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?

Hice una mueca.

—Las grandes instituciones han sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones. Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.

Ataúlfo se echó a reír.

—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de trabajar. No que no haya que preocuparse.

Me puse serio.

—La cizaña funciona porque explota una debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.

Señalé primero los artículos.

—Agapito necesita sentirse influyente.

Luego señalé imaginariamente hacia Valdeolmos.

—La Junta puede caer en la tentación de responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.

Finalmente miré hacia las hojas de San Gumersindo.

—Y San Gumersindo puede aferrarse a una idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio le parece menos digno que perseverar en él.

Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema entero.
Tres vanidades podían fabricar un conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.

—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras corporaciones?
—Naturalmente.

Junté las hojas y se las devolví a mi secretario.

—Pero, sobre todo, para servir a algo que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.

Ataúlfo me miró.

—¿Y eso qué cambia?
—Todo.

Señalé el escudo de Valdeolmos que aparecía reproducido en una de las páginas.

—Quien entiende eso no necesita utilizar la institución para parecer más importante.

Después señalé el de San Gumersindo.

—Ni necesita prestársela a otro para demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les pertenece.

Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.

—Por cierto —dijo—, he pensado escribir un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?

Se encogió de hombros.

—Da categoría.

Lo miré unos segundos.

Después miré a mi secretario.

—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.

Ataúlfo levantó la cabeza.

—¿Entonces?

Señalé la lupa.

—Es una posibilidad humana.

Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la mesa.
Hay prestigios que se adquieren y prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que algunos olvidan devolverlos.

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.     Capítulo I.         Capítulo II.
Capítulo III.       Capítulo IV.      Capítulo V.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

martes, 15 de septiembre de 2026

CAPÍTULO ANUAL DEL SOLAR DEL PÁRAMO Y LA FOCELLA 2026.

 Pilar de Vicente.

El pasado 12 de septiembre tuvo lugar en la iglesia de San Justo del Páramo, situada en la localidad homónima del concejo de Teverga (Principado de Asturias), el Capítulo Anual de la Unión de la Nobleza del Solar del Páramo, La Focella y la Villa de Sub.

La Corporación tiene entre sus principales fines la conservación y difusión de la memoria histórica de este antiquísimo privilegio de nobleza, así como la promoción del extraordinario patrimonio cultural y natural del concejo de Teverga. Considerado uno de los territorios más singulares del Principado, Teverga reúne monumentos de gran relevancia, espectaculares paisajes de montaña y un entorno natural único.

Con el propósito de honrar la memoria de los reyes leoneses Alfonso V, conocido como «el Noble» o «el de los Buenos Fueros», y de su hijo Bermudo III, último monarca de la dinastía astur-leonesa y vinculado al origen de esta histórica institución nobiliaria, se celebró una solemne ceremonia en la iglesia de San Justo del Páramo. El acto estuvo presidido por su presidente, don Manuel Rodríguez de Maribona y Dávila, conde de Alba, acompañado por el vicepresidente, don Manuel Ruiz de Bucesta y Álvarez. Asimismo, la ceremonia sirvió para formalizar la investidura e ingreso de tres nuevas damas y tres caballeros en la corporación.

Una vez concluida la ceremonia, los asistentes realizaron una visita por las localidades que integran el histórico Señorío del Privilegio: El Páramo, La Focella y la Villa de Sub. A continuación, tuvo lugar un almuerzo de hermandad en un restaurante de la zona, donde los participantes compartieron un agradable encuentro mientras degustaban algunos de los platos más representativos de la gastronomía asturiana.


La jornada concluyó con una visita guiada a la histórica Colegiata de San Pedro de Teverga, uno de los monumentos más destacados del patrimonio medieval asturiano.

Los orígenes de este templo se remontan al antiguo monasterio benedictino de San Pedro y San Juan de Val de Teverga. En 1092 fue donado por la condesa doña Aldonza a la iglesia de San Salvador de Oviedo, mientras que la fundación de la colegiata se sitúa en torno al año 1107.
Este templo constituye uno de los máximos exponentes de la arquitectura románica en la región. Su concepción responde a las características propias de este estilo medieval, difundido por los territorios cristianos occidentales entre los siglos XI y XII, dejando en Asturias algunas de sus manifestaciones más notables.

Construida íntegramente en piedra labrada, la Colegiata de San Pedro presenta los rasgos más característicos de este arte, junto con ciertas influencias bizantinas. Su planta de cruz latina y sus tres naves configuran un espacio de gran armonía arquitectónica. Entre los elementos más sobresalientes destacan sus robustas columnas, los arcos de medio punto, las bóvedas de cañón y el ábside rectangular, fruto de la reconstrucción llevada a cabo tras el incendio que sufrió el edificio en el siglo XVII.

Orientada hacia oriente, la iglesia fue concebida para que los primeros rayos del sol iluminaran su interior, evocando simbólicamente la figura de Jesucristo como luz de los corazones. La sobriedad del recinto, acentuada por la discreta iluminación natural de sus pequeñas ventanas, favorece un profundo ambiente de recogimiento y contemplación. Presentan asimismo un especial interés el vestíbulo, los capiteles de las columnas centrales, el presbiterio, los escudos de la Casa de Miranda, diversos sepulcros y numerosas inscripciones de alto valor histórico y artístico.

Para más información sobre esta corporación, puede consultar aquí.
Para conocer más detalles sobre la Colegiata de San Pedro de Teverga puede consultar aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 12 de septiembre de 2026

RECIENTE ARTÍCULO DEL DUQUE DE ANJOU EN «TRIBUNA ABIERTA» DE ABC.

 

El estreno en España de Sagrado Corazón, el docudrama francés dirigido por Sabrina y Steven J. Gunnell, nos invita a volver la mirada hacia una devoción que, nacida en Francia hace más de tres siglos, arraigó profundamente en la historia espiritual de España: el Sagrado Corazón de Jesús. La película, que recorre la historia y la vigencia de esta devoción a partir de las revelaciones de Nuestro Señor a Santa Margarita María de Alacoque, ha superado ya los 600.000 espectadores en Francia.

Con motivo de su llegada a los cines españoles, Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou y consejero magistral del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, dedica su artículo publicado el pasado día 9 en la sección «Tribuna Abierta» de ABC a reflexionar sobre el profundo vínculo espiritual que une a Francia y España a través del Sagrado Corazón. Desde Paray-le-Monial y Santa Margarita María de Alacoque hasta el beato Bernardo de Hoyos y el Cerro de los Ángeles, el duque de Anjou recorre más de tres siglos de historia y devoción, atravesando generaciones y circunstancias históricas muy diferentes.

Una reflexión que va más allá de cualquier consideración política para poner el acento en aquello que permanece: la presencia del Sagrado Corazón en la historia espiritual y cultural de España y de Francia. Como señala el propio autor, entre ambos países existe «un puente espiritual construido durante más de tres siglos», y ese puente tiene un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús.

Reproducimos a continuación el artículo de Luis Alfonso de Borbón publicado en ABC el pasado 9 de septiembre.

ABC Jueves 9/9/2026.
OPINIÓN.
TRIBUNA ABIERTA.

EL SAGRADO CORAZÓN: UN PUENTE ENTRE FRANCIA Y ESPAÑA.
LUIS ALFONSO DE BORBÓN.
es Duque de Anjou.

«No estamos solamente ante una producción cinematográfica francesa, sino ante una historia francesa que también forma parte de nuestra memoria»

Hay símbolos que pertenecen a una nación, a una época o a una generación. Y hay otros que, por su profundidad, son capaces de atravesar las fronteras y los siglos. Para mí, el Sagrado Corazón de Jesús es uno de ellos. Por eso considero especialmente significativo que una película nacida en Francia llegue ahora a España.

La historia del Sagrado Corazón es, en buena medida, una historia que une profundamente a nuestros dos países. Hace más de tres siglos, en Paray-le-Monial, Santa Margarita María de Alacoque recibió las revelaciones que dieron un impulso extraordinario a la devoción al Sagrado Corazón. Desde el corazón de Francia, aquel mensaje atravesó las fronteras y encontró en España una acogida extraordinaria. En nuestro país arraigó profundamente en las familias, las parroquias, los colegios, las órdenes religiosas y en la espiritualidad de generaciones de españoles. La figura del beato Bernardo de Hoyos ocupa también un lugar especial en esta historia y en la difusión de la devoción al Sagrado Corazón en España.

El gran símbolo de esta devoción en España es el Cerro de los Ángeles. Allí, en 1919, el Rey Alfonso XIII realizó solemnemente la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Aquel acto convirtió el Cerro en uno de los lugares más significativos de nuestra historia religiosa. Después de la destrucción del monumento durante la Guerra Civil, en 1944 se celebró allí un solemne acto nacional de reparación y desagravio, presidido por Francisco Franco. Y en 1969, al cumplirse cincuenta años de la consagración de 1919, Franco presidió la renovación de aquella consagración. La historia continuó posteriormente. En 2019, al cumplirse cien años de la consagración de Alfonso XIII, la Iglesia en España volvió a renovar solemnemente aquella consagración en el Cerro de los Ángeles.

Si contemplamos todo el recorrido, encontramos una continuidad que atraviesa generaciones y circunstancias históricas muy diferentes: 1919, 1944, 1969 y 2019. Más allá de los distintos momentos políticos, permanece una misma tradición espiritual y una misma devoción.

Por eso considero importante contemplar esta historia desde una perspectiva que vaya más allá de cualquier circunstancia política.

Alfonso XIII, el acto de reparación de 1944, la renovación de 1969 y la renovación eclesial de 2019 pertenecen a momentos históricos distintos. Lo que permanece es la profunda presencia del Sagrado Corazón en la historia espiritual y cultural de España. Y para mí, como francés y español, resulta especialmente hermoso contemplar cómo una devoción nacida en Francia terminó formando parte tan profundamente de la identidad espiritual de España.

Por eso creo que la llegada de esta película a España es especialmente oportuna. No estamos solamente ante una producción cinematográfica francesa, sino ante una historia francesa que también forma parte de nuestra memoria. Francia nos lleva hasta Paray-le-Monial y Santa Margarita María de Alacoque; España nos lleva hasta Bernardo de Hoyos y el Cerro de los Ángeles. Entre ambos países existe un puente espiritual construido durante más de tres siglos. Y ese puente tiene un nombre: el Sagrado Corazón de Jesús.

Quizá esa sea precisamente la gran enseñanza de esta película. El corazón no entiende de fronteras. Tampoco el amor. El mensaje del Sagrado Corazón habla de amor, misericordia, esperanza y entrega, y por eso continúa interpelando al hombre de hoy. Esta película nos permite recordar nuestras raíces, conocer mejor nuestra historia y, al mismo tiempo, preguntarnos qué puede decir hoy aquel mensaje. Francia y España, unidas por una historia espiritual que comenzó hace siglos, pueden encontrarse una vez más alrededor de una misma realidad: el Sagrado Corazón de Jesús.

Para leer el artículo original: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

 


viernes, 11 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO V -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO V. EL ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA.

El fin de semana es un invento inglés.

No me refiero naturalmente a dejar de trabajar dos días, costumbre que las civilizaciones mediterráneas habían ensayado mucho antes sin necesidad de darle un nombre. Me refiero al week-end, que es algo distinto y bastante más serio. Los ingleses comprendieron que una semana no podía terminar simplemente dejando de ir a la oficina. Había que irse a algún sitio, preferiblemente al campo, y había que vestirse para ello.

Siempre he pensado que es durante el fin de semana cuando se descubre si un hombre es verdaderamente elegante. De lunes a viernes resulta relativamente sencillo. Un traje oscuro, una camisa blanca, una corbata discreta y unos zapatos razonablemente limpios permiten atravesar buena parte de la vida profesional sin provocar alarma. El traje tiene esa virtud: protege mucho.

El sábado, en cambio, empiezan los problemas. Desaparece la corbata, aparece el jersey, alguien considera oportuno estrenar unos pantalones de color incierto y hombres perfectamente respetables durante la semana comienzan a vestirse como si hubieran sido invitados a una excursión organizada por una marca de automóviles.

La verdadera elegancia empieza precisamente cuando desaparece la obligación de ser elegante.

Mi padre decía que la ropa de fin de semana permitía conocer a las personas mejor que muchos informes confidenciales. Había pasado suficiente tiempo entre los Malvavisco para desconfiar tanto de los informes como de las personas. Mi madre no estaba de acuerdo. Sostenía que un caballero debía vestir correctamente incluso cuando no esperaba encontrarse con nadie; mi padre preguntaba entonces para quién se vestía. Nunca llegaron a resolver la cuestión.

Yo he procurado mantener una posición intermedia. Me parece razonable que un hombre vista bien aunque no tenga público, pero siempre he considerado inquietante a quien se pone una chaqueta de tweed para desayunar solo.

El tweed exige, como mínimo, un testigo.

Pensaba recientemente en estas cosas mientras escogía ropa para pasar el fin de semana en casa de unos amigos. Tenía sobre la cama dos chaquetas, tres camisas y unos pantalones que mi secretario considera demasiado claros. No suelo solicitar su opinión sobre indumentaria. Él tampoco suele esperar a que se la solicite.

—La azul —dijo desde la puerta.

Lo miré.

—No recuerdo haberte preguntado.
—No, señor.
—Entonces estamos progresando.


Eligió discretamente abandonar la habitación.

Mientras terminaba de vestirme pensé en George Bryan Brummell. Beau Brummell. Pocas personas han conseguido ejercer tanta autoridad sin disponer de cargo alguno. No fue ministro, ni general, ni obispo, ni presidió corporación conocida. Su principal título consistió en vestir mejor que quienes lo rodeaban, que no es poco.

A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando algunos hombres todavía consideraban razonable presentarse en sociedad cubiertos de colores, bordados, joyas, encajes y otros elementos que hoy exigirían por separado una licencia municipal, Brummell defendió una idea extraordinariamente revolucionaria:

La discreción.

Ropa perfectamente cortada, colores contenidos, limpieza escrupulosa, una corbata bien anudada y nada que llamase demasiado la atención. Consiguió convertir la ausencia de extravagancia en una forma superior de distinción. Aquello debió de resultar insoportable para muchas personas.

Brummell llegó a ser considerado «árbitro de la elegancia». Bastaba una observación suya para que una prenda, un corte o un caballero entero quedasen sometidos a revisión. Siempre me han interesado los árbitros, especialmente aquellos cuya autoridad nadie recuerda exactamente quién les concedió.

Aquella misma tarde apareció Ataúlfo en mi gabinete. No llevaba carpeta, lo que me tranquilizó. Llevaba una noticia, lo que me tranquilizó menos.

—¿Te has enterado? —preguntó antes incluso de sentarse.
—Depende.
—De lo de la Corporación.

No pregunté cuál. Cuando Ataúlfo utiliza mayúsculas en la conversación conviene dejarle continuar. Se sentó frente a mí y adoptó esa expresión que reserva para acontecimientos capaces de alterar el curso de la civilización occidental.

—Han admitido a Fulano.

Pronunció un nombre que no considero necesario reproducir. Conocía ligeramente al interesado: hombre educado, discreto, de buena familia y, hasta donde yo sabía, bastante menos interesado por la nobleza que quienes acababan de admitirlo.

—Me alegro por él.

Ataúlfo me miró con severidad.

—No puedes alegrarte.
—Ya lo he hecho.
—No reúne todos los requisitos.

Aquello explicaba la visita. Me contó que la corporación exigía determinadas pruebas genealógicas. Había que acreditar nobleza por ciertas líneas, presentar partidas, expedientes, certificaciones y otros documentos destinados a demostrar que varias personas fallecidas antes del nacimiento del candidato habían llevado vidas suficientemente decorosas. Al parecer, una de aquellas líneas planteaba dificultades.

—El apellido de la abuela paterna —dijo Ataúlfo.

Lo contemplé.

—Comprendo.

Esta vez sí comprendía.

—No lo tiene.
—¿A la abuela?
—El apellido.
—Eso parece menos grave.

Ataúlfo ignoró la observación. Me explicó que habían estudiado el expediente y concedido una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían en determinados casos y habían tenido en cuenta la notoriedad de la familia, otros enlaces suficientemente acreditados y una serie de circunstancias que Ataúlfo enumeró con creciente indignación.

—Entonces parece que han aplicado los estatutos.
—Los han interpretado.
—Las normas suelen padecer ese inconveniente.

Ataúlfo se levantó y comenzó a caminar por el gabinete. Don Rigoberto lo siguió con uno de sus ojos; el otro continuó mirando hacia la chimenea.

—Yo tuve que presentar todo —dijo mi primo—. Todo. Partidas sacramentales, matrimonios, defunciones, ejecutorias, expedientes…

—Recuerdo aquella época.
—Fueron meses de trabajo.
—También la recuerdo.

Ataúlfo había convertido entonces la investigación de sus antepasados en una actividad colectiva en la que terminó participando media familia sin haberlo solicitado.

—Y ahora resulta que a otro le dispensan.
—Quizá su familia tuvo la precaución de conservar peor los papeles.

No pareció encontrar consuelo.

—Las normas están para cumplirlas.

Esta frase siempre me produce cierta inquietud cuando la pronuncia alguien perteneciente a más de dos corporaciones. Le ofrecí una copa. La aceptó.

—¿Sabes lo que ocurre? —continuó—. Si empezamos así, al final entra cualquiera.

Bebí un poco antes de contestar.

—Esa expresión suele significar que ha entrado alguien que no somos nosotros.

Ataúlfo dejó la copa sobre la mesa.

—No es eso.
—Naturalmente.

Se acercó al retrato de don Rigoberto y permaneció unos segundos contemplándolo.

—Tiene que haber un criterio.
—Estoy de acuerdo.
—Alguien debe decidir qué es noble y qué no lo es.

Aquello me recordó a Brummell. Le expliqué la historia. Ataúlfo conocía el nombre, aunque inicialmente pareció confundirlo con una colonia barata. Le hablé del hombre que había conseguido imponer una nueva forma de elegancia reduciendo precisamente aquello que hasta entonces se consideraba elegante.

—Era un árbitro —concluí.
—Exactamente.
—Y los árbitros tienen reglas.
—Exactamente.
—Aunque las reglas cambian.

Ataúlfo dejó de decir exactamente.

Le expliqué que durante siglos la elegancia masculina había admitido bordados, colores, pelucas, tacones, joyas y otras manifestaciones que Brummell habría considerado intolerables. Después llegó él y convirtió la sobriedad en norma.

—Pero eso es diferente.
—Siempre lo es.

Mi primo regresó al sillón.

—Una corporación nobiliaria no puede depender de modas.
—Esperemos que no.

Se produjo un silencio. Ataúlfo miró el reloj. Pensé que el asunto había terminado. Me equivocaba.

—Precisamente quería preguntarte otra cosa.

Reconocí entonces el verdadero motivo de la visita. Ataúlfo bajó ligeramente la voz.

—Conoces al nieto de Javier Enríquez Casusté.

Naturalmente que lo conocía. Javier Enríquez Casusté había sido amigo de mi abuelo paterno. Fue uno de aquellos empresarios que crearon empresas antes de que se inventara la expresión «creador de empleo», aunque él creó, efectivamente, unos cuantos miles.

Había comenzado prácticamente desde abajo. Su abuelo fue pastor de cabras, circunstancia que determinados círculos recordaban con una precisión genealógica que nunca aplicaban a sus propios parientes menos presentables. A don Javier aquello parecía preocuparle poco. La nobleza tampoco le interesó demasiado y el sentimiento fue, durante bastante tiempo, recíproco.

Mi padre lo conoció desde niño y recordaba especialmente una frase que le había oído repetir hablando de bancos: «Los intereses son como unos señores muy educados que se sientan en tu mesa y se comen tu comida». Siempre he considerado que aquella explicación contiene más información útil que algunos másteres financieros. No le gustaban los banqueros. Probablemente por eso consiguió conservar bastante dinero.

Su única hija terminó casándose con un caballero perteneciente a un linaje antiquísimo que durante los siglos XV, XVI y XVII había figurado entre los más ricos y poderosos de España. Durante generaciones habían poseído tierras, casas, rentas y mayorazgos suficientes para que sus descendientes pudieran permitirse el lujo de no pensar demasiado en el dinero. Mientras existieron los mayorazgos, el patrimonio familiar permaneció unido y no podía dispersarse alegremente entre ventas, deudas, caprichos y generaciones sucesivas de herederos con imaginación.

A partir de 1820 las cosas comenzaron a cambiar. La familia descubrió algo que muchas casas antiguas aprendieron durante el siglo XIX: conservar una fortuna resulta bastante más difícil cuando uno puede gastársela. Primero desaparecieron algunas fincas, después otras y luego llegaron las ventas que siempre iban a ser las últimas. Al cabo de varias generaciones conservaban el apellido, los retratos, una cantidad respetable de documentación y una situación económica bastante menos respetable.

Por eso, cuando el padre de nuestro candidato contrajo matrimonio con la única hija de Javier Enríquez Casusté, la boda produjo algún comentario. En determinadas casas se consideró que él aportaba el linaje; en otras se observó que ella aportaba prácticamente todo lo demás.

Nunca he comprendido por qué ambas contribuciones debían considerarse incompatibles.

El matrimonio, por lo demás, funcionó razonablemente bien, circunstancia que decepcionó a quienes habían encontrado en su celebración una fuente prometedora de conversación. De aquella unión nació, entre otros, el caballero del que ahora hablaba Ataúlfo.

—Quiere ingresar en la Corporación —me dijo.

Mencionó cuál.

—Me parece muy bien.
—El problema es que tampoco cumple exactamente todos los requisitos.

Esperé. Ataúlfo evitó mirarme.

—Hay una línea que no pueden probar.
—¿La paterna?

Me miró sorprendido.

—No. Naturalmente que no.

Aquello me interesó. La línea paterna, pese a haber conseguido perder buena parte de la fortuna acumulada durante siglos, se encontraba documentalmente en perfecto estado. La materna había tenido la mala fortuna de dedicar las últimas generaciones a crear empresas.

—Entonces el problema viene de los Enríquez Casusté.
—Exacto.
—Comprendo.

Ataúlfo comenzó a explicarme que nadie dudaba de la consideración de la familia, de su posición social, de la trayectoria de don Javier ni de la relevancia alcanzada por sus descendientes.

—Pero falta la prueba —concluyó.
—Eso sí es grave.
—Malvavisco.
—Perdona.

Me explicó que podía solicitarse una dispensa. Existían precedentes, los estatutos lo permitían y la Junta podía valorar la notoriedad familiar, el conjunto de las restantes líneas y otras circunstancias excepcionales.

—Entonces las normas permiten excepciones.
—En casos justificados.
—Como éste.
—Exactamente.

Lo miré.

—Hace diez minutos una dispensa te parecía el principio del fin de la civilización nobiliaria.

Ataúlfo hizo un gesto impaciente.

—No es lo mismo.

Aquella tarde empezaba a adquirir cierta coherencia.

—Naturalmente.
—Aquí estamos hablando de una familia conocidísima.
—También era conocido el anterior.
—Pero el padre pertenece a uno de los linajes históricos más importantes de España.
—Que consiguió perder una fortuna considerable.

Ataúlfo me miró con desaprobación.

—Eso no afecta a la nobleza.
—Me alegra saberlo.
—Y por parte materna está Enríquez Casusté.
—Que consiguió crear otra

No respondió. Pensé que la genealogía podía producir resultados interesantes cuando se la contemplaba desde cierta distancia.

Por una rama, varias generaciones habían recibido una de las mayores fortunas de su tiempo y conseguido reducirla considerablemente. Por la otra, el nieto de un pastor de cabras había levantado una de las mayores fortunas del país y creado empresas capaces de dar trabajo a miles de personas. Sin embargo, para ingresar en aquella corporación, la dificultad documental procedía de esta última.

No deja de ser admirable el orden con que la Historia distribuye sus prioridades.

—Don Javier fue un hombre extraordinario —dijo Ataúlfo.
—Estoy de acuerdo.
—Creó empresas, dio trabajo a miles de personas…
—Ataúlfo, empiezas a defender peligrosamente el mérito personal.

Se detuvo.

—No estoy diciendo eso.
—Me tranquilizas.
—Lo que digo es que hay que valorar el conjunto.
—Exactamente.
—Las reglas no pueden aplicarse mecánicamente.
—Eso empieza a parecerme muy moderno.
—Hay casos que exigen criterio.
—Y dispensas.
—Cuando estén justificadas.
—Naturalmente.

Ataúlfo recuperó poco a poco la serenidad. Incluso volvió a servirse.

—Al final todo depende de saber distinguir.
—Ahí está la dificultad.
—No todo el mundo puede hacerlo.
—Por eso existen los árbitros.

Sonrió. Habíamos regresado a Brummell.

Antes de marcharse me preguntó qué pensaba hacer aquel fin de semana. Le expliqué que iba al campo.

Miró mi chaqueta.

—¿Vas a llevar esa?
—Pensaba hacerlo.

Ataúlfo inclinó ligeramente la cabeza.

—Quizá sea demasiado formal.

Lo observé. Vestía americana azul marino, pantalón gris, camisa de rayas, corbata de punto, pañuelo estampado y unos zapatos de ante cuya tonalidad habría requerido consulta diplomática.

—Puede ser.
—En el campo hay que saber relajarse.
—También las normas de elegancia.

No percibió la relación.

Cuando se marchó permanecí un rato junto al escritorio. El Elenco sostenía varias cartas que la corriente de la ventana habría dispersado de no existir la Grandeza de España.

Pensé otra vez en Brummell. Su mérito no consistió únicamente en decidir qué debía llevar un hombre, sino en establecer algo mucho más difícil: cuánto podía quitarse sin dejar de ser elegante. Quizá ahí resida toda verdadera elegancia: en saber qué sobra.

En el mundo nobiliario ocurre algo parecido, aunque con resultados menos previsibles. Existen corporaciones que han dedicado generaciones enteras a fijar cuidadosamente quién puede pertenecer a ellas. Se estudian apellidos, líneas, pruebas, enlaces y expedientes con una minuciosidad digna de mejor causa.

Hasta que aparece alguien adecuado.

Entonces se descubre la elegancia de la dispensa.

El problema no está en que existan excepciones. Casi todas las reglas razonables terminan necesitándolas. La dificultad empieza cuando descubrimos que la excepción resulta mucho más fácil de comprender cuando conocemos personalmente al interesado.

Miré a don Rigoberto. Seguía contemplando simultáneamente el gabinete y algún lugar bastante más allá de él.

Tal vez también en la nobleza convenga recordar lo que Brummell enseñó sobre la ropa. La elegancia no consiste en llevar todo lo que uno posee.

Y las reglas no deberían consistir en exigir a los demás todo aquello de lo que uno mismo está dispuesto a dispensar a sus amigos.

El vizconde de Malvavisco.

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Presentación.
Capítulo I.
Capítulo II.
Capítulo III.
Capítulo IV.

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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.