sábado, 29 de agosto de 2026

CUANDO UN TRAIDOR PERDIÓ ESPAÑA.

 

Antonio de Castro García de Tejada
Académico correspondiente de la Academia Belgo- Española de la Historia.

Como ya dejé escrito anteriormente en este medio el día veinticuatro de agosto, decir que la historia es maestra de la vida no es un tópico retórico. Es una realidad. La historia no se repite exactamente pero sí ofrece, con una frecuencia que debería preocuparnos, situaciones que permiten reconocer los mismos errores, las mismas debilidades y, a veces, las mismas esperanzas.

En el año 711 se produjo uno de los grandes acontecimientos de nuestra historia: la caída del reino visigodo de Toledo ante la invasión musulmana. A comienzos de aquel siglo, los visigodos habían construido una monarquía asentada sobre la mayor parte de Hispania, con Toledo como centro político, y mantenían también posiciones en el área del Estrecho y en el norte de África, aunque su dominio africano era limitado y no comparable con el territorio hispano.

¿Quién perdió aquella España? Durante siglos la respuesta se personificó en un traidor, el conde don Julián, supuesto señor de Ceuta, presentado por la tradición como el hombre que, movido por el resentimiento contra el rey Rodrigo, quien habría violentado a una de sus hijas, facilitó la entrada de los musulmanes. Pero aquí la historia obliga a distinguir entre hechos y leyendas. La existencia y el papel exacto de   don Julián son discutidos, y la célebre historia de la afrenta a su hija pertenece, en buena medida, a una elaboración legendaria posterior.

Lo que sí está mucho mejor acreditado es algo quizá más grave: la división del reino. La muerte de Witiza abrió una crisis sucesoria y enfrentó a distintas facciones de la aristocracia visigoda. Rodrigo llegó al trono en circunstancias conflictivas y la rivalidad interna debilitó la capacidad de resistencia del reino. La Crónica mozárabe de 754, nuestra fuente cristiana más cercana a los acontecimientos, refleja precisamente ese clima de división y ambición política.

Más de quinientos años después encontramos un episodio que, sin ser idéntico, invita a reflexionar. En 1212, el mismo año en el que la Cruzada de los Niños partía hacia Jerusalén, y ante el peligro almohade, acudieron a la Península numerosos cruzados ultramontanos, principalmente franceses y procedentes de otras regiones del Occidente europeo. Se esperaba que aquella ayuda reforzara al gran ejército reunido por los reinos peninsulares para enfrentarse al enemigo. Sin embargo, después de la conquista de Calatrava, la inmensa mayoría de aquellos extranjeros abandonó la expedición y regresó a sus tierras precisamente cuando se aproximaba la batalla decisiva, llevándose con ellos como botín de guerra las riquezas que atesoraba la ciudad. La carta contemporánea de Arnau Amalric es terminante: solo permanecieron el arzobispo de Narbona, Teobaldo de Blazón y algunos caballeros de Poitou y otros hombres de armas, apenas unos 150 combatientes sin infantería.

Y, sin embargo, la batalla se libró y se ganó. La victoria de Las Navas de Tolosa fue fundamentalmente obra de los reinos peninsulares y de sus propias fuerzas.

Dos acontecimientos separados por cinco siglos y en circunstancias muy diferentes no deben confundirse. Pero sí pueden hacernos pensar. En 711, la división interna contribuyó decisivamente al derrumbamiento del reino; y en 1212, cuando muchos esperaban de la Europa cristiana una ayuda decisiva, esa ayuda se redujo finalmente a un apoyo mucho menor de lo que se había esperado.

También hoy confiamos en alianzas, tratados y compromisos internacionales. Es razonable confiar en ellos; sería insensato ignorarlos. Pero también sería insensato olvidar una lección elemental de la historia: cuando llega la hora decisiva, ningún pueblo puede descansar enteramente su seguridad en la unidad de los demás ni sustituir con apoyos exteriores la propia cohesión, la propia voluntad y la propia capacidad de defensa.

La historia, efectivamente, es maestra de la vida. Y quizá sus lecciones más útiles sean precisamente aquellas que preferiríamos no tener que aprender dos veces.

Publicado por La Mesa de los Notables.