Como ya dejé escrito anteriormente en este medio el
día veinticuatro de agosto, decir que la historia es maestra de la vida no es
un tópico retórico. Es una realidad. La historia no se repite exactamente pero
sí ofrece, con una frecuencia que debería preocuparnos, situaciones que
permiten reconocer los mismos errores, las mismas debilidades y, a veces, las
mismas esperanzas.
En el año 711 se produjo uno de los grandes
acontecimientos de nuestra historia: la caída del reino visigodo de Toledo ante
la invasión musulmana. A comienzos de aquel siglo, los visigodos habían
construido una monarquía asentada sobre la mayor parte de Hispania, con Toledo
como centro político, y mantenían también posiciones en el área del Estrecho y
en el norte de África, aunque su dominio africano era limitado y no comparable
con el territorio hispano.
¿Quién perdió aquella España? Durante siglos la
respuesta se personificó en un traidor, el conde don Julián, supuesto señor de
Ceuta, presentado por la tradición como el hombre que, movido por el
resentimiento contra el rey Rodrigo, quien habría violentado a una de sus
hijas, facilitó la entrada de los musulmanes. Pero aquí la historia obliga a
distinguir entre hechos y leyendas. La existencia y el papel exacto de don Julián son discutidos, y la célebre
historia de la afrenta a su hija pertenece, en buena medida, a una elaboración
legendaria posterior.
Lo que sí está mucho mejor acreditado es algo quizá
más grave: la división del reino. La muerte de Witiza abrió una crisis
sucesoria y enfrentó a distintas facciones de la aristocracia visigoda. Rodrigo
llegó al trono en circunstancias conflictivas y la rivalidad interna debilitó
la capacidad de resistencia del reino. La Crónica mozárabe de 754, nuestra
fuente cristiana más cercana a los acontecimientos, refleja precisamente ese
clima de división y ambición política.
Más de quinientos años después encontramos un episodio
que, sin ser idéntico, invita a reflexionar. En 1212, el mismo año en el que la
Cruzada de los Niños partía hacia Jerusalén, y ante el peligro almohade,
acudieron a la Península numerosos cruzados ultramontanos, principalmente
franceses y procedentes de otras regiones del Occidente europeo. Se esperaba
que aquella ayuda reforzara al gran ejército reunido por los reinos
peninsulares para enfrentarse al enemigo. Sin embargo, después de la conquista
de Calatrava, la inmensa mayoría de aquellos extranjeros abandonó la expedición
y regresó a sus tierras precisamente cuando se aproximaba la batalla decisiva,
llevándose con ellos como botín de guerra las riquezas que atesoraba la ciudad.
La carta contemporánea de Arnau Amalric es terminante: solo permanecieron el
arzobispo de Narbona, Teobaldo de Blazón y algunos caballeros de Poitou y otros
hombres de armas, apenas unos 150 combatientes sin infantería.
Y, sin embargo, la batalla se libró y se ganó. La
victoria de Las Navas de Tolosa fue fundamentalmente obra de los reinos
peninsulares y de sus propias fuerzas.
Dos acontecimientos separados por cinco siglos y en
circunstancias muy diferentes no deben confundirse. Pero sí pueden hacernos
pensar. En 711, la división interna contribuyó decisivamente al derrumbamiento
del reino; y en 1212, cuando muchos esperaban de la Europa cristiana una ayuda
decisiva, esa ayuda se redujo finalmente a un apoyo mucho menor de lo que se
había esperado.
También hoy confiamos en alianzas, tratados y
compromisos internacionales. Es razonable confiar en ellos; sería insensato
ignorarlos. Pero también sería insensato olvidar una lección elemental de la
historia: cuando llega la hora decisiva, ningún pueblo puede descansar
enteramente su seguridad en la unidad de los demás ni sustituir con apoyos
exteriores la propia cohesión, la propia voluntad y la propia capacidad de
defensa.
La historia, efectivamente, es maestra de la vida. Y
quizá sus lecciones más útiles sean precisamente aquellas que preferiríamos no
tener que aprender dos veces.
Publicado por La Mesa de los Notables.