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viernes, 18 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VI -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo VI. El prestigio prestado.

Siempre he pensado que hay dos maneras de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda suele ser considerablemente más rápida.

Aquella mañana mi secretario entró en el gabinete con varias hojas impresas.

—Tenemos un problema entre corporaciones.

Levanté la vista.

—¿Un problema verdadero o uno institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.

Dejó las hojas sobre la mesa.

Procedían del boletín digital de la Muy Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable, moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.

Ataúlfo, que estaba examinando con una lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la cabeza.

—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un obstáculo.

Tomé una de las hojas.

El artículo llevaba por título «Algunas reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la verdadera historia institucional».

Leí el encabezamiento dos veces.

—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi secretario.
—Cumple.

Agapito escribía con una prosa cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.

Tampoco acusaba a nadie de falta de transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad institucional otra.

La sensibilidad institucional coincidía con bastante frecuencia con su opinión.

—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario consultó sus notas.

—Que la Junta de la Antiquísima Casa de Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente con los miembros.

Seguí leyendo.

—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que deberían contar?

Mi secretario dudó.

—Fundamentalmente, con él.

Dejé el artículo sobre la mesa.

—Entonces la frase está mal redactada.

Ataúlfo volvió a la fotografía.

—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».

Mi secretario sonrió.

Agapito llevaba años manifestando una honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las instituciones históricas.

—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los hagan?

Ataúlfo pensó.

—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.

Ataúlfo frunció el ceño.

—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a concretar.

Mi secretario explicó que la Junta de Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.

—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe sin ellos.

Ataúlfo apartó por fin la fotografía.

—Pero Agapito será miembro de Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?

Tomé de nuevo el artículo.

—En ninguna de esas cosas.

Señalé el membrete.

—El problema empieza cuando necesita esto.

Ataúlfo no entendió.

—¿La página web?
—No. El escudo.

El boletín pertenecía a San Gumersindo, corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones. Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.

—Dicen que son imparciales —explicó mi secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.

Ataúlfo intervino:

—Pero si publican opiniones distintas, demuestran independencia.

Lo miré con paciencia.

—Ataúlfo, publicar opiniones distintas demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.

Busqué en uno de los cajones y extraje una tarjeta con el escudo de mi casa.

—Escribe aquí que eres experto en numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu formación.

Ataúlfo guardó silencio.

—Publicar bajo un emblema respetable no convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos lo crean.

Mi secretario asintió.

Ese era exactamente el problema.

Don Agapito remitía sus artículos al boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San Gumersindo...»



La frase tenía una eficacia extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y quizás dinásticos.

—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de publicación forme parte del argumento.

Ataúlfo seguía defendiendo a San Gumersindo.

—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

—Una institución puede ser imparcial sin ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.

Mi secretario anotó la frase.

—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.

Me volví.

—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.

Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.

—La libertad de expresión protege el derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.

Mi secretario sonrió.

Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias, pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.

—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario hizo una pausa.

—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.

Seguí pasando páginas.

—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.

Cerré el artículo.

—Método robusto.

Agapito había adquirido así fama de «gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un archivo sobre Valdeolmos.

Era inevitable.

En determinadas materias históricas, la autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.

—Pero supongo que los que conocen bien la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez empiezan con quienes saben distinguir.

Mi secretario explicó que Agapito difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.

—Una división que él mismo había organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.

Mi secretario añadió:

—Dice siempre que no quiere entrar en polémicas.

Me pareció importante.

—Eso permite distinguir a un polemista aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional anuncia primero que no desea discutir.

Ataúlfo rió.

—¿Y después?
—Discute mejor.

Don Agapito poseía además una habilidad singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué hablaba.

—Los recién llegados son fundamentales —dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.

Mi secretario arqueó una ceja.

—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el peor enemigo de ciertas reputaciones.

Ataúlfo parecía ya más interesado.

—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.

Volví a sentarme.

—Una persona conocida necesita demostrar que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.

Mi secretario explicó entonces la parte más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre materias históricas.

—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.

Ataúlfo se acercó.

—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas, pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente responsables de sus efectos.

Mi secretario volvió a escribir.

—San Gumersindo no publica las críticas de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.

—Entonces el boletín no difunde la crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado, suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a Valdeolmos.

Ataúlfo suspiró.

—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.

Hubo silencio.

—Si invitas todos los meses a tu casa a un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para elegir compañía.

Ataúlfo asintió lentamente.

—Entonces San Gumersindo se equivoca al pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.

Mi secretario dejó la pluma.

—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia. San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.

Me acomodé las gafas.

—Las instituciones desean a veces que sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?

Sonreí.

—Leyéndolo.

Ataúlfo pareció decepcionado.

—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele hacerse.

Tomé otra vez el artículo.

—Hay un error muy frecuente: creer que desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe publicársele.

Dejé caer las hojas sobre la mesa.

—Eso era lo que buscaba.

Ataúlfo negó con la cabeza.

—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa con su publicidad.

Mi secretario preguntó:

—¿Qué debería hacer Valdeolmos?

Respondí sin pensarlo.

—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes, sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?

Hice una mueca.

—Las grandes instituciones han sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones. Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.

Ataúlfo se echó a reír.

—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de trabajar. No que no haya que preocuparse.

Me puse serio.

—La cizaña funciona porque explota una debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.

Señalé primero los artículos.

—Agapito necesita sentirse influyente.

Luego señalé imaginariamente hacia Valdeolmos.

—La Junta puede caer en la tentación de responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.

Finalmente miré hacia las hojas de San Gumersindo.

—Y San Gumersindo puede aferrarse a una idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio le parece menos digno que perseverar en él.

Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema entero.
Tres vanidades podían fabricar un conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.

—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras corporaciones?
—Naturalmente.

Junté las hojas y se las devolví a mi secretario.

—Pero, sobre todo, para servir a algo que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.

Ataúlfo me miró.

—¿Y eso qué cambia?
—Todo.

Señalé el escudo de Valdeolmos que aparecía reproducido en una de las páginas.

—Quien entiende eso no necesita utilizar la institución para parecer más importante.

Después señalé el de San Gumersindo.

—Ni necesita prestársela a otro para demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les pertenece.

Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.

—Por cierto —dijo—, he pensado escribir un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?

Se encogió de hombros.

—Da categoría.

Lo miré unos segundos.

Después miré a mi secretario.

—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.

Ataúlfo levantó la cabeza.

—¿Entonces?

Señalé la lupa.

—Es una posibilidad humana.

Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la mesa.
Hay prestigios que se adquieren y prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que algunos olvidan devolverlos.

El vizconde de Malvavisco.

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.     Capítulo I.         Capítulo II.
Capítulo III.       Capítulo IV.      Capítulo V.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 28 de agosto de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO III-.

El gabinete del vizconde de Malvavisco 
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO III. ORGULLO Y NOBLEZA. 

El orgullo es una cosa delicada. Hay quien lo considera pecado. Otros organizan manifestaciones para celebrarlo. Y en el mundo nobiliario constituye, sencillamente, una forma de presentación.

El castellano ha tenido además la amabilidad de utilizar la palabra «orgullo» para cosas bastante distintas. Puede significar la vanidad de quien se considera superior, pero también la decisión perfectamente razonable de no aceptar que otros conviertan lo que uno siente en motivo de vergüenza. Conviene no confundirlas.

Por lo general, todos tenemos  amigos o conocidos  que son homosexuales. Algunos hablan de ello con absoluta naturalidad y otros apenas lo mencionan. No he encontrado grandes diferencias entre unos y otros, salvo las mismas que encuentro entre el resto de mis amigos: unos son discretos, otros no; algunos tienen buen gusto y otros han cometido errores con la elección de la tapicería de los sofás.

Si por «orgullo gay» se entiende esto último, no tengo nada que objetar. Si se pretende convertir en mérito aquello que no depende de una elección personal, entonces me asalta la misma duda que con la nobleza.

Uno puede sentirse agradecido por lo recibido, vinculado a una historia familiar e incluso responsable de conservar determinadas tradiciones. Pero el mérito exige alguna participación personal en el resultado. No recuerdo haber intervenido en el nacimiento de ninguno de mis antepasados.

Soy católico. No únicamente porque lo fueran mis padres, mis abuelos y una cantidad considerable de personas cuyos retratos no conservamos, sino porque creo. Esto no me ha proporcionado especial vocación por fiscalizar la intimidad ajena. Más bien al contrario: la religión me ha enseñado que antes de examinar la conciencia del prójimo conviene ocuparse de la propia. Bastante trabajo me da.

Nunca he considerado que una orientación, por el hecho de serlo, constituya culpa alguna. Y en cuanto a la vida íntima de mis amigos, procuro aplicar una norma sencilla: si me piden consejo, intento darlo; si me confían algo, lo escucho; y si no me cuentan nada, duermo perfectamente. Aplico el mismo criterio a mis amigos heterosexuales.
Hay confidencias que adquieren una importancia injustificada después del segundo whisky.

Uno de esos amigos pertenece además a una antigua corporación nobiliaria. Nunca me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban los hombres. Tampoco me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban las pruebas de nobleza. He agradecido profundamente ambas omisiones. La amistad mejora mucho cuando uno renuncia a exigir un expediente justificativo de todo.

Lo que sí me ha contado es que en las órdenes y corporaciones nobiliarias hay homosexuales, como los hay en los consejos de administración, las notarías, las parroquias y las asociaciones de vecinos. Me pareció una revelación de alcance limitado. La Humanidad tiene la costumbre de encontrarse allí donde hay seres humanos.

Mi curiosidad cambia de objeto cuando el orgullo abandona la esfera personal y adquiere insignia. La dignidad suele conformarse con que nadie la humille; el orgullo corporativo necesita, además, que alguien lo reconozca y, a ser posible, que quede constancia. A partir de ahí empiezan las ceremonias, las miniaturas y, con cierta frecuencia, las carpetas. Conozco pocas emociones tan intensas como la que manifiesta un caballero inmediatamente después de ser admitido en una corporación nobiliaria: «Es un honor inmenso»; «una responsabilidad»; «la culminación de una tradición familiar»; «un vínculo que transmitiré a mis hijos».

Todo resulta muy conmovedor.

Hasta que seis meses después solicita el ingreso en otra.

En este pequeño mundo es perfectamente habitual pertenecer simultáneamente a varias corporaciones. Hay caballeros que poseen más insignias que chaquetas capaces de soportarlas. Siempre me ha interesado, sin embargo, la velocidad con que un orgullo suficiente puede convertirse en insuficiente.

Mi primo Ataúlfo constituye un caso particularmente instructivo. Hace algunos años ingresó en una corporación de indudable antigüedad y respetable historia. Asistí a la ceremonia.

Ataúlfo llevaba varios días preparándose para ella con una dedicación que no le había conocido desde su boda. Dos tardes antes me llamó para preguntarme si la insignia debía colocarse exactamente a determinada altura de la solapa. Le respondí que, si la continuidad histórica de la corporación dependía de un centímetro, el problema era bastante más grave que su chaqueta.

No agradeció la precisión.

El ingreso se celebró durante una Misa en una iglesia centenaria. Era uno de esos templos en los que las piedras parecen haber asistido a suficientes acontecimientos como para no impresionarse demasiado por ninguno de los presentes.

Llegué con tiempo. Tengo la costumbre de hacerlo cuando voy a Misa. Permite sentarse antes de que comiencen los saludos, la búsqueda de bancos y esa actividad particularmente española que consiste en intentar hablar en voz baja consiguiendo exactamente lo contrario. Me arrodillé un momento.

No todo lo que sucede en una iglesia necesita comentario.

Presidía la celebración un obispo. En los primeros bancos se habían colocado las autoridades de la corporación; detrás, los miembros con sus insignias y los nuevos candidatos, que aguardaban el momento previsto por el ceremonial con una mezcla bastante humana de recogimiento, emoción y preocupación por no equivocarse cuando llegase su turno.

La Misa fue solemne y hermosa. No porque la presencia de la corporación la ennobleciera —la Misa no necesita de nuestros apellidos—, sino porque la liturgia tiene la saludable costumbre de colocar a cada uno en su sitio. El órgano, las voces y el olor del incienso contribuían a apartar durante un rato algunas preocupaciones bastante pequeñas.

El obispo habló en la homilía de servicio, responsabilidad y continuidad. Me pareció oportuno. En determinados ambientes conviene recordar periódicamente que la palabra «servicio» forma parte de la tradición con tanta legitimidad como la palabra «privilegio».

Llegado el momento establecido por el ceremonial fueron llamados los nuevos miembros. Cuando pronunciaron el nombre de Ataúlfo, mi primo avanzó hacia el presbiterio con una gravedad que no le había visto ni siquiera en funerales de parientes próximos. Recibió la insignia, respondió a las fórmulas previstas y regresó a su lugar.


Después de comulgar permaneció unos minutos recogido. No sé qué rezó. Tampoco se me habría ocurrido preguntárselo.

Estaba emocionado.

No hago bromas con eso.

Hay instituciones que consiguen algo difícil: recordarnos que existieron antes de nosotros y que, con un poco de suerte, continuarán existiendo después. Una iglesia antigua ayuda considerablemente a comprenderlo. Allí dentro, rodeado de personas cuyos nombres acabarían desapareciendo y de piedras que probablemente seguirían en su sitio, incluso las preocupaciones de Ataúlfo por la colocación exacta de la insignia parecían recuperar proporciones razonables.

Comprendí su emoción. Precisamente por eso me habría gustado que le durase algo más.

Terminada la celebración hubo las fotografías inevitables. Ataúlfo se retrató con el obispo, con el presidente de la corporación, con dos antiguos miembros, con otros tres recién ingresados y, finalmente, solo. En esta última fotografía adoptó una expresión que intentaba transmitir simultáneamente satisfacción, responsabilidad histórica y cierta modestia.

La modestia fue lo que peor salió.

Aquella misma noche me telefoneó.

—Malvavisco, no puedes imaginar lo que significa para mí.
—Probablemente no.
—Es algo que llevo dentro.
—¿Desde cuándo?

Hubo un silencio.

—Desde siempre.

Ataúlfo había conocido la existencia de la corporación aproximadamente ocho meses antes. No consideré necesario señalarlo.

Durante varias semanas no habló de otra cosa. Mandó imprimir las fotografías, encargó las miniaturas y modificó su biografía para incorporar su nueva condición. Se interesó por la historia de la corporación, adquirió algunas publicaciones y comenzó a utilizar el «nosotros» al referirse a episodios ocurridos dos siglos antes de su nacimiento.

El orgullo había encontrado finalmente domicilio.

Dos meses después vino a verme al gabinete. Traía una carpeta.

Las carpetas de Ataúlfo rara vez anuncian algo bueno.

—Necesito tu opinión —me dijo.

Dentro había un expediente genealógico.

—¿Qué quieres hacer?

Pronunció el nombre de otra corporación. Lo miré.

—Pensaba que estabas extraordinariamente orgulloso de pertenecer a la anterior.
—Y lo estoy.
—Entonces me tranquilizas.

Continuó explicándome que la nueva corporación era diferente: más restringida, más selectiva, históricamente muy importante. Tenía además una ceremonia magnífica y un uniforme que, según me aseguró, «vestía mucho».

Esto último pareció decisivo.

—¿Y cuándo ingreses en esta? —pregunté.
—Estaré orgullosísimo.
—¿Más?

Ataúlfo me miró como si hubiese introducido una categoría filosófica innecesaria.

—Es otro orgullo.

Comprendí.

En el mundo nobiliario, a diferencia de otras actividades humanas, los orgullos no se sustituyen. Se acumulan.

Un caballero puede estar orgulloso de su linaje, de su título, de pertenecer a una corporación, de haber ingresado en otra, de haber recibido una encomienda y, finalmente, de haber sido admitido en una tercera que considera mucho más importante que las dos anteriores, sin que ninguna de estas circunstancias disminuya aparentemente la intensidad de las precedentes. Es una notable capacidad afectiva.

Conozco matrimonios que no resistirían semejante distribución del entusiasmo.

El amigo al que antes me refería llegó cierta tarde mientras Ataúlfo seguía extendiendo sobre mi escritorio certificados de bautismo, partidas matrimoniales y árboles genealógicos. Observó los papeles.

—¿Otra vez? —preguntó.

Ataúlfo se mostró ligeramente molesto.

—Quiero ingresar en otra corporación.

Mi amigo asintió.

—Comprendo.
—¿Tú no quieres?
—No.

Ataúlfo pareció desconcertado.

—¿Por qué?

Mi amigo se encogió de hombros.

—Ya pertenezco a una.

Se produjo un silencio. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y una esquina del techo.

Nunca me había parecido tan expresivo. Ataúlfo recogió lentamente sus documentos.

—Pero podrías pertenecer a las dos.
—También podría tener dos perros —respondió mi amigo—. Y con uno me basta.

Admiré el argumento.

Después de marcharse, Ataúlfo permaneció pensativo.

—Es un poco raro —dijo finalmente.
—¿El qué?
—Que no quiera ingresar.

No respondí. En ciertos ambientes, la verdadera singularidad no consiste en querer pertenecer, sino en saber cuándo basta.

Quizá al final la diferencia sea sencilla. Hay un orgullo que consiste en no consentir que otros nos avergüencen por lo que sentimos. Y hay otro que necesita convencerlos de que somos más de lo que parecemos.

El primero puede ser una forma de dignidad.

El segundo suele acabar necesitando una insignia. 

Y después otra.

El vizconde de Malvavisco.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 21 de agosto de 2026

LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO PARA EL VIZCONDE DE MALVAVISCO.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
 una mirada distinta al mundo nobiliario


CAPÍTULO II. LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO.


Hay cuestiones sobre las que conviene no bromear. El tratamiento es una de ellas.

En el mundo nobiliario, pocas cosas producen mayor inquietud que ignorar si corresponde dirigirse a alguien como «Excelentísimo Señor», «Ilustrísimo Señor», «Excelencia», «Ilustrísima» o, sencillamente, «don Fulano», fórmula esta última que algunos consideran poco menos que una degradación administrativa.

Mi padre sostenía que el tratamiento debía guardar alguna relación con aquello que uno había hecho para merecerlo.

Fue demasiado moderno para su época.

Hoy las cosas son más complejas. Conozco personas que pueden soportar sin dificultad una inspección de Hacienda, una operación de próstata o el abandono de un hijo, pero quedan profundamente afectadas si en una invitación se omite accidentalmente la abreviatura «Excmo.». Un hombre puede sobrevivir a muchas desgracias. A que le quiten la preferencia en una rotonda, no siempre. A que le quiten la Excelencia, rara vez.

El asunto se complica porque las corporaciones nobiliarias han desarrollado una extraordinaria capacidad para los tratamientos. Algunas tienen presidentes; otras, grandes maestres, lugartenientes, cancilleres, decanos, protectores, bailíos, comendadores, procuradores y dignidades cuyo significado ignoro, aunque los interesados parecen conocerlo perfectamente. Al menos mientras hablan de sí mismos.

Recuerdo cierta comida en la que un caballero me explicó durante veinte minutos que debía tratarle de «Excelencia» por ostentar una determinada dignidad.

—Comprendo —le dije.

No lo comprendía, pero era la hora del aperitivo y hay discusiones que pierden mucha importancia cuando aparecen las croquetas.

El problema es que el tratamiento posee también otro significado. Esto suele olvidarse.

Mi primo Ataúlfo conoce a un caballero que pertenece a una orden dinástica extranjera. No diré cuál. La discreción es una virtud y, además, existen tantas que quizá ni siquiera sus propios miembros consiguieran identificarla con los datos que voy a proporcionar.

La Orden reconoce como jefe de la Casa a un príncipe. O, al menos, lo reconocía el martes. En estas materias las semanas pueden resultar excesivamente largas.

Al parecer, algunos caballeros se disgustaron con Su Alteza porque había tomado ciertas decisiones sin consultarles. Nada especialmente grave. Los pretendientes al trono tienen el inconveniente de que, al carecer normalmente de reino, sus súbditos disponen de mucho tiempo para ocuparse de ellos.

Hubo cartas. Después hubo llamadas. Finalmente hubo un grupo de WhatsApp.

La Historia suele comenzar así.

Uno de los caballeros sostuvo que el príncipe había perdido legitimidad; otro opinó que jamás la había tenido; un tercero recordó que existía un primo.

Siempre hay un primo.

El primo pertenecía a otra rama de la familia, vivía discretamente en el extranjero y, hasta aquel momento, había demostrado la prudencia de no reclamar absolutamente nada. Aquello le convirtió inmediatamente en candidato.

Los descontentos comenzaron a escribirle. Le explicaron que la Historia le llamaba. La Historia, por lo visto, tenía su número de teléfono. Durante algunas semanas, varios caballeros que habían jurado fidelidad al primer príncipe descubrieron que su verdadera lealtad pertenecía desde tiempo inmemorial al segundo. Estas revelaciones retrospectivas son frecuentes en el mundo dinástico: uno siempre ha pensado exactamente lo que acaba de decidir.

Ataúlfo me contó el asunto durante una visita al gabinete.

—La situación es gravísima —dijo.
—¿Para quién?

No supo contestarme.

Me explicó que uno de los principales defensores del nuevo pretendiente atravesaba además una temporada complicada. Dormía poco, enviaba mensajes a todas horas, redactaba manifiestos y había comenzado a firmar algunas comunicaciones con tres tratamientos diferentes.

—¿Y está bien? —pregunté.

Ataúlfo se encogió de hombros.

—No lo sé. Creo que sigue con lo del tratamiento.

Aquello me tranquilizó.

—Entonces lo importante es que no lo interrumpa.

Ataúlfo me miró.

—Me refiero al tratamiento de Excelencia.
—Yo no.

No tengo ninguna objeción a los tratamientos honoríficos. Forman parte de determinadas tradiciones, cargos y usos sociales, y pueden resultar incluso elegantes cuando se emplean con naturalidad. Lo que siempre me ha sorprendido es la cantidad de personas que parecen necesitarlos.

Hay quien recibe un «Excelencia» como quien recibe oxígeno. Se le ensancha el pecho, le cambia la mirada y durante unos segundos parece reconciliarse con la existencia. Después pregunta si también corresponde a su esposa.

Mi médico sostiene que estas cosas no se curan con medicación. Es posible. Pero tampoco conviene descartar ninguna ayuda.

Con el tiempo he aprendido que existen personas para quienes pertenecer a una orden, lucir una placa, recibir un tratamiento o aparecer junto a un príncipe proporciona una seguridad que probablemente no encontraron en otros lugares. No me parece censurable. Todos necesitamos alguna forma de reconocimiento.

Lo preocupante comienza cuando el reconocimiento deja de ser una cortesía y se convierte en una necesidad. Entonces una precedencia puede parecer una ofensa; una omisión en una tarjeta, una conspiración; y un primo del pretendiente, la solución a la monarquía.

Mi secretario entró aquella tarde para preguntarme cómo debía contestar una carta que acabábamos de recibir.


—El remitente firma como Excelentísimo Señor —me dijo—. ¿Qué tratamiento pongo?

Lo pensé unos segundos.

—El que corresponda.
—¿Y si no corresponde ninguno?
—Entonces, don.

Mi secretario dudó.

—¿No se ofenderá?

Miré a don Rigoberto. Contemplaba simultáneamente la ventana y el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino, que seguía cumpliendo con notable eficacia sus funciones sobre un montón de facturas.

—Probablemente.

Mi secretario esperó.

—¿Y qué hacemos?

—Nada. Hay tratamientos que deben respetarse.

Hice una pausa.

—Y otros que conviene no interrumpir.

El vizconde de Malvavisco.

 

Aviso sobre propiedad intelectual.

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


martes, 18 de agosto de 2026

EL VIZCONDE DE MALVAVISCO NUEVO COLABORADOR DEL BLOG.

 

El vizconde de Malvavisco es un nuevo colaborador de La Mesa de los Notables, donde publicará una crónica semanal. Personaje de notable erudición, llevaba ya varios años observando en silencio la condición humana y, según parece, había llegado a la conclusión de que necesitaba un lugar donde dejar constancia de algunas de sus perplejidades.

Escribe desde su gabinete, rodeado de libros, retratos familiares y papeles que parecen llevar allí varias generaciones. Desde ese refugio contempla, con una mezcla de humor, ironía y cierta indulgencia, el universo de la nobleza y de las corporaciones caballerescas: sus protocolos, tratamientos, genealogías, ceremoniales y esas otras pequeñas cosas que, sin ser siempre importantes, poseen una sorprendente capacidad para alimentar la vanidad humana.

El vizconde no es un revolucionario y tampoco tiene vocación de moralista. Aprecia la tradición demasiado como para confundirla con la afectación, y conoce suficientemente bien las instituciones como para saber que la mejor manera de respetarlas no consiste necesariamente en tomarlas siempre demasiado en serio. Prefiere la observación al sermón, la ironía a la indignación y, siempre que sea posible, una sonrisa a una sentencia.

Sus crónicas suelen nacer de una anécdota, una conversación o algún personaje que ha tenido la imprudencia de ponerse a su alcance. A partir de ahí, Malvavisco observa. Rara vez juzga. Normalmente se limita a constatar. Quizá porque sabe que el humor sigue siendo una de las formas más elegantes de inteligencia y, en determinadas circunstancias, también una de las más eficaces.


Su primera entrega, «Saber descender», ha sido una magnífica carta de presentación. En ella nos relata la historia de su antepasado, el primer vizconde, y deja entrever algunos de los caminos por los que discurrirán las próximas historias que salgan de su gabinete.

No sé exactamente cómo las escribe. Sospecho que las redacta a mano, porque desconfía de casi todo aquello que permite corregir demasiado deprisa. Lo cierto es que los textos llegan puntualmente a esta Mesa por medios perfectamente contemporáneos, gracias en buena medida a un secretario que mantiene con la modernidad una relación bastante más pacífica que la de su señor.

A partir de ahora, el vizconde tomará asiento entre nosotros cada viernes.

Sean benévolos con él. Tiene la extraña costumbre, tan poco frecuente en nuestros días, de decir las cosas con educación, que, a nuestro juicio, continúa siendo una de las formas más eficaces de decirlas. 


Aviso sobre propiedad intelectual

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.