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viernes, 9 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO IX-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario

Capítulo IX. El apellido.

Los apellidos tienen una ventaja sobre los títulos nobiliarios: todo el mundo posee alguno. También presentan un inconveniente: casi todo el mundo cree saber de dónde procede el suyo.
Hace unos meses me invitaron a un congreso sobre genealogía. Acepté porque conocía al conferenciante, que sabía mucho más de apellidos que la mayoría de las personas que los llevan, y porque la invitación no exigía etiqueta. Al llegar descubrí, sin embargo, que los organizadores habían decidido colgarnos del cuello una acreditación.
La señorita de la mesa me entregó la mía.

«Vizconde de Malvavisco».
—Falta el nombre —le dije.

Se alarmó.

—Lo siento muchísimo, señor. Se la cambio ahora mismo.
—No hace falta. Es la parte que menos utilizo.

Detrás de mí esperaba un caballero que debía de tener unos cincuenta años, bien vestido, de maneras agradables. Su acreditación presentaba dificultades mayores.

—Hay un error. Es «García de Monteclaro».

La señorita buscó en la lista.

—Tengo «Gonzalo Monteclaro y Fernández».
—Sí, pero he recuperado el García.

Imprimió una nueva tarjeta: Gonzalo García de Monteclaro y Fernández.
El caballero la examinó.

—Fernández de San Pelayo.

La señorita dejó de sonreír.
Hubo que reducir ligeramente el tamaño de la letra. Me pareció una imagen bastante precisa de determinados procesos genealógicos: a medida que aumenta el linaje, disminuye el cuerpo tipográfico.
Coincidimos después durante el café. Gonzalo resultó ser una persona culta, educada y bastante razonable, circunstancia que siempre complica las cosas cuando uno esperaba divertirse a su costa.

—No crea que esto es una extravagancia —me dijo, tocándose la acreditación—. En mi familia el apellido era García de Monteclaro. Está documentado.
—No tengo dificultad en creerlo.
—Se perdió en el siglo XIX.

Me explicó que su tatarabuelo todavía aparecía en documentos familiares con el apellido compuesto, pero que después comenzó a figurar simplemente como Monteclaro. En unas partidas se conservaba completo; en otras, no. Más tarde la forma abreviada terminó imponiéndose y varias generaciones de la familia dejaron de utilizar la segunda parte.
Me enseñó unas fotocopias.
Las llevaba preparadas.

Eso me tranquilizó. Los genealogistas que aportan documentos suelen ser menos peligrosos que los que aportan recuerdos.

—Aquí está mi bisabuelo —dijo—. García de Monteclaro. Y éste es su padre.

Miré los papeles.

—Parece bastante claro.
—Por eso lo he recuperado.
—Me parece muy bien.

Se sorprendió.

—Pensaba que se reiría.
—No veo por qué. Si ése era el apellido familiar y puede demostrarlo, conservarlo me parece razonable.

Los apellidos también forman parte de una memoria. Algunos compuestos desaparecieron por desuso, por simplificaciones, por cambios de criterio o porque en algún momento nadie consideró necesario seguir escribiéndolos completos. Recuperar documentalmente uno de ellos no me parece una afectación. A veces es exactamente lo contrario: corregir una pérdida.

Gonzalo asintió, satisfecho.

—Además, los apellidos poco frecuentes deben protegerse.
—Siempre que no terminemos protegiéndolos de la posibilidad de caber en una tarjeta.

Miró su acreditación.

—Lo de «Fernández de San Pelayo» también está documentado.
—¿Hasta dónde?
—Era el apellido de mi abuela materna.
—Eso está bastante cerca.
—Y antes aparece como «Fernández de San Pelayo y de la Torre».

Lo miré.

—Eso está empezando a alejarse.

Sonrió.

—No pienso usarlo entero.
—Me tranquiliza.
—Aunque «de la Torre» es un apellido muy antiguo.
—No lo dudo.
—Y se está perdiendo.
—También el latín y no por eso lo añadimos al nombre.

Bebió un poco de café.

—Usted se burla, pero los apellidos son importantes.
—Precisamente por eso no me burlo de ellos.

Aquello pareció desconcertarlo.

Siempre he pensado que un apellido antiguo merece cierto respeto, pero el respeto no aumenta necesariamente con el número de partículas. Hay apellidos sencillos que pueden documentarse durante siglos y composiciones formidables fabricadas durante una tarde. La longitud pertenece a la ortografía. La antigüedad, a los archivos.


Gonzalo volvió a mirar sus papeles.

—En realidad hay otra cosa que quería preguntarle.

Aquello me preocupó.
Sacó el teléfono
Las preguntas genealógicas han empeorado mucho desde que caben en un bolsillo.
Miré.
En la pantalla aparecía la reproducción de una página dedicada a un personaje medieval: don Rodrigo de Monteclaro, caballero del siglo XIII, participante en varias campañas militares, señor de lugares cuyos nombres no conseguí retener y, según la página, tronco de una «ilustre estirpe extendida posteriormente por toda España».

Las genealogías de Internet sienten una especial debilidad por las estirpes extendidas.

—Es un antepasado mío —dijo Gonzalo.

Le devolví el teléfono.

—¿Lo sabe?
—Era Monteclaro.
—Eso he visto.
—Y mi familia es García de Monteclaro.
—También lo sé.

Esperó.

—¿No ve la relación?
—Veo dos veces la palabra Monteclaro.

No le pareció suficiente.

—Además, procedemos de la misma zona.
—Eso mejora la geografía.
—Y hay autores que relacionan ambas familias.
—También mejora la bibliografía.
Gonzalo empezó a impacientarse.
—Entonces ¿qué falta?
—La genealogía.

Me miró como si acabara de introducir una exigencia innecesaria en una conversación genealógica.

Volvió al teléfono y abrió un árbol. Las primeras generaciones estaban cuidadosamente documentadas. Había fechas, matrimonios, lugares de nacimiento y referencias a protocolos notariales. Retrocedimos hasta mediados del siglo XVIII con bastante facilidad. Después apareció un señor cuyo nacimiento no estaba del todo claro. Más arriba, las fechas se hicieron menos precisas. Dos generaciones después desaparecieron.

A continuación, estaba don Rodrigo.

—Aquí hay un pequeño salto —dije.
—Es la parte que falta demostrar.

Miré las fechas.

—Son casi cuatrocientos años.
—Sí.
—Admiro su concepto de «pequeño».

Gonzalo amplió la pantalla.

—Pero hay muchas coincidencias.
—Cuatro siglos suelen permitir bastantes.
—La tradición familiar es muy constante.
—Las tradiciones familiares tienen esa ventaja. No necesitan renovar el documento nacional de identidad.

Guardó el teléfono.

—No me cree.
—Creo que su familia lleva mucho tiempo creyéndolo. No es exactamente lo mismo.

Aquello no le gustó. Lo comprendí. Resulta profundamente desagradable descubrir que un antepasado medieval que llevaba años instalado cómodamente en la familia tiene que volver de pronto a demostrar parentesco.
La Edad Media ha producido una cantidad extraordinaria de descendientes póstumos desde que apareció Internet. Reyes, cruzados, almirantes y compañeros de batalla que durante siglos parecieron haber dejado una descendencia razonablemente limitada comenzaron, a finales del siglo XX, a reproducirse con un entusiasmo retrospectivo verdaderamente notable.

Carlomagno ha sido particularmente eficaz.

No pretendo negar que muchas familias actuales desciendan de personajes medievales. Estadísticamente, algunas incluso deben de hacerlo por una cantidad de líneas suficiente para provocar aburrimiento. El problema no es descender. El problema es demostrar por dónde.

Le conté entonces un caso que siempre me había interesado. Un genealogista italiano llevaba un apellido vinculado desde antiguo por tradición familiar a una de las grandes familias de la Florencia medieval. Existían indicios importantes: bibliografía antigua, tradición continuada, coincidencias heráldicas y otras circunstancias que en épocas anteriores habrían bastado a muchos genealogistas para afirmar el parentesco sin demasiadas incomodidades.

Él no lo hizo.

Cuando tuvo ocasión de hablar públicamente del asunto, explicó con toda claridad que su familia siempre se había considerado descendiente de aquella estirpe, que existían numerosas pistas a favor, pero que el estado actual de la investigación no permitía convertir esas pistas en una genealogía científicamente demostrada.

Gonzalo escuchó con atención.

—Pero seguramente descenderá.
—Es posible.
—Entonces...
—Precisamente.
—No le entiendo.
—La diferencia entre un genealogista y un antepasado consiste en que al primero conviene exigirle pruebas.

Gonzalo sonrió.

—¿Y al segundo?
—Al segundo también. Pero suele ser más difícil localizarlo.

Volvimos al salón. La conferencia iba a comenzar.

El ponente habló durante casi una hora de nombres, apellidos, filiaciones, transmisión y cambios de uso. Fue interesante, aunque observé que Gonzalo dedicó parte del tiempo a consultar el teléfono. Al terminar se acercó nuevamente.

—He encontrado otra referencia a Rodrigo de Monteclaro.
—Me alegro.
—Un foro genealógico.
—Eso me alegra algo menos.
—Un señor de Chile también desciende de él.
—¿Lo ha demostrado?
—No lo sé.
—Entonces ya son dos.

No insistió.

Varias semanas después recibí un sobre suyo en casa. Dentro había una nota amable agradeciéndome la conversación y una tarjeta de visita nueva.
La examiné.
«Gonzalo García de Monteclaro y Fernández de San Pelayo».
Debajo, en caracteres más pequeños, figuraban dos apellidos adicionales que no recordaba haber visto en la acreditación.

Mi secretario entró mientras todavía la tenía en la mano.

—¿La guardo en el tarjetero?

Se la entregué.
Intentó introducirla.
No cabía.
Probó en otro compartimento.
Tampoco.

—¿Qué hago con ella?

Miré la tarjeta.

—Documentación de gran formato.

Mi secretario salió.

Volví a leer el nombre. No sabía si Gonzalo había conseguido alargar su genealogía desde nuestra última conversación.  El apellido, desde luego, sí.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.   Nota Aclaratoria.  Capítulo I.     Capítulo II.     Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      Capítulo VII.         Capítulo VIII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 5 de octubre de 2026

EL MARQUÉS DE LA FLORESTA RECIBIDO COMO ACADÉMICO DE HONOR EN LA REAL ACADEMIA EUROPEA DE DOCTORES.

 

Desde su fundación en 1914, la Real Academia Europea de Doctores, integrada en el Instituto de España, ha estado comprometida con la defensa del prestigio del título de Doctor y ha velado por mantener la armonía y la más estrecha colaboración entre sus miembros.

El pasado lunes 28 de septiembre se ha reunido en sesión solemne en Barcelona para recibir al Excmo. Sr. Dr. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Marqués de la Floresta, Doctor en Derecho, en Ciencias Políticas y en Historia, como Académico de Honor de la RAED, con el discurso “El Palau Reial Nou de Barcelona (1387-1875)”.

El discurso de recepción del Dr. Ceballos-Escalera ha reconstruido la trayectoria histórica del Palau Reial Nou de Barcelona, edificio desaparecido que ocupó durante casi cinco siglos un lugar central en la vida política, mercantil, militar y cortesana de la ciudad. Situado en el Pla de Palau, junto al puerto, el inmueble nació a finales del siglo XIV como almacén de trigo y fue transformándose sucesivamente en mercado de paños, sala de armas, arsenal, residencia de los virreyes y capitanes generales de Cataluña y, finalmente, Palacio Real y sede judicial. 

A través de estas sucesivas funciones, el discurso ofrece una lectura de la evolución urbana e institucional de Barcelona desde la Baja Edad Media hasta la Restauración alfonsina de 1875, deteniéndose en episodios como la Guerra dels Segadors, la Guerra de Sucesión, la presencia de Felipe V y del archiduque Carlos, las reformas neoclásicas y las distintas visitas de la Familia Real.

Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila ( imagen:archivo de este blog).

Especial atención recibe la etapa isabelina, cuando el edificio fue acondicionado desde 1845 como residencia de Isabel II y adoptó definitivamente el nombre de Palau Reial Nou. El discurso describió tanto su singular reforma exterior de inspiración neogótica, como la riqueza de unos interiores en cuya decoración participaron centenares de artistas y artesanos barceloneses, convirtiendo el palacio en una muestra destacada de la pujanza de las artes decorativas y de la industria barcelonesa del momento. 

Tras la caída de Isabel II en 1868, el inmueble entró en una rápida decadencia, fue destinado a sede judicial y cuartel de Carabineros y terminó destruido por un incendio el día de Navidad de 1875. Su desaparición cerró una historia de casi cinco siglos, de la que hoy pervive principalmente el nombre del Pla de Palau, convertido en memoria urbana de un espacio estrechamente vinculado al comercio, al gobierno y a la presencia de la Corona en Barcelona.

En nombre de la Real Academia, le dio la bienvenida el Excmo. Sr. Dr. Joaquim Gironella Coll, Vicepresidente de la Junta de Gobierno, Doctor en Medicina y Cirugía, quien glosó el discurso e hizo la ‘laudatio’ de la figura y la trayectoria egregia del nuevo Académico de Honor, antiguo catedrático que ostenta tres doctorados en tres universidades públicas distintas, pertenece a nueve Reales Academias, y es autor de 54 libros y casi 700 monografías y artículos publicados.


Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 2 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VIII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO VIII. EL UNIFORME.

En el retrato que preside mi gabinete, don Rigoberto viste uniforme de gala. Lleva siglo y medio con él puesto y, hasta donde yo sé, nunca se ha quejado.

Los retratos presentan muchas ventajas.

Siempre me han gustado los uniformes cuando tienen una razón para existir. Hay prendas que son algo más que ropa. Un uniforme puede expresar una función, una jerarquía, una pertenencia o una prerrogativa de honor. Puede recordar a quien lo lleva que durante unas horas no se representa únicamente a sí mismo, circunstancia que resulta saludable para bastante gente.

Algunas antiguas corporaciones recibieron incluso de los Reyes el privilegio de utilizar uniforme propio. En determinados casos se concedió a sus miembros la facultad de vestirse a semejanza de los oficiales de los ejércitos reales, precisamente para que fueran públicamente reconocidos como personas principales.

Aquello tenía una lógica sencilla.
El Rey concedía primero el honor.
Después venía el uniforme.
Nunca al contrario.

Esta diferencia, que no me parecía especialmente complicada, empezó a interesarme cuando Ataúlfo ingresó en una corporación y decidió hacerse el suyo.

Me telefoneó una mañana desde una sastrería.

—Necesito que vengas.
—¿Qué ha ocurrido?
—El cuello.
—Ve al médico.
—El del uniforme.

Debí imaginarlo.

La sastrería ocupaba un principal cerca de la Puerta del Sol. Conservaba grandes espejos, armarios de madera oscura y varias fotografías antiguas de militares que parecían contemplar con cierta severidad todo lo confeccionado después de 1914. Ataúlfo estaba sobre una pequeña tarima con una casaca azul todavía sin terminar. El sastre corregía el cuello con esa resignación profesional que sólo se adquiere después de muchos años vistiendo a personas para actos solemnes.

—¿Qué te parece? —preguntó mi primo.
—Todavía tiene alfileres.
—Me refiero al conjunto.

Miré la casaca. Era elegante. También considerablemente militar.

—¿Vas a una guerra?

Ataúlfo me miró.

—Es el uniforme de la Corporación.
—Eso me tranquiliza.

Sobre una silla había un sombrero apuntado. En otra descansaba una espada.

—¿También espada?
—Forma parte del uniforme.
—¿Tenéis caballería?

El sastre bajó la cabeza.
Ataúlfo me explicó que la espada era puramente ceremonial.

—Entonces me cae mejor.

Sobre una mesa había dejado el reglamento de uniformidad. Describía el cuello, los bordados, los botones, las bocamangas, el pantalón, el tahalí, la espada, el sombrero y los guantes con un grado de precisión que muchas instituciones reservan para asuntos de menor importancia.

La bocamanga, sin embargo, estaba equivocada.

—Está conforme al dibujo que me entregaron —dijo el sastre.

Ataúlfo sacó otra hoja.

—Éste es el nuevo.
—¿Cuándo lo cambiaron?
—El martes.

El hombre volvió al trabajo.


Algunas instituciones se perpetúan durante siglos.
Otras modifican las bocamangas los martes.
Seguí leyendo. El uniforme debía llevarse en actos solemnes, ceremonias religiosas, representaciones oficiales y determinadas ocasiones expresamente autorizadas.

—Está muy regulado.
—Tiene que estarlo.

En eso coincidíamos. Un uniforme sin reglas deja pronto de ser uniforme. La palabra exige que varias personas acepten parecerse entre sí durante unas horas, cosa que en algunas corporaciones constituye ya un mérito considerable.

—Lo que no entiendo —dije— es por qué tiene que parecer un uniforme militar.

Ataúlfo se contempló en el espejo.

—Porque está inspirado en uniformes históricos.
—Eso ya lo veo.
—Muchas corporaciones antiguas los tuvieron.
—También tuvieron privilegios concedidos por los Reyes.
—No todo uniforme necesita una concesión regia.
—Naturalmente que no.

Aquello pareció sorprenderlo.
Ataúlfo empezó a defenderse antes de que yo hubiese terminado de atacarlo.

—Los niños llevan uniforme en algunos colegios. Los jueces, fiscales, abogados y procuradores llevan toga. Los militares llevan uniforme. Ninguna de esas prendas necesita ser una prerrogativa nobiliaria.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces no entiendo qué problema tienes.
—Los escolares no procuran parecer coroneles.

El sastre volvió a bajar la cabeza.
Ataúlfo suspiró.

—No queremos parecer militares.

Miré la espada. Después el sombrero. Después los bordados.
Volví a mirarlo.

—Lo estáis disimulando admirablemente.
—Es una indumentaria ceremonial.
—Eso sí lo comprendo.

Y lo comprendía de verdad.

Una corporación puede decidir adoptar hoy una vestimenta propia. Puede ser sobria, solemne, bella y perfectamente adecuada. Incluso puede inspirarse en formas históricas. Las tradiciones no tienen obligación de haber comenzado en la Edad Media.
Lo que me producía cierta reserva era otra cosa: la necesidad de tomar prestada la apariencia de una función que no se ejercía.

El uniforme militar no es respetable porque tenga galones, espada o bordados. Esos elementos son respetables porque detrás hubo primero una función, una disciplina y un servicio.
Cuando un Rey concedía a una corporación el privilegio de vestir a semejanza de sus oficiales, precisamente el honor consistía en eso: había sido concedido.
Concederse uno mismo la apariencia y concederse después el significado me parecía un procedimiento excesivamente económico.

—No nos hemos concedido ningún honor —dijo Ataúlfo.
—Eso me tranquiliza.
—Sólo hemos aprobado un uniforme.
—Entonces llamémoslo uniforme.
—Eso hacemos.
—Y no antigua prerrogativa.
—Nadie ha dicho eso.
—Todavía.

Ataúlfo me miró.

—Tienes una opinión bastante mala de nosotros.
—En absoluto. Tengo una opinión prudente del futuro.

El sastre pidió a Ataúlfo que levantase los brazos. Mi primo obedeció.

—Además —añadió—, hemos encargado un estudio histórico muy serio.
—¿Sobre qué?
—Uniformes de corporaciones españolas de los siglos XVIII y XIX.
—Muy sensato.
—Colores, cortes, bordados, reglamentos...
—¿Y la bocamanga?

Ataúlfo guardó silencio.
—La del martes —aclaré.
—Eso es una cuestión técnica.
—La Historia también empezó siendo actualidad.

No respondió.

La casaca, debo reconocerlo, le sentaba muy bien.
Aquello complicaba mis objeciones. Siempre es mucho más cómodo criticar una extravagancia cuando además está mal cortada.

El sastre levantó entonces la espada.

—Hay que probar el tahalí.

Ataúlfo se la ciñó. Era una pieza hermosa, fabricada en Toledo, con el emblema de la corporación en la empuñadura.

Se contempló en el espejo.

—Da mucha dignidad al conjunto.
—Las espadas suelen hacerlo.
—¿Te gusta?
—Mucho.

Pareció satisfecho.

—¿Ves?
—¿Sabes utilizarla?
—No tengo que utilizarla.
—Entonces me gusta todavía más.

Tres semanas después asistí al estreno oficial del uniforme. Fui de chaqué.
Ataúlfo me recibió en el vestíbulo con casaca azul, pantalón claro, sombrero apuntado, guantes y espada.

—Has venido de chaqué.
—Lo indicaba la invitación.
—Podrías haberte puesto uniforme.
—No tengo.
—Podrías hacerte uno.
—¿De qué?

No respondió inmediatamente.
Aquello me pareció una pregunta bastante útil.

Había una docena de caballeros vestidos del mismo modo. El efecto conjunto era francamente elegante y me alegré de que así fuese.

Uno de ellos caminaba con cierta precaución porque todavía no había aprendido a convivir con la espada. Otro descubrió al atravesar una puerta, con el sombrero bajo el brazo, que determinadas indumentarias requieren nociones de geometría que no figuran en los estatutos.

Un tercero preguntó dónde debía dejar los guantes durante el almuerzo. Nadie lo sabía. La institución había regulado perfectamente cómo debían ser. Qué hacer con ellos pertenecía todavía al Derecho consuetudinario.

Antes de comenzar el acto se acercó un conocido.

—Magnífico uniforme.

Ataúlfo agradeció el cumplido.
El hombre examinó los bordados.

—¿Es antiguo?
—No. Lo acabamos de aprobar.
—Pues lo parece.

Ataúlfo sonrió.

—Ésa era la idea.

Me miró de reojo.
Yo no dije nada. No hacía falta.

Después del acto hubo un almuerzo. Las espadas fueron distribuyéndose alrededor de las sillas con distinta fortuna y, a la hora del café, varios sombreros habían terminado amontonados sobre una mesa auxiliar. Por primera vez aquella tarde parecían haber encontrado una función común.

Ataúlfo se acercó.

—Bueno. Ya lo has visto terminado.
—Sí.
—¿Y?
—Me gusta.

Aquello pareció decepcionarlo.

—¿De verdad?
—Mucho.
—Entonces no entiendo todo lo que has dicho.
—No he dicho que un uniforme nuevo sea malo.
—Ya.
—Ni que una corporación no pueda crear una tradición.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Casi.

Ataúlfo apoyó la taza.

—Otra vez.
—Una tradición nueva puede ser perfectamente digna. Lo único que necesita es tiempo.
—Todas las tradiciones tuvieron alguna vez un primer día.
—Exactamente.

Miré las casacas.

—Y no les ocurrió nada por admitirlo.

Nos marchamos poco después.

Mientras bajábamos la escalera, la espada de Ataúlfo golpeó suavemente el pasamanos. Mi primo la sujetó.

—Habrá que acostumbrarse.
—Dale unos siglos.

Me miró.

—Idiota.

Seguimos bajando.

Toda tradición tuvo alguna vez un primer día.
El problema empieza cuando, al segundo, alguien encarga que la envejezcan.

El vizconde de Malvavisco.

Artículo relacionado: “Galones de Papel” (Blog La Mesa de los Notables 4 de marzo de 2026).

Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):

Presentación.   Nota Aclaratoria   Capítulo I.      Capítulo II.     Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.    Capítulo VII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

NOTA ACLARATORIA SOBRE EL VIZCONDE DE MALVAVISCO.

 

Ante las interpretaciones que determinadas personas y algunas asociaciones hayan podido realizar, en su caso, acerca de los relatos protagonizados por el denominado como Vizconde de Malvavisco, se considera oportuno efectuar la siguiente aclaración.

El Vizconde de Malvavisco es un personaje de ficción. Tanto su persona como su trayectoria, relaciones, circunstancias familiares y peripecias pertenecen exclusivamente al ámbito de la creación literaria.
Del mismo modo, los personajes, instituciones, acontecimientos y situaciones que aparecen en sus relatos son igualmente ficticios, aun cuando puedan presentar, deliberadamente o no, ciertos elementos reconocibles propios del mundo nobiliario y/o caballeresco.

En consecuencia, cualquier semejanza entre los acontecimientos narrados y personas, instituciones, corporaciones, órdenes, asociaciones, títulos o hechos de la vida real deberá entenderse como mera coincidencia y no como referencia, alusión o descripción de persona o entidad alguna.

Conviene recordar, a este respecto, que la ficción literaria se sirve con frecuencia de ambientes, usos sociales, tradiciones y tipos humanos reconocibles para construir sus historias. Que algún lector pueda identificar en ellos situaciones que le resulten familiares constituye, en todo caso, una interpretación personal que no corresponde necesariamente con la intención del relato.

Por tanto, ninguna de las situaciones descritas por el Vizconde de Malvavisco debe ser considerada una crónica, denuncia, reconstrucción o relato de hechos reales. Y, naturalmente, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Una coincidencia que, como suele suceder en estos casos, resulta especialmente curiosa cuando son los propios personajes de la realidad quienes se reconocen en los de la ficción.


Publicado por La Mesa de los Notables.





viernes, 18 de septiembre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO VI -.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo VI. El prestigio prestado.

Siempre he pensado que hay dos maneras de adquirir autoridad. La primera consiste en merecerla. La segunda, en conseguir que alguien con membrete parezca creer que uno la tiene. La segunda suele ser considerablemente más rápida.

Aquella mañana mi secretario entró en el gabinete con varias hojas impresas.

—Tenemos un problema entre corporaciones.

Levanté la vista.

—¿Un problema verdadero o uno institucional?
—¿Cuál es la diferencia?
—El verdadero tiene solución.

Dejó las hojas sobre la mesa.

Procedían del boletín digital de la Muy Antigua y Benemérita Corporación de San Gumersindo, institución respetable, moderadamente solemne y dotada de una página web en la que, desde hacía algún tiempo, publicaba don Agapito Tomé Mencuenta.

Ataúlfo, que estaba examinando con una lupa una fotografía en la que aparecía al fondo de una cena de gala, levantó la cabeza.

—¿Agapito escribe?
—Muchísimo —respondió mi secretario.
—No sabía que fuese historiador.
—Él tampoco parece considerarlo un obstáculo.

Tomé una de las hojas.

El artículo llevaba por título «Algunas reflexiones necesarias sobre determinados aspectos escasamente conocidos de la verdadera historia institucional».

Leí el encabezamiento dos veces.

—Promete.
—Tiene diecisiete páginas —dijo mi secretario.
—Cumple.

Agapito escribía con una prosa cautelosa. Nunca afirmaba que alguien hubiese actuado mal. Se limitaba a señalar que «quizá convendría reflexionar serenamente» sobre determinados hechos. Después dedicaba quince páginas a explicar cuáles.

Tampoco acusaba a nadie de falta de transparencia. Prefería expresar su «preocupación ante ciertas dinámicas que podrían llegar a ser percibidas como insuficientemente participativas». Y cuando alguien señalaba que aquellas dinámicas habían sido aprobadas conforme a las normas, Agapito respondía que la legalidad era una cosa y la sensibilidad institucional otra.

La sensibilidad institucional coincidía con bastante frecuencia con su opinión.

—¿Qué sostiene esta vez? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario consultó sus notas.

—Que la Junta de la Antiquísima Casa de Valdeolmos está llevando a cabo diversos proyectos sin contar suficientemente con los miembros.

Seguí leyendo.

—¿Cuántos miembros tiene Valdeolmos?
—Varios centenares.
—¿Y con cuántos considera Agapito que deberían contar?

Mi secretario dudó.

—Fundamentalmente, con él.

Dejé el artículo sobre la mesa.

—Entonces la frase está mal redactada.

Ataúlfo volvió a la fotografía.

—¿Cuál?
—«No cuentan con los miembros».
—¿Qué debería decir?
—«No cuentan con el miembro».

Mi secretario sonrió.

Agapito llevaba años manifestando una honda preocupación por la participación de los demás. Era una preocupación generosa. Siempre que alguien proponía una medida sin consultarlo, Agapito temía por el futuro de la participación colectiva. Si, por el contrario, lo consultaban a él, encontraba admirable la capacidad de diálogo de las instituciones históricas.

—Quizá tenga razón —dijo Ataúlfo—. Las juntas no deberían hacer las cosas por su cuenta.
—¿Qué cosas?
—Proyectos.
—¿Aprobados por la Junta?
—Sí.
—¿Dentro de sus competencias?
—Sí.
—¿Y de qué manera propones que los hagan?

Ataúlfo pensó.

—Contando con la gente.
—Excelente. ¿Con cuál?
—Con todos.
—¿Para cada decisión?
—Bueno...
—¿Convocamos a trescientos señores para elegir el color de una carpeta?
—No exactamente.
—Entonces ya estamos discriminando.

Ataúlfo frunció el ceño.

—No es lo mismo.
—Nunca lo es cuando empezamos a concretar.

Mi secretario explicó que la Junta de Valdeolmos había dedicado los últimos años a ordenar su archivo, digitalizar fondos, organizar encuentros, recuperar documentación y poner en marcha diversos proyectos que llevaban décadas pendientes.
Todo ello, naturalmente, había producido dos resultados. El primero era que Valdeolmos funcionaba mejor. El segundo, que algunas personas que hasta entonces habían explicado cómo debía funcionar Valdeolmos empezaban a sentirse menos necesarias.

—Eso suele ocurrir —dije—. Hay hombres capaces de soportar que una institución fracase mejor que soportar que triunfe sin ellos.

Ataúlfo apartó por fin la fotografía.

—Pero Agapito será miembro de Valdeolmos.
—Lo es.
—Entonces tendrá derecho a opinar.
—Naturalmente.
—Y a escribir.
—Por supuesto.
—¿Dónde está el problema?

Tomé de nuevo el artículo.

—En ninguna de esas cosas.

Señalé el membrete.

—El problema empieza cuando necesita esto.

Ataúlfo no entendió.

—¿La página web?
—No. El escudo.

El boletín pertenecía a San Gumersindo, corporación distinta de Valdeolmos y tradicionalmente amiga de ella. San Gumersindo cuidaba, además, sus relaciones institucionales: en sus páginas no se publicaban ataques ni contenidos desconsiderados hacia otras corporaciones. Los trabajos de Agapito que acogía eran estudios de historia, genealogía y materias semejantes, no críticas contra Valdeolmos. Su presidente había defendido siempre que aquel espacio estaba abierto a colaboraciones diversas.

—Dicen que son imparciales —explicó mi secretario.
—Es una virtud.
—Por eso publican a Agapito.
—Eso ya no sé si es una virtud.

Ataúlfo intervino:

—Pero si publican opiniones distintas, demuestran independencia.

Lo miré con paciencia.

—Ataúlfo, publicar opiniones distintas demuestra que publicas opiniones distintas.
—¿Y la imparcialidad?
—No veo la diferencia.
—La verás enseguida.

Busqué en uno de los cajones y extraje una tarjeta con el escudo de mi casa.

—Escribe aquí que eres experto en numismática visigoda.
—Pero no lo soy.
—Precisamente.
—¿Para qué?
—Para comprobar si mi escudo mejora tu formación.

Ataúlfo guardó silencio.

—Publicar bajo un emblema respetable no convierte necesariamente en respetable lo publicado. Pero ayuda a que algunos lo crean.

Mi secretario asintió.

Ese era exactamente el problema.

Don Agapito remitía sus artículos al boletín de San Gumersindo. Después los difundía por distintos grupos y conversaciones. No solía decir: «Esta es mi opinión».
Prefería escribir: «Como recientemente he tenido ocasión de exponer en el boletín de la Muy Antigua Corporación de San Gumersindo...»



La frase tenía una eficacia extraordinaria.
Convertía una opinión particular en algo que parecía haber atravesado misteriosos filtros académicos, institucionales y quizás dinásticos.

—Muy hábil —dije.
—¿El qué?
—Ha conseguido que el lugar de publicación forme parte del argumento.

Ataúlfo seguía defendiendo a San Gumersindo.

—Ellos no dicen que estén de acuerdo.
—No necesitan decirlo.
—Entonces, ¿qué culpa tienen?
—Ninguna, si hablamos de culpa.
—¿Y si no hablamos de culpa?
—Hablamos de prudencia.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

—Una institución puede ser imparcial sin ser indiferente a aquello para lo que presta su prestigio.

Mi secretario anotó la frase.

—¿No es censura? —preguntó Ataúlfo.

Me volví.

—No.
—¿Por qué?
—Porque Agapito puede escribir cuanto quiera.
—Pero si San Gumersindo deja de publicarlo...
—Seguirá pudiendo escribir cuanto quiera.
—Con menos difusión.
—También puede ocurrir que uno cante libremente sin que la Ópera esté obligada a contratarlo.

Ataúlfo pareció considerar el ejemplo.

—La libertad de expresión protege el derecho de Agapito a tener voz. No le garantiza el coro.

Mi secretario sonrió.

Había además otra circunstancia. Los artículos de don Agapito solían contener numerosas notas a pie de página.
Eso tranquilizaba mucho a sus lectores.
Algunos no comprobaban las referencias, pero agradecían saber que existían.
Una nota al pie poseía para ellos el mismo efecto que una medalla en el pecho: quizá nadie supiera exactamente por qué estaba allí, pero parecía descortés preguntar.

—¿Son buenos sus estudios? —preguntó Ataúlfo.

Mi secretario hizo una pausa.

—Son entusiastas.
—Eso no responde.
—Precisamente.

Seguí pasando páginas.

—Aquí cita un documento.
—Sí.
—¿Qué dice el documento?
—Algo distinto.
—¿Y por qué lo cita?
—Porque existe.

Cerré el artículo.

—Método robusto.

Agapito había adquirido así fama de «gran conocedor» de Valdeolmos entre personas que jamás habían consultado un archivo sobre Valdeolmos.

Era inevitable.

En determinadas materias históricas, la autoridad no siempre pertenece al que más sabe, sino al que consigue hablar durante más tiempo sin que nadie tenga a mano los documentos.

—Pero supongo que los que conocen bien la materia sabrán distinguir —dijo Ataúlfo.
—Generalmente.
—Entonces tampoco hay peligro.
—Los problemas institucionales rara vez empiezan con quienes saben distinguir.

Mi secretario explicó que Agapito difundía además sus preocupaciones por diversos grupos de mensajería. Nunca iniciaba una campaña. Solo «compartía una reflexión».
Después alguien preguntaba algo.
Agapito respondía.
Otro mostraba inquietud.
Agapito aportaba un documento.
Alguien defendía a la Junta.
Agapito pedía serenidad.
Y al cabo de cuarenta mensajes ya había conseguido demostrar que existía una grave división en Valdeolmos.

—Una división que él mismo había organizado —dijo Ataúlfo.
—No seas injusto. Él solo proporcionaba el material.
—¿Para qué?
—Para que los demás construyeran espontáneamente la conclusión que él llevaba preparada.

Mi secretario añadió:

—Dice siempre que no quiere entrar en polémicas.

Me pareció importante.

—Eso permite distinguir a un polemista aficionado de uno profesional.
—¿Cómo?
—El aficionado discute. El profesional anuncia primero que no desea discutir.

Ataúlfo rió.

—¿Y después?
—Discute mejor.

Don Agapito poseía además una habilidad singular para encontrar interlocutores nuevos. Quienes lo conocían desde hacía años habían desarrollado cierta resistencia. Leían sus mensajes con la serenidad con que se escucha una tormenta conocida, pero siempre aparecía alguien que acababa de llegar. Alguien que ignoraba los antecedentes. Alguien que pensaba que, si un señor escribía artículos extensos, citaba documentos y publicaba bajo el escudo de una corporación antigua, debía de saber de qué hablaba.

—Los recién llegados son fundamentales —dije.
—¿Para Agapito?
—Para todos los profetas desacreditados.

Mi secretario arqueó una ceja.

—¿Por qué?
—Porque la memoria institucional es el peor enemigo de ciertas reputaciones.

Ataúlfo parecía ya más interesado.

—Entonces Agapito busca ingenuos.
—No necesariamente.
—¿Qué busca?
—Audiencias nuevas.

Volví a sentarme.

—Una persona conocida necesita demostrar que ha cambiado. Una persona desconocida solo necesita presentarse.

Mi secretario explicó entonces la parte más delicada. San Gumersindo no comprendía por qué sus relaciones con Valdeolmos se habían enfriado. Su presidente se consideraba injustamente tratado. Al fin y al cabo, decía, su boletín jamás había publicado nada contra Valdeolmos; se había limitado a acoger algunos trabajos de Agapito sobre materias históricas.

—Ahí está —dije.
—¿Qué?
—El asunto interesante.

Ataúlfo se acercó.

—¿No tiene razón San Gumersindo?
—Desde su punto de vista, probablemente.
—Entonces...
—Las instituciones, como las personas, pueden ser completamente inocentes de sus intenciones y perfectamente responsables de sus efectos.

Mi secretario volvió a escribir.

—San Gumersindo no publica las críticas de Agapito —dije—. Hace algo mucho más inocente: publica a Agapito. Valdeolmos ve que esa presencia continuada le presta una respetabilidad institucional que él exhibe después, cuando formula sus críticas fuera de esas páginas.

—Entonces el boletín no difunde la crítica.
—Exacto. Difunde al crítico.
—¿Y eso basta?
—Para quien necesita prestigio prestado, suele bastar.
—Pero San Gumersindo no quiere hacer daño.
—Seguramente.
—Entonces Valdeolmos debería comprenderlo.
—Y San Gumersindo debería comprender a Valdeolmos.

Ataúlfo suspiró.

—Complicado.
—No demasiado.
—¿Cuál es la solución?
—Dejar de imaginar que la imparcialidad consiste en no hacerse responsable de ninguna consecuencia.

Hubo silencio.

—Si invitas todos los meses a tu casa a un hombre que insulta a mi familia —continué—, eres perfectamente libre de hacerlo.
—Claro.
—Y yo soy perfectamente libre de preferir no cenar allí.
—Pero tú estarías juzgándome por él.
—No. Estaría juzgando tu criterio para elegir compañía.

Ataúlfo asintió lentamente.

—Entonces San Gumersindo se equivoca al pensar que Valdeolmos le exige tomar partido.
—Exactamente.
—¿Qué le exige?
—Nada.
—¿Nada?
—Ahí está el error. Cree que alguien le exige algo porque no comprende que los demás también tienen libertad.

Mi secretario dejó la pluma.

—Explícalo.
—San Gumersindo puede publicar a Agapito. Valdeolmos puede considerar que eso revela cierta falta de prudencia. San Gumersindo es libre de abrirle sus puertas. Valdeolmos es libre de alejarse de ellas. Nadie ha censurado a nadie.
—Pero las relaciones se deterioran.
—Las decisiones tienen esa costumbre.

Me acomodé las gafas.

—Las instituciones desean a veces que sus decisiones tengan prestigio, pero no consecuencias.
Ataúlfo volvió a la objeción inicial.
—Aun así, Agapito podría tener razón en algunas críticas.
—Naturalmente.
—Entonces no todo lo que diga debe rechazarse.
—Por supuesto que no.
—¿Y cómo se distingue?

Sonreí.

—Leyéndolo.

Ataúlfo pareció decepcionado.

—¿Eso es todo?
—Es bastante más de lo que suele hacerse.

Tomé otra vez el artículo.

—Hay un error muy frecuente: creer que desacreditar una fuente equivale a refutarla y creer que proporcionar una tribuna equivale a acreditarla. Ambas cosas son falsas.
—Entonces San Gumersindo puede publicar a Agapito.
—Puede.
—Y Valdeolmos puede molestarse.
—Puede.
—¿Y Agapito?
—Agapito es el que mejor está.
—¿Por qué?
—Porque todos discuten sobre si debe publicársele.

Dejé caer las hojas sobre la mesa.

—Eso era lo que buscaba.

Ataúlfo negó con la cabeza.

—Eres muy desconfiado.
—No. Solo procuro no confundir una causa con su publicidad.

Mi secretario preguntó:

—¿Qué debería hacer Valdeolmos?

Respondí sin pensarlo.

—Seguir trabajando.
—¿Nada más?
—Nada más importante.
—¿No responder a los artículos?
—Cuando contengan errores relevantes, sí. Con documentos, fechas y brevedad.
—¿Y a las insinuaciones?
—Nunca con más extensión que la insinuación.
—¿Y a los grupos de mensajes?

Hice una mueca.

—Las grandes instituciones han sobrevivido guerras, pleitos sucesorios, revoluciones y desamortizaciones. Sería triste descubrir que su punto débil era un grupo de mensajería.

Ataúlfo se echó a reír.

—Entonces no hay que preocuparse.
—He dicho que no hay que dejar de trabajar. No que no haya que preocuparse.

Me puse serio.

—La cizaña funciona porque explota una debilidad real de las instituciones.
—¿Cuál?
—La vanidad.
—¿La de Agapito?
—La de todos.

Señalé primero los artículos.

—Agapito necesita sentirse influyente.

Luego señalé imaginariamente hacia Valdeolmos.

—La Junta puede caer en la tentación de responder porque le resulta insoportable que alguien cuestione su trabajo.

Finalmente miré hacia las hojas de San Gumersindo.

—Y San Gumersindo puede aferrarse a una idea demasiado cómoda de la neutralidad porque reconocer un error de criterio le parece menos digno que perseverar en él.

Mi secretario guardó silencio.
Ahí estaba, finalmente, el problema entero.
Tres vanidades podían fabricar un conflicto donde antes solo había una persona deseosa de ser importante.

—¿Y cómo se rompe? —preguntó Ataúlfo.
—Recordando para qué existen las instituciones.
—¿Para conservar tradiciones?
—Entre otras cosas.
—¿Para estudiar su historia?
—También.
—¿Para mantener relaciones con otras corporaciones?
—Naturalmente.

Junté las hojas y se las devolví a mi secretario.

—Pero, sobre todo, para servir a algo que existía antes de nosotros y que debería seguir existiendo después.

Ataúlfo me miró.

—¿Y eso qué cambia?
—Todo.

Señalé el escudo de Valdeolmos que aparecía reproducido en una de las páginas.

—Quien entiende eso no necesita utilizar la institución para parecer más importante.

Después señalé el de San Gumersindo.

—Ni necesita prestársela a otro para demostrar que es imparcial.
—¿Y la Junta?
—Tampoco debe creer que la institución le pertenece porque trabaje por ella.
—Entonces, ¿a quién pertenece?
—A todos los que saben que no les pertenece.

Mi secretario cerró la carpeta.
Ataúlfo recogió de nuevo su fotografía de la cena.
Antes de guardarla, volvió a examinar con la lupa su pequeña figura al fondo de la imagen.

—Por cierto —dijo—, he pensado escribir un artículo sobre precedencias.
—¿Dónde?
—En el boletín de San Gumersindo.
—¿Por qué allí?

Se encogió de hombros.

—Da categoría.

Lo miré unos segundos.

Después miré a mi secretario.

—¿Ves?
—¿Qué?
—Agapito no es el problema.

Ataúlfo levantó la cabeza.

—¿Entonces?

Señalé la lupa.

—Es una posibilidad humana.

Ataúlfo protestó. Mi secretario procuró no sonreír.
Yo volví a mirar las hojas sobre la mesa.
Hay prestigios que se adquieren y prestigios que se prestan.
El inconveniente de los segundos es que algunos olvidan devolverlos.

El vizconde de Malvavisco.

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Publicado por La Mesa de los Notables.