Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.
El apellido Cabeza de Vaca pertenece a un antiguo linaje castellano con un origen que está envuelto en tradición y leyenda. Su historia ha sido recogida por diversos autores que los señalan en tiempos de la reconquista.
La tradición más extendida —recogida por la historiadora María del Carmen Calderón Berrocal— sitúa el origen del apellido en un topónimo y hecho militar que está estrechamente vinculado con tierras de Badajoz. Según su interpretación, un guía local habría mostrado a las tropas cristianas un paso señalizado por la cabeza de una vaca. Este suceso habría dado nombre tanto al lugar como al linaje.
Otra versión es la difundida en la obra de los hermanos García Carraffa, autores de la monumental Enciclopedia Hispanoamericana de Heráldica, Genealogía y Onomástica. Aquí se afirma que el origen exacto no está completamente probado, pero que la mayoría de los tratadistas coinciden en señalar como progenitor al célebre Martín Alhaja, pastor que habría indicado a las tropas cristianas el camino decisivo en la batalla de las Navas de Tolosa. Añade entonces que por este servicio, el rey Alfonso VIII, le concedió unas armas con cabezas de vaca, dando lugar al origen del apellido y del blasón familiar.
Estos
hermanos Carraffa también hablan en su obra de otra línea, en la cual se
atribuye el origen a un tal Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, quien ya fue mencionado
en la Crónica de Fernando III el Santo, y del que dicen que fue uno de los
principales combatientes en la toma del arrabal de Córdoba en el año 1255. No
deja de llamar la atención que ambas leyendas coinciden en situar este linaje
en el siglo XIII, y ocurre tras unas anécdotas, aun inciertas, pero que revelan
la conciencia en el servicio que caracterizará a esta estirpe en los siglos
posteriores.
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Busto
de Cabeza de Vaca de Pilar Cortella de Rubin. Hermann Park, Houston, Texas (EE.UU.). Imagen (CC) Wikimedia Commons. |
Pero hoy trataremos de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien nació en Jerez de la Frontera entre los años 1488 y 1490, siendo hijo de Francisco Núñez de Vera y de Teresa Cabeza de Vaca. De casa solar de hijosdalgo, parece ser que nuestro personaje siguió la estela familiar. Sirvió en la guerra de Granada y en campañas italianas. Criado como hidalgo, se formó en las fronteras con una vida austera y un amplio sentido del deber. Con el tiempo se comprobó que gozaba de una generosa capacidad de resistencia, la cual no dependía solamente de la fuerza bruta, sino del tesón. Esta mezcla de firmeza y mesura fueron claves para su supervivencia en tierras desconocidas.
En el año 1527, el Emperador Carlos V, autorizó la expedición de Pánfilo de Narváez para gobernar la Florida. Aquí recibiría Cabeza de Vaca los cargos de tesorero y alguacil mayor, lo que conllevaba gran responsabilidad administrativa y judicial. Para la este encargo la armada reunió cerca de 600 hombres, pero la empresa se vio afectada por tormentas, con pérdidas de navíos, enfermedades y algunos errores en la navegación. En 1528 naufragaron en la costa del golfo y apenas 80 supervivientes alcanzaron tierra en la Florida más occidental. De todos ellos, solamente cuatro lograrían sobrevivir a los años siguientes. Álvar Núñez, Andrés Dorantes de Carranza, Alonso del Castillo Maldonado y Estebanico, éste último era un esclavo bereber de Dorantes, natural de Azamor, y figura singular por ser uno de los primeros africanos documentados en Norteamérica.
Durante los ocho años siguientes (1528–1536), los cuatro caminaron por territorios completamente desconocidos. Hoy corresponden a Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas, Nuevo México y Arizona. Aquella marcha se convirtió en una compleja travesía con cautiverios, trueques, hambre y desplazamientos interminables. Sin duda, esta aventura fue legendaria por el tesón y la fuerza que se necesita para avanzar en lo más desconocido y agreste.
Sabemos que Cabeza de Vaca convivió con los Karankawas, Coahuiltecos, Mariames, Avavares, Quevenes, Jumanos y otras tribus nómadas. Hubo momentos en que vivió como cautivo, pero también ejerció entre tribus rivales como mercader ambulante, transportando conchas, pigmentos y pieles. En su relato describe curaciones que los indígenas interpretaban como sucesos extraordinarios. Él en cambio las presentaba de manera sobria, sin atribuirse facultades sobrenaturales. La percepción indígena no lo veía así, de manera que le otorgaron un prestigio que facilitó su supervivencia.
La marcha hacia el oeste reunió a grupos que incluso acompañaron durante muchas jornadas a los cuatro supervivientes. Al parecer, en algunos tramos, la comitiva comprendía cifras elevadas de personas. Así que la imagen de aquellos hombres caminando descalzos, sin armas y sin ningún tipo de recurso, avanzando por llanuras y desiertos, es algo que sin duda resulta extraordinario. Por el año 1536 cruzan el río Grande, siendo reconocidos por españoles en Culiacán. Después de ocho años la odisea concluiría con un regreso que desde el día de su naufrágio parecía imposible.
De vuelta en España, Cabeza de Vaca publicó su «Relación» en 1542, un libro que hoy se conoce como «Naufragios». La obra posee un alto valor etnográfico y geográfico, también nos ofrece una mirada de los pueblos indígenas del sur de Norteamérica.
Ese
mismo año se le nombra adelantado del Río de la Plata, con jurisdicción sobre
las provincias del Paraguay y del Plata. En esta segunda etapa de su vida,
entre los años 1540 y 1545 fundará la ciudad de Santa Ana. Aquí, por su
experiencia de vida, promovió medidas muy benignas para los indígenas, llegando
a enfrentarse con colonos que defendían métodos poco ortodoxos. Su forma de gobierno
terminaría en un proceso judicial, obligándole a regresar a España. La
sentencia inicial fue atenuada, pero su figura quedó marcada por aquella voluntad
de gobernar de manera completamente humanitaria.
En sus últimos años redactó los conocidos «Comentarios». Aquí se centraba en sus años de gobierno en el Río de la Plata. Falleció entre los años 1557–1559, probablemente en Sevilla, aunque la documentación no concluye del todo.
Su figura es reconocida por su tremenda capacidad de resistencia. Fue un ejemplo de vida, sorteando dificultades sin depender de las armas. Fue su palabra, el buen trato y su inteligencia la que le permitió sobrevivir en territorios completamente inhóspitos. En sus relatos aparecen las primeras descripciones del bisonte, pero también trata de prácticas chamánicas y de diversas rutas interiores de una tierra completamente desconocida que ningún otro español había recorrido. También protagonizó nuevas expediciones su viejo compañero Estebanico.
Cabeza
de Vaca fue una especie de peregrino, caminando miles de kilómetros sin
ejército, sin provisiones y ningún elemento o medio, solamente sostenido por su
fe y una firmeza interior profunda. Sin duda, la historia y vida de Álvar
Cabeza de Vaca es de las más fascinantes del siglo XVI.
Publicado
por La Mesa de los Notables.
