miércoles, 30 de septiembre de 2026

JOSÉ MANUEL Y EL REY.


Sobre aquello que no explican los manuales.


Fernando de Herrera Hume.

 

Hoy he asistido, en representación del Antiguo e Ilustre Solar de Tejada, al Capítulo de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, celebrado en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, bajo la presidencia de S. M. el Rey.

La solemnidad del acto militar, la celebración religiosa y el incomparable marco del monasterio componían una de esas jornadas en las que las instituciones parecen adquirir una dimensión que trasciende a quienes circunstancialmente las representan. Sin embargo, al regresar a casa, lo que ocupa mis pensamientos no ha sido el recuerdo del esplendor de un acto militar brillantemente organizado, algo que a los civiles siempre nos llama mucho la atención, o el coro de voces blancas que elevó mi alma en la ceremonia religiosa, o la solemnidad que hay en cada lugar de ese monasterio en el cual Felipe II recibió la noticia de la victoria de Lepanto, sino el encuentro fortuito con un hombre.

Al finalizar los actos, los asistentes nos trasladamos al Patio de Carruajes del monasterio, donde aguardábamos la llegada de S. M. para el tradicional brindis y, posteriormente, tener ocasión de saludarlo y expresar nuestros respetos. Mientras esperábamos, un hombre se puso a mi lado, estaba en silla de ruedas y deseaba acercarse al Rey. Lo saludé y me presenté. Se llamaba José Manuel.

Ilustración recreada mediante inteligencia artificial a partir de los hechos relatados por el autor.

Entablamos una breve conversación. Me contó que padecía una enfermedad degenerativa para la que no existía cura. Primero había perdido la movilidad de las piernas, después, la de una mano. La enfermedad había continuado avanzando hasta afectar también a funciones básicas. Me explicó, con una franqueza que todavía me impresiona, que aquel proceso seguiría su curso, paralizando progresivamente otros órganos hasta alcanzar, finalmente, los pulmones y el corazón.

Mientras lo escuchaba, pensé en lo terrible que debe de resultar asistir conscientemente al desmoronamiento del propio cuerpo. Saber que mañana acaso se pierda una facultad que todavía se conserva hoy. Contemplar cómo se estrechan las posibilidades de la existencia sin poder hacer nada para detener ese proceso. No supe muy bien qué decirle. Hay circunstancias ante las cuales las palabras, por elaboradas que sean, resultan insuficientes. Le dije que rezaría por él.

Y, sin embargo, allí estaba José Manuel, en aquel patio de El Escorial, esperando con ilusión la llegada del Rey. Cuando S. M. se aproximó, me aparté para facilitarle el paso con su silla de ruedas. El Rey lo saludó, se detuvo a escucharlo y le dirigió unas palabras. Fue un encuentro breve, como necesariamente han de serlo tantos otros en esta clase de actos, pero suficiente para que José Manuel pudiera cumplir su deseo. Fui testigo de ese encuentro.
Después me agradeció mucho el gesto de haberle dejado mi sitio. Le reiteré que pediría por él y nos despedimos. En este viaje de vuelta no puedo dejar de pensar en aquel hombre y ese encuentro.

Quienes nos hemos formado en Derecho estamos acostumbrados a estudiar las instituciones a partir de sus atribuciones, naturaleza jurídica, legitimidad y funciones. La Corona no constituye una excepción. Podemos dedicar páginas enteras a analizar su posición constitucional, su condición de símbolo de la unidad y permanencia del Estado o el significado de la representación institucional, pero esta mañana, en El Escorial, he comprendido algo que difícilmente puede transmitirse mediante las categorías de un manual.

Para José Manuel, el Rey no era en aquel momento una abstracción constitucional ni una figura sobre la que elaborar una reflexión política. Era alguien a quien deseaba conocer, una persona a la que quería saludar mientras todavía podía hacerlo.
Desconozco qué significaba exactamente para él aquel encuentro. No se lo pregunté y tampoco pretendo interpretar sus sentimientos, pero aquella escena me hizo reflexionar sobre una dimensión de la Corona que acaso pasamos por alto: su capacidad para hacer presente, mediante una persona, algo que de otra manera permanecería en el terreno de lo abstracto.

Los símbolos no son únicamente signos destinados a transmitir conceptos. Forman parte de nuestra memoria colectiva, pero también pueden adquirir un significado íntimo, ligado a las circunstancias particulares de cada individuo. En ocasiones, su verdadero alcance no se descubre en las grandes ceremonias, sino en esos pequeños gestos que permiten establecer una relación humana. La representación se convierte entonces en presencia. Y la presencia permite algo que ninguna abstracción puede ofrecer por sí sola: un encuentro.

No pretendo convertir el sufrimiento de José Manuel en un argumento político, ni extraer de aquel saludo conclusiones que excedan lo sucedido. Su dignidad es anterior e infinitamente más importante que cualquier ceremonial. Precisamente por eso me ha conmovido aquella escena. En medio de una celebración de gran solemnidad institucional, lo verdaderamente significativo para mí terminó siendo una experiencia profundamente humana.

Quizás nuestra sociedad, tan acostumbrada a reducirlo todo a conceptos, procedimientos y categorías, haya perdido cierta capacidad para comprender el valor de los gestos. Nos resulta sencillo explicar qué representa la Corona in abstracto, pero bastante más difícil comprender qué puede llegar a significar para alguien saludar a S. M. el Rey in concreto.
Un saludo no puede modificar el curso de una enfermedad, pero puede proporcionar un instante de felicidad a quien afronta una existencia marcada por el sufrimiento y la incertidumbre. Y ese instante, por efímero que sea, no admite medida.

Hoy acudí a El Escorial representando a una institución histórica cuyos privilegios han sido confirmados durante siglos por los sucesivos soberanos españoles. Era consciente de la significación institucional de aquella jornada y de lo que suponía participar en ella, pero regreso pensando en José Manuel. En su cuerpo, que lentamente va dejando de responderle. En su voluntad, que todavía encuentra motivos para ilusionarse. En aquel deseo aparentemente sencillo de estrechar la mano del Rey.

Ser testigo silencioso de ese encuentro trae a mi mente el mismo pensamiento que resuena como una campana entre esos muros de piedra. Mientras nos afanamos por alcanzar metas, acumular reconocimientos y resolver tantas cuestiones que juzgamos trascendentales, alguien que contempla de cerca el final de su vida puede encontrar una alegría inmensa en algo tan sencillo como un saludo.
Sé que no volveré a ver a José Manuel. No sé cómo transcurrirán sus próximos días, pero conozco su nombre, sé que hoy cumplió una ilusión y recuerdo la promesa que le hice.

Esta noche rezaré por él. Y sé que mañana también.


En el tren de Madrid a Sevilla, 28 de septiembre de 2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.