Manuel L. Ruiz de Bucesta Álvarez.
En el año 1581 hubo una empresa para
poblar el Estrecho de Magallanes. Lo que nació como una idea en la Corte,
pronto terminó convertida en un simple murmullo del que parece que en poco
tiempo nadie quiso hablar más. Felipe II vivía en su despacho, preocupado por
la intrepidez y audacia de los corsarios ingleses que se aventuraban entrando
por el Pacífico con total libertad, así que un día tomó la decisión de que
aquel corredor de agua debía ser habitado y fortificado. La orden fue tan clara
como ambiciosa, había que cerrarles el paso de inmediato y asegurar la ruta de
los navíos españoles.
Se eligió para semejante tarea a Pedro
Sarmiento de Gamboa. Era un hombre de ciencia y de mar, conocido cosmógrafo que
había servido como soldado. Al parecer habría nacido por el año 1530,
probablemente en Pontevedra, hijo de Bartolomé Sarmiento y de María de Gamboa.
Desde joven se formó en navegación y estudios humanísticos que lo convertirían
en uno de los exploradores más notables de su siglo. Hombre de espíritu firme,
tanto que algunos historiadores escribieron que era completamente incapaz de
retroceder. Nada se les ponía por delante. Era el mando ideal para los
documentos y un jefe temible para los hombres. Un militar que, según relataba
un soldado, no sabía distinguir entre obediencia y devoción, porque siempre
exigía ambas.
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| Mapa Marítimo del Estrecho de Magallanes. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1769. |
Partieron un total de veintitrés
embarcaciones entre naos, galeotes, pataches y zabras. Al final, solamente
alcanzaron la costa Nuestra Señora de la Esperanza y San Francisco, acompañados
por un patacho auxiliar. Viajaban cerca de tres mil personas, entre soldados,
marineros, artesanos, clérigos, oficiales y futuros pobladores que buscaban
fortuna en los confines del mundo y, por eso, aprovechaban esta oportunidad.
Entre ellos viajaba un gallego, de profesión herrero, que aseguraba haber visto
una vez el alma de un barco salir por la chimenea, o un carpintero sevillano
que siempre llevaba consigo un trozo de madera para recordar que la tierra
existe. Ninguno imaginaba la historia que les aguardaba.
En el viaje hacia el sur de la tierra hubo un catálogo de advertencias que nadie quiso ver. Numerosas tormentas surgidas de la nada dispersaban constantemente las naves, sucediéndose diversos naufragios, calamidades e incluso deserciones. En una ocasión el San Francisco desapareció durante varios días y, cuando volvieron a encontrarlo, la tripulación se encontraba enferma y casi la totalidad de los víveres arruinados por la humedad. Los marineros más veteranos decían que el Estrecho no se dejaba conquistar por cualquiera, porque era un lugar indómito. Sarmiento, sin embargo, seguía el rumbo con total obstinación. Nadie le desobedecía y su autoridad era tan absoluta que un marinero portugués masculló que si el mar tuviera lengua, seguramente pediría permiso a Sarmiento para rugir.
No fueron pocos los episodios que
mirados hoy parecen presagios. Una de las noches, de aparente calma, un
marinero poco dado a fantasías aseguró que había visto moverse una luz sobre la
superficie del agua, decía que era como si alguien caminara sobre el mar con un
candil. Tanto fue su insistencia que pidió confesión inmediata. Otro piloto, un
día que estaba realizando una maniobra, afirmó que el mar respiraba bajo el
casco del barco, añadió que era como si algo muy grande se desplazase en las
profundidades. No cabe duda de que en los confines del mundo, la imaginación es
posiblemente el enemigo más peligroso que se puede tener.
Sarmiento de Gamboa, por su parte, se
mantuvo sereno todo el tiempo, ejemplo de ello fue durante una tormenta tan
fuerte que amenazaba con partir el mástil, que le dijo al piloto: No tema usted
al viento; tema a la duda. Esta frase se convirtió en el lema involuntario de
toda la expedición. En otra ocasión un marinero se negó a subir al palo mayor
por miedo a caer, lo que Sarmiento le
dijo que el miedo solamente es útil cuando avisa. Terminó subiendo.
Ya era el mes de febrero de 1584 y
habían amarrado en el Estrecho. Solamente quedaron a poblar unos 338 colonos.
La primera población que fundaron se llamó Nombre de Jesús. La segunda de
aquellas será nombrada Rey Don Felipe. Todos repartidos en dos enclaves que
estaban separados por una costa completamente inhóspita, en donde la
agricultura resultaba completamente imposible. No tenían ganado, ni viviendas
adecuadas en donde refugiarse. El clima castigaba sin tregua. En ese instante
se dieron cuenta de que la Patagonia no perdona la improvisación
Las muertes comenzaron de inmediato. El
frío y el hambre no hicieron rehenes. Morían continuamente y algunos colonos
buscaban comida desesperadamente, desapareciendo en la nieve y sin dejar ningún
rastro. Otros fueron encontrados sentados o apoyados en una roca, como si
hubieran aceptado la muerte sin lucha alguna. Pero se contó un caso que fue
especialmente perturbador, donde un grupo de cinco hombres salió a buscar leña
y fueron encontrados días más tarde, alineados junto a un tronco caído, sin
ninguna señal de violencia. Era como si hubieran decidido morir juntos. El
sacerdote que los enterró señaló que parecían dormidos, pero sin sueño.
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| Ruinas de la ciudad Rey Don Felipe ( http://www.monumentos.gob.cl ). |
La absoluta falta de alimento les obligó
a hervir hasta el cuero de los zapatos, masticar raíces o pelear por restos de
pescado. En el lugar que llamaron Rey Don Felipe, un artesano afirmó haber
visto a un compañero intentar comer tierra convencido de que algo debía tener.
La locura se contagió con rapidez. En Nombre de Jesús un soldado dejó escrito
que el viento aquí no sopla: muerde.
Hubo numerosas escenas que se han
olvidado, pero que merecen recordarse. En una ocasión un grupo de colonos
encontró a un niño de unos doce años sentado junto a una roca y mirando
fijamente el horizonte. Cuando le preguntaron qué hacía, él respondió: Estoy
esperando que vuelva mi padre. El padre había muerto dos semanas antes, sin
embargo el joven era incapaz de aceptar la realidad y se había convencido de
que el viento traería de vuelta a los muertos. Lo llevaron al poblado, donde
murió pocos días después, sin haber dicho nada más. El sacerdote anotó que
murió sin ruido.
Pero hubo más sucesos extraños, como la
escena de un soldado que comenzó a hablar con alguien cuando no había nadie.
Decía que su mujer caminaba entre las chozas y que mientras la seguía, ella le
sonreía. Los demás observaban con miedo. Una noche salió del poblado indicando
que iba a acompañarla, pero al amanecer lo encontraron tendido en la nieve,
muerto, pero con una expresión de paz.
Tal era la situación que Sarmiento
emprendió el viaje de regreso a España para solicitar ayuda, pero su travesía
se convirtió en un rosario de desgracias. Fue capturado por los ingleses y a
los meses liberado. En su camino a España fue apresado por franceses y
encarcelado en Burdeos, en donde, completamente arruinado enfermó vio que sería
incapaz de regresar a América para ayudar a sus hombres . En una carta que
escribió desde la prisión, afirmaba que la fortuna tiene gusto en contrariar a
quien la desafía. Es evidente el cansancio de este soldado, un hombre que en
ese instante luchaba contra el mundo pero también contra sí mismo. En otra
carta, escribía: Si Dios me concede volver, no sé si tendré hombres que salvar
o solo ruinas que llorar. Pedro Sarmiento de Gamboa, lo intentó todo, pero
nunca volvió.
Mientras tanto la Corona estaba ocupada en otros asuntos, por lo que fue el tiempo quien se encargó de olvidar la Patagonia. Pero allí los días, en un territorio tan hostil, son como un verdugo. En el poblado de Rey Don Felipe, pronto murieron casi todos. En cambio, en Nombre de Jesús, no quedó ningún superviviente. La cifra final supera los setecientos muertos, sin que hubiese enemigo o batalla, allí llegó algo peor que fue el hambre, el frío y un absoluto olvido. Esta es quizá la tragedia más silenciosa ocurrida en el Imperio español.
Tres años después, por el año 1587, el
corsario inglés Thomas Cavendish, llegó al Estrecho y tal fue el espectáculo
que encontró, que heló la sangre de toda la tripulación. Relató que había
chozas hundidas y completamente derruidas, restos de hogueras apagadas hacía
meses, cadáveres y esqueletos dispersos, algunos todavía con ropa, y un
silencio absoluto. Al descender encontraron un espectáculo dantesco. Cerca de
una vivienda había un esqueleto apoyado contra la pared, sentado y con las
manos sobre las rodillas. El cráneo miraba hacía la puerta, como si hubiese
estado esperado a alguien hasta el último momento. Pero, entre todo, quedaba un
único superviviente. Tomé Hernández era un soldado extremeño y estaba dentro de
una choza semiderruida. Estamos frente a la absoluta soledad de quien
presentaba un aspecto era tan sombrío que algunos marineros ingleses
retrocedieron al verlo. Tenía la barba larga, los ojos hundidos y la piel
pegada a los huesos. Llevaba meses hablando solo y se acercó a estos con miedo y
desconfianza. Tal era que los marinos no creían que pudiese tratarse de un
hombre. Ese lugar que quiso ser «Rey Don Felipe» más tarde fue bautizado por
Cavendish como «Port Famine», en suma, Puerto del Hambre.
Su relato es, sin duda, uno de los
relatos más sobrecogedores del siglo XVI, porque cuenta entre otras cosas, como
hablaba en voz alta para no olvidar el sonido humano y cómo se acostumbró a la
idea de que el mundo había terminado. Hernández llegó a pensar que era el
último hombre sobre la tierra. Narró que en los últimos días, antes del
rescate, se había acostumbrado a dormir con una mano apoyada en el suelo para
sentir que aún había tierra bajo mí y no vacío. Relató que en una ocasión creyó
escuchar pasos cerca de la playa y salió corriendo, pensando que alguien había
sobrevivido, pero cuando llegó no había nadie, salvo unas huellas en la arena
que no eran suyas. Cavendish, cuando leyó esta declaración años más tarde,
anotó al margen: quizá de algún animal. O quizá de algo que nunca sabremos.
Este último hombre, superviviente,
también dijo que durante semanas habló con los muertos. Lo hacía para no perder
la cordura, con frases como ¿te acuerdas, Juan, de cuando llegamos?, o, “no te
preocupes, mañana haré fuego”. Cuando le preguntaron si sabía que hablaba solo,
él respondió que sí, y respondió que si no hablaba se moría.
La historia de esta expedición está
llena de silencios y muertes inquietantes. Se cree que algunos llegaron a
comerse entre ellos. También que un puñado de hombres se arriesgó y camino
hacia la actual Chile buscando ayuda, pero nadie volvió. Comieron lo que
encontraban, raíces, algunos frutos que encontraban y sin saber que eran
venenosos, lo que llevó a una buena parte de la población a la muerte. La
Corona nunca envió socorro y Sarmiento, que lo intentó todo, no logró regresar.
La narración oficial ha minimizado la
tragedia, tanto que apenas quedan noticias escritas. Las últimas semanas de los
sufridos colonos siguen envueltas en una oscuridad absoluta que ningún
historiador ha logrado disipar. Frente a todo esto, la figura de Tomé Hernández
es fundamental porque es el único hombre que vio morir a todos y que consiguió
vivir para contarlo.
No cabe duda de que la colonización del
Estrecho de Magallanes fue una completa derrota humana, una empresa que nació
de una ambición imperial y que terminó convertida en un hecho completamente
incómodo para la historia.
Publicado Por La Mesa de los Notables.


