lunes, 28 de septiembre de 2026

PEDRO SARMIENTO DE GAMBOA EN EL ESTRECHO DE MAGALLANES Y LA TRAGEDIA DE PUERTO DEL HAMBRE.

Manuel L. Ruiz de Bucesta Álvarez. 


En el año 1581 hubo una empresa para poblar el Estrecho de Magallanes. Lo que nació como una idea en la Corte, pronto terminó convertida en un simple murmullo del que parece que en poco tiempo nadie quiso hablar más. Felipe II vivía en su despacho, preocupado por la intrepidez y audacia de los corsarios ingleses que se aventuraban entrando por el Pacífico con total libertad, así que un día tomó la decisión de que aquel corredor de agua debía ser habitado y fortificado. La orden fue tan clara como ambiciosa, había que cerrarles el paso de inmediato y asegurar la ruta de los navíos españoles.

Se eligió para semejante tarea a Pedro Sarmiento de Gamboa. Era un hombre de ciencia y de mar, conocido cosmógrafo que había servido como soldado. Al parecer habría nacido por el año 1530, probablemente en Pontevedra, hijo de Bartolomé Sarmiento y de María de Gamboa. Desde joven se formó en navegación y estudios humanísticos que lo convertirían en uno de los exploradores más notables de su siglo. Hombre de espíritu firme, tanto que algunos historiadores escribieron que era completamente incapaz de retroceder. Nada se les ponía por delante. Era el mando ideal para los documentos y un jefe temible para los hombres. Un militar que, según relataba un soldado, no sabía distinguir entre obediencia y devoción, porque siempre exigía ambas.

Mapa Marítimo del Estrecho de Magallanes. Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, 1769.

Partieron un total de veintitrés embarcaciones entre naos, galeotes, pataches y zabras. Al final, solamente alcanzaron la costa Nuestra Señora de la Esperanza y San Francisco, acompañados por un patacho auxiliar. Viajaban cerca de tres mil personas, entre soldados, marineros, artesanos, clérigos, oficiales y futuros pobladores que buscaban fortuna en los confines del mundo y, por eso, aprovechaban esta oportunidad. Entre ellos viajaba un gallego, de profesión herrero, que aseguraba haber visto una vez el alma de un barco salir por la chimenea, o un carpintero sevillano que siempre llevaba consigo un trozo de madera para recordar que la tierra existe. Ninguno imaginaba la historia que les aguardaba.

En el viaje hacia el sur de la tierra hubo un catálogo de advertencias que nadie quiso ver. Numerosas tormentas surgidas de la nada dispersaban constantemente las naves, sucediéndose diversos naufragios, calamidades e incluso deserciones. En una ocasión el San Francisco desapareció durante varios días y, cuando volvieron a encontrarlo, la tripulación se encontraba enferma y casi la totalidad de los víveres arruinados por la humedad. Los marineros más veteranos decían que el Estrecho no se dejaba conquistar por cualquiera, porque era un lugar indómito. Sarmiento, sin embargo, seguía el rumbo con total obstinación. Nadie le desobedecía y su autoridad era tan absoluta que un marinero portugués masculló que si el mar tuviera lengua, seguramente pediría permiso a Sarmiento para rugir.

No fueron pocos los episodios que mirados hoy parecen presagios. Una de las noches, de aparente calma, un marinero poco dado a fantasías aseguró que había visto moverse una luz sobre la superficie del agua, decía que era como si alguien caminara sobre el mar con un candil. Tanto fue su insistencia que pidió confesión inmediata. Otro piloto, un día que estaba realizando una maniobra, afirmó que el mar respiraba bajo el casco del barco, añadió que era como si algo muy grande se desplazase en las profundidades. No cabe duda de que en los confines del mundo, la imaginación es posiblemente el enemigo más peligroso que se puede tener.

Sarmiento de Gamboa, por su parte, se mantuvo sereno todo el tiempo, ejemplo de ello fue durante una tormenta tan fuerte que amenazaba con partir el mástil, que le dijo al piloto: No tema usted al viento; tema a la duda. Esta frase se convirtió en el lema involuntario de toda la expedición. En otra ocasión un marinero se negó a subir al palo mayor por miedo a caer,  lo que Sarmiento le dijo que el miedo solamente es útil cuando avisa. Terminó subiendo.

Ya era el mes de febrero de 1584 y habían amarrado en el Estrecho. Solamente quedaron a poblar unos 338 colonos. La primera población que fundaron se llamó Nombre de Jesús. La segunda de aquellas será nombrada Rey Don Felipe. Todos repartidos en dos enclaves que estaban separados por una costa completamente inhóspita, en donde la agricultura resultaba completamente imposible. No tenían ganado, ni viviendas adecuadas en donde refugiarse. El clima castigaba sin tregua. En ese instante se dieron cuenta de que la Patagonia no perdona la improvisación

Las muertes comenzaron de inmediato. El frío y el hambre no hicieron rehenes. Morían continuamente y algunos colonos buscaban comida desesperadamente, desapareciendo en la nieve y sin dejar ningún rastro. Otros fueron encontrados sentados o apoyados en una roca, como si hubieran aceptado la muerte sin lucha alguna. Pero se contó un caso que fue especialmente perturbador, donde un grupo de cinco hombres salió a buscar leña y fueron encontrados días más tarde, alineados junto a un tronco caído, sin ninguna señal de violencia. Era como si hubieran decidido morir juntos. El sacerdote que los enterró señaló que parecían dormidos, pero sin sueño.

Ruinas de la ciudad Rey Don Felipe ( http://www.monumentos.gob.cl ).

La absoluta falta de alimento les obligó a hervir hasta el cuero de los zapatos, masticar raíces o pelear por restos de pescado. En el lugar que llamaron Rey Don Felipe, un artesano afirmó haber visto a un compañero intentar comer tierra convencido de que algo debía tener. La locura se contagió con rapidez. En Nombre de Jesús un soldado dejó escrito que el viento aquí no sopla: muerde.

Hubo numerosas escenas que se han olvidado, pero que merecen recordarse. En una ocasión un grupo de colonos encontró a un niño de unos doce años sentado junto a una roca y mirando fijamente el horizonte. Cuando le preguntaron qué hacía, él respondió: Estoy esperando que vuelva mi padre. El padre había muerto dos semanas antes, sin embargo el joven era incapaz de aceptar la realidad y se había convencido de que el viento traería de vuelta a los muertos. Lo llevaron al poblado, donde murió pocos días después, sin haber dicho nada más. El sacerdote anotó que murió sin ruido.

Pero hubo más sucesos extraños, como la escena de un soldado que comenzó a hablar con alguien cuando no había nadie. Decía que su mujer caminaba entre las chozas y que mientras la seguía, ella le sonreía. Los demás observaban con miedo. Una noche salió del poblado indicando que iba a acompañarla, pero al amanecer lo encontraron tendido en la nieve, muerto, pero con una expresión de paz.

Tal era la situación que Sarmiento emprendió el viaje de regreso a España para solicitar ayuda, pero su travesía se convirtió en un rosario de desgracias. Fue capturado por los ingleses y a los meses liberado. En su camino a España fue apresado por franceses y encarcelado en Burdeos, en donde, completamente arruinado enfermó vio que sería incapaz de regresar a América para ayudar a sus hombres . En una carta que escribió desde la prisión, afirmaba que la fortuna tiene gusto en contrariar a quien la desafía. Es evidente el cansancio de este soldado, un hombre que en ese instante luchaba contra el mundo pero también contra sí mismo. En otra carta, escribía: Si Dios me concede volver, no sé si tendré hombres que salvar o solo ruinas que llorar. Pedro Sarmiento de Gamboa, lo intentó todo, pero nunca volvió.

Mientras tanto la Corona estaba ocupada en otros asuntos, por lo que fue el tiempo quien se encargó de olvidar la Patagonia. Pero allí los días, en un territorio tan hostil, son como un verdugo. En el poblado de Rey Don Felipe, pronto murieron casi todos. En cambio, en Nombre de Jesús, no quedó ningún superviviente. La cifra final supera los setecientos muertos, sin que hubiese enemigo o batalla, allí llegó algo peor que fue el hambre, el frío y un absoluto olvido. Esta es quizá la tragedia más silenciosa ocurrida en el Imperio español. 

Tres años después, por el año 1587, el corsario inglés Thomas Cavendish, llegó al Estrecho y tal fue el espectáculo que encontró, que heló la sangre de toda la tripulación. Relató que había chozas hundidas y completamente derruidas, restos de hogueras apagadas hacía meses, cadáveres y esqueletos dispersos, algunos todavía con ropa, y un silencio absoluto. Al descender encontraron un espectáculo dantesco. Cerca de una vivienda había un esqueleto apoyado contra la pared, sentado y con las manos sobre las rodillas. El cráneo miraba hacía la puerta, como si hubiese estado esperado a alguien hasta el último momento. Pero, entre todo, quedaba un único superviviente. Tomé Hernández era un soldado extremeño y estaba dentro de una choza semiderruida. Estamos frente a la absoluta soledad de quien presentaba un aspecto era tan sombrío que algunos marineros ingleses retrocedieron al verlo. Tenía la barba larga, los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos. Llevaba meses hablando solo y se acercó a estos con miedo y desconfianza. Tal era que los marinos no creían que pudiese tratarse de un hombre. Ese lugar que quiso ser «Rey Don Felipe» más tarde fue bautizado por Cavendish como «Port Famine», en suma, Puerto del Hambre.

Su relato es, sin duda, uno de los relatos más sobrecogedores del siglo XVI, porque cuenta entre otras cosas, como hablaba en voz alta para no olvidar el sonido humano y cómo se acostumbró a la idea de que el mundo había terminado. Hernández llegó a pensar que era el último hombre sobre la tierra. Narró que en los últimos días, antes del rescate, se había acostumbrado a dormir con una mano apoyada en el suelo para sentir que aún había tierra bajo mí y no vacío. Relató que en una ocasión creyó escuchar pasos cerca de la playa y salió corriendo, pensando que alguien había sobrevivido, pero cuando llegó no había nadie, salvo unas huellas en la arena que no eran suyas. Cavendish, cuando leyó esta declaración años más tarde, anotó al margen: quizá de algún animal. O quizá de algo que nunca sabremos.

Este último hombre, superviviente, también dijo que durante semanas habló con los muertos. Lo hacía para no perder la cordura, con frases como ¿te acuerdas, Juan, de cuando llegamos?, o, “no te preocupes, mañana haré fuego”. Cuando le preguntaron si sabía que hablaba solo, él respondió que sí, y respondió que si no hablaba se moría.

La historia de esta expedición está llena de silencios y muertes inquietantes. Se cree que algunos llegaron a comerse entre ellos. También que un puñado de hombres se arriesgó y camino hacia la actual Chile buscando ayuda, pero nadie volvió. Comieron lo que encontraban, raíces, algunos frutos que encontraban y sin saber que eran venenosos, lo que llevó a una buena parte de la población a la muerte. La Corona nunca envió socorro y Sarmiento, que lo intentó todo, no logró regresar.

La narración oficial ha minimizado la tragedia, tanto que apenas quedan noticias escritas. Las últimas semanas de los sufridos colonos siguen envueltas en una oscuridad absoluta que ningún historiador ha logrado disipar. Frente a todo esto, la figura de Tomé Hernández es fundamental porque es el único hombre que vio morir a todos y que consiguió vivir para contarlo.

No cabe duda de que la colonización del Estrecho de Magallanes fue una completa derrota humana, una empresa que nació de una ambición imperial y que terminó convertida en un hecho completamente incómodo para la historia.

Publicado Por La Mesa de los Notables.