sábado, 31 de octubre de 2026

EL MARQUÉS DE LA FLORESTA, GRAN OFICIAL DE LA ORDEN DE LA STELLA D’ITALIA.

 

En la Embajada de Italia ante el Reino de España ha tenido lugar en la noche del 27 de octubre de 2026, la solemne entrega de las insignias de gran oficial de la Orden de la Stella de Italia al Dr. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, marqués de la Floresta y vizconde de Ayala.

La ‘Ordine della Stella d’Italia’ tiene como objeto el de premiar a cuantos hayan adquirido particulares merecimientos en la promoción de las relaciones de amistad y colaboración entre Italia y los demás países, y al reforzamiento del prestigio de dicho país en el mundo.

La ministra consejera de la Embajada, Chiara Petracca, dio lectura al decreto de S.E. el Presidente de la República Italiana, y luego S.E. el embajador de Italia, conde Giuseppe Buccino Grimaldi procedió a la entrega del diploma e insignias, dirigiendo unas palabras de elogio a la figura y a la trayectoria del egregio condecorado, y mencionando especialmente su participación en los fastos del 160º Aniversario de las Relaciones Diplomáticas entre España e Italia, y sus libros y publicaciones sobre temas italianos, en particular el último, dedicado a la Insigne y Real Orden de San Genaro.

Contestó brevemente el recipiendario, agradeciendo a S.E. el Presidente de la República Italiana y al Embajador la concesión, y comprometiéndose a continuar, en cuanto le sea posible, su colaboración con las autoridades italianas en materias culturales. Recordando que esta es la tercera condecoración italiana que recibe, por concesión de tres Presidentes distintos, tras la cruz de caballero de la Orden Al Mérito de la República Italiana, y la corbata de comendador de la Orden de la Estrella de la Solidaridad Italiana.

Seguidamente, en el fastuoso comedor de la Embajada, el Embajador ofreció una espléndida cena de especialidades sicilianas y napolitanas, preparada por el acreditado chef Giuseppe Ferraro.

Concurrieron a la ceremonia y a la cena, además de la familia del galardonado, el Oficial de la Secretaría de Estado del Vaticano, el Conde de Fuentecilla, director del Museo Casa de la Moneda (Fábrica Nacional de Moneda y Timbre); la Secretaria General de la Cámara de Comercio Hispano-Francesa; el Duque de Veragua, el Conde de Paredes de Nava, el Marqués de Casa Riera, el Rector de la Sociedad de Estudios Internacionales, el Conde de Ripalda, el Vizconde de las Quintanas, el  Marqués de Santa Cruz de Bérriz, el Arquitecto Conservador del ‘Centre National y  Embajadora de El Salvador en España, entre otras distinguidas personalidades, según consta en la nota remitida a esta publicación.

Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 30 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO XII-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

Capítulo XII. El honor ajeno.

Hay palabras que resultan mucho más cómodas cuando se aplican a uno mismo.
El honor es una de ellas.
He conocido personas capaces de defender el suyo durante generaciones, incluso cuando nadie parecía interesado en atacarlo. Algunas familias conservan agravios con una fidelidad que no siempre han dispensado a sus propiedades. El agravio, al menos, tiene la ventaja de no pagar contribución.
Una mañana, mientras mi secretario intentaba convencerme de que tres cartas exigían respuesta inmediata y yo sostenía que podían esperar sin peligro hasta el reinado siguiente, entró Ataúlfo.

No llamó.
Eso me hizo sospechar que el asunto era grave.

—Tengo un asunto de honor.

Levanté la vista.

—¿Tuyo?
—No.

Dejé la pluma.

—Entonces quizá sea importante.

Ataúlfo se sentó frente a mí con una expresión que no le conocía. No era indignación ni preocupación por su apellido. Era algo bastante más incómodo para él: preocupación por otra persona.

El afectado se llamaba don Julián Valcárcel. Durante treinta y dos años había sido archivero de una antigua corporación a la que Ataúlfo pertenecía. No era noble, ni pretendía serlo, circunstancia que le había permitido dedicar una cantidad considerable de tiempo a estudiar a quienes sí lo eran.

Conocía el archivo mejor que nadie. Sabía dónde estaba cada expediente, qué legajo había sido mal numerado en 1957 y qué secretario de principios del siglo XX añadía un número romano a las fechas cuando estaba nervioso.

Poseía, en suma, esa clase de conocimiento que una institución considera imprescindible hasta aproximadamente seis meses después de jubilar a quien lo posee.
Entonces desapareció un documento.
Era una carta del siglo XVIII relacionada con una antigua merced real, suficientemente valiosa como para que varias personas que jamás la habían leído empezaran inmediatamente a lamentar su pérdida.

Se revisaron inventarios y armarios. Después se revisaron los inventarios para comprobar que los armarios se hubieran revisado de acuerdo con los inventarios.

No apareció.

Alguien recordó entonces que don Julián había sido la última persona que trabajó con aquel fondo. Otro creyó recordar haberlo visto con una carpeta. Un tercero no recordaba nada, pero estaba dispuesto a hacerlo si resultaba necesario.
La explicación adquirió así la solidez habitual de las cosas que nadie sabe exactamente pero todos han oído.

 —Eso mejora mucho el caso.
—Está en un taller de restauración de Alcalá.
—Lo mejora todavía más.

Años atrás, don Julián lo había enviado a restaurar con autorización del presidente. Había recibo, acuerdo de la junta y factura.
La factura, naturalmente, era el documento mejor conservado.
Todo estaba archivado.
En otro expediente.

—¿Dónde buscaron?
—En el archivo histórico.
—¿Y el expediente?
—En el administrativo.

Reflexioné.

—Comprensible. Buscaban un documento antiguo.

Mi secretario levantó la cabeza.

—Hay algo más, señor. Don Julián escribió dos veces después de publicarse la nota. No recibió respuesta.

Ataúlfo añadió:

—Y ahora todos admiten que no tuvo nada que ver.
—Excelente.
—Privadamente.

Ahí estaba el problema.
Hay instituciones con una extraordinaria facilidad para hablar en nombre propio cuando reciben una distinción y una cierta timidez gramatical cuando tienen que pedir disculpas.
La junta consideraba suficiente comunicar personalmente a don Julián que todo había sido un error.

—¿Cuántos ejemplares del boletín se distribuyen?
—Algo más de dos mil.
—¿Y a cuántas personas van a comunicar la inocencia?

Ataúlfo hizo una pausa.

—A don Julián.

Me recliné en el sillón.

—Admiro el sistema. Dos mil personas conocen la culpa y una conocerá la inocencia.

Ataúlfo no sonrió. Aquello confirmó que estaba verdaderamente preocupado.
Conocía a don Julián desde niño. El archivero le había permitido entrar en el depósito a los doce años y le había enseñado un libro de pruebas de nobleza del siglo XVIII.

—Fue la primera vez que vi mi apellido en un documento antiguo —dijo.
—Eso explica muchas cosas.
—No empieces.
—No he empezado. Estoy estableciendo antecedentes.

Pero entonces me contó que don Julián había dejado de acudir a algunos actos. Dos personas que antes le saludaban con afecto habían empezado a hacerlo con esa prudencia reservada a quien aún no ha sido condenado, pero podría resultar incómodo haber saludado demasiado. Y uno de sus nietos había preguntado si el abuelo había robado algo.

Eso bastó.

El boletín de la corporación publicó una nota. No acusaba a don Julián de nada. Las personas prudentes saben que para dañar una reputación rara vez es necesario acusar. Basta con colocar correctamente las circunstancias.
La pieza, decía, había sido localizada por última vez «durante la anterior etapa de gestión del archivo» y se investigaban «determinadas irregularidades en los procedimientos de custodia».

Don Julián había sido el anterior archivero.
La sintaxis hizo el resto.

—¿Y qué ocurrió? —pregunté.

Ataúlfo sacó unos papeles.

—Que el documento no se perdió.

—Vamos a ver los papeles.

Mi secretario necesitó un día para encontrar cuatro documentos y dos días para comprender por qué no coincidían.
Según una carta, el manuscrito había salido el 14 de marzo. Según un acta, la restauración fue autorizada el 3 de abril. Según la memoria anual, ningún documento salió de la sede.

—Tenemos tres versiones —dijo.
—No seas injusto. Tenemos tres documentos oficiales.
—No dicen lo mismo.
—Por eso son tres.

El cuarto era el albarán del restaurador, fechado el 16 de marzo y firmado por don Julián.
Era suficiente.
Ataúlfo habló con un antiguo presidente. Yo llamé a un miembro de aquella junta. Mi secretario localizó al restaurador, que seguía vivo y, lo que resultó más útil, seguía guardando papeles. En pocos días reunimos lo necesario para hacer algo que en ciertas instituciones puede resultar mucho más difícil que encontrar un documento del siglo XVIII: reconocer un error del mes anterior.


Nos recibió el presidente con dos miembros de la junta.
No eran malas personas. Conviene aclararlo. Muchas injusticias no necesitan maldad; les basta con varias personas razonables intentando evitar simultáneamente una incomodidad.

—En ningún momento quisimos perjudicar a Valcárcel —dijo el presidente.
—Eso facilita mucho las cosas. Sólo falta reparar el perjuicio que no quisieron causar.

Habían preparado una rectificación.
Ocupaba casi dos páginas.
Decía que «como consecuencia de ulteriores actuaciones de comprobación» se había podido «determinar la eventual concurrencia de circunstancias documentales no conocidas», lo que aconsejaba «matizar algunas posibles interpretaciones».
Terminé de leer.

—Es admirable.

El secretario de la corporación sonrió.

—¿Le parece bien?
—Muchísimo. He leído tratados de teología que confesaban más.

Querían ser prudentes.

—La prudencia es una virtud excelente —dije—. Pero si sirve para no decir la verdad, acaba pareciéndose a otra cosa.

Tomé una hoja y escribí dos frases: la referencia publicada podía atribuir injustamente responsabilidad a don Julián; se había comprobado que el documento fue enviado regularmente a restauración y la corporación lamentaba el perjuicio causado a su buen nombre.
Uno de los miembros leyó el texto.

—Es demasiado directo.
—Suele ocurrir con la claridad.
—Podría perjudicar la imagen de la corporación.

Ataúlfo intervino antes que yo.

—Lo que perjudicó a la corporación fue equivocarse. Reconocerlo es probablemente lo primero que puede mejorar su imagen.

Lo miré.
Había dicho algo sensato sin necesidad de que nadie se lo pidiera.
Empecé a preocuparme.
El presidente dudó todavía.

—Podríamos escribir personalmente a don Julián.
—También —dije.
—Tal vez bastaría con eso.
—No —respondió Ataúlfo. —Si a un hombre se le quita algo delante de los demás, hay que devolvérselo también delante de los demás.

No añadí nada.
A veces la inteligencia consiste en reconocer el momento exacto en que uno debe permanecer callado. Es una virtud de la que Ataúlfo me había ofrecido pocas ocasiones de ejercicio.
La rectificación apareció en el boletín siguiente.
Sin subordinadas.
Fuimos a ver a don Julián unos días después. Vivía rodeado de libros, carpetas y fotografías del archivo. Nos ofreció café y repitió varias veces que no hacía falta haberse molestado tanto.

—Sí hacía falta —dijo Ataúlfo.
—Habéis hecho demasiado por mí.

Mi primo negó con la cabeza.

—Precisamente porque usted no podía hacer nada por nosotros.

Don Julián bajó la mirada hacia la taza.

No hubo discursos.

Diez minutos después nos explicaba un error de signaturas de 1842 y, a los veinte, Ataúlfo discutía con él sobre la fecha de ingreso de un antepasado suyo.
Todo volvía a estar en orden.
Al marcharnos, don Julián me dio las gracias.

—Déselas a Ataúlfo. La idea fue suya.

En el coche mi primo protestó.

—No hacía falta que dijeras eso.
—Pensé que te gustaría.
—Preferiría que no se comentase demasiado.

Lo observé.

—Ataúlfo, empiezas a preocuparme seriamente.
—¿Ahora qué he hecho?
—Llevas varios días comportándote como un caballero.

Sonrió.

—No exageres.

Me tranquilicé.
Seguía siendo él.
Aquella tarde regresé al gabinete pensando en la cantidad de veces que había oído hablar del propio honor: el familiar, el del apellido, el de la corporación y, sobre todo, el de uno mismo.
Quizá el honor fuese bastante más sencillo.
A veces no consiste en defender lo que es nuestro, sino en devolver a otro lo que nunca debió perder.
Mi secretario entró con una carta.

—La corporación pregunta si desea que conste en acta su intervención y la de don Ataúlfo.
—No.

Arqueó una ceja.

—¿Ni siquiera la de don Ataúlfo?
—Especialmente la de Ataúlfo.

Tomó nota.

—¿Archivo la carta?
—Sí.
—¿En correspondencia?

Miré el montón de papeles.

—No. En milagros.

Salió sin sonreír.

Era un profesional.
Me quedé solo bajo la mirada ligeramente divergente de don Rigoberto. Durante siglos habíamos dedicado mucho esfuerzo a demostrar quiénes éramos. Aquella semana habíamos empleado una pequeña parte en conseguir que otro no dejara de ser quien era.
Me pareció un uso bastante digno del apellido.
Sobre todo, porque no hacía falta ponerlo en el boletín.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.     Nota Aclaratoria.   Capítulo I.    Capítulo II.    Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      Capítulo VII.      Capítulo VIII.     Capítulo IX.    Capítulo X.   Capítulo XI.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.


jueves, 29 de octubre de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LOS ÚLTIMOS ACTOS DE LA MAESTRANZA DE SAN FERNANDO.

Pilar de Vicente. 

El pasado 24 de octubre tuvo lugar en Madrid el Solemne Acto de Ingreso de nuevos Maestrantes de la Maestranza de Caballería de San Fernando (Asociación de descendientes de los Caballeros Laureados de la Orden de San Fernando).

La jornada dio comienzo a las 12:00 horas con la celebración de la Santa Misa en la Iglesia Parroquial de San José de Madrid. Tras la ceremonia religiosa, las autoridades e invitados se trasladaron al Centro Cultural de los Ejércitos, donde se ofreció un cóctel de honor que reunió a distinguidas autoridades civiles y militares, así como a representantes de diversas órdenes de caballería y corporaciones nobiliarias.

En representación institucional del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, asistió su responsable de Relaciones Institucionales y autora de este artículo, atendiendo a la amable invitación cursada por la Presidenta de la corporación, la Excma. Sra. Marquesa de Sierra Bullones (GdE), Dña. Carmen Travesedo y Colón de Carvajal.


La Maestranza de Caballería de San Fernando fue fundada en 1999 con el fin de preservar y difundir el legado histórico de la Real y Militar Orden de San Fernando y mantener viva la memoria de los caballeros que recibieron esta distinción, así como de sus heroicos hechos de armas, ejemplo de honor, entrega y servicio a la Patria.

En sus más de veinticinco años de trayectoria ha reunido a 450 maestrantes, representantes de más de 230 caballeros laureados y Medallas Militares Individuales, además de contar con 40 maestrantes de honor.

Desde este blog, transmitimos nuestra más sincera felicitación a la Maestranza de Caballería de San Fernando y a los nuevos caballeros y damas maestrantes que se incorporan a esta ilustre institución.
Para más información: https://www.maestranzadecaballeriadesanfernando.es/

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 28 de octubre de 2026

FALLECE JAIME BUGALLAL, DESTACADO MIEMBRO DE LA MATRITENSE.

 

Con profundo pesar hemos conocido la noticia del fallecimiento, ocurrido al mediodía de hoy, de don Jaime Bugallal, miembro numerario de la Real Academia matritense de Heráldica y Genealogía, tras una larga enfermedad.

Prestigioso genealogista y heraldista, Jaime Bugallal dedicó buena parte de su labor investigadora al estudio de los linajes y las armerías gallegas, campo en el que destacó por sus amplios conocimientos y su dedicación a la investigación histórica.

Su desaparición supone una sensible pérdida para el mundo de la cultura y la historia de nuestro país y, muy especialmente, para cuantos se interesan por la genealogía de los linajes de Galicia.

Desde La Mesa de los Notables queremos expresar nuestro más sentido pésame a su familia, amigos y compañeros de la Matritense, así como dejar constancia de nuestro reconocimiento a su trayectoria y a su contribución al conocimiento y conservación de nuestro patrimonio histórico y genealógico.

Descanse en paz.

Publicado por La Mesa de los Notables.

VASCO NÚÑEZ DE BALBOA FRENTE AL ÚLTIMO HORIZONTE.

 

Manuel Luis Ruiz de Bucesta Álvarez.

La historia de Vasco Núñez de Balboa tiene todos los ingredientes para una novela de aventuras, con un hidalgo, un viaje clandestino, selvas completamente impenetrables, acuerdos con indígenas, batallas, rumores de tierras maravillosas y, finalmente, la aparición de un océano que era completamente desconocido al mundo. En un instante en que la tierra parecía lo suficientemente extensa, aquel extremeño pudo demostrar que todavía era mucho más grande.

Vasco Núñez de Balboa nació en Jerez de los Caballeros en torno al año 1475. Hijo de una familia noble, pero con recursos modestos. Él fue uno de tantos jóvenes de su generación que buscaron en las Indias, la riqueza y mejora de su familia. La meta era alcanzar todo lo que en ese instante Castilla no les podía ofrecer. Y así fue como, tras participar en diversas expediciones por las costas de Tierra Firme, Núñez de Balboa intentó establecerse en La Española, aunque al final su negocio fracasó.

En el año 1509, perseguido por las deudas, se embarcó como polizón en una expedición que dirigía Martín Fernández de Enciso. Las crónicas cuentan que viajó oculto dentro de un tonel pero que fue descubierto durante la travesía. Vasco habría logrado convencer a los expedicionarios para que le permitieran continuar el viaje, justificándose en sus conocimientos de aquellas nuevas costas. En ese instante nadie sospechaba que aquel joven que había aparecido escondido entre barriles, terminaría realizando uno de los mayores descubrimientos geográficos de la historia.

Se instaló en la actual Panamá donde pronto demostró su buena capacidad de mando y una notable habilidad para entenderse con los indígenas. En ese trato fue cuando escuchó una historia, varias veces repetida por los nativos, que contaban que al otro lado de las montañas existía «la otra mar». Decían que había mucha agua, pero que estaba más allá de las selvas y las cordilleras. Uno de los informantes, llamado Panquiaco, era hijo de un cacique y hablaba habitualmente, de forma amigable, con los españoles. Les contaba historias sobre aquellas regiones meridionales y también los tenía admirados explicándoles historias en torno a las numerosas riquezas que escondía la tierra.

Las noticias que Núñez de Balboa escuchó fueron las que encendieron su imaginación. Desde hacía muchos años los europeos buscaban las fabulosas regiones descritas por Marco Polo, lugares como Cipango, Catay y las Indias orientales, donde estaban las deseadas especias, pero también la seda, piedras preciosas y otros muchos productos de enorme valor en Europa. Mientras, en las nuevas Indias, nadie conocía con exactitud la dimensión de este nuevo continente recién descubierto, así que Balboa se preguntaba si aquella «otra mar» que explicaba su nuevo amigo, conduciría a las especias, ¿y si tras aquellas montañas estaba el camino hacia las riquezas orientales?

Era el mes de septiembre de 1513 y decidió averiguarlo por sí mismo. Salió desde Santa María la Antigua del Darién acompañado de un pequeño contingente de españoles y varios aliados indígenas. La expedición marchó durante varias jornadas, resultando completamente agotador. La altísima humedad de la selva, numerosos pantanos, cursos de agua y elevaciones del todo abruptas, dificultaban el camino. El terreno parecía diseñado para impedir el paso de cualquier intruso. El calor era sofocante y la vegetación era tanta que cerraba completamente cualquier camino. Hubo momentos en que sufrieron el ataque de pueblos indígenas hostiles. Así transcurrían los días, donde cada jornada exigía una resistencia extraordinaria.

Pasaron los días y divisaron unas montañas desde las cuales, según contaban los guías, podía contemplarse «ese mar». Balboa quiso protagonizar el instante en soledad, así que ordenó detenerse a sus hombres varios metros por debajo de la cima y él continuó ascendiendo prácticamente solo.

El 25 de septiembre de 1513, Vasco Núñez de Balboa alcanzó la cumbre de aquella montaña y, frente a él surgió una tremenda masa de agua, era tan grande que se perdía en el horizonte. Era agua, mucha más agua de la que nunca había podido imaginar. El joven extremeño acababa de convertirse en el primer europeo que contemplaba, desde las tierras de América, el océano que hoy todos llamamos Pacífico. Es probable que en algún momento nuestro Vasco Núñez de Balboa se hubiese sentido suspendido entre dos mundos. Detrás quedaba el océano Atlántico, por donde habían llegado los españoles hacía dos décadas y, frente a él, se extendía otro mar cuya verdadera magnitud nadie sospechaba. Miró a lo lejos, pero no divisó costa ni isla, solamente estaba el infinito.

Inmediatamente llamó a sus hombres, quienes ascendieron rápidamente para disfrutar de aquel extraordinario espectáculo. Seguramente ninguno podía imaginar que aquella superficie de agua era el mayor océano de la Tierra. Sin embargo, todavía quedaba completar el descubrimiento porque tenían que descender hasta la costa.

La expedición siguió, no sin nuevos enfrentamientos con algunos indígenas hostiles. Al aproximarse a la costa los españoles se dividieron para explorar el entorno. Visto el éxito, Balboa caminó hasta la orilla. Allí, frente a esas aguas totalmente desconocidas, se produjo una de las escenas más célebres de esta exploración española y fue cuando entró en el mar y tomó posesión de aquellas aguas en nombre de sus reyes. Esto ocurrió un 29 de septiembre de 1513, festividad del Arcángel San Miguel.

Uno de los primeros en llegar a la orilla junto con Vasco, fue Alonso Martín, quien al parecer pudo navegar, aunque sea brevemente, en una canoa indígena. Posiblemente habrían hecho lo que muchos navegantes realizan desde tiempo inmemorial cuando encuentran una masa de agua desconocida y es comprobar su naturaleza. Arrodillarse, recoger un poco de agua entre sus manos y probarla. Era agua salada, así es como supieron que no estaban frente a un gigantesco lago, ¡era mar!

Como aquellas aguas estaban al Sur, es por lo que lo llamaron «Mar del Sur». Años más tarde y tras la expedición de Fernando de Magallanes y Elcano, fue cuando toda esta extensión de agua acabó por imponerse y nombrarse océano Pacífico.
Hoy sabemos perfectamente la geografía del planeta y observamos los mapas donde los océanos parecen inevitables, pero en el año 1513 nada era así. El mundo era una compleja incógnita, con la muerte siempre pendiente, donde cada montaña podía esconder una maravilla y cada río un desastre.

La grandeza de aquella jornada fue llegar a entender que nuestro mundo era mucho más vasto de lo que cualquier europeo había imaginado. De este modo, un joven hidalgo, endeudado, que había llegado a viajar dentro de un tonel como polizón en un barco, se convirtió en el descubridor de la puerta que se abría a un nuevo océano. Vasco Núñez de Balboa, durante un instante irrepetible, se convirtió en el único hombre de su cultura que contempló por primera vez en la historia, desde las costas de América, el océano Pacífico.

Publicado por La Mesa de los Notables.


martes, 27 de octubre de 2026

RAÚL ROMERO MEDINA, GALARDONADO CON EL X PREMIO HIDALGOS DE ESPAÑA POR SU INVESTIGACIÓN SOBRE LA MEMORIA Y LA IDENTIDAD NOBILIARIA.

 

La Real Asociación de Hidalgos de España concede el X Premio Hidalgos de España al profesor Raúl Romero Medina por su obra Blasonar la memoria Medinaceli. Ejercicios de cultura, identidad y nobleza en la sociedad del Antiguo Régimen, fruto de sus investigaciones sobre la Casa Ducal de Medinaceli.

La Real Asociación de Hidalgos de España ha anunciado, mediante un comunicado fechado en Madrid el 26 de octubre de 2026, la concesión del X Premio Hidalgos de España al profesor Raúl Romero Medina.
La obra galardonada estudia cómo la nobleza construyó y transmitió su identidad y legitimidad a lo largo de las generaciones, tomando como referencia las investigaciones desarrolladas por su autor sobre la Casa Ducal de Medinaceli.
Raúl Romero Medina es profesor titular del Departamento de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid.

Su investigación ha sido distinguida con un premio convocado por la Real Asociación de Hidalgos de España para estimular y apoyar los estudios relacionados con la nobiliaria, la genealogía, la heráldica y otras disciplinas afines. El galardón está dotado con 10.000 euros, un diploma y una figura alusiva.

El jurado encargado de conceder esta décima edición del premio ha estado compuesto por seis especialistas de reconocido recorrido académico y profesional:
-Aránzazu Lafuente: directora del Archivo Histórico de la Nobleza, licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Historia Medieval.
-Eduardo Pardo de Guevara: doctor en Historia Medieval por la Universidad Complutense de Madrid y profesor de investigación del CSIC.
-José Augusto de Sotto Mayor-Pizarro: doctor en Historia Medieval por la Universidad de Oporto y catedrático de dicha universidad.
-F. Borja de Aguinagalde: archivero e historiador, formado en la Universidad de Deusto y en centros superiores de Madrid, París, Italia y Bélgica.
-Alberto Montaner: catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza y subdirector de su Instituto de Investigación sobre Patrimonio y Humanidades.
-Mario Jaramillo: doctor por la Universidad Complutense de Madrid y secretario del jurado del X Premio Hidalgos de España.

Según informa la Real Asociación de Hidalgos de España, la entrega del galardón tendrá lugar durante el próximo mes de noviembre de 2026, en un acto especial organizado por la propia institución.

Desde este blog nos hacemos eco de este reconocimiento, que contribuye a poner de relieve la importancia de la investigación histórica sobre la nobleza española, su memoria, su identidad y su patrimonio cultural. Felicitamos al profesor Raúl Romero Medina por la concesión de este prestigioso galardón.

Para más información: https://www.hidalgosdeespana.es/


Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 26 de octubre de 2026

LA NOBLEZA DE ASTURIAS ASISTE A LOS ÚLTIMOS ACTOS DEL CUERPO DE LA NOBLEZA DEL ANTIGUO REINO DE GALICIA.

 Pilar de Vicente.

El pasado sábado 24 de octubre de 2026, la ciudad de Santiago de Compostela se convirtió en el escenario de un destacado encuentro de corporaciones nobiliarias con motivo de la Solemne Misa y Ceremonia de Ingreso de los nuevos Caballeros y Damas del Cuerpo de la Nobleza del Antiguo Reino de Galicia. 

Los actos litúrgicos e institucionales se celebraron en la emblemática Iglesia conventual de San Paio de Antealtares, un marco histórico incomparable que acogió a numerosos representantes de la nobleza tradicional española. Posteriormente, la celebración continuó con un almuerzo de hermandad en la histórica Capilla Real del Hostal de los Reyes Católicos. 

En representación de la Real Maestranza de Caballería de Zaragoza acudió el Ilmo. Sr. D. Manuel Ruiz de Bucesta y Álvarez, quien asistió asimismo en nombre del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias.

Este tipo de encuentros solemnes reafirman los profundos lazos de hermandad, el respeto por el patrimonio histórico compartido y la vigencia de los valores tradicionales que unen a las corporaciones nobiliarias de nuestro país en la defensa y conservación de su legado cultural.

El Cuerpo de la Nobleza del Antiguo Reino de Galicia mantienen una web en internet en https://noblezadegalicia.org/

Para más información: aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


domingo, 25 de octubre de 2026

A PROPÓSITO DEL ARTÍCULO DE AMADEO REY SOBRE LUIS ALFONSO DE BORBÓN, PUBLICADO RECIENTEMENTE EN LA RAZÓN.

 Riestra2026.-


En estos tiempos en los que escasean los artículos que combinan rigor histórico, reflexión y criterio propio, resulta refrescante encontrar textos que vayan más allá del titular del día. Y este es, sin duda, el caso del magnífico trabajo que Amadeo Martín Rey y Cabieses publicó ayer mismo en La Razón, bajo el título «Luis Alfonso de Borbón se reivindica como heredero al trono ante el caos en Francia». Una de esas lecturas que merecen ser disfrutadas con detenimiento y que justifican, por sí solas, el reconocimiento a quien las firma.

Su lectura constituye una excelente oportunidad para recordar que la historia de las grandes dinastías europeas no se concentra exclusivamente en archivos, tratados genealógicos o en las vitrinas de los museos. También forma parte de la memoria colectiva de las naciones y, en determinadas circunstancias, puede aportar una perspectiva singular sobre los problemas del presente.

El autor consigue algo especialmente valioso como es relacionar los acontecimientos contemporáneos de Francia con su pasado monárquico, ofreciendo una reflexión que combina conocimiento histórico, sensibilidad institucional y una manifiesta consideración hacia la figura de Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou.
Y lo hace desde una posición intelectual perfectamente reconocible, que no pretende ocultar sus convicciones sobre la figura de Luis Alfonso.

Conviene detenerse, en primer lugar, en la personalidad de quien firma el artículo.

Amadeo Martín Rey y Cabieses no es un tertuliano ocasional de cuestiones dinásticas. Su trayectoria académica y profesional acredita una dedicación extraordinaria al estudio de la historia, la genealogía y las casas reales europeas.
Doctor en Historia por la Universidad de Navarra, doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la UNED, reúne una formación interdisciplinar poco frecuente.
Es, además, académico de número de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, institución en la que tomó posesión en mayo de 2017.

Su actividad investigadora y divulgadora comprende numerosas conferencias, publicaciones especializadas y colaboraciones periodísticas. También ha participado en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia.
A ello se añade su vinculación con instituciones históricas, nobiliarias  y caballerescas, entre ellas la Soberana Orden Militar de Malta  o la Sacra y Militar Orden Constantiniana de San Jorge.


No estamos, por tanto, ante un articulista que se aproxima superficialmente al pasado de Europa, sino ante un estudioso que conoce la compleja evolución de las familias que protagonizaron buena parte de nuestra historia.
Su referencia al conde de Chambord, a la frustrada restauración monárquica francesa y a la continuidad de los derechos dinásticos permite comprender que la figura de Luis Alfonso de Borbón responde a una tradición histórica perfectamente identificable.

Especialmente evocadora resulta la referencia personal del autor a la carroza preparada para la entrada del conde de Chambord en París. Ese detalle proporciona al texto una dimensión humana que difícilmente podría transmitir una simple enumeración de acontecimientos. Es la historia contemplada no solamente desde el conocimiento, sino también desde la sensibilidad hacia aquello que pudo haber sido y finalmente no fue.

Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, nacido en Madrid el 25 de abril de 1974, es hijo de Alfonso de Borbón y Dampierre, duque de Cádiz, y nieto del infante Jaime de Borbón y Battenberg, duque de Segovia, segundo hijo varón del rey Alfonso XIII. Su ascendencia paterna lo vincula directamente con la dinastía de los Borbones y, por esta vía, con Luis XIV de Francia.

Tras el fallecimiento de su padre en 1989, Luis Alfonso pasó a ocupar la posición que los legitimistas franceses reconocen como jefatura de la Casa de Borbón y representación de los derechos históricos de la rama primogénita de la dinastía.
Para sus partidarios es Luis XX de Francia.

Naturalmente, Francia es una república y existen otras interpretaciones dinásticas, pero esa circunstancia no resta interés histórico a la posición de Luis Alfonso ni a la tradición sucesoria que representa. Al contrario, permite apreciar la extraordinaria continuidad de unas instituciones familiares que han sobrevivido a revoluciones, guerras, exilios y profundas transformaciones políticas. Uno de los aspectos más estimables de su figura es, precisamente, la voluntad de conservar y transmitir ese legado.

En este sentido, resulta especialmente significativa la iniciativa de presentar, en diciembre de 2025, su propia página oficial en francés, concebida para divulgar su biografía, su posición dinástica y los principios históricos y culturales que desea preservar. La iniciativa representa una forma contemporánea de mantener viva una tradición secular.

Otro de los aciertos, a mi modo de ver,  del artículo de Rey y Cabieses es la referencia a San Luis IX, rey de Francia.
La evocación resulta particularmente oportuna cuando se aproxima el octavo centenario de su coronación, celebrada en Reims el 29 de noviembre de 1226.
San Luis, canonizado por Bonifacio VIII en 1297, ocupa un lugar singular en la historia de la monarquía francesa. Su reinado constituye una referencia fundamental para comprender la evolución de la institución monárquica medieval, la administración de justicia y la concepción cristiana de las responsabilidades del soberano.

Que Luis Alfonso de Borbón evoque hoy a este antepasado no es un detalle menor.
Supone recordar una tradición en la que la autoridad debía estar acompañada de obligaciones y en la que la dignidad de quien ejercía el poder se medía también por su capacidad para procurar justicia y proteger a la comunidad.
La historia de Francia no puede comprenderse plenamente sin los Capetos y los Borbones. Desde Hugo Capeto hasta los grandes monarcas de la Edad Moderna, ambas dinastías contribuyeron decisivamente a configurar la identidad histórica del país.
Reconocerlo no exige negar la Francia contemporánea. Significa, sencillamente, aceptar que una nación es mucho más que su régimen político vigente.

En relación con los graves disturbios que motivan el artículo, considero especialmente digna de reconocimiento la posición expresada por Luis Alfonso de Borbón.
Su comunicado, difundido en octubre de 2026 y recogido también por La Razón, condena la violencia y manifiesta solidaridad con los ciudadanos afectados.
Lo verdaderamente destacable es que esa solidaridad no se limita a un único sector de la sociedad francesa. Incluye a manifestantes, vecinos, comerciantes, policías, bomberos y gendarmes. Esa amplitud de miras merece ser subrayada.

El duque de Anjou distingue entre la legitimidad de las reivindicaciones sociales y la violencia que termina perjudicándolas. Una distinción esencial para cualquier convivencia civilizada. La defensa del orden público y el reconocimiento del derecho a expresar pacíficamente el descontento no deberían presentarse como principios incompatibles. Así mismo resulta significativo que Luis Alfonso haya manifestado su disposición a servir a Francia si los franceses así lo desean. Hay una diferencia sustancial entre entender una herencia dinástica como un privilegio personal y concebirla como una responsabilidad histórica puesta al servicio de una nación.

Esta segunda interpretación es, a mi juicio, la que proporciona mayor dignidad a su posición pública. Su actitud puede valorarse favorablemente sin necesidad de aventurar escenarios políticos improbables ni presentar como inminente una restauración monárquica.
El propio Amadeo Rey reconoce, en su artículo, las enormes dificultades que supondría actualmente el retorno de la monarquía a cualquier país europeo que haya dejado atrás esa forma de Estado. Precisamente por ello, su reflexión adquiere mayor interés, no necesita prometer acontecimientos futuros para reivindicar el valor de una continuidad histórica.

Existe, además, una cuestión que merece especial atención, Europa conserva distintas familias históricas que, aun habiendo perdido sus antiguas funciones soberanas, continúan desarrollando actividades culturales, representativas, patrimoniales o sociales. El autor recuerda oportunamente los ejemplos de Rumanía, Montenegro, Bulgaria y Georgia.
Son realidades institucionales diferentes, pero comparten como característica la permanencia de un legado histórico que no quedó completamente extinguido con la desaparición de sus respectivas monarquías.

Luis Alfonso de Borbón representa esa continuidad entre pasado y presente. Y considero positivo que mantenga viva la memoria de su Casa, participe en actos conmemorativos y procure transmitir a las generaciones futuras el conocimiento de sus raíces.

La principal virtud del trabajo de Amadeo Martín Rey y Cabieses reside en haber sabido elevar una noticia de actualidad a una reflexión histórica de mayor alcance. Su artículo está escrito desde el conocimiento, la convicción y el respeto hacia una tradición dinástica que conoce profundamente. Se puede compartir o no la interpretación legitimista de la sucesión francesa, pero sería injusto ignorar su fundamento histórico o reducirla a una simple curiosidad aristocrática.

Del mismo modo, la figura de Luis Alfonso de Borbón merece ser contemplada desde una perspectiva más amplia que la ofrecida habitualmente por determinadas informaciones de carácter social. Su trayectoria pública, su interés por la historia de Francia y su voluntad de preservar el patrimonio moral y cultural de sus antepasados constituyen aspectos suficientemente relevantes para justificar una atención seria y respetuosa.

Personalmente, encuentro particularmente estimable que, ante unos acontecimientos dolorosos, haya querido expresar públicamente su preocupación por Francia y su solidaridad con quienes sufren las consecuencias de la violencia. La fidelidad a una herencia histórica adquiere mayor significado cuando se acompaña de una voluntad de servicio.

Por todo ello, desde La Mesa de Los Notables deseo expresar mi felicitación a Amadeo Martín Rey y Cabieses por este excelente artículo, por su rigor histórico y por su continuada labor de divulgación de la historia dinástica europea.
Y también mi consideración hacia Luis Alfonso de Borbón, duque de Anjou, por la dignidad con la que mantiene viva una tradición familiar estrechamente vinculada a la historia de España y de Francia. Porque, más allá de coronas, títulos y regímenes, la verdadera nobleza de una herencia se manifiesta en la responsabilidad con la que se conserva, se honra y se transmite. 

La historia, a mi entender, no es únicamente memoria de lo que fuimos. También puede ser una fuente de inspiración para aquello que aspiramos a ser.

Pueden leer el artículo de Amadeo Rey y Cabieses : aquí.

Riestra2026.

Publicado por La Mesa de los Notables.

sábado, 24 de octubre de 2026

APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO 2026-2027 DE LA REAL ACADEMIA MATRITENSE DE HERÁLDICA Y GENEALOGÍA.

 

La Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía celebrará el próximo jueves, 5 de noviembre de 2026, a las 19:00 horas, el solemne acto de apertura del Curso Académico 2026-2027, renovando con esta ceremonia su compromiso con el estudio, la conservación y la transmisión de un legado histórico en el que confluyen la memoria de los linajes, el lenguaje de los símbolos y las múltiples expresiones de nuestra tradición cultural.

La lección inaugural estará a cargo de la Dra. D.ª Amelia Aranda Huete, conservadora de Colecciones Reales de Patrimonio Nacional y académica correspondiente de esta Real Academia, quien disertará sobre un asunto de singular atractivo histórico y artístico, bajo el título:

«Las órdenes y condecoraciones de la reina Victoria Eugenia de Battenberg: diplomacia y joyería».

La conferencia nos acercará a un ámbito en el que la historia, el arte y la diplomacia encuentran una de sus expresiones más refinadas. Más allá de la riqueza de sus materiales y de la exquisitez de su ejecución, las órdenes y condecoraciones constituyen un lenguaje de extraordinaria elocuencia: testimonios de vínculos dinásticos, instrumentos de representación y signos visibles de unas relaciones políticas y personales que contribuyeron a configurar la Europa de su tiempo.

La figura de la reina Victoria Eugenia ofrece, desde esta perspectiva, una sugerente oportunidad para contemplar cómo la joyería regia trasciende su dimensión ornamental y se convierte en depositaria de significados históricos, ceremoniales y simbólicos, capaces de iluminar aspectos menos conocidos de la vida cortesana y de las relaciones entre las casas reinantes.

El acto tendrá lugar en el Salón de Actos de la Facultad de Ciencias de la Documentación de la Universidad Complutense de Madrid, situada en la calle de la Santísima Trinidad, número 37.

Una ocasión para inaugurar un nuevo año de actividad académica y renovar, en torno al conocimiento y al diálogo intelectual, el vínculo entre la investigación histórica y la preservación de nuestra memoria colectiva.

Más información en: https://ramhg.es/



Publicado por la Mesa de los Notables.

viernes, 23 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO XI-.

 
El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO XI. LA MEMORIA FAMILIAR.

Las familias antiguas conservan muchas cosas.
Casas, retratos, cartas, vajillas incompletas, escrituras de propiedades que ya no poseen y algunos muebles cuyo principal mérito consiste en haber sobrevivido a quienes intentaron sustituirlos.
Conservan también recuerdos.
Éstos suelen encontrarse en peor estado.
La memoria familiar tiene una particularidad que la diferencia de los archivos. Los archivos guardan lo que ocurrió. Las familias tienden a guardar lo que consideran conveniente recordar que ocurrió.
No siempre existe mala intención.
A veces basta el afecto.
Una abuela transforma con los años a un marido de carácter insoportable en «un hombre muy recto». Un sujeto que jamás trabajó se convierte después de muerto en «persona de vida independiente». Un antepasado que perdió media fortuna pasa a ser recordado como «desprendido».
El tiempo posee una capacidad extraordinaria para mejorar el carácter de los difuntos.
Pensaba en estas cuestiones cuando mi secretario entró en el gabinete cargado con una caja.

—Ha llegado esto, señor.

La dejó sobre el escritorio. Dentro había un volumen de gran formato, encuadernado en tela verde y con letras doradas.
Historia y memoria de la Casa de Valdeprado.
Debajo figuraba:
Ocho siglos al servicio de España.
Miré el grosor.

—Han debido de servir muchísimo.

En la primera página encontré una nota manuscrita de mi amigo don Álvaro de Valdeprado.

«Querido Malvavisco: estamos preparando una edición familiar y me gustaría conocer tu opinión antes de imprimirla definitivamente. Sé que serás discreto. Sobre todo con el capítulo séptimo».

Pasé al índice.
Naturalmente fui directamente al capítulo séptimo.
Las familias son como los contratos: cuando alguien señala expresamente una cláusula, conviene empezar por ella.
Los Valdeprado eran una familia verdaderamente antigua. No de esas cuya antigüedad comienza con una frase en latín encontrada en Internet, sino de las que conservan documentos suficientes para aburrir durante generaciones a sus descendientes.
El libro estaba muy bien documentado. Había árboles genealógicos, escrituras, retratos, cartas y referencias de archivo.

Llegué al siglo XIX.

Allí apareció don Leandro de Valdeprado y Sotomayor.
Había nacido en 1838, se había casado en 1862, tuvo cuatro hijos y murió en 1907.
Entre el matrimonio y la muerte, el libro dedicaba a su vida exactamente cinco líneas.

«Don Leandro continuó la tradición familiar y administró el patrimonio recibido de sus mayores en una época de profundas transformaciones económicas y sociales. Hombre de carácter independiente, residió durante algunas temporadas fuera de España y mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia».

Aquello me interesó.
Había vivido sesenta y nueve años y conseguido atravesar cuarenta y cinco de ellos en una sola frase.
Su hijo ocupaba doce páginas.
Su padre, diecisiete.
Un tío canónigo disponía incluso de una nota dedicada a su biblioteca.
Volví a don Leandro.
Cinco líneas.
Don Álvaro apareció aquella misma tarde.

—¿Lo has visto?
—Sí.
—¿Entero?
—Lo necesario.

Miró el volumen.

—¿Y?
—Me gusta mucho don Leandro.

Cerró los ojos durante un instante.
Había acertado.

—Sabía que irías directamente a él.
—Me lo recomendaste.
—Te dije precisamente lo contrario.
—En los archivos suele ser lo mismo.

Se sentó frente a mí.

—Fue un desastre.

Aquello no figuraba entre las cinco líneas.

—¿En qué sentido?
—En todos.

Don Leandro había heredado dos fincas, varias casas y rentas suficientes para llevar una existencia tranquila siempre que se abstuviese de tener demasiadas ideas.
Tuvo muchas.
Primero invirtió en una explotación minera.
No había suficiente mineral.
Después participó en una compañía destinada a construir un ferrocarril entre dos localidades entre las que nadie parecía tener especial necesidad de desplazarse.
La línea nunca se terminó.
Más tarde se interesó por la cría de caballos.
Los caballos resultaron considerablemente mejores administradores que él, aunque tampoco consiguieron salvar el patrimonio.

—Perdió una finca —me explicó don Álvaro.
—Mala suerte.
—Luego hipotecó otra.
—Mala administración.
—Y vendió parte de la tercera para recuperar lo perdido.
—Eso ya parece perseverancia.

Don Leandro tenía además cierta afición al juego y había pasado largas temporadas en París y Biarritz.
El libro describía aquellas estancias como consecuencia de «su carácter independiente».

—¿Por qué estaba fuera de España?

Don Álvaro se removió ligeramente.

—Tuvo ciertos problemas familiares.

Esperé.

—Había una señora.
—Eso suele producir documentación.

La señora era actriz.
Aquello explicaba quizá mejor el carácter independiente.
La relación había provocado una larga separación de su esposa.

—Mi tatarabuela sufrió muchísimo —dijo don Álvaro.
—Eso sí me parece importante.

Abrí nuevamente el libro.

—Aquí dices que mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia.
—Los mantuvo.
—Desde Biarritz.
—Es una manera de hablar.

 


Empecé a comprender.
No había ninguna mentira.
Eso era precisamente lo interesante.

«Administró el patrimonio recibido de sus mayores en una época de profundas transformaciones económicas y sociales» conseguía contar que don Leandro había perdido buena parte de una fortuna responsabilizando discretamente al siglo XIX.

Sentí cierta admiración.

—No podemos ponerlo todo —dijo don Álvaro.
—Naturalmente.
—Ni hablar de la actriz.
—No tengo especial interés.
—Ni de las deudas.
—Entonces quizá tampoco convenga decir que administró el patrimonio.

Me miró.

—Todo lo que pone es verdad.
—No exactamente.
—¿Qué es falso?
—Nada.

Hice una pausa.

—Ése es el problema.

Hay frases capaces de no mentir y, sin embargo, de conseguir que la realidad salga de la habitación sin hacer ruido.
Don Álvaro se levantó y se acercó a la chimenea.
Entonces vio a don Rigoberto.

—Tú lo tienes fácil.
—¿El qué?

Señaló el retrato.

—Con vuestro primer vizconde siempre habéis bromeado.

Miré a mi antepasado.

—Era malvado.
—Eso dicen.
—Y bizco.
—Eso también.
—Y nunca habéis intentado ocultarlo.
—No veo la necesidad.

Nunca he sentido especial obligación de defender a don Rigoberto.
Fue mi antepasado.
No mi candidato.
La diferencia me parece importante.
No tengo que demostrar que fue bondadoso, prudente o particularmente merecedor del título que recibió. De él proceden el vizcondado, algunos documentos, el retrato y, en mi caso, cierta disposición ocular.
Bastante ha hecho.

—Álvaro —dije—, si mi familia hubiese aplicado a don Rigoberto el criterio editorial que quieres aplicar a don Leandro, yo habría conservado el vizcondado y eliminado al vizconde que lo fundó.

Sonrió.

—No es lo mismo.
—Naturalmente.
—Don Leandro hizo sufrir a mucha gente.

Dejé de bromear.

—Entonces no lo conviertas en una anécdota.
—Por eso prefiero no ponerlo.
—No. Por eso no deberías sustituirlo por otra cosa.

Se hizo un silencio.
Nadie está obligado a incluir en una historia familiar cada error de sus antepasados. Sería insoportable. Algunas familias necesitarían varios tomos sólo para los malos matrimonios.
Seleccionar es inevitable.
Embellecer ya es otra actividad.

—¿Qué pondrías tú?

Tomé un lápiz.
Taché «administró el patrimonio recibido de sus mayores».

—Eso estaba bien escrito.
—Precisamente.

Escribí al margen:

«Su gestión patrimonial resultó poco afortunada y durante su vida se enajenó una parte importante de los bienes familiares».

Don Álvaro hizo una mueca.

—Parece un informe de auditoría.
—Es bastante más amable que la realidad.

Taché después «mantuvo siempre estrechos vínculos con su familia».

—¿También?
—Si quieres puedes poner que pasó largas temporadas en Francia.
—Por motivos personales.
—Perfecto.

Contemplamos el párrafo.
Había perdido elegancia.
También había ganado realidad.

—Queda peor —dijo.
—Para don Leandro, sí.
—Para el libro.
—Eso depende de para qué quieras el libro.
—Para conservar la memoria familiar.
—Entonces quizá tenga que contener memoria.

Mi secretario entró con dos whiskies.
Al ver el libro abierto preguntó:

—¿Es la historia de la familia de don Álvaro?
—Sí.
—Debe de ser interesante.
—Muchísimo. Sobre todo desde que hemos empezado a devolver algunos parientes.

Don Álvaro me miró.
El secretario tuvo la prudencia de no preguntar.

—Hay cosas que una familia no tiene por qué exhibir —dijo don Álvaro cuando salimos nuevamente solos.
—Estoy de acuerdo.
—La intimidad debe respetarse.
—También.
—Entonces no entiendo el límite.
—Tú no quieres proteger la intimidad de don Leandro.
—¿Qué quiero?
—Proteger la reputación de los Valdeprado.

No respondió.
Las familias poseen una comprensible tendencia a comportarse como pequeños Estados. Tienen fundadores, alianzas, crisis, pérdidas territoriales, personajes incómodos y una historiografía oficial.
Con frecuencia poseen también un Ministerio de Asuntos Exteriores.
Suele llamarse abuela.
No veo nada extraño en que algunas historias permanezcan dentro de casa. El problema comienza cuando una familia decide escribir su historia y descubre que quiere conservar el pasado siempre que el pasado tenga la cortesía de coincidir con la imagen que mantiene de sí misma.
Entonces la memoria empieza a parecerse demasiado a la propaganda.
Don Álvaro hojeó nuevamente el libro.
Aparecieron un general, un magistrado, una señora vestida de negro, un sacerdote y un diputado de la Restauración.
Todos parecían personas respetables.

—Hubo gente extraordinaria —dijo.
—Sin duda.
—¿No es lógico querer transmitir eso?
—Por supuesto.
—Entonces ¿por qué insistir en el peor?
—No hay que insistir.

Señalé los retratos.

—Pero si éstos fueron verdaderamente extraordinarios, don Leandro no los empeora.

Guardó silencio.

—Una familia antigua ha tenido tiempo suficiente para producir de todo.
—Muy alentador.
—Algún arruinado.
—Seguro.
—Algún sinvergüenza.
—También.
—Algún imbécil.
—Varios.
—Y matrimonios lamentables.
—Eso en todas.
—Precisamente. Ahí empieza la universalidad de la nobleza.

Don Álvaro se echó a reír.
Varias semanas después recibí una nueva copia.
Abrí directamente el capítulo del siglo XIX.
Don Leandro seguía allí.
El párrafo había cambiado.

«Don Leandro de Valdeprado y Sotomayor heredó una parte importante del patrimonio familiar. De carácter inquieto y emprendedor, participó en distintas iniciativas económicas que no tuvieron el resultado esperado, circunstancia que obligó a enajenar algunas propiedades. Pasó largas temporadas en Francia por motivos personales. Su vida estuvo marcada por dificultades económicas y familiares de las que da testimonio la correspondencia conservada».

«De carácter inquieto y emprendedor» me pareció una concesión generosa.
Pero el hombre había invertido en minas, ferrocarriles y caballos.
Técnicamente no podía negarse.
Dentro encontré una nota de don Álvaro:

«Hemos procurado no ocultar nada sin necesidad de contarlo todo. Mi hijo dice que Leandro es ahora su antepasado favorito porque por fin aparece alguien normal».

Sonreí.
Mi secretario colocó el volumen en la biblioteca y salí de nuevo al encuentro de don Rigoberto.
Nunca sabré cuánto hay de cierto en todas las historias que mi familia cuenta sobre él.
Tal vez no fuese tan malvado.
Tal vez el episodio con Amadeo de Saboya nunca ocurriera.
Eso también forma parte de la memoria.
Pero hay algo que siempre he agradecido a mis mayores.
Jamás intentaron convencerme de que don Rigoberto fue un santo.
Era nuestro antepasado.
Les pareció suficiente.

Los antepasados tienen la irritante costumbre de haber vivido antes de que pudiéramos aconsejarles. No escogieron sus matrimonios pensando en nuestros árboles genealógicos, ni administraron sus fortunas para facilitar nuestras conversaciones, ni se comportaron para que dos siglos después pudiéramos exhibirlos cómodamente.

Vivieron.
Y nosotros venimos después.
La memoria familiar posee una razón profunda para existir. Nos recuerda que no empezamos con nosotros mismos. Que otros acertaron, se equivocaron, conservaron unas cosas y perdieron otras antes de dejarnos una historia que no hemos elegido.
Precisamente por eso conviene no corregirla demasiado.
Una familia que sólo conserva a sus hombres ilustres termina pareciéndose peligrosamente a un salón lleno de retratos comprados.
Puede impresionar.
Pero nadie sabe quién vivió allí.
Miré nuevamente a don Rigoberto.

—No te preocupes —le dije—. Tú te quedas.

Mi antepasado no respondió.
Fue una de sus intervenciones familiares más prudentes.

 

El vizconde de Malvavisco.

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El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

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