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viernes, 9 de octubre de 2026

MALVAVISCO. -CAPÍTULO IX-.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco,
una mirada distinta al mundo nobiliario

Capítulo IX. El apellido.

Los apellidos tienen una ventaja sobre los títulos nobiliarios: todo el mundo posee alguno. También presentan un inconveniente: casi todo el mundo cree saber de dónde procede el suyo.
Hace unos meses me invitaron a un congreso sobre genealogía. Acepté porque conocía al conferenciante, que sabía mucho más de apellidos que la mayoría de las personas que los llevan, y porque la invitación no exigía etiqueta. Al llegar descubrí, sin embargo, que los organizadores habían decidido colgarnos del cuello una acreditación.
La señorita de la mesa me entregó la mía.

«Vizconde de Malvavisco».
—Falta el nombre —le dije.

Se alarmó.

—Lo siento muchísimo, señor. Se la cambio ahora mismo.
—No hace falta. Es la parte que menos utilizo.

Detrás de mí esperaba un caballero que debía de tener unos cincuenta años, bien vestido, de maneras agradables. Su acreditación presentaba dificultades mayores.

—Hay un error. Es «García de Monteclaro».

La señorita buscó en la lista.

—Tengo «Gonzalo Monteclaro y Fernández».
—Sí, pero he recuperado el García.

Imprimió una nueva tarjeta: Gonzalo García de Monteclaro y Fernández.
El caballero la examinó.

—Fernández de San Pelayo.

La señorita dejó de sonreír.
Hubo que reducir ligeramente el tamaño de la letra. Me pareció una imagen bastante precisa de determinados procesos genealógicos: a medida que aumenta el linaje, disminuye el cuerpo tipográfico.
Coincidimos después durante el café. Gonzalo resultó ser una persona culta, educada y bastante razonable, circunstancia que siempre complica las cosas cuando uno esperaba divertirse a su costa.

—No crea que esto es una extravagancia —me dijo, tocándose la acreditación—. En mi familia el apellido era García de Monteclaro. Está documentado.
—No tengo dificultad en creerlo.
—Se perdió en el siglo XIX.

Me explicó que su tatarabuelo todavía aparecía en documentos familiares con el apellido compuesto, pero que después comenzó a figurar simplemente como Monteclaro. En unas partidas se conservaba completo; en otras, no. Más tarde la forma abreviada terminó imponiéndose y varias generaciones de la familia dejaron de utilizar la segunda parte.
Me enseñó unas fotocopias.
Las llevaba preparadas.

Eso me tranquilizó. Los genealogistas que aportan documentos suelen ser menos peligrosos que los que aportan recuerdos.

—Aquí está mi bisabuelo —dijo—. García de Monteclaro. Y éste es su padre.

Miré los papeles.

—Parece bastante claro.
—Por eso lo he recuperado.
—Me parece muy bien.

Se sorprendió.

—Pensaba que se reiría.
—No veo por qué. Si ése era el apellido familiar y puede demostrarlo, conservarlo me parece razonable.

Los apellidos también forman parte de una memoria. Algunos compuestos desaparecieron por desuso, por simplificaciones, por cambios de criterio o porque en algún momento nadie consideró necesario seguir escribiéndolos completos. Recuperar documentalmente uno de ellos no me parece una afectación. A veces es exactamente lo contrario: corregir una pérdida.

Gonzalo asintió, satisfecho.

—Además, los apellidos poco frecuentes deben protegerse.
—Siempre que no terminemos protegiéndolos de la posibilidad de caber en una tarjeta.

Miró su acreditación.

—Lo de «Fernández de San Pelayo» también está documentado.
—¿Hasta dónde?
—Era el apellido de mi abuela materna.
—Eso está bastante cerca.
—Y antes aparece como «Fernández de San Pelayo y de la Torre».

Lo miré.

—Eso está empezando a alejarse.

Sonrió.

—No pienso usarlo entero.
—Me tranquiliza.
—Aunque «de la Torre» es un apellido muy antiguo.
—No lo dudo.
—Y se está perdiendo.
—También el latín y no por eso lo añadimos al nombre.

Bebió un poco de café.

—Usted se burla, pero los apellidos son importantes.
—Precisamente por eso no me burlo de ellos.

Aquello pareció desconcertarlo.

Siempre he pensado que un apellido antiguo merece cierto respeto, pero el respeto no aumenta necesariamente con el número de partículas. Hay apellidos sencillos que pueden documentarse durante siglos y composiciones formidables fabricadas durante una tarde. La longitud pertenece a la ortografía. La antigüedad, a los archivos.


Gonzalo volvió a mirar sus papeles.

—En realidad hay otra cosa que quería preguntarle.

Aquello me preocupó.
Sacó el teléfono
Las preguntas genealógicas han empeorado mucho desde que caben en un bolsillo.
Miré.
En la pantalla aparecía la reproducción de una página dedicada a un personaje medieval: don Rodrigo de Monteclaro, caballero del siglo XIII, participante en varias campañas militares, señor de lugares cuyos nombres no conseguí retener y, según la página, tronco de una «ilustre estirpe extendida posteriormente por toda España».

Las genealogías de Internet sienten una especial debilidad por las estirpes extendidas.

—Es un antepasado mío —dijo Gonzalo.

Le devolví el teléfono.

—¿Lo sabe?
—Era Monteclaro.
—Eso he visto.
—Y mi familia es García de Monteclaro.
—También lo sé.

Esperó.

—¿No ve la relación?
—Veo dos veces la palabra Monteclaro.

No le pareció suficiente.

—Además, procedemos de la misma zona.
—Eso mejora la geografía.
—Y hay autores que relacionan ambas familias.
—También mejora la bibliografía.
Gonzalo empezó a impacientarse.
—Entonces ¿qué falta?
—La genealogía.

Me miró como si acabara de introducir una exigencia innecesaria en una conversación genealógica.

Volvió al teléfono y abrió un árbol. Las primeras generaciones estaban cuidadosamente documentadas. Había fechas, matrimonios, lugares de nacimiento y referencias a protocolos notariales. Retrocedimos hasta mediados del siglo XVIII con bastante facilidad. Después apareció un señor cuyo nacimiento no estaba del todo claro. Más arriba, las fechas se hicieron menos precisas. Dos generaciones después desaparecieron.

A continuación, estaba don Rodrigo.

—Aquí hay un pequeño salto —dije.
—Es la parte que falta demostrar.

Miré las fechas.

—Son casi cuatrocientos años.
—Sí.
—Admiro su concepto de «pequeño».

Gonzalo amplió la pantalla.

—Pero hay muchas coincidencias.
—Cuatro siglos suelen permitir bastantes.
—La tradición familiar es muy constante.
—Las tradiciones familiares tienen esa ventaja. No necesitan renovar el documento nacional de identidad.

Guardó el teléfono.

—No me cree.
—Creo que su familia lleva mucho tiempo creyéndolo. No es exactamente lo mismo.

Aquello no le gustó. Lo comprendí. Resulta profundamente desagradable descubrir que un antepasado medieval que llevaba años instalado cómodamente en la familia tiene que volver de pronto a demostrar parentesco.
La Edad Media ha producido una cantidad extraordinaria de descendientes póstumos desde que apareció Internet. Reyes, cruzados, almirantes y compañeros de batalla que durante siglos parecieron haber dejado una descendencia razonablemente limitada comenzaron, a finales del siglo XX, a reproducirse con un entusiasmo retrospectivo verdaderamente notable.

Carlomagno ha sido particularmente eficaz.

No pretendo negar que muchas familias actuales desciendan de personajes medievales. Estadísticamente, algunas incluso deben de hacerlo por una cantidad de líneas suficiente para provocar aburrimiento. El problema no es descender. El problema es demostrar por dónde.

Le conté entonces un caso que siempre me había interesado. Un genealogista italiano llevaba un apellido vinculado desde antiguo por tradición familiar a una de las grandes familias de la Florencia medieval. Existían indicios importantes: bibliografía antigua, tradición continuada, coincidencias heráldicas y otras circunstancias que en épocas anteriores habrían bastado a muchos genealogistas para afirmar el parentesco sin demasiadas incomodidades.

Él no lo hizo.

Cuando tuvo ocasión de hablar públicamente del asunto, explicó con toda claridad que su familia siempre se había considerado descendiente de aquella estirpe, que existían numerosas pistas a favor, pero que el estado actual de la investigación no permitía convertir esas pistas en una genealogía científicamente demostrada.

Gonzalo escuchó con atención.

—Pero seguramente descenderá.
—Es posible.
—Entonces...
—Precisamente.
—No le entiendo.
—La diferencia entre un genealogista y un antepasado consiste en que al primero conviene exigirle pruebas.

Gonzalo sonrió.

—¿Y al segundo?
—Al segundo también. Pero suele ser más difícil localizarlo.

Volvimos al salón. La conferencia iba a comenzar.

El ponente habló durante casi una hora de nombres, apellidos, filiaciones, transmisión y cambios de uso. Fue interesante, aunque observé que Gonzalo dedicó parte del tiempo a consultar el teléfono. Al terminar se acercó nuevamente.

—He encontrado otra referencia a Rodrigo de Monteclaro.
—Me alegro.
—Un foro genealógico.
—Eso me alegra algo menos.
—Un señor de Chile también desciende de él.
—¿Lo ha demostrado?
—No lo sé.
—Entonces ya son dos.

No insistió.

Varias semanas después recibí un sobre suyo en casa. Dentro había una nota amable agradeciéndome la conversación y una tarjeta de visita nueva.
La examiné.
«Gonzalo García de Monteclaro y Fernández de San Pelayo».
Debajo, en caracteres más pequeños, figuraban dos apellidos adicionales que no recordaba haber visto en la acreditación.

Mi secretario entró mientras todavía la tenía en la mano.

—¿La guardo en el tarjetero?

Se la entregué.
Intentó introducirla.
No cabía.
Probó en otro compartimento.
Tampoco.

—¿Qué hago con ella?

Miré la tarjeta.

—Documentación de gran formato.

Mi secretario salió.

Volví a leer el nombre. No sabía si Gonzalo había conseguido alargar su genealogía desde nuestra última conversación.  El apellido, desde luego, sí.

El vizconde de Malvavisco.


Para leer otros capítulos de Malvavisco (hacer click sobre el capítulo):
Presentación.   Nota Aclaratoria.  Capítulo I.     Capítulo II.     Capítulo III.    Capítulo IV.    Capítulo V.    Capítulo VI.      Capítulo VII.         Capítulo VIII.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 5 de octubre de 2026

EL MARQUÉS DE LA FLORESTA RECIBIDO COMO ACADÉMICO DE HONOR EN LA REAL ACADEMIA EUROPEA DE DOCTORES.

 

Desde su fundación en 1914, la Real Academia Europea de Doctores, integrada en el Instituto de España, ha estado comprometida con la defensa del prestigio del título de Doctor y ha velado por mantener la armonía y la más estrecha colaboración entre sus miembros.

El pasado lunes 28 de septiembre se ha reunido en sesión solemne en Barcelona para recibir al Excmo. Sr. Dr. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila, Marqués de la Floresta, Doctor en Derecho, en Ciencias Políticas y en Historia, como Académico de Honor de la RAED, con el discurso “El Palau Reial Nou de Barcelona (1387-1875)”.

El discurso de recepción del Dr. Ceballos-Escalera ha reconstruido la trayectoria histórica del Palau Reial Nou de Barcelona, edificio desaparecido que ocupó durante casi cinco siglos un lugar central en la vida política, mercantil, militar y cortesana de la ciudad. Situado en el Pla de Palau, junto al puerto, el inmueble nació a finales del siglo XIV como almacén de trigo y fue transformándose sucesivamente en mercado de paños, sala de armas, arsenal, residencia de los virreyes y capitanes generales de Cataluña y, finalmente, Palacio Real y sede judicial. 

A través de estas sucesivas funciones, el discurso ofrece una lectura de la evolución urbana e institucional de Barcelona desde la Baja Edad Media hasta la Restauración alfonsina de 1875, deteniéndose en episodios como la Guerra dels Segadors, la Guerra de Sucesión, la presencia de Felipe V y del archiduque Carlos, las reformas neoclásicas y las distintas visitas de la Familia Real.

Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila ( imagen:archivo de este blog).

Especial atención recibe la etapa isabelina, cuando el edificio fue acondicionado desde 1845 como residencia de Isabel II y adoptó definitivamente el nombre de Palau Reial Nou. El discurso describió tanto su singular reforma exterior de inspiración neogótica, como la riqueza de unos interiores en cuya decoración participaron centenares de artistas y artesanos barceloneses, convirtiendo el palacio en una muestra destacada de la pujanza de las artes decorativas y de la industria barcelonesa del momento. 

Tras la caída de Isabel II en 1868, el inmueble entró en una rápida decadencia, fue destinado a sede judicial y cuartel de Carabineros y terminó destruido por un incendio el día de Navidad de 1875. Su desaparición cerró una historia de casi cinco siglos, de la que hoy pervive principalmente el nombre del Pla de Palau, convertido en memoria urbana de un espacio estrechamente vinculado al comercio, al gobierno y a la presencia de la Corona en Barcelona.

En nombre de la Real Academia, le dio la bienvenida el Excmo. Sr. Dr. Joaquim Gironella Coll, Vicepresidente de la Junta de Gobierno, Doctor en Medicina y Cirugía, quien glosó el discurso e hizo la ‘laudatio’ de la figura y la trayectoria egregia del nuevo Académico de Honor, antiguo catedrático que ostenta tres doctorados en tres universidades públicas distintas, pertenece a nueve Reales Academias, y es autor de 54 libros y casi 700 monografías y artículos publicados.


Publicado por La Mesa de los Notables.

domingo, 20 de septiembre de 2026

EL CUERPO DE LA NOBLEZA DEL PRINCIPADO DE ASTURIAS, PRESENTE EN LAS MEDALLAS DE ASTURIAS 2026.

 

El Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias estuvo presente en el acto solemne de entrega de las Medallas de Asturias 2026, celebrado en Oviedo el pasado 8 de septiembre, festividad de la Virgen de Covadonga y Día de Asturias.
La corporación estuvo representada por su Canciller-Secretario, don Manuel Ruiz de Bucesta; su Vicecanciller, don Manuel Rodríguez de Maribona; y su Tesorero, don Juan de Allonca, que asistieron a una de las principales ceremonias institucionales del Principado.

Las Medallas de Asturias, acordadas por el Consejo de Gobierno, reconocen cada año a personas e instituciones cuya trayectoria o actividad ha tenido especial relevancia para la comunidad. En esta edición fueron distinguidos el Real Oviedo, con motivo de su centenario y de su regreso a Primera División; el tenor y gestor cultural don Joaquín Pixán; el periodista don Isidoro Nicieza; el docente y músico don Nacho Fonseca, y la Asociación Emburria, por su labor en favor de la inclusión de las personas con discapacidad.

La ceremonia sirvió asimismo para hacer entrega de los títulos de Hijos Predilectos e Hijos Adoptivos de Asturias correspondientes a 2026.
Como Hijos Predilectos fueron reconocidos don Juan Antonio Pérez Simón, don Isidro Fernández Rozada, doña Mari Luz Cristóbal Caunedo y don José Sierra Fernández. Los títulos de Hijos Adoptivos recayeron en doña Paz Fernández Felgueroso, don Saúl Craviotto, doña Maruja Torres, Yayoi Kawamura, don Adolfo Rivas Fernández y doña Consuelo Martínez López.

Representación del CNPA.

El acto reunió a una amplia representación de las instituciones asturianas y de distintos ámbitos de la sociedad del Principado. La presencia del Cuerpo de la Nobleza se enmarca en su participación en aquellos acontecimientos de especial relevancia para Asturias, particularmente los relacionados con su historia, patrimonio y vida institucional.

La jornada del 8 de septiembre volvió a poner de manifiesto, a través de los galardones concedidos, la diversidad de ámbitos desde los que se contribuye a la vida asturiana: la cultura, la música, la educación, el periodismo, el deporte y la inclusión social.

Para el Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias, su asistencia a esta ceremonia constituye también una muestra de su vinculación con la vida institucional del Principado y de su voluntad de acompañar, con su presencia, aquellas celebraciones en las que Asturias reconoce públicamente a quienes han destacado por su trayectoria y servicio a la sociedad.

Más sobre el CNPA:https://www.cuerpodelanoblezadeasturias.es/
Publicado por La Mesa de los Notables.

jueves, 17 de septiembre de 2026

TERTULIA «NUEVA HISPANIDAD Y PASAJEROS A INDIAS» EN EL REAL CASINO DE MADRID.

 Pilar de Vicente.

El pasado lunes, 14 de septiembre de 2026, el emblemático Real Casino de Madrid acogió en sus históricos salones una nueva y concurrida cita del ciclo de tertulias «Nueva Hispanidad». Dirigido por la Dra. Dña. Magdalena Suárez Ojeda, este foro se ha consolidado como un punto de encuentro indispensable para la reflexión en torno a nuestra historia común, el legado cultural y las raíces que unen a España con el continente americano.

En esta ocasión, la sesión giró en torno a una temática tan fascinante como emotiva: «Nueva Hispanidad y pasajeros a Indias: Historias de esperanza». Para desentrañar las vivencias, anhelos y desafíos de aquellos hombres y mujeres que cruzaron el Atlántico en busca de un porvenir, el acto contó con una brillante ponencia a cargo del Ilmo. Sr. D. Manuel Ruiz de Bucesta, secretario general del Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias.

A lo largo de su intervención, el ponente supo entrelazar el rigor genealógico con el relato humano. Durante su exposición, profundizó en cómo la hidalguía y los diferentes linajes peninsulares no solo cruzaron el océano contribuyendo a la conformación de la administración y de las sociedades del Nuevo Mundo, sino que también llevaron consigo un profundo anhelo de superación y servicio.

Más allá de los datos históricos, se rescataron nombres propios, cartas familiares y crónicas íntimas que reflejan la verdadera dimensión de aquellos «pasajeros a Indias». Historias de hidalgos, familias enteras y aventureros que apostaron todo en busca de la esperanza americana, enfrentándose a mares desconocidos y desafíos titánicos movidos por el afán de prosperar y ennoblecer sus linajes.

Magdalena Suárez, Pedro Halffter, Manuel Ruiz de Bucesta y Pilar de Vicente.

Historia y genealogía en un marco excepcional.

Los históricos salones de una de las instituciones más ilustres de la capital, el Real Casino de Madrid, ofrecieron el marco idóneo para una velada dedicada al estudio y la divulgación de nuestro pasado común. La belleza y el valor patrimonial del enclave contribuyeron a realzar una jornada en la que la historia, la genealogía y la memoria compartida fueron las auténticas protagonistas.

La jornada concluyó con un animado coloquio moderado por la Dra. Dña. Magdalena Suárez Ojeda, durante el cual los asistentes tuvieron la oportunidad de intercambiar impresiones y reflexionar sobre la vigencia de los vínculos históricos entre España y América, así como sobre la importancia de preservar y difundir este legado para las generaciones futuras.

Una vez más, el ciclo de tertulias «Nueva Hispanidad» evidenció el vivo interés que sigue despertando el estudio del legado histórico compartido por las naciones de la comunidad hispánica, recordando que el conocimiento del pasado constituye una herramienta esencial para comprender los profundos vínculos culturales que unen ambas orillas del Atlántico.

Publicado por La Mesa de los Notables.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¡¿QUÉ ES EL TORROTITO?!

 

Las banderas de proa de los buques de guerra suelen estar inspiradas en las enseñas nacionales de los países a los que representan. En España, hasta 1945, se utilizaba en proa la misma bandera nacional que en popa, aunque de menor tamaño. Hoy, sin embargo, contamos con el «torrotito», una enseña de proa diferente y original, cuyo diseño conserva reminiscencias históricas que la hacen especialmente singular y única.

Es probable que quien haya paseado por alguno de los muchos puertos que tenemos en nuestra geografía, haya observado en alguna ocasión un buque de la Armada Española atracado y haya podido ver izada en él, además de la conocida bandera rojigualda que nos representa como nación, otra enseña en la proa que a veces pasa inadvertida. Es cuadrada y está dividida en cuatro cuarteles que representan los reinos de Castilla, León, Aragón y Navarra.

Aunque lo parezca, no es una rareza ni un simple adorno con reminiscencias históricas. Es el «torrotito», también llamado Bandera de Proa o Bandera de Tajamar, y forma parte del ceremonial de los buques de guerra de nuestra Armada.

La primera pregunta es inevitable, ¿por qué hay una bandera en la proa cuando la Bandera Nacional ya está ondeando en el buque? La respuesta está en la tradición naval y en los reglamentos que han ido estableciendo su uso. El Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivos, aprobado en 1977, la denomina oficialmente «Bandera de proa a tajamar (torrotito)» y establece su uso única y exclusivamente para los buques de guerra de nuestra Armada.

La Bandera Nacional tiene su propio lugar a bordo. Cuando el buque está atracado o fondeado, se iza en el asta de popa. Al hacerse a la mar, se arría de ese lugar y se iza en el pico. Una vez navegando, permanece allí. Así lo establecen las Reales Ordenanzas de la Armada. El «torrotito» ocupa otro lugar y responde a otro ceremonial diferente.

Las Reales Ordenanzas establecen que, cuando un buque está fondeado o atracado en aguas extranjeras, iza la Bandera de Tajamar  a las mismas horas que la Bandera Nacional. En aguas nacionales se iza los domingos y días festivos, así como durante determinados engalanados. También se iza cuando hay un buque de guerra extranjero presente, desde que este fondea o afirma la primera amarra hasta que zarpa o larga la última, de acuerdo con las circunstancias previstas en las Ordenanzas.

No está, por tanto, permanentemente ondeando, tiene sus momentos perfectamente marcados.

El aspecto del «torrotito» es probablemente lo que más llama la atención. Es una bandera cuadrada dividida en cuatro cuarteles, en los que aparecen símbolos heráldicos fácilmente reconocibles en una composición descrita con detalle en el Reglamento de 1977, aunque estos elementos no responden exactamente a la distribución de la que se compone el escudo actual de España. La distribución y composición de esta bandera tiene sus propias características y responde a una tradición vexilológica específica. Por eso, aunque su tamaño sea reducido, basta con verla para reconocer inmediatamente un conjunto de símbolos que nos remite a algunos de los principales iconos históricos de España.

No siempre tuvo este aspecto. Y aquí aparece una de las partes más interesantes de su historia.
La documentación histórica especializada señala que, hasta el 11 de octubre de 1945, fecha en la que se aprobó un nuevo Reglamento de Insignias, Banderas y Distintivos, la bandera de proa conservaba los colores nacionales. Fue aquel reglamento el que estableció el diseño cuartelado que conocemos. Conviene, sin embargo, hacer una precisión importante: el Reglamento de 1945 ya no es la norma que actualmente regula esta bandera. En 1977, como ya hemos apuntado, se aprobó otro Reglamento de Banderas y Estandartes, Guiones, Insignias y Distintivos que derogó expresamente el anterior, aunque mantuvo el diseño cuartelado de la Bandera de Proa. Dicho de otra manera, 1945 marca el cambio al diseño que conocemos, abandonando para la bandera de proa los colores de la enseña nacional, y 1977 es el que la mantiene en su actual diseño cuartelado.

La tradición de la bandera de proa, sin embargo, como acabamos de decir es anterior, y aquí conviene separar dos cuestiones que a veces se mezclan: la historia de la bandera y la historia de la palabra «torrotito».
El nombre ya aparece documentado antes de que existiera el diseño cuartelado actual. El Diccionario histórico de la lengua española de la RAE y la ASALE registran «torrotito» desde 1909. La primera documentación localizada corresponde a un texto de R. Fontenla, publicado ese año en la Revista General de Marina. La palabra aparece vinculada al lenguaje naval y a la pequeña bandera que los buques de guerra izan en la proa.

Hay un dato que resulta especialmente curioso, ya que hay fuentes que, sin profundizar en absoluto, consideran que el origen etimológico de «torrotito» pudiera ser incierto. Entonces, ¿a que debe su nombre?
Tradicionalmente, en la Armada, el pequeño mástil o asta vertical situado en el extremo de la proa, sobre el tajamar o el bauprés, se denominaba  (y se denomina) indistintamente «asta del torrotito» o, simplemente, «el torrotito» en el lenguaje cotidiano.
De este modo, la bandera que se iza en él terminó recibiendo también el nombre de «torrotito», por una cuestión práctica. Con el tiempo, la denominación del asta pasó a utilizarse para referirse directamente a la bandera que pendía de ella, simplificando así la comunicación a bordo.

Hay ocasiones en las que esta pequeña bandera adquiere especial protagonismo: los engalanados.
Las Reales Ordenanzas de la Armada regulan tanto el engalanado general como el engalanado particular. En estas ocasiones, la Bandera Nacional ocupa los topes y la Bandera de Tajamar se iza en el torrotito, junto con las correspondientes banderas del Código. Es una de las imágenes más características del ceremonial naval, el buque vestido con sus banderas, con la enseña nacional en la arboladura y el «torrotito» en la proa.
No es una cuestión improvisada. El ceremonial establece dónde debe estar cada bandera y cuándo debe aparecer. Incluso el Reglamento de 1977 determina diferentes tamaños para la bandera de tajamar en función de las dimensiones del buque.

El «torrotito» es, en esencia, una enseña naval de proa que, además de cumplir una función ceremonial, contribuye a identificar al buque como perteneciente a la Armada. Pequeño en tamaño, pero cargado de significado, acompaña al buque como un distintivo de su identidad y de su vinculación con nuestra institución naval.

Publicado por La Mesa de los Notables.

 


martes, 15 de septiembre de 2026

CAPÍTULO ANUAL DEL SOLAR DEL PÁRAMO Y LA FOCELLA 2026.

 Pilar de Vicente.

El pasado 12 de septiembre tuvo lugar en la iglesia de San Justo del Páramo, situada en la localidad homónima del concejo de Teverga (Principado de Asturias), el Capítulo Anual de la Unión de la Nobleza del Solar del Páramo, La Focella y la Villa de Sub.

La Corporación tiene entre sus principales fines la conservación y difusión de la memoria histórica de este antiquísimo privilegio de nobleza, así como la promoción del extraordinario patrimonio cultural y natural del concejo de Teverga. Considerado uno de los territorios más singulares del Principado, Teverga reúne monumentos de gran relevancia, espectaculares paisajes de montaña y un entorno natural único.

Con el propósito de honrar la memoria de los reyes leoneses Alfonso V, conocido como «el Noble» o «el de los Buenos Fueros», y de su hijo Bermudo III, último monarca de la dinastía astur-leonesa y vinculado al origen de esta histórica institución nobiliaria, se celebró una solemne ceremonia en la iglesia de San Justo del Páramo. El acto estuvo presidido por su presidente, don Manuel Rodríguez de Maribona y Dávila, conde de Alba, acompañado por el vicepresidente, don Manuel Ruiz de Bucesta y Álvarez. Asimismo, la ceremonia sirvió para formalizar la investidura e ingreso de tres nuevas damas y tres caballeros en la corporación.

Una vez concluida la ceremonia, los asistentes realizaron una visita por las localidades que integran el histórico Señorío del Privilegio: El Páramo, La Focella y la Villa de Sub. A continuación, tuvo lugar un almuerzo de hermandad en un restaurante de la zona, donde los participantes compartieron un agradable encuentro mientras degustaban algunos de los platos más representativos de la gastronomía asturiana.


La jornada concluyó con una visita guiada a la histórica Colegiata de San Pedro de Teverga, uno de los monumentos más destacados del patrimonio medieval asturiano.

Los orígenes de este templo se remontan al antiguo monasterio benedictino de San Pedro y San Juan de Val de Teverga. En 1092 fue donado por la condesa doña Aldonza a la iglesia de San Salvador de Oviedo, mientras que la fundación de la colegiata se sitúa en torno al año 1107.
Este templo constituye uno de los máximos exponentes de la arquitectura románica en la región. Su concepción responde a las características propias de este estilo medieval, difundido por los territorios cristianos occidentales entre los siglos XI y XII, dejando en Asturias algunas de sus manifestaciones más notables.

Construida íntegramente en piedra labrada, la Colegiata de San Pedro presenta los rasgos más característicos de este arte, junto con ciertas influencias bizantinas. Su planta de cruz latina y sus tres naves configuran un espacio de gran armonía arquitectónica. Entre los elementos más sobresalientes destacan sus robustas columnas, los arcos de medio punto, las bóvedas de cañón y el ábside rectangular, fruto de la reconstrucción llevada a cabo tras el incendio que sufrió el edificio en el siglo XVII.

Orientada hacia oriente, la iglesia fue concebida para que los primeros rayos del sol iluminaran su interior, evocando simbólicamente la figura de Jesucristo como luz de los corazones. La sobriedad del recinto, acentuada por la discreta iluminación natural de sus pequeñas ventanas, favorece un profundo ambiente de recogimiento y contemplación. Presentan asimismo un especial interés el vestíbulo, los capiteles de las columnas centrales, el presbiterio, los escudos de la Casa de Miranda, diversos sepulcros y numerosas inscripciones de alto valor histórico y artístico.

Para más información sobre esta corporación, puede consultar aquí.
Para conocer más detalles sobre la Colegiata de San Pedro de Teverga puede consultar aquí.

Publicado por La Mesa de los Notables.

lunes, 14 de septiembre de 2026

CUATRO NUEVOS CAPITULARES SON INVESTIDOS EN LA CATEDRAL DE CUENCA.


La Capilla del Espíritu Santo, de la Catedral de Cuenca, acogió este sábado la solemne investidura de cuatro nuevos capitulares del Muy Ilustre Cabildo de Caballeros de Cuenca, en una ceremonia inspirada en antiguas tradiciones de la caballería y con la presencia de representantes de numerosas órdenes y corporaciones nobiliarias españolas.
El acto comenzó a las doce del mediodía y estuvo presidido por el Maestre del Cabildo, acompañado por el Canciller-Secretario y el Prior. Los cuatro aspirantes permanecieron inicialmente fuera de la capilla, como una representación simbólica de la tradicional «noche en blanco».

El momento central fue la investidura, durante la que se recordó el vínculo del ceremonial con el Fuero de Cuenca, donde aparece recogido el espaldarazo como fórmula para la misma. Antes de la recepción de los nuevos integrantes fueron bendecidos los mantos, lazos y veneras capitulares y, posteriormente, los candidatos prestaron juramento sobre las Sagradas Escrituras.
El compromiso adquirido  incluye el cumplimiento de los estatutos del Cabildo y de la autoridad eclesiástica, así como una vida cristiana y la promoción de valores como la generosidad, la honradez, la templanza, el liderazgo, el valor, la lealtad y la vocación de servicio, además del servicio a España y a la Corona.

La ceremonia diferenció algunos elementos entre caballeros y damas. A los nuevos caballeros se les impusieron el manto, los cordones y los guantes, además de recibir el tradicional espaldarazo. En el caso de las damas capitulares, se colocó el lazo y la recepción se realizó mediante  besamanos. El acto contó también con la asistencia de representantes de distintas órdenes y corporaciones históricas y nobiliarias, así como de autoridades provinciales y locales.

La música tuvo un papel destacado durante la ceremonia, con distintas interpretaciones al órgano de la Capilla del Espíritu Santo, entre ellas obras de Carlos A. Guerra Parra y Miguel López. El acto concluyó con las oraciones y la bendición final y con la interpretación de la Marcha Real.

Más información sobre el Capítulos: https://www.miccc.es/



Publicado por La Mesa de los Notables.


viernes, 28 de agosto de 2026

MALVAVISCO. - CAPÍTULO III-.

El gabinete del vizconde de Malvavisco 
una mirada distinta al mundo nobiliario.

CAPÍTULO III. ORGULLO Y NOBLEZA. 

El orgullo es una cosa delicada. Hay quien lo considera pecado. Otros organizan manifestaciones para celebrarlo. Y en el mundo nobiliario constituye, sencillamente, una forma de presentación.

El castellano ha tenido además la amabilidad de utilizar la palabra «orgullo» para cosas bastante distintas. Puede significar la vanidad de quien se considera superior, pero también la decisión perfectamente razonable de no aceptar que otros conviertan lo que uno siente en motivo de vergüenza. Conviene no confundirlas.

Por lo general, todos tenemos  amigos o conocidos  que son homosexuales. Algunos hablan de ello con absoluta naturalidad y otros apenas lo mencionan. No he encontrado grandes diferencias entre unos y otros, salvo las mismas que encuentro entre el resto de mis amigos: unos son discretos, otros no; algunos tienen buen gusto y otros han cometido errores con la elección de la tapicería de los sofás.

Si por «orgullo gay» se entiende esto último, no tengo nada que objetar. Si se pretende convertir en mérito aquello que no depende de una elección personal, entonces me asalta la misma duda que con la nobleza.

Uno puede sentirse agradecido por lo recibido, vinculado a una historia familiar e incluso responsable de conservar determinadas tradiciones. Pero el mérito exige alguna participación personal en el resultado. No recuerdo haber intervenido en el nacimiento de ninguno de mis antepasados.

Soy católico. No únicamente porque lo fueran mis padres, mis abuelos y una cantidad considerable de personas cuyos retratos no conservamos, sino porque creo. Esto no me ha proporcionado especial vocación por fiscalizar la intimidad ajena. Más bien al contrario: la religión me ha enseñado que antes de examinar la conciencia del prójimo conviene ocuparse de la propia. Bastante trabajo me da.

Nunca he considerado que una orientación, por el hecho de serlo, constituya culpa alguna. Y en cuanto a la vida íntima de mis amigos, procuro aplicar una norma sencilla: si me piden consejo, intento darlo; si me confían algo, lo escucho; y si no me cuentan nada, duermo perfectamente. Aplico el mismo criterio a mis amigos heterosexuales.
Hay confidencias que adquieren una importancia injustificada después del segundo whisky.

Uno de esos amigos pertenece además a una antigua corporación nobiliaria. Nunca me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban los hombres. Tampoco me ha explicado en qué momento descubrió que le interesaban las pruebas de nobleza. He agradecido profundamente ambas omisiones. La amistad mejora mucho cuando uno renuncia a exigir un expediente justificativo de todo.

Lo que sí me ha contado es que en las órdenes y corporaciones nobiliarias hay homosexuales, como los hay en los consejos de administración, las notarías, las parroquias y las asociaciones de vecinos. Me pareció una revelación de alcance limitado. La Humanidad tiene la costumbre de encontrarse allí donde hay seres humanos.

Mi curiosidad cambia de objeto cuando el orgullo abandona la esfera personal y adquiere insignia. La dignidad suele conformarse con que nadie la humille; el orgullo corporativo necesita, además, que alguien lo reconozca y, a ser posible, que quede constancia. A partir de ahí empiezan las ceremonias, las miniaturas y, con cierta frecuencia, las carpetas. Conozco pocas emociones tan intensas como la que manifiesta un caballero inmediatamente después de ser admitido en una corporación nobiliaria: «Es un honor inmenso»; «una responsabilidad»; «la culminación de una tradición familiar»; «un vínculo que transmitiré a mis hijos».

Todo resulta muy conmovedor.

Hasta que seis meses después solicita el ingreso en otra.

En este pequeño mundo es perfectamente habitual pertenecer simultáneamente a varias corporaciones. Hay caballeros que poseen más insignias que chaquetas capaces de soportarlas. Siempre me ha interesado, sin embargo, la velocidad con que un orgullo suficiente puede convertirse en insuficiente.

Mi primo Ataúlfo constituye un caso particularmente instructivo. Hace algunos años ingresó en una corporación de indudable antigüedad y respetable historia. Asistí a la ceremonia.

Ataúlfo llevaba varios días preparándose para ella con una dedicación que no le había conocido desde su boda. Dos tardes antes me llamó para preguntarme si la insignia debía colocarse exactamente a determinada altura de la solapa. Le respondí que, si la continuidad histórica de la corporación dependía de un centímetro, el problema era bastante más grave que su chaqueta.

No agradeció la precisión.

El ingreso se celebró durante una Misa en una iglesia centenaria. Era uno de esos templos en los que las piedras parecen haber asistido a suficientes acontecimientos como para no impresionarse demasiado por ninguno de los presentes.

Llegué con tiempo. Tengo la costumbre de hacerlo cuando voy a Misa. Permite sentarse antes de que comiencen los saludos, la búsqueda de bancos y esa actividad particularmente española que consiste en intentar hablar en voz baja consiguiendo exactamente lo contrario. Me arrodillé un momento.

No todo lo que sucede en una iglesia necesita comentario.

Presidía la celebración un obispo. En los primeros bancos se habían colocado las autoridades de la corporación; detrás, los miembros con sus insignias y los nuevos candidatos, que aguardaban el momento previsto por el ceremonial con una mezcla bastante humana de recogimiento, emoción y preocupación por no equivocarse cuando llegase su turno.

La Misa fue solemne y hermosa. No porque la presencia de la corporación la ennobleciera —la Misa no necesita de nuestros apellidos—, sino porque la liturgia tiene la saludable costumbre de colocar a cada uno en su sitio. El órgano, las voces y el olor del incienso contribuían a apartar durante un rato algunas preocupaciones bastante pequeñas.

El obispo habló en la homilía de servicio, responsabilidad y continuidad. Me pareció oportuno. En determinados ambientes conviene recordar periódicamente que la palabra «servicio» forma parte de la tradición con tanta legitimidad como la palabra «privilegio».

Llegado el momento establecido por el ceremonial fueron llamados los nuevos miembros. Cuando pronunciaron el nombre de Ataúlfo, mi primo avanzó hacia el presbiterio con una gravedad que no le había visto ni siquiera en funerales de parientes próximos. Recibió la insignia, respondió a las fórmulas previstas y regresó a su lugar.


Después de comulgar permaneció unos minutos recogido. No sé qué rezó. Tampoco se me habría ocurrido preguntárselo.

Estaba emocionado.

No hago bromas con eso.

Hay instituciones que consiguen algo difícil: recordarnos que existieron antes de nosotros y que, con un poco de suerte, continuarán existiendo después. Una iglesia antigua ayuda considerablemente a comprenderlo. Allí dentro, rodeado de personas cuyos nombres acabarían desapareciendo y de piedras que probablemente seguirían en su sitio, incluso las preocupaciones de Ataúlfo por la colocación exacta de la insignia parecían recuperar proporciones razonables.

Comprendí su emoción. Precisamente por eso me habría gustado que le durase algo más.

Terminada la celebración hubo las fotografías inevitables. Ataúlfo se retrató con el obispo, con el presidente de la corporación, con dos antiguos miembros, con otros tres recién ingresados y, finalmente, solo. En esta última fotografía adoptó una expresión que intentaba transmitir simultáneamente satisfacción, responsabilidad histórica y cierta modestia.

La modestia fue lo que peor salió.

Aquella misma noche me telefoneó.

—Malvavisco, no puedes imaginar lo que significa para mí.
—Probablemente no.
—Es algo que llevo dentro.
—¿Desde cuándo?

Hubo un silencio.

—Desde siempre.

Ataúlfo había conocido la existencia de la corporación aproximadamente ocho meses antes. No consideré necesario señalarlo.

Durante varias semanas no habló de otra cosa. Mandó imprimir las fotografías, encargó las miniaturas y modificó su biografía para incorporar su nueva condición. Se interesó por la historia de la corporación, adquirió algunas publicaciones y comenzó a utilizar el «nosotros» al referirse a episodios ocurridos dos siglos antes de su nacimiento.

El orgullo había encontrado finalmente domicilio.

Dos meses después vino a verme al gabinete. Traía una carpeta.

Las carpetas de Ataúlfo rara vez anuncian algo bueno.

—Necesito tu opinión —me dijo.

Dentro había un expediente genealógico.

—¿Qué quieres hacer?

Pronunció el nombre de otra corporación. Lo miré.

—Pensaba que estabas extraordinariamente orgulloso de pertenecer a la anterior.
—Y lo estoy.
—Entonces me tranquilizas.

Continuó explicándome que la nueva corporación era diferente: más restringida, más selectiva, históricamente muy importante. Tenía además una ceremonia magnífica y un uniforme que, según me aseguró, «vestía mucho».

Esto último pareció decisivo.

—¿Y cuándo ingreses en esta? —pregunté.
—Estaré orgullosísimo.
—¿Más?

Ataúlfo me miró como si hubiese introducido una categoría filosófica innecesaria.

—Es otro orgullo.

Comprendí.

En el mundo nobiliario, a diferencia de otras actividades humanas, los orgullos no se sustituyen. Se acumulan.

Un caballero puede estar orgulloso de su linaje, de su título, de pertenecer a una corporación, de haber ingresado en otra, de haber recibido una encomienda y, finalmente, de haber sido admitido en una tercera que considera mucho más importante que las dos anteriores, sin que ninguna de estas circunstancias disminuya aparentemente la intensidad de las precedentes. Es una notable capacidad afectiva.

Conozco matrimonios que no resistirían semejante distribución del entusiasmo.

El amigo al que antes me refería llegó cierta tarde mientras Ataúlfo seguía extendiendo sobre mi escritorio certificados de bautismo, partidas matrimoniales y árboles genealógicos. Observó los papeles.

—¿Otra vez? —preguntó.

Ataúlfo se mostró ligeramente molesto.

—Quiero ingresar en otra corporación.

Mi amigo asintió.

—Comprendo.
—¿Tú no quieres?
—No.

Ataúlfo pareció desconcertado.

—¿Por qué?

Mi amigo se encogió de hombros.

—Ya pertenezco a una.

Se produjo un silencio. Miré a don Rigoberto. Don Rigoberto contemplaba simultáneamente a Ataúlfo y una esquina del techo.

Nunca me había parecido tan expresivo. Ataúlfo recogió lentamente sus documentos.

—Pero podrías pertenecer a las dos.
—También podría tener dos perros —respondió mi amigo—. Y con uno me basta.

Admiré el argumento.

Después de marcharse, Ataúlfo permaneció pensativo.

—Es un poco raro —dijo finalmente.
—¿El qué?
—Que no quiera ingresar.

No respondí. En ciertos ambientes, la verdadera singularidad no consiste en querer pertenecer, sino en saber cuándo basta.

Quizá al final la diferencia sea sencilla. Hay un orgullo que consiste en no consentir que otros nos avergüencen por lo que sentimos. Y hay otro que necesita convencerlos de que somos más de lo que parecemos.

El primero puede ser una forma de dignidad.

El segundo suele acabar necesitando una insignia. 

Y después otra.

El vizconde de Malvavisco.

Aviso sobre propiedad intelectual.
El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

Publicado por La Mesa de los Notables.

viernes, 21 de agosto de 2026

LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO PARA EL VIZCONDE DE MALVAVISCO.

 

El gabinete del vizconde de Malvavisco
 una mirada distinta al mundo nobiliario


CAPÍTULO II. LA IMPORTANCIA DEL TRATAMIENTO.


Hay cuestiones sobre las que conviene no bromear. El tratamiento es una de ellas.

En el mundo nobiliario, pocas cosas producen mayor inquietud que ignorar si corresponde dirigirse a alguien como «Excelentísimo Señor», «Ilustrísimo Señor», «Excelencia», «Ilustrísima» o, sencillamente, «don Fulano», fórmula esta última que algunos consideran poco menos que una degradación administrativa.

Mi padre sostenía que el tratamiento debía guardar alguna relación con aquello que uno había hecho para merecerlo.

Fue demasiado moderno para su época.

Hoy las cosas son más complejas. Conozco personas que pueden soportar sin dificultad una inspección de Hacienda, una operación de próstata o el abandono de un hijo, pero quedan profundamente afectadas si en una invitación se omite accidentalmente la abreviatura «Excmo.». Un hombre puede sobrevivir a muchas desgracias. A que le quiten la preferencia en una rotonda, no siempre. A que le quiten la Excelencia, rara vez.

El asunto se complica porque las corporaciones nobiliarias han desarrollado una extraordinaria capacidad para los tratamientos. Algunas tienen presidentes; otras, grandes maestres, lugartenientes, cancilleres, decanos, protectores, bailíos, comendadores, procuradores y dignidades cuyo significado ignoro, aunque los interesados parecen conocerlo perfectamente. Al menos mientras hablan de sí mismos.

Recuerdo cierta comida en la que un caballero me explicó durante veinte minutos que debía tratarle de «Excelencia» por ostentar una determinada dignidad.

—Comprendo —le dije.

No lo comprendía, pero era la hora del aperitivo y hay discusiones que pierden mucha importancia cuando aparecen las croquetas.

El problema es que el tratamiento posee también otro significado. Esto suele olvidarse.

Mi primo Ataúlfo conoce a un caballero que pertenece a una orden dinástica extranjera. No diré cuál. La discreción es una virtud y, además, existen tantas que quizá ni siquiera sus propios miembros consiguieran identificarla con los datos que voy a proporcionar.

La Orden reconoce como jefe de la Casa a un príncipe. O, al menos, lo reconocía el martes. En estas materias las semanas pueden resultar excesivamente largas.

Al parecer, algunos caballeros se disgustaron con Su Alteza porque había tomado ciertas decisiones sin consultarles. Nada especialmente grave. Los pretendientes al trono tienen el inconveniente de que, al carecer normalmente de reino, sus súbditos disponen de mucho tiempo para ocuparse de ellos.

Hubo cartas. Después hubo llamadas. Finalmente hubo un grupo de WhatsApp.

La Historia suele comenzar así.

Uno de los caballeros sostuvo que el príncipe había perdido legitimidad; otro opinó que jamás la había tenido; un tercero recordó que existía un primo.

Siempre hay un primo.

El primo pertenecía a otra rama de la familia, vivía discretamente en el extranjero y, hasta aquel momento, había demostrado la prudencia de no reclamar absolutamente nada. Aquello le convirtió inmediatamente en candidato.

Los descontentos comenzaron a escribirle. Le explicaron que la Historia le llamaba. La Historia, por lo visto, tenía su número de teléfono. Durante algunas semanas, varios caballeros que habían jurado fidelidad al primer príncipe descubrieron que su verdadera lealtad pertenecía desde tiempo inmemorial al segundo. Estas revelaciones retrospectivas son frecuentes en el mundo dinástico: uno siempre ha pensado exactamente lo que acaba de decidir.

Ataúlfo me contó el asunto durante una visita al gabinete.

—La situación es gravísima —dijo.
—¿Para quién?

No supo contestarme.

Me explicó que uno de los principales defensores del nuevo pretendiente atravesaba además una temporada complicada. Dormía poco, enviaba mensajes a todas horas, redactaba manifiestos y había comenzado a firmar algunas comunicaciones con tres tratamientos diferentes.

—¿Y está bien? —pregunté.

Ataúlfo se encogió de hombros.

—No lo sé. Creo que sigue con lo del tratamiento.

Aquello me tranquilizó.

—Entonces lo importante es que no lo interrumpa.

Ataúlfo me miró.

—Me refiero al tratamiento de Excelencia.
—Yo no.

No tengo ninguna objeción a los tratamientos honoríficos. Forman parte de determinadas tradiciones, cargos y usos sociales, y pueden resultar incluso elegantes cuando se emplean con naturalidad. Lo que siempre me ha sorprendido es la cantidad de personas que parecen necesitarlos.

Hay quien recibe un «Excelencia» como quien recibe oxígeno. Se le ensancha el pecho, le cambia la mirada y durante unos segundos parece reconciliarse con la existencia. Después pregunta si también corresponde a su esposa.

Mi médico sostiene que estas cosas no se curan con medicación. Es posible. Pero tampoco conviene descartar ninguna ayuda.

Con el tiempo he aprendido que existen personas para quienes pertenecer a una orden, lucir una placa, recibir un tratamiento o aparecer junto a un príncipe proporciona una seguridad que probablemente no encontraron en otros lugares. No me parece censurable. Todos necesitamos alguna forma de reconocimiento.

Lo preocupante comienza cuando el reconocimiento deja de ser una cortesía y se convierte en una necesidad. Entonces una precedencia puede parecer una ofensa; una omisión en una tarjeta, una conspiración; y un primo del pretendiente, la solución a la monarquía.

Mi secretario entró aquella tarde para preguntarme cómo debía contestar una carta que acabábamos de recibir.


—El remitente firma como Excelentísimo Señor —me dijo—. ¿Qué tratamiento pongo?

Lo pensé unos segundos.

—El que corresponda.
—¿Y si no corresponde ninguno?
—Entonces, don.

Mi secretario dudó.

—¿No se ofenderá?

Miré a don Rigoberto. Contemplaba simultáneamente la ventana y el Elenco de Grandezas y Títulos del Reino, que seguía cumpliendo con notable eficacia sus funciones sobre un montón de facturas.

—Probablemente.

Mi secretario esperó.

—¿Y qué hacemos?

—Nada. Hay tratamientos que deben respetarse.

Hice una pausa.

—Y otros que conviene no interrumpir.

El vizconde de Malvavisco.

 

Aviso sobre propiedad intelectual.

El vizconde de Malvavisco es un personaje literario original y el pseudónimo bajo el que se publica esta serie. ©2026 El vizconde de Malvavisco. Todos los derechos reservados. Quedan reservados los derechos sobre los textos y sobre los elementos originales que configuran este personaje de ficción y su universo narrativo, en los términos previstos por la legislación de propiedad intelectual.

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